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TODORELATOS » RELATOS » RISA DE SARA (2)
[ Con la que entiende de atole y metate, con ésa cásate. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 04 de Diciembre, 2008.
Fecha: 15-Jul-06 « Anterior | Siguiente » en Grandes Series (1110 de 1517)

Risa de Sara (2)

alv
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Infidelidad consentida, morbo con estilo. 2. Flechas y ocasiones (Sara en la playa nudista) Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

Segunda parte del relato largo Risa de Sara. Primera parte en http://www.todorelatos.com/relato/44434/

La primera imagen es clara. Como la primera toma de una película que aún no ha terminado. Al fondo el mar azul, puro, de una pequeña, recoleta, deliciosa playa nudista del sur de España. Recortadas en el azul, charlando con los pies dentro del agua de la orilla, dos figuras borrosas en el calor del mediodía de julio. Una de ellas es Sara. La otra es Toni. Un chico fantástico, un verdadero trozo de pan, el novio de Magda, la amiga de Sara que nos invitó a pasar aquella semana en el camping playero. Ambos están desnudos. Sara me da la espalda, tumbado en mi toalla veo su culito, su espalda arqueada, su cabello húmedo y mojado, largo, corriendo por sus hombros. Toni está delante de ella; luce un bronceado perfecto, un cuerpo masculino impecable, sin grasas ni exceso de músculos, fibroso y adornado por varios abalorios en su cuello y en sus muñecas. La oscuridad de su piel contrasta con la blancura de Sara. Ahora, en el recuerdo, vuelvo a pensar lo que pensé entonces: son preciosos. Como dioses surgidos del Atlántico.

Todavía escucho el eco de su conversación, las risas distanciadas, las frases inaudibes, intuidas desde mi toalla. A mi lado está Magda, creo que duerme. Sus rastas se esparcen por la toalla y la arena. Espío una vez más su pequeño cuerpo de bronce, los pechos separados y puntiagudos, la salamandra oscura que decora su ingle hasta llegar a su coño semiabierto entre sus piernas extendidas. Magda, como Toni, luce su desnudez sin asomo alguno de pudor o vergüenza, con la naturalidad de años de práctica, con la conciencia plena de que así somos y así vinimos al mundo, sin sombra de transgresión ni de morbo... los dos tan puros, tan risueños al mostrar un cuerpo sin pecado. Justo lo contrario de mí, pensaba y pienso, con mi ridículo bañador, el bermudas absurdo que sólo me atreví a quitarme el último día de permanencia en aquel paraíso. A Sara le costó apenas unas horas desinhibirse: el primer día, en cuanto montamos la tienda y echamos a correr hacia la playita sudorosos y sedientos de mar, se quitó el sostén del bikini y, al sacarse toda la ropa nuestra pareja de amigos, hizo lo propio disimulando su vergüenza. Mi chica desnuda entre otros hombres y mujeres desnudas. Natural, placentero... pero a mí me perturbaba profundamente. No sé qué instinto de ratón de ciudad me hacía sonrojarme con la idea de desnudarme. O sí lo sé. Tal vez era la polla de Toni.

Vuelvo a la imagen. Sara habla con Toni. Ríen. Ríen. No puedo dejar de mirar su polla. Porque está creciendo. Ahí, a centímetros del vientre de mi novia desnuda, blanquita, como una perfecta bailarina inmaculada. Es imposible que ella no se dé cuenta. Qué polla tan grande. Qué ancha y larga y bronceada. Y cómo crece. Varias ideas contradictorias cruzaron mi cerebro entonces. Ir a la orilla para llevarme a Sara con cualquier excusa. Marcharme hacia la tienda de campaña para masturbarme. Cerrar los ojos e intentar dormir. Pero mi vista no podían apartarse de la escena. Me estaba excitando. Mi patético bermudas evidenciaba un bulto. Mi bultito. La media nacional; en verdad, nada de lo que avergonzarse. Pero esa polla... me hacía sentir una mezcla de envidia adolescente, celos otelianos y admiración. Su polla estaba a media asta y la mía ya tiesa del todo y, sin embargo, la suya era ya el doble de larga y ancha. Y Sara seguía como si nada, pero tenía que haberlo visto. Tenía que estar sintiéndola. Yo sentía escalofríos que entonces identifiqué como odio, pero que ahora relaciono con algo mucho más complejo. De pronto escuché la carcajada cristalina de mi novia, nítida y audible en toda la playa. Entonces Toni echó a correr agua adentro hasta desaparecer en una explosión de espuma. Sara se quedó en la orilla, y fui sorprendido por la voz levemente ronca de Magda.

-Estás empalmadillo, ¿eh?

Me puse muy rojo. Di la espalda a Magda, que había despertado, supuse, con la risa de Sara.

-Tranquilo, si es lo normal. Con tanto chichi suelto...

Se rió. Yo reí también, una risa nerviosa. Su expresión, bruta, espontánea, me la había puesto aún más dura.

-¿De qué os reís?

Sara había vuelto a las toallas.

-De la erección de tu novio.

Ambas rieron. Se rieron. De algún modo agradecí las palabras de Sara.

-Anda, vamos a bañarnos, chicos.

Los tres corrimos hacia el mar. Yo con las manos en los bolsillos del bermudas, ellas dos alocadas como chiquillas. Fue maravilloso sentir el tacto del agua fría envolviendo mi cuerpo. Nadamos un poco hacia donde estaba Toni, y allí nos juntamos en círculo los cuatro. El sol brillaba fuerte sobre la superficie del mar, sobre las gotas que perlaban nuestros cuerpos. Nos invadía algo que podríamos llamar felicidad.

Esa noche, en la tienda, Sara me folló muy fuerte. Me quitó el bermudas, me hizo tumbarme boca arriba, se enterró mi polla de un golpe y empezó a cabalgarme como con rabia. Me sentí jodido por una loba que gruñía cada vez que se la clavaba. Sus tetitas estaban en punta y ella misma agarraba sus pezones. Yo me limitaba a escuchar sus gruñidos, a recibir los golpes de su coño encharcado, a intentar no correrme. Ella empezó a saltar, a salir hasta la punta y volver a descender con su máxima fuerza. Una y otra vez, como exprimiéndome la polla. De repente se la sacó, la cogió en su mano y, con la misma postura, la frotó en el orificio de su culo. Me dejaba perplejo su seguridad, su energía; el sexo anal había requerido antes para ella un proceso lento y relajado que no siempre resultaba. Pero esta vez se la hundió en tres golpes, yo sentía las estrechas paredes forzadas y los gritos de Sara que esperé no escandalizaran a medio camping... Aún me sorprendieron más las dos palabras que escaparon de su boca mientras, frotándose el clítoris muy deprisa, le sobrevenía un orgasmo que hizo temblar su cuerpo y le puso los ojos en blanco.

-Así, cabrón.

Yo me corrí en su culo como un muñeco sacudido por sus movimientos. Después se derrumbó junto a mí y posó su cabeza sobre mi hombro; largas guedejas de pelo ocultaban su cara. Éramos agua, dos ríos abrazados en una tienda al rojo blanco. Yo sabía que su estado se debía a algo más que el calor y a las vacaciones. Creo que pensé en decirle algo, pero me quedé dormido, o quise quedarme dormido.

Me despertó su boca en mi polla. Lamidas con toda la lengua, con la boca abierta, sin usar las manos, buscando mis ojos con los suyos. Cuando se me endureció la tragó con avaricia, su cabeza subió y bajó deprisa, sin concesiones, arqueando su espalda y agitando el cuerpo. Susurré que le iba a llenar la boca de leche y me la comió aún más rápido. Comenzó a gemir y me corrí escuchando el chapoteo de su saliva. Sonrió, me dio un beso y dijo:

-Esto para que no te empalmes con mis amigas.

Y estalló en una carcajada, y yo también. Y debajo de mi risa latía una profunda inquietud y un morbo no menos profundo.

Durante un par de días se repitió lo sucedido: en la playa, en los paseos, en el pueblo, fui transformándome en un espectador mudo del acercamiento evidente entre Sara y Toni. Las risas cómplices, los continuos apartes... Sara aprovechaba cualquier ocasión para quedarse a solas con él, y paseaba su desnudez como queriéndola hacer explícita, como buscando la mirada de los hombres de alrededor, y de un hombre en concreto. Ni al caer la tarde se vestía del todo, dejando las tetitas duras al descubierto, o incluso el coño, que mostraba abierto al sentarse con desparpajo, a la manera de Magda pero con intención; no sé si me explico.

Por las noches no follábamos: Sara me jodía. Un furor que antes no había conocido y que, a lo largo de los meses, ha ido tomando forma, evolucionando hacia los varios episodios que os narraré en su momento. Estaba claro que la situación la excitaba, que la presencia de aquel chico alto, guapo y encantador la transformaba en una hembra que no había perdido del todo sus modales de señorita. No dejaba de sorprenderme la actitud de Magda, tan testigo como yo de lo que estaba ocurriendo ante nuestros ojos, pero muy tranquila, muy serena, riendo con descaro ante los roces que se prodigaban Sara y Toni con cualquier excusa.

Llegó el sábado y salimos por primera y única vez de marcha; me pareció divertido ver a Toni y a Magda vestidos, como seres normales y no dioses olímpicos en su desnudez edénica. Sara se había puesto un camiseta de tirantes sin sostén y una faldita corta; observé que se sentaba con las piernas un poco separadas, descubrí la mirada de varios chicos, Toni entre ellos, sobre su tanga negro o sobre sus pechos. Bailamos, bebimos. Bebimos mucho. Estallamos en abrazos mutuos. Qué buena gente, qué lejos de la ciudad nos sentíamos, qué jóvenes y qué felices. Decidimos ir a ver amanecer a una cala recóndita. En el coche de Toni, compartí el asiento trasero con Magda, no sé por qué se sentó junto a mí, sí lo sé ahora, claro. Viendo pasar el mar nocturno por la ventanilla, con mis tres o cuatro mojitos en el cuerpo, sólo cabían en mí buenas vibraciones, un sentimiento inédito de libertad, de que cualquier cosa era posible.

Ya en la cala, mecidos por el sonido indescriptible del mar rompiendo en las rocas, mecidos en el humo de los canutos, hablamos los cuatro de mil cosas a la espera del sol. Mientras el mar iba adquiriendo un leve tinte plateado, llegamos a hablar de sexo; creo que los cuatro deseábamos verbalizar nuestros deseos. Magda habló de las relaciones liberales, de dar rienda suelta y libertad a los cuerpos, más sabios que nuestras razones y nuestros prejuicios. Habló de lo natural que es atraer y sentirse atraído, y disfrutar al margen de las convenciones y no negarse a ningún deseo pues, como dijo que dice un refrán japonés:

-Sólo hay dos cosas que no vuelven: las flechas y las ocasiones perdidas.

Toni describió su relación, basada en respeto mutuo al placer de sus cuerpos, es decir, que Magda y él follaban con quien querían, como querían, y acaso por eso, entre otros motivos, se amaban tanto, de una manera que no podían comprender los urbanitas jibarizados como nosotros (esto último no lo dijo, sino que lo supuse en sus palabras, como entendí la oferta tácita que se escondía en su apacible discurso). Yo aduje, en un arranque sincero, que no me importaría probar una relaciónde ese tipo, pero que en el mundo cotidiano, lleno de fantasmas y prejuicios, seguro que resultaba difícil sostener la liberalidad. Sara callaba, callaba y sonreía.

Me levanté a mear y Toni me siguió; recorrimos unos metros hasta una roca desde la que lanzamos sendos largos chorros. Mi vista se desvió un instante hacia su polla, esa polla que ya casi me obsesionaba, que había imaginado tantas veces dentro de Sara a lo largo de esos días.

-He hablado con Magda. Si te parece, esta noche puedes quedarte en nuestra tienda, y yo voy a la vuestra. Pero no te hagas ningún problema, ¿eh? Si sí, sí. Si no, nada. Siempre entre colegas, que eso es lo más importante.

Volví a sentir un profundo escalofrío.

-Ostia, Toni, no sé qué decirte.

De veras no lo sabía. Me temblaban las piernas. Por un momento pensé que caería desde la roca al mar, al mar plateado.

-Bueno, no hace falta que respondas, no le des importancia. Si surge, surge, es decisión vuestra, nosotros lo tenemos claro y no pasa nada de cualquier modo.

-Vale, amigo.

Nos abrazamos. Su abrazo fue de hermano mayor, seguro, intenso. No sé por qué, sentí deseos de llorar. Al volver, estaba claro, por la expresión pensativa de Sara, que Magda también le había hecho la oferta.

Llegó el amanecer. El disco rojo, hermosísimo, que desde el horizonte iba devolviendo los colores a la naturaleza. Regresamos al camping sin hablar. Esta vez me senté con Sara en la parte de atrás. Le di la mano; estaba fría. Ella miraba por la ventanilla.

Mi cerebro era un torbellino de contradicciones. Había algo claro: Sara quería follar con Toni, y viceversa. Aunque nunca lo habíamos hablado directamente, yo sabía que Sara tenido muchas relaciones con multitud de chicos diferentes antes de conocerme; sin embargo, yo era su primer novio formal. ¿Qué podía importar que cumpliera sus deseos ahora, una noche mágica, especial, anecdótica? ¿No suponía un acto de amor y generosidad por mi parte dejar al lado los celos dejando que Sara se quitase la curiosidad de probar esa polla? Por otra parte, Magda me gustaba; no tanto como Sara, claro, pero desde luego, para hablar con sencillez, tenía un polvo y, sobre todo, el morbo de tirarme a su amiga... Con estos argumentos trataba de animarme de camino al camping.

Al llegar a la tienda, Sara fue más directa, más valiente que yo, como de costumbre. Se desprendió de la falda y la camiseta y me miró.

-Bueno, ¿qué hacemos?

-¿Qué hacemos con qué?

-Ya lo sabes.

-Ya.

Quedé en silencio. Todo mi cuerpo temblaba. Tragué saliva.

-¿Me voy?

-Sólo si quieres.

-¿Tú quieres?

-No sé.

-Yo tampoco sé. Pero nos vamos a arrepentir si no lo hacemos, ¿no? Nos vamos a acordar toda la vida. Y si lo hacemos igual es un desastre, pero lo habremos hecho.

-Sólo hay dos cosas que no vuelven, como dice Magda.

Entonces Sara me miró a los ojos. Fue la primera vez que vi esa mirada. Más tarde ha sido habitual. Una mirada acuosa, un punto perdida, ensoñadora. La mirada de gata en celo, he dado en llamarla con el tiempo. Y siguió hablando.

-Las flechas y las ocasiones perdidas.

Besé sus labios. Salí de la tienda. Recuerdo que dudé en cerrar o no la cremallera y me sorprendí a mí mismo llamándome estúpido. Había dejado allí a mi novia, al amor de mi vida, en tanga, sola y seguro que nerviosa y caliente, para dejársela en bandeja a otro hombre. Caminé los metros que me separaban de la tienda de Magda y Toni como quien camina hacia el paraíso o hacia el cadalso, o las dos cosas juntas. El corazón me latía fortísimo. Me sentía vivir y me deslumbraba el día recién llegado, de luz aún tenue. Arañé la lona de la tienda. Salió Toni, sonriente y desnudo. Chocamos las manos; vi que en su izquierda tenía condones. Tenía varios condones. No dijimos nada. Se marchó por donde yo había venido y entré en la tienda. Magda se estaba quitando las bragas, sonreía. El tataje de la salamandra destacaba sobre su piel de bronce.

-Por fin te voy a ver la polla.

Me hizo reír. Reímos juntos. Me pasó un porro casi acabado. Fumé tres caladas mientras ella me quitaba los pantalones y los calzoncillos con rapidez y confianza. Empezó a acariciar mi polla con el dorso de la mano; no parecía muy entusiasmada, como si estuviera realizando un acto cotidiano, y supuse que la propuesta partía de Toni, que Magda iba a acostarse conmigo para dejarlos solos.

-¿Traes condones?

-No tengo. Como Sara toma la píldora...

-Ya, yo también, pero tenemos siempre por si acaso. Para ocasiones como ésta. A ver si ha dejado alguno.

Magda buscó en su bolso, en la mochila de Toni, en las bolsas de la tienda.

-Mierda. Espérate que voy a pedirles alguno, ¿eh?

Salió de la tienda como una exhalación, desnuda. Me quedé solo entre su ropa, en la penumbra. Pensé en Sara. En Sara y Toni. En Toni y Sara, y en Magda llamando a la tienda para pedirles un condón. Me sentí mareado. Triste. Sentí un súbito nudo de rabia, y vergüenza por sentir esa rabia. Tuve de pronto la estúpida idea de que Magda no volvería, de que se quedaría con ellos, de que gozarían los tres juntos. Pero regresó.

-Joder, sí que me había dejado condones Toni, pero no los veía.

Magda rebuscó en los pantalones de Toni. Sacó un condón, me miró. Su cuerpo emitía destellos de bronce.

-¿Tienes ganas?

-Sí, pero estoy nervioso.

No estaba nervioso. Estaba desolado. Magda me besó en los labios con lentitud, besó mi cuello y mi pecho, besó mi vientre y mi polla. Me parecía ver a Sara jadeando, gritando, chillando, mientras el rabo del dios la traspasaba. Cerré los ojos y la imaginé con nitidez: sus pechitos erizados moviéndose al compás de la polla de Toni, su boca intentando tragar el rabo de Toni, su culito respingón y rojizo del sol de la semana abierto para que el falo divino la follara viva. Las imágenes me estaban provocando una erección, y la mano de Magda comenzó a masturbarme despacio, con sabiduría y morosidad. Como en un sueño, sentí cómo el látex envolvía mi polla, cómo los muslos calientes de Magda rodeaban mi pelvis y sus tetas de punta se restregaban en mi pecho, cómo su vagina succionaba mi polla erguida muy despacio, al compás del sinuoso baile de la salamandra.

En mi mente, chorros de esperma cubrían la espalda, la cara, el culo, el coño, el vientre de Sara, Sara encharcada en leche de dios se corría como una cerda una y otra vez, mientras el cálido coño de Magda acogía mi polla, mi pollita, mi polla humana.

-¡Espera, Magda, espera!

Magda se detuvo en seco, pero era tarde. Me corrí como un crío, con torpeza y culpa. Ella me abrazó y besó mi mejilla.

-No pasa nada.

La tienda entera daba vueltas en torno mío. Me di cuenta de que había cerrado los ojos durante mucho tiempo, porque el resplandor del sol se filtraba ya por todos los resquicios de la tienda. La desnudez de Magda aparecía ante mí casi obscena. Y casi maternal. Se separó de mí, me retiró el condón y me derrumbé sobre el suelo de la tienda. Volví a cerrar los ojos. Me invadía un sopor hipnótico. Creo que me dormí. Al rato, no sé cuánto, sentí cómo una mano agarraba la mía y, en seguida, un tacto resbaladizo y húmedo. Entreabrí los ojos con disimulo e intuí a Magda tumbada a mi lado, frotando su clítoris con mis dedos. Lo hacía con sigilo, delicadamente, quizá para no despertarme. Intenté concentrarme en ese tacto, en sus gemidos quedos, procurando reanimarme, ponerme cachondo, darle una sorpresa y follármela de golpe. Pero cuanto más lo pensaba más viva regresaba la imagen de mi chica sodomizada por un pollón, y deseaba olvidarme, fingir que todo era ficticio. Antes de poder reaccionar escuché cómo se aceleraba la respiración sofocada de Magda, y su coño empapado se tensó, y se le escapó una exclamación leve, y de pronto se relajó y retiró mi mano. Creo que me quedé dormido de inmediato.

Mucha luz. Dolor de cabeza. Conciencia repentina de los sucesos de la noche anterior. Nueva punzada de vergüenza y celos.

La tienda estaba vacía, todo mi cuerpo bañado de sudor y el condón aún en el suelo. Lo recogí, me vestí deprisa, salí y respiré el aire del mediodía, el último mediodía, porque esa misma tarde cogeríamos el autobús y nos marcharíamos de allí, volveríamos a Madrid y Sara a sus estudios y yo a los míos y a la normalidad, y esta noche sería un extraño recuerdo. Parecía que el suelo se movía, como la cubierta de un barco. Caminé hacia nuestra tienda pero me detuve. ¿Y si seguían allí? ¿Y si los sorprendía follando? ¿Si abría la cremallera y me encontraba el cuerpo de Toni de espaldas, entre las piernas abiertas de Sara en su enésimo orgasmo? ¿Y si me encontraba a mi novia recibiendo pollazos, siendo usada por un verdadero macho?

Cambié de rumbo. Fui hasta la playa. La arena ardía en mis pies, Miré en todas direcciones, sólo unos pocos cuerpos desnudos al sol.

De pronto escuché una risa, la risa de Sara, limpia, de cristal. Reconocí a Sara, Magda y Toni, metidos en el agua, a lo lejos, moviendo los brazos, llamándome.

Vi la sonrisa de Sara. Una sonrisa grande, desconocida, imposible de tan hermosa. Sentí un placer físico, un puro escalofrío, como un cosquilleo que tardaría en asimilar.

Llegué hasta la orilla, me detuve frente a ellos, me quité la camiseta, me quité el pantalón, me quité los calzoncillos, los arrojé lejos, hacia la arena, y entré en el mar en una larga carrera, desnudo y con los brazos abiertos, hasta zambullirme en un estallido helado y gozoso de agua y espuma.

De lo que sucedió aquella noche, Sara y yo tardamos un tiempo en hablar. Tampoco hablé de ello con Magda ni con Toni; sólo pude suponer, por las miradas amables y cómplices, que Magda les había engañado, diciéndoles algo sobre el fabuloso polvo que echamos. Después de recoger nuestra tienda juntos, Toni nos llevó hasta la estación y nos despedimos con cariño, hasta pronto, como grandes amigos que sabes que volverás a encontrar y todo será como si no hubiera pasado un año, o cinco, o veinte.

A Sara no le había desaparecido esa nueva mirada. Me besaba como nunca, me daba la mano, me abrazaba, me hacía reír. En el autobús de vuelta, mientras las luces de la carretera corrían por el cristal oscuro, sentí la tentación de preguntarle, pero parecía no ser necesario. Ambos habíamos descubierto algo que era inútil definir, al menos entonces. Y cuando estaba a punto de dormirme con la cabeza apoyada en el cristal, sentí su mano sobre mi pantalón, y la polla se me puso muy dura de repente. Ella hundió la mano por debajo de mis calzoncillos, miró a los lados para comprobar que todos dormían y empezó a masturbarme con sonrisa traviesa. Sentí sus pezones duros rozándome el brazo. La tenía muy dura, acaso más dura que nunca. Metió su lengua en mi oído, aumentó el ritmo y cubrí su mano de semen. Sentí sus labios muy cerca de mi rosotro:

-Te quiero, nene.

Había comenzado algo nuevo entre los dos. Algo que no podíamos adivinar en aquel autobús que atravesaba la noche. La primera imagen es clara. Como la primera toma de una película que aún no ha terminado. Al fondo el mar azul, puro, de una pequeña, recoleta, deliciosa playa nudista del sur de España. Recortadas en el azul, charlando con los pies dentro del agua de la orilla, dos figuras borrosas en el calor del mediodía de julio. Una de ellas es Sara. La otra es Toni. Un chico fantástico, un verdadero trozo de pan, el novio de Magda, la amiga de Sara que nos invitó a pasar aquella semana en el camping playero. Ambos están desnudos. Sara me da la espalda, tumbado en mi toalla veo su culito, su espalda arqueada, su cabello húmedo y mojado, largo, corriendo por sus hombros. Toni está delante de ella; luce un bronceado perfecto, un cuerpo masculino impecable, sin grasas ni exceso de músculos, fibroso y adornado por varios abalorios en su cuello y en sus muñecas. La oscuridad de su piel contrasta con la blancura de Sara. Ahora, en el recuerdo, vuelvo a pensar lo que pensé entonces: son preciosos. Como dioses surgidos del Atlántico.

Todavía escucho el eco de su conversación, las risas distanciadas, las frases inaudibes, intuidas desde mi toalla. A mi lado está Magda, creo que duerme. Sus rastas se esparcen por la toalla y la arena. Espío una vez más su pequeño cuerpo de bronce, los pechos separados y puntiagudos, la salamandra oscura que decora su ingle hasta llegar a su coño semiabierto entre sus piernas extendidas. Magda, como Toni, luce su desnudez sin asomo alguno de pudor o vergüenza, con la naturalidad de años de práctica, con la conciencia plena de que así somos y así vinimos al mundo, sin sombra de transgresión ni de morbo... los dos tan puros, tan risueños al mostrar un cuerpo sin pecado. Justo lo contrario de mí, pensaba y pienso, con mi ridículo bañador, el bermudas absurdo que sólo me atreví a quitarme el último día de permanencia en aquel paraíso. A Sara le costó apenas unas horas desinhibirse: el primer día, en cuanto montamos la tienda y echamos a correr hacia la playita sudorosos y sedientos de mar, se quitó el sostén del bikini y, al sacarse toda la ropa nuestra pareja de amigos, hizo lo propio disimulando su vergüenza. Mi chica desnuda entre otros hombres y mujeres desnudas. Natural, placentero... pero a mí me perturbaba profundamente. No sé qué instinto de ratón de ciudad me hacía sonrojarme con la idea de desnudarme. O sí lo sé. Tal vez era la polla de Toni.

Vuelvo a la imagen. Sara habla con Toni. Ríen. Ríen. No puedo dejar de mirar su polla. Porque está creciendo. Ahí, a centímetros del vientre de mi novia desnuda, blanquita, como una perfecta bailarina inmaculada. Es imposible que ella no se dé cuenta. Qué polla tan grande. Qué ancha y larga y bronceada. Y cómo crece. Varias ideas contradictorias cruzaron mi cerebro entonces. Ir a la orilla para llevarme a Sara con cualquier excusa. Marcharme hacia la tienda de campaña para masturbarme. Cerrar los ojos e intentar dormir. Pero mi vista no podían apartarse de la escena. Me estaba excitando. Mi patético bermudas evidenciaba un bulto. Mi bultito. La media nacional; en verdad, nada de lo que avergonzarse. Pero esa polla... me hacía sentir una mezcla de envidia adolescente, celos otelianos y admiración. Su polla estaba a media asta y la mía ya tiesa del todo y, sin embargo, la suya era ya el doble de larga y ancha. Y Sara seguía como si nada, pero tenía que haberlo visto. Tenía que estar sintiéndola. Yo sentía escalofríos que entonces identifiqué como odio, pero que ahora relaciono con algo mucho más complejo. De pronto escuché la carcajada cristalina de mi novia, nítida y audible en toda la playa. Entonces Toni echó a correr agua adentro hasta desaparecer en una explosión de espuma. Sara se quedó en la orilla, y fui sorprendido por la voz levemente ronca de Magda.

-Estás empalmadillo, ¿eh?

Me puse muy rojo. Di la espalda a Magda, que había despertado, supuse, con la risa de Sara.

-Tranquilo, si es lo normal. Con tanto chichi suelto...

Se rió. Yo reí también, una risa nerviosa. Su expresión, bruta, espontánea, me la había puesto aún más dura.

-¿De qué os reís?

Sara había vuelto a las toallas.

-De la erección de tu novio.

Ambas rieron. Se rieron. De algún modo agradecí las palabras de Sara.

-Anda, vamos a bañarnos, chicos.

Los tres corrimos hacia el mar. Yo con las manos en los bolsillos del bermudas, ellas dos alocadas como chiquillas. Fue maravilloso sentir el tacto del agua fría envolviendo mi cuerpo. Nadamos un poco hacia donde estaba Toni, y allí nos juntamos en círculo los cuatro. El sol brillaba fuerte sobre la superficie del mar, sobre las gotas que perlaban nuestros cuerpos. Nos invadía algo que podríamos llamar felicidad.

Esa noche, en la tienda, Sara me folló muy fuerte. Me quitó el bermudas, me hizo tumbarme boca arriba, se enterró mi polla de un golpe y empezó a cabalgarme como con rabia. Me sentí jodido por una loba que gruñía cada vez que se la clavaba. Sus tetitas estaban en punta y ella misma agarraba sus pezones. Yo me limitaba a escuchar sus gruñidos, a recibir los golpes de su coño encharcado, a intentar no correrme. Ella empezó a saltar, a salir hasta la punta y volver a descender con su máxima fuerza. Una y otra vez, como exprimiéndome la polla. De repente se la sacó, la cogió en su mano y, con la misma postura, la frotó en el orificio de su culo. Me dejaba perplejo su seguridad, su energía; el sexo anal había requerido antes para ella un proceso lento y relajado que no siempre resultaba. Pero esta vez se la hundió en tres golpes, yo sentía las estrechas paredes forzadas y los gritos de Sara que esperé no escandalizaran a medio camping... Aún me sorprendieron más las dos palabras que escaparon de su boca mientras, frotándose el clítoris muy deprisa, le sobrevenía un orgasmo que hizo temblar su cuerpo y le puso los ojos en blanco.

-Así, cabrón.

Yo me corrí en su culo como un muñeco sacudido por sus movimientos. Después se derrumbó junto a mí y posó su cabeza sobre mi hombro; largas guedejas de pelo ocultaban su cara. Éramos agua, dos ríos abrazados en una tienda al rojo blanco. Yo sabía que su estado se debía a algo más que el calor y a las vacaciones. Creo que pensé en decirle algo, pero me quedé dormido, o quise quedarme dormido.

Me despertó su boca en mi polla. Lamidas con toda la lengua, con la boca abierta, sin usar las manos, buscando mis ojos con los suyos. Cuando se me endureció la tragó con avaricia, su cabeza subió y bajó deprisa, sin concesiones, arqueando su espalda y agitando el cuerpo. Susurré que le iba a llenar la boca de leche y me la comió aún más rápido. Comenzó a gemir y me corrí escuchando el chapoteo de su saliva. Sonrió, me dio un beso y dijo:

-Esto para que no te empalmes con mis amigas.

Y estalló en una carcajada, y yo también. Y debajo de mi risa latía una profunda inquietud y un morbo no menos profundo.

Durante un par de días se repitió lo sucedido: en la playa, en los paseos, en el pueblo, fui transformándome en un espectador mudo del acercamiento evidente entre Sara y Toni. Las risas cómplices, los continuos apartes... Sara aprovechaba cualquier ocasión para quedarse a solas con él, y paseaba su desnudez como queriéndola hacer explícita, como buscando la mirada de los hombres de alrededor, y de un hombre en concreto. Ni al caer la tarde se vestía del todo, dejando las tetitas duras al descubierto, o incluso el coño, que mostraba abierto al sentarse con desparpajo, a la manera de Magda pero con intención; no sé si me explico.

Por las noches no follábamos: Sara me jodía. Un furor que antes no había conocido y que, a lo largo de los meses, ha ido tomando forma, evolucionando hacia los varios episodios que os narraré en su momento. Estaba claro que la situación la excitaba, que la presencia de aquel chico alto, guapo y encantador la transformaba en una hembra que no había perdido del todo sus modales de señorita. No dejaba de sorprenderme la actitud de Magda, tan testigo como yo de lo que estaba ocurriendo ante nuestros ojos, pero muy tranquila, muy serena, riendo con descaro ante los roces que se prodigaban Sara y Toni con cualquier excusa.

Llegó el sábado y salimos por primera y única vez de marcha; me pareció divertido ver a Toni y a Magda vestidos, como seres normales y no dioses olímpicos en su desnudez edénica. Sara se había puesto un camiseta de tirantes sin sostén y una faldita corta; observé que se sentaba con las piernas un poco separadas, descubrí la mirada de varios chicos, Toni entre ellos, sobre su tanga negro o sobre sus pechos. Bailamos, bebimos. Bebimos mucho. Estallamos en abrazos mutuos. Qué buena gente, qué lejos de la ciudad nos sentíamos, qué jóvenes y qué felices. Decidimos ir a ver amanecer a una cala recóndita. En el coche de Toni, compartí el asiento trasero con Magda, no sé por qué se sentó junto a mí, sí lo sé ahora, claro. Viendo pasar el mar nocturno por la ventanilla, con mis tres o cuatro mojitos en el cuerpo, sólo cabían en mí buenas vibraciones, un sentimiento inédito de libertad, de que cualquier cosa era posible.

Ya en la cala, mecidos por el sonido indescriptible del mar rompiendo en las rocas, mecidos en el humo de los canutos, hablamos los cuatro de mil cosas a la espera del sol. Mientras el mar iba adquiriendo un leve tinte plateado, llegamos a hablar de sexo; creo que los cuatro deseábamos verbalizar nuestros deseos. Magda habló de las relaciones liberales, de dar rienda suelta y libertad a los cuerpos, más sabios que nuestras razones y nuestros prejuicios. Habló de lo natural que es atraer y sentirse atraído, y disfrutar al margen de las convenciones y no negarse a ningún deseo pues, como dijo que dice un refrán japonés:

-Sólo hay dos cosas que no vuelven: las flechas y las ocasiones perdidas.

Toni describió su relación, basada en respeto mutuo al placer de sus cuerpos, es decir, que Magda y él follaban con quien querían, como querían, y acaso por eso, entre otros motivos, se amaban tanto, de una manera que no podían comprender los urbanitas jibarizados como nosotros (esto último no lo dijo, sino que lo supuse en sus palabras, como entendí la oferta tácita que se escondía en su apacible discurso). Yo aduje, en un arranque sincero, que no me importaría probar una relaciónde ese tipo, pero que en el mundo cotidiano, lleno de fantasmas y prejuicios, seguro que resultaba difícil sostener la liberalidad. Sara callaba, callaba y sonreía.

Me levanté a mear y Toni me siguió; recorrimos unos metros hasta una roca desde la que lanzamos sendos largos chorros. Mi vista se desvió un instante hacia su polla, esa polla que ya casi me obsesionaba, que había imaginado tantas veces dentro de Sara a lo largo de esos días.

-He hablado con Magda. Si te parece, esta noche puedes quedarte en nuestra tienda, y yo voy a la vuestra. Pero no te hagas ningún problema, ¿eh? Si sí, sí. Si no, nada. Siempre entre colegas, que eso es lo más importante.

Volví a sentir un profundo escalofrío.

-Ostia, Toni, no sé qué decirte.

De veras no lo sabía. Me temblaban las piernas. Por un momento pensé que caería desde la roca al mar, al mar plateado.

-Bueno, no hace falta que respondas, no le des importancia. Si surge, surge, es decisión vuestra, nosotros lo tenemos claro y no pasa nada de cualquier modo.

-Vale, amigo.

Nos abrazamos. Su abrazo fue de hermano mayor, seguro, intenso. No sé por qué, sentí deseos de llorar. Al volver, estaba claro, por la expresión pensativa de Sara, que Magda también le había hecho la oferta.

Llegó el amanecer. El disco rojo, hermosísimo, que desde el horizonte iba devolviendo los colores a la naturaleza. Regresamos al camping sin hablar. Esta vez me senté con Sara en la parte de atrás. Le di la mano; estaba fría. Ella miraba por la ventanilla.

Mi cerebro era un torbellino de contradicciones. Había algo claro: Sara quería follar con Toni, y viceversa. Aunque nunca lo habíamos hablado directamente, yo sabía que Sara tenido muchas relaciones con multitud de chicos diferentes antes de conocerme; sin embargo, yo era su primer novio formal. ¿Qué podía importar que cumpliera sus deseos ahora, una noche mágica, especial, anecdótica? ¿No suponía un acto de amor y generosidad por mi parte dejar al lado los celos dejando que Sara se quitase la curiosidad de probar esa polla? Por otra parte, Magda me gustaba; no tanto como Sara, claro, pero desde luego, para hablar con sencillez, tenía un polvo y, sobre todo, el morbo de tirarme a su amiga... Con estos argumentos trataba de animarme de camino al camping.

Al llegar a la tienda, Sara fue más directa, más valiente que yo, como de costumbre. Se desprendió de la falda y la camiseta y me miró.

-Bueno, ¿qué hacemos?

-¿Qué hacemos con qué?

-Ya lo sabes.

-Ya.

Quedé en silencio. Todo mi cuerpo temblaba. Tragué saliva.

-¿Me voy?

-Sólo si quieres.

-¿Tú quieres?

-No sé.

-Yo tampoco sé. Pero nos vamos a arrepentir si no lo hacemos, ¿no? Nos vamos a acordar toda la vida. Y si lo hacemos igual es un desastre, pero lo habremos hecho.

-Sólo hay dos cosas que no vuelven, como dice Magda.

Entonces Sara me miró a los ojos. Fue la primera vez que vi esa mirada. Más tarde ha sido habitual. Una mirada acuosa, un punto perdida, ensoñadora. La mirada de gata en celo, he dado en llamarla con el tiempo. Y siguió hablando.

-Las flechas y las ocasiones perdidas.

Besé sus labios. Salí de la tienda. Recuerdo que dudé en cerrar o no la cremallera y me sorprendí a mí mismo llamándome estúpido. Había dejado allí a mi novia, al amor de mi vida, en tanga, sola y seguro que nerviosa y caliente, para dejársela en bandeja a otro hombre. Caminé los metros que me separaban de la tienda de Magda y Toni como quien camina hacia el paraíso o hacia el cadalso, o las dos cosas juntas. El corazón me latía fortísimo. Me sentía vivir y me deslumbraba el día recién llegado, de luz aún tenue. Arañé la lona de la tienda. Salió Toni, sonriente y desnudo. Chocamos las manos; vi que en su izquierda tenía condones. Tenía varios condones. No dijimos nada. Se marchó por donde yo había venido y entré en la tienda. Magda se estaba quitando las bragas, sonreía. El tataje de la salamandra destacaba sobre su piel de bronce.

-Por fin te voy a ver la polla.

Me hizo reír. Reímos juntos. Me pasó un porro casi acabado. Fumé tres caladas mientras ella me quitaba los pantalones y los calzoncillos con rapidez y confianza. Empezó a acariciar mi polla con el dorso de la mano; no parecía muy entusiasmada, como si estuviera realizando un acto cotidiano, y supuse que la propuesta partía de Toni, que Magda iba a acostarse conmigo para dejarlos solos.

-¿Traes condones?

-No tengo. Como Sara toma la píldora...

-Ya, yo también, pero tenemos siempre por si acaso. Para ocasiones como ésta. A ver si ha dejado alguno.

Magda buscó en su bolso, en la mochila de Toni, en las bolsas de la tienda.

-Mierda. Espérate que voy a pedirles alguno, ¿eh?

Salió de la tienda como una exhalación, desnuda. Me quedé solo entre su ropa, en la penumbra. Pensé en Sara. En Sara y Toni. En Toni y Sara, y en Magda llamando a la tienda para pedirles un condón. Me sentí mareado. Triste. Sentí un súbito nudo de rabia, y vergüenza por sentir esa rabia. Tuve de pronto la estúpida idea de que Magda no volvería, de que se quedaría con ellos, de que gozarían los tres juntos. Pero regresó.

-Joder, sí que me había dejado condones Toni, pero no los veía.

Magda rebuscó en los pantalones de Toni. Sacó un condón, me miró. Su cuerpo emitía destellos de bronce.

-¿Tienes ganas?

-Sí, pero estoy nervioso.

No estaba nervioso. Estaba desolado. Magda me besó en los labios con lentitud, besó mi cuello y mi pecho, besó mi vientre y mi polla. Me parecía ver a Sara jadeando, gritando, chillando, mientras el rabo del dios la traspasaba. Cerré los ojos y la imaginé con nitidez: sus pechitos erizados moviéndose al compás de la polla de Toni, su boca intentando tragar el rabo de Toni, su culito respingón y rojizo del sol de la semana abierto para que el falo divino la follara viva. Las imágenes me estaban provocando una erección, y la mano de Magda comenzó a masturbarme despacio, con sabiduría y morosidad. Como en un sueño, sentí cómo el látex envolvía mi polla, cómo los muslos calientes de Magda rodeaban mi pelvis y sus tetas de punta se restregaban en mi pecho, cómo su vagina succionaba mi polla erguida muy despacio, al compás del sinuoso baile de la salamandra.

En mi mente, chorros de esperma cubrían la espalda, la cara, el culo, el coño, el vientre de Sara, Sara encharcada en leche de dios se corría como una cerda una y otra vez, mientras el cálido coño de Magda acogía mi polla, mi pollita, mi polla humana.

-¡Espera, Magda, espera!

Magda se detuvo en seco, pero era tarde. Me corrí como un crío, con torpeza y culpa. Ella me abrazó y besó mi mejilla.

-No pasa nada.

La tienda entera daba vueltas en torno mío. Me di cuenta de que había cerrado los ojos durante mucho tiempo, porque el resplandor del sol se filtraba ya por todos los resquicios de la tienda. La desnudez de Magda aparecía ante mí casi obscena. Y casi maternal. Se separó de mí, me retiró el condón y me derrumbé sobre el suelo de la tienda. Volví a cerrar los ojos. Me invadía un sopor hipnótico. Creo que me dormí. Al rato, no sé cuánto, sentí cómo una mano agarraba la mía y, en seguida, un tacto resbaladizo y húmedo. Entreabrí los ojos con disimulo e intuí a Magda tumbada a mi lado, frotando su clítoris con mis dedos. Lo hacía con sigilo, delicadamente, quizá para no despertarme. Intenté concentrarme en ese tacto, en sus gemidos quedos, procurando reanimarme, ponerme cachondo, darle una sorpresa y follármela de golpe. Pero cuanto más lo pensaba más viva regresaba la imagen de mi chica sodomizada por un pollón, y deseaba olvidarme, fingir que todo era ficticio. Antes de poder reaccionar escuché cómo se aceleraba la respiración sofocada de Magda, y su coño empapado se tensó, y se le escapó una exclamación leve, y de pronto se relajó y retiró mi mano. Creo que me quedé dormido de inmediato.

Mucha luz. Dolor de cabeza. Conciencia repentina de los sucesos de la noche anterior. Nueva punzada de vergüenza y celos.

La tienda estaba vacía, todo mi cuerpo bañado de sudor y el condón aún en el suelo. Lo recogí, me vestí deprisa, salí y respiré el aire del mediodía, el último mediodía, porque esa misma tarde cogeríamos el autobús y nos marcharíamos de allí, volveríamos a Madrid y Sara a sus estudios y yo a los míos y a la normalidad, y esta noche sería un extraño recuerdo. Parecía que el suelo se movía, como la cubierta de un barco. Caminé hacia nuestra tienda pero me detuve. ¿Y si seguían allí? ¿Y si los sorprendía follando? ¿Si abría la cremallera y me encontraba el cuerpo de Toni de espaldas, entre las piernas abiertas de Sara en su enésimo orgasmo? ¿Y si me encontraba a mi novia recibiendo pollazos, siendo usada por un verdadero macho?

Cambié de rumbo. Fui hasta la playa. La arena ardía en mis pies, Miré en todas direcciones, sólo unos pocos cuerpos desnudos al sol.

De pronto escuché una risa, la risa de Sara, limpia, de cristal. Reconocí a Sara, Magda y Toni, metidos en el agua, a lo lejos, moviendo los brazos, llamándome.

Vi la sonrisa de Sara. Una sonrisa grande, desconocida, imposible de tan hermosa. Sentí un placer físico, un puro escalofrío, como un cosquilleo que tardaría en asimilar.

Llegué hasta la orilla, me detuve frente a ellos, me quité la camiseta, me quité el pantalón, me quité los calzoncillos, los arrojé lejos, hacia la arena, y entré en el mar en una larga carrera, desnudo y con los brazos abiertos, hasta zambullirme en un estallido helado y gozoso de agua y espuma.

De lo que sucedió aquella noche, Sara y yo tardamos un tiempo en hablar. Tampoco hablé de ello con Magda ni con Toni; sólo pude suponer, por las miradas amables y cómplices, que Magda les había engañado, diciéndoles algo sobre el fabuloso polvo que echamos. Después de recoger nuestra tienda juntos, Toni nos llevó hasta la estación y nos despedimos con cariño, hasta pronto, como grandes amigos que sabes que volverás a encontrar y todo será como si no hubiera pasado un año, o cinco, o veinte.

A Sara no le había desaparecido esa nueva mirada. Me besaba como nunca, me daba la mano, me abrazaba, me hacía reír. En el autobús de vuelta, mientras las luces de la carretera corrían por el cristal oscuro, sentí la tentación de preguntarle, pero parecía no ser necesario. Ambos habíamos descubierto algo que era inútil definir, al menos entonces. Y cuando estaba a punto de dormirme con la cabeza apoyada en el cristal, sentí su mano sobre mi pantalón, y la polla se me puso muy dura de repente. Ella hundió la mano por debajo de mis calzoncillos, miró a los lados para comprobar que todos dormían y empezó a masturbarme con sonrisa traviesa. Sentí sus pezones duros rozándome el brazo. La tenía muy dura, acaso más dura que nunca. Metió su lengua en mi oído, aumentó el ritmo y cubrí su mano de semen. Sentí sus labios muy cerca de mi rosotro:

-Te quiero, nene.

Había comenzado algo nuevo entre los dos. Algo que no podíamos adivinar en aquel autobús que atravesaba la noche.

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