No era una noche agradable.
Terminé de beber el café con brusquedad y apenas noté como el
líquido amargo y caliente me pasaba por la garganta. No tenía tiempo para
sentir. Me levanté de la mesa y me giré hacia la ventana, perdiendo mi mirada
entre las calles. La chaqueta no era necesaria así que me deshice de ella. Me
dirigí hacia la puerta pero dudé un segundo, ¿qué sentido tenía todo aquello?
Tenía que dejarlo, continuar con mi vida y olvidar todo cuanto me había
ocurrido.
No pude evitarlo, abrí la puerta y abandoné la casa de nuevo,
como tantas otras noches.
El aire era caluroso, ¿por qué eran tan diferentes las noches
aquí, en la urbe? No sabía a dónde dirigirme pero tampoco importaba, sólo tenía
que vagar, como siempre, a través de las arterias de aquel monstruo de ciudad.
En realidad no importaba, si ella no quisiera que la encontrase ningún esfuerzo
mío iba a contrariar tal deseo; y si ella quería encontrarme no era siquiera
necesario que saliese del piso. Pero yo sabía lo que pasaría si no salía, me
acurrucaría tembloroso en mi habitación y leería con trémula mente cansada hasta
que me quedase dormido al amanecer. Cuando caminas te es más fácil pensar, el
movimiento te permite tener una sola cosa en mente o al menos eso me pasaba a
mí.
Avancé a ciegas por las calles, no me importaba dónde acabase
pero de vez en cuando intentaba memorizar la zona para volver con facilidad,
sabía que no podría recordar casi nada y que tendría que pedir un taxi para
llegar a casa pero era algo que hacía para al menos tener la sensación de que
estaba cuerdo.
Porque realmente había perdido la cabeza. Y lo peor de todo
es que disfrutaba con ello.
Me paré cerca de un establecimiento de esos orientales en los
que venden velas mágicas, amuletos de la suerte, manuales de adivinación y todas
esas baratijas de esoterismo. En el escaparate una silla increíblemente hortera
con gravados de aspecto clásico servía de asiento a un muñeco de esos en los que
se clavan alfileres para provocar malestar. Nunca había creído en las ciencias
ocultas ni en las teorías orientales del chi y los flujos de energía pero se me
pasó por la cabeza una idea absurda: quería entrar y preguntar al dependiente
sobre vampiros. Una sonrisa de ironía afloró a mis labios cuando aprecié lo que
estaba a punto de hacer pero antes de que mi pie descansase en el interior de la
tienda algo me ocurrió.
De pronto sentí una gran angustia, una brusca sensación de
presión en el pecho me obligó a inclinarme y resollar apoyado en la pared. Tuve
una violenta arcada y casi devuelvo pero pude contenerme.
Recuperé la compostura y la sensación desapareció tan
súbitamente como había llegado. Pero me dejó algo, un extraño sentimiento de
triunfo en lo más hondo de mi mente que aún no se como definir. Entonces me di
cuenta de un sorprendente hecho: sabía a dónde debía ir, no sabía por qué o cuál
era el lugar pero estaba totalmente seguro de la secuencia de movimientos que
tendría que ejecutar para llegar a… a donde fuera.
Las calles pasaron como centellas a mi paso y apenas recuerdo
el trayecto pero antes de que pudiese pensar claramente estaba ante una puerta
de acero con el ominoso cartel de "No pasar".
Recuperé parte de mi cordura en ese momento, imponiendo mi
prudencia al instinto ajeno que me instaba a abrir aquella puerta y precipitarme
en ese espacio desconocido.
Pegué la oreja contra la fría superficie de metal y escuché
con atención: había un rumor lejano que tanto podría ser el agua de las tuberías
como una voz humana.
-Entrar o no entrar.-susurré- Esa es la cuestión.
El aire nocturno no me dio respuesta alguna y la extraña
conciencia que gritaba en mi pecho tomó el control. Accioné la manilla y la
puerta se abrió con desventurado chirrido.
Una nube de polvo ocupaba el lugar, el sabor de la sustancia
que se asentó en mi boca me llevó a la conclusión de que se trataba de yeso,
tuve la absurda idea de que me había colado en una obra a deshora pero el
silencio y la oscuridad me dejaron claro mi error. Unas escaleras de cemento
desnudo descendían desde mi posición guiadas por una línea verde en la pared.
Descendí con cautela y en silencio pegándome al tabique interno del edificio.
Ahora era indudable que unas voces ascendían desde el fondo de aquel lugar. Unas
voces demasiado lejanas y modificadas por el eco como para ambicionar a
entenderlas.
La escalera giró hacia una sala amplia donde la nube de yeso
era mucho más densa y una luz parecía ascender desde algún punto inconcreto del
suelo de asfalto. Observé con premura el lugar, intentando evaluar la situación.
Parecía un viejo garaje de vecindad abandonado. Dos hombres con idénticos trajes
blancos flanqueaban a un tipo más alto vestido con un esmoquin negro y un bastón
de buena factura. En medio de la sala, una montaña de escombros se asentaba bajo
un gran boquete en el techo del complejo desde el que caían espesas nubecillas
de yeso en polvo.
Y allí se asentó mi temor. Enterrada parcialmente por los
restos del edificio se encontraba ella, atrapada con una viga de hormigón
cubriéndole el torso y forcejeando para librarse de su pétreo captor. El tipo
del esmoquin parecía divertido por los esfuerzos de Rayne (otra vez su nombre,
ni siquiera en ese momento recordé cuándo me lo había dicho) por escapar, y
continuaba hablándole en lo que yo pensaba que era francés.
Luego una única palabra autoritaria salió de sus labios
dirigida a sus compañeros. Giró elegantemente sobre sus talones y se marchó
hacia las sombras de la sala sacudiendo de su vestimenta negra los restos de
polvo que manchaban su impoluta estampa. Los pasos del misterioso personaje se
alejaron rápidamente a pesar de su ritmo tranquilo y pronto me di cuenta de que
simplemente el extraño había atravesado la pared en sombras a la izquierda de mi
posición.
Mi atención fue de nuevo reclamada por los dos guardaespaldas
(no encontré término más afín con su labor) que se habían acercado a la
inmovilizada Rayne desenfundado sendas navajas y sendas sonrisas perversas. Uno
de ellos acarició la mejilla de la pelirroja. Algo surgió en mi mente, una llama
de ira y de indignación pero logré contener mi arrebato y evitar lanzarme hacia
ellos con ansias suicidas. Descendí en silencio por las escaleras mientras el
más cercano alzaba la hoja de su mano para asestar una puñalada al rostro de mi
obsesión.
No llegó a avanzar ni un centímetro más, mi mano se cerró
sobre su brazo y lo retorcí hacia atrás a la vez que golpeaba con el puño sus
riñones. Aprovechando la distracción, ella alzó una de sus piernas y pateó con
fuerza al otro, clavándole la estaca metálica de sus botas en el estómago y
enviándolo casi a seis metros de allí.
Mi apresurado duelo con el primer agresor fue mucho más
sencillo de lo que esperaba, dio un par de tajos con la navaja hacia mí y me
hico un corte profundo en mi brazo derecho. Colé un codazo bajo su rostro
directo a su barbilla y lo hice retroceder lo suficiente para que Rayne le diese
a él también una soberbia patada que lo dejó temporalmente fuera de combate.
Me posicioné justo detrás de ella, primero aparté todos los
cascotes grandes que pude y luego me acurruqué entre los escombros empujando con
mi cuerpo entero la viga que la aprisionaba a la vez que ella, con su fuerza
sobrenatural, intentaba escabullirse de la rígida presa. Con una brusca flexión
de su figura, consiguió salir de allí y me miró con esos ojos de azufre, en un
rostro en el que la gratitud apenas era camuflada por la ferocidad. Luego su
mirada amarilla se dirigió con frialdad hacia sus atacantes, prometiendo el
terror más absoluto.
Los matones de blanco ya estaban de nuevo en pie, uno de
ellos, el mismo que me había herido, empuñaba una pistola y sonreía con aire de
suficiencia. Apuntó a mi pecho y apretó el gatillo. El tiempo pareció detenerse
para mí, sabía que la bala me alcanzaría aún antes de que me llegase el sonido
de la detonación. Un borrón grisáceo apareció ante mí instantes antes de que el
proyectil me atravesase y sorprendido vi como rebotaba contra una de las
cuchillas desenfundadas de Rayne.
El ver esa terrible arma en posición de combate provocó en mí
una extraña reacción, la adrenalina recorrió mi cuerpo como un torrente de
magma. Percibí, excitado, como un arpón salía disparado del mecanismo de
repliegue de las cimitarras y arrancaba la pistola de la mano de nuestro
enemigo. Ella se abalanzó con un siseo de ansia hacia el mismo matón, quien se
frotaba la mano escocida por el ataque súbito de la púa.
-¡No!-el grito salió de mi garganta sin siquiera ser
consciente yo de ello.-¡Ese es mío!
Ella sonrió con complicidad y se aproximó con cruel paciencia
al segundo atacante. El rencor inundaba mi cabeza, recordaba amargamente la
caricia malhadada que le había dado a Rayne y me inflamé de ira. Corrí hacia y
le golpeé en el estómago, sin importarme otro tajo superficial en la carne de mi
torso. Una vez lo tuve en combate cerrado y sin dejarle usar la navaja, solté
contra su cuerpo una andanada de puñetazos y algún cabezazo ocasional.
Ahí se extinguió otro aspecto de mí.
Sin siquiera pensarlo, le propiné un rodillazo en su
entrepierna. Cuando se dobló de dolor lo sujeté con fuerza y dirigí mis dientes
a su cuello, imitando devotamente la doctrina de mi musa sanguinaria. Sentí el
sabor metálico y salado de su sangre abotargar todos mis sentidos, sus gritos de
horror complacieron la nueva ansia de mis oídos. Cuando me di cuenta su cuerpo
estaba flácido como una bolsa y sólo lo sostenía mi mortal abrazo.
Murió, y con él murió mi inocencia.
Dejé caer el cadáver, tambaleándome tanto de regocijo como de
terror. Me incliné sobre el suelo y vomité, vomité sangre. La sustancia carmín
golpeó ruidosamente el suelo, sentí que ese fluido no sólo manchaba mi ropa y mi
entorno sino también mi propia alma.
Contemplé el rastro de mi crimen, el cuerpo tenía la garganta
totalmente desgarrada, nada parecido a la leve y sutil herida que ella me había
hecho un par de noches antes. Yo le había abierto el cuello hasta alcanzar la
roja recompensa de mi crimen, apartando la carne y la piel como si no fuesen más
que la cáscara de una naranja.
La turbación fue abandonando mi mente poco a poco y pude
observar un espectáculo que casi había pasado por alto: a mi ángel guerrero
luchando.
Rayne ni siquiera tenía desenvainadas sus espadas, golpeaba
con velocidad y precisión asombrosa usando sus puños. Luego arreó una tremenda
bofetada al otro tipo y lo dejó casi inconsciente, sujeto por el cuello con una
de sus manos. Con intencionada y malvada lentitud, tomó de su mano exangüe la
navaja y la aplicó a su barbilla desde un lateral.
El grito agónico del matón confirmó mis sospechas, sabía lo
suficiente de anatomía como para reconocer que estaba clavando el arma justo en
la rama mandibular del trigémino, un nervio bastante grueso que controla los
músculos de la cara. Los pantalones blancos del patético tipo se oscurecieron
por la humedad que corría libremente desde su vejiga.
Rayne lo soltó y dejó que cayera al suelo, el desdichado sólo
pudo resollar un poco antes de que la guadaña que ella portaba lo decapitase sin
piedad alguna.
Por algún motivo toda la grotesca escena no me afectó, era
como si no estuviese allí, como si sólo hubiera sido testigo ajeno de la
masacre. Ella se volvió hacia mí y su mirada reflejó algo que no había visto
nunca en ningún ser.
-¡Oh, no!- gimió- Por favor, no.
Esas palabras me provocaron un miedo visceral muy superior a
cualquier cosa que hubiera sentido antes. Luego me percaté de que esas eran las
primeras palabras que oía de ella.
Corrió hacia mí mientras las cuchillas se replegaban de nuevo
con característicos chasquidos metálicos. Me abrazó con cuidado y dejó que
descansase mis mermadas fuerzas entre sus brazos. Me sentía ausente, había
perdido ya la sensación de culpa por mi crimen y poco a poco mi percepción se
fue nublando con el calor de su tacto.
Era curioso: siempre que me encontraba con ella acababa
inconsciente.
Ya sabía yo que no iba a ser una noche agradable.
Desperté en un lugar extraño, ocupando un lecho que me era
desconocido. El lugar entero estaba en sombras, ni la más mínima luz. Me llevé
la muñeca izquierda a la cara y tanteé hasta accionar el botón que iluminaba la
esfera de mi reloj de pulsera. Eran las tres y media de la tarde.
No tardé en sospechar el lugar en el que me encontraba y me
pregunté si ahora el contacto con la luz del Sol me sería a mí tan dañino como
creía que le era a mi extraña compañera de aventuras.
Estaba sumido en esos pensamientos cuando algo se removió en
la cama, cerca de mí. Con inseguridad y timidez, fui alargando un brazo hacia la
fuente del movimiento y al final rocé un hombro, un hombro descubierto y cálido.
Tardé en caer en la cuenta de que mi propio cuerpo también estaba desnudo y
escuché una respiración tenue y plácida cerca de mí. Volví a alargar la mano en
busca de su rostro y hallé su melena corta y sedosa. Aparté con suavidad un
mechón de pelo, que adivinaba escarlata, de su cara y retiré mi brazo, ella no
necesitaba más mis atenciones por hoy y parecía profundamente dormida. Luego
recordé que no sabía siquiera si ella precisaba respirar o lo hacía por hábito.
Olvidé el tema, ya habría tiempo de preguntas más tarde. Me acomodé un poco en
las sábanas y no tardé en dormirme de nuevo. Le dediqué todos mis sueños a ella.
Había probado la más letal arma de la noche, había mirado al borde del abismo de
la inhumanidad y había caído; pero poco me importaba. Estaba atrapado en los
lazos de la fuerza más sobrecogedora que mortal o vampiro alguno pueda sufrir:
me había enamorado.
Lamento enormemente el retraso casi eterno pero la facultad y
los exámenes me han tenido muy ocupado. En fin, Corr vuelve a la escritura y el
siguiente relato de la saga ya está casi listo (por cierto, lo siento por los
que esperaban sexo pero no ha podido ser, prometo que el próximo está servido de
situaciones eróticas). Bueno, lo de siempre; espero comentarios y me despido
hasta pronto.