Primer ciclo
OCTUBRE, 2006
1
El primer día de octubre amaneció claro y despejado, con un
sol naciente que auguraba un día caluroso. Laura abrió los ojos mientras oía a
su madre gritar por la puerta (el despertador llevaba sonando media hora pero
ella ni se había enterado) y se levantó rápidamente. Tenía que darse prisa para
llegar a clase. Recorrió su cuarto perfectamente recogido (a Laura le gustaba
tener todo en orden) hasta llegar a su armario.
Laura odiaba los días calurosos durante el curso por una
sencilla razón: si se ponía ropa que tapase sus generosos atributos femeninos se
asaba de calor; si se ponía ropa ligera y fresca que dejara enseñar un poco de
su cuerpo, todos los chicos se abalanzarían sobre ella para sobarla, no sólo sus
melones, sino también su culito respingón. Finalmente se decidió por unos
pantalones no demasiado ajustados, tanga (las bragas se marcan que dan asco) y
una camiseta de cuello alto sin nada de escote que inevitablemente marcaba sus
tetas pero no las hacía destacar como dos faros.
Rápidamente entró al baño. Mientras se duchaba observó su
cuerpo y pensó cuánto le gustaría tener aún un cuerpo casi infantil como el de
sus compañeras de clase, como el de su amiga Soraya. Pero no pudo ser, y por eso
cada vez que tenía que salir de casa le daba miedo, de tal modo que cada vez
salía menos. Salió del baño, se secó todo su cuerpo desde los pies hasta la
larga melena, pasando por sus grandes tetazas y su coño sin depilar, se vistió y
tras lavarse la cara (nunca se maquillaba) bajó al piso de abajo, a la cocina,
donde su madre estaba desayunando.
-Venga, que vamos tarde –le dijo Sara, que no soportaba
levantarse pronto. Laura cogió sus galletas y su tazón de leche y se sentó. -¿No
vas muy tapada para el día que hace hoy? Han dicho que hará mucho calor…
-Estoy bien, mamá –contestó Laura sin mirar a su madre a los
ojos. Los notaba clavados en ella, como si supieran exactamente lo que pensaba.
Pero ella no podía ayudarla…
-Bueno… -Sara bebió otro trago de su café y se levantó de la
mesa. –A todo esto… ya que últimamente has salido poco, has estado ocupada y
todo eso… -Laura creía adivinar sobre qué hablaba, "mierda, no" se dijo –pronto
es tu cumpleaños.
-Ya –dijo ella, como si no supiera de lo que hablaban. "No,
por favor…"
-No todos los días se cumplen trece años. Pensaba… -siguió su
madre con una sonrisa dubitativa –que podríamos organizar una fiesta en casa.
Para todos tus amigos, ya sabes, los de tu clase también… Si hace buen tiempo
podéis estar en el jardín, con música, en la piscina, con bebidas…
Laura no dijo nada. Era exactamente lo que se temía.
-No lo sé, mamá…
No sabía qué excusa dar a su madre. Tampoco estaba segura si
le apetecía o no celebrar su cumpleaños. Para cualquier otra chica de su edad,
que su madre le dejara organizar una gran fiesta en el jardín de su casa hubiera
estado genial, pero Laura sabía que su madre sólo lo dejaba porque estaba
preocupada por ella. Hacía tiempo que no hablaba más que con Soraya, una fiesta
suponía invitar a mucha gente, básicamente a toda su clase, puesto que llevaban
muchos años juntos, y habían sido muy amigos antes.
Antes…
Había un antes y un después en la vida de Laura.
-¿Qué me dices? No todos los días te voy a dejar invitar a
veinte o treinta personas a mi casa… -su madre no cedía terreno. ¡Como si Laura
quisiera invitar a un montón de chicos a su casa todos los días! –Además, te
prometo que no vigilaré lo que hagáis.
¿Qué hacía? Por un lado no podía negar que la idea de
celebrar su cumpleaños por todo lo alto le entusiasmaba… siempre había sido una
chica muy alegre y abierta. Pero la idea de que un montón de chicos se
emborracharan en una fiesta donde ella era la protagonista, vestida con ropa
nueva y "moderna" (y peor aún, con una piscina de por medio, lógicamente el
traje de baño sería obligatorio, y eso si su madre no se empeñaba en que se
pusiera un bikini) era insufrible.
Su madre esperaba una respuesta… Y súbitamente dentro de
Laura brotó una llama de valentía. Ella siempre había sido atrevida. Los últimos
meses de su vida habían sido un infierno, pero había llegado el momento de
agarrar al toro por los cuernos y volver a ser la chica que era antes, con
melones o sin ellas.
-De acuerdo, mamá –y le dedicó una sonrisa radiante, que su
madre le devolvió en el acto. –Haremos esa fiesta. ¡Pero que no te pille
controlando lo que hago!
-Prefiero no saberlo, descuida.
2
Sara entró contenta al trabajo. Que su hija hubiera aceptado
la idea de la fiesta tan fácilmente había disminuido sus preocupaciones. Al fin
y al cabo, Laura era una pre-adolescente y era normal que tuviera altibajos.
Entró con paso decidido a la primera clase, que era de cuarto
de ESO. El calor que hacía aquel día había hecho que se decidiera por unos
vaqueros y una camiseta de manga corta que marcaba bastante bien su figura. No
acostumbraba a hacerlo en clase, aunque tampoco le desagradaba pensar que sus
alumnos la consideraran atractiva. Mientras se sentaba en la mesa de profesores
miró a sus alumnos, pensando que había muchos que le parecían atractivos. Sin
duda, estaba Álex, que a pesar de ser un sinvergüenza (o quizás por ello
precisamente) era su favorito. Aunque lo disimulara bien, los chicos muy
jóvenes, rubios, altos y musculosos apasionaban a Sara.
-Silencio, que hoy tenemos muchas cosas que hacer. Empezamos
con la gramática, en la página 37…
Todos los chicos y chicas, muy lentamente y a regañadientes
empezaron a abrir los libros, mientras Sara los miraba disimuladamente. A simple
vista podía verse cómo era cada alumno: había varios que indudablemente sacarían
buenas notas y no darían ningún problema. Desgraciadamente, los chavales de 4º
en general no eran así. La mayoría de las chicas sólo se ocupaba de su aspecto
(lo cual Sara consideraba una tontería) y eran capaces de estar horas
maquillándose incluso para ir a clase, e incapaces de perder un minuto leyendo
el libro de texto. Sin embargo, las chicas casi nunca daban problemas en clase,
siempre parecían más formales. "Las chicas siempre hemos sido más zorras", pensó
sonriente.
La mayoría de los chicos sin duda eran mucho más infantiles,
y con lo cual, causaban muchos más problemas. Para empezar, Sara sabía
perfectamente que mientras la mayoría de las chicas fumaba como una locomotora
(un hábito que Sara odiaba) los chicos solían fumar petas cada día, antes de
entrar a clase, en el recreo, después de clase… "No sé cómo permiten sus padres
semejante descontrol en sus hijos…" Ella siempre se ocupaba de controlar a
Laura.
A todo esto, Sara se dio cuenta de repente que Álex ni
siquiera había abierto el libro, que estaba cerrado sobre la mesa. Decidida a
ignorarlo, continuó.
-Bien, espero que recordéis lo que visteis el año pasado
porque este trimestre tenemos que aprender a analizar… ¿Álex, quieres hacer el
favor de abrir el libro y no hacer ruido? –Álex estaba haciendo un ruido
exagerado rompiendo en pedazos pequeñísimos una hoja del cuaderno, y Sara no
pudo aguantarlo.
-No –contestó el chico, mirándola a los ojos y con una
rotundidad que por un instante dejó a Sara desarmada. Era normal que los chicos
pasaran de hacer lo que se les decía pero nunca nadie se había atrevido a
desobedecerla mirándola así…
-Como quieras –Sara continuó la clase como si no hubiera
habido ninguna interrupción. Lo mejor en esos casos era no dar leña al fuego.
–Como estaba diciendo, este año comenzamos a ver las oraciones compuestas. –Álex
había arrancado otra hoja del cuaderno y la estaba quemando con el mechero.
–Pero antes –continuó Sara alzando mucho la voz– espero por vuestro bien que
todos recordéis cómo se analiza una oración simple.
Álex tiró el cuaderno al suelo produciendo un ruido sordo. La
mitad de la clase se rió, mientras la otra mitad miraba a Sara, que se estaba
cabreando.
-Álex, ¿cuál es la diferencia entre una oración simple y una
compuesta? –dijo súbitamente. Este la miró directamente con aquellos ojazos
azules y una sonrisa muy gamberra.
-La oración simple consta de un solo verbo y por lo tanto de
una sola proposición, mientras que la oración compuesta consta de dos o más
verbos, y por lo tanto de dos o más proposiciones, que pueden tener la misma
categoría, en cuyo caso son coordinadas, o pueden depender una de otra, en cuyo
caso son subordinadas.
Sara esta vez se quedó muda. Álex había dicho todo eso de un
tirón y mirándola fijamente. ¿Cómo podía aquel chico que pasaba de estudiar
haber dicho la definición que venía en el libro palabra por palabra?
Y de pronto Sara se sintió desnuda ante su mirada, que seguía
fija en ella. Ahora le parecía que la camiseta marcaba demasiado sus tetas y que
sus vaqueros se pegaban mucho a su culo. En casi once años de profesión Sara
nunca se había sentido así, acosada por un alumno que se limitaba a mirarla.
-E… bueno… -dijo intentando recuperar el hilo. –Sï, eso es,
muy bien Álex. Pues… vamos a analizar un par de oraciones simples para recordar
cómo se hace… Sonia, sal a la pizarra.
Mientras una chica pelirroja se levantaba Sara vio de reojo
que Álex seguía mirándola. De pronto, el móvil del chico comenzó a sonar, a todo
volumen.
Pero Álex no se movió.
-Alex, apaga el móvil en clase por favor.
Álex siguió sin moverse.
-Alex… -pasaba algo allí que Sara no comprendía. –Álex, apaga
el móvil.
Como si de repente hubiera despertado de un trance, Álex miró
el móvil que estaba sonando en su mesa y ante la mirada de asombro de toda la
clase lo cogió.
-¿Sí?
-Serás… -Sara se abalanzó sobre el chico, para intentar
quitarle el móvil. Pero entonces algo pasó. Álex hizo un gesto con la mano,
ordenando a Sara que parase, y Sara paró.
"¿Por qué he parado?" No sabía por qué, pero instintivamente
había obedecido aquella orden que le había dado. Y súbitamente Sara se dio
cuenta de que se estaba excitando por dentro. ¿Se había excitado sólo porque
aquel niñato le había ordenado que parase? Era como si uno de aquellos varios
amos que tenía por internet le hubiera ordenado algo… la misma sensación.
Álex apagó el móvil y bajó la mano.
-Es que era urgente –se disculpó con una sonrisa.
Perfectamente consciente de que todos estaban mirándola, Sara
respiró profundamente.
-Dame el móvil ahora mismo Álex.
-Lo siento, es mío.
¿Cómo era posible? Álex no la obedecía para nada. Y lo peor
era que en vez de enfadarse, se daba cuenta de que en realidad aquello le estaba
gustando. "No, por favor". Con un gran esfuerzo para recuperar el control sobre
sí misma, dijo con voz queda:
-Cuando acabe la clase quédate aquí. Quiero hablar contigo.
3
Ni en sus mejores sueños se había imaginado Álex que las
cosas pudieran salir tan bien. Su intención al portarse mal en clase era
únicamente que Sara le castigara, pero no esperaba que su profesora de hierro
obedeciera una orden instintivamente. Aquello provaba que Álex le gustaba. Sin
duda, le gustaba, le era atractivo. Y también demostraba que en su interior
existía una verdadera sumisa, que Álex pensaba explotar como era debido.
Todos salieron de la clase, y Álex y Sara quedaron solos,
mirándose el uno al otro. Tras una pausa en la que Sara parecía buscar
afanosamente un bolígrafo concreto en su estuche, se levantó y se dirigió hacia
el chico.
-Álex, no permitiré que nunca más me desobedezcas ni
te comportes así. Sé que tienes muchas faltas de asistencia a clase. Otra falta
de comportamiento y el consejo escolar podría expulsarte temporalmente.
Pero Álex fijó su mirada en las tetas de Sara. Aquellas
preciosas y grandes tetazas…
-Álex, ¿me estás oyendo? –preguntó Sara visiblemente
nerviosa. –¿Te pasa algo?
-Tienes unas buenas tetazas, Sara –soltó el chico de repente.
Sara se quedó muda. Por un instante ni siquiera respiró:
parecía a punto de estallar. Pero Álex estaba seguro de que la había excitado.
-¿Qué? –farfulló Sara para ganar tiempo.
-Que me encantan esas tetazas. Bueno, en general tienes un
cuerpo muy bueno para tu edad. Mejorando un poco tu aspecto podrías ser una
buena puta. –Álex sonrió a Sara, que echaba chispas. Por un instante le entró la
duda si iba a funcionar, pero las cartas ya estaban sobre la mesa.
-¿Pero quién coño te has creído que eres? Voy a hablar con tu
padre ahora mismo, y también con…
-Vamos, si en el fondo sé que te gusta. En el fondo eres una
puta perra viciosa. Y yo diría que serías una buena esclava.
Sara parecía a punto de darle un infarto.
-No te permitiré que me hables así. Me aseguraré que te
expulsen de aquí en seguida.
-No lo harás. Sé que no lo harás –en aquel momento Álex ya no
estaba seguro de nada, pero no había más remedio que seguir. Aparentar seguridad
y no ceder terreno era lo único que podía hacer. -¿Crees que no he notado que
estás loca por mi polla?
Sara enrojeció, y por un instante pareció a punto de
flaquear. Pero en seguida dijo con tono autoritario.
-Ya puedes olvidarte de mi, niñato de mierda. Mañana ya no
estarás en este instituto. –se dio la vuelta para salir, pero Álex la llamó.
-Sara –Álex cambió el tono. Ahora no era un tono autoritario,
sino muy atractivo, muy seductor. -¿por qué lo niegas? Yo puedo ayudarte. Puedo
hacer que disfrutes más que en toda tu aburrida vida. –Sara había parado pero
seguía dándole la espalda. –De cualquier manera, tú veras. Aquí te dejo mi msn
–dejó un papel encima de la mesa-. Espero que me agregues y podremos hablar más
tranquilamente. Eso me demostrará que no me equivoco.
Álex pasó al lado de Sara, le tocó suavemente el culo (Sara
no se movió para nada) y una vez en la puerta se dio la vuelta:
-Por cierto, yo que tú iría eliminando todos esos amos que
tienes de tu lista de contactos. No te harán falta, te lo aseguro.
Y salió de clase, sonriente, mientras silbaba.
4
Iniciando sesión…
Sara no paraba de levantarse, dar cuatro pasos y volver a
sentarse ante la mesa de su ordenador. No sabía lo que estaba haciendo, no podía
controlarse.
Tenía el papel con la dirección del correo de Álex en la
mesa.
"¿Le agrego o no le agrego?"
Una parte de su ser peleaba por triunfar sobre otra, que
había sido la dominante durante años. Sus ansias de vivir la vida y hacer lo que
siempre había querido fueron silenciadas trece años atrás, y por fin intentaban
rebelarse.
Y lo estaban logrando.
Sara desde muy joven se había sentido interesada por la
dominación, por ser dominada por otra persona. Depender enteramente y para todo
de alguien, y obedecerle ciegamente era algo con lo que siempre había
fantaseado. Pero durante años había sido una buena madre y profesora que
simplemente se calentaba pensando en ello en su intimidad.
Pero ese chico tenía algo especial… Siempre le habían gustado
los jovencitos, aunque ningún chico de quince años había logrado lo que Álex
había logrado: que Sara estuviera a punto de sucumbir ante él.
Finalmente tomó una decisión. Le agregaría. Tal vez podría
convencerle de tener una relación cyber, más real que nunca, pero con unos
límites. Seguramente el chico había aparentado una excesiva confianza en sí
mismo, o no tendría suficiente fuerza para hacer realmente lo que había dicho.
Sí, no sería más que un juego.
Sara agregó a Álex a su lista de contactos, pero éste
aparecía como desconectado. El calentón que había impulsado a Sara a hacerlo
estaba desapareciendo… pero aún así se resistía a apagar el ordenador.
Distraídamente entró en algunas páginas web, mientras miraba constantemente el
msn…
Álex ha iniciado sesión.
El corazón le dio un vuelco.
Hola Álex.
Hola putita. Veo que me has agregado.
Sara sintió humedecerse al ser llamada putita. Decidió no
decir nada al respecto. Intentó buscar el control de la situación, como siempre
hacía.
Mira, no voy a decir a ningún profesor nada de lo que ha
ocurrido hoy… No estoy enfadada. Pero debes entender que no podemos hacer todo
lo que quieres.
Álex no dijo nada. Sara temió que apagara el ordenador, así
que siguió escribiendo.
Si quieres, estoy dispuesta a tener una relación cyber
contigo, te obedeceré por la web-cam y… mientras escribía Sara se humedecía
con sólo pensar que obedecería las órdenes de un alumno… ¡y qué alumno! Pero
Álex le cortó.
Mira pedazo de zorra (los pezones de Sara se ponían cada
vez más duros con cada insulto del muchacho, pero ella evitaba pellizcarlos, no
debía calentarse…) o una cosa o la otra. Tú eliges, pero no puedes jugar
conmigo. Puedes entregarte a mí y te ayudaré a dejar atrás toda tu vida y a
convertirte de cuerpo y mente en una gran puta. Pero si decides que no, no hay
punto medio. Tú verás.
Sara no dijo nada. ¿Dejar toda su vida y entregarse a un
chico (hombre)? Exactamente su sueño más morboso y erótico multiplicado por diez
por el hecho de que aquel hombre era un chico de quince años, un alumno suyo.
¿Pero cómo podía tirar por la borda todo lo que había conseguido durante años? Y
su familia… su hija…
Como si hubiera adivinado sus pensamientos, Álex siguió.
Si aceptas yo seré lo más importante para ti, por encima de
cualquier cosa.
El silencio que siguió a aquel mensaje fue horrible y eterno
para Sara. Sólo oía su corazón, latiendo con fuerza.
Si de verdad no quieres ser una gran puta y mi esclava
dímelo. Dime que no quieres.
Sara fue incapaz de negarlo, ni de escribir nada. Aquello no
podía ser, estaba más cerca que nunca de ver cumplidas sus fantasías, pero, por
otra parte, era una estupidez todo aquello…
Yo me voy, puta. Pero te pondré una pequeña prueba (que no es
nada comparado con lo que harás más adelante). Si aceptas significará que
aceptas todas mis condiciones y te conviertes en mi esclava totalmente y en
todos los sentidos. Si no, me olvidaré de ti, te lo juro.
Sara, dudando (y más que nada para ganar tiempo) preguntó:
¿Cuál es la prueba?
El lunes irás a clase vestida como una calientapollas… una
falda cortita, muy cortita y un pequeño tanga… Y arriba una blusa que te marque
bien las tetas, con muchísimo escote, y sin sujetador. Tienes que llamar la
atención más de lo que ya haces con tus tetazas… Muévelas y bamboléalas sin
vergüenza… Insinúate, muéstrate sensual, esté quien esté delante… Tienes todo el
fin de semana para pensártelo, zorra. Hasta el lunes no nos veremos. Adios.
Y se desconectó, dejando a Sara sumida en un mar de dudas.
5
El reloj marcaba las siete y media mientras Ricardo se
arreglaba el nudo de la corbata. Tenía apenas media hora para llegar a su cita
con Ángela.
Era el primer paso.
Mentalmente repasó todos los detalles, una y otra vez. Había
planificado todo, sabía lo que debía y no debía hacer. Le había dicho a Marisol,
su mujer, que era una cena entre médicos, entre colegas, y que tardaría un poco
en volver. No quería tener ningún problema por esa parte.
"La tengo en el bote" pensó. Pero eso no era suficiente. Para
poder llegar hasta el extremo que quería llegar necesitaba que aquella estúpida
depositara toda su confianza en él.
"Tiene que abrirme su alma para mi."
Ricardo se tomó dos pastillas para relajarse. Lo bueno de ser
psicólogo era que se podía automedicar. Y a veces, tomar alguna pastilla de más
para estar más relajado…
Lentamente cogió su abrigo y salió de la casa.
6
Ángela estaba nerviosísima, mirando por toda la calle,
esperando a que Ricardo apareciera. Ricardo, aquel hombre tan maravilloso… Un
verdadero encanto. Era una cena formal, obviamente, ambos estaban casados y no
esperaba nada… Además su matrimonio iba bastante bien, apenas tenía riñas con su
marido.
Aún así, se había vestido lo mejor que pudo, con un elegante
vestido beige que la hacía parecer (al menos en su opinión) muy bella, y que
disimulaba bien los tres o cuatro kilitos de más… "Quiero que Ricardo me vea
como una mujer maravillosa…" Su marido apenas se había fijado en cómo se vestía,
estaba muy ocupado. La verdad era que su matrimonio iba bastante bien, pero
tampoco era como para echar cohetes.
-Buenas tardes, Ángela –dijo súbitamente una voz por su
espalda, una voz profunda y bella.
-Hola Ricardo –dos besos.
-.Siento haberte hecho esperar…
-No, sólo llevaba aquí dos minutos, en serio… -llevaba seis
minutos y medio, como bien sabía, pero no le importaba. Ricardo la agarró del
brazo, y se dirigieron al restaurante, a través de un bonito parque (hasta
entonces nunca se había fijado Ángela en lo bonito que era aquella zona),
mientras Ricardo le hablaba y Ángela reía embobada.
La cena fue deliciosa, el restaurante perfecto. Ricardo no
había reparado en gastos. Hablaron mucho, aunque por alguna extraña razón (que
ella misma no se explicaba) ella habló mucho menos que de costumbre, dejando que
Ricardo hablase la mayor parte del tiempo. De alguna manera, comparado con él,
todo lo que Ángela decía parecía burdo, sin interés, absurdo. Ni siquiera quiso
discutir cuando Ricardo le habló de sus tendencias políticas (algo que Ángela
siempre había tenido muy claro, pero ahora que lo pensaba, lo que Ricardo decía
parecía mucho más sensato…), y no pudo decir que no cuando él le propuso ir a un
salón de baile, aunque había prometido a su marido estar con él a la noche para
hablar de ciertas cosas relacionadas con el dinero… Pero, ¿qué eran unas
facturas comparadas con estar con Ricardo?
Ambos bailaron, agarrados el uno al otro, con música muy
romántica, muy "a la antigua" (afortunadamente a Ricardo tampoco le gustaban las
discotecas modernas). Tras una hora bailando muy pegados y dos copas (ella
apenas solía beber) sus pensamientos empezaron a vagar a escenas mucho más
íntimas con Ricardo, casi deseaba besarle (aunque en seguida la razón se imponía
al corazón), quería abrazarle apasionadamente, estaba disfrutando de cómo sus
dedos rozaban su culo suavemente…
-Creo que es hora de irnos a casa, Ángela. Es casi la una de
la mañana.
Fue como despertar de un trance. La música, la pasión, el
deseo… todo sonaba muy alejado ahora. Allí estaban los dos, ambos casados y con
vidas estables…
-Sí, mejor si nos vamos de aquí.
Afuera hacía bastante frío. El aire nocturno aclaró más los
pensamientos de Ángela.
-Muchísimas gracias por todo, Ricardo, ha sido estupendo.
-A mí también me ha gustado mucho. Me gustaría volver a estar
contigo algún día –dijo con una amplia sonrisa.
-Si, sí… claro… me encantaría –y era la verdad.
-¿Qué te parece dentro de quince días otra cena?
-Perfecto –otra inocente cena, no había nada malo en eso.
-Pues te acompaño a casa ahora.
-No hace falta, vivo a dos manzanas de aquí.
-No, no, te acompaño. Faltaría más…
Anduvieron juntos, tranquilamente, sin decir nada. Los
pensamientos de Ángela volvían a estar confusos… Casi deseaba besarle cuando
llegó el momento de la despedida…
-Hasta la próxima, Ángela –dijo aquella voz de ángel.
-Adios Ricardo –los dos besos fueron estrictamente formales y
de pronto se sintió como vacía, como si un globo se hubiera desinflado dentro de
ella, mientras veía a Ricardo alejarse en por la calle, desapareciendo en la
profunda oscuridad.
7
Más entrada la noche, las luces de una céntrica discoteca
iluminaban a un grupo de adolescentes sentados en un banco, delante de ella. Los
chicos, de unos quince años, se iban pasando las botellas llenas de diferentes
mezclas, los humeantes porros y los mecheros. Álex Gutiérrez estaba en el centro
del grupo, ya que era el líder. Sin embargo, aquella noche estaba un poco
ausente, y no participaba mucho en las risas del grupo. Evidentemente, en el
estado en que se encontraban los chicos, nadie se daba cuenta de que Álex apenas
hablaba, pero a él no le importaba.
En realidad estaba pensando en la conversación que tuvo con
Sara en el msn. La verdad es que no estaba nada seguro de cómo iba a reaccionar
aquella, y él había jugado sus cartas. Sólo le quedaba esperar cómo respondía
ella el lunes, aunque aún guardaba un as en la manga. Sabía que al final
lograría su objetivo. Lo que no sabía era si sería fácil o difícil.
Lo sacó de su ensimismamiento una botella que estaba
derramando su líquido por sus pantalones.
-¡Hostia, Marcos, cuidado!
-Perdona, tío –contestó Marcos, que iba bastante borracho.
Mientras Álex intentaba secarse, otro chico, Guillermo, sacó
una bolsa de coca.
-Anda, vamos a tomar un poco de perico, que lo vamos a pasar
de puta madre.
-Yo paso, tío –dijo otro, mientras se fumaba un porro
tranquilamente.- A mí me la pica la coca.
-¡Coño! Mira Marcos, ahí está tu hermana.
Álex levantó la cabeza al instante.
-¡Está buenorra la tía! –dijo Guille, mientras preparaba unas
rayas.
-Cállate, que es mi hermana. ¿Quieres que te de una hostia o
qué? –Marcos siempre se ponía bastante agresivo cuando salía a relucir el tema
de su hermana (o sea, siempre), especialmente si había bebido.
-No me jodas, Marcos, si va vestida como una puta. Lo sabes
perfectamente.
-Vete a tomar por el puto culo.
-Sí, por el suyo…
Mientras se descojonaban y Marcos trataba de ponerse de pie
para pegar un puñetazo a alguien, Álex se levantó casi sin pensarlo, y se
dirigió hacia Sandra, que iba con unas amigas. Estaba guapísima, con su largo
pelo rizado por capas, sus brillantes ojos azul-verdosos, y con una ropa que
hacía resaltar su perfecto cuerpo (una minifalda negra, zapatos de tacón alto y
una pequeña chaqueta vaquera que dejaba su ombligo al aire, con un piercing
brillando en él en la oscuridad). Se dirigía a la entrada de la discoteca. Álex
corrió un poco para pillarla…
-Hola Sandra.
Ésta se dio la vuelta. Le miró, sorprendida ("no me extraña",
pensó Álex, aunque se veían con frecuencia casi nunca hablaban).
-Hola, Álex. ¿Qué tal?
-Bien, de puta madre. ¿Tú? –estaba mucho más cortado que de
costumbre, nunca le había costado tanto pronunciar unas palabras seguidas.
-Aquí, a divertirme un rato. ¿Qué estás, con mi hermano, o
con alguna novia?
Por un instante pensó en fardar un poco y decir que iba con
alguna chica guapísima (que podía conseguir fácilmente en medio minuto), pero
sin saber bien por qué, prefirió no hacerlo.
-Con tu hermano y éstos. Están por ahí… -dijo, señalando
vagamente hacia atrás, donde se oían unos grandes descojonos, y Marcos trataba
de mantenerse en pie.
-¿Un poco pedos, verdad? Parece que están dando u espectáculo
patético –dijo Sandra, con un tono de desprecio en su voz.
-Sí, bueno… son un poco infantiles, ya sabes.
-Sí, ya lo sé… -era curioso. Parecía haber cierta
comunicación no verbal entre ellos. Parecía que Sandra le entendía a la
perfección, y él también le estaba casi leyendo el pensamiento a través de sus
ojos.
Y lo más interesante de todo: parecía haber una verdadera
conexión entre ellos.
-Bueno, me voy para dentro, que hace un poco de frío –Sandra
sonrió, y de repente se quitó la chaqueta. Un top muy muy escotado y negro, que
enseñaba una buena parte de sus generosas tetas quedó a la vista, y Álex no pudo
evitar mirarlo fijamente. –Hasta luego. –Álex juraría que le había hecho un
guiño antes de entrar en la discoteca.
"Pero sigue jugando conmigo, como si fuera un puto niñato",
pensó con rabia. Se dio la vuelta, no hizo caso a los gritos de varias niñas de
catorce años que le llamaban tío bueno a grito pelado, y volvió adonde estaban
sus amigos (a falta de otro nombre para llamarlos), justo cuando Marcos caía
tendido en el banco. No podía echar en cara lo que Sandra pensaba de él: todos
aquellos chicos eran unos auténticos niñatos que no tenían otro plan que beber y
beber hasta parecer unos estúpidos.
Todos menos él. Él se sentía más alejado que nunca de toda
aquella gente. No le apetecía nada estar con ellos. Y sin embargo, quería entrar
a la discoteca y volver a estar con Sandra.
Volviéndose a levantar, se dirigió a la discoteca. Vio a dos
chicas, una rubia y una morena, ambas bastante atractivas y mayores que él
(tendrían unos diecinueve años) que lo miraban bastante interesadas. Tras dudar
un momento se dirigó a la rubia (estaba mas buena), y en dos minutos ambos
estaban en la discoteca (la morena se había marchado muy enfadada con su amiga
la rubia, y ésta, embobada con Álex, había pagado las entradas de ambos a la
disco).
Álex y aquella rubia cuyo nombre no le importaba se
dirigieron a la pista y empezaron a bailar. La chica bailaba muy bien, pero
Álex, que aquella noche estaba guapísimo, no se quedaba atrás.
Entonces vio por el rabillo del ojo a Sandra, que lo estaba
mirando. Por un momento sus miradas se cruzaron, y en seguida la chica desvió la
mirada. Álex se sintió de repente más alegre, volvía a sentirse más normal. Se
abandonó al juego de luces y a la música mientras bailaba apasionadamente (y
realmente bien) con aquella rubia sin nombre, y de vez en cuando sus miradas
volvían a juntarse. Cuando comenzó a sonar el mítico tema de Elvis Presley I
Can’t Help Falling in Love With You Álex y la rubia comenzaron a bailar muy
muy juntitos, y la magia de la canción hizo que Álex y Sandra se mirasen
fijamente durante mucho, mucho tiempo, y Álex vio en aquellos ojos brillantes
una verdadera atracción, y un respeto hacia él que era muy diferente a la
actitud superior que Sandra siempre había tenido con respecto a él… Incluso
llegó un momento en que parecía que Sandra iba a levantarse y a juntarse con él…
pero el tema acabó y la magia se rompió. Sandra no volvió a levantar la mirada
de su baso y Álex, feliz, muy feliz, le dijo a la rubia sin nombre que se iba al
baño.
Sin embargo, en vez de meterse al baño, salió de la discoteca
y sin siquiera mirar a sus amigos comenzó a andar hacia su casa. La expresión en
la cara de Sandra claramente demostraba una atracción, una atracción que
seguramente ella nunca había sido consciente de sentir, o ni siquiera lo había
sentido. Pero además había provocado en Álex una reacción más intensa de lo que
había esperado él mismo. Por un instante, se le había olvidado que la quería
poseer, que quería ser su amo… era como (y se sorprendió de sólo pensarlo) como
si se estuviera enamorando de Sandra.
Álex no pudo evitar silvar la canción de Elvis hasta que
llegó a casa.
8
Cuando el lunes el despertador sonó a las siete en punto,
Sara lo apagó de un porrazo. Después, gruñendo, se levantó muy a su pesar de la
cama. Había pasado una noche horrible, mejor dicho, un espantoso fin de semana,
en el que no había parado de dar vueltas a Álex y su primera orden. Y la mañana
del lunes, tras haber dormido apenas dos horas y haber tenido unos sueños muy
calientes en los cuales aparecía ella desnuda y arrodillada ante Álex, todavía
no sabía qué hacer.
No pensó en otra cosa mientras desayunaba, no hizo caso a su
hija cuando bajó y la ducha tampoco le ayudó a aclarar sus dudas. Finalmente
llegó a la inevitable conclusión. "No puedo obedecerle. Si acepto todo se
complicará y estropearé toda mi vida. Todo ha sido una especie de pesadilla: se
acabó. Álex no será para mi más que un alumno".
Una vez Sara tomaba una decisión solía mantenerse firme en
ella. Por eso, no permitió que una vocecilla desde su interior le dijera que
estaba tomando la decisión más fácil o que acababa de desechar la oportunidad de
una vida mejor. Con paso firme se fue a su habitación y comenzó a buscar la ropa
más recatada que pudiese encontrar, para dejar claro a Álex que no pensaba
aceptar ser su esclava. "Y no pienso hablar con él siquiera". Sara sabía que su
voluntad podía flaquear si decidía hablar con el chico.
Salió de casa vestida con unos pantalones de pana y una
camiseta de manga larga que no favorecía sus formas en absoluto. Evitó
maquillarse excesivamente. La mañana comenzó de maravilla… hasta que llegó su
segunda clase, que era con Álex.
Álex entró en el aula por detrás de ella y se dirigió a su
sitio sin siquiera mirarla. Sara sintió una sacudida en el estómago y un asomo
de duda apareció en su cerebro. Intentó olvidarlo y centrarse en la clase. Sin
embargo, una y otra vez su mirada se dirigía a Álex, que seguía sin hacerle caso
y parecía muy interesado en una conversación con Marcos.
-Hay varios tipos de oraciones subordinadas adverbiales…
Quieres hacerlo. Álex te vuelve loca.
-Las más frecuentes son de lugar, tiempo…
Siempre lo has deseado.
-Eh… de lugar, de tiempo, de modo…
No puedes evitarlo. Eres una zorra por naturaleza.
Sara intentó con todas sus fuerzas centrarse en lo que estaba
haciendo aunque aquella odiosa voz dentro de su cabeza no la dejaba en paz. Y
una y otra vez miraba a Álex, que no le devolvía la mirada…
-Como se dice en la página… eh… 37…
En aquel momento Álex levantó la mirada y sus ojos miraron
fijamente a los de Sara. Por un instante Sara sintió una especie de euforia,
pero Álex hizo un pequeño gesto de adiós con una mano, apenas la movió, y de
repente Sara se sintió muy triste, con unas ganas incontenibles de llorar. Álex
volvió a ignorarla durante el resto de la clase y al finalizar Sara nunca se
había sentido tan mal como en aquel momento. Se metió en baño de profesores y se
echó a llorar.
Cuando paró, se miró en el espejo. Vio su cara llena de
lágrimas y ojeras. No podía más, era superior a sus fuerzas. Deseaba a aquel
chico de una manera que una semana atrás le hubiera parecido risible. Sabía que
no podía oponerse a la voluntad de aquel adolescente de quince años si quería
volver a sentirse mínimamente feliz. No podría soportar otro día más como aquel
fin de semana. Y desesperada, tomó la decisión que sabía que cambiaría toda su
vida totalmente.
9
Sara llegó a casa muy triste, desesperada incluso, pero
teniendo en claro lo que debía hacer. Encendió el ordenador sin perder tiempo.
El teléfono comenzó a sonar, era su hija, pero en aquel momento no tenía tiempo
para ella. Le sonaba que habían quedado en que Sara debía ir a recogerla, pero
lo primordial ahora era otra cosa.
Entró en el msn.
Álex no estaba conectado.
-¡Puta mierda!
La sensación de desesperanza se acentuó. ¿Era posible que
Álex ya no se interesara por ella? ¿La olvidaría por haber desobedecido su
orden? Aquel pensamiento era insufrible para Sara.
Le escribió un e-mail, pidiéndole perdón y aceptando sin
reservas todas sus condiciones, diciéndole que sería una esclava perfecta para
ella, sin ningún límite… todo aquello lo escribió decidida a cumplirlo, sabiendo
que ya no había marcha atrás. Pero aunque estuvo conectada toda la tarde, Álex
no se contectó ni respondió el mensaje.
Sara siguió mirando regularmente a su ordenador conectado
hasta bien entrada la noche. Para no separarse del ordenador (no quería perder
lo que podría ser su única oportunidad con Álex) le dijo a su hija que ella no
cenaría y que se preparase algo. Le dolía no poder ocuparse de su hija como
hacía siempre, pero por primera vez tuvo claras sus prioridades: su amo era lo
primero. Aunque todavía no fuese su amo.
Tras dormir unas pocas horas (levantándose continuamente para
mirar si Álex entraba al msn o contestaba el mensaje) Sara se levantó temprano y
se dispuso a hacer lo que debía: el único modo de arreglar las cosas era
intentar cumplir la primera orden de Álex, y de la manera más exagerada posible,
para que el chico ("mi Amo" se dijo) la perdonase. Se duchó y se maquilló, mucho
más que otras veces, con mucho rímel en los ojos, mucho pintalabios. Después fue
a elegir la ropa.
Eligió un pequeño tanga rojo, que no solía usar para ir a
clase, y una faldita vaquera muy muy corta, la más corta que encontró. Le
parecía escandaloso, incluso ridículo, ir así a una clase (lo había comprado
sólo para las ocasiones más especiales y picantes de su vida) pero no tenía otro
remedio. Sus largas piernas quedaban al aire, pues la falda apenas llegaba más
abajo que las nalgas. Arriba no podía llevar sujetador, eligió una blusa blanca,
y tras ponérsela decidió cambiarla por otra aún más estrecha, que hacía resaltar
sus dos grandes tetas perfectamente. Abrió varios botones creando un escote de
vértigo, enseñando el canalillo y la parte superior interna de las tetazas.
Además, éstas se bamboleaban sin compasión por no llevar sujetador.
"Parezco una puta casi" se dijo. Incapaz de seguir mirando su
aspecto en el espejo, bajó a la entrada, se puso unos zapatos de tacón alto y
salió de casa gritando a su hija que tenía que ir antes. No podría ir con ella
al instituto, no quería que la viese con estas pintas. Desgraciadamente, sabía
que la vería aquel día, tarde o temprano.
Por la calle se cruzó con varios obreros que la miraban y le
silbaban con admiración ("qué buena estás macizorra") y con un par de señoras
que iban a hacer la compra (la miraron como si hubieran visto al diablo). La
situación se complicó aún más al llegar al Instituto. Sara notaba todas las
miradas de cientos de chicos y chicas clavadas en ella. Evitó mirar a nadie y
afortunadamente nadie hizo un comentario en alto o lanzó un silbido ("menos mal
a mi fama de rígida"). Sin embargo, sabía que el alivio sería temporal.
Tenía que entrar en la sala de profesores a por los libros,
así que respirando profundamente entró y buscó los libros apresuradamente sobre
la mesa. Varios profesores la miraban, pero nadie decía nada. Obviamente, les
parecía un escándalo ir a clase con aquella faldita y una blusa tan apretada y
con tanto escote que marcaba tanto las tetas como los pezones (para colmo, al
ser blanca transparentaba ligeramente).
Recordando que Álex le había dicho que se insinuase con todo
el mundo, y con la intención de que todos los chicos comentasen su cambio de
actitud para que Álex se enterara, decidió comportarse sensualmente desde la
primera clase. Los pobres chicos de trece años (de la misma edad que su hija)
estaban que se les caía la baba con aquella visión, mientras Sara movía las
caderas contoneándose, y jugaba con un botón de la camiseta, aumentando y
disminuyendo en generoso escote, de manera que en un momento perfectamente
calculado, la mitad de las tetas quedó en vista de todos.
Y Sara debía admitir que, por mucha vergüenza que estuviera
pasando, también le estaba excitando bastante aquello.
Sin embargo, no vio a Álex hasta que tuvieron clase… momento
esperado y temido por Sara. Entró a clase moviendo sus caderas exageradamente,
sacando pecho, y miró a Álex. El chico sin embargo estaba escribiendo algo en su
cuaderno y ni siquiera la miró. Comenzó a dar la clase, y a pesar de que todos
los chicos la miraban y la señalaban (algunos con muy poco disimulo), casi con
la lengua fuera, Álex no dio ninguna muestra de notar algo raro en Sara, y ni
siquiera la miró.
De nuevo una sensación de tristeza y desesperación la
invadió, y abandonando toda cautela desabrochó otro botón de la blusa. El escote
ahora era enorme, las tetas peleaban por salirse de la camiseta y una gran parte
de ellas estaba a la vista. Pero nada. Durante la siguiente hora, una de las
peores de la vida de Sara, ésta movió al máximo sus tetazas, intentando
resaltarlas, en un vano intento de atraer la atención de Álex. Se las peleaba
por que no salieran de la camiseta, pero al mismo tiempo intentaba que todo el
mundo se fijara en ellas… o por lo menos Álex… pero éste era el único que no
parecía mirarla.
Cuando acabó la clase de nuevo estaba casi llorando. Pero una
vez comenzado, no tenía otra opción. Durante el resto de la mañana y por todo el
instituto, siguió andando con aquel pose sensual, intentado llamar la atención
de todo el mundo. Varias veces notó que los alumnos se acercaban con alguna
excusa para observarla. Ella intentaba poner cara de tonta e insinuarse aún más,
hasta que casi perdió toda vergüenza. Sin embargo, a pesar de que se cruzó con
Álex dos o tres veces, no consiguió que éste la mirase para nada.
Además de las miradas lascivas y viciosas de chicos de todas
las edades (incluso de niños de doce años, lo cual le daba mucha rabia, pues
sabía que estaba perdiendo toda su fama de "mujer de hierro"), tenía que
enfrentarse a las caras de desprecio de la mayoría de las alumnas, que la
miraban como si (literalmente) fuera una puta. Además de todo, el peor momento
para Sara fue cuando vio que Laura, su querida hija, la estaba observando desde
lejos, atónita. Ella intentó no verla y se alejó, pero sabía que tarde o
temprano se tendría que enfrentar a ella. "Todo sea por Álex", se decía. "Tengo
que hacerlo…"
10
Aquella había sido decididamente una semana extraña para
Álex, pensó el chico el viernes a la noche.
Se hallaba en su casa, conectado al msn pero en estado
"desconectado", Solía entrar así, para poder seguir observando cómo Sara le
esperaba día y noche. Le encantaba. Desnudo excepto por unos gayumbos, estaba
tendido cuan largo era en su cama, reflexionando sobre ello, mientras se fumaba
un porro. Podía oír a sus dos hermanos discutiendo otra vez ("parecen un
matrimonio rancio" pensó), pero eso no le importaba. Decididamente, aquel había
sido una semana curiosísima.
Por un lado, nunca lo había pasado tan bien. Durante toda la
semana, Sara, la profesora de hierro, aquella mujer que según su hermano era más
fría que el hielo, había estado en un estado de pena. Iba vestida de forma cada
vez más ridícula, más exagerada, intentando que Álex le dedicara tan sólo una
mirada, y éste, durante toda la semana, había evitado aquello. Le había
encantado ver los intentos cada vez más obvios de Sara de hacer destacar su culo
y sus tetas. Se reía cada vez que la veía con alguien, intentando insinuarse. A
pesar de que Álex no había dado ninguna señal, Sara estaba llegando cada vez más
lejos. "Con ésta voy a llegar muchísimo más lejos de lo esperado. Va a ser muy
muy fácil". Lo único que tenía que hacer era esperar un poquíto. Dejarla sufrir.
Aquel día había sido ya el hazmerreír, Sara intentaba por todos los modos que
sus tetas se saliesen de la camiseta, para contenerlos en el último minuto y
volverlas a meter. Todo aquello enfrente de una clase llena de tíos mirándola.
"Como si fuera un escaparate de putas. Desde luego, es asombroso lo que las
mujeres puede llegar a hacer por un hombre". Como había prometido a su hermano,
en un año nadie reconocería a Sara.
Por otro lado sin embargo, se sentía extraño, extrañamente
alegre, como si pesara mucho menos de lo que pesaba. Y cada vez que veía a
Sandra, tanto en el instituto como en la calle, esa sensación se acentuaba. Álex
nunca había sentido algo así, ni siquiera había estado pensando en una chica
durante horas y horas, días y días. Había tenido un montón de novias (había
perdido la cuenta), pero por ninguna había sentido lo que estaba sintiendo por
Sandra. Y aún así, le costaba aceptar que aquello fuera amor. Tal vez fuera una
obsesión. ¿O era eso el amor? No le importaba mucho, la verdad. Lo único que
quería era estar con ella.
Pero no podía acelerarse o lo echaría todo a perder. Al fin y
al cabo, Sandra era dos años mayor que él, y a las chicas de diecisiete años les
gusta salir con tíos de diecinueve o veinte. Sin duda, la mejor opción era
seguir con su plan de hacerla su sumisa. Un par de miradas y unas sensaciones
extrañas no cambiaban nada. Conseguiría que Sandra cayera rendida a sus pies y
que aceptara todas sus órdenes. "Conseguiré que quiera salir conmigo. En eso (se
dijo sonriendo mientras fumaba), en eso al menos el amor es algo que controlo"
11
La semana había sido la peor de su vida con kilómetros de
diferencia para Sara. En todo el fin de semana no levantó cabeza y apenas salió
de su habitación, con la excusa de que estaba enferma. Ya no sabía ni qué hacer.
Durante toda la semana sus alumnos se habían reído de ella por sus descaradas
ropas y su actitud. Afortunadamente nadie, ni profesores ni alumnos, había
hablado seriamente con ella sobre ello, pero sabía que pronto ocurriría. Para
colmo, estaba su hija. Laura, después de observar aquel enorme cambio de
vestuario y actitud en su madre había hablado con ella un par de veces. Y aunque
en ninguna ocasión se atrevió a decirle lo que probablemente pensaba ("que
parezco una puta"), había intentado averiguar la razón de todo aquello. Sara no
le había aclarado nada, pero notaba que se estaba distanciando mucho de su hija,
ya apenas hablaban, y sabía que probablemente le estaba doliendo que todos sus
compañeros hablaran de su madre como una puta ¿Y todo eso para nada?
Algunas veces pensaba en volver y dar marcha atrás. Pero no
quería desaprovechar una mínima oportunidad para estar con Álex, y sabía que si
paraba ahora el chico se olvidaría de ella para siempre. ¿Pero no se habría
olvidado ya? En toda la semana no había hecho el menor caso a sus descarados
intentos de parecer una puta.
El lunes a la mañana Sara volvió a tener una mínima
esperanza, y volvió a esmerarse en vestirse como una zorra (dentro de lo que
podía con sus blusas y minifaldas). No se atrevía a más, por miedo a que alguien
le dijera algo directamente.
Pero el día transcurrió como toda la semana anterior. Álex
pasó olímpicamente de ella y Sara quedó tan destrozada que casi pensó en tirarse
a las vías del tren mientras volvía a casa (el lunes acababa pronto las clases).
Llegó a casa, sin embargo, y se fue a su cuarto, sin saber ya
qué hacer. Ahora ya no hacía nada, ninguna actividad, y había dejado de ir al
gimnasio. Por inercia más que otra cosa, encendió el ordenador y el msn… Tenía
un mensaje…
Y era de Álex.
La alegría que sintió en aquel momento fue tal que es
imposible describirlo. De repente volvía a tener ganas de vivir, estaba
dispuesta a hacer lo que fuera por aquel chico… Con un cosquilleo en el estómago
y un poco de miedo abrió el mensaje:
Hola puta,
A pesar del disgusto que me diste la semana pasada al
desobedecerme, te voy a dar otra oportunidad. Ven mañana, martes, día trece a
las seis y media al parque que está enfrente del instituto. Ven vestida como a
la toda esta semanita.. Y te lo advierto: ESTA ES TU ÚLTIMA OPORTUNIDAD. Si a
partir de ahora me desobedeces en lo más mínimo se acabará todo.
Hasta pronto,
Tu futuro Amo, Álex Gutiérrez.
Perdonad que haya transcurrido tanto tiempo entre la primera y
la segunda entrega, pero en todo el mes de Junio no he podido escribir nada.
Como veréis, el capítulo de octubre no acaba aquí; lo publicaré
en varias entregas, debido a la longitud que está adquiriendo este relato.
Para adelantarme a posibles críticas, aclaro algo: este es un
relato que lo estoy escribiendo para mí, como reto personal más que nada, donde
quiero que se mezclen todas las cosas que me dan morbo. Para cuando acabe el
relato conoceréis todas mis perversiones a la perfección.
Por eso, al no ser un relato "comercial", puede que parezca que
va un poco lento. Lo que ocurre es que todas las entregas forman una única
historia, y esto es el comienzo de todo. Todo irá poco a poco, pero prometo que
ocurrián las situaciones más morbosas y denigrantes imaginables.
Un último apunte. Los seis protagonistas (cuatro mujeres y dos
amos) tienen la misma importancia, pero depende del momento se hará más incapié
en uno ú otro personaje. Aunque en esta parte la historia de Sara sea la más
prominente, no se perderá el resto, prometido.
Un beso,
Sara