Mi tía Juana – Casi una iniciación sexual
Esta no es una historia real (aunque me hubiera gustado que
lo fuera), pero está basada en situaciones y personajes verdaderos, a los que
sólo les cambié los nombres y algunos lugares, como para guardar el secreto... Y
debiera haber ocurrido hace ya tiempo... cuando yo apenas entraba en la
adolescencia.
Si han leído mis historias sobre Ivanna; Virginia; Marita y
Silvina; Verónica y Beatriz; Carla; ó cualquiera de las otras, ya somos
conocidos. Soy Billy, de Argentina; un cuasi cuarentón, en no muy buen estado.
Nací en Buenos Aires, pero vivo con mi familia desde hace unos años en Neuquén,
debido a mi trabajo en una empresa multinacional.
engo muy pocos tíos directos, o casi diría sólo uno; ya que
mi padre es hijo único, y mi madre tiene un solo hermano, el tío Santiago. Este
está casado con la tía Juana, quién es también mi madrina de bautismo. Ellos
tuvieron cuatro hijas, de las cuales a la mayor ya la conocieron, pues se trata
de Nora, la madre de Carla, la quinceañera.
La cuestión es que con mis tres primas mayores nos criamos
prácticamente juntos, incluidos mi hermana mayor, Cristina (¿la recuerdan, la
mamá de Ivanna?) y Horacio, el que le sigue.
Pero esta historia no tiene que ver con nuestras relaciones
entre primos, que fueron bastante jugosas de chicos, y que ya les contaré en
otra oportunidad; si no con mi tía Juana. Ella es, o mejor dicho era, ya que les
voy a dar la descripción de cómo era en esa época, una mujer bajita, que apenas
pasa el metro cincuenta; con un cuerpo que evidentemente había sido muy delgado,
pero ya a sus cuarenta y algo de años tenía algunos kilitos de más, pero no
muchos.
Cabello oscuro, con "claritos" a la moda de esa época, no muy
largo y lleno de rulos, producto de la permanente que se hacía mensualmente. Una
cara común, ni muy linda, ni fea, pero con unos ojos muy expresivos y labios
algo gruesos en comparación con el resto.
La tía Juana era para mí como una segunda madre, ya que
durante toda la vida había pasado mucho tiempo con ella, cuando nos llevaba a
pasear, o dormíamos un fin de semana en su casa. En una época ellos vivieron en
una casa en una zona rural, alejada de Buenos Aires, y allí íbamos todos a pasar
los fines de semana, y a veces nos quedábamos con mi hermano Horacio a pasar la
semana completa, en vacaciones.
Pero vamos a la historia en sí. Esto sucedió cuando yo tenía
unos doce años, o algo menos; y justamente en una de nuestras estadías en la
casa del tío Santiago, en Lobos. Nos habíamos quedado por diez días, en pleno
verano, y la pasábamos muy bien.
El tiempo transcurría sin sobresaltos, y durante tres días el
tío tuvo que viajar a Buenos Aires, así que en la casa sólo quedamos la tía
Juana, sus hijas Nora (entonces tendría unos 15 años), Laura (de 14), Cecilia
(12 igual que yo), y Beatriz, la más pequeña, que tendría unos ocho años; además
de mi hermano Horacio, de igual edad que Laura, y yo.
Todos los días íbamos a un estanque a darnos un chapuzón, y
nos divertíamos mucho, amén de algunas cosas no muy santas que hacíamos. Por las
tardecitas jugábamos a las cartas, o salíamos al pueblo a tomar algo, aunque de
estas cosas no participaba Beatriz, porque era muy chica.
Pero justo el día que el tío se fue de viaje, se me vino la
noche encima (o al menos eso pensé en ese momento). Jugando al fútbol me doblé
un tobillo, y tuvieron que vendármelo, con la consiguiente prohibición de todo
tipo de ejercicio, incluida las visitas al estanque.
En resumen, las mañanas y buena parte de la tarde las pasaría
solo con la tía, con el aburrimiento que esto implicaba. Ninguno se ofreció a
quedarse conmigo y perderse de ir a bañarse, así que no había remedio.
La primer mañana me la pasé haciendo solitarios con las
cartas, durmiendo un rato, y tomando sol. Luego del almuerzo se fueron todos al
estanque, y yo otra vez solo. Para peor, comenzó a salirme sangre de la nariz,
cosa que no me había ocurrido casi nunca.
La tía Juana se encargó de limpiarme y poner un tapón de
algodón, una vez que paró un poco. No te preocupes – Me dijo, para calmarme.
Esto no es nada, y no te vas a quedar sin sangre esta vez. Siguió medio
burlándose de mí.
Imaginate las veces que nos moriríamos las mujeres, cada vez
que menstruamos – Concluyó. Y se quedó mirando la cara de estúpido que yo puse,
al no entender de qué me estaba hablando. ¡Qué! – Dijo. ¿Acaso no sabés que las
mujeres menstruamos? – Preguntó.
Tía – Le contesté. No sé de qué me estás hablando. Después de
mirarme sonriendo, medio como sin saber si le hablaba en serio o no, llegó a la
conclusión que era mejor contarme algo. Y así lo hizo.
Vos ya deberías saber de estas cosas – Me dijo. Pero se ve
que nadie te ha hablado de cómo funcionamos las mujeres. Y comenzó toda una
explicación pseudocientífica sobre los ciclos menstruales de la mujer, las
posibilidades de quedar embarazada o no, el endurecimiento de los pechos y
demás...
Yo entendí lo que pude, ya que era chino básico para mí. ¿Eso
quiere decir que de la cola de adelante les sale sangre una vez por mes? –
Pregunté. Ante lo que ella se rió bastante fuerte. ¿Qué es eso de la cola de
adelante? – Dijo, entre risas. Se llama vagina, y no tiene nada que ver con la
cola. Yo atiné a decirle que los nombres por los que la conocía eran otros, pero
no me animaba a decirlos.
Bueno – Dijo la tía Juana. Si quieres la llamamos concha, o
conchita, como la debes conocer, pero nada de cola, no se parecen en nada. ¿En
serio? – Pregunté. Ante lo que comentó que evidentemente yo no sólo no conocía
el funcionamiento de las mujeres, si no que ni siquiera sabía cómo eran por
fuera.
¿Quieres aprender un poco más? – Me preguntó. Y antes que yo
respondiera, agregó que serían unas clases de las que nadie debía enterarse. Lo
que vos quieras madrinita – Le respondí, mientras pensaba que el hacerme un poco
el estúpido no vendría mal.
Bueno, va a ser fácil, porque justo ahora estoy menstruando –
Me dijo. Y me pidió que me acercara a la mesa del comedor. Ahora mira, escucha,
y pregunta lo que quieras – Dijo, mientras se levantaba la falda del vestido que
llevaba puesto, y ante mi vista quedaban sus piernas al descubierto, y su
bombacha cremita, bastante grande, por cierto.
Con una mano sostuvo la falda levantada en la cintura, y con
la otra se sacó la bombacha, quedando desnuda ante mí. Yo no lo podía creer. No
es que fuera la primer concha que veía en vivo y en directo, pero siempre eran
de chicas (mi hermana y mis primas), y prácticamente sin pelos.
El pubis de la tía Juana estaba cubierto de frondoso vello
negro, así como toda su concha, no dejándome ver nada tras esa mata. Como verás
– Dijo la tía. Las mujeres tenemos mucho pelo sobre la concha. Algunas se los
depilan, o se los cortan cortitos, pero yo no – Prosiguió. Sólo me depilo lo
necesario para que no se me salgan por la malla en verano.
Con su falda aún arremangada, se sentó en el borde de la
mesa, con las piernas abiertas. Acércate una silla, y sentate frente a mí – Me
ordenó. Y así lo hice, aunque me tuvo que pedir que me arrimara más. Me puso mi
cabeza entre sus piernas, y pude sentir todos sus olores... que no eran pocos.
Con sus dedos separó como pudo los pelos, a fin de mostrarme
lo que escondía tras ellos. Estos son los labios gruesos – Me dijo, pasando un
dedo por el borde de la vagina. ¿No se parecen a los de la boca? – Preguntó
divertida. Tuve que reconocer que sí, y más cuando me pidió que los tocara, para
que viera que tenían la misma consistencia.
Luego abrió los labios con los dedos, y me fue mostrando su
interior. Me explicó sobre los labios interiores y por último su clítoris. Esta
es la zona de placer de las mujeres – Explicaba, mientras yo no entendía mucho a
qué se refería. Quiero decir – Continuó cuando vio que yo estaba más confundido
que otra cosa. Que es la zona que nos tocamos al masturbarnos.
Ahí nomás la paré de nuevo. ¿Se tocan cuando qué...? –
Pregunté. Cuando nos masturbamos – Respondió. ¿O acaso vos no te hacés la paja?
Recién entonces comprendí a qué se refería. Con mucha vergüenza reconocí que sí
me pajeaba, pero no sabía que eso era masturbarse, y menos sabía que las mujeres
también lo hicieran.
¿Me mostrarías tía como se pajean las mujeres? – Le pedí.
Ante esto ella se ruborizó, y quedó medio cortada; pero no se echó atrás.
Lentamente comenzó a frotar su clítoris, primero con un dedo, y luego con dos...
mientras su otra mano subía hasta sus pechos, que comenzó a acariciar por sobre
el vestido.
En pocos segundos ya había cerrado sus ojos, y yo creo que
hasta se olvidó de mí. Una mano estrujaba con fuerza su pecho, y la otra cada
vez masajeaba más rápido el clítoris. Comenzaban a salir gemidos de su boca, y
como yo aún mantenía mi cara entre sus piernas, comencé a sentir un olor
distinto, fuerte, pero que me gustaba mucho.
¿Puedo hacerlo yo madrina? – Le propuse tímidamente. Recién
ahí abrió nuevamente sus ojos, y pareció como que volvía en sí. Se quedó callada
unos segundos, hasta que sacó su mano de la concha, y abriendo aún más sus
piernas, me hizo señas para que siguiera yo.
Al principio se quejó un poco, porque le dolía. Tomó mi mano
y me fue enseñando cómo acariciarla con firmeza pero suavemente. Al poco tiempo
le tomé el ritmo, y la estaba pajeando como el mejor. Sus suspiros pasaron a ser
gemidos, y ya comenzaba a gritar.
¡Más, nene, más! – Me pedía. Y yo sentía como mi mano se iba
mojando, con el flujo que manaba de su concha peluda. Sin pedirle permiso,
acerqué más mi cabeza a su ingle, hasta que pude darle un beso en la conchita.
Basto ese solo contacto para que ella pegara un grito más fuerte, y empezara a
saltar para todos lados, mientras de su vagina manaba una cantidad tremenda de
jugos.
Yo me asusté mucho, pensando que le había hecho daño; pero
ella me tranquilizó enseguida. Claro, después que se tranquilizó ella misma. No
te preocupes, mi amor – Me dijo. No me has hecho daño, si no todo lo contrario.
Me diste todo el placer que pudiera desear – Concluyó.
Pero en la forma que gritaste – Dije. Y saltabas, pensé que
te había dañado con mi boca... Entonces fue cuando me explicó que todo eso era
producto de su placer, y que a ello se le llamaba un orgasmo. Viene a ser lo
mismo que cuando vos eyaculás – Me explicó, un poco más calmada. A vos te sale
la leche del pito, a las mujeres nos hace gritar y saltar de esta manera –
Siguió. Además de todo el flujo que expulsamos.
Sí – Le dije. Ya vi como me mojaste todo. ¿Puedo probarlo? Me
autorizó a hacerlo, previo aclararme que tal vez no me gustara, y que inclusive
podría traer un poco de sangre de su menstruación, a pesar del tampón que tenía
puesto.
No me hice rogar, y acerqué nuevamente mi boca a su concha.
Cuando pasé mis labios por su clítoris, todavía volvió a reaccionar un par de
veces. Parecía que le daba electricidad. Apoyé mis labios en los suyos (los
vaginales obviamente) y comencé a succionar los jugos que todavía tenía en su
vagina.
Luego que la dejé limpita y seca, le dije que quería seguir
más adentro con mi lengua. Eso no es posible – Me dijo. Te dije que estoy
menstruando, y te vas a llenar de sangre. Pero seguí insistiendo, y al final
cedió. Espera que me saque el tampón – Me dijo. Pero no la dejé. Desde donde
estaba, tomé el hilito entre mis dientes y comencé a tirar de él.
Evidentemente salió manchado de sangre, pero fuera de eso, no
se produjo una catarata roja, como yo suponía. Así que ni bien dejé el tampón de
lado, volví a poner mis labios en su concha, y otra vez a chupar y chupar...,
hasta que encontré con la punta de la lengua su clítoris.
Empezó a gemir de nuevo, empujaba sus caderas contra mi cara,
con lo cual parecía que toda mi cabeza iba a meterse en su concha. Sus jugos
volvían a salir, y yo tragaba todo lo que podía, aunque buena parte corría por
mi barbilla. ¡Más fuerte! – Gritaba la tía Juana. Y yo ya no sabía qué más
darle. Metí mi lengua completa en su vagina, mientras con mi nariz le frotaba el
clítoris; y esto la puso más loca todavía.
¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaggggggggg! – Gritaba a punto de otro
orgasmo, que no tardó en llegar. Cuando acabó, cerró sus piernas con fuerza
sobre mi cabeza, así que yo no paraba de chuparla. A la vez ella me bañaba
literalmente la cara con su flujo, el cual yo ya no podía absorber de tanto que
largaba.
Yo creo que estuvo por lo menos un minuto entero gritando y
saltando, llevando mi cabeza de un lado a otro, sujeta por sus piernas. Tardó
mucho en calmarse, e inclusive cuando terminaron los saltos y los gritos,
todavía temblaba como una hoja. Recién ahí aflojó la presión de sus piernas, y
yo retiré mi cabeza.
Pero antes de hacerlo, le di una nueva lengüetada a toda su
concha, que la hizo pegar un nuevo salto, aunque ya sin fuerzas más que para un
leve gemido. Cuando cayó, prácticamente lo hizo desmayada sobre la mesa, y quedó
tendida boca arriba, con la cola apoyada en el borde y las piernas colgando.
Me asusté mucho al verla así; pero, por otro lado, estaba que
reventaba de la calentura. Ahora podía observar a la tía sin recato, porque ella
tenía sus ojos cerrados, como si durmiera. La vi tan incómoda, que arrodillado
delante de ella, acomodé sus piernas sobre mis hombros, para que no quedaran
colgando.
Con esto, sus genitales volvían a estar a la altura de mi
vista. Me dediqué a jugar un poco con los tupidos pendejos de su concha, se los
peinaba con los dedos, y luego los separé para volver a ver más en su interior.
Los labios externos estaban hinchados y muy colorados, y su clítoris agrandado
mucho más que al principio.
Intenté meter un dedo en su vagina, y fue como si lo pusiera
en un frasco de vaselina... se fue adentro sin siquiera hacer presión. Así que
lo saqué, y metí tres dedos juntos, sin mayor dificultad. Hummm – Gemía por lo
bajo la tía. Y se notaba que le gustaba lo que sentía.
Pero yo estaba en plan de experimentación, así que saqué mi
mano y la volví ya con los cuatro dedos adentro, sin el pulgar. Recién ahí sentí
que su vagina apretaba mi mano, pero no por ello me costó demasiado introducir
los dedos. Su concha era un mar, de su flujo y mi saliva. Moví de a poco mis
dedos dentro suyo, y sentía que ella comenzaba a reaccionar nuevamente. Volvían
sus temblores y su cadera empezaba a moverse.
Sin pensarlo dos veces, y sin sacar del todo los cuatro dedos
que tenía en su concha, metí de un solo saque también el pulgar, y entraron
todos hasta los nudillos. Le debe haber dolido, porque fue suficiente para que
reaccionara. Se incorporó a medias sobre sus codos y preguntó qué le estaba
haciendo.
Yo ni le respondí, salvo metiendo aún más mi mano, lo que
hizo que una vez que pasaron los nudillos, se enterró hasta la muñeca.
¡Haaaaaay! – Se quejó en voz bien alta la tía. Me hacés doler – Continuó, entre
lágrimas. ¡Déjame ya!
Pero yo ya había ido demasiado lejos para parar. Con toda mi
mano dentro suyo, comencé a acariciar el interior de su vagina, mientras mi
muñeca al rotar acariciaba su clítoris. La tía Juana dejó de quejarse pronto, y
a los pocos minutos ya volvía a mover la cadera para los lados, a fin de adecuar
sus movimientos a los míos.
En un momento dado mis dedos hicieron presión sobre algún
lugar en particular de su interior, porque con ese solo toque, ella comenzó otro
orgasmo; que realmente fue de locos. Si los otros habían sido intensos, este fue
de otro mundo. Chillaba como una marrana, mientras se retorcía para todos lados,
como queriendo deshacerse de mi mano; pero esta estaba bien firme dentro suyo, y
cuanto más se movía, más placer le daba.
Fue un orgasmo larguísimo. ¡Bastaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!,
¡aaaaaaaaaaaaaaaaah!, gritaba como poseída, hasta que volvió a caer rendida
sobre la mesa. Y ya no volvió a despertar por un rato. Por más que le saqué la
mano de adentro, le di unos golpecitos en la cara, y hasta me animé a
pellizcarle los labios vaginales, para que se despertara, no reaccionó. Pero vi
con tranquilidad, como su respiración se iba calmando, y entraba en un profundo
sueño.
Pero yo seguía al palo... a pesar que había acabado en mis
calzoncillos. Me faltaba aprender mucho de la tía, y me faltaba sobretodo
acción. No pude vencer la tentación, y luego de acomodarla bien sobre la mesa,
bajé la parte superior de su vestido hasta la cintura, dejando sus pechos sólo
cubiertos por el corpiño.
Así estaba, casi desnuda, apenas con el vestido arrollado en
la cintura, el corpiño y unas sandalias en los pies; y pronto, luego de luchar
un poco con su cuerpo y con el cierre, logré sacarle también lo último que
cubría sus tetas.
Me quedé extasiado mirando sus pechos. Aunque pensándolo
ahora, evidentemente no eran nada del otro mundo. A pesar de no ser tan mayor,
los tenía bastante caídos; blancos como la leche, y grandes para su cuerpo. Los
pezones muy grandes, producto de su excitación, enmarcados en unas aureolas
oscuras y también muy amplias.
De a poco me fui animando a tocarlos, los acaricié un rato,
deteniéndome en sus pezones, los cuales inclusive pellizqué, pensando que
saldría leche de ellos; cosa que evidentemente no pasó. Cuando vi que todo
estaba bien, acerqué mi boca a sus pezones, y me prendí a chupar como un bebé
muerto de hambre. Siempre con la esperanza de tomar su leche...
Mientras succionaba sus pechos, la acariciaba como si fuera
una diosa. Es que para mí lo era, ya que era la primer mujer en serio con la que
tenía un acercamiento así. Tenía un pezón en mi boca, y mis dedos en su concha
cuando comenzó a despertar. Hummmm, nene, sos divino – Me dijo, cuando iba
retomando la conciencia. ¿Te gustan mis pechos? – Preguntó.
Mi respuesta fue medio tonta, pero volví a insistir que me
gustaría que le saliera leche de ellos. Eso es imposible – Me aclaró. Las
mujeres sólo tenemos leche cuando estamos amamantando un bebé. Luego ya no –
Concluyó.
Veo que no has perdido el tiempo – Comentó. Me has desnudado
del todo. Me disculpé diciéndole que realmente quería seguir aprendiendo, y ella
le quitó importancia, diciendo que estaba bien. Te prometí enseñarte – Dijo. Y
es justo que aprendas. Ya has aprendido muy bien cómo dar placer a una mujer –
Prosiguió. Eso te lo puedo asegurar.
Ahora me falta saber cómo me tiene que dar placer una mujer –
Le dije, para ver qué pasaba. Yo tenía mi pija al máximo, y me dolía muchísimo
la erección que tenía. De acuerdo – Dijo. Ahora me toca a mí darte placer.
Sentate sobre la mesa vos ahora.
Cuando lo hice, ella aprovechó para bajarme el short que
tenía puesto, dejándome en bolas, con mi verga parada, delante de sus ojos.
¡Ahijadito! – Exclamó al verme. Estás bastante bien para un niño de tu edad. Yo
no sé si era para tanto, ya que nunca fui un superdotado ni nada por el estilo;
pero sí sé que mi pija estaba como nunca antes.
Me quedé sentado, apoyado sobre mis manos, mientras ella
comenzaba a acariciarme, tanto la pija como los huevos. Enseguida posó sus
labios en la punta de mi pija, mientras seguía acariciando mis bolas, con mucha
ternura. Yo estaba que reventaba, y le dije que iba a explotar en cualquier
momento. Ante esto, ella siguió acariciándome los huevos con una mano, mientras
con la otra me masturbaba, con toda la cabeza de mi pija dentro de su boca.
Con todo esto, no pude aguantar más, y comencé a eyacular. El
primer chorro de leche le llegó hasta la garganta, pero después, no sé si por el
asombro, o porque no le gustaba, se sacó la pija de la boca. Así los demás
chorros fueron a parar a su cara, el pelo, y el último en sus pechos.
Cuando terminó de salir leche ella estaba cubierta de blanco.
Un ojo no lo podía abrir, todo pegoteado. Y el cabello era un asco. Pero se ve
que le gustó tanto como a mí, ya que fue juntando con sus dedos la leche
derramada, y se la iba llevando a la boca con deleite.
¡Mirá cómo me dejaste! – Me dijo, pero sin ningún tono de
enojada. Me voy a tener que bañar – Añadió. Me ofrecí a lavarla yo, ya que era
quien la había ensuciado, y luego de pensarlo un poco, aceptó. Nos terminamos de
sacar la poca ropa que nos quedaba, y nos metimos bajo la ducha.
Le lavé el cabello, mientras ella jugaba con mi pija, que a
pesar del agua que caía, ya estaba totalmente empalmada otra vez. Limpié con
cuidado su cara, y bajé a sus pechos, que enjaboné con esmero. Sus pezones
estaban inmensos de nuevo, y aproveché para acariciarlos y pellizcarlos un poco.
Su concha fue objeto de todas mis atenciones, mientras veía
que cada vez se calentaba más. Ya comenzaba a tiritar de nuevo, pero le dije que
se diera vuelta. Cuando quedó de espaldas, pude apreciar su cola completa por
primera vez. Tenía un culo grande, aunque algo fofo y muy blanco.
Pasé jabón por sus nalgas, y luego metí la mano entre ellas.
Instintivamente separó sus piernas, con lo que pude enjabonar a conciencia el
agujero de su culito. Mis dedos iban de éste a su concha, y volvían. Con todo el
jabón que tenía, cada vez que iba para adelante mis dedos entraban sin problemas
en su vagina; y enseguida a la vuelta empezaron a penetrar su culo. Primero uno,
luego dos, y llegaron a entrar tres, aunque con mucha dificultad. Pero ella
estaba en otra, ya que con la otra mano le masturbaba el clítoris, y estaba que
hervía nuevamente.
Como estaba medio agachada, y yo ya estaba relanzado, saqué
mis manos y la tomé de la cintura, apoyando la punta de mi pija en el agujero
del orto. Hice un poco de presión, y el glande entró entero en sus entrañas.
Pero parece que ella no estaba tan ida, ya que al darse cuenta, se corrió
enseguida y se dio vuelta.
No te di permiso para eso – Me dijo enojada. Cerró de golpe
las canillas y salió de la ducha con un toallón en la mano. Yo salí también,
pero me quedé en el baño secándome. Por el enojo de la tía, mi pija se había
bajado nuevamente, pero yo seguía caliente igual.
Me enrollé el toallón a la cintura, y fui a ver a la tía, que
estaba sentada en su cama, cubierta totalmente por su propio toallón. Intenté
pedirle perdón, sobretodo cuando vi que caían lágrimas por sus mejillas.
Disculpame tiíta – Le dije. No quise propasarme.
Me dijo que no me preocupara, pero que eso no podía ser. Una
cosa es que yo te enseñe muchas cosas – Dijo. Y otra es que tengamos relaciones.
Eso no es posible – Concluyó. Yo soy tu tía.
Me llamó a su lado, y cuando me senté junto a ella, abrió su
toallón, dejando su cuerpo nuevamente al aire. ¿Todavía quieres mamar mis
pechos? – Preguntó. Y por toda respuesta me prendí a ellos, como si fuera un
bebito recién nacido. A medida que iba chupando, ella quitó mi toallón, y
comenzó a acariciarme la pija, que no tardó en estar al palo de nuevo.
Déjame un poco – Me dijo. Y se recostó en la cama. Ven y
siéntate sobre mi estómago – Me pidió. Y así lo hice, sin saber que se traía.
Pero me enteré enseguida. Acomodó mi pija entre sus grandes tetas, y la apretó
con ellas. Antes que me diera cuenta, me estaba pajeando, y cada vez que mi
cabecita asomaba entre sus pechos, ella le daba un lengüetazo.
Así no tardé en acabar de nuevo, dejándola otra vez llena de
leche. Salió tanto como la vez anterior, pero esta vez se tragó casi toda, y la
saboreó como si fuera un manjar.
Yo seguía igual recaliente, y cuando ella se puso a limpiarme
la verga con su boca, yo me di vuelta sobre ella y comencé a chuparle la concha.
Enseguida mi pija estaba otra vez lista para la guerra, y ella comenzaba a
demostrar su excitación. Pero esta vez aguanté mucho más, ya que llevaba varios
orgasmos. Pero ella terminó enseguida.
No con la fuerza de las anteriores, pero fue un orgasmo que
le duró un buen rato. Yo no la dejaba descansar. Me pedía que parara de lamerla,
pero no solté su clítoris hasta ver que estaba rendida.
Tía – Le dije, o casi le supliqué. Yo quiero debutar con vos.
¡Por favor! – Le pedí. Dejame metértela por algún lado, por adelante o por
detrás, pero dejame – Seguí insistiendo. Pero fue en vano, no logré convencerla,
y me dijo que ya me había dejado hacer mucho más de lo que debiera. Nunca nadie
había metido ni un dedo en mi cola – Argumentó.
Creo que ya has aprendido bastante – Dijo luego. No enojada,
si no con mucha dulzura. Y luego juntó sus labios a los míos, en lo que fue
nuestro primer y único beso. Pero fue delicioso, ya que nunca nadie me había
besado con lengua y todo. Fue muy cariñosa, pero a la vez muy sensual. Tanto que
mi pija comenzaba a subir de nuevo.
Cuando nos separamos, dijo que ya era suficiente. Las clases
terminaron – Dijo. Tu hermano y tus primas están por llegar, así que vistámonos
y los esperamos. Ni se te ocurra contar nada de esto – Siguió. A nadie. Y no
pienses que se va a volver a repetir.
Y así fue. Nunca más tuvimos un encuentro con la tía Juana.
Salvo en mi imaginación, ya que en esa época pasó a ser la imagen preferida para
mis pajas diarias. Durante mucho tiempo no pasó ni un día en que no me
masturbara soñando con mi madrina. Pero después de ese día, nada pasó de ser un
sueño.
Por ello aquí termina esta historia, ya que no tuvo
continuación. Al menos con mi madrina. Tal vez algún día les cuente las cosas
que hacíamos con mis primitas, incluido mi hermano Horacio y mi hermana
Cristina; pero ya será otra historia.
Un abrazo,
Billy billyarg@yahoo.com