ESPAÑA EN LOS MUNDIAL DE ALEMANIA 2006
Primera parte
Leipzig, 14 de junio: España 4 Ucrania 0
El estadio con edificio y entrada dantesca le llamaban
"Estadio de los Cien Mil" por su capacidad anterior. Es la cuna del fútbol
alemán y sede de la antigua Alemania del Este y ahora renovado. Fue construido
en 1936 para los Juegos Olímpicos de Alenaia36 con apariencia de una concha
invertida. Se restauró en el 2003 siendo cubierto con aquellas grandes pantallas
que dejaban a las inclemencias de tiempo tan sólo el césped y sus jugadores. Lo
visitó el 11 de junio las Selecciones de Servia y Holanda y lo visitarían a lo
largo del 18 y 21 de mismo mes Francia – Corea e Irán – Angola. Ahora, día 14,
estaba España como la Selección más resplandeciente del recién empezado Mundial.
El Estadio estaba apoteósico por el magistral juego que hacía
el combinado español. Carles miró a la extraordinaria muchacha que tenía a su
izquierda, muy cerca de él. Era, entre los espectadores españoles, la que más
gritaba, brincaba, alzabas estrepitosamente sus preciosos brazos haciendo
piruetas de danzarina, cómica, diría él, y de las más simpáticas. De los más de
38898 espectadores que estaban en el estadio Leipzig, esa chica destacaba con
diferencia de entre todos.
En el primer gol de Xabi Alonso, a los doce minutos del
partido, fue cuando se fijó abiertamente en sus orondas formas bien diseñadas;
el de Villa, cinco minutos después, él no podía quitarle los ojos de encima al
desarrollado pecho suelto de la joven y, en el tercero, que fue de penalti y
sancionado por el mismo jugador que metió el esférico engañando al portero
ucraniano, la españolita morena, rellenita y espectacular como el partido mismo,
no dejó de moverse y hacer mover escandalosamente sus grandes senos bien
puestos.
Era una morena natural de piel dorada y apariencia caribeña.
Cabellos negros, lacio, brillante y largos, estirados hacia atrás y recogidos
por una visera roja y amarilla. No muy alta, más bien rellenita y unas líneas de
perfectas curvas por toda su persona y, sobre todo ¡Dios de Dios! aquellos
soberbios pechos embutidos a la fuerza en la camiseta roja con visillos
amarillos, sin magas, de tiros finos y escote generoso, amenazando con estallar
la prenda dejando al descubierto los "balones de reserva" de la Selección
española que pretendía guardar la fémina egoístamente, porque eran
desarrollados, macizos y estaban sueltos allí, en su emplazamiento original. No
tendría, por lo que dedujo, más de veinte años o veintidós a lo sumo,
posiblemente dos más que su hija Soledad ¡Cómo le gustó aquella muchacha desde
que la vio!
–"Si no fuera por lo joven que es…" –pensó con mucha
tristeza.
Carles, hombre solitario, callado por naturaleza y muy suyo,
como buen catalán, no se dio cuenta que la joven también hacía más de dos horas
que lo observaba con arrobo. Tan pronto le echó sus grandes y melados ojos
encima por primera vez lo siguió discretamente allá donde fue.
-¡Cómo me gustan los hombre mayores! ¡No lo puedo remediar! Y
éste ¡Dios! sobre todo –decía en voz alta sin que nadie reparara en lo que
decía. El volumen de las voces al tiempo en todo el estadio pasaba en cuatro
veces los decibelios permitidos y apagaban con creces el comentario femenino.
-¡¡¡GOOOOOOOLLLLLL!!! ¡¡¡GOOOOOOOOLLLLLL!!!
¡¡¡GOOOOOOOOOOOOLLLLLL!!! –Gritaban los presentes poniéndose en pie todos a la
vez, brincando, chillando aún más, abrazándose, llorando. Las caras pintadas con
los colores de la bandera patria se decoloraban por las lágrimas emocionadas…
¡Era el minuto 80 y Leipzig se venía abajo retorciéndose en sus cimientos!
España había metido el cuarto y definido gol por la escuadra
del portero ucraniano que ni la vio. En una magistral salida de Puyol diblando a
varios ucranianos la pone para Hugo y éste de cabeza la coloca a los pies de
Torre que, acto seguido, lanzó un patadón al esférico y éste entró triunfal,
como Pedro por su casa, en la portería de Shevchenko y a escasos centímetros de
sus dedos. El esférico se estrelló en la red estrepitosamente. Mil flashes
dejaron ver sus fogonazos captando para la historia deportiva el momento
glorioso. Las cámaras de televisión alemana repetían una y otra vez, asombradas,
el fantástico tanto al tiempo que mostraba a un público rojo y de otros colores
amigos enfervorecidos y fuera de sí.
La morenaza seguía con sus contorciones divertidas de
danzarina de ballet. Ahora estaba frente a él, muy, muy cerca. Sus pezones
desarrollados, erectos por la emoción del momento, casi lo tocaban. Los lindos y
húmedos ojos resplandecían exaltados en aquella ovalada carita de piel dorada y
brillante por el sudor. Su boca se veía de tamaño normal, los labios gordezuelos
y suavemente lacados en rosa se ofrecían gustosos por anticipado, con una amplia
sonrisa que dejaba ver una hilera de blancos dientes grandes y parejos. Carles
lo comprendió todo al momento por la penetrante mirada de la mujer, toda su
personita le estaba diciendo abiertamente que no le importaba que la abrazara,
la besara y la estrujara entre sus brazos. No tuvo el valor suficiente para
aceptar la invitación, era muy joven, tan joven como su hija, y el momento
maravilloso aquel se rompió en mil pedazos.
El rostro de la muchacha cambió radicalmente y la alegría de
antes se tornó en un mohín que mostraba la decepción, el desencanto que le
produjo la negativa. Dejó el exhibicionismo corporal para quedarse mirando
fijamente el campo, seria, malhumorada.
En el minuto 91 el árbitro sueco señor Máximo Busacca pitó
tres veces y el partido terminó. Tan sólo dio un minuto de los tres que
correspondían. Los españoles estaban enfebrecidos, fuera de sí y no deseaban
salir porque querían seguir viendo fútbol. La joven fue la primera en desfilar
seguida de cinco jóvenes más: dos chicas y tres muchachos. Iba delante y
enfadada, moviendo su espectacular culo dentro de un pantaloncito azul
eléctrico, estrecho, muy ajustado y que dejaba ver el principio de unas nalgas
prietas, deseables, moviéndose salvajemente dentro de la prenda.
Antes de doblar a la izquierda, en dirección a la salida,
siendo zarandeada por el maremagno de gente, se giró, esperó valientemente como
pudo y se enfrentó a él preguntando a bocajarro, escupiendo las palabras.
-¿Vas a estar en Berlín el próximo 19, sí o no? -¡Dios! qué
bella era aquella chiquilla, se dijo en el colmo de la admiración. Furiosa lo
estaba aún más.
-Si…, claro. He venido exprof… -La niña no esperó a más, se
giró y empezó a desaparecer dejándolo con la palabra en la boca- ¡Pero mañana
estaré en Núremberg, con el partido Inglaterra – Trinidad Tobago! ¡Parto esta
noche! –gritó más que habló.
La joven giró en redondo debatiéndose en un mar de gente que
la tocaba y zarandeaba más por su espléndida figura y desarrollos pectorales que
por el espacio suficiente que había para darle cobertura. Su rostro era ahora un
mar de alegría. Levantando la mano, antes de ser arrastrada literalmente, la oyó
decir
-¡Nosotros también, nosotros también vamos al partido! ¿Dónde
nos vem…? –Ya no la vio, no la pudo responder
-En general, zona norte –Dijo para sí cerrando fuertemente
los ojos porque quería transmitirle con el pensamiento donde se podrían
encontrar.
-¡¡¡Allí nos veremoooooss!!!
Se paró en seco dando un brinco de pura sorpresa ¿Había
escuchado bien o era sólo la alegría, la esperanza de saber que la podría
encontrar en aquel estadio?
Nuremberg, 15 de Junio: Inglaterra 2 Trinidad y Tobago 0
-Es, con diferencia, el campo de fútbol más pequeño que posee
este Mundial 2006 –Pensaba Carles mirando el edificio desde cierta distancia-
"Sólo tiene capacidad, según dice este folleto, para unas 37000 personas"
–siguió leyendo- "…está considerado como el edificio deportivo más ecológico de
Europa por su sistema de recogida de agua de lluvia que se utiliza para regar el
césped. Fue construido en 1925 con miras al futuro por su forma octogonal y en
él se recogerá cinco partidos del Torneo 2006…"
Éste era el primero
La grada norte estaba abarrotada de gente mezclada con los
colores británicos rojo, blanco y azul del Reino Unido y los rojos, azules
cobaltos, rojos de los de Trinidad y Tobago. Ya, cinco minutos antes de empezar
el partido, el griterío era estremecedor. A Juan no le importaba el panorama
futbolero de los seguidores, él nunca se mostraba eufórico ni vestía los colores
de su Selección, no iba con su forma de ser. No paraba de buscar y buscar por
todo el graderío. Miraba para arriba, a los lados, hacia abajo, siempre con
intensidad y lentamente para que no se le escapara detalle alguno, era
especialista en eso por ser policía. Ya estaba perdiendo la poca esperanza que
tenía de encontrarse nuevamente con la española de aspecto caribeño.
-¡Hola, fisgón! ¿Qué estabas mirando? ¿El paisaje? ¿También
las pechugas generosas de todas las chicas que hay por todas partes? Eso era lo
hacías conmigo ayer ¿Eh? ¿Vas a decirme que son mentiras mías? ¿A qué no sabes
cuantos goles metió España? ¿Lo sabes? ¿Lo sabes? –Machacona en su repetición,
metiendo su bonito rostro debajo de él para mirarlo, pesada porque no dejaba
meter baza- ¿Lo sabes? ¿Lo sabes de verdad? ¡Cuatro, amigo mío, cuatro estupendo
y gloriosos goles!
Estaba tan pegada a su pecho varonil que los macizos senos de
ella casi se hundían produciéndole una emoción infinita
-¡Pero no, el señorito tenía metidos sus ojos expresivos en
mis grandes tetas, continuamente, casi desnudándolas! ¡Joder, vaya que sí!
¡Cuatro! ¡cu a tro o o o o o!
Los dedos de la mano izquierda tamborileaban el nacimiento
del seno izquierdo que se estremecían como gelatina y su mano derecha mostraba
tantos dedos como goles españoles
-¡Mujer, no seas tan expresiva! ¡Caray! –el comportamiento de
la juventud moderna lo ponían nervioso. Ese descaro natural, brutal y
espontáneo, desinhibido, altanero que mostraban ellos en todo momento era muy
curioso. Lo entendía perfectamente porque tenía una hija de veinte años que se
portaba de igual manera pero, así y todo, no iba con su forma de ser. Miró hacia
otro lado algo violento.
La muchacha reía alegremente al verlo tan nervioso. Toda la
noche anterior se la pasó pensando en él, lo guapo que estaba, su elegancia
natural vistiendo, lo hombre que era, la anchura de hombros y el culito estrecho
y, seguramente amasado por su complexión atlética. Esa personalidad de hombre
serio la atraía mucho como si fuera un potente imán. Se cogió con sus dos
manitas al brazo izquierdo de Carles y se pegó todo lo que pudo a su costado.
-¿De donde eres? –Lo sentía temblar y percibía la piel de su
brazo erizada por su contacto físico –Me llamo Vanesa. Soy madrileña y merengue
hasta los huesos, como es natural en un buen español que se precie.
-Me llamo Carles, de Tarragona y culé hasta la muerte, como
corresponde a un buen catalán y a la gran mayoría de los españoles que tienen el
buen gusto de seguir al Barça.
Vanesa lo miró asombrada desde su altura, unos veinte
centímetros más baja, y se pegó más a él si cabe. Las veces que se movía y lo
acariciaba con sus senos lo sentía estremecerse más y más, le ponía los vellos
del brazo en punta y eso le gustaba porque se encontraba poderosa, dueña de la
situación y señora de él en ese momento por su poderío de mujer.
-Somos rivales y eso ¡Uuufff! Parece que le ha quitado
interés a este encuentro ¿No lo crees así? No sé si marcharme de tu lado, mis
amigos me matarían si supieran que estoy con un culé –Fruncía el ceño y arrugaba
la naricilla algo respingona. Tenía ganas de reír a grito pelado. Había visto
los apuros de Carles teniendo las manos en los bolsillos y una de ellas hacía
maniobras rápidas y con disimulo para colocarse bien la entrepierna.
La potencia de Inglaterra se impuso nada más empezar el
partido, los trinitenses luchan como gladiadores, no querían que les ocurrieran
lo mismo que con Suecia. Carles y Vanesa, sentados juntos, ella colgada de su
brazo, él atento a los roces continuos que la muchacha le proporcionaba más que
al partido en sí. No era España la que jugaba y las dos Selecciones en el césped
no lo emocionaban. Eran ellos tan sólo los que contaban en aquel gran recinto.
Durante todo el primer tiempo estuvieron juntos y justo,
cuando le enseñaban tarjeta amarilla a Jones, alguien la vino a buscar.
-¡Pero, tía! ¡Qué frescura la tuya! –Era una pelirroja
guapetona y algo altanera, cabreada de verdad- ¿Has venido con nosotros o te vas
a ligar al padre de alguna amiga tuya que te has encontrado aquí?
-¡Carmiña, no seas grosera! ¡Discúlpate, tía, discúlpate,
coño! –Se levantaba amenazadora.
La otra no hizo caso, dando media vuelta, comenzó a subir las
escalerillas que la llevaba a su grupo.
-¡Decídete, tía, o él o nosotros!
Carles no la miró ni contestó al exabrupto de la pelirroja.
Vanesa se levantó y con un suspiro resignado dijo
-Carles, discúlpala. He venido desde España con amigas y
amigos de la Facultad. Viajamos en un autocaravana en plan económico y tengo que
volver con ellos. Nos veremos en Berlín, si te parece.
-Podíamos quedar para vernos después tú y yo… -Vanesa lo
había desmoralizado. Se marchaba mientras lo miraba intensamente y lo dejaba
solo. No supo porqué pero aquella despedida le dolió en el corazón. Con la
sequedad propia del catalán, el hombre la despidió casi irrespetuosamente
-¡Adiós, chica, que te vaya bien! –Y miró hacia el lado
contrario para no verla marchar.
No se vieron a la salida ni tampoco en la calle. Carles
esperó paciente que la gente se disipara por si entre todo aquel maremagno
humano podía verla. No tuvo suerte, luego, caminó lentamente avenida abajo y se
perdió en las calles muy transitadas de la ciudad.
Llevaría más de dos horas caminando cuando sintió a lo lejos
una algarabía muy típica española de grupos en pura jarana. Más adelante los vio
que venían frente a él zigzagueando e interrumpiendo el paso a los peatones que
se apartaban molestos. Todos vestían prendas rojas con amarillo y pantalones de
licras azules eléctricos. Los observó sin verlos y, así, de pronto, no pudo
darse cuenta que entre ellos estaba la encantadora Vanesa hasta que no estuvo a
más de cinco metros de distancia de ellos. Cantaban el himno popular de la
Selección que no el de España, ese himno que no tiene letra.
¡¡…que viiiiva España,
la gente canta con ardor
y siempre la recordará
España es la mejoooorr!!
-¡Caramba, si es el jilipollas culé que tenía ganas de
meterle manos a Vanesa! Vejete ¿No te dio reparos estar al lado de una chica que
bien pudiera ser tu hija?
Así hablaba el chico que estaba más cerca de él, el del
extremo derecho de la batería, más alto y más bebido
Se iban acercando ya haciendo una línea en diagonal porque la
muchacha madrileña, que estaba al otro extremo, tiraba de ellos en sentido
contrario a la marcha. Cuando el muchacho, que estaba a la cabeza del grupo,
envalentonado por estar acompañado y las copas de más que llevaba encima, llegó
a la altura de Carles, lo empujó violentamente con el hombro haciendo que éste
trastabillara hacia atrás.
-¡Eh, tú, ten cuidado con lo que haces, hombre! ¡Diviértete
sin atropellar a la gente!
El joven, soltándose de la chica rubiales a la que estaba
enganchado, se revolvió contra el hombre. Se notaba a la legua que la sangre le
hervía por el alcohol. El catalán comprobó a simple vista que ninguno de ellos
eran Ultra Sur ni matones, sólo forofos, socios, simpatizantes del equipo
blanco.
-¿Cómo dijiste, culé de mierda? –Gritaba el energúmeno
Carles no quiso hacerle caso por respeto a la muchacha que
estaba enfrente. Iba a seguir su camino cuando el madrileño lo cogió por un
brazo y lo hizo girar bruscamente.
-¡Eres un culé cobarde! ¡Anda que te den por el culo, culé
maricón! –Y el chico levantaba su brazo izquierdo con la mano cerrada y el dedo
corazón levantado y mirando hacia el cielo.
El ofendido iba a responder de forma ciega, como hacen los
hombres cuando son atacados en su integridad. La joven Vanesa se interpuso entre
su compañero y él. Estaba asustada y sabía lo que iba a ocurrir acto seguido.
Estiró los brazos entre ambos y contuvo al catalán y a su compañero. Los ojos
grandes y melados eran todo un poema de súplica.
-¡Amigo, amigo catalán, no, por favor! Perdónalo –miraba al
hombre con sus pupilas brillantes- está bebido más de la cuenta y la euforia del
partido se le ha subido a la cabeza. Es un buen chico, lo juro ¡Te pido perdón
en su nombre, amigo catalán!
Carles, hombre alto y corpulento, más que el otro, la miraba
desde su altura, le gustó la valentía que mostró ella al interponerse entre él y
aquel berzotas borracho. En realidad le gustaba toda su personita dentro de
aquellas estrafalarias prendas.
-Te ha salvado la campana "amigo merengue". Nada como tener
una guardaespaldas tan bonita como ella ¡Adiós, simple!
La madrileña cerró los ojos ante el comentario hiriente del
catalán. Supo que habría pelea de inmediato. Tenía hermanos y los había visto
pelearse por "chorradas de machos". Una chica bonita y coqueta hace burla del
ego de un huevón ante otro huevón, como ahora, y se forma "la de Dios es
Cristo".
"-¿Por qué son tan imbéciles los hombres?" –Se dijo para sus
adentros, con los ojos cerrados. De pronto se sintió cogida por los brazos,
retirada brutalmente y su compañero saltaba hacia el otro.
Carles espera la reacción de aquel chico. Sabía perfectamente
que iba a responder de aquella forma. Lo había provocado intencionadamente. Y se
preparó. Dejó que se acercara, que abriera los brazos intentando cogerlo. Cuando
esto ocurrió, el culé tomó el brazo más cercano a él y, realizando un giro en
sentido contrario a su marcha e inclinando su cuerpo más de noventa grados lanzó
al madrileño por encima de su hombro y éste fue a caer de espalda brutalmente
contra el suelo cuan largo era. No quedó la cosa así, el catalán no había
soltado el brazo del otro y, saltando por encima del caído, quedó frente a los
otros, apoyó el miembro superior sobre la espalda del chico y lo dobló con una
agilidad increíble retorciéndole el brazo y girándolo hacia arriba, en dirección
a la cabeza apoyada en el suelo y sin resuello
-¿Quién es el siguiente? –Y los retó a todos con la mirada.
Los españoles no se dieron cuenta que un grupo de transeúntes
se pararon al comprobar lo que ocurriendo. Cuando el hombre mayor redujo al
chico unos aplausos de simpatía sonaron y se oyeron comentarios en alemán y en
voz baja.
La mujer joven se acercó corriendo hacia ellos. Se agachó y
los quiso separar. La voz se rompía por la aparición del llanto
-¡No le hagas más daño, por favor, por favor! Déjalo, amigo
catalán ¡Perdónanos a todos! ¡Dios mío, qué vergüenza! ¡Ayudadme vosotros
también, coño! –Contemplaba al público presente y miraba alternativamente al
caído y al catalán- ¡No sois más que niños! ¡No pensáis más que con la polla y
los puños! ¡Y saber que tenéis el poder del mundo en vuestras manos! ¡Qué
desgracia, Dios mío, qué desgracia!
El grupo no se movió, estaban como lelos, no sabían que había
ocurrido porque todo fue muy rápido. La pelea entre los dos hombres era lo único
que habían visto ¿Y por qué fue la discusión? Se preguntaban con la mirada entre
ellos.
El hombre de pantalón y pulóver beig se puso en pié con
presteza al tiempo que levantaba al caído por el cuello, con una sola mano y lo
ponía recto con facilidad pasmosa que maravilló a la muchacha.
-¡Hala, iros en buena armonía, imbéciles! Y tú, merengue,
piénsalo dos veces cuando te metas con un hombre de verdad.
Giró sobre sus pasos, se metió una mano en el bolsillo del
pantalón de tergal y se alejó sin prisa. No vio como el grupo atendía a su amigo
que caminaba baldado y se alejaban del lugar, tan sólo quedó una persona en
compás de espera, mirándolo.
"-No lo puedo remediar, no lo puedo remediar, me gusta el
hombre mayor a rabiar y éste se ha llevado todas las papeletas"
Así pensaba la chica rellenita, de curvas turbadoras y
generoso pecho mientras lo veía perderse en la lejanía, se quedaba sola, en
medio de una rambla de la que no sabía su nombre y gente extraña a ella que
paseaba.
Lo vio desaparecer entre el gentío. Miró hacia sus amigos que
también se iban en sentido contrario. Estaba indecisa, giró su cabeza a un lado
y a otro dos o tres veces más y, de pronto, corrió en una dirección.
-¡Carles, Carles! ¿Nos…, nos veremos en Stuttgart?
-Para allá iré, si vosotros no os ponéis jodelones –comentó
mordaz el hombre, parándose pero sin volverse del todo hacia ella. De sus ojos
se desprendieron destellos de esperanza.
-Nos veremos entonces…, nos veremos entonces… ¡Adiós!
La joven giró en redondo y comenzó a corres en la otra
dirección con desesperación. El catalán no vio cómo de los bonitos ojos color
miel se desprendían unas lágrimas de alegría. Quedó allí parado, solo,
desconsolado, acompañado siempre de su soledad que ya le pesaba mucho.
Stuttgart, 19 de Junio: España 3 Túnez 1
El estadio de la ciudad de Stuttgart es un edificio
histórico. En 1933, en plena euforia hitleriana, este estadio se construyó para
las futuras Olimpiadas de 1936 en la que destacó el negro Jessen Owers, ganador
de medallas de oro. Este recinto ofrecería tres años después "la fiesta de la
gimnasia femenina" para el Imperio nazi que quería dominar al mundo. No hacía
más de un año había sido reformado para el Mundial 2006.
Había tanto público que parecía que entraban más de la
capacidad que el estadio tenía: 53200 espectadores. La muchacha de piel dorada,
española por su roja y sufrida camiseta bien ajustada y que guardaba unas
soberanas tetas, miraba a los lados insistentemente. No se daba cuenta que
interrumpía el paso a los demás.
-¿No lo habéis visto todavía?
-¿A quien, Vanesa? –Preguntó extrañada una jovencita rubia
menos atractiva que la morena de pelo lacio brillante y negro como el azabache.
-No, nadie. Déjalo estar –Apenas si la compañera la escuchó.
Había agachado su cabeza y jugaba a entrelazar los dedos de las manos con uñas
largas y lacadas en rojo y amarillo.
Quedaba poco para entrar y Vanesa obstruía el paso a todos
aquellos compatriotas que desesperaban por pasar.
-¡Quítate de ahí, índia! –Decía un sudamericano detrás,
vociferando y gesticulando groseramente con las manos. Por su acento parecía
colombiano o venezolano- ¡Me cago en la china esa! ¡La gorda cachonda no pasa ni
deja pasar!
Se habían situado en la zona norte, frente a los tuninenses,
aunque todos se mezclaban sin distingos de colores.
-¡No ha venido! ¡Me engañó! –Sus compañeros no la oyeron.
Empezaba ya la tensión propia de un estadio de fútbol. El paso lento y obligado
del público, las voces, los empujones, hombres y mujeres que no pueden estar
quietos en sus sitio no dejaban que los amigos con los que venía oyeran sus
lamentaciones –No ha venido. Y me dijo que estaría aquí.
El partido iba a empezar, el árbitro Carlos Simón, brasileño,
con el brazo en alto pitó el comienzo del partido extendiéndolo en dirección a
la portería de Túnez. Al rato, una desgracia tremenda cayó sobre la población
roja.
-¡GOOOL! ¿GOOOL? –Todos se miraban entre sí
A los siete minutos justo, una lluvia de agua helada cayó
sobre los españoles que vociferaban animando a sus jugadores cuando Casillas,
ante una tentativa de gol tunecino le resbaló la pelota de las manos y, el
lateral derecho Joahar Mnari, aprovechando el rechace del guardameta español
metió el primer gol que recibió la Selección Hispana desde que llegó al Mundial
de Alemania 2006, No se apuró mucho, tan sólo la empujó con el talón. Todos se
pusieron en pie y un -¡¡¡Ooooooohhh!- largo, muy largo y helado salido de la
desesperación obligándoles a muchos a taparse los rostros por el asombro.
Vanesa si se movió del sitio, parecía que no se encontraba
allí. Marina, la pelirroja, amiga íntima la miraba extrañada. No comprendía la
aptitud de la muchacha.
La joven estaba en su sitio mirando a los jugadores correr
por el césped de una portería a otra. Tampoco se movió del sitio para unirse al
dolor de sus compatriotas. El público seguía ansioso las estrategias de cada
selección cuando la muchacha se llevó su mano derecha a la nuca y se rascó el
cuello. Había sentido algo insistente que se clavaba en esa parte de su cuerpo
y, al comprobar que no era nadie de sus amigos quien la estaba animando, miró
para atrás. Allí, de pie, alto, ancho de hombro y estrecho de caderas, vistiendo
camisa y pantalón beig oscuro, estaba el hombre al que tanto había esperado en
toda la tarde. La sonreía e inclinando la cabeza la saludó sin palabra alguna.
El corazón le dio un vuelco y estuvo a punto de levantarse y
correr donde estaba él pero se contuvo. Pensó que tenía que castigarlo por
haberla hecho esperar tanto tiempo, por estar a punto de abominar de un partido
importante de su Selección del alma. Aguantó poco tiempo, era joven, dinámica,
inquieta -¡Ay, Ay, niña! ¡Llevas polvorilla de dinamita en el culo!- le decía
siempre su madre y, saltando de su asiento subió las dos gradas que los
separaban y, desde su altura, unos veinte centímetros más baja que él, se le
quedó mirando seriamente.
-Por fin decidiste venir ¿eh? ¿Has estado todo este tiempo
mirando como lleno la butaca con mi buen culo o porque querías verme de verdad?
Vanesa quedó enormemente asombrada al ver como el hombre se
quedaba rojo ante sus palabras, mirando a los lados. Se preguntó en el colmo del
desconcierto
-"¿Cómo es posible que un tío tan impresionante como éste,
con el temple que se gasta sea capaz de enrojecer como un niño pequeño cogido en
falta por una simple observación femenina?"
Tuvo ganas de tomarlo fuertemente por la mano y escapar de
allí a toda velocidad, llevándoselo lejos con ella al fin del mundo, allá donde
fuera, lejos de todo y de todos
-"¡Dios mío, es un pureta pardillo! ¡Qué lindura de hombre!"
–No se había dado cuenta que su boca estaba abierta en una amplia sonrisa llena
de admiración.
-¡Mujer, si tú crees que yo he venido por eso…! –No siguió,
tampoco la miraba y su rostro volvía a ser inexpresivo, cortado y las mejillas
seguían coloradas –Te estuve buscando por los alrededores del estadio y me he
pasado paseando por la mitad del recinto localizándote.
De pronto, Vanesa supo con certeza lo que quería de él, lo
que necesitaba que le diera. En los días atrás, estando con sus amigos en el
autocaravana, se hacía esa pregunta sin obtener la respuesta correcta. No lo
pensó dos veces tampoco era necesario, su instinto de mujer le decía que era el
mejor regalo que se hacía así misma y al hombre que tenía delante.
-Llévame a los servicios, Carles
-¿Cómo? ¿A dónde?
-Ven…, ven… -Le cogía la mano y tiraba de él hacia la salida
del recinto
No se dijeron nada durante el camino por la larga y limpia
galería. Vanesa buscaba los indicativos que les llevaran hasta los "WC" y los
encontró como unos cincuenta metros de la salida. Entraron en un pequeño pasillo
donde encontraron dos pequeños letreros luminosos, uno frente al otro, que
señalaban el de la mujer y el del hombre. Al final del pasaje dos máquinas
expendedoras: una para cepillos y pastas dentales y la segunda donde se servía
preservativos.
-Culé, compra uno o dos condones… Te espero dentro, en una de
esas cabinas –Salió corriendo, como avergonzada, Vanesa entró en el baño de
hombres y se metió en la del centro dejando la puerta abierta
Carles no daba crédito a lo que le estaba sucediendo. Se
quedó parado, pasmado, pensando a toda velocidad en aquella situación que se
había presentado de repente ¿Por qué él, precisamente? No lo entendía. La mano
le temblaba y sudaba mientras se decidía a meter o no una moneda de dos euros y
sacaba dos paquetes con preservativos. De pronto le vino el querido rostro de su
hija a la mente y esa muchacha se la recordaba, tenía la edad más o menos de
Soledad.
-¿Qué edad tienes, merengue? –Cerró los ojos porque no la
quería escuchar.
-¿Por qué, culé? –la voz joven, melodiosa de la muchacha
sonaba sorprendida- Veintiséis años, compañero, veintiséis añitos hace que los
cumplí tres meses atrás.
Había depositado la moneda en la máquina y apretó un botón
cualquiera de una hilera de ellos. Tan nervioso estaba que no se dio cuenta que
los habían de colores, perfumados y lubricados. Pulsó un botón cualquiera y sacó
dos.
-Estoy en la del centro, culé… Cuando quieras.
El corazón le bombeaba en el pecho y parecía que iba a
salirse de él. Miró hacia la galería, seguían solos, entró y cerró la puerta.
Caminó unos siete pasos que separaban la puerta de entrada de la del centro y se
quedó parado en el dintel, mirándola.
La madrileña estaba desnuda de medio arriba y mostraba unos
soberbios pechos grandes, anchos y juntos. Las areolas se veían pequeñas y los
pezones anchos y chatos naciendo de las grandes mamas rectas y picudas que se
extendían hacia el como señalándolo. Estatura normal, bonita, pelo negro, lacio
y revuelto más allá del cuello, hombros anchos, redondos, piel tersa y con
brillo. Su estómago se veía plano pero con sinuosidades y la cintura algo ancha
y entallada. Llevaba un Lloyd's azul muy ajustado y las caderas anchas y
curvilíneas descansaban sobre unas piernas que parecían largas y de muslos
gruesos, perfectos. La chica estaba frente a él dejándose observar, callada,
seria… temblando.
-Entra, culé, no quiero que me vea nadie, soy solo para tus
ojos. Para tu información te diré que es la primera vez que voy a follar en un
lugar público, ni siquiera en la Complutense he hecho esto. Mi ex novio y yo
follábamos en su habitación o en la mía. Soy una mujer sana, limpia, temerosa
siempre de las enfermedades del sexo. Me supongo, digo yo, que tú también eres
hombre saludable y sin mierdas de esas.
El catalán afirmaba con la cabeza en todo momento sin dejar
de mirarla. Tenía sus dudas por la juventud que tenía delante, aquella chica era
mucha mujer. Cerró detrás de él la puerta con el pestillo, se acercó a la joven
y la tomó en sus brazos. Tuvo que agacharse para besarle la boca que se
encontraba herméticamente cerrada. Los labios femeninos se abultaron para
facilitar el morreo pero no se abrieron y el hombre los besaba con pasión y
deseo, restregando sus labios con los de ella, hurgando su lengua por entre los
sabrosos morritos de la joven. Sus manos recorrían la espalda femenina de arriba
abajo y luego se crispaban en el centro de las nalgas, las quería abarcar de una
vez y no podía, las acarició en toda su extensión. Ahora subía sus manos y se
metía por entre los brazos femeninos apoderándose de los senos desde su
nacimiento, gozando de las protuberancias que salían de los costados. Carles
seguía con el desenfreno de abrirle la boca a la muchacha y lo consiguió.
Vanesa colgaba ahora literalmente de su cuello, lo besaba con
la misma intensidad hasta que en un momento dado abrió su boca, seguramente
confiando en él, y dejó que éste le metiera la lengua hasta cerca de su
garganta, jugara con su lengua y la recorriera por dentro como un poseso.
Se daba cuenta del deseo desbordado que el catalán tenía por
apoderarse de sus pechos y, como una gatita mimosa, pegada al tórax masculino,
fue girándose lentamente hasta quedar de espalda. Aquellas tetas, reducidas
dentro de la camiseta roja a un espacio más pequeño que su volumen, se ancharon
y redondearon quedando en su tamaño natural, mostrándose duras, macizas y sus
pezones sonrosados dentro de unas areolas algo más oscuras. Las manos masculinas
se adueñaron como potro desbocado de las mamas de la mujer. Eran manos expertas,
sabedoras de las caricias. No las abarcaba con aquellas manazas y la recorría
desde los costados hacia las cúspides, de abajo hacia arriba, de arriba hacia
abajo, del centro hacia fuera, de afuera nuevamente hacia adentro hasta
juntarlas y apretarlas con saña. Los chatos pezones eran masacrados con
pellizco, tirones y redondeados por aquellos dedos largos y sabios. Era un goce
continuó el que él le estaba produciendo. Fue más cuando percibió el endurecido
pene que pegaba fuertemente en la parte alta de sus nalgas.
Creyó morir cuando la soltó un momento que fue para bajarse
los pantalones y calzoncillos. Le tornó la alegría al volver a tomarla y dejando
que su glande, totalmente fuera del prepucio, hinchado y mojado, la rozara
nuevamente, ahora directamente. La chica no tuvo más que mover su mano izquierda
para atrás y atrapar el falo tremendamente erecto, abarcarlo con toda la mano
abierta y cerrarla en torno un cilindro erecto, nervudo y electrizante como lo
estaban sus tetas. Lo masturbaba con lentitud subiendo y bajando varias veces el
prepucio hasta que el hombre comenzó a gemir. Fue cuando se dio cuenta que no
tenía el condón puesto.
-¡Culé, culé, seamos prudente y piadosos con nosotros mismos!
Si compraste el condón te lo pongo yo misma y podremos follar. Así, no, por
favor.
Él quería omitir aquel detalle y seguir adelante porque se
encontraba muy caliente, la mujer enderezó el cuerpo, se giró hasta quedar de
frente y lo retiró suavemente con los brazos estirados. Con el derecho puso la
mano hacia arriba y le pidió el profiláctico. El hombre lo colocó en la palma de
aquella manita. Se agachó acto seguido y vio el glande rojizo, perlado con gotas
que brotaban de esa cabeza. La polla no era muy grande, normal tirando a más,
lleno de venas destacadas y morado por la cantidad de sangre que pasaba por
ellas. Se veía bastante grueso, eso sí, por la hinchazón de la pasión. Lo sacó
del envoltorio plástico desplegándolo lo suficiente, luego, siempre mirando a
los ojos de Carles, hizo una O con la boca tapándola con lo que quedaba del
rollito y aspirando hasta meter el condón totalmente dentro de la cueva bucal.
Con la punta de la legua dejó un espacio suficiente para el semen y acercó su
carita linda a un pene furioso. Para realizar el juego se cogió fuertemente a
las nalgas duras y velludas de su hombre.
Hizo algo que al catalán le puso los pelos de punta y lo
llenó de mucho placer, la madrileña lo colocó con la boca metiendo el cilindro
dentro de ella mojándolo en todas las direcciones con el órgano salivar al
tiempo que palpaba el falo con sus labios, así estuvo un corto espacio de
tiempo. A continuación se levantó despacio, rozándolo siempre con las tetas los
muslos, la polla, el estómago hasta quedar de pie muy pegadita al varón. Ella
misma se quitó el pantalón dejándolo caer al suelo, quedó en un tanga minúsculo
que dejaba entrever por el triangulito una vulva normal de labios gordezuelos y
por arriba de la pletina una pequeña y suave melena de vellos ensortijados.
Estaba preciosa así, desnuda en su totalidad, joven, tersa, dura sus carnes y
con una cierta abundancia de ellas muy bien repartidas estéticamente. Era la
clásica joven apetecible que hace aeróbic, se dijo el hombre, maravillado de ver
aquel cuerpo.
Ahora desnuda casi total, sólo con el tanga, volvió a
colocarse de espalda a él, se apoyó sobre la cisterna y enseñó unas nalgas
anchas, magras. Un cordón de encajes azul y ancho rodeaba las caderas femenina y
otro, muy fino y en vertical se perdía por entre los glúteos. Por último, abrió
las piernas lo suficiente para que el catalán pudiera acariciar su vulva a
discreción.
Desde donde estaban los amantes podían escucharse
perfectamente el clamor de voces enfervorecidas, siguiendo el partido segundo a
segundo. No se había producido todavía ningún gol ¿Qué estaba haciendo España
entonces?
Carles no tardó mucho en apoderarse de aquella maravilla que
tenía delante y adentrar la mano por entre las piernas y apoderarse de unos
labios vaginales que estaban palpitantes de placer como consecuencia del goce
recibido. Trabajó toda la vulva a través del tanga y sus dedos se hundían
febriles el la telita recorriendo la unión de los labios mayores hasta tocar un
clítoris erecto lleno de sensaciones por los estremecimientos que notaba al
tacto. Apreció cómo se mojaba la malla triangular y cómo la chica se estremecía
con las caricias obligándola a cerrar sus preciosos muslos en torno a la mano y
los dedos maravillosos sin poderlo evitar.
Carles no lo permitía porque palmeaba el interior de los
mismo exigiéndola a abrirlos más. Volvió a apoderarse de aquellas nalgas y ahora
bajaba la pequeña braga hasta más allá de las rodillas. Ya no podía aguantar más
cuando contempló todo el esplendor que se le presentaba ante sí. La imagen de su
hija no afloraba ya en sus pensamientos a esa altura. La joven, con las piernas
muy abiertas, con el retrete por medio, quedaba más baja y él tuvo que adaptarse
a ella si quería penetrarla como era su deseo. Abrió también sus piernas peludas
y las arqueó, enfiló el pene hacia la vulva enfebrecida de labios ligeramente
peludos y temblorosos, lo colocó a la entrada del conducto membranoso de la
vagina babeante y empujó hacia adentro despacio pero seguro.
El sexo femenino, ya totalmente lubricado y exaltado, dejó
resbalar el pene con facilidad al interior y las delicadas paredes vaginales se
adhirieron al falo como una tercera mano férrea al miembro de su amante. Vanesa
gritó cuando él, que parecía que le había crecido aún más la polla, le llegaba
al cuello uterino produciéndole un agudo dolor. La chica miró hacia atrás
asustada, pero sus labios se entreabrieron en una sonrisa de complacencia que
mostraba, al tiempo, dolor. Sus ojos grandes estaban enardecidos y la
respiración entrecortada. Vio como él la introducía por completo parándose y
acariciando las espléndidas nalgas con una mata negra y ensortijada de vellos
púbicos quedándose parado dentro de su vagina dolorida. La joven, entusiasmada,
pasó la mano por debajo de sus piernas y se apoderó de los escrotos totalmente
hinchados masajeándolos todo el tiempo que él estuvo quieto. La tenía
fuertemente cogida de las caderas mientras la mantenía penetrada con fuerza. Una
vez en movimiento pélvico, de vez en cuando sus manos nervudas azotaban aquellas
nalgas magras haciendo que la chica gimiera enloquecida pidiéndole más y más.
Carles, sin dejar de acariciar los labios abiertos que le
permitían llegar a los labios menores palpándolos, estirándolos saboreando el
arrebatador clítoris que obligaba a la chica a gritar con desesperación, se
inclinaba sobre ella de vez en cuando agarrando con furia los pechos majestuosos
que se movían violentamente al compás de los envites masculino. Él, hombre
experimentado líder en cuestiones amorosas, pues estuvo casado dieciséis años,
se controlaba a duras penas haciendo uso de su fuerza de voluntad. Quería llegar
al paroxismo del placer junto con ella por ser más joven y lo consiguió. Ambos
se corrieron casi a la vez con gemidos entrecortados, enérgicos y con
estremecimiento de sus cuerpos.
El catalán arremetía fieramente contra la vulva y el clímax
del placer le llegó a los diez o quince minutos de la penetración. Sintió el
cuerpo de la mujer estremecerse, agarrarse con mucha fuerza a la bomba de agua y
quedarse rígido mientras orgasmaba al tiempo que tiraba hacia atrás su hermosa
cabeza y él, poco después, se corría dentro de la vagina y de su condón
castigando las nalgas brutalmente con su pelvis. Los soberbios glúteos se
estremecían ostentosamente con las sacudidas feroces. Tuvo que apoyarse contra
la pared evitando hacerlo sobre la joven, el esfuerzo, la posición y la corrida
lo dejaron con las piernas temblando y sin fuerzas para ponerse recto y
mantenerse.
Una vez finalizado el coito, la pareja permaneció callada,
recuperándose y estabilizando sus respiraciones sin separarse, gozando hasta el
último momento del rato en el baño masculino. Al fin se separaron, se miraron y
volvieron a unir sus bocas en un delicioso beso suave y casto sobre los labios,
apretándose los unos contra los otros, degustando el hombre el sabor dulzón de
la boca femenina esmaltada por el rouge y la chica sintiéndose a gusto,
satisfecha, contenta y feliz de haber podido estar con el hombre maduro que
tanto le gustó cuando se encontraron en Leipzig.
Quedaron en silencio para percatarse de que no había nadie en
el recinto. Sólo ellos y el ruido ensordecedor del público siguiendo con
expectación el partido. Habían tenido suerte esta vez.
-Sabes, culé, este polvo lo he gozado mucho pero me ha sabido
a poco ¿No podríamos seguir en otro sitio? En fin, –Decía resignada, como
hablando para ella misma- después del gusto viene el disgusto. Vamos a ver lo
que queda del partido
Vanesa dejó que Carles la vistiera mientras sentía las
grandes manos varoniles por todo su cuerpo. Ella hacía otro tanto de lo mismo.
Le quitó el preservativo, miró curiosa su interior, mostró agradable sorpresa
con asentimientos de su cabeza cuando vio el contenido dentro de la gomilla,
luego, realizando movimientos y gestos de mimo dejó escapar de entre sus dedos
el condón tirando de la palanquita de la cisterna.
Salieron nuevamente juntos, cogidos de las manos, ahora
caminando lentamente hasta desembocar nuevamente en el recinto donde se estaba
desarrollando el partido. El hombre volvió a fijarse en los pequeños cubos con
tapa transparentes dispuestos a cierta distancias uno de los otros y que
contenían cámaras de videos ¿Estarían ellos gravados haciendo el amor por lazo
del demonio?
Pronto iban a estar al corriente de lo que estaba pasando. La
pelirroja déspota los ve y les sale al encuentro e invita al catalán a unirse a
ellos. Mientras se acercan al grupo la chica informa.
-España pierde con los norteafricanos tras una primera parte
en la que los tunecinos han aprovechado sus bazas metiendo balones a la espalda
de nuestros laterales. Luís debe tener paciencia. Lo más flojo de nuestro once
ha sido Pernía, que está más impreciso y con menos fuelle que ante Ucrania. La
gente ya piensa en Reyes. Lo único que nos falta es precisión en los metros
finales.
-¿No ha habido expulsiones entre los nuestros? –pregunta
Carles con cierto temor
-No, tan sólo una amarilla en el minuto treinta a Puyol, por
una entrada brutal a Travelsi. Si no lo llega a parar tan cojonudamente, el moro
ese y la pelota hubieran entrado juntos –se paró y, arqueando el entrecejo
preguntó- ¿Y... vosotros? ¿Dónde habéis estado?
Nadie dijo nada ni se hizo comentario a la presencia del
catalán entre ellos y sobre lo sucedido días atrás. Éste sólo tenía ojos para la
muchacha y ella para él.
España, en el segundo tiempo, hace dos cambios nada más pisar
el césped de Stuttgart: Cecs y Raúl por Senna y Luís García. La Selección
española lucha con todas sus fuerzas por batir al portero tunecino Alí Boumnuel.
Luís Aragonés, en el minuto 55 saca a Villa por Joaquín y el equipo rojo vuelve
a respirar desahogado
Carles y Vanesa están cogidos de la mano, cada vez más
juntos. Todos los miran con curiosidad, sonríen entre ellos porque saben, casi
con certeza, porqué de aquella desaparición tan oportuna de cerca de cuarenta
minutos. Los enamorados no ven el partido, no ven a sus compañeros
observándolos, no ven la desesperación de toda la población representativa de
España animando a la Selección hispalense para que lleguen a batir al duro
portero de Túnez.
A los setenta minutos, un rechace de Cecs a los tunecinos la
coloca a los pies de Raúl y esté no tiene más que empujarla con el tacón de su
bota y el gol del empate llegó por fín. Todo el estadio se viene abajo con
-¡¡¡OE, OE, OE, OE!!! Gritos de alegría al jugador Raúl, vítores de ¡¡¡VIVA
ESPAÑA, VIVA ESPAÑA!!! ¡¡¡SON NUESTROS, A POR ELLOS!!! Es la única música en
español que se oye en el hermoso recinto junto a los pitos y trompetillas.
Siete minutos después, el segundo gol español coge a la joven
Vanesa queriendo acariciar el apretado culo del hombre. Éste se debate porque la
joven se mantenga quietecita, lo consigue a medias poniéndole la mano en su
cintura y manteniéndola, la muchacha es muy apasionada y lo demuestra. Los
intentos de ella siguen a vida o muerte.
-¡¡¡GOOOOOOOLLLLLL!!! ¡¡¡GOOOOOOOOLLLLLL!!!
¡¡¡GOOOOOOOOOOOOLLLLLL!!!
Un pase espléndido de Cecs a Torres y el chico, que no
perdona, mete el segundo tanto para la nación roja y gualda. Se ha roto el
partido y el público hispalense tira el estadio alemán abajo con sus gritos de
victoria.
-Culeeee –Grita Vanesa queriendo superar el enorme entusiasmo
de un público enormemente orgulloso de su Selección- Mañana regresamos a España,
Dentro de tres días tengo exámenes de unas recuperaciones trimestrales atrasadas
y con ellos termino los estudios. Hemos escogido el Mundial de Alemania como
viaje fin de carrera
El catalán no dice nada, tan sólo la mira con ojos tristes.
Él también regresa a Cataluña para ver a su única hija que no quiso acompañarlo
en los primeros partidos de España en el Mundial
-Yo regreso a Cataluña. Voy a ver a mi hija a Barcelona
–Calla, es lo máximo que ha llegado a expresarse y la madrileña se coge con
todas sus fuerzas al brazo de aquel hombre que tanto ha significado para ella.
Se acerca el final y, antes de que el árbitro brasileño
Carlos Simón pite el final, se produce el tercer y último gol español de aquel
encuentro. Los españoles que están animando a su Selección quiere saltar al
campo para abrazar a sus héroes. El fervor futbolero se muestra en las distintas
emociones de ese público. Carles y Vanesa están llorando en silencio, no porque
haya ganado España pasando a los octavos, sino por ellos mismos.
-¿Nos volveremos a ver, Carles? –No lo mira, no quiere
mostrarle unos sentimientos profundos
-Por qué no, vendré a todos los partidos donde esté España
¿Tú no?
-¡También, Carles, También! –Afirma la muchacha saltando de
alegría.