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TODORELATOS » RELATOS » ROSAS DESGARRADAS (1)
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 TODORELATOS.COM Fecha: 04 de Diciembre, 2008.
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Rosas desgarradas (1)

solweig
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El actor tenía hechizadas a todas las mujeres. La sala diminuta permitía observar la función muy de cerca… demasiado. Eva se sentía indefensa, expuesta a la mirada lujuriosa de aquel “hombre fatal”. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

ROSAS DESGARRADAS (1)

El actor tenía hechizadas a todas las mujeres. La sala diminuta permitía observar la función muy de cerca… demasiado. Eva se sentía indefensa, expuesta a la mirada lujuriosa de aquel “hombre fatal”.

-         Una chica de mirada triste… tan triste que parecía una víbora mordiendo su propia cola. Una puta romántica, “alma perdida” de los boleros. “¿Cúanto vales, preciosa?”  “Unos francos… lo que sea… Mi hija acaba de morir… tenga piedad, señor”. Sus besos sabían a lágrimas, su cuerpo era más yerto que el de maniquí. Y esos malditos ojos se apartaban de mí, se volvían hacia dentro, hacia un embudo de dolor. No dejaba de murmurar “mi hija… mi pequeña… tiene frío”. Por eso no supo responder a mis caricias, no supo satisfacer mi deseo. Me sentía frustrado y dolido, por primera vez en mi vida me enamoré de verdad y… nada. Hacer el amor con ella… sería lo mismo que follar un cadáver.  Entonces tuve que pegarla, le regalé una lluvia de golpes y bofetadas, arrojé dos billetes sobre la mesa y me marché llevando en mi recuerdo su cara de fantasma. Mucho más tarde me enteré de que la chica de mis sueños, la chica de mirada triste se llamaba Edith Piaf.

Eva salió de su distracción habitual para prestar más atención al tipo que pronunció esas palabras. No esperaba nada bueno de una obra dramática sobre Edith Piaf y se aburría de antemano. Sin embargo, el actor tenía hechizadas a todas las mujeres desde el primer instante. La sala diminuta (3 filas, 30 espectadores) permitía observar la función muy de cerca… demasiado. Eva, sentada en la primera fila al lado de su primo y su mejor amiga, se sentía indefensa, expuesta a la mirada lujuriosa de aquel “hombre fatal”. Tuvo que reconocer que el apodo banal le venía como el anillo al dedo. 1.90 de estatura, robusto como un campesino, majestuoso como un emperador romano, peligroso como un gangster y pícaro como Lazarillo de Tormes. La piel color marfil contrastaba con el negro de su larga melena rizada. Las facciones eran varoniles y algo bruscas sin llegar a vulgares, tenía todos los atributos necesarios de un macho prepotente. Sus ojos negros deseseperaban con una frialdad penetrante de estatua guardando en el fondo dos ascuas, capaces de convertirse en llamas infernales. Emanaba sensualidad sin tapujos y a la vez con cierto halo de misterio.

Alejandro, celebridad de escala local, se dio cuenta de que era el foco de mayor tensión para el público feminino. Como siempre. Solía elegir a una sola hembra para hacerle señas provocativas, dirigir mensajes implícitos y de paso mejorar sus tácticas artísticas. Esta vez tuvo suerte. La fuente de inspiración merecía un aplauso. Un anzuelo perfecto para un hombre como él, un polo opuesto, un desafío personificado. Combinaba los rasgos de una niña inocente con los de una mujer seductora, creada para el placer. Rostro ideal de las pinturas del siglo XVIII, luminoso, lánguido, concentrado en sí mismo, poco común en los tiempos modernos. Por lo contrario, sus ojos, una extraña síntesis de lapislázuli y verde oscuro, no tenían nada de estática vidriosa de vírgenes medievales, delataban a una aventurera traviesa que luchaba por subir al escenario de la vida. “Te ayudaré, niña – pensó Alejandro entregándose a la actuación. – Será un clásico dúo de ángel y demonio”.

Eva no pudo dominar el temblor de excitación al verle pegar a su compañera. La actriz (que sí tenía un parecido asombroso con Edith Piaf) cayó al suelo y lloró con gran naturalidad. Mientras tanto Alejandro se detuvo frente a la espectadora especial, a la distancia mínima que dejaba disfrutar del roce cálido de su aliento. Siguió con la obra: “Sí, estoy casado… ¿y qué? Ella sería mi amante, mi tesoro oculto, mi pasión agridulce. Paso de las convenciones hipócritas y ella también…” Parecía que estaba dialogando con Eva. ¡Fantástico! Se las arregló a declarar sus intenciones sin abandonar al personaje. La joven aguantó el ataque haciendo acopio de todas sus fuerzas. No quería bajar al nivel de mujeres fáciles que se morían de ganas de ser un número más en una lista de conquistas. Además, andaba profundamente enamorada de un hombre maravilloso, su alter ego y su sueño dorado. Intuía que el amor era correspondido, faltaba poco para forjar una relación seria. No había lugar para caprichos pasajeros. A sus 22 años Eva todavía no se despidió del último atributo de niñez, seguía aferrada a su himen y a su fama de belleza inalcanzable. Por esa razón odió el cosquilleo inquieto en el secreto húmedo de su cuerpo, odió los latidos de sangre agolpada en las sienes, odió el morbo que le salía por los poros y teñía de rosa las mejillas de satén.

Alejandro notó que el objeto de hoy oponía una digna resistencia a sus avances. Pero el instinto cazador le susurró que el flechazo había sido sofocado en el germen, reprimido sin piedad. La atracción quedó en vilo gracias a la intervención del orgullo. Qué absurdo. “Déjate de rodeos, nena. No te hagas la estrecha. Conozco tus verdaderos deseos como si fueran míos. ¿Nos vemos esta tarde? ¿Sí o no?” Llegó la hora de su escena preferida, la de rosas desgarradas. Irrumpió a las tablas al estilo de un caballo desbocado, se arrodilló al lado de “Edith”, le ofreció un ramo de rosas. La actriz contestó con un beso lascivo. Entonces Alejandro dio un salto espectactular, se quitó el esmoquin y el sombrero, arrancó los botones de camisa dejando al descubierto un torso fornido y una cascada de rizos alborotados. Acto seguido se puso a deshojar las flores encarnadas. Lamía las espinas, mordía los tallos, esparcía los pétalos… Todo al ritmo vertiginoso, con una brutalidad deliberada. Al final volvió a acercarse a la butaca de Eva para desgarrar la última rosa y tirar los restos fragantes a sus pies. En aquel momento ella olvidó los remordimientos. Estaba mojada, inundada en todos los sentidos. Su carita tierna se hundió en el letargo de una entrega total y definitiva. No anhelaba más que una cosa – quedarse a solas con el poseso que tenía delante.

La función resultó un éxito. 30 espectadores no dejaban de aplaudir y gritar. Excepto Eva. Se sentía incómoda bajo el peso de la mirada hipnotizante que la envolvía hasta los huesos. Sabía con certeza que no saldría de aquí sin él. ¿Y después? ¿Traicionar el amor de sus entrañas? Imposible. Quedaba la única opción: recurrir a la ayuda del primo.

Alejandro maldijo el Universo al verla en compañía de un chico ordinario, un noviete mocoso sin duda. Entre risas y bromas logró captar la frase “Sabes, Eva, creo que Edith Piaf era toda una ninfómana, ¿verdad?” Eva, claro, qué nombre podría ser… Impotente, absorto en su furia, la observó con descaro hasta que se perdió en la noche. Silueta de curvas voluptuosas. Rostro de santa, formas de sirena. “Te felicito, Alejandro. Se te escurrió el botín. Quizá para siempre”.

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