12
El martes Laura estaba de buen humor. No sabía por qué
exactamente, pero las cosas estaban yendo bastante bien, y eso la alegraba.
Faltaba sólo un día para su cumpleaños. Y en estos últimos días notaba menos
miradas y toqueteos por parte de los chicos. "Tal vez están madurando, ya era
hora". Seguía sin hablar apenas con nadie, pero al menos no se sentía tan mal.
Incluso le hacía bastante ilusión su fiesta de cumpleaños, que sería el día
siguiente a la noche. Había invitado a la mayoría de sus compañeros de clase.
Tal vez fuera por eso por lo que la estaban dejando relativamente en paz. Pero
Laura tenía la impresión de que esta fiesta iba a salir de maravilla. Bueno, tal
vez de maravilla no. Pero bastante bien.
Sólo había un detalle que la preocupaba. Su madre. En estos
últimos días se la había visto muy triste, muy alicaída, y apenas había hablado
con ella. Laura suponía que era normal que los padres e hijos no se hablen
tanto, pero ella siempre había estado muy unida a su joven madre, siempre la
había ayudado. Pero ahora… Y unido a su aparente depresión estaba el hecho de
que había cambiado radicalmente de forma de vestir. Laura intentaba hacer oídos
sordos a los comentarios que oía de los chicos en el Instituto, y quiso no creer
las insinuaciones de que su madre se estaba comportando muy provocativamente.
Sin embargo, no podía negar el hecho de que siempre iba con unas camisetas
extremadamente ajustadas y con más de un botón abierto, y con faldas muy
cortitas. No es que eso le molestase especialmente (aunque pensaba que no era la
forma de ir al instituto, luciendo cuerpo), pero le resultaba muy extraño en su
madre.
Laura entró al baño, era la hora del recreo y los pasillos
parecían vacíos, así como el baño.
-Pronto seré ya una mujer de trece años –dijo en voz alta.
Sonrió.
Y sin previo aviso alguien la agarró por detrás. Laura
forcejeó pero el tío era muy fuerte, y además no era uno sino dos. Los dos la
agarraron y la inmovilizaron. Tenían la cara tapada con unos pasamontañas: no
podía saber quienes eran, aunque por la constitución de su cuerpo, eran
indudablemente chicos.
Quiso gritar pero le taparon la boca. Nadie habló. Los dos
chicos la comenzaron a sobar. El chico que tenía detrás comenzó a sobarle las
tetas. Primero por encima de la camiseta. Luego lo subió y le quitó el
sujetador. Los enormes melones de Laura quedaron libres, y el desconocido
comenzó a sobarlos, a pellizcar sus pezones… El tío que tenía delante le fue
bajando la falda, mientras le tocaba su culito.
Laura comenzó a llorar. No podía gritar porque le habían
metido en la boca. ¡La iban a violar! Desesperada intentó pegarles, pero la
tenían bien agarrada. Laura era fuerte pero no tenía nada que hacer contra
aquellos dos. Sus cuatro manos recorrían todo su cuerpo, rápidamente,
silenciosamente. Los pezones le dolían de los pellizcos…
De repente pararon. Una voz susurró:
-Si dices algo de esto a alguien, zorra de mierda, la próxima
vez será peor.
Ambos chicos salieron corriendo del baño, dejando a Laura
caída en el suelo, con los pantalones bajados y las tetas al aire, llorando a
lágrima viva. Se había librado de que la violaran… pero aún así había sido
horrible.
-Cabrones… -sollozó.
Toda la alegría que había tenido en aquellos días
desapareció. Sólo sentía dolor. Dolor interno, pena. Y miedo. Miedo al no saber
qué le esperaría la próxima vez. ¿Era suya la culpa, por tener aquel cuerpo?
Entre lágrimas, se vistió y salió del baño.
Soportó como pudo las dos horas de clase que le quedaban, y
de vez en cuando miraba a sus compañeros de clase, nerviosa. ¿Habría sido alguno
de ellos? ¿Lo sabría alguien? El miedo la atormentaba, y de repente se acordó de
algo que la hizo sentirse mucho peor: ¡la fiesta de cumpleaños! ¡No podía
invitar a un montón de gente a su casa a una fiesta, podría volver a ocurrir.
¡Podría incluso invitar a sus agresores!
Tenía que hablar con su madre. Lo necesitaba. Cuando se
acabaron las clases fue directa a coger el autobús que la dejaba en casa. Debía
contarle todo, sólo eso la consolaría. En eso, su madre era la mejor amiga de
Laura.
-¡Mama! –gritó nada más entrar en la casa. Sara estaba
bajando de su habitación, vestida con una blusa más escotada que nunca y muy
maquillada. Parecía muy nerviosa pero Laura no reparó en ello. -¡Mamá, tengo que
contarte algo! Me…
-Ahora no, Laura. No tengo tiempo –contestó Sara,
visiblemente incómda.
Laura se quedó de piedra. Nunca antes su madre la había
tratado así. No parecía importarle ella un pimiento.
-¡Mamá, escúchame! Estaba en el baño, y dos tíos…
-¡Laura, cállate! –el tono de Sara era duro ahora. –Lo
siento, pero no tengo tiempo ahora, cariño. Vendré lo antes que pueda y me lo
cuentas, ¿vale?
Salió sin esperar respuesta. Laura se tiró a un sofá,
llorando.
13
Ya en el coche, Sara se sentía fatal por haber dejado a su
hija con la palabra en la boca. Visiblemente tenía que decirle algo importante,
parecía que había llorado incluso… Pero no tenía tiempo.
-Seis y cinco. ¡Mierda!
Se le había hecho tarde, pero al menos se había vestido lo
mejor posible. "Por decirlo de alguna manera". Desde que salió de casa había
desabrochado botones hasta que la parte interna de las tetas quedara
completamente visible, y amenazaran con salirse de la camiseta. Quería hacer las
cosas bien.
El lugar que Álex había elegido no era para nada discreto.
Tampoco especialmente céntrico, pero la gente que anduviese por allí les podría
ver. Tal vez fuera esa su intención.
Sara aparcó, salió del coche y miró a su alrededor. No es que
hubiera mucha gente, pero varias personas estaban paseando, incluyendo varios
niños con sus madres. Miró al parque, y allí vio a su Dios, al hombre que la
había vuelto loco; Álex estaba de pie, con el sol brillando detrás de él,
iluminando su rubia melena y haciéndole parecer un héroe. Sara respiró hondo
pero no dudó ni un segundo. Se dirigió hacia él.
Nada más llegar a él, la mano de su Dios, envuelto en un
guante negro, le dio una hostia en plena cara que Sara cayó al suelo, de
rodillas. Casi sollozando y sin mirar a Álex a los ojos, susurró:
-Lo siento, Amo. Nunca más le voy a desobedecer, se lo
prometo.
-¡Cállate, cerda de mierda! Eso ya lo sé, más te vale que sea
así. Vámonos a tu coche, estaremos más tranquilos. Y no te atrevas a mirarme a
los ojos o a tocarme con tus sucias manos. A, se me olvidaba. Llámame Señor
siempre.
Era increíble que aquella persona fuera un alumno suyo. Sin
embargo, sin rechistar, Sara se levantó con la cabeza gacha y se dirigió al
coche. Entraron los dos.
-Bien, Sara. Estoy muy decepcionado contigo. Aún así, parece
que estás dispuesta a aprender. Pero antes que nada, ¿aceptas ser mi sumisa sin
ningún tipo de límites o condiciones? Entiende todo lo que significa esto –la
madurez con la que hablaba no era propio de un chico de su edad-. Tu voluntad
dejará de existir, simplemente. Cumplirás cualquier orden que te de yo sin
pensártelo. Tú quedarás anulada como persona, pasarás a depender de mi, y serás
un objeto únicamente a mi antojo. Serás una buena puta, además, cuando te haya
arreglado un poco. Para eso, deberé cambiar todo en ti, desde tu aspecto físico
hasta tu actitud, comportamiento e ideas.
-Sí, señor –contestó Sara suavemente, sin mirarle a los ojos.
-Obviamente, todo lo que no sea yo pasará a un plano
secundario. Tu trabajo, tu familia… e incluso tu hija (Sara hizo una mueca de
dolor al acordarse de ella) dejarán de ser prioridades. Y te aseguro que con el
tiempo, te distanciarás de todo lo que es tu vida hoy en día.
-Lo comprendo y lo acepto, Señor –dijo humildemente Sara,
perfectamente consciente de lo que estaba aceptando. Siempre lo había deseado, y
sin embargo le daba un poco de miedo. Todo se compensaría con estar cerca de su
Dios, claro. Pero Álex parecía adivinar sus pensamientos.
-Como verás, me he tenido que poner un guante para
abofetearte. Te explico por qué, cariño: tu falta de obediencia me obliga a
actuar así. Estás en período de prueba hasta que acabe este mes. Si tu
comportamiento ha sido satisfactorio, serás ya mi zorra particular. Pero hasta
el día uno de noviembre, ni siquiera te tocaré. No merecerás ni el contacto con
mi piel. Y obviamente, olvídate de mi polla hasta entonces.
Un mes sin Álex… ¡parecía horrible! Y sin embargo, Sara
comprendió que se había ganado ese castigo.
-¿Qué debo hacer en el período de prueba, Señor?
-Te voy a poner unas normas muy básicas, para que te empieces
a acostumbrar. Obviamente, a partir de noviembre todo esto te parecerán unas
tonterías. Vamos a ver… primero, con respecto a tu físico. No te preocupes en
comprarte ropa nueva (eso lo haremos juntos más adelante), pero déshazte de todo
aquello que estropee tu hermosa figura. Olvídate de momento del sujetador, y
debajo sólo quiero tangas muy mínimos, básicamente de hilo dental. Nunca usarás
pantalones, siempre minifaldas cortas. Y arriba cualquier cosa que se te pegue
al cuerpo, que transparente o que deje ver tus tetas a gusto. ¿Compendido?
-Sí, Señor.
-Bien, más adelante mejoraremos tu imagen para que seas una
verdadera puta. No estás mal, pero eres mejorable, como todas. –estos pobres
halagos a Sara le parecían grandes muestras de aprecio por su parte, no se
esperaba tanto- Con respecto a tu actitud… quiero que te comportes siempre
contoneándote, como si fueras una zorra. Insinúate, siempre. Sé complaciente, no
soy celoso. –Álex sonrió- Estés donde estés o esté quien esté delante, siempre
quiero ver esa actitud. Y me aseguraré de que así te comportes, aunque no esté
delante.
‘En clase también te quiero provocando… pero no te pases…
todavía. Y tu familia… supongo que pronto sospechará algo. Tú insiste en que no
te pasa nada, en que quieres disfrutar más de la vida. Porque quiero que dejes
de preocuparte tanto por el trabajo y la familia. Vete a bares, a fiestas, a
lugares donde hay muchos tíos. Déja que te metan mano… Pero una cosa: hasta
noviembre, NO PODRÁS FOLLAR.
-Sí, Señor.
-Con nadie. Totalmente prohibido. Pero sé una calientapollas.
Preocúpate menos por dar bien tu asignatura: quiero que tu fama de buena
profesora desaparezca. Y yendo a cuestiones más profundas: quiero bajar
radicalmente tu nivel cultura. Ya sé que de momento (hasta noviembre, zorra) no
tengo forma de averiguar si me obedeces o no, pero más te vale que sea así. Ni
se te ocurra desobedecerme.
‘Como decía, tu nivel cultural es demasiado alto para una
puta. Nada de libros, nada de cine, nada de cultura, nada de informativos… sólo
puedes ver cosas porno: revistas porno, cine porno… todo el resto te debe
importar una mierda. Quiero que sólo pienses en sexo. No quiero que sepas lo que
pasa por el mundo. Yo te diré qué opinar de cada cosa. Tú sólo debes interesarte
por el sexo. Debes parecer (poco a poco, claro) soez y vulgar. Ordinaria e
incapaz de ser profesora. Poco a poco deberás cambiar tu forma de hablar. Habla
sólo con frases cortas, incluso con incorrecciones. Frases incoherentes… Por
supuesto nada de escribir de ahora en adelante, a ser posible.
‘Aún así, tranquila. Todo esto lo iremos consiguiendo poco a
poco, con entrenamiento. Y a partir de noviembre ya más intensamente, pero
quiero que comiences ya. Quiero que comiences a ser una basura que sólo piensa
en sexo, el resto lo decide tu Amo y Señor. Un par de cosas más, para acabar:
‘También quiero que seas una viciosa, que no te preocupes del
mañana. Tus gastos deben dispararse de inmediato. Compra cosas que te gusten
(siempre que no aumenten tu cultura, claro), lujos y vicios caros… coches,
muebles, relojes de oro… No te preocupes si tienes dinero o no, tu compra,
impulsivamente. Y lo segundo y último. Igual te parece extraño pero da igual:
¿fumas y bebes?
-No, señor. Bebo poco, y no fumo. –Tras pensarlo un poco
añadió- tampoco tomo ninguna droga.
-Bien, pues quiero que fumes y que bebas. No te conviertas en
una alcohólica, pero acostúmbrate a beber diariamente. Y lo de fumar, me da
mucho morbo ver a las mujeres fumando. No sé muy bien por qué –ahora parecía
pensativo. –Pero eso da igual. Te quiero dentro de poco fumando como una
chimenea. Y sin ocultárselo a tu familia, claro.
‘Durante todo el mes iré espiando y analizando tus progresos,
y veré cómo has cumplido todo esto (espero que te acuerdes, pero te enviaré un
e-mail con todas estas órdenes por si acaso) el uno de noviembre. Entonces
decidiré si pasas la prueba o no. Ahora, vas a tomar la decisión de tu vida.
Todo depende de ti: si no quieres, no pasa nada. Piensa bien (por última vez)
antes de contestar: ¿aceptas ser mi esclava y sumisa sin ninguna condición ni
límite, para siempre?
Sara suspiró hondo, y su respuesta fue de lo más sincera,
tanto que se atrevió a mirar a su Dios a los ojos por primera vez.
-Señor, esa decisión ya la tomé. No me arrepiento para nada.
Sí, quiero ser su sumisa y esclava para siempre, con todas las consecuencias que
eso me traerá. Traté de evitarlo y no pude; fui una tonta y lo siento muchísimo.
Pero ahora ya sé lo que quiero. No le fallaré, lo prometo.
Álex sonrió y sus ojos brillaron malignamente.
-Sea así, pues, Sara.
14
Eran las once y media de la noche del martes, trece de
octubre. Había una atmósfera tranquila en casa de la familia Coronas. En la sala
de estar, junto a la chimenea apagada, se encontraba toda la familia reunida,
mirando la televisión, donde los médicos del Hospital Central intentaban salvar
la vida de una prostituta drogadicta.
-Esa furcia… por mí la dejará que se muriera. Esa chica da
grima –exclamó Ángela desde el sofá, enfundada en su bata de noche rosa chillón.
Todos la miraron por un instante pero nadie dijo nada. La criada se llevó el
café del salón.
Sandra parecía muy entretenida mirando la serie de
televisión. Marcos, a su lado, parecía distraído, sus ojos mirando vagamente al
pijama de su hermana, que daba poco lugar a la imaginación. Juan José Coronas,
el padre de la familia, estaba casi dormido en el sofá.
A Ángela todo lo que ocurría tanto en la serie como en su
casa le importaba más bien poco en aquellos momentos. Pensaba en Ricardo una y
otra vez. En aquel hombre maravilloso que la había invitado a cenar ya dos
veces. Bueno, su marido estaba muy ocupado, y apenas hacían nada juntos. ¿Era
normal que saliera con otras personas, verdad? Pero a pesar de intentar
racionalizar sus actos, no podía evitar el pensamiento de que aquello no estaba
del todo bien, que tal vez esta vez la cosa se fuera de las manos…
Un criado entró al salón:
-Señora Coronas, la llaman por teléfno. Es un señor llamado
Ricardo Zamora, según dice.
Ángela se levantó de un salto. Su marido abrió los ojos con
la misma velocidad. Sandra volvió la cabeza para mirar a su madre, curiosa, pero
volvió a fijarse en la pantalla de televisión y Marcos parecía no haber notado
nada más que el bamboleo de las tetas de su hermana al moverse.
Ángela cogió el teléfono en el estudio, donde nadie podía
oírla.
-Hola Ricardo.
-Hola cariño –aquella voz angelical sonaba de nuevo. –Siento
llamarte a estas horas, supongo que estará tu familia en casa.
-No importa, no importa.
-Verás, me temo que tendremos que posponer la cena. Este fin
de semana me es imposible. ¿Qué tal el sábado que viene?
-El sábado que viene… ¿el veinticuatro, no? Lo siento mucho,
Ricardo, pero ese fin de semana mi marido coge fiesta y pensábamos ir con otra
pareja rica a un hotel, a los Pirineos, ya sabes…
-Entiendo, entiendo. –la voz angelical sonaba muy triste, y a
Ángela aquello le rompió el corazón.
-Pero cariño, tal vez pueda arreglarlo.
-¿Sí? ¿En serio?
-Sí, la verdad es que prefiero quedarme. A mi marido le gusta
ir al monte, pero yo lo odio… La verdad es que prefiero muchísimo más ir a cenar
contigo…
-¿Entonces? –aquella voz ansiosa hizo que Ángela decidiese al
momento.
-Sí, el sábado de la semana que viene. Me quedaré aquí.
-Muy bien, ¡perfecto! –el ángel denotaba alegría. –Te llamaré
la semana que viene para quedar. Muchas gracias, Ángela. Un beso.
-Un beso.
Ángela colgó y se puso a pensar cómo decírselo a su marido.
No le iba a gustar nada… pero cuando Ángela decidía algo, ya no echaba marcha
atrás.
15
El día catorce de octubre, el día que Laura cumplía trece
años, amaneció despejado, con unas pocas nubes en el cielo. Sin embargo, Laura
nunca se había sentido tan triste un día de cumpleaños. Todavía recordaba
vívidamente la agresión que había sufrido el día anterior, pero aquello no era
lo peor. Lo peor era que su madre no le había hecho caso cuando volvió a casa.
La noche anterior, su madre había vuelto muy tarde, mucho más
de lo acostumbrado. Lo más asombroso había sido que venía con un fuerte olor a
tabaco y un tufillo a alcohol, cosa extraña pues su madre no solía ir a bares.
¡Y mucho menos sabiendo que ella tenía algo urgente que decirle! Laura tenía
mucho carácter y fingió dormir. ¡No perdonaría tan fácilmente a su madre!
El día de su cumpleaños apenas había hablado con ella. Le
había dicho que no tenía nada que decirle, y su madre no insistió en ello.
Parecía extrañamente feliz, y le dio sus regalos (un montón de ropa demasiado
sexy para Laura, "hostia, puta") con la alegría de siempre. Sin embargo, había
algo que no encajaba. Sara se mostraba extrañamente distante, ausente.
A la tarde, madre e hija estuvieron toda la tarde preparando
la casa para la fiesta. Apenas hablaban. Lo peor de todo es que Laura estaba
acojonada con la perspectiva de celebrar su cumpleaños, tras lo ocurrido la
víspera.
-Está quedando muy bien, ¿no te parece? –preguntó Sara
alegremente.
La fiesta se haría en el jardín. Tenían un gran jardín con
varios árboles y una piscina, que, a pesar de ser octubre, todavía estaba
bastante caliente. Habían instalado un gran equipo de música (lo bueno de vivir
en una villa sin vecinos al lado), y había comida y bebida por doquier. Tras
mucho dudar (pero mucho menos de lo habitual, según le había parecido a Laura)
Sara aceptó poner unas botellas de champán, "pero nada más de alcohol". Laura
sabía perfectamente que la gente metería alcohol en la casa de contrabando, lo
cual podía ser muy muy malo: no quería ni imaginar todos los chicos pedos como
una cuba, y ella siendo el centro de atención.
Sara estaba insistiendo mucho en la ropa que debería llevar
Laura, lo cual molestaba mucho a ésta. Llevaría por debajo un traje de baño de
cuerpo entero, negro. A pesar de quedar muy pegado a su cuerpo (marcando sus dos
grandes melones) por lo menos no enseñaba nada (Laura no quiso ni oír hablar del
nuevo bikini que su madre le había regalado). Sobre el bañador, había aceptado
ponerse una camiseta corta, escotadita, pero se negó en redondo a llevar falda.
En su lugar, se puso unos pantalones vaqueros que marcaban su culo demasiado.
"Pero es que tampoco puedo ir en chándal", pensó Laura con resignación. Eso sí,
se maquilló bastante.
-Laura, yo no estaré en casa durante la fiesta. Así estaréis
más tranquilos. Pero cuida de que no se rompa nada en la casa.
-Sí, mamá –contestó ella sin mirarla. No le apetecía hablar.
Se tumbó en la cama. La verdad es que no le apetecía nada
celebrar esa fiesta. No había nadie con quien le apeteciera estar. Ni siquiera
con Soraya, su amiga. No le había contado nada de lo ocurrido, no sabía por qué.
Tal vez porque ella nunca podría comprenderla. Sólo una persona podía
comprenderla, y lo había hecho siempre: su madre.
Y por primera vez en la vida le había fallado.
16
En el cine no había mucha gente: tres o cuatro familias, unos
cuantos críos, y alguna pareja. Desde luego, no era muy normal ir al cine un
miércoles, pero Álex había conseguido meter a todos sus amigos gratis, gracias a
que el tío de la entrada era un poco corto de luces. También era de su barrio,
lo cual lo había hecho aún más fácil.
No es que los chicos tuvieran muchas ganas de ir al cine,
pero se estaba a gusto viendo alguna peli de muchos efectos y ruidos. Además,
gracias a Álex y su relación con el vigilante (era un amigo de su hermano),
podían fumar porros tranquilamente, sin que nadie dijera nada. De hecho, les
encantaba hacerlo sólo para molestar al público, sobre todo si había familias
con padres e hijos.
Álex estaba muy contento. La jugada con Sara había sido
brillante: ya era suya. Era una pena tener que esperar hasta noviembre para
tirársela, pero valdría la pena para doblegarla aún más. Durante su encuentro
con ella había ido improvisando sobre la marcha, pero siempre aparentando
seguridad. No había duda: Sara había renunciado a ser Sara para siempre. No la
había visto en todo el día pero daba igual, sabia que era así.
La película había comenzado pero en la primera escena
empezaron a entrar varias chicas. "¡Putas zorras, hay que venir a tiempo!", dijo
Marcos en alto. Una de las chicas volvió la cabeza, estando aún de pie. Álex
reconoció instantáneamente la figura de aquella chica, el corte de aquella
melena, al contraste con el vivo fondo de efectos de colores de la pantalla. Y
de repente todo lo que ocurría en la película no le importó más.
Aquella chica era Sandra.
Dudó un segundo, y después se levantó del asiento. Sus amigos
no se movieron. Él se dirigió a la fila donde se habían sentado las chicas.
Sandra estaba sentada en una esquina. ¡Bien!
-Hola Sandra –susurró Álex sentándose al lado.
-Hola –contestó ella, sin volver la mirada. A Álex se le
retorcieron las tripas.- Ya pensaba que estarías ahí. Os he oído. Y olido.
-Sí, bueno –no se le ocurría nada inteligente que decir de
repente. Era como si su cerebro se hubiera quedado en blanco. ¿Por qué demonios
se hacía la dura Sandra? -¿todo bien? Las clases y eso…
-Sí, como siempre, ya sabes.
Otro silencio, sólo interrumpido por un fogonazo en la
pantalla y varios gritos.
-Bueno, me voy –dijo Álex. Cualquier cosa era mejor que estar
así al lado de ella, conteniendo las ganas locas de besarla. Pero algo le decía
que no debía hacerlo…
-Adios –dijo ella secamente.
"Puta". Álex volvió a su asiento de atrás, maldiciendo. Era
la única chica que se le resistía, la única con la que no sabía cómo actuar.
Y la única que el gustaba.
17
Laura se estaba aburriendo. Dentro de lo que cabe, eso no era
del todo malo. Su fiesta de cumpleaños se estaba acabando y todos parecían
dejarla en paz. De hecho, no hubo ningún acoso del otro mundo, nadie intentó
nada especialmente. Claro, no faltaron los típicos sobeteos de tetas "por
descuido"; y tampoco fue muy agradable que la rociaran de arriba a abajo de
champán quedando la camiseta totalmente empapada, transparentando todo, pero
debajo tenía un bañador. En resumen, teniendo como tenía Laura tanto miedo de
aquella fiesta, no había pasado nada malo.
Pero el hecho de que se aburriera no era nada bueno. En
realidad, había sido una puta mierda. No había estado nada animada, apenas había
hablado en realidad. La mayoría de los chicos se dedicaron a beber y a fumar
(muy ilusionados, al ser de los primeros pitis y petas que fumaban a los trece
años) y a sobarla de vez en cuando, o gritarle idioteces, pero no les hizo caso.
La mayoría de las chicas permanecía en grupos cerrados, susurrando y
cotilleando. Había también varias parejas… y lo peor de todo: su fiel amiga
Soraya parecía no acordarse de ella. Estaba muy animada hablando con un chico
llamado Xavier.
Afortunadamente, se estaba acabando. Se hacía de noche y
varios padres y hermanos mayores venían a buscar a sus hijos, porque estaban en
las afueras. Otros irían por su cuenta.
Laura estaba vagando por el jardín, cuando lo vio. Alto,
delgado, maduro, serio, y a la vez sonriente, un hombre impecablemente vestido
estaba avanzando hacia ella. Muy guapo a decir verdad. Laura nunca se había
fijado mucho en los hombres maduros, pero éste le llamó la atención. Y lo más
fuerte: ¡se dirigía a ella!
-Hola, señorita. ¿Eres Laura, verdad?
-Sí –contestó ruborizándose.
-Felicidades –dijo el hombre sonriéndole.- Soy Ricardo
Zamora, el padre de Óscar. Vengo a buscarle.
-¡Ah, claro! Ahora le busco, estará por aquí…
-Podemos buscarle juntos.
Su voz tenía algo que la tranquilizaba, la relajaba.
Inspiraba seguridad. Una seguridad de un hombre maduro, masculino.
"Como un padre", pensó tristemente. Ella nunca había conocido
al suyo.
-¿Y qué tal le ha ido el cumpleaños a una joven tan guapa
como tú?
-Bien, sin más… -no sabía qué decir.- Gracias –susurró.
-¿Por qué gracias?
-Por decir que soy guapa. – Instintivamente, sin saber por
qué, siguió.- No me lo dicen muchas veces.
-Deberían hacerlo. Eres preciosa. Tienes una cara preciosa,
de muñeca, casi.
Era estupendo que, por una vez en la vida, un hombre no se
fijara en sus tetas sino en su cara. Laura sonrió, y aquella sonrisa la hizo aún
(como pudo observar en los ojos de Ricardo Zamora) más hermosa, a la luz de las
farolas.
Estaban andando, sin preocuparse por buscar a Óscar. A Laura
no le importaba, y parecía que a aquel hombre tampoco. Era tan tranquilo, estar
allí, en silencio…
-¡Papá! –Óscar, el hijo de Ricardo, se acercaba, escondiendo
el mechero y el paquete de tabaco en el bolsillo.
-Óscar, ¿ya estás? Bien. Muchas gracias por todo, Laura. Ha
sido un placer conocerte. –Laura estaba embobada mirándole. Deseaba que le diera
dos besos, pero no lo hizo. Se limitó a despedirse con la mano. –Espero que nos
veamos alguna otra vez. Adiós.
"Ojalá", se dijo Laura. "Ojalá le vea alguna vez"
18
Ricardo sonreía satisfecho, de vuelta a casa, con su hijo al
lado, mientras conducía el coche. Todo había salido bien.
Por fin había conocido a Laura.
Dios, conocerla y verla tan de cerca había sido más fuerte de
lo esperado.
En casa se debería tomar otra pastilla más.
Mientras tenia que aguantarse las ganas para poseer a Ángela
de una vez, estaba deseando comenzar con la niña.
Al fin y al cabo era tan sólo una niña. Una niña con cuerpo
de mujer. Podría ser una brillante doctora, o abogada, o economista… Podría
tener un buen novio, dinero, familia…
Y no iba a tener nada de eso.
Era cruel. "Pero así es la vida".
19
Sandra se sentía extraña aquellos días. No tenía muchas ganas
de nada. Estaba en casa de una amiga, viendo un aburrido programa de televisión
que a la otra le apasionaba.
Pero sus pensamientos iban una y otra vez a Álex. Que, para
colmo, tenía un enorme parecido con el protagonista de la telenovela.
¿Por qué? ¿Por qué estaba pensando tanto en Álex? Estaba
segura (casi segura) de que no se estaba enamorando. Otras veces había sido
diferente, había sabido que estaba enamorada instantáneamente. Pero con Álex no
ocurría eso… Intentaba apartarlo de su cabeza, diciéndose que simplemente le
divertía aquel crío enamorado de ella, pero volvía una y otra vez…
De ninguna manera iba a salir con él. Sandra tenía dos años
más que Álex, y siempre había salido con chicos mayores que ella; no se iba a
rebajar a salir ahora con un niñato de la edad de su hermano, tan salido como
él. Con todos los chicos colados por ella, sabiendo que era la tía más buena de
toda la zona con muchísima diferencia, no se iba a rebajar a aquello.
Sara frunció el ceño, decidida, como siempre que tomaba una
decisión, mirando desafiante al chico de la serie, que se estaba besando
apasionadamente con una chica muy parecida a ella.
20
Laura estuvo muy distraída durante los siguientes días.
Apenas se fijaba en lo que ocurría alrededor, y a menudo solía estar en clase
sin darse cuenta de que alguien estaba hablando, absorta. De vez en cuando se
despertaba, y se fijaba en su entorno. Entonces su visión desaparecía.
Su visión era Ricardo.
Aquel hombre al que solamente había visto una vez en la vida
significaba mucho para Laura. Significaba un amor platónico, imposible. Al fin y
al cabo, se llevaban treinta años, y era el padre de un chico de su clase (un
chico que de repente le parecía mucho más interesante que el resto). Pero
también significaba alguien en quien confiar, alguien serio, maduro… Aunque ni
siquiera le conocía bien, Laura estaba segura. Aquel hombre significaba también
un padre para Laura.
Iba por el pasillo del instituto, recordando las
conversaciones con su madre sobre su padre. Nunca quiso explicarle mucho. Sabía
que su padre había sido un novio de su madre que se había marchado cuando supo
que ella estaba embarazada. "Era un cabrón, cariño. Mejor olvídate de él".
Pero no es tan fácil vivir sin un padre. Sin alguien a quien
contar tus problemas, excepto su madre. Sin alguien que se preocupara por ella,
salvo su madre. Y su madre estos últimos días apenas la veía. Parecía que ni se
acordaba de ella. Por eso ahora más que nunca notaba la necesidad de un padre.
De alguien que, cuando llegara a casa, le dijera…
-¿Qué tal estás, Laura?
Laura se volvió en redondo. Al fondo del pasillo estaba
Ricardo, con su elegante pose. Laura sonrió. ¡Qué contenta estaba de repente!
-Muy bien, señor.
-Cariño, llámame Ricardo. No deberías llamarme señor por
tener unos años más que tú. Al fin y al cabo, la edad no es lo más importante.
-Claro. ¿Qué haces aquí? –preguntó. "ha venido a verme",
pensó estúpidamente, pero medio segundo después razonó.
-Tenía una reunión con un profesor de mi hijo. Pero ya he
acabado. ¿Estás en el recreo?
-No, me iba al bus. Tengo que ir a casa a comer, ya se han
acabado las clases de la mañana.
-Óscar se queda en el comedor… pero yo voy a casa. –la cara
de Laura se iluminó. ¿Realmente iba a decir eso? –te puedo acercar, si quieres.
-No quisiera molestar, pero… -"pero dime que sí".
-Para nada. Ven conmigo.
Laura estaba por las nubes. Por fin iba a salir del Instituto
con alguien parecido a un padre a su lado. Ricardo tenía un coche de lujo,
aunque ella no entendía mucho de eso. Se sentó delante, al lado de Ricardo. Le
gustó que él le sonriera antes de arrancar el motor.
De repente pensó Laura que aquella camiseta que tenía puesta
era absurda. No le favorecía nada, no estaba nada sexy. Y quería estar guapa
para Ricardo. Quería que Ricardo se fijara en ella. Era una niña por edad, pero
sabía que mentalmente era una adulta.
Y por primera vez se dio cuenta de que mente y cuerpo iban al
unísono. Aquel cuerpo que odiaba por ser tan "crecido" iba acorde con su mente,
su madurez. Lo que no iba acorde era su edad. En realidad, ella no debía estar
con gente de su edad. Debía estar con gente mayor, gente madura. Debía estar con
Ricardo.
-Tú me dirás dónde vives –dijo amablemente.
Laura sonrió y le indicó el camino.
El viaje se le hizo cortísimo. No pararon de hablar hasta que
llegaron a la puerta de su casa y Laura no quería bajarse del coche.
-Muchísimas gracias por todo, Ricardo –por todo. No lo había
dicho por decir. Por todo, literalmente.
-Espero que nos veamos otra vez. Eres la chica de tu edad más
lista que he conocido. Y la más guapa –guiñó un ojo- con diferencia.
Laura sonreía de oreja a oreja cuando entró a casa.
21
Esto es un día normal para Sara, ahora.
Se levanta tarde, cansada, con sueño. Sólo hay una un
pensamiento que la ayuda a levantarse: Álex. Su futuro Amo. Si todo sale bien.
No le apetece desayunar, no vaya a engordar ahora que tiene
que estar deslumbrante para él. Toma un café, sólo. Enciende un cigarro, de
mientras. Antes odiaba el olor a tabaco, pero ahora ya no le parece tan malo. Le
va cogiendo el truquillo.
Baja su hija a desayunar. Tiene una cara extraña, le pasa
algo. Pero ahora Sara no sabe qué decirle. Le parece increíble que un mes atrás
se hablaran como hermanas. Laura no era más que una niña. Ya se le pasaría lo
que tuviera…
Entra a la ducha. Tiene poco tiempo, pero es crucial cuidar
la imagen. Hasta ahora no había comprendido lo importante que es la imagen.
Ahora lo va entendiendo. Por lo menos, se da cuenta que tiene que estar siempre
perfecta para su amado Dios. Y con entender eso le basta. Tras ducharse, se
depila. Totalmente. Ahora también se depila el coño. Ha visto en varias revistas
tías con el coño depilado, y parece más sexy.
Entra en su cuarto, que está ya muy cambiado. Ya no hay
orden. No tiene tiempo para ordenar aquel cuarto, y no le importa. Hay muchas
cosas tiradas por el suelo, y los estantes bastante vacíos. Para hacer las cosas
bien, ha tirado todos sus libros a la basura. Sólo quedan los libros de texto
imprescindibles para dar clase, pero los va a llevar al Instituto y dejarlos
allí. Ya no pintan nada en este cuarto.
En su defecto poco a poco va llenando los estantes con
revistas porno que va comprando. Hasta ahora le han parecido asquerosos, pero ya
se está dando cuenta de que no lo son. Son mucho más entretenidos que todos los
libros que solía tener. Siempre suele llevar alguno en la bolsa. Quiere leer
todo lo posible sobre sexo, tal como su Amo le ha ordenado.
Mientras enciende un cigarro (sientan de maravilla a esta
hora) abre el armario para vestirse. Toda la ropa es nueva, y muy sexy. Va
comprando sin reparar en gastos, sólo para estar guapa. Es como debe estar ante
Álex. Ya no usa sujetadores, ni bragas. Sólo tangas, todos de hilo dental. Se
siente a gusto con ellas. Se siente sexy. Escoge una falda vaquera corta, que
marque bien su culo firme y redondo. Para eso lo tiene. Hasta ahora no lo sabía;
ahora sí. Para la parte de arriba sólo tiene camisetas cortitas, pequeñas. Elige
un top de cuero. No transparenta nada, pero es un antojo. Lo vio ayer y no pudo
resistirse a pesar del precio. Es muy prieto, marca sus enormes tetas
perfectamente, y el escote es impresionante, con cuerdas para aumentarlo o
disminuirlo. Deja al descubierto el ombligo, y por primera vez le gustaría tener
un vientre plano, sin ese kilito de más. Una vez puesto el top, se mira al
espejo, y se siente bien. Abriendo un poco más el escote, aún mejor. Se siente
contenta. Le gusta cómo es. Y todo gracias a él.
Se maquilla mucho, exageradamente. Después, coge un pequeño
bolso, y varios libros en la mano. Ahora los libros le parecen aburridos, sin
sentido. Es irónico que tenga que dar lengua y literatura, cuando su Amo le ha
dicho que debe hablar mal, y no puede leer o escribir. Pero no es que lo diga su
Amo, es que es la verdad. Ella debe ser una tonta esclava, nada más.
Sale de casa con su hija. En silencio. Sin decir nada. Sara
enciende otro cigarro y es ahora cuando Laura pregunta:
-Mamá, ¿por qué has empezado a fumar? Siempre me has dicho
que lo odiabas.
-No sé… -no sabe qué decir. No tiene ganas de razonar. Y
tampoco puede. –Me apetece. No está tan mal, me gusta.
Laura no contesta. Entran al coche, un coche nuevo que compró
ayer. Muy caro, pero su Amo le había dicho que sus gastos debían dispararse. Fue
al banco y pidió un crédito. El coche es de lujo.
Llegan al instituto. Nota todas las miradas en él, ahora
también oye algún silbido. Sonríe; le gusta. Nota también la mirada asombrada de
su hija, pero sigue sin decir nada. Se separan y Sara entra a la sala de
profesores. Muchos la miran severamente, y una se le acerca. Una estúpida vieja
arrogante, no sabe cómo le caía bien hace apenas unos días. Le habla con cara de
preocupación:
-Sara, te lo voy a decir claramente. ¿Crees que tu ropa es la
adecuada para trabajar?
Sara sonríe estúpidamente. La verdad es que no se le ocurre
ninguna respuesta. Afortunadamente suena el timbre y se dirige a clase. Por el
camino se fija por primera vez que Joselu, el profesor de matemáticas, está
bastante bueno. Le sonríe, sacando pecho. Casi sin pensarlo, sin poder evitarlo.
Le cuesta centrarse en las clases. Tampoco le está gustando
lo que dice. ¿A quién le importa en realidad saber analizar textos? Casi por
inercia suelta un cordón del top: las tetas quedan medio fuera, casi la mitad de
ellas está a la vista. Parece más fácil hacer ese tipo de cosas que leer textos.
La gente se ríe, ella sonríe, no dice nada. Mete bien las tetas y vuelve a atar
el cordón. Ve como Álex sonríe, y una sensación de placer la invade.
Sin embargo, a veces, algunas pocas veces, una voz le
pregunta qué está haciendo. Es entonces cuando Sara se pregunta de verdad si
está segura de todo esto. Pero la visión de Álex, la promesa de poder disfrutar
de su cuerpo en algún futuro, supera la estúpida voz que dice que lo que hace no
está bien.
Coquetea sin parar, con alumnos, profesores. En realidad, es
más fácil de lo que parece. También fuma a escondidas en el trabajo. Está
prohibido, así que debe hacerlo con cuidado, pero Álex le ha dicho que fume sin
parar. Varios chicos la pillan fumando, pero da igual, dado que éstos también
fuman a escondidas. Le sonríen con complicidad y se acercan.
-¿Qué hace una profesora como tú fumando a escondidas? –le
preguntan con sorna.
No sabe qué contestar, así que vuelve a sonreírles. Sin parar
de observar su escote, los chicos encienden sus cigarros. De nuevo una vocecilla
en su cerebro le dice que pare, pero para contrarrestarlo, Sara vuelve a soltar
un cordón del top. De nuevo la mitad de las tetas queda a la vista. Los pezones
están a punto de salir, pero Sara no hace nada para corregirlo. Mira a los
chicos y les sonríe. Éstos miran fijamente a su escote.
-Te podríamos delatar, profe –dice uno de ellos sonriente.
-Pero no lo haréis, ¿verdad? –dice Sara con voz melosa. Un
sutil movimiento y el pezón derecho sale del top. Ambos sonríen, mirando como
extasiados el pezón.
Sara no sabe si ir a más o no. Álex le ha dicho que sea una
calientapollas pero que no se pase de momento. Afortunadamente, suena el timbre.
Ella arregla su escote y se marcha. Se siente un poco rara, pero contenta. No
está tan mal ser una calientapollas. Aunque sabe que pronto todo se le puede
escapar de las manos.
Cuando sale del instituto enciende otro cigarro. La verdad es
que enganchan bastante. Tiene que ir un momento a casa de sus padres. Por un
instante piensa en ponerse algo de ropa por encima. Luego piensa que no. Sube
tal cual al cuarto piso del edificio donde viven.
Cuando su madre le abre la puerta queda asombrada. Sara
siente una punzada en el corazón. Siempre se ha llevado bien con su madre, y le
duele que ella la vea así. Pero no hay otro remedio. Afortunadamente su padre no
está en casa.
-¿Por qué vas vestida así, cariño?
-Ásí se va hoy en día, mamá –contesta ella, evitando su
mirada. Para aparentar más seguridad enciende un cigarro.
-No digas bobadas. Así van las… bueno… las… ¿y desde cuándo
fumas?
-Hace unos días. Mamá, ahora no tengo tiempo. Tengo prisa.
Sara sale rápidamente de la casa. La verdad es que no tiene
prisa. Pasea tranquilamente por la calle, notando cómo la gente se le queda
mirando. No le importa mucho, en realidad. Al pasar por una tienda de móviles
entra y se compra el más caro. No lo necesita, pero, ¿por qué no comprarlo?
No le apetece ir a su casa, a preparar la comida, a hacer la
limpieza… Lo mejor será contratar a alguien para que lo haga. Ella quiere estar
libre para cuando pueda estar con Álex.
Come en un restaurante. No es de lujo pero no está nada mal.
Luego da unas vueltas por la ciudad. No sabe qué hacer. Tiene prohibido leer,
ver películas… Siempre que no sean de sexo. Entra a uno de esos locales donde te
puedes conectar a Internet, uno al que nunca había entrado. Normalmente hubiera
ido a casa para preparar sus clases, pero no le apetece. Además, Álex le ha
dicho que no lo haga.
Navega por páginas porno, evitando entrar a cualquier otra
página. No ha comprado el periódico, no sabe lo que está pasando en la
actualidad. No importa. El mundo del sexo es un mundo más seguro. Además, pronto
tendrá a su Amo para que cuide de ella.
No sabe ni cómo puede pensar de esta manera. Es como si de
repente no fuera ella. Como si una golfa guarrilla la estuviese poseyendo. Pero
esos pensamientos desaparecen al ver imágenes de chicas guapísimas follando
salvajemente por unos grandes machos. Sara se calienta, y piensa que va a ser
difícil aguantar sin sexo hasta noviembre.
También por primera vez se fija en la extraordinaria belleza
de estas chicas que aparecen en páginas porno. Son perfectas. Ahora se da cuenta
de lo mucho que le falta a ella para estar tan apetecible. Ella que siempre
había creído estar bien. ¡Ojalá Álex se ocupara de arreglar su cuerpo y su
imagen para estar más guapa!
Ya bien entrada la tarde se dirige a un bar. A un bar de no
muy buena fama, pero son las ideales para coquetear un rato. Varios silbidos
acompañan su entrada. Pide una copa: todavía le cuesta acostumbrarse a beber
entre semana. Observa la gente que hay por el bar. La mayoría son hombres
bastante feos y con pinta de asquerosos. Afortunadamente, tras dos o tres
gin-tonics y varios cigarros, se deja llevar un poco. Le es más fácil todo.
Un tío muy gordo y seboso se le acerca. Normalmente lo
rechazaría, pero hoy no. Quiere ser una guarrilla para Álex. Le deja que se
acerque, están muy pegados. ¡Tiene un olor asqueroso! Seguro que ni se ha
duchado. Hablan de tonterías, cada vez más cerca, con otra copa en la mano. Él
ya tiene la mano en su cintura, y lo acaricia. Sara sonríe y desata las cuerdas
del escote del top. Las tetas están a punto de salirse, y la mitad del bar les
está mirando. El gordo seboso lleva una mano a las tetas, y las empieza a sobar.
Sara se deja, y varios hombres más se acercan. El alcohol y su determinación
hace que a Sara no le importen. Pronto nota que sus tetas han salido ya del todo
del top. Son unas grandes tetas, de talla 95, de esas firmes que gustan. Les
deja que las soben. Alguien intenta meter mano por la falda, pero Sara le pide
que no.
-Ya lo haremos algún otro día.
A duras penas se levanta, pero antes de salir del bar, se
saca una foto con su nuevo móvil junto al gordo seboso, con una teta aún fuera.
Quiere demostrarle a Álex que cumple sus órdenes.
Son más de las diez y es un lunes. Apenas hay gente por las
calles. Sara, balanceándose por los efectos del alcohol, sube al coche. Conduce
lentamente hacia su casa. Llega intentado no llamar la atención de su hija, pero
al entrar tira un paragüero sin querer.
-¡Mierda!
Ve a Laura que baja de su habitación.
-Mamá, ¿estás bien?
-Sí, cariño.
-¿Dónde has estado?
-Tenía trabajo. Estoy cansada… -le costaba hasta hablar. –Me
voy a la cama, cariño.
Entra a su habitación, dejando a su hija en las escaleras. Al
mirarse en el espejo, se da cuenta de que la imagen que está viendo no se parece
en casi nada a la que se veía unas semanas atrás. Y se da cuenta de que cada vez
se parecerá menos.
Cuando se tumba en la cama, sin fuerzas de quitarse la ropa,
se pregunta qué coño está haciendo, por qué va a estropear toda su vida.
La respuesta llega a su móvil. Una llamada perdida. De Álex.
Esto es un día normal para Sara, ahora.
22
Hacía viento sur y aunque era bastante tarde, a las ocho y
media del miércoles todavía se estaba bien en la calle. El cielo estaba teñido
de rojo y morado, con el sol escondiéndose entre las nubes.
Sandra estaba sola con la mirada fija en los barcos que se
alejaban de la ciudad hacia el mar. El viento hacía ondear su largo cabello y su
vestido azul-verdoso, a juego con el color de sus ojos. Se sentía tan a gusto
allí… No le apetecía nada coger la moto y volver a casa ahora.
El rumor del mar le impidió que oyera los pasos que se
acercaban por detrás. Unos pasos que pararon a un par de metros detrás de ella.
-Hola, Sandra –dijo una voz dulce y tranquila.
Sandra se volvió sobresaltada. Allí estaba Álex, mirándola.
Sonreía, pero tímidamente, no con la seguridad que solía tener. En aquel
instante le pareció más guapo que nunca. Y más agradable.
-Hola –su voz estaba calmada, pero ella no por dentro.
-¿Mirando el mar? –su voz seguía siendo inusualmente
tranquila.
-Sí. Me gusta mucho.
-A mí también –el chico sonrió más abiertamente.
-¿A ti? ¿A un sinvergüenza como tú? –repuso ella, poniéndose
a la defensiva. No quería hacerlo, pero era lo que solía hacer. Estaba
acostumbrada a tener ella el control…
-¿Sinvergüenza? Eso lo dices porque no me conoces bien –el
chico parecía más alterado que nunca.
-Me considero muy afortunada de no conocerte bien, Álex –dijo
Sandra entrecerrando los ojos. Álex sonrió.
-Tal vez cambies de opinión. Tal vez necesites a un
sinvergüenza como yo en tu vida.
-No me hagas reír –el chico se acercaba cada vez más, estaban
muy cerca.
-Admítelo. No siempre te caigo mal. A veces te gusta cómo
soy.
Sandra dudó
-Me gusta cómo eres cuando estás dormido. Seguramente es el
único momento en que dejas de ser tan hipócrita –dijo con un hilo de voz. Seguía
sin moverse mientras se acercaba.
-Eso tiene solución. Puedes acostarte conmigo si quieres
verme dormido.
-Ni lo sueñes –la voz no fue más que un susurro. Los labios
de Álex tocaron los suyos, pintados de rojo, y la voz se ahogó.
Sin darse cuenta, Sandra se encontró besándose con más pasión
que nunca con Alex.
El sol iluminó a ambos mientras se besaban, envolviéndoles en
un aura dorada.
Y también les iluminó la luna cuando, horas más tarde,
apareció en el cielo y Álex y Sandra seguían besándose.
De nuevo muchas gracias por las críticas que me habéis hecho.
Recuerdo que me gusta que me escribáis críticas (buenas/malas pero constructivas
siempre), sugerencias, ideas para las siguientes partes, lo que os gusta y lo
que no, lo que echáis de menos… Leo e intento contestar todos los comentarios.
La división del relato es por meses. Cuando comencé a
escribir el mes de octubre me di cuenta de que era inmensamente largo para una
sola entrega. Así que esta tercera entrega es la segunda parte de octubre. Aún
queda una última entrega para completar este mes, que lo tengo casi a punto.
En esta entrega me centro sobre todo en Sara y también en
Laura. En la siguiente parte veréis mucho más de Laura, Ángela y Ricardo, en
general. Y para los que estéis deseando leer descripciones de sexo explícito, os
prometo que las primeras folladas de esta serie vienen en la siguiente entrega.
Un beso,
Sara