MARÍA
El que lo veía caminar por las estrechas calles de la Ciudad
Vieja de Montevideo notaba en él toda su pinta de taita y malevo.
Desde la ropa hasta su forma de caminar y moverse, denotaban el típico guapo
que tanto se conoce por las letras los tangos.
Jaime, más conocido como el "papi" Jaime, era alto, de pelo
negro corto, con ojos penetrantes que relojeaban todo por debajo de su
gacho; los botines le relucían de tanto betún y lustre; llevaba puesta una
camisa blanca, con el cuello y puños inmaculados y para rematar el traje gris,
una bufanda de seda que anudaba en el cuello como lo requería la moda del
momento.
El tenía su propio negocio y hacia allá se encaminaba. Era un
cabaret, aunque algunos lo tildaran de "cabaretucho" o peor aún: "piringundín".
Su negocio era respetable y tenía fama en el ambiente del arrabal. Desde que
Carlitos cantaba allí había subido la concurrencia; ahora también estaba María,
con esa hermosísima voz y esa mezcla rara de nena bien y milonguera que
enloquecía a más de uno.
Después de admirar en la puerta el nombre del lugar:
"Chanteclaire", entró, pegó una rápida mirada a la concurrencia y fue para el
mostrador.
-¿Qué hacés, Pardo? Servime una ginebra ¿querés? Y mové
las tabas que traigo seco el garguero.
-Pará un segundo que ya te doy. ¡Y no me apurés si me
querés sacar bueno!
-¿Dónde está la María? ¿Ya llegó?
-Sí, está en el camarín.
-¡Bien! Esa mina es cumplidora y eso me gusta.
El cabaret estaba casi lleno. El humo de los puchos y
el ruido de las voces y risas era lo típico de esos lugares. De repente todo
quedó en silencio y Jaime vio que todos miraban hacia la puerta . La curiosidad
lo hizo girar hacia la entrada y entonces se preguntó lo que el resto de la
gente: ¿qué querrían esos tres "cajetillas"?
-¡Pardo! Andá y atendé a esos pitucos a ver qué
quieren. Llevalos al privado, y si quieren más, pueden usar mi oficina.
Entendiste, no?
-Sí patrón.
-Dale, movete entonces. Y cualquier cosa me avisás.
El Pardo era su empleado de confianza. Lo vio dirigirse a los
hombre bien vestidos y entonces reconoció al que venía al mando: se trataba de
Don Floreal Vargas de Ron y Ruiz, perteneciente a una de las familias de más
rancio abolengo y Senador de la República para más datos. Lo había visto en más
de un acto político y era uno de los pocos que la gente consideraba honesto. Y
le surgió la clásica pregunta: ¿qué haría un hombre como aquél en un cabaret
como ese? No era lo normal que gente de aquella categoría visitara el
Chanteclaire.
Los vió desaparecer dentro del privado. Quizás tendría alguna
cita con alguna mina. Quizás venía por alguna de las pibas del lugar. En fin, ya
lo averiguaría cuando volviera el Pardo. María ya estaba por salir a cantar.
-"María…" -pensó. Que a este tipo no se le ocurra venir por
María o se las vería con él. No sería la primera vez que sacaba el facón del
cinto para pelearse por una mujer. Ni sería la última. María no era de él, pero
tampoco sería de ese viejo.
-Patrón, el pituco viejo viene por la María. Quiere usar su
despacho. Dice que se la mandemos pero que no le digamos nada de quién se trata.
-¿Así? Dejámelo a mí nomás. ¡Yo lo arreglo! "Así que Senador
incorruptible y honesto, no? –pensó para sí- ¡ja! son todos iguales. ¡Viejo
degenerado!
Los aplausos y gritos lo arrancaron de sus pensamientos.
María ya estaba en escena hermosamente enfundada en un traje de "mina de
arrabal": falda de raso negro, a la rodilla y con un profundo y sugerente tajo
que dejaba ver la liga adornada con encajes y pequeñas flores, liga que sujetaba
la media de red y enfundaban las bellísimas piernas; blusa blanca cerrada,
zapatos de tacón y pañuelo al cuello. El maquillaje era algo exagerado para una
mujer tan joven, y el lunar pintado junto a su boca le daba un encanto especial.
Arrancaron las guitarras mientras ella se movía en el escenario como una
experta.
El "papi" le pegó una mirada rápida al privado y vió al
Senador haciendo gestos como de enojo mientras que los hombres que lo
acompañaban trataban de detenerlo. Apuró su paso hasta allí y entró.
-Buenas noches Senador.
-¿Qué tienen de buenas? ¿Quién es usted y con qué derecho se
mete aquí?
-Mi nombre es Jaime. Jaime Vaz pa’ lo que guste
mandar. Y soy el dueño de este lugar. Parece muy enojado, ¿lo puedo ayudar en
algo?
-¿Así que es el dueño? Entonces dígame cómo obligó a mi hija
María a cantar en un lugar tan bajo como éste.
-¿María es su hija? -dijo lleno de asombro- Yo no lo sabía
señor. Ella se presentó aquí un día y me hizo una historia de un padre viudo,
enfermo y sin trabajo. Dijo que ella era el único sostén de su padre y sus seis
hermanos. La probé, cantaba bien y la contraté hace unos pocos días. Canta muy
bien, es todo un éxito como podrá ver.
-Sí, todo un éxito, claro… Para esto la hice estudiar piano y
canto con los mejores profesores del país, para que terminara en un
peringundín de mala muerte ¡como una cabaretera!
Don Floreal hervía de rabia. Era un hombre relativamente
joven, pues tendría unos cincuenta años; canoso y de porte elegante, todo un
caballero. Pero en ese momento su cara estaba desencajada y se veía colérico e
irritado.
-Quiero llevarme a mi hija de aquí ahora mismo.
-Entiendo perfectamente Don Floreal, pero… permítame hacerle
una proposición.
-Usté no está en condiciones de hacerme ninguna
proposición mocito.
-Lo que voy a proponerle es por el bien de María. Le pido que
al menos me escuche; tendrá tiempo de rechazarme si no le parece bien.
El Senador vaciló un momento. Luego, mirándolo a los ojos le
dijo:
-Lo escucho.
Cuando María terminó su actuación, el "Pardo" la estaba
esperando.
-María, el "papi" quiere hablar con vos. Dice que vayás a su
despacho, que te espera allá.
-Bueno, me cambio y voy.
-No, tiene que ser ahora mismo. Dale que te acompaño.
María lo miró extrañada. ¿Cuál sería el apuro que ni siquiera
podía cambiarse esa pollera tan atrevida, con ese tajo que dejaba a la
vista todo su muslo? Le divertía vestirse así, como una arrabalera. Menos mal
que allí nadie la conocía, que si no…
Siguió al Pardo hasta el despacho y éste golpeó la puerta.
-¡Pasá! –gritó el "papi" Jaime desde dentro.
A María le sonó un tanto raro el tono de su voz, pero estaba
tan feliz con su éxito de esa noche que no le dio importancia. Abrió la puerta,
entró y… sus ojos no daban crédito a lo que veía: ¡su papá el Senador y el
"papi" Jaime juntos! No, no era posible. Y se veían tan enojados los dos.
-Papá… pa… "papi"… yo…
-Hola María. ¿Sorprendida de verme nena? –le preguntó el
Senador.
-Papá, yo… yo te voy a explicar… yo… este…
-¿Qué? ¿Qué es lo que me vas a explicar? Esto no tiene
explicación posible –le gritó.
María bajó la cabeza y con un hilo de voz se atrevió a
preguntarle:
-¿Cómo lo supiste? ¿quién te lo dijo?
-¡Sos una desvergonzada y una caradura! Me engañaste
como un estúpido, pusiste el buen nombre de la familia en juego, no te importó
todos estos años de sacrificio para mantener mi buen nombre y mi carrera
política. ¡Sólo quisiste jugar a ser cabaretera sin pensar en nada ni en nadie.
-Dio un paso largo hacia ella y la encaró: ¿Querés saber cómo me enteré?
Pasé a verte antes de irme a dormir y me extrañó tu posición en la cama, porque
no era como acostumbrás dormir. Vi que estabas destapada fui a cubrirte. Cuando
me acerqué, me di cuenta que mi "nena" no era otra que Renata, la sirvienta.
Ella pagó bien caro el ser tu cómplice, y te juro que recordará esta noche cada
vez que se siente, porque me encargué de ponerle el culo como una brasa, Y
después de negarse y a base de azotes por fin me dijo dónde encontrarte. Así que
vine a mostrarte el camino de vuelta a casa.
Sabía que estaba totalmente perdida y comenzó a sollozar. No
podía huir ni hacer nada que no fuera aceptar su destino. El Senador le gritó a
uno de sus empleados:
-¡Felipe! Andá al auto y traéme "aquello" –Felipe salió de
inmediato de la habitación- Y vos dejá de lloringuear que todavía no te
di motivos para eso. Pero en unos momentos vas a llorar de verdad… ya vas a ver!
-Pero papá…
-Pero papá, nada! No puedo tolerar una cosa así: me
engañaste, me mentiste, traicionaste mi confianza y no conforme con eso, lo peor
de todo: pusiste el nombre de la familia y mi carrera política en juego. Si
alguno de mis detractores se enterara de esto, estaría perdido. Y lo mismo
hiciste con Don Jaime.
-Sí María -agregó Jaime- A mí también me engañaste. Dijiste
un montón de mentiras que yo creí y todavía me hiciste quedar mal con alguien
como el Senador, que merece todo mi respeto como hombre y como político.
Preparate María, porque vas a recibir una lección inolvidable.
-Por favor "papi" Jaime, dame otra oportunidad. Yo solo
quería cantar tango y era la única manera de conseguirlo.
-Pues si eso era lo que querías, lo lograste. –le dijo el
Senador- Ahora vas a pagar el precio por conseguir tu capricho. Sos una rebelde,
consentida y caprichosa. ¡Estoy harto de tus impertinencias! Pero todavía estoy
a tiempo de corregirte y es lo que voy a hacer. Así que, vení para acá. Y vos
Julio, esperá afuera. Cuando vuelva Felipe que no entre, yo lo llamaré.
-Sí, Don Floreal.
-Sí –dijo el "papi"- Tomátelas vos también.
Don Floreal tenía a María agarrada del brazo. Ella miraba
todo sin saber qué hacer y con los ojos fuera de sus órbitas. Sabía que no era
nada bueno lo que venía, pero no podía imaginarse qué pasaría. Sin soltarla le
dijo al "papi" que acercara una silla, la puso en medio de la oficina y...
-Bien María, llegó el momento. El "papi" Jaime y yo hemos
llegado a un acuerdo para tu castigo: dado que los dos somos los ofendidos, los
dos te castigaremos. Y no se te ocurra decir nada, protestar o intentar huir
porque no te va a servir de nada, entendés? Sólo vas a ganar que te castiguemos
todavía más. Dale, vení para acá! Don Jaime, aquí se la entrego. Comience cuando
quiera.
María estaba aterrorizada. Ahora sí imaginaba algo de lo que
le esperaba.
-Pero papá, vos jamás permitiste que otra persona me
castigara.
-Pero esta vez es diferente. ¡Y vos te lo buscaste!
El "papi" Jaime no le dejó hablar más. De un tirón la colocó
sobre sus rodillas y comenzó la azotaína. No tenía ninguna piedad con ella. Don
Floreal le había dicho que comenzara él y que lo hiciera sin quitarle la ropa, y
el "papi" Jaime aceptó de buen grado.
Los golpes seguían cayendo y luego de unos minutos, a la seña
de Don Floreal, Jaime paró.
-Ahora es mi turno. Vení para acá –le dijo, y de un tirón le
arrancó la falda dejándola con las bragas solamente- Conmigo no vas a tener la
suerte que tuviste con Jaime.
Le bajó las bragas y la colocó sobre sus rodillas. María
conocía de sobra las manos de Don Floreal. Sabía cómo golpearla para que doliera
más. Ella no lo veía, pero tenía sus cachetes con un bonito color rosado, que
fue perdiendo para convertirse en rojo fuego a medida que el Senador comenzó a
descargar golpes sobre ella, que se moría de vergüenza por la humillación de
estar frente al "papi" casi desnuda.
De nada le sirvió patalear, gritar y llorar, solo que su
padre aumentara la intensidad de los golpes. Nunca la había azotado con tanta
fuerza ni tan duramente. Durante el castigo cada uno de ellos le fue diciendo lo
enojado que estaba, lo mal que se había comportado y que esto era por su bien,
para que aprendiera los modales que se esperaba de una señorita de su rango
social.
-No te vas a olvidar de esta paliza en tu vida.
-Lo siento papá, lo siento…
-Por supuesto que lo sentís, pero… ya es tarde, lo hubieras
pensado antes.
Su culito, antes tan blanco y suave estaba del color de los
tomates maduros.
-Ahora parate y no se te ocurra tocarte, entendiste? Andá
para el escritorio, y ya sabés cómo ponerte. Separá las piernas y agarrate
fuerte: no te va a gustar lo que viene ahora.
Sintió el inconfundible sonido de cuando su padre se sacaba
el cinto, pero lo sintió dos veces… la iban a golpear los dos, ¡uno de cada
lado! Y así fue: el primer cintazo fue del "papi" Jaime y cruzó su culito con
una franja roja. No se había recuperado aún de ese cuando sintió el segundo, aún
más fuerte, que la golpeaba del otro lado. Y así fueron cayendo, uno a uno, los
100 golpes con el cinto. Ya casi no le quedaban lágrimas ni fuerzas para llorar.
Su culito se veía hermoso, rojo y con innumerables marcas
cruzadas formando equis. El "papi" fue el que habló ahora:
-Podés frotarte un poco -le dijo con una voz tajante y sin el
menor grado de compasión. No lo iba a reconocer ante nadie, pero el ver a María
de aquella forma lo hizo ponerse en un grado de excitación que casi no podía
disimular.
María comenzó a frotarse su torturada colita y a pegar
saltitos por toda la oficina. Don Floreal se acercó a la puerta y habló con sus
hombres. Cuando volvió a entrar, María tembló al ver lo que traía en la mano:
¡eran dos canes! Ella odiaba aquel instrumento. Prefería 10 azotes con cualquier
otra cosa que un solo golpe con la cane. Miró al Senador con ojos suplicantes,
pero una mirada fría fue todo lo que obtuvo por respuesta.
-Sobre el respaldo del sofá… ¡ahora!
-Por favor "papi", con la cane ¡noooooooo!
-Según me dijo Don Floreal, será con la que más aprendas, así
que… ponete en posición y… slienci o te va a dir más "pior".
En la forma en que estaba acomodada, su maltratado trasero
quedaba totalmente expuesto. Cambiaron posiciones y el Senador dio comienzo al
castigo con el primer varazo: fuerte y seco. María saltó de dolor, movió sus
caderas, levantó sus piernas y se preparó para el segundo, que fue ejecutado por
Jaime y tan doloroso como el primero e igual a todos los que les seguirían.
Uno tras otro fueron cayendo los varazos, hasta que se
miraron entre ellos y con un gesto se indicaron que era suficiente.
Ayudaron a María a recostarse en el sillón y comenzaron a
ponerle crema acompañada de compresas de agua tibia para calmarla. Los dos le
hablaban con ternura y le repetían que todo había sido por su bien y que debía
acabar con esa doble vida.
Luego de un rato, Don Floreal envolvió a María en un cobertor
y le dijo a Renato que la llevara hasta el auto. Se despidió del "papi" y salió
de la oficina seguido por Julio. En último lugar salió Renato con María en
brazos.
Cuando se alejaban, María asomó la cabeza, miró a el "papi"
Jaime y, mientras sonreía levemente… le guiñó un ojo.
¿FIN?
Ana Karen
Montevideo
23 de octubre de 2005