ROSAS DESGARRADAS (2)
“Perdón” –
dijo a un hombre alto, indiferente a la bulla a su alrededor, inmóvil como un
monumento. La joven seguía con la vista clavada en la ventana y de repente una
voz electrizante le susurró al oído: “¿Cúanto vales, preciosa?”
Pasó un mes. Eva
apenas se acordaba de aquel episodio embriagador. “Se llama Alejandro.
¡Menuda tentación! – comentó su amiga, testigo del delirio teatral. – Te
estaba mirando como si quisiera devorarte allí mismo en las mejores tradiciones
de canibalismo. ¿Te parece atractivo?” “Sí, muy atractivo, aunque su
encanto se deshace como burbujas de champán en cuanto dejas de verle. Por lo
contrario, mi querido Julio es un vino añejo que puedes saborear siglos y
milenios”, - confesó Eva.
Sin embargo, las
cosas con “su querido Julio” no funcionaban bien. Se amaban, se complementaban,
necesitaban uno a otro – los dos lo sabían. Pero él tenía una especie de
fijación en la imagen divinizada de su madre, las demás mujeres eran de usar y
tirar. Sólo Eva consiguió encender una chispa en la hoguera muerta. Y
precisamente por eso Julio rehuía la unión absoluta de sus cuerpos y sus almas.
13 años mayor que ella, bastante escarmentado, sabía dominar las pasiones debajo
del caparazón de su carácter reservado y tranquilo. “¿Sería capaz de vivir
una tormenta conmigo? – se preguntaba Eva. - ¿Acaso no me desea?”
Julio era increíblemente guapo, un desconocido elegante de épocas pasadas,
desprendía mucho más magnetismo que Alejandro con sus mañas de conquistador
despreocupado. Para el colmo, Eva coincidía con su amado en tantas cosas que
llegó a leerle el pensamiento en varias ocasiones. “Tengo miedo de perder la
magia que me das, Evita. He estado con muchas mujeres que me veían como un puro
juguete sexual. No sé que pasará con nosotros si nos acostamos. Hay que esperar”.
¿Esperar? Todo el mundo, incluyendo a los más estúpidos, le diría que el amor no
espera.
Una tarde lluviosa
de noviembre Eva subió a un bus repleto de gente. Triste, irritada, a punto de
llorar, con las palabras de Julio rondando su mente atormentada. Empujones y
magreos por todos los lados. “Perdón” – dijo a un hombre alto,
indiferente a la bulla a su alrededor, inmóvil como un monumento. La joven
seguía con la vista clavada en la ventana y de repente una voz electrizante le
susurró al oído: “¿Cúanto vales, preciosa?” Los ojos negros del actor,
dos pozos de egoísmo, la taladraban desde arriba. Esta vez no había escapatoria.
Eva respondió tartamudeando, imitando inconscientemente la voz de actriz:
“Unos francos… lo que sea… Mi hija acaba de morir… tenga piedad, señor”.
Una oleada de gente por poco la aplastó contra el pecho caliente de Alejandro.
Eva constató con asombro que no había intentado meterle mano pese a muchas
posibilidades. Y así, suspendidos, iban tejiendo una conversación rara,
impregnada de ironía, deseo, ternura y agresión.
-
¿Me pides piedad, cariño? ¿Crees que te la mereces? Oh, Eva, me conoces
mal.
-
No te conozco de ninguna manera y tú a mí tampoco.
-
Aún no es tarde.
-
¿De dónde sabes mi nombre?
-
Se escapó de la boca de tu novio. Por cierto, ¿era tu novio?
-
No.
-
Entiendo, una maniobra evasiva…
-
Piensa lo que quieras, Alejandro Magno.
-
¿De dónde sabes mi nombre? ¿Te gusta leer el cartel?
-
Se escapó de la boca de mi mejor amiga. Era la primera vez que fuimos a
tu teatro.
-
Muchos estrenos son interesantes. No se olvidan. La calidad depende del
actor, por supuesto. Y de su material.
-
¿Garantizas buena calidad?
-
Excelente. ¿No lo has visto?
-
He visto lo suficiente.
-
Hay mucho más sorpresas en la caja de Pandora.
-
Debo bajar. ¿Me ayudas?
-
Claro, bajo contigo.
Fuera del bus la
ironía alegre de Alejandro cedió lugar a una fuerza sombría.
-
Ha sido un placer pero tengo que irme
corriendo. Estudio periodismo y hay tanto trabajo…
El actor la atrajo hacia sí de un tirón. Sus
manos empezaron a recorrer el cuerpo de Eva con movimientos lentos y seguros
como si se dispusiera a estampar el sello de propietario. Ella no hizo nada,
ofreció todo el terreno al calor abrasador del hombre.
-
¿Una alumna super dotada? No me interesa
de dónde vienes, a qué te dedicas. No me interesan tus aficiones y tus gustos.
Estoy casado… ¿y qué? Serías mi amante, mi tesoro oculto…
El primer beso salió formal, con labios casi
secos. El segundo… absorbente, vampírico, interminable… se hacía más y más
violento al igual que la lluvia enloquecida que azotaba sus rostros fundidos.
Les costó mucho apartarse.
-
Escúchame, Eva. Hoy no podré darte lo mejor de mí, tengo unos compromisos
que cumplir. Además, mi mujer y mi hijo están en la ciudad, se marchan mañana.
Toma la llave de mi apartamento. Te espero a las ocho, - y le dio una tarjeta de
visita.
-
No puedo. No creo que venga.
-
Yo sí lo creo. Estás hambrienta, mi niña. Sabes muy bien que necesitamos
una descarga. Adelante… - le guiñó un ojo. – De todas formas la llave está en
tus manos.
El hechizo de
Alejandro se iba evaporando con la distancia. En cambio, la imagen adorada de
Julio cobró fuerza al igual que la sensación de culpa. La verdadera culpa era de
él. Ojalá pudiera deshacerse del poder de su madre, ojalá pudiera borrar sus
decepciones amorosas del pasado. Eva intentó citarle y… fracasó. Los ojos azules
de Julio huyeron en una dirección desconocida. Dijo que le esperaban “asuntos
urgentes” en la finca de la Madre y que volvería pronto. “Julio, dime
abiertamente si te fastidio. Te dejaré en paz”. “¿Me fastidias? ¿Tú? ¿El
mejor regalo en los últimos años? ¡Qué disparate! Simplemente necesito la
soledad”. Julio tenía sus períodos de alejamiento total y Eva se lo
respetaba, ella misma era bastante introvertida. Lo peor es que parecía
inoportuno precisamente ahora… Pasó la noche en blanco, lloró toda la madrugada
y al mediodía tomó una típica decisión impulsiva: No puedo tener mi amor, por
lo menos tendré buen sexo… Julio no me desea, da igual a quién entregar mi
cuerpo. Alejandro me atrae, le gusta arrebatar la iniciativa… adelante, la llave
está en mis manos. A las ocho en punto abría la puerta del apartamento
indicado.