La chica del colectivo (Andanzas de adolescentes)
Esta no es una historia real (aunque me hubiera gustado que
lo fuera), pero está basada en situaciones y personajes verdaderos, a los que
sólo les cambié los nombres y algunos lugares, como para guardar el secreto...
i han leído mis historias sobre Ivanna; Virginia; Marita y
Silvina; Verónica y Beatriz ó Carla, ya somos conocidos. Soy Billy, de
Argentina; un cuasi cuarentón, en no muy buen estado. Nací en Buenos Aires, pero
vivo con mi familia desde hace unos años en Neuquén, debido a mi trabajo en una
empresa multinacional.
Esta historia que les cuento hoy, sucedió hace muchos años,
algo así como veinticinco años atrás. Yo por esa época era un adolescente en sus
primeros años de escuela secundaria, entre doce y trece años.
Para entonces era, y lo mismo la mayoría de los chicos de mi
edad, lo que en mi país llamamos un pajero. Dedicaba más tiempo a masturbarme
que a comer. Ávido lector de todas las revistas pornográficas que pudiera
conseguir (que no eran muchas hace dos décadas y media atrás); y habitué de los
cines que pasaban películas porno (de esas que hoy dan por televisión).
Pero no es a estas actividades a las que me quiero referir
hoy; si no otra a la que nos dedicábamos, más que nada con un primo mío,
Alberto, de mi misma edad. Con él nos habíamos hecho adictos al manoseo de la
cola de las mujeres, y para ello teníamos desarrolladas dos tácticas distintas.
Una de ellas era en bicicleta, salíamos los dos en una, y
mientras uno la conducía, el otro iba sentado atrás. Cuando pasábamos cerca de
una señorita, los dos tirábamos el manotazo. Si llevaban polleras cortas, nos
poníamos de acuerdo para que el que iba adelante se la levantara, de forma tal
que el otro le tocaba el culo directamente sobre la bombacha.
Para ello nos turnábamos en la ubicación; y también íbamos
rotando los barrios donde llevábamos a cabo estas "tareas", ya que nos íbamos
haciendo conocidos, después que a una misma chica le hubiéramos tocado el culo
dos o tres veces.
De todas maneras, tampoco es de esto de lo que quería hablar;
si no de nuestra segunda táctica para el manoseo, que nos dio muchas más
satisfacciones (paja por medio) que la anterior.
La segunda forma la llevábamos a cabo en los colectivos (o
buses). Nos dedicábamos a subir a los colectivos que iban llenos, detrás de
chicas que valieran la pena, y en el tumulto aprovechábamos para toquetearlas.
Estos manoseos eran mucho más duraderos que los de la bicicleta, y por eso los
preferíamos.
Yo vivía en el Gran Buenos Aires, pero iba a un colegio en la
capital, de doble turno. Aprovechábamos con Alberto las horas del mediodía, para
andar en colectivo. Nuestros preferidos eran los de la línea 132. Quien viva o
haya vivido en Buenos Aires, seguro los conoce. Nos subíamos en Plaza Miserere,
para ir hacia el centro. En el camino, esta línea pasa por toda la zona de las
universidades.
Esto hace que siempre vayan llenos, y además viajen muchas
chicas, estudiantes universitarias. Y eso es lo que los hacía convenientes a
nuestras necesidades. La mayoría de las veces no llegábamos siquiera a donde el
chofer vendía los boletos (en esa época no existían las máquinas automáticas),
con lo que la joda nos salía gratis.
La táctica consistía en esperar para subir detrás de alguna
que valiera la pena. Vale aclarar cuál era en ese sentido nuestro concepto.
Nunca nos molestábamos en mirar su cara, ya que no nos importaba. Una chica
valía la pena si llevaba pantalones ajustados, marcando un buen culo; o si tenía
pollera, que si era corta mejor. En este caso no nos preocupábamos porque el
culo estuviera bueno o no.
Lo de las polleras nos permitía a veces ser más audaces, y
manosear su cola por debajo de ellas, acariciando sus bombachas e inclusive
cuando estas eran medio chicas, llegábamos a la piel de las nalgas. Cuando
conseguíamos una cosa así, era el delirio total, lo máximo.
Claro que no siempre se podía. A veces subíamos detrás de
alguna que enseguida se nos escabullía de nuestro alcance. Otras, ni bien las
rozábamos se corrían; o nos miraban bien feo. Algunas veces nos cruzábamos con
una histérica que nos puteaba o nos decía algo, pero eran las menos.
Todo esto iba muy bien, hasta que un día me crucé con algo
especial. Ese día andaba sólo, ya que mi primo estaba enfermo. Estaba cerca de
la parada del 132, cuando veo aparecer una posible víctima.
Era una chica de menos de veinte años, de la cual, cosa rara,
lo primero que me llamó la atención fueron sus tetas. Tenía puesta una remerita
sin mangas, y sus pechos resaltaban mucho, no por lo grandes, pero se veían bien
moldeados, sus pezones se marcaban en la tela, como si no tuviera corpiño.
Abajo llevaba una pollera casi hasta los tobillos, muy
acampanada, pero ajustada a la cola; tipo aldeana. Iba subida en unas sandalias
bastante altas, con lo que a mí me sacaba como media cabeza. En resumen, cumplía
con los requisitos para mi próxima actividad.
En los brazos llevaba varias carpetas, además de un bolso
colgando del hombro. Casi no le quedaban manos para sujetarse al subirse. Yo
también salía siempre con una carpeta en mis manos, de forma tal de ponerla
delante de mí en el colectivo, y así tener una excusa para tener mis manos por
delante; y usarlas para el toqueteo.
A pesar de mi apuro cuando la vi, no pude subir justo detrás
de ella, ya que se me adelantó una mujer grande, que para peor era bastante
gorda. Maldecí por lo bajo mi mala suerte, ya que sería difícil alcanzarla, una
vez dentro; pero me subí igual.
Por suerte, la gorda se puso a un costado de la chica que
seguía, y yo prácticamente me le puse detrás. Entre mi vecina de al lado, y
varias personas más que subieron detrás mío, quedé totalmente apretado a mi
víctima.
Enseguida comencé a acariciar sus nalgas, con mucho disimulo,
aunque difícilmente alguien pudiera verme. Al principio uno siempre está
expectante a sus reacciones, pero cuando vi que no hacía absolutamente nada por
correrse, me puse más audaz.
En vez de seguirla tocando con el dorso de mis manos,
mientras sostenía la carpeta, liberé una de ellas, y comencé a acariciarla con
la palma y los dedos. Su colita se sentía grandiosa, ya que la pollera era de
una tela muy finita, y podía sentir dónde comenzaba y terminaba su bombacha, que
no era muy grande. La parte que no cubría la bombacha se sentía como si
estuviera desnuda.
Ante estos avances, ella tampoco hizo nada. Inclusive me
pareció que en un momento que se acomodaba un poco la gente, ella no se movió,
dejando pasar a otro pasajero, y quedándose pegada a mí. Yo ya estaba a cien, e
inclusive pensaba en apoyármela un poco, pero la diferencia de altura lo hacía
difícil.
Por lo tanto, tomé otra determinación. Viendo que no pasaba
nada con lo que le hacía, me animé un poco más aún. Muchas veces metíamos la
mano por debajo de las polleras de las chicas, ya se los dije, pero eso es fácil
cuando usan minifaldas; nunca lo había intentado con una pollera de ese largo.
Agacharme para tomar el ruedo de su falda era imposible,
apretados como estábamos. Por lo tanto, la tomé con mis dedos por la parte donde
ya se separaba de su cola, y comencé a arremangarla hacia arriba. Lo hice muy
despacio, para ver cómo reaccionaba, pero no pasó nada.
Cuando ya el borde de la pollera alcanzó la altura de sus
rodillas, se trabó. Se ve que allí quedaba aprisionada entre su pierna y algún
otro pasajero, porque no subía más. Primero pensé que ella se la estaba
agarrando, para no permitirme seguir; pero sus manos seguían sosteniendo las
cosas que llevaba.
Volví a pegar un tirón un poco más fuerte, para ver que
pasaba. Ante esto, ella se movió un poco, y yo me asusté. Ahora vienen los
gritos – Pensé. Pero no fue así, el movimiento sirvió para liberar la pollera
del atascadero, y que comenzara a subir nuevamente. No podía creer que ella me
estuviera ayudando, pero ya era imposible que no se hubiera dado cuenta de lo
que hacía.
La subí un poco más, hasta que pude meter directamente mi
mano por debajo. No quería destaparla demasiado, para que no fuera muy evidente
para los demás. Por ella ya no me preocupaba, pues se dejaba hacer.
Metí mi mano, arrastrándola por su muslo, que iba desnudo, ya
que no tenía medias. Fui subiendo, hasta que alcancé la base de sus nalgas, que
también estaban desnudas, porque la bombacha era muy chica, y la tenía metida
entre las dos esferas.
El colectivo pegó una frenada, y la gente se volvió a
acomodar, pero ella y yo aguantamos en el mismo lugar. Evidentemente no tenía la
menor intención de separarse de mí. Ya a esa altura yo estaba al palo, y
decidido a todo; me sentía con piedra libre.
Acaricié unos momentos su colita, disfrutándolo como nunca;
hasta que ella aprovechó un movimiento del colectivo, y quedó con sus piernas
algo abiertas. Sola mi mano se fue entremedio, acariciando hacia delante, hasta
su concha, cubierta por la bombacha. Esta estaba completamente mojada, lo que me
hubiera indicado el grado de excitación de ella; si no fuera que yo a esa altura
de mi vida, ni sabía que a las mujeres se les humedece la concha cuando se
excitan.
Aunque pensé que se había orinado, no me molestó seguirla
acariciando. Ella cada vez se movía más, pero para apretarse contra mí y mi
mano. En un momento tomé la bombacha, y con bastante dificultad, la hice a un
costado; llegando con mis dedos directamente a su pubis. La concha la tenía
cubierta por mucho pelo (o al menos eso me pareció), pero se sentía suave al
tacto.
Estaba tan mojada, que mis dedos se fueron casi solos al
interior de su vagina; y ella comenzó a refregarse contra mi mano. Así
estábamos, cuando ella cerró de golpe sus piernas, dejando mi mano adentro, y
refregándose con fuerza. Enseguida comenzó a temblar, y mi mano se llenó de los
jugos que salían de su interior. Tiempo después, supe que eso había sido su
orgasmo.
Cuando liberó mi mano, separando las piernas otra vez, yo la
llevé de nuevo para atrás, pero por dentro de la bombacha, alcanzando el agujero
de su culito. No tuve mucho tiempo de acariciarlo, ya que estábamos llegando a
la zona de las facultades, y allí el colectivo siempre se vaciaba mucho. Además
lo más probable era que ese fuera su destino.
Y no me equivoqué. A la cuadra siguiente se separó de mí, y
en la próxima se bajó. Yo seguí una parada más, y me bajé también. Me metí en el
primer bar que encontré, y me fui directamente al baño. ¡No les puedo contar la
paja que me hice!, ¡la mejor de mi vida!; y eso que ya me había ido en seco en
el colectivo, mientras la manoseaba. Me pajeé con una mano, mientras olía y
chupaba los dedos de la otra, mojados con su jugo. Tenía un olor fuerte, pero no
de orina, y me agradó mucho.
Esa noche lo llamé a Alberto, para contarle lo que me había
pasado. Primero no me creyó, pero tanto le insistí, que decidió que era verdad.
Quedamos en juntarnos al día siguiente, más o menos a la hora en que me había
encontrado con la chica el día anterior, para ver si la hallábamos otra vez.
Ese día yo tenía gimnasia, así que iba vestido con un
pantalón de jogging, remera y zapatillas. Nos encontramos en la parada, y como
siempre, esperamos un poco alejados, a ver que venía. En eso apareció una mina
muy buena; tenía un soberano culo, enfundado en unos pantalones bien ajustados.
¡Vamos por esa! – Dijo Alberto. Pero yo le insistí para que la dejáramos pasar.
Por seguir a una – Le expliqué. Podemos perdernos a la de
ayer. Yo no pienso irme de acá. Ante mi insistencia, Alberto también se quedó.
No habían pasado cinco minutos cuando apareció ella, dándome la razón por haber
esperado, valía la pena el tiempo perdido.
Esta vez vino con una camisa muy suelta, y una pollera, que
sin ser minifalda, le llegaba un poco más arriba de las rodillas. Era toda
tableada, con lo que se volaba para todos lados. Tampoco llevaba medias esta
vez, pero se había puesto unas sandalias bajas, con lo cual quedaba a la altura
de Alberto, y sólo un poco más alta que yo.
Pudimos apreciar sus piernas, que se veían magníficas; por lo
menos a nuestra vista inexperta, y que no teníamos mucho con que comparar. Tenía
unos muslos rellenitos, pero con muy buena forma. De la parte de arriba no
pudimos apreciar nada, ya que la camisa no marcaba sus formas, y colgaba suelta
sobre la pollera.
En sus manos no llevaba nada, sólo el mismo bolso del día
anterior, que se veía más abultado. Por lo visto, había metido todas sus cosas
dentro de él.
Me miró al acercarse despacio a la parada, y se dio cuenta
que éramos dos. Le dije por lo bajo a Alberto que yo me adelantaría, para
ponerme antes que ella en la fila, y que él se pusiera atrás. Así podremos
hacerle un sandwich en el colectivo – Le dije. Y los dos tener acceso a ella.
Dicho y hecho, le gané de mano y me puse en la cola antes que
ella. Enseguida detrás se ubicó mi primo. En el mismo orden ascendimos, y para
variar nos tuvimos que quedar casi en la puerta. Inclusive Alberto quedó parado
en el último escalón del estribo, ya que no pudo subir más. Yo creo que lo hizo
a propósito, ya que nos gustaba tener la cola de las chicas en alto, lo que
facilitaba el manoseo.
Parte de lo que les cuento ahora, lo supe por mi primo, ya
que yo no veía lo que hacía él, que fue el primero en tomar contacto. Alberto
estaba en mejor posición que yo, que hasta ese momento le daba la espalda a la
chica. Comenzó sus caricias directamente por debajo de la pollera, lo que le
resultó muy fácil, debido a la diferencia de altura del piso, y el tipo de falda
que usaba.
La mayor sorpresa se la llevó cuando llegó a la cola, y por
más que la manoseaba, no encontraba la bombacha. ¡Iba desnuda debajo de la
pollera! A esta altura había conseguido darme vuelta, en uno de los tantos
acomodos del colectivo; y en ese momento, Alberto terminó de subir, quedando a
la misma altura de la chica y yo.
Ahí nos miramos a los ojos por primera vez. Como les dije
antes, nunca nos interesó la cara de nuestras víctimas; es más, evitábamos
mirarlas directamente, porque nos daba algo de vergüenza. Pero esta vez valió la
pena. Esta chica era hermosa, o al menos así me pareció en mi calentura. Tenía
una cara redonda, con boca y nariz chicas. Sus ojos verdes estaban detrás de los
cristales de unos lentes chiquitos, estilo Lennon.
Su cabello oscuro, lleno de ondas, le caía parte por delante,
hasta la altura de sus pechos, y parte para atrás. En conjunto era espectacular,
y no me dio ningún corte mirarla; ya que evidentemente ella me seguía el juego
de motus propio. Me miró, pero no hizo el menor gesto, ni una sonrisa.
Con cuidado fui bajando mi mano derecha, sosteniendo la
consabida carpeta con la izquierda. Ya a esa altura no me animaba a mirarla
nuevamente a la cara, así que miré para abajo. Llegué al borde de la pollera, y
levantándola apenas, metí la mano. Por supuesto que ella no dijo ni hizo nada,
sólo se movió un poco más hacia mí, apoyando sus pechos contra la mano que
sostenía mi carpeta.
No sé por qué, pero a mí no me sorprendió tanto encontrar que
no tenía bombacha; era consciente que ella había ido a propósito para la
oportunidad. Comencé a acariciar su pubis, esta vez desde el frente, cosa que
hacía por primera vez en mi vida. Pude sentir sus pelos, suaves, pero tupidos; y
cuando bajaba mi mano para acercarla a su concha, ella entreabrió las piernas,
lo suficiente para que mis dedos pasaran de largo, hasta chocar con los de
Alberto, que la acariciaba desde atrás.
Por la sorpresa de encontrarme otra mano (o más bien, la
falta de costumbre, ya que sabía que mi primo estaba allí), amagué sacarla, pero
ella cerró bruscamente sus piernas, dejándonos a los dos aprisionados allí.
Luego las volvió a abrir, inclusive un poco más que antes, dejándonos actuar a
los dos a la vez.
Alberto fue el primero en meter sus dedos dentro, y luego los
sacó, para pasarlos a la cola. Después me contó que por primera vez había
penetrado un culo, aunque fuera con su dedo. Y eso hizo, con el dedo mojado en
los jugos de la chica, que ya estaba totalmente encharcada, lo fue metiendo en
el orto, hasta que lo tuvo todo adentro.
Mientras tanto, yo suplanté la mano de Alberto con la mía, en
la concha de la chica. Y enseguida tenía metidos tres dedos hasta el fondo.
Cuando comencé a acariciarla, me di cuenta que ella también había bajado su
mano, y directamente la había metido por dentro del elástico de mi pantalón. En
menos de un minuto, me estaba acariciando la pija, por encima de mi calzoncillo
(todavía no usábamos slip).
Si para entonces yo ya estaba al mango, ni les cuento como me
puso sentir su mano, y más cuando por la bragueta del calzoncillo sacó mi pija,
y se puso a acariciarla dentro del pantalón. Mientras ella me masturbaba, yo
aumenté el ritmo de mis caricias en su concha, metiendo y sacando mi mano, lo
que hacía que rozara constantemente su clítoris.
Acabamos casi al mismo tiempo. Ella empezó primero, pero le
duró tanto el orgasmo, que yo me calmé antes que ella. Debe haber sido por la
práctica de tantas pajas seguidas. Obviamente yo largué toda mi leche dentro del
pantalón, manchándole la mano con que me había pajeado. Mi propia mano estaba
empapada de sus jugos.
Los dos levantamos las manos al mismo tiempo, y como si nos
hubiéramos puesto de acuerdo, las llevamos a nuestras bocas. La miré a los ojos,
y pude apreciar como se lamía la leche de sus dedos. Se tomó todo lo que estaba
esparcido por su mano. Yo hice lo mismo, deleitándome con sus jugos, igual que
el día anterior.
En el interín, Alberto seguía jugando con su culo, y también
pasando los dedos a la concha. Aprovechó el tiempo que yo la dejé libre, para
hacerse la fiesta. Una vez que tuvo sus dedos bien lubricados, pudo meterle
hasta tres en el culo a la chica, facilitado porque ella se inclinaba hacia
atrás, dejándole el orto a disposición.
Cuando ella bajó su mano nuevamente, rozó mi pija por sobre
el pantalón, notando que seguía al palo. A esa edad, una acabada no hacía más
que calentarme, y no me calmaba. Me miró con cara de asombro, pero siguió muda,
como todo el viaje.
Con su mano bajó un poco la parte delantera de mi pantalón,
dejando al aire mi pija, que seguía fuera del calzoncillo. Luego se volvió a
apretar contra mí. Al hacerlo, aprovechó para levantarse la pollera, con lo que
mi pija quedó dentro de aquella. Cuando nos juntamos, tenía la verga apoyada
contra su concha.
Yo no lo podía creer. Esto nunca me había pasado, ni me lo
había imaginado en mis mejores pajas. Esta mina me estaba haciendo todo eso a
mí. Mientras yo no atinaba a hacer nada, ella volvió a abrir un poco más las
piernas, con lo que quedó más abajo, y mi pija en la entrada de su vagina.
Comenzó a moverse, frotándose la punta de mi pija contra su clítoris, pero de
ahí no pasábamos.
Estirate un poco – Me dijo en voz baja, con un tono grave que
nunca olvidaré. Y fue lo único que le escuché decir. Entonces comprendí qué
quería; me puse en puntas de pie, presionando contra ella. Con este solo
movimiento alcanzó para que mi pija la penetrase. No llegó a entrar del todo,
pero sí más de la mitad.
A ella parece que le alcanzó, ya que comenzó a moverse
lentamente, refregándose contra mí. Le llevó muy poco tiempo alcanzar otro
orgasmo; al estar mi pija medio afuera, rozaba constantemente su clítoris. Por
otra parte, mientras yo la penetraba por adelante, tenía clavados los dedos de
Alberto en el orto. Pero para mí esos movimientos no eran suficientes, para
poder acabar.
Metí mi mano por debajo de su pollera, y tomé la base de mi
pija, que quedaba fuera suyo. Lentamente, comencé a pajearme, sin sacarla de su
concha. Así sí pude correrme. Tuve un hermoso orgasmo, que me hizo largar
nuevamente un montón de leche, esta vez dentro de su concha.
Cuando terminé, ella se enderezó, y yo me corrí un poco para
atrás, para poder guardar mi pija en el pantalón. Ella acomodó su pollera, y se
dispuso a bajar. Todavía no estábamos en la zona de las universidades, pero ella
se bajó igual, en la siguiente esquina. Con Alberto hicimos lo mismo, pero nos
costó bastante reaccionar, y para cuando estábamos en la vereda, ella había
comenzado a alejarse. La última imagen que tengo es verla caminar, con su culito
parado, y un reguero blanco corriendo por sus piernas.
¡Está llena de leche! – Me dijo mi primo. ¿Qué hiciste? Nos
sentamos en una pared bajita, y nos contamos todo lo que había sucedido,
inclusive me enteré que el le había estado tocando las tetas metiendo una mano
por debajo de la camisa, ya que no llevaba puesto corpiño.
A partir de enetonces, fuimos un montón de veces a la misma
parada, en el horario que la habíamos encontrado esos dos días, pero no apareció
más. Nunca supimos cómo se llamaba, qué edad tenía, ni nada. Para nosotros fue
simplemente la chica del colectivo. Pero para mí, también fue quién me desvirgó,
a edad tan temprana, y en una situación tan extraña. Y este es el final de la
historia. Por lo que les digo ¡hasta pronto!.
Un abrazo,
Billy billyarg@yahoo.com