Queridísimo primo:
Me encuentro en mi habitación, sentada en la banqueta del
tocador, mirando mi desnudez ante el espejo y, he revivido en mi memoria las
pasadas Navidades, las pocas horas que pasamos juntos.
Hacía mucho tiempo que no nos veíamos. Años. Tu en la
universidad, preparando tu carrera y después terminando el proyecto, y por mi
parte finalizando la mía. En esos días de Navidad, todo éstos años que estuvimos
separados desaparecieron. Dio la sensación que apenas el día anterior habíamos
estado juntos charlando animadamente de nuestras cosas. Nada había cambiado
entre nosotros. Nada.
Nuestro juegos, casi infantiles, comenzaron desde el mismo
momento en que nos volvimos a encontrar. Me hacías cosquillas sin apenas
tocarme, reíamos, nuestros cuerpos se rozaban, nuestras manos comenzaron a
palpar allí donde años atrás nada había, nos miramos a los ojos. Solo una mirada
fue necesaria para decirnos todo. Una mirada de fuego y que desencadenó la
pasión en un beso. Un beso tierno, muy húmedo, dulce, apasionado, con amor.
Apenas sin darnos cuenta, envueltos en un torbellino de besos
y caricias, de lujuria desenfrenada y de amor descontrolado, nuestros cuerpos
abrazados formaron uno solo cuando entraste en mí por primera vez. Sentía como
te abrías paso en mi intimidad centímetro a centímetro. Como tu cetro, era
acogido en mi interior con inmenso placer, con inusitada alegría. Como tus
movimientos, pausados y primorosamente delicados, me elevaron al séptimo cielo
del placer y culminaron de forma deliciosamente brutal cuando sentí en mis
entrañas correr tu néctar de vida inundando mi interior.
Hoy, mirándome desnuda en el espejo, recordando esos
instantes mientras me acariciaba a un tiempo mi abultada barriguita de siete
meses, he decidido escribirte esta carta y hacerte una pregunta... ¿sabes quien
es el papá?.
Con todo mi amor,