2: 00 horas. Felación.
Las dos nos dimos cuenta de que Carlos nos observaba desnudo,
apoyado en el marco de la puerta de la cocina. Desnudo, hermoso, nos miraba con
curiosidad, con el pene semiflácido y bebiéndose el mejunje que le habíamos
preparado. ¡Vamos otra vez al dormitorio nenas! – dijo. Yo me levanté
hipnotizada y caminé hacia la puerta, y como quiera que Elisa estaba como
narcotizada, él se aproximó hacia a ella y la cogió en brazos, como antes lo
hiciera conmigo.
Otra vez los tres en la cama mi yerno me preguntó ¿por qué
no me haces lo que a la zanahoria? Enrojecí enteramente. Lo de la raíz fue
un juego, pero lo que me pedía era algo bastante fuerte.
- Sí, hazle lo que has hecho con la zanahoria –dijo Elisa-,
pero al final no te la comas.
Ese comentario nos hizo reír a los tres, lo que contribuyó a
aliviar mi tensión y adquirir valor para corresponder la petición de Carlos.
- Nos pondremos en la postura que te sea más cómoda Azucena
–me dijo Carlos-. Para ello sugiero ponerme de pie y que tu te sientes al borde
de la cama.
Me hice un poco la tonta e hice preguntas tales como ¿así
está bien?, ¿más para acá, más para allá?, pero la congoja me hacía tragar
saliva y más cuando mi yerno se plantó frente a mí, con su pene semierguido a la
altura de mi boca. Carlos y Elisa vigilaban mi reacción. Rememoré las palabras
de ella en la cocina, "Llevo años deseando poseer el miembro de tu yerno
Azucena. Es… tan duro, tan grande, tan largo, tan…" Alcé mi mano derecha y
cogí aquel aparato con la punta de mis dedos. La fuerza de aquella barra de
carne no se hizo esperar y pronto comenzó a izarse. Me tocaba a mí entrar en
acción. Recordé el chiste aquel en el que un exhibicionista se sacaba el pene
ante una chica y le decía ¡aprovéchate!, y ella cogía el aparato del tío
a modo de micrófono y exclamaba ¡aprovecho para saludar a mi madre, mi padre,
mi abuela…! En mi boca se dibujó una sonrisa a la vez que Carlos acercó más
la punta de su cipote a mis labios, y más, y más…, hasta que su piel contactó
levemente con la mía. Con mis manos recogidas en el regazo hice acopio de
valentía y estiré con indecisión mi lengua, y casualmente la punta de mi húmedo
músculo contactó primeramente con su frenillo, del que ignoraba fuese una de las
zonas más sensibles del órgano de los hombres. Eso provocó un escalofrío en mi
yerno que hizo que se erizara todo el vello de su cuerpo, a la vez que arqueaba
más su espalda acercando más su pene contra mi cara. Una de sus manos se coló
entre la tela de la bata que llevaba puesta y comenzó buscar mis senos. La otra
mano sujetó mi nuca haciéndome obligatorio llevar a cabo el trabajito bucal. Y
como ya era estúpido cualquier remilgo, me propuse buscar la táctica apropiada
para darle placer, de modo que habiendo descubierto que el contacto de la lengua
con el frenillo le hizo sentir una descarga eléctrica pensé en pasar la lengua
por allí varias veces más, quizá durante un par de minutos y luego buscar otro
modo de placer, sin llegar a ser monótona, en una secuencia de contactos entre
mi boca y su duro pene. Gustó este trato a Carlos, que entornó los ojos y volcó
la cabeza hacia atrás. Inmediatamente a las lamidas del frenillo pasé a algo más
osado por mi parte, que fue rodear con mis labios únicamente su glande, sin
abarcar ni un milímetro más de la extensión de su inmenso aparato. Las glándulas
salivales de mi boca estaban en plena producción y aproveché esta circunstancia
para bañar el rosado capullo que estaba chupando. Mi lengua rodeó en un
movimiento circular continuo aquel caramelo de sabor caliente y agrio, en una
labor que se extendió también otro par de minutos. Ahora pensaba yo en cuál iba
a ser el siguiente paso cuando noté que unas manos rodeaban mi torso
acariciándolo. Era Elisa que, arrodillada detrás de mí en la cama, me abrazó.
Este gesto hizo que mi boca se detuviese unos instantes, y Carlos se sobresaltó
abriendo los ojos para dirigirnos su penetrante mirada. Se limitó a sonreír y a
decirme que no parase por una tontería. La tontería era que Elisa me había
agarrado de las tetas y me las estaba sobando. Respiré hondo ante tal acometida
y seguí con el caramelo que sujetaba entre mis labios. Carlos me cogió de las
manos y las llevó a sus nalgas, haciéndome ver que quería que le acariciase el
culo.
Apreté un rato más los labios en forma de anillo en torno al
bálano y de seguido lamí, esta vez sí, toda la extensión de la verga de mi
yerno, a lo cual él reaccionó con un gemido irreprimible. Volví a abrir la boca
y tragarlo cuando escuché decir a Elisa: ¡Fóllale la boca!
No comprendí literalmente la expresión de la chica, pero
de inmediato Carlos me agarró la cabeza y dio comienzo a un mete y saca continuo
y constante con mi garganta como tope.