Emma entró con la vista en el suelo, con las manos cruzadas
sobre la falda de cuadros y con el botón del jersey abrochado de manera
opresora, apretándole el cuello. El pelo dorado, cortado por el final de las
orejas, fulguraba al calor de aquella mañana de junio. Los párpados le caían
lánguidos sobre los ojillos celestes de felino. Ojos agresivos para una chica
tan tímida. Emma era una de las mejores estudiantes del colegio. El doctor se lo
había dicho bien al director: no quería una chula, ni una sabelotodo. Quería una
recatada, una reprimida, una de esas alumnas que todavía eran vírgenes y que lo
serían aún por mucho tiempo. No por fealdad, por supuesto. Alumna ejemplar desde
primero, Emma no salía los fines de semana, no contestaba mal a los profesores,
no suspendía nunca un examen, no daba problemas. Estaría callada o suspendería
irremisiblemente.
- Puedes pasar detrás del biombo y desnudarte. – le ordenó el
doctor sin dejar de mirar sus papelorros
No dejó sin embargo de levantar la vista. Vio caer sobre la
parte superior del biombo el jersey rojo, la camisa blanca, la falda de cuadros,
los leotardos escarlata. Emma surgió con el sujetadorcito y las braguitas aún
puestos. La blancura de las prendas se confundía con la blancura de su cuerpo.
- Has de desnudarte por completo, Emma. – le advirtió el
doctor
- Ninguna de las chicas se desnuda. – dijo Emma tímidamente,
con una vocecita casi imperceptible
- Si no te desnudas, no podré terminar la revisión médica
adecuadamente. – dijo el doctor
- No quiero desnudarme sin hablar antes con mis padres.
El doctor dejó a un lado sus papeles. Sacó una carpeta azul
del cajón, y de ella extrajo cuidadosamente un papel que Emma intuyó que era un
boletín de notas.
- Por lo que veo aquí, has suspendido Historia. – observó el
doctor
- El director me ha la suspendido a propósito. – denunció
Emma
El doctor lo sabía. El doctor, que era el profesor de
Biología, había aprobado al hijo del director cuando no pasaba del puro cero.
Era la única asignatura que le quedaba para ingresar en la universidad. El
director, en agradecimiento, había accedido a suspender a Emma, a la dulce Emma,
a la alumna que nunca protestaba.
- Si pasas correctamente tu examen médico, se podrá hacer
algo con esta asignatura.
Emma temblaba y enrojecía de vergüenza. Ella no era como las
chulas del patio. Ella no conocía la calle, ni los cuerpos de los hombres, ni
había bebido nunca, ni había probado las drogas. No quería suspender. Un
suspenso era algo impensable en su casa. Pero sabía que aquello era injusto, que
el examen estaba más que aprobado. Sin embargo, mientras pensaba esto, ya se
estaba desabrochando el sujetador por la espalda. Se lo quitó y lo lanzó al
suelo. No separó las manos de sus tetas. El doctor le hizo una señal: - Ahora
las braguitas, por favor, Emma. Terminemos pronto la revisión.
Una lágrima de indignación le rodó mejilla abajo. Con el
brazo izquierdo abarcando sus dos tetitas, bajó la mano derecha hasta las
bragas. No las pudo bajar del todo y hubo de usar las dos manos con rapidez. Ese
pequeño intervalo de tiempo le hizo gracia al doctor. Era una chiquilla tan
adorable… Quedó frente a él con el brazo izquierdo sobre las tetas y la mano
derecha sobre el coño.
- Las manos atrás, por favor. – especificó el doctor
Emma miraba al suelo, sollozando de rabia.
- Las manos atrás. ¿Crees que tengo toda la mañana? – el
doctor se irritó
Emma, con lentitud, retiró las manos. El doctor no pudo
contener una horrible mueca de asombro, una atronadora pulsión de excitación en
el estómago que le bajaba hasta la polla, que sintió cargada de electricidad.
Bajo el rostro felino de Emma, enmarcado en su carita pequeña
y proporcionada, latía un cuerpo que parecía a punto de reventar de esplendor.
Bajo su cuello delgado y endeble, se destacaba una clavícula prominente y fina,
pero a la vez fuerte, y bajo ella, dos tetitas pequeñas, ligeramente separadas
entre sí, de aureolas rosadas casi imperceptibles y de pezones grandes,
endurecidos por la vergüenza. Las líneas descendían y, bajo el minúsculo
ombligo, se abrían en unas caderas bien marcadas, de líneas finas, que
desembocaban en dos piernas largas, de tersas carnes y redondeadas rodillas. Era
un cuerpo blanco y brillante, como el de un hada o un ángel. Temblaban el pecho
y el estómago agitadamente. En su coñito, pequeño, crecía un bosque de pelusa
dorada poco espeso.
El doctor sonrió maliciosamente.
- Está bien. Voy a hacerte las preguntas pertinentes.
Le preguntó si había padecido alergias, si alguna vez la
habían operado, si dormía bien, si guardaba una dieta equilibrada, si hacía
ejercicio. Emma respondía sumisa, hondamente asqueada. Le hizo todas las
preguntas así mismo: ella desnuda ante él, con las manos atrás, respondiéndole,
y él frío tras la mesa, vestido, con rostro académico.
- Muy bien, pasa a la camilla.
Emma se acercó a la camilla. Era grácil moviéndose, como una
cervatilla, pero a la vez tenía algo de torpeza, como un pajarito.
- Espera un momento. – le dijo él – No te tumbes.
Le ordenó que se apoyara con las manos en la camilla de
espaldas a él. Observó su culito, blanco, esponjoso y a la vez terso, como un
melocotón no del todo maduro. Lo probó con el tacto. Lo masajeó un poco. Observó
como una lágrima cayó en las sábanas blandas. Después, recorrió con las dos
manos la espalda: desde las caderas hasta los hombros, desde las caderas hasta
los hombros, desde las caderas hasta los hombros. Se atrevió a meter un dedo en
su ano. Ligeramente. Lo sacó en seguida.
- No te preocupes. – le dijo al oído – No vas a perder tu
virginidad. No voy a arriesgarme. Pero sí que vamos a terminar el examen.
Le ordeno voltearse y sentarse en la camilla. Emma lo hizo
torpemente. Le palpó las tetitas y las sopesó con esmero. Se dio cuenta de que
eran ligeramente picuditas. Le hizo cosquillas en los pezones. Emma intentó
resistirse en un principio, pero recordó el suspenso, y miró al techo de la
enfermería y se dejó hacer. El doctor se los apretó. Un gemido de dolor y placer
desgarró la sala. El doctor los dejó. Le masajeó la barriguita, y de ahí le
acarició el vello de oro, suave, débil. Le ordenó abrir las piernas. Observó el
chochito abierto en todo su esplendor. Estaba mojado. Se rió.
- En el fondo no te está desagradando, Emma.
Ella no dijo nada: siguió mirando al techo, aguantando las
lágrimas. El doctor se pasó a las piernas. Desde las rodillas subía hasta la
ingle, y allí se detenía y volvía a las rodillas. Abarcaba toda la carne posible
entre sus dedos. Carne tibia, ya algo sudorosa. Dejó las piernas y ya acarició
el coño: los labios los excitó moviendo un dedo arriba y abajo, arriba y abajo.
¡Como hubiera querido poseerla allí mismo! Apretarse contra
su cuerpecito desnudo, poseerla contra la camilla, contra las paredes, contra el
suelo, contra el armario. Hacerle chillar. Pero tendría que conformarse con eso.
No se atrevió a introducirle el dedo del todo.
Puedes vestirte. – le dijo casi malhumorado – Historia
está aprobada.
Emma se vistió entre lágrimas. Aulló la sirena del
instituto.