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 TODORELATOS.COM Fecha: 04 de Diciembre, 2008.
Fecha: 12-Jul-06 « Anterior | Siguiente » en Parodias (559 de 976)

Lazos de Sangre

Corr
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BloodRayne: segunda crónica. A veces los depredadores más hábiles han de ser salvados por sus inferiores, la historia del ratón y el león recuerda con ironía una noche anodina en esta ciudad de terrores ocultos. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

No era una noche agradable.

Terminé de beber el café con brusquedad y apenas noté como el líquido amargo y caliente me pasaba por la garganta. No tenía tiempo para sentir. Me levanté de la mesa y me giré hacia la ventana, perdiendo mi mirada entre las calles. La chaqueta no era necesaria así que me deshice de ella. Me dirigí hacia la puerta pero dudé un segundo, ¿qué sentido tenía todo aquello? Tenía que dejarlo, continuar con mi vida y olvidar todo cuanto me había ocurrido.

No pude evitarlo, abrí la puerta y abandoné la casa de nuevo, como tantas otras noches.

El aire era caluroso, ¿por qué eran tan diferentes las noches aquí, en la urbe? No sabía a dónde dirigirme pero tampoco importaba, sólo tenía que vagar, como siempre, a través de las arterias de aquel monstruo de ciudad. En realidad no importaba, si ella no quisiera que la encontrase ningún esfuerzo mío iba a contrariar tal deseo; y si ella quería encontrarme no era siquiera necesario que saliese del piso. Pero yo sabía lo que pasaría si no salía, me acurrucaría tembloroso en mi habitación y leería con trémula mente cansada hasta que me quedase dormido al amanecer. Cuando caminas te es más fácil pensar, el movimiento te permite tener una sola cosa en mente o al menos eso me pasaba a mí.

Avancé a ciegas por las calles, no me importaba dónde acabase pero de vez en cuando intentaba memorizar la zona para volver con facilidad, sabía que no podría recordar casi nada y que tendría que pedir un taxi para llegar a casa pero era algo que hacía para al menos tener la sensación de que estaba cuerdo.

Porque realmente había perdido la cabeza. Y lo peor de todo es que disfrutaba con ello.

Me paré cerca de un establecimiento de esos orientales en los que venden velas mágicas, amuletos de la suerte, manuales de adivinación y todas esas baratijas de esoterismo. En el escaparate una silla increíblemente hortera con gravados de aspecto clásico servía de asiento a un muñeco de esos en los que se clavan alfileres para provocar malestar. Nunca había creído en las ciencias ocultas ni en las teorías orientales del chi y los flujos de energía pero se me pasó por la cabeza una idea absurda: quería entrar y preguntar al dependiente sobre vampiros. Una sonrisa de ironía afloró a mis labios cuando aprecié lo que estaba a punto de hacer pero antes de que mi pie descansase en el interior de la tienda algo me ocurrió.

De pronto sentí una gran angustia, una brusca sensación de presión en el pecho me obligó a inclinarme y resollar apoyado en la pared. Tuve una violenta arcada y casi devuelvo pero pude contenerme.

Recuperé la compostura y la sensación desapareció tan súbitamente como había llegado. Pero me dejó algo, un extraño sentimiento de triunfo en lo más hondo de mi mente que aún no se como definir. Entonces me di cuenta de un sorprendente hecho: sabía a dónde debía ir, no sabía por qué o cuál era el lugar pero estaba totalmente seguro de la secuencia de movimientos que tendría que ejecutar para llegar a… a donde fuera.

Las calles pasaron como centellas a mi paso y apenas recuerdo el trayecto pero antes de que pudiese pensar claramente estaba ante una puerta de acero con el ominoso cartel de "No pasar".

Recuperé parte de mi cordura en ese momento, imponiendo mi prudencia al instinto ajeno que me instaba a abrir aquella puerta y precipitarme en ese espacio desconocido.

Pegué la oreja contra la fría superficie de metal y escuché con atención: había un rumor lejano que tanto podría ser el agua de las tuberías como una voz humana.

-Entrar o no entrar.-susurré- Esa es la cuestión.

El aire nocturno no me dio respuesta alguna y la extraña conciencia que gritaba en mi pecho tomó el control. Accioné la manilla y la puerta se abrió con desventurado chirrido.

Una nube de polvo ocupaba el lugar, el sabor de la sustancia que se asentó en mi boca me llevó a la conclusión de que se trataba de yeso, tuve la absurda idea de que me había colado en una obra a deshora pero el silencio y la oscuridad me dejaron claro mi error. Unas escaleras de cemento desnudo descendían desde mi posición guiadas por una línea verde en la pared. Descendí con cautela y en silencio pegándome al tabique interno del edificio. Ahora era indudable que unas voces ascendían desde el fondo de aquel lugar. Unas voces demasiado lejanas y modificadas por el eco como para ambicionar a entenderlas.

La escalera giró hacia una sala amplia donde la nube de yeso era mucho más densa y una luz parecía ascender desde algún punto inconcreto del suelo de asfalto. Observé con premura el lugar, intentando evaluar la situación. Parecía un viejo garaje de vecindad abandonado. Dos hombres con idénticos trajes blancos flanqueaban a un tipo más alto vestido con un esmoquin negro y un bastón de buena factura. En medio de la sala, una montaña de escombros se asentaba bajo un gran boquete en el techo del complejo desde el que caían espesas nubecillas de yeso en polvo.

Y allí se asentó mi temor. Enterrada parcialmente por los restos del edificio se encontraba ella, atrapada con una viga de hormigón cubriéndole el torso y forcejeando para librarse de su pétreo captor. El tipo del esmoquin parecía divertido por los esfuerzos de Rayne (otra vez su nombre, ni siquiera en ese momento recordé cuándo me lo había dicho) por escapar, y continuaba hablándole en lo que yo pensaba que era francés.

Luego una única palabra autoritaria salió de sus labios dirigida a sus compañeros. Giró elegantemente sobre sus talones y se marchó hacia las sombras de la sala sacudiendo de su vestimenta negra los restos de polvo que manchaban su impoluta estampa. Los pasos del misterioso personaje se alejaron rápidamente a pesar de su ritmo tranquilo y pronto me di cuenta de que simplemente el extraño había atravesado la pared en sombras a la izquierda de mi posición.

Mi atención fue de nuevo reclamada por los dos guardaespaldas (no encontré término más afín con su labor) que se habían acercado a la inmovilizada Rayne desenfundado sendas navajas y sendas sonrisas perversas. Uno de ellos acarició la mejilla de la pelirroja. Algo surgió en mi mente, una llama de ira y de indignación pero logré contener mi arrebato y evitar lanzarme hacia ellos con ansias suicidas. Descendí en silencio por las escaleras mientras el más cercano alzaba la hoja de su mano para asestar una puñalada al rostro de mi obsesión.

No llegó a avanzar ni un centímetro más, mi mano se cerró sobre su brazo y lo retorcí hacia atrás a la vez que golpeaba con el puño sus riñones. Aprovechando la distracción, ella alzó una de sus piernas y pateó con fuerza al otro, clavándole la estaca metálica de sus botas en el estómago y enviándolo casi a seis metros de allí.

Mi apresurado duelo con el primer agresor fue mucho más sencillo de lo que esperaba, dio un par de tajos con la navaja hacia mí y me hico un corte profundo en mi brazo derecho. Colé un codazo bajo su rostro directo a su barbilla y lo hice retroceder lo suficiente para que Rayne le diese a él también una soberbia patada que lo dejó temporalmente fuera de combate.

Me posicioné justo detrás de ella, primero aparté todos los cascotes grandes que pude y luego me acurruqué entre los escombros empujando con mi cuerpo entero la viga que la aprisionaba a la vez que ella, con su fuerza sobrenatural, intentaba escabullirse de la rígida presa. Con una brusca flexión de su figura, consiguió salir de allí y me miró con esos ojos de azufre, en un rostro en el que la gratitud apenas era camuflada por la ferocidad. Luego su mirada amarilla se dirigió con frialdad hacia sus atacantes, prometiendo el terror más absoluto.

Los matones de blanco ya estaban de nuevo en pie, uno de ellos, el mismo que me había herido, empuñaba una pistola y sonreía con aire de suficiencia. Apuntó a mi pecho y apretó el gatillo. El tiempo pareció detenerse para mí, sabía que la bala me alcanzaría aún antes de que me llegase el sonido de la detonación. Un borrón grisáceo apareció ante mí instantes antes de que el proyectil me atravesase y sorprendido vi como rebotaba contra una de las cuchillas desenfundadas de Rayne.

El ver esa terrible arma en posición de combate provocó en mí una extraña reacción, la adrenalina recorrió mi cuerpo como un torrente de magma. Percibí, excitado, como un arpón salía disparado del mecanismo de repliegue de las cimitarras y arrancaba la pistola de la mano de nuestro enemigo. Ella se abalanzó con un siseo de ansia hacia el mismo matón, quien se frotaba la mano escocida por el ataque súbito de la púa.

-¡No!-el grito salió de mi garganta sin siquiera ser consciente yo de ello.-¡Ese es mío!

Ella sonrió con complicidad y se aproximó con cruel paciencia al segundo atacante. El rencor inundaba mi cabeza, recordaba amargamente la caricia malhadada que le había dado a Rayne y me inflamé de ira. Corrí hacia y le golpeé en el estómago, sin importarme otro tajo superficial en la carne de mi torso. Una vez lo tuve en combate cerrado y sin dejarle usar la navaja, solté contra su cuerpo una andanada de puñetazos y algún cabezazo ocasional.

Ahí se extinguió otro aspecto de mí.

Sin siquiera pensarlo, le propiné un rodillazo en su entrepierna. Cuando se dobló de dolor lo sujeté con fuerza y dirigí mis dientes a su cuello, imitando devotamente la doctrina de mi musa sanguinaria. Sentí el sabor metálico y salado de su sangre abotargar todos mis sentidos, sus gritos de horror complacieron la nueva ansia de mis oídos. Cuando me di cuenta su cuerpo estaba flácido como una bolsa y sólo lo sostenía mi mortal abrazo.

Murió, y con él murió mi inocencia.

Dejé caer el cadáver, tambaleándome tanto de regocijo como de terror. Me incliné sobre el suelo y vomité, vomité sangre. La sustancia carmín golpeó ruidosamente el suelo, sentí que ese fluido no sólo manchaba mi ropa y mi entorno sino también mi propia alma.

Contemplé el rastro de mi crimen, el cuerpo tenía la garganta totalmente desgarrada, nada parecido a la leve y sutil herida que ella me había hecho un par de noches antes. Yo le había abierto el cuello hasta alcanzar la roja recompensa de mi crimen, apartando la carne y la piel como si no fuesen más que la cáscara de una naranja.

La turbación fue abandonando mi mente poco a poco y pude observar un espectáculo que casi había pasado por alto: a mi ángel guerrero luchando.

Rayne ni siquiera tenía desenvainadas sus espadas, golpeaba con velocidad y precisión asombrosa usando sus puños. Luego arreó una tremenda bofetada al otro tipo y lo dejó casi inconsciente, sujeto por el cuello con una de sus manos. Con intencionada y malvada lentitud, tomó de su mano exangüe la navaja y la aplicó a su barbilla desde un lateral.

El grito agónico del matón confirmó mis sospechas, sabía lo suficiente de anatomía como para reconocer que estaba clavando el arma justo en la rama mandibular del trigémino, un nervio bastante grueso que controla los músculos de la cara. Los pantalones blancos del patético tipo se oscurecieron por la humedad que corría libremente desde su vejiga.

Rayne lo soltó y dejó que cayera al suelo, el desdichado sólo pudo resollar un poco antes de que la guadaña que ella portaba lo decapitase sin piedad alguna.

Por algún motivo toda la grotesca escena no me afectó, era como si no estuviese allí, como si sólo hubiera sido testigo ajeno de la masacre. Ella se volvió hacia mí y su mirada reflejó algo que no había visto nunca en ningún ser.

-¡Oh, no!- gimió- Por favor, no.

Esas palabras me provocaron un miedo visceral muy superior a cualquier cosa que hubiera sentido antes. Luego me percaté de que esas eran las primeras palabras que oía de ella.

Corrió hacia mí mientras las cuchillas se replegaban de nuevo con característicos chasquidos metálicos. Me abrazó con cuidado y dejó que descansase mis mermadas fuerzas entre sus brazos. Me sentía ausente, había perdido ya la sensación de culpa por mi crimen y poco a poco mi percepción se fue nublando con el calor de su tacto.

Era curioso: siempre que me encontraba con ella acababa inconsciente.

Ya sabía yo que no iba a ser una noche agradable.

Desperté en un lugar extraño, ocupando un lecho que me era desconocido. El lugar entero estaba en sombras, ni la más mínima luz. Me llevé la muñeca izquierda a la cara y tanteé hasta accionar el botón que iluminaba la esfera de mi reloj de pulsera. Eran las tres y media de la tarde.

No tardé en sospechar el lugar en el que me encontraba y me pregunté si ahora el contacto con la luz del Sol me sería a mí tan dañino como creía que le era a mi extraña compañera de aventuras.

Estaba sumido en esos pensamientos cuando algo se removió en la cama, cerca de mí. Con inseguridad y timidez, fui alargando un brazo hacia la fuente del movimiento y al final rocé un hombro, un hombro descubierto y cálido. Tardé en caer en la cuenta de que mi propio cuerpo también estaba desnudo y escuché una respiración tenue y plácida cerca de mí. Volví a alargar la mano en busca de su rostro y hallé su melena corta y sedosa. Aparté con suavidad un mechón de pelo, que adivinaba escarlata, de su cara y retiré mi brazo, ella no necesitaba más mis atenciones por hoy y parecía profundamente dormida. Luego recordé que no sabía siquiera si ella precisaba respirar o lo hacía por hábito. Olvidé el tema, ya habría tiempo de preguntas más tarde. Me acomodé un poco en las sábanas y no tardé en dormirme de nuevo. Le dediqué todos mis sueños a ella. Había probado la más letal arma de la noche, había mirado al borde del abismo de la inhumanidad y había caído; pero poco me importaba. Estaba atrapado en los lazos de la fuerza más sobrecogedora que mortal o vampiro alguno pueda sufrir: me había enamorado.

 

Lamento enormemente el retraso casi eterno pero la facultad y los exámenes me han tenido muy ocupado. En fin, Corr vuelve a la escritura y el siguiente relato de la saga ya está casi listo (por cierto, lo siento por los que esperaban sexo pero no ha podido ser, prometo que el próximo está servido de situaciones eróticas). Bueno, lo de siempre; espero comentarios y me despido hasta pronto.

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