Segunda parte del relato largo Risa de Sara. Primera parte en
http://www.todorelatos.com/relato/44434/
La primera imagen es clara. Como la primera toma de una
película que aún no ha terminado. Al fondo el mar azul, puro, de una pequeña,
recoleta, deliciosa playa nudista del sur de España. Recortadas en el azul,
charlando con los pies dentro del agua de la orilla, dos figuras borrosas en el
calor del mediodía de julio. Una de ellas es Sara. La otra es Toni. Un chico
fantástico, un verdadero trozo de pan, el novio de Magda, la amiga de Sara que
nos invitó a pasar aquella semana en el camping playero. Ambos están desnudos.
Sara me da la espalda, tumbado en mi toalla veo su culito, su espalda arqueada,
su cabello húmedo y mojado, largo, corriendo por sus hombros. Toni está delante
de ella; luce un bronceado perfecto, un cuerpo masculino impecable, sin grasas
ni exceso de músculos, fibroso y adornado por varios abalorios en su cuello y en
sus muñecas. La oscuridad de su piel contrasta con la blancura de Sara. Ahora,
en el recuerdo, vuelvo a pensar lo que pensé entonces: son preciosos. Como
dioses surgidos del Atlántico.
Todavía escucho el eco de su conversación, las risas
distanciadas, las frases inaudibes, intuidas desde mi toalla. A mi lado está
Magda, creo que duerme. Sus rastas se esparcen por la toalla y la arena. Espío
una vez más su pequeño cuerpo de bronce, los pechos separados y puntiagudos, la
salamandra oscura que decora su ingle hasta llegar a su coño semiabierto entre
sus piernas extendidas. Magda, como Toni, luce su desnudez sin asomo alguno de
pudor o vergüenza, con la naturalidad de años de práctica, con la conciencia
plena de que así somos y así vinimos al mundo, sin sombra de transgresión ni de
morbo... los dos tan puros, tan risueños al mostrar un cuerpo sin pecado. Justo
lo contrario de mí, pensaba y pienso, con mi ridículo bañador, el bermudas
absurdo que sólo me atreví a quitarme el último día de permanencia en aquel
paraíso. A Sara le costó apenas unas horas desinhibirse: el primer día, en
cuanto montamos la tienda y echamos a correr hacia la playita sudorosos y
sedientos de mar, se quitó el sostén del bikini y, al sacarse toda la ropa
nuestra pareja de amigos, hizo lo propio disimulando su vergüenza. Mi chica
desnuda entre otros hombres y mujeres desnudas. Natural, placentero... pero a mí
me perturbaba profundamente. No sé qué instinto de ratón de ciudad me hacía
sonrojarme con la idea de desnudarme. O sí lo sé. Tal vez era la polla de Toni.
Vuelvo a la imagen. Sara habla con Toni. Ríen. Ríen. No puedo
dejar de mirar su polla. Porque está creciendo. Ahí, a centímetros del vientre
de mi novia desnuda, blanquita, como una perfecta bailarina inmaculada. Es
imposible que ella no se dé cuenta. Qué polla tan grande. Qué ancha y larga y
bronceada. Y cómo crece. Varias ideas contradictorias cruzaron mi cerebro
entonces. Ir a la orilla para llevarme a Sara con cualquier excusa. Marcharme
hacia la tienda de campaña para masturbarme. Cerrar los ojos e intentar dormir.
Pero mi vista no podían apartarse de la escena. Me estaba excitando. Mi patético
bermudas evidenciaba un bulto. Mi bultito. La media nacional; en verdad, nada de
lo que avergonzarse. Pero esa polla... me hacía sentir una mezcla de envidia
adolescente, celos otelianos y admiración. Su polla estaba a media asta y la mía
ya tiesa del todo y, sin embargo, la suya era ya el doble de larga y ancha. Y
Sara seguía como si nada, pero tenía que haberlo visto. Tenía que estar
sintiéndola. Yo sentía escalofríos que entonces identifiqué como odio, pero que
ahora relaciono con algo mucho más complejo. De pronto escuché la carcajada
cristalina de mi novia, nítida y audible en toda la playa. Entonces Toni echó a
correr agua adentro hasta desaparecer en una explosión de espuma. Sara se quedó
en la orilla, y fui sorprendido por la voz levemente ronca de Magda.
-Estás empalmadillo, ¿eh?
Me puse muy rojo. Di la espalda a Magda, que había
despertado, supuse, con la risa de Sara.
-Tranquilo, si es lo normal. Con tanto chichi suelto...
Se rió. Yo reí también, una risa nerviosa. Su expresión,
bruta, espontánea, me la había puesto aún más dura.
-¿De qué os reís?
Sara había vuelto a las toallas.
-De la erección de tu novio.
Ambas rieron. Se rieron. De algún modo agradecí las palabras
de Sara.
-Anda, vamos a bañarnos, chicos.
Los tres corrimos hacia el mar. Yo con las manos en los
bolsillos del bermudas, ellas dos alocadas como chiquillas. Fue maravilloso
sentir el tacto del agua fría envolviendo mi cuerpo. Nadamos un poco hacia donde
estaba Toni, y allí nos juntamos en círculo los cuatro. El sol brillaba fuerte
sobre la superficie del mar, sobre las gotas que perlaban nuestros cuerpos. Nos
invadía algo que podríamos llamar felicidad.
Esa noche, en la tienda, Sara me folló muy fuerte. Me quitó
el bermudas, me hizo tumbarme boca arriba, se enterró mi polla de un golpe y
empezó a cabalgarme como con rabia. Me sentí jodido por una loba que gruñía cada
vez que se la clavaba. Sus tetitas estaban en punta y ella misma agarraba sus
pezones. Yo me limitaba a escuchar sus gruñidos, a recibir los golpes de su coño
encharcado, a intentar no correrme. Ella empezó a saltar, a salir hasta la punta
y volver a descender con su máxima fuerza. Una y otra vez, como exprimiéndome la
polla. De repente se la sacó, la cogió en su mano y, con la misma postura, la
frotó en el orificio de su culo. Me dejaba perplejo su seguridad, su energía; el
sexo anal había requerido antes para ella un proceso lento y relajado que no
siempre resultaba. Pero esta vez se la hundió en tres golpes, yo sentía las
estrechas paredes forzadas y los gritos de Sara que esperé no escandalizaran a
medio camping... Aún me sorprendieron más las dos palabras que escaparon de su
boca mientras, frotándose el clítoris muy deprisa, le sobrevenía un orgasmo que
hizo temblar su cuerpo y le puso los ojos en blanco.
-Así, cabrón.
Yo me corrí en su culo como un muñeco sacudido por sus
movimientos. Después se derrumbó junto a mí y posó su cabeza sobre mi hombro;
largas guedejas de pelo ocultaban su cara. Éramos agua, dos ríos abrazados en
una tienda al rojo blanco. Yo sabía que su estado se debía a algo más que el
calor y a las vacaciones. Creo que pensé en decirle algo, pero me quedé dormido,
o quise quedarme dormido.
Me despertó su boca en mi polla. Lamidas con toda la lengua,
con la boca abierta, sin usar las manos, buscando mis ojos con los suyos. Cuando
se me endureció la tragó con avaricia, su cabeza subió y bajó deprisa, sin
concesiones, arqueando su espalda y agitando el cuerpo. Susurré que le iba a
llenar la boca de leche y me la comió aún más rápido. Comenzó a gemir y me corrí
escuchando el chapoteo de su saliva. Sonrió, me dio un beso y dijo:
-Esto para que no te empalmes con mis amigas.
Y estalló en una carcajada, y yo también. Y debajo de mi risa
latía una profunda inquietud y un morbo no menos profundo.
Durante un par de días se repitió lo sucedido: en la playa,
en los paseos, en el pueblo, fui transformándome en un espectador mudo del
acercamiento evidente entre Sara y Toni. Las risas cómplices, los continuos
apartes... Sara aprovechaba cualquier ocasión para quedarse a solas con él, y
paseaba su desnudez como queriéndola hacer explícita, como buscando la mirada de
los hombres de alrededor, y de un hombre en concreto. Ni al caer la tarde se
vestía del todo, dejando las tetitas duras al descubierto, o incluso el coño,
que mostraba abierto al sentarse con desparpajo, a la manera de Magda pero con
intención; no sé si me explico.
Por las noches no follábamos: Sara me jodía. Un furor que
antes no había conocido y que, a lo largo de los meses, ha ido tomando forma,
evolucionando hacia los varios episodios que os narraré en su momento. Estaba
claro que la situación la excitaba, que la presencia de aquel chico alto, guapo
y encantador la transformaba en una hembra que no había perdido del todo sus
modales de señorita. No dejaba de sorprenderme la actitud de Magda, tan testigo
como yo de lo que estaba ocurriendo ante nuestros ojos, pero muy tranquila, muy
serena, riendo con descaro ante los roces que se prodigaban Sara y Toni con
cualquier excusa.
Llegó el sábado y salimos por primera y única vez de marcha;
me pareció divertido ver a Toni y a Magda vestidos, como seres normales y no
dioses olímpicos en su desnudez edénica. Sara se había puesto un camiseta de
tirantes sin sostén y una faldita corta; observé que se sentaba con las piernas
un poco separadas, descubrí la mirada de varios chicos, Toni entre ellos, sobre
su tanga negro o sobre sus pechos. Bailamos, bebimos. Bebimos mucho. Estallamos
en abrazos mutuos. Qué buena gente, qué lejos de la ciudad nos sentíamos, qué
jóvenes y qué felices. Decidimos ir a ver amanecer a una cala recóndita. En el
coche de Toni, compartí el asiento trasero con Magda, no sé por qué se sentó
junto a mí, sí lo sé ahora, claro. Viendo pasar el mar nocturno por la
ventanilla, con mis tres o cuatro mojitos en el cuerpo, sólo cabían en mí buenas
vibraciones, un sentimiento inédito de libertad, de que cualquier cosa era
posible.
Ya en la cala, mecidos por el sonido indescriptible del mar
rompiendo en las rocas, mecidos en el humo de los canutos, hablamos los cuatro
de mil cosas a la espera del sol. Mientras el mar iba adquiriendo un leve tinte
plateado, llegamos a hablar de sexo; creo que los cuatro deseábamos verbalizar
nuestros deseos. Magda habló de las relaciones liberales, de dar rienda suelta y
libertad a los cuerpos, más sabios que nuestras razones y nuestros prejuicios.
Habló de lo natural que es atraer y sentirse atraído, y disfrutar al margen de
las convenciones y no negarse a ningún deseo pues, como dijo que dice un refrán
japonés:
-Sólo hay dos cosas que no vuelven: las flechas y las
ocasiones perdidas.
Toni describió su relación, basada en respeto mutuo al placer
de sus cuerpos, es decir, que Magda y él follaban con quien querían, como
querían, y acaso por eso, entre otros motivos, se amaban tanto, de una manera
que no podían comprender los urbanitas jibarizados como nosotros (esto último no
lo dijo, sino que lo supuse en sus palabras, como entendí la oferta tácita que
se escondía en su apacible discurso). Yo aduje, en un arranque sincero, que no
me importaría probar una relaciónde ese tipo, pero que en el mundo cotidiano,
lleno de fantasmas y prejuicios, seguro que resultaba difícil sostener la
liberalidad. Sara callaba, callaba y sonreía.
Me levanté a mear y Toni me siguió; recorrimos unos metros
hasta una roca desde la que lanzamos sendos largos chorros. Mi vista se desvió
un instante hacia su polla, esa polla que ya casi me obsesionaba, que había
imaginado tantas veces dentro de Sara a lo largo de esos días.
-He hablado con Magda. Si te parece, esta noche puedes
quedarte en nuestra tienda, y yo voy a la vuestra. Pero no te hagas ningún
problema, ¿eh? Si sí, sí. Si no, nada. Siempre entre colegas, que eso es lo más
importante.
Volví a sentir un profundo escalofrío.
-Ostia, Toni, no sé qué decirte.
De veras no lo sabía. Me temblaban las piernas. Por un
momento pensé que caería desde la roca al mar, al mar plateado.
-Bueno, no hace falta que respondas, no le des importancia.
Si surge, surge, es decisión vuestra, nosotros lo tenemos claro y no pasa nada
de cualquier modo.
-Vale, amigo.
Nos abrazamos. Su abrazo fue de hermano mayor, seguro,
intenso. No sé por qué, sentí deseos de llorar. Al volver, estaba claro, por la
expresión pensativa de Sara, que Magda también le había hecho la oferta.
Llegó el amanecer. El disco rojo, hermosísimo, que desde el
horizonte iba devolviendo los colores a la naturaleza. Regresamos al camping sin
hablar. Esta vez me senté con Sara en la parte de atrás. Le di la mano; estaba
fría. Ella miraba por la ventanilla.
Mi cerebro era un torbellino de contradicciones. Había algo
claro: Sara quería follar con Toni, y viceversa. Aunque nunca lo habíamos
hablado directamente, yo sabía que Sara tenido muchas relaciones con multitud de
chicos diferentes antes de conocerme; sin embargo, yo era su primer novio
formal. ¿Qué podía importar que cumpliera sus deseos ahora, una noche mágica,
especial, anecdótica? ¿No suponía un acto de amor y generosidad por mi parte
dejar al lado los celos dejando que Sara se quitase la curiosidad de probar esa
polla? Por otra parte, Magda me gustaba; no tanto como Sara, claro, pero desde
luego, para hablar con sencillez, tenía un polvo y, sobre todo, el morbo de
tirarme a su amiga... Con estos argumentos trataba de animarme de camino al
camping.
Al llegar a la tienda, Sara fue más directa, más valiente que
yo, como de costumbre. Se desprendió de la falda y la camiseta y me miró.
-Bueno, ¿qué hacemos?
-¿Qué hacemos con qué?
-Ya lo sabes.
-Ya.
Quedé en silencio. Todo mi cuerpo temblaba. Tragué saliva.
-¿Me voy?
-Sólo si quieres.
-¿Tú quieres?
-No sé.
-Yo tampoco sé. Pero nos vamos a arrepentir si no lo hacemos,
¿no? Nos vamos a acordar toda la vida. Y si lo hacemos igual es un desastre,
pero lo habremos hecho.
-Sólo hay dos cosas que no vuelven, como dice Magda.
Entonces Sara me miró a los ojos. Fue la primera vez que vi
esa mirada. Más tarde ha sido habitual. Una mirada acuosa, un punto perdida,
ensoñadora. La mirada de gata en celo, he dado en llamarla con el tiempo. Y
siguió hablando.
-Las flechas y las ocasiones perdidas.
Besé sus labios. Salí de la tienda. Recuerdo que dudé en
cerrar o no la cremallera y me sorprendí a mí mismo llamándome estúpido. Había
dejado allí a mi novia, al amor de mi vida, en tanga, sola y seguro que nerviosa
y caliente, para dejársela en bandeja a otro hombre. Caminé los metros que me
separaban de la tienda de Magda y Toni como quien camina hacia el paraíso o
hacia el cadalso, o las dos cosas juntas. El corazón me latía fortísimo. Me
sentía vivir y me deslumbraba el día recién llegado, de luz aún tenue. Arañé la
lona de la tienda. Salió Toni, sonriente y desnudo. Chocamos las manos; vi que
en su izquierda tenía condones. Tenía varios condones. No dijimos nada. Se
marchó por donde yo había venido y entré en la tienda. Magda se estaba quitando
las bragas, sonreía. El tataje de la salamandra destacaba sobre su piel de
bronce.
-Por fin te voy a ver la polla.
Me hizo reír. Reímos juntos. Me pasó un porro casi acabado.
Fumé tres caladas mientras ella me quitaba los pantalones y los calzoncillos con
rapidez y confianza. Empezó a acariciar mi polla con el dorso de la mano; no
parecía muy entusiasmada, como si estuviera realizando un acto cotidiano, y
supuse que la propuesta partía de Toni, que Magda iba a acostarse conmigo para
dejarlos solos.
-¿Traes condones?
-No tengo. Como Sara toma la píldora...
-Ya, yo también, pero tenemos siempre por si acaso. Para
ocasiones como ésta. A ver si ha dejado alguno.
Magda buscó en su bolso, en la mochila de Toni, en las bolsas
de la tienda.
-Mierda. Espérate que voy a pedirles alguno, ¿eh?
Salió de la tienda como una exhalación, desnuda. Me quedé
solo entre su ropa, en la penumbra. Pensé en Sara. En Sara y Toni. En Toni y
Sara, y en Magda llamando a la tienda para pedirles un condón. Me sentí mareado.
Triste. Sentí un súbito nudo de rabia, y vergüenza por sentir esa rabia. Tuve de
pronto la estúpida idea de que Magda no volvería, de que se quedaría con ellos,
de que gozarían los tres juntos. Pero regresó.
-Joder, sí que me había dejado condones Toni, pero no los
veía.
Magda rebuscó en los pantalones de Toni. Sacó un condón, me
miró. Su cuerpo emitía destellos de bronce.
-¿Tienes ganas?
-Sí, pero estoy nervioso.
No estaba nervioso. Estaba desolado. Magda me besó en los
labios con lentitud, besó mi cuello y mi pecho, besó mi vientre y mi polla. Me
parecía ver a Sara jadeando, gritando, chillando, mientras el rabo del dios la
traspasaba. Cerré los ojos y la imaginé con nitidez: sus pechitos erizados
moviéndose al compás de la polla de Toni, su boca intentando tragar el rabo de
Toni, su culito respingón y rojizo del sol de la semana abierto para que el falo
divino la follara viva. Las imágenes me estaban provocando una erección, y la
mano de Magda comenzó a masturbarme despacio, con sabiduría y morosidad. Como en
un sueño, sentí cómo el látex envolvía mi polla, cómo los muslos calientes de
Magda rodeaban mi pelvis y sus tetas de punta se restregaban en mi pecho, cómo
su vagina succionaba mi polla erguida muy despacio, al compás del sinuoso baile
de la salamandra.
En mi mente, chorros de esperma cubrían la espalda, la cara,
el culo, el coño, el vientre de Sara, Sara encharcada en leche de dios se corría
como una cerda una y otra vez, mientras el cálido coño de Magda acogía mi polla,
mi pollita, mi polla humana.
-¡Espera, Magda, espera!
Magda se detuvo en seco, pero era tarde. Me corrí como un
crío, con torpeza y culpa. Ella me abrazó y besó mi mejilla.
-No pasa nada.
La tienda entera daba vueltas en torno mío. Me di cuenta de
que había cerrado los ojos durante mucho tiempo, porque el resplandor del sol se
filtraba ya por todos los resquicios de la tienda. La desnudez de Magda aparecía
ante mí casi obscena. Y casi maternal. Se separó de mí, me retiró el condón y me
derrumbé sobre el suelo de la tienda. Volví a cerrar los ojos. Me invadía un
sopor hipnótico. Creo que me dormí. Al rato, no sé cuánto, sentí cómo una mano
agarraba la mía y, en seguida, un tacto resbaladizo y húmedo. Entreabrí los ojos
con disimulo e intuí a Magda tumbada a mi lado, frotando su clítoris con mis
dedos. Lo hacía con sigilo, delicadamente, quizá para no despertarme. Intenté
concentrarme en ese tacto, en sus gemidos quedos, procurando reanimarme, ponerme
cachondo, darle una sorpresa y follármela de golpe. Pero cuanto más lo pensaba
más viva regresaba la imagen de mi chica sodomizada por un pollón, y deseaba
olvidarme, fingir que todo era ficticio. Antes de poder reaccionar escuché cómo
se aceleraba la respiración sofocada de Magda, y su coño empapado se tensó, y se
le escapó una exclamación leve, y de pronto se relajó y retiró mi mano. Creo que
me quedé dormido de inmediato.
Mucha luz. Dolor de cabeza. Conciencia repentina de los
sucesos de la noche anterior. Nueva punzada de vergüenza y celos.
La tienda estaba vacía, todo mi cuerpo bañado de sudor y el
condón aún en el suelo. Lo recogí, me vestí deprisa, salí y respiré el aire del
mediodía, el último mediodía, porque esa misma tarde cogeríamos el autobús y nos
marcharíamos de allí, volveríamos a Madrid y Sara a sus estudios y yo a los míos
y a la normalidad, y esta noche sería un extraño recuerdo. Parecía que el suelo
se movía, como la cubierta de un barco. Caminé hacia nuestra tienda pero me
detuve. ¿Y si seguían allí? ¿Y si los sorprendía follando? ¿Si abría la
cremallera y me encontraba el cuerpo de Toni de espaldas, entre las piernas
abiertas de Sara en su enésimo orgasmo? ¿Y si me encontraba a mi novia
recibiendo pollazos, siendo usada por un verdadero macho?
Cambié de rumbo. Fui hasta la playa. La arena ardía en mis
pies, Miré en todas direcciones, sólo unos pocos cuerpos desnudos al sol.
De pronto escuché una risa, la risa de Sara, limpia, de
cristal. Reconocí a Sara, Magda y Toni, metidos en el agua, a lo lejos, moviendo
los brazos, llamándome.
Vi la sonrisa de Sara. Una sonrisa grande, desconocida,
imposible de tan hermosa. Sentí un placer físico, un puro escalofrío, como un
cosquilleo que tardaría en asimilar.
Llegué hasta la orilla, me detuve frente a ellos, me quité la
camiseta, me quité el pantalón, me quité los calzoncillos, los arrojé lejos,
hacia la arena, y entré en el mar en una larga carrera, desnudo y con los brazos
abiertos, hasta zambullirme en un estallido helado y gozoso de agua y espuma.
De lo que sucedió aquella noche, Sara y yo tardamos un tiempo
en hablar. Tampoco hablé de ello con Magda ni con Toni; sólo pude suponer, por
las miradas amables y cómplices, que Magda les había engañado, diciéndoles algo
sobre el fabuloso polvo que echamos. Después de recoger nuestra tienda juntos,
Toni nos llevó hasta la estación y nos despedimos con cariño, hasta pronto, como
grandes amigos que sabes que volverás a encontrar y todo será como si no hubiera
pasado un año, o cinco, o veinte.
A Sara no le había desaparecido esa nueva mirada. Me besaba
como nunca, me daba la mano, me abrazaba, me hacía reír. En el autobús de
vuelta, mientras las luces de la carretera corrían por el cristal oscuro, sentí
la tentación de preguntarle, pero parecía no ser necesario. Ambos habíamos
descubierto algo que era inútil definir, al menos entonces. Y cuando estaba a
punto de dormirme con la cabeza apoyada en el cristal, sentí su mano sobre mi
pantalón, y la polla se me puso muy dura de repente. Ella hundió la mano por
debajo de mis calzoncillos, miró a los lados para comprobar que todos dormían y
empezó a masturbarme con sonrisa traviesa. Sentí sus pezones duros rozándome el
brazo. La tenía muy dura, acaso más dura que nunca. Metió su lengua en mi oído,
aumentó el ritmo y cubrí su mano de semen. Sentí sus labios muy cerca de mi
rosotro:
-Te quiero, nene.
Había comenzado algo nuevo entre los dos. Algo que no
podíamos adivinar en aquel autobús que atravesaba la noche. La primera imagen es
clara. Como la primera toma de una película que aún no ha terminado. Al fondo el
mar azul, puro, de una pequeña, recoleta, deliciosa playa nudista del sur de
España. Recortadas en el azul, charlando con los pies dentro del agua de la
orilla, dos figuras borrosas en el calor del mediodía de julio. Una de ellas es
Sara. La otra es Toni. Un chico fantástico, un verdadero trozo de pan, el novio
de Magda, la amiga de Sara que nos invitó a pasar aquella semana en el camping
playero. Ambos están desnudos. Sara me da la espalda, tumbado en mi toalla veo
su culito, su espalda arqueada, su cabello húmedo y mojado, largo, corriendo por
sus hombros. Toni está delante de ella; luce un bronceado perfecto, un cuerpo
masculino impecable, sin grasas ni exceso de músculos, fibroso y adornado por
varios abalorios en su cuello y en sus muñecas. La oscuridad de su piel
contrasta con la blancura de Sara. Ahora, en el recuerdo, vuelvo a pensar lo que
pensé entonces: son preciosos. Como dioses surgidos del Atlántico.
Todavía escucho el eco de su conversación, las risas
distanciadas, las frases inaudibes, intuidas desde mi toalla. A mi lado está
Magda, creo que duerme. Sus rastas se esparcen por la toalla y la arena. Espío
una vez más su pequeño cuerpo de bronce, los pechos separados y puntiagudos, la
salamandra oscura que decora su ingle hasta llegar a su coño semiabierto entre
sus piernas extendidas. Magda, como Toni, luce su desnudez sin asomo alguno de
pudor o vergüenza, con la naturalidad de años de práctica, con la conciencia
plena de que así somos y así vinimos al mundo, sin sombra de transgresión ni de
morbo... los dos tan puros, tan risueños al mostrar un cuerpo sin pecado. Justo
lo contrario de mí, pensaba y pienso, con mi ridículo bañador, el bermudas
absurdo que sólo me atreví a quitarme el último día de permanencia en aquel
paraíso. A Sara le costó apenas unas horas desinhibirse: el primer día, en
cuanto montamos la tienda y echamos a correr hacia la playita sudorosos y
sedientos de mar, se quitó el sostén del bikini y, al sacarse toda la ropa
nuestra pareja de amigos, hizo lo propio disimulando su vergüenza. Mi chica
desnuda entre otros hombres y mujeres desnudas. Natural, placentero... pero a mí
me perturbaba profundamente. No sé qué instinto de ratón de ciudad me hacía
sonrojarme con la idea de desnudarme. O sí lo sé. Tal vez era la polla de Toni.
Vuelvo a la imagen. Sara habla con Toni. Ríen. Ríen. No puedo
dejar de mirar su polla. Porque está creciendo. Ahí, a centímetros del vientre
de mi novia desnuda, blanquita, como una perfecta bailarina inmaculada. Es
imposible que ella no se dé cuenta. Qué polla tan grande. Qué ancha y larga y
bronceada. Y cómo crece. Varias ideas contradictorias cruzaron mi cerebro
entonces. Ir a la orilla para llevarme a Sara con cualquier excusa. Marcharme
hacia la tienda de campaña para masturbarme. Cerrar los ojos e intentar dormir.
Pero mi vista no podían apartarse de la escena. Me estaba excitando. Mi patético
bermudas evidenciaba un bulto. Mi bultito. La media nacional; en verdad, nada de
lo que avergonzarse. Pero esa polla... me hacía sentir una mezcla de envidia
adolescente, celos otelianos y admiración. Su polla estaba a media asta y la mía
ya tiesa del todo y, sin embargo, la suya era ya el doble de larga y ancha. Y
Sara seguía como si nada, pero tenía que haberlo visto. Tenía que estar
sintiéndola. Yo sentía escalofríos que entonces identifiqué como odio, pero que
ahora relaciono con algo mucho más complejo. De pronto escuché la carcajada
cristalina de mi novia, nítida y audible en toda la playa. Entonces Toni echó a
correr agua adentro hasta desaparecer en una explosión de espuma. Sara se quedó
en la orilla, y fui sorprendido por la voz levemente ronca de Magda.
-Estás empalmadillo, ¿eh?
Me puse muy rojo. Di la espalda a Magda, que había
despertado, supuse, con la risa de Sara.
-Tranquilo, si es lo normal. Con tanto chichi suelto...
Se rió. Yo reí también, una risa nerviosa. Su expresión,
bruta, espontánea, me la había puesto aún más dura.
-¿De qué os reís?
Sara había vuelto a las toallas.
-De la erección de tu novio.
Ambas rieron. Se rieron. De algún modo agradecí las palabras
de Sara.
-Anda, vamos a bañarnos, chicos.
Los tres corrimos hacia el mar. Yo con las manos en los
bolsillos del bermudas, ellas dos alocadas como chiquillas. Fue maravilloso
sentir el tacto del agua fría envolviendo mi cuerpo. Nadamos un poco hacia donde
estaba Toni, y allí nos juntamos en círculo los cuatro. El sol brillaba fuerte
sobre la superficie del mar, sobre las gotas que perlaban nuestros cuerpos. Nos
invadía algo que podríamos llamar felicidad.
Esa noche, en la tienda, Sara me folló muy fuerte. Me quitó
el bermudas, me hizo tumbarme boca arriba, se enterró mi polla de un golpe y
empezó a cabalgarme como con rabia. Me sentí jodido por una loba que gruñía cada
vez que se la clavaba. Sus tetitas estaban en punta y ella misma agarraba sus
pezones. Yo me limitaba a escuchar sus gruñidos, a recibir los golpes de su coño
encharcado, a intentar no correrme. Ella empezó a saltar, a salir hasta la punta
y volver a descender con su máxima fuerza. Una y otra vez, como exprimiéndome la
polla. De repente se la sacó, la cogió en su mano y, con la misma postura, la
frotó en el orificio de su culo. Me dejaba perplejo su seguridad, su energía; el
sexo anal había requerido antes para ella un proceso lento y relajado que no
siempre resultaba. Pero esta vez se la hundió en tres golpes, yo sentía las
estrechas paredes forzadas y los gritos de Sara que esperé no escandalizaran a
medio camping... Aún me sorprendieron más las dos palabras que escaparon de su
boca mientras, frotándose el clítoris muy deprisa, le sobrevenía un orgasmo que
hizo temblar su cuerpo y le puso los ojos en blanco.
-Así, cabrón.
Yo me corrí en su culo como un muñeco sacudido por sus
movimientos. Después se derrumbó junto a mí y posó su cabeza sobre mi hombro;
largas guedejas de pelo ocultaban su cara. Éramos agua, dos ríos abrazados en
una tienda al rojo blanco. Yo sabía que su estado se debía a algo más que el
calor y a las vacaciones. Creo que pensé en decirle algo, pero me quedé dormido,
o quise quedarme dormido.
Me despertó su boca en mi polla. Lamidas con toda la lengua,
con la boca abierta, sin usar las manos, buscando mis ojos con los suyos. Cuando
se me endureció la tragó con avaricia, su cabeza subió y bajó deprisa, sin
concesiones, arqueando su espalda y agitando el cuerpo. Susurré que le iba a
llenar la boca de leche y me la comió aún más rápido. Comenzó a gemir y me corrí
escuchando el chapoteo de su saliva. Sonrió, me dio un beso y dijo:
-Esto para que no te empalmes con mis amigas.
Y estalló en una carcajada, y yo también. Y debajo de mi risa
latía una profunda inquietud y un morbo no menos profundo.
Durante un par de días se repitió lo sucedido: en la playa,
en los paseos, en el pueblo, fui transformándome en un espectador mudo del
acercamiento evidente entre Sara y Toni. Las risas cómplices, los continuos
apartes... Sara aprovechaba cualquier ocasión para quedarse a solas con él, y
paseaba su desnudez como queriéndola hacer explícita, como buscando la mirada de
los hombres de alrededor, y de un hombre en concreto. Ni al caer la tarde se
vestía del todo, dejando las tetitas duras al descubierto, o incluso el coño,
que mostraba abierto al sentarse con desparpajo, a la manera de Magda pero con
intención; no sé si me explico.
Por las noches no follábamos: Sara me jodía. Un furor que
antes no había conocido y que, a lo largo de los meses, ha ido tomando forma,
evolucionando hacia los varios episodios que os narraré en su momento. Estaba
claro que la situación la excitaba, que la presencia de aquel chico alto, guapo
y encantador la transformaba en una hembra que no había perdido del todo sus
modales de señorita. No dejaba de sorprenderme la actitud de Magda, tan testigo
como yo de lo que estaba ocurriendo ante nuestros ojos, pero muy tranquila, muy
serena, riendo con descaro ante los roces que se prodigaban Sara y Toni con
cualquier excusa.
Llegó el sábado y salimos por primera y única vez de marcha;
me pareció divertido ver a Toni y a Magda vestidos, como seres normales y no
dioses olímpicos en su desnudez edénica. Sara se había puesto un camiseta de
tirantes sin sostén y una faldita corta; observé que se sentaba con las piernas
un poco separadas, descubrí la mirada de varios chicos, Toni entre ellos, sobre
su tanga negro o sobre sus pechos. Bailamos, bebimos. Bebimos mucho. Estallamos
en abrazos mutuos. Qué buena gente, qué lejos de la ciudad nos sentíamos, qué
jóvenes y qué felices. Decidimos ir a ver amanecer a una cala recóndita. En el
coche de Toni, compartí el asiento trasero con Magda, no sé por qué se sentó
junto a mí, sí lo sé ahora, claro. Viendo pasar el mar nocturno por la
ventanilla, con mis tres o cuatro mojitos en el cuerpo, sólo cabían en mí buenas
vibraciones, un sentimiento inédito de libertad, de que cualquier cosa era
posible.
Ya en la cala, mecidos por el sonido indescriptible del mar
rompiendo en las rocas, mecidos en el humo de los canutos, hablamos los cuatro
de mil cosas a la espera del sol. Mientras el mar iba adquiriendo un leve tinte
plateado, llegamos a hablar de sexo; creo que los cuatro deseábamos verbalizar
nuestros deseos. Magda habló de las relaciones liberales, de dar rienda suelta y
libertad a los cuerpos, más sabios que nuestras razones y nuestros prejuicios.
Habló de lo natural que es atraer y sentirse atraído, y disfrutar al margen de
las convenciones y no negarse a ningún deseo pues, como dijo que dice un refrán
japonés:
-Sólo hay dos cosas que no vuelven: las flechas y las
ocasiones perdidas.
Toni describió su relación, basada en respeto mutuo al placer
de sus cuerpos, es decir, que Magda y él follaban con quien querían, como
querían, y acaso por eso, entre otros motivos, se amaban tanto, de una manera
que no podían comprender los urbanitas jibarizados como nosotros (esto último no
lo dijo, sino que lo supuse en sus palabras, como entendí la oferta tácita que
se escondía en su apacible discurso). Yo aduje, en un arranque sincero, que no
me importaría probar una relaciónde ese tipo, pero que en el mundo cotidiano,
lleno de fantasmas y prejuicios, seguro que resultaba difícil sostener la
liberalidad. Sara callaba, callaba y sonreía.
Me levanté a mear y Toni me siguió; recorrimos unos metros
hasta una roca desde la que lanzamos sendos largos chorros. Mi vista se desvió
un instante hacia su polla, esa polla que ya casi me obsesionaba, que había
imaginado tantas veces dentro de Sara a lo largo de esos días.
-He hablado con Magda. Si te parece, esta noche puedes
quedarte en nuestra tienda, y yo voy a la vuestra. Pero no te hagas ningún
problema, ¿eh? Si sí, sí. Si no, nada. Siempre entre colegas, que eso es lo más
importante.
Volví a sentir un profundo escalofrío.
-Ostia, Toni, no sé qué decirte.
De veras no lo sabía. Me temblaban las piernas. Por un
momento pensé que caería desde la roca al mar, al mar plateado.
-Bueno, no hace falta que respondas, no le des importancia.
Si surge, surge, es decisión vuestra, nosotros lo tenemos claro y no pasa nada
de cualquier modo.
-Vale, amigo.
Nos abrazamos. Su abrazo fue de hermano mayor, seguro,
intenso. No sé por qué, sentí deseos de llorar. Al volver, estaba claro, por la
expresión pensativa de Sara, que Magda también le había hecho la oferta.
Llegó el amanecer. El disco rojo, hermosísimo, que desde el
horizonte iba devolviendo los colores a la naturaleza. Regresamos al camping sin
hablar. Esta vez me senté con Sara en la parte de atrás. Le di la mano; estaba
fría. Ella miraba por la ventanilla.
Mi cerebro era un torbellino de contradicciones. Había algo
claro: Sara quería follar con Toni, y viceversa. Aunque nunca lo habíamos
hablado directamente, yo sabía que Sara tenido muchas relaciones con multitud de
chicos diferentes antes de conocerme; sin embargo, yo era su primer novio
formal. ¿Qué podía importar que cumpliera sus deseos ahora, una noche mágica,
especial, anecdótica? ¿No suponía un acto de amor y generosidad por mi parte
dejar al lado los celos dejando que Sara se quitase la curiosidad de probar esa
polla? Por otra parte, Magda me gustaba; no tanto como Sara, claro, pero desde
luego, para hablar con sencillez, tenía un polvo y, sobre todo, el morbo de
tirarme a su amiga... Con estos argumentos trataba de animarme de camino al
camping.
Al llegar a la tienda, Sara fue más directa, más valiente que
yo, como de costumbre. Se desprendió de la falda y la camiseta y me miró.
-Bueno, ¿qué hacemos?
-¿Qué hacemos con qué?
-Ya lo sabes.
-Ya.
Quedé en silencio. Todo mi cuerpo temblaba. Tragué saliva.
-¿Me voy?
-Sólo si quieres.
-¿Tú quieres?
-No sé.
-Yo tampoco sé. Pero nos vamos a arrepentir si no lo hacemos,
¿no? Nos vamos a acordar toda la vida. Y si lo hacemos igual es un desastre,
pero lo habremos hecho.
-Sólo hay dos cosas que no vuelven, como dice Magda.
Entonces Sara me miró a los ojos. Fue la primera vez que vi
esa mirada. Más tarde ha sido habitual. Una mirada acuosa, un punto perdida,
ensoñadora. La mirada de gata en celo, he dado en llamarla con el tiempo. Y
siguió hablando.
-Las flechas y las ocasiones perdidas.
Besé sus labios. Salí de la tienda. Recuerdo que dudé en
cerrar o no la cremallera y me sorprendí a mí mismo llamándome estúpido. Había
dejado allí a mi novia, al amor de mi vida, en tanga, sola y seguro que nerviosa
y caliente, para dejársela en bandeja a otro hombre. Caminé los metros que me
separaban de la tienda de Magda y Toni como quien camina hacia el paraíso o
hacia el cadalso, o las dos cosas juntas. El corazón me latía fortísimo. Me
sentía vivir y me deslumbraba el día recién llegado, de luz aún tenue. Arañé la
lona de la tienda. Salió Toni, sonriente y desnudo. Chocamos las manos; vi que
en su izquierda tenía condones. Tenía varios condones. No dijimos nada. Se
marchó por donde yo había venido y entré en la tienda. Magda se estaba quitando
las bragas, sonreía. El tataje de la salamandra destacaba sobre su piel de
bronce.
-Por fin te voy a ver la polla.
Me hizo reír. Reímos juntos. Me pasó un porro casi acabado.
Fumé tres caladas mientras ella me quitaba los pantalones y los calzoncillos con
rapidez y confianza. Empezó a acariciar mi polla con el dorso de la mano; no
parecía muy entusiasmada, como si estuviera realizando un acto cotidiano, y
supuse que la propuesta partía de Toni, que Magda iba a acostarse conmigo para
dejarlos solos.
-¿Traes condones?
-No tengo. Como Sara toma la píldora...
-Ya, yo también, pero tenemos siempre por si acaso. Para
ocasiones como ésta. A ver si ha dejado alguno.
Magda buscó en su bolso, en la mochila de Toni, en las bolsas
de la tienda.
-Mierda. Espérate que voy a pedirles alguno, ¿eh?
Salió de la tienda como una exhalación, desnuda. Me quedé
solo entre su ropa, en la penumbra. Pensé en Sara. En Sara y Toni. En Toni y
Sara, y en Magda llamando a la tienda para pedirles un condón. Me sentí mareado.
Triste. Sentí un súbito nudo de rabia, y vergüenza por sentir esa rabia. Tuve de
pronto la estúpida idea de que Magda no volvería, de que se quedaría con ellos,
de que gozarían los tres juntos. Pero regresó.
-Joder, sí que me había dejado condones Toni, pero no los
veía.
Magda rebuscó en los pantalones de Toni. Sacó un condón, me
miró. Su cuerpo emitía destellos de bronce.
-¿Tienes ganas?
-Sí, pero estoy nervioso.
No estaba nervioso. Estaba desolado. Magda me besó en los
labios con lentitud, besó mi cuello y mi pecho, besó mi vientre y mi polla. Me
parecía ver a Sara jadeando, gritando, chillando, mientras el rabo del dios la
traspasaba. Cerré los ojos y la imaginé con nitidez: sus pechitos erizados
moviéndose al compás de la polla de Toni, su boca intentando tragar el rabo de
Toni, su culito respingón y rojizo del sol de la semana abierto para que el falo
divino la follara viva. Las imágenes me estaban provocando una erección, y la
mano de Magda comenzó a masturbarme despacio, con sabiduría y morosidad. Como en
un sueño, sentí cómo el látex envolvía mi polla, cómo los muslos calientes de
Magda rodeaban mi pelvis y sus tetas de punta se restregaban en mi pecho, cómo
su vagina succionaba mi polla erguida muy despacio, al compás del sinuoso baile
de la salamandra.
En mi mente, chorros de esperma cubrían la espalda, la cara,
el culo, el coño, el vientre de Sara, Sara encharcada en leche de dios se corría
como una cerda una y otra vez, mientras el cálido coño de Magda acogía mi polla,
mi pollita, mi polla humana.
-¡Espera, Magda, espera!
Magda se detuvo en seco, pero era tarde. Me corrí como un
crío, con torpeza y culpa. Ella me abrazó y besó mi mejilla.
-No pasa nada.
La tienda entera daba vueltas en torno mío. Me di cuenta de
que había cerrado los ojos durante mucho tiempo, porque el resplandor del sol se
filtraba ya por todos los resquicios de la tienda. La desnudez de Magda aparecía
ante mí casi obscena. Y casi maternal. Se separó de mí, me retiró el condón y me
derrumbé sobre el suelo de la tienda. Volví a cerrar los ojos. Me invadía un
sopor hipnótico. Creo que me dormí. Al rato, no sé cuánto, sentí cómo una mano
agarraba la mía y, en seguida, un tacto resbaladizo y húmedo. Entreabrí los ojos
con disimulo e intuí a Magda tumbada a mi lado, frotando su clítoris con mis
dedos. Lo hacía con sigilo, delicadamente, quizá para no despertarme. Intenté
concentrarme en ese tacto, en sus gemidos quedos, procurando reanimarme, ponerme
cachondo, darle una sorpresa y follármela de golpe. Pero cuanto más lo pensaba
más viva regresaba la imagen de mi chica sodomizada por un pollón, y deseaba
olvidarme, fingir que todo era ficticio. Antes de poder reaccionar escuché cómo
se aceleraba la respiración sofocada de Magda, y su coño empapado se tensó, y se
le escapó una exclamación leve, y de pronto se relajó y retiró mi mano. Creo que
me quedé dormido de inmediato.
Mucha luz. Dolor de cabeza. Conciencia repentina de los
sucesos de la noche anterior. Nueva punzada de vergüenza y celos.
La tienda estaba vacía, todo mi cuerpo bañado de sudor y el
condón aún en el suelo. Lo recogí, me vestí deprisa, salí y respiré el aire del
mediodía, el último mediodía, porque esa misma tarde cogeríamos el autobús y nos
marcharíamos de allí, volveríamos a Madrid y Sara a sus estudios y yo a los míos
y a la normalidad, y esta noche sería un extraño recuerdo. Parecía que el suelo
se movía, como la cubierta de un barco. Caminé hacia nuestra tienda pero me
detuve. ¿Y si seguían allí? ¿Y si los sorprendía follando? ¿Si abría la
cremallera y me encontraba el cuerpo de Toni de espaldas, entre las piernas
abiertas de Sara en su enésimo orgasmo? ¿Y si me encontraba a mi novia
recibiendo pollazos, siendo usada por un verdadero macho?
Cambié de rumbo. Fui hasta la playa. La arena ardía en mis
pies, Miré en todas direcciones, sólo unos pocos cuerpos desnudos al sol.
De pronto escuché una risa, la risa de Sara, limpia, de
cristal. Reconocí a Sara, Magda y Toni, metidos en el agua, a lo lejos, moviendo
los brazos, llamándome.
Vi la sonrisa de Sara. Una sonrisa grande, desconocida,
imposible de tan hermosa. Sentí un placer físico, un puro escalofrío, como un
cosquilleo que tardaría en asimilar.
Llegué hasta la orilla, me detuve frente a ellos, me quité la
camiseta, me quité el pantalón, me quité los calzoncillos, los arrojé lejos,
hacia la arena, y entré en el mar en una larga carrera, desnudo y con los brazos
abiertos, hasta zambullirme en un estallido helado y gozoso de agua y espuma.
De lo que sucedió aquella noche, Sara y yo tardamos un tiempo
en hablar. Tampoco hablé de ello con Magda ni con Toni; sólo pude suponer, por
las miradas amables y cómplices, que Magda les había engañado, diciéndoles algo
sobre el fabuloso polvo que echamos. Después de recoger nuestra tienda juntos,
Toni nos llevó hasta la estación y nos despedimos con cariño, hasta pronto, como
grandes amigos que sabes que volverás a encontrar y todo será como si no hubiera
pasado un año, o cinco, o veinte.
A Sara no le había desaparecido esa nueva mirada. Me besaba
como nunca, me daba la mano, me abrazaba, me hacía reír. En el autobús de
vuelta, mientras las luces de la carretera corrían por el cristal oscuro, sentí
la tentación de preguntarle, pero parecía no ser necesario. Ambos habíamos
descubierto algo que era inútil definir, al menos entonces. Y cuando estaba a
punto de dormirme con la cabeza apoyada en el cristal, sentí su mano sobre mi
pantalón, y la polla se me puso muy dura de repente. Ella hundió la mano por
debajo de mis calzoncillos, miró a los lados para comprobar que todos dormían y
empezó a masturbarme con sonrisa traviesa. Sentí sus pezones duros rozándome el
brazo. La tenía muy dura, acaso más dura que nunca. Metió su lengua en mi oído,
aumentó el ritmo y cubrí su mano de semen. Sentí sus labios muy cerca de mi
rosotro:
-Te quiero, nene.
Había comenzado algo nuevo entre los dos. Algo que no
podíamos adivinar en aquel autobús que atravesaba la noche.