Por la mañana, me medio desperté y noté como el sol se
filtraba a través de las cortinas de las escotillas; como no era muy consciente
de la hora que era, cerré los ojos de nuevo, hasta que me pareció oir unos
ruídos en cubierta y me pareció ver dos siluetas que se asomaban por la puerta
de nuestro camarote; una vez que me acabé de despertar pude ver como las dos
siluetas eran Martin y Juan que ya habían llegado. Los dos nos miraban y
señalándonos, Martin nos dijo
Será mejor que os arregleis un poco, nuestros padres
pronto bajarán.
Hasta ahora no había caído en la cuenta, pero al ver que mi
primo nos señalaba, miré y vi que María continuaba tapada ligeramente por la
sábana, pero a Isabel y a mí se nos había subido un poco la camiseta; como yo
dormía boca abajo, sólo se me veían las nalgas y un poco la cintura pero Isabel
tenía su entrepierna al descubierto mostrando todos sus encantos. Para evitar
males mnayores, las desperté, y su primera reacción fue un poco de protesta ante
la sorpresa de ver a mi primo y a mi hermano allí delante; pero enseguida las
protestas se trocaron en ruegos amables para que saliesen y nos dejasen
vestirnos tranquilas. Arreglándome la camiseta, me levanté y fui detrás de ellos
para cerrar la puerta a sus espaldas.
Suerte que ayer por la noche nos dejaste estas camisetas
–exclamó María dirigiéndose a Isabel.
Es verdad, aunque a Isabel de poco le ha servido llevarla
–exclamé yo.
¿por qué lo dices" preguntó María.
Pues porque cuando han entrado mi hermano y Juan se le
había subido un poco y estaba con todos sus encantos al aire.
¿Todos?
Todos no –dijo Isabel-, sólo hasta más arriba de la
cintura.
Jo, tía; vaya corte ¿no? Que te vea tu primo
Bueno, un poco sí, pero no hay para tanto; a fin de
cuentas es como de la familia; pero por lo que me he habeis contado, estos
dos días habeis hecho algo más que veros sin nada.
Realmente, Isabel tenía razón. Con Juan no sólo nos habíamos
desnudado, sino que habíamos llegado a hacer el amor. De la respuesta de Isabel
me intrigó cuando dijo que no había para tanto. ¿Acaso no le importaba que Juan
la viese desnuda? Con mis pensamientos rondando por la cabeza, empezamos a
vestirnos. Para poder estar más frescas, sólo nos pusimos las braguitas del
bikini y para taparnos el torso, unos pañuelos grandes que nos prestó Isabel:
por la parte superior los anudábamos al cuello, y por abajo a la cintura, con lo
cual nos quedaba la espalda al aire; era la primera vez que nos poníamos algo
así, y a María y a mí se nos notaba a una legua nuestra inexperiencia, puesto
que no los habíamos ajustado bien y, al movernos, por el lateral de nuestro
vestido improvisado se nos veía el pecho. Para evitar males mayores, Isabel nos
los quitó desnudándonos por un momento y nos los anudó de nuevo de forma que la
ropa no oscilase demasiado y no llegase a descubrir "nuestros encantos".
Cuando salimos a cubierta ya estaban todos en el muelle
descargando las bolsas de viaje del coche; mientras mi padre iba a dejarlo en el
aparcamiento del Club Nàutico, nosotros fuímos colocando cada paquete en su
sitio. En su papel de anfitriona, pero también demostrando su experiencia en la
navegación, mi tía nos recomendó que como íbamos a estar bastante tiempo en un
espacio reducido tendríamos que colocar muy bien cada cosa en su sitio e
intentar que no estuviesen cada día rodando por ahí. Por la excitación lógica
del momento y por la impaciencia ante los días que nos esperaban íbamos arriba y
abajo continuamente, chocando a cada rincón y teniéndonos que apartar en los
puntos más estrechos para ceder el paso a quien venía por el otro lado.
Al final, todo estuvo en su sitio, los depósitos llenos de
combustible y de agua, y, después de soltar amarras, nos dispusimos a zarpar e
iniciar nuestro periplo. Abajo, en el muelle estaba el encargado de la estación
de servicio, conocida de mi padre de tiempo atrás. Nos despidió oscilando las
manos alzadas y nosotros le correspondimos haciendo sonar la sirena varias
veces. Gobernando el timón con mano firme, mi tío nos llevó a mar abierto; el
sol caía a plomo, y una suave brisa nos refrescaba y hacía la temperatura más
agradable. Los jóvenes nos tumbamos en la cubierta de proa y nos pusimos a
charlar y a contar chistes e historias. Juan y Martin se quitaron sus camisetas
y se quedaron en bañador; por nuestra parte, como no llevábamos la parte
superior del bikini, nos subimos los pañuelos hasta llegar casi a la base del
pecho y nos pusimos a "tostarnos" al sol. Como había apurado demasiado al
subirse el pañuelo, en uno de los cabeceos del barco, a María se le salió un
pecho; algo que no se le escapó a Juan, que se la quedó mirando fijamente, a
pesar de que estos días antes la había visto de sobras desnuda e incluso había
tenido la oportunidad de acariciar y probar su cuerpo. A pesar de no ser la
primera vez que lo veía, Juan se quedo un rato como si estuviera embobado
mirándolo fijamente, y es que un pecho es un pecho y cualquier chico, y a veces
alguna chica también, no puede evitar dirigirle alguna mirada.
Se te ha salido una teta, María –avisó Martin.
Será mejor que te tapes, sino estos dos se van a quedar
bizcos mirándote.
Quien así hablaba era Isabel. Y la verdad es que ni el uno ni
el otro pudieron disimular dónde tenían fijada su mirada. En estos momentos, me
habría gustado que pudiésemos tomar el sol desnudos, sin ningún atisbo de ropa
que se interpusiera entre nuestra piel y la suave brisa marina que nos
acariciaba. Si tenía un cierto reparo era por el hecho de estar con mis padres y
mis tíos, y no precisamente por mis primos, puesto que, aunque hiciera unos
años, con Martin nos habíamos desnudado y hecho el amor, y con mi hermano, tres
cuartos de lo mismo. Allí en la cubierta de proa estábamos al amparo de las
miradas de nuestros padres y habríamos podido estar desnudos sin ningún tipo de
peligro, pero teníamos que en cualquier momento pudieran sorprendernos. Dado el
caso, yo era quien mejor lo tenía, puesto que todos me habían visto desnuda,
pero no acababa de decidirme.
El plan del día era navegar bordeando la costa a una cierta
distancia hasta llegar a una población de la costa levantina desde la cual la
distancia hasta las Baleares era menor. Mi tío replegó velas y dijo que si
queríamos podíamos descansar un rato de la navegación.A pesar de la brisa
marina, el sol apretaba de lo lindo y para refrescarnos lo mejor era un baño;
como sólo llevaba la braguita del bikini y me cubría el busto con un pareo, bajé
a nuestro camarote para ponerme la parte superior del bikini; cuando estaba
cambiándome, oí las voces de María e Isabel que me pedían que les llevase el
suyo; pensé que era lo más normal del mundo: también querían bañarse y acabarían
de vestirse debajo del pareo y luego se lo quitarían; pero mi sorpresa fue
mayúscula cuando vi que se desprendían de sus pañuelos para ponerse la parte
superior de sus bikinis; si bien actuaron con la mayor naturalidad del mundo y
apenas estuvieron unos pocos segundos desnudas de cintura para arriba, no fue
menos cierto que por este breve espacio de tiempo sus senos se mostraron con
todo su esplendor y Juan y Martin pudieron disfrutar por un momento de la breve
desnudez de sus cuerpos. En momentos como estos era cuando más ganas tenía que
mis padres fuesen tan o más modernos como los de María y que aceptasen el
nudismo como algo natural; no es que yo lo hubiese practicado mucho, y de hecho,
mi experiencia en ello se reducía a una sola vez y bajo techo cuando el otro día
fuímos a la piscina; bueno, también habría que contar las Navidades que pasé en
Suiza, pero al aire libre en verano y dejando que el sol y la brisa marina
acariciasen mi piel, nunca.
Nosotras tres fuimos las primeras en zambullirnos de cabeza
desde la cubierta; y, al cabo de un rato, vinieron los chicos; Laura, no pudo,
puesto que tenía que encargarse del crío. Estuvimos un rato nadando y jugando
con las olas, hasta que en un momento, Martín levantó su brazo gritando:
Eh, familia, a ver quién me sigue.
Y dicho esto se fue nadando hasta una especie de islote que
había a unas pocas brazadas. Esto no habría tenido la menor importancia si no
fuese porque al levantar su brazo mostró su bañador en lo alto, lo que
significaba que estaba completamente desnudo; Al decir "a ver quién me sigue",
¿se refería a ir nadando al islote? ¿se refería a quitarse la ropa? ¿se refería
a ambas cosas a la vez? Yo no sabía muy bien a qué atenerme y miré a Isabel y a
María intentando averiguar su opinión. Con un ligero gesto de cabeza asintieron
y, después de quitarnos la parte superior del bikini, fuímos nadando hacia el
islote. No me di cuenta que Juan se estaba quedando rezagado hasta que oí su voz
diciendo que lo esperásemos. Aminoramos un poco el ritmo de nuestras brazadas y
cuando estuvo a nuestra altura fuimos acercándonos tranquilamente al islote.
Cuando llegamos, Martin ya se hallaba tumbado tomando el sol; estaba boca abajo
con la cabeza apoyada en los brazos; Desde que levantó el brazo mostrándonos su
bañador y retándonos a seguirle, continuaba sin llevar el bañador puesto y lo
había dejado en un rincón; estaba completamente desnudo y la piel de su cuerpo
húmeda del mar brillaba bajo los rayos del sol.
Al llegar a la zona en que nuestros pies tocaban ya el suelo,
el agua nos quedaba aproximadamente a la altura del cuello; a Isabel, por ser la
más alta, el movimiento de las olas dejaba al descubierto sus senos cada vez que
se retiraba. Nos dijimos que ahora sólo teníamos dos posibilidades: o bien nos
poníamos el bikini y salíamos como si nada, o bien continuábamos sólo con la
braguita con lo que ellos dos nos verían el pecho sin disimulo. Al final, y dado
que estábamos fuera de la vista de nuestros padres, decidimos salir y, cuanto
menos hacer top less. Con paso firme salimos del agua y nos sentamos al lado de
Martin con la espalda apoyada en una roca. Nunca había experimentado esta
sensación de estar desnuda de cintura para arriba al aire libre, nunca antes el
sol había acariciado así mi piel; y la sensación de haber recibido primero el
suave masaje de las olas en nuestro cuerpo y la posterior caricia de los rayos
del sol era absolutamente agradable; no me arrepentía de nada y lo único que me
sabía mal era no haberlo probado antes. El último en llegar fue Juan, y al
vernos a las tres desnudas de cintura para arriba, con nuestros pechos apuntando
al aire y nuestros pezones firmes y duros, no pudo evitar la debilidad de la
carne; al salir del agua su bañador denotaba la clara erección de su pene; él
siempre había dicho que encontraba muy atractiva a Isabel; y es normal que, al
verla semidesnuda delante de él, su miembro se endureciese y aumentase
considerablemente de tamaño. Esto lo cohibió y le hizo que saliese deprisa del
agua y se tumbase boca abajo; el hecho de que los dos chicos estuviesen boca
abajo motivó los comentarios un tanto jocosos por parte de nosotras tres,
especialmente de María, la más bromista del grupo:
Mirad estos dos; no hay quien pueda con los chicos; en
cuanto ven un par de pechos se ponen enfermos y se les empina todo –dijo
María -;
No es cierto –protestó Martin-; si me pongo boca abajo es
para estar más cómodo. Y si no te lo crees mira.
La reacción de mi primo nos sorprendió y se podría decir que
fue el precipitante de los acontecimientos que se sucedieron posteriormente.
Justo cuando acabó de decirlo, se dio media vuelta y se puso boca arriba. Como
es de lógico suponer, con esta maniobra se quedo con todos sus encantos al aire.
El fijarme en él me di cuenta que realmente tenía razón: si estaba boca abajo
era por comodidad y no para disimular una erección. Intentando hacerlo de una
forma más o menos disimulada, miré su pene y no pude por menos recordar cuando
en su casa de Suiza nos desnudamos en Suiza y como más tarde le hice entrega de
mi virginidad. Ahora, se notaba que Martin había crecido y todo su cuerpo se
había desarrollado; ahora estaba en estado de flacidez, como si estuviera
descansando en su entrepierna; me habría gustado poderlo tener en mis manos y
devolverle la firmeza que tenía unos años antes cuando, junto con mis primas
Isabel y Laura, fuímos descubriendo nuestra sexualidad; me habría gustado
poderme sentar o tumbarme encima de él y notarlo dentro de mí, pero me daba una
gran vergüenza intentar hacer algo, y más aún corriendo el peligro que nuestros
padres se presentasen de improvisto y nos pillasen "con las manos en la masa".
Estuvimos un rato charlando, y contando historias; mientras,
por mi cabeza continuaba flotando una especie de deseo oculto; veía que no
podíamos llegar a más, pero por el otro lado, ver a mi primo desnudo aumentaba
mi deseo; en mis adentros pensé: ¿por qué no me quito la braguita del bikini y
me quedo desnuda como él?. Pensaba que si me desnudaba y los demás me seguían,
quizás se podría intentar algo, o al menos estar todos desnudos y estimularnos a
base de historias picantes. Hice varios intentos por desprenderme del leve
triángulo de ropa que cubría mi intimidad, pero a última hora me echaba para
atrás; hasta que al final, me armé de valor y dije:
¿no creeis que Martin está en desventaja? Es el único que
está desnudo.
No pasa nada –dijo Isabel-; nadie le ha obligado a
desnudarse, y además nuestros padres podrían vernos desde el barco.
Ya lo sé que nadie le ha obligado –continué yo-; creo que
deberíamos de ponernos como él, sería justo; además, desde donde estamos
nadie nos puede sorprender. Vosotros no sé, pero a mi me apetece tomar el
sol desnuda, además, ¿no dijisteis que como todo queda en familia no pasa
nada?
Sí, claro –añadió Juan-; pero María no es de la familia.
En esto tenía razón. María no era de la familia, pero
habíamos llegado a un punto en que el ver a mi primo sin nada y las caricias de
las olas en nuestra piel desnuda nos habían provocado un aumento de nuestra
libido y nos faltaba un mínimo empujón para acabarnos de decidir. Levantándose y
exclamando "Aunque no sea de la familia, no me importa nada", María se
desabrochó el nudo del bikini que lo sostenía en su cintura y, dejándolo caer al
suelo, se quedó allí delante de todos completamente desnuda mostrando su Monte
de Venus perfectamente recortado. La suerte estaba echada y no podíamos irnos
atrás so pena de ser acusadas de mojigatas o de cobardes. Isabel y yo nos
miramos y con un leve gesto de cabeza acordamos desprendernos también de la
parte inferior del bikini. Me costó un poco acabar de decidirme, pero al final
lo hice y, tirando del cordón de la braguita, deshice el nudo y dejé que cayese
al suelo. Ahora ya estábamos todos desnudos; bueno, sólo faltaba Juan que, por
la vergüenza y timidez propia de su edad, estaba un tanto cohibido y no se
atrevía a quitarse el bañador. Evidentemente, el problema no estaba en Martin,
ni tampoco en María o en mí, puesto que estos días antes habíamos dado rienda
suelta a nuestra sexualidad; el problema, por llamarlo de alguna forma, era
Isabel; a Juan le gustaba mucho su prima y desde hacía tiempo, me lo confesó
hace un par de días, su sueño era poderla ver desnuda; desde hacía tiempo había
soñado varias veces estar en una isla desierta con ella sin ropa; su sueño ya se
había hecho realidad, pero ahora se veía en el dilema de tenerse que quitar el
bañador, algo que no se había planteado ni por un momento.
Vistos los reparos que tenía mi hermano en desnudarse como
nosotros, nadie le dijo nada ni le presionó para que lo hiciese, esperando que
por propia iniciativa se desprendiese de su bañador. Después de un rato de
charla y relax, Isabel me guiñó un ojo en señal de complicidad y me pidió que no
la delatase, señal inequívoca que algo le rondaba por la cabeza. Efectivamente,
de forma disimulada, se acercó a Juan que estaba de pie en la orilla haciendo
rebotar piedras en el agua y, sin que él se diese cuenta, de un tirón le bajó el
bañador hasta los pies. Con el enfado y el enojo reflejado en su rostro, se giró
de golpe jurando eterna venganza hacia el o la culpable de la acción. Pero al
ver que era su prima, se moderó un poco y se limitó a echársele encima para
tirarla al suelo. Se sentó encima de ella para inmovilizarla y, como de todos
son conocidas las cosquillas de Isabel, empezó a presionar con su dedo las
cosquillas de ella. A raíz de ello, Isabel empezó a moverse en todas direcciones
para intentar librarse de mi hermano, pero cuanto mayor era el esfuerzo de ella
por zafarse, mayor fuerza ejercía él para inmovilizarla. Al mirarlos vimos como
en más de una ocasión las manos de mi hermano llegaban a "zona prohibida" y
varias veces su pene rozaba la vagina de Isabel; pero por la inexperiencia y la
inocencia de él la situación no se complicó y no pasó a mayores. Después que
Juan le dijese "¿te rindes?" y ella contestase afirmativamente, regresaron cada
uno a su sitio. Juan llevaba el bañador en la mano y, puesto que ya lo habíamos
visto todos desnudo, no creyó oportuno ponérselo de nuevo y, dejándolo a un
lado, se sentó junto a nosotros y continuamos con los chistes y las historias.
A cabo de un rato, Isabel me preguntó si me apetecía bañarme
de nuevo y, viendo que lo que en realidad deseaba era hablar conmigo a solas, le
contesté que iría encantada. Nos levantamos y poco a poco fuímos entrando en el
agua; a medida que nos alejábamos de la costa, el agua iba subiendo por nuestro
cuerpo en un agradable cosquilleo. Cuando vimos que el agua nos empezaba a
llegar a la altura del pecho, nos pusimos a nadar tranquilamente y entonces fui
yo quien inició la conversación:
Oye, supongo que no querías nadar, sólo; ¿qué querías
decirme"
Bueno…es que antes, cuando le he bajado el bañador a Juan
y me ha estado haciendo cosquillas, he visto que ya no es el crío pequeño
que era antes.
Esto no es ninguna novedad; pero, exactamente ¿a qué te
refieres?
Bueno…es que –contestó ella, balbuceando un poco.
¿es que qué? ¿Qué no lo ves solamente como un primo sino
como que pudiera haber o pasar algo más?
Sí, me has descubierto, pero no lo digas a nadie, por fa.
Aunque me sorprendió un tanto la respuesta de Isabel, no me
extrañó nada puesto que, a pesar de no estar aún plenamente formado, Juan tenía
su encanto. Además ahora había entre ellos dos más o menos la misma edad que
teníamos hace unos años Martin y yo cuando en Suiza jugamos a las prendas y
acabamos haciendo el amor. También me confesó que cuando lo tuvo encima
haciéndole cosquillas, había estado a punto de facilitarle las cosas para que
terminasen "liados", pero como estábamos todos delante no se había atrevido.
Esto me lo dijo más o menos con una cierta naturalidad, pero cuando le conté que
a mi hermano le gustaba se le subieron los colores a la cara. Como no queríamos
levantar sospechas, regresamos de nuevo a la orilla, no sin antes decirle que
intentaría facilitarle las cosas con Juan en la medida de mis posibilidades.
Una vez en la orilla, propuse jugar a la guerra de caballos,
de forma que alguien se subía a las espaldas de otro y trataban de hacer caer al
agua a otra pareja. Como no podía ser de otra forma, los chicos nos retaron.
María so ofreció quedarse en la orilla y Juan se subió encima de Martin e Isabel
encima mío. Nosotras protestamos por qué Martin era más fornido que yo y nos
llevaban una cierta ventaja, pero ellos hicieron oídos sordos y sin esperar que
estuviésesmos bien dentro del agua, empezaron a empujarnos. Por debajo del agua
nuestras piernas intentaban hacer la zancadilla al contrario, pero nuestras
monturas no paraban de manosear y de agarrarse para hacerse caer al agua; en más
de una ocasión mi hermano le puso la mano en el pecho a Isabel y, cuando me dijo
que me acercase al máximo, comprendí que algo se le había ocurrido. Agarrando
con ambos brazos a mi hermano, tiró de él hasta que los dos cayeron al agua
abrazados y hechos un ovillo. La batalla terminó en un empate. Entonces, yo
propuse subirme encima de Martin y Juan encima de Isabel. Cuando estuvo encima
de los hombros de ella, empezaron de nuevo los empujones y en un momento, Juan
dijo a Isabel que no apretase tanto con la cabeza que le hacía un poco de daño.
Con un "lo siento, no te preocupes", ella levantó sus manos por encima de su
cabeza y colocándolas detrás de su cuello llegó a tocar el pene de mi hermano;
como si fuese materia delicada, lo cogió suavemente con la mano y lo levantó de
forma que no apretase tanto; con un guiño de ojos me vino a indicar que bajo
aquella excusa había podido palpar ligeramente los "encantos" de Juan y que no
la delatase.
Estuvimos un buen rato jugando y bañándonos, hasta que oímos
que nuestros padres nos llamaban haciendo sonar la sirena del velero. Salimos
del agua y, después de haber estado todo este rato desnudos y disfrutando del
agua y de los rayos del sol sin ningún atisbo de ropa en nuestro cuerpo, se nos
hizo un poco extraño volvernos a vestir; pero teníamos que regresar con nuestros
padres u había que guardar las apariencias y que nos viesen subir por la
escalerilla como si no hubiese sucedido nada. Como a la ida nos dimos cuenta
como Juan, al ser el pequeño del grupo, se quedaba rezagado, ahora al regreso
fuímos esperándolo hasta que llegamos al velero. Primero subió Juan, luego
nosotras y, mientras, Martin se esperaba en el agua ayudándonos a subir a
cubierta. Cuando le tocó el turno para subir, se asió con ambas manos a la
barandilla y empezó a subir por los peldaños; pero con tanta mala fortuna que el
bañador se le enganchó en la escalerilla y se le desgarró cayéndole hacia el
fondo del mar. El pobre se quedó descompuesto a la vista de nuestros padres y
desnudo; para evitar dar un espectáculo volvió a sumergirse en el agua. Al
principio el incidente nos provocó un ataque de risa, pero enseguida me acordé
de cuando en Suiza bañándonos desnudas en la piscina y desde la ventana de su
cuarto nos lanzó ropa para que nos pudiésemos cubrir cuando llegaron sus amigos,
y de cuando esta mañana nos ha venido avisar en el camarote que ya habían
llegado todo. Acordándome del gesto que tuvo ayudándonos a que sus amigos no nos
viesen desnudas, bajé a su camarote y de su armario le cogí un pantalón corto.
Desde cubierta se lo alargué para que pudiese ponérselo y subir a cubierta sin
mayor novedad.
Una vez en cubierta vi que le habían subido los colores, y
más cuando su madre, mi tía, le dijo:
¡Cómo sois los jóvenes de hoy en día!; quereis ser
modernos, pero a la hora de la verdad teneis los mismos pudores y perjuicios
que todo el mundo.
No era cuestión de pudores, vergüenzas o perjuicios; lo que
pasaba era que con nuestros padres no teníamos la confianza suficiente como para
estar desnudos como habíamos estado hacía un rato entre nosotros en el islote.
Un besote muy grande a tod@s l@s amig@s de amor filial.