ROSAS DESGARRADAS (1)
El actor tenía hechizadas a todas las
mujeres. La sala diminuta permitía observar la función muy de cerca… demasiado.
Eva se sentía indefensa, expuesta a la mirada lujuriosa de aquel “hombre fatal”.
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Una chica de mirada triste… tan triste que parecía una víbora mordiendo
su propia cola. Una puta romántica, “alma perdida” de los boleros. “¿Cúanto
vales, preciosa?” “Unos francos… lo que sea… Mi hija acaba de morir…
tenga piedad, señor”. Sus besos sabían a lágrimas, su cuerpo era más yerto
que el de maniquí. Y esos malditos ojos se apartaban de mí, se volvían hacia
dentro, hacia un embudo de dolor. No dejaba de murmurar “mi hija… mi pequeña…
tiene frío”. Por eso no supo responder a mis caricias, no supo satisfacer mi
deseo. Me sentía frustrado y dolido, por primera vez en mi vida me enamoré de
verdad y… nada. Hacer el amor con ella… sería lo mismo que follar un cadáver.
Entonces tuve que pegarla, le regalé una lluvia de golpes y bofetadas, arrojé
dos billetes sobre la mesa y me marché llevando en mi recuerdo su cara de
fantasma. Mucho más tarde me enteré de que la chica de mis sueños, la chica de
mirada triste se llamaba Edith Piaf.
Eva salió de su
distracción habitual para prestar más atención al tipo que pronunció esas
palabras. No esperaba nada bueno de una obra dramática sobre Edith Piaf y se
aburría de antemano. Sin embargo, el actor tenía hechizadas a todas las mujeres
desde el primer instante. La sala diminuta (3 filas, 30 espectadores) permitía
observar la función muy de cerca… demasiado. Eva, sentada en la primera fila al
lado de su primo y su mejor amiga, se sentía indefensa, expuesta a la mirada
lujuriosa de aquel “hombre fatal”. Tuvo que reconocer que el apodo banal le
venía como el anillo al dedo. 1.90 de estatura, robusto como un campesino,
majestuoso como un emperador romano, peligroso como un gangster y pícaro como
Lazarillo de Tormes. La piel color marfil contrastaba con el negro de su larga
melena rizada. Las facciones eran varoniles y algo bruscas sin llegar a
vulgares, tenía todos los atributos necesarios de un macho prepotente. Sus ojos
negros deseseperaban con una frialdad penetrante de estatua guardando en el
fondo dos ascuas, capaces de convertirse en llamas infernales. Emanaba
sensualidad sin tapujos y a la vez con cierto halo de misterio.
Alejandro,
celebridad de escala local, se dio cuenta de que era el foco de mayor tensión
para el público feminino. Como siempre. Solía elegir a una sola hembra para
hacerle señas provocativas, dirigir mensajes implícitos y de paso mejorar sus
tácticas artísticas. Esta vez tuvo suerte. La fuente de inspiración merecía un
aplauso. Un anzuelo perfecto para un hombre como él, un polo opuesto, un desafío
personificado. Combinaba los rasgos de una niña inocente con los de una mujer
seductora, creada para el placer. Rostro ideal de las pinturas del siglo XVIII,
luminoso, lánguido, concentrado en sí mismo, poco común en los tiempos modernos.
Por lo contrario, sus ojos, una extraña síntesis de lapislázuli y verde oscuro,
no tenían nada de estática vidriosa de vírgenes medievales, delataban a una
aventurera traviesa que luchaba por subir al escenario de la vida. “Te
ayudaré, niña – pensó Alejandro entregándose a la actuación. – Será un
clásico dúo de ángel y demonio”.
Eva no pudo dominar
el temblor de excitación al verle pegar a su compañera. La actriz (que sí tenía
un parecido asombroso con Edith Piaf) cayó al suelo y lloró con gran
naturalidad. Mientras tanto Alejandro se detuvo frente a la espectadora
especial, a la distancia mínima que dejaba disfrutar del roce cálido de su
aliento. Siguió con la obra: “Sí, estoy casado… ¿y qué? Ella sería mi amante,
mi tesoro oculto, mi pasión agridulce. Paso de las convenciones hipócritas y
ella también…” Parecía que estaba dialogando con Eva. ¡Fantástico! Se las
arregló a declarar sus intenciones sin abandonar al personaje. La joven aguantó
el ataque haciendo acopio de todas sus fuerzas. No quería bajar al nivel de
mujeres fáciles que se morían de ganas de ser un número más en una lista de
conquistas. Además, andaba profundamente enamorada de un hombre maravilloso, su
alter ego y su sueño dorado. Intuía que el amor era correspondido, faltaba poco
para forjar una relación seria. No había lugar para caprichos pasajeros. A sus
22 años Eva todavía no se despidió del último atributo de niñez, seguía aferrada
a su himen y a su fama de belleza inalcanzable. Por esa razón odió el cosquilleo
inquieto en el secreto húmedo de su cuerpo, odió los latidos de sangre agolpada
en las sienes, odió el morbo que le salía por los poros y teñía de rosa las
mejillas de satén.
Alejandro notó que
el objeto de hoy oponía una digna resistencia a sus avances. Pero el instinto
cazador le susurró que el flechazo había sido sofocado en el germen, reprimido
sin piedad. La atracción quedó en vilo gracias a la intervención del orgullo.
Qué absurdo. “Déjate de rodeos, nena. No te hagas la estrecha. Conozco tus
verdaderos deseos como si fueran míos. ¿Nos vemos esta tarde? ¿Sí o no?”
Llegó la hora de su escena preferida, la de rosas desgarradas. Irrumpió a las
tablas al estilo de un caballo desbocado, se arrodilló al lado de “Edith”, le
ofreció un ramo de rosas. La actriz contestó con un beso lascivo. Entonces
Alejandro dio un salto espectactular, se quitó el esmoquin y el sombrero,
arrancó los botones de camisa dejando al descubierto un torso fornido y una
cascada de rizos alborotados. Acto seguido se puso a deshojar las flores
encarnadas. Lamía las espinas, mordía los tallos, esparcía los pétalos… Todo al
ritmo vertiginoso, con una brutalidad deliberada. Al final volvió a acercarse a
la butaca de Eva para desgarrar la última rosa y tirar los restos fragantes a
sus pies. En aquel momento ella olvidó los remordimientos. Estaba mojada,
inundada en todos los sentidos. Su carita tierna se hundió en el letargo de una
entrega total y definitiva. No anhelaba más que una cosa – quedarse a solas con
el poseso que tenía delante.
La función resultó
un éxito. 30 espectadores no dejaban de aplaudir y gritar. Excepto Eva. Se
sentía incómoda bajo el peso de la mirada hipnotizante que la envolvía hasta los
huesos. Sabía con certeza que no saldría de aquí sin él. ¿Y después? ¿Traicionar
el amor de sus entrañas? Imposible. Quedaba la única opción: recurrir a la ayuda
del primo.
Alejandro maldijo
el Universo al verla en compañía de un chico ordinario, un noviete mocoso sin
duda. Entre risas y bromas logró captar la frase “Sabes, Eva, creo que Edith
Piaf era toda una ninfómana, ¿verdad?” Eva, claro, qué nombre podría ser…
Impotente, absorto en su furia, la observó con descaro hasta que se perdió en la
noche. Silueta de curvas voluptuosas. Rostro de santa, formas de sirena. “Te
felicito, Alejandro. Se te escurrió el botín. Quizá para siempre”.