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[ Pan, vino y mujer, si han de ser buenos, de Toledo han de ser. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 04 de Diciembre, 2008.
Fecha: 11-Jul-06 « Anterior | Siguiente » en Gays (4508 de 6573)

El Realquilado

MARQUESDEJADE
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De como aquel machote que casi me doblaba la edad disfrutó de mi culito virgen. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

            La historia que voy a contaros tuvo lugar en la realidad y me demuestra que una buena cantidad de personas somos bisexuales. Para los hombres es algo en general dificil de reconocer. Yo hoy lo acepto plenamente y a mis 50 sé que hay partes de mi cuerpo con las que puedo intercambiar placer con personas, sean estas hombres o mujeres.

            Siempre rechacé ese impulso que veía nacer en mi desde la adolescencia y que me hacía sentir deseo por otros chicos. Tocarme, era una mezcla de deseo intenso y culpa. No digamos cuando empecé a darme cuenta del placer que me producía meterme los dedos en el ano y cuando seguí investigando con múltiples objetos que entraban en mi recto, para mi mayor deleite.

            Aunque la bisexualidad fué siempre un hecho y una vivencia inevitables, siempre me sentí  atraído por el cuerpo femenino,así que me enamoré de una mujer a los 26 y me casé a los 29. Mi mujer había tenido múltiples relaciones con hombres antes de conocerme (y algunas después) y aunque no me dió el placer que yo necesitaba, pues siempre he sido muy activo sexualmente, tuvimos unos años de una aceptable actividad sexual.

            Teníamos problemas económicos que nos llevaron a tomar la decisión de alquilar dos habitaciones de la casa para poder sobrevivir. Después de tres años de tener estudiantes a pensión completa y consecuentemente ser ellos demasiado jóvenes para que pudieramos entendernos demasiado bien, vinieron, Fernando, que era un poco más joven que nosotros y con quien la relación fué desde el principio fluída y estupenda y César, un hombre que rozaba los sesenta. César era de un pueblo pequeño de Tierra de Campos, inculto, casi analfabeto y muy tímido. Había vivido toda su vida con sus padres,  soltero y no había tenido contacto alguno con ninguna mujer de modo que a esa edad era totalmente virgen.

            Yo tenía 33 años cuando mi mujer empezó a trabajar por las mañanas y yo me encontraba desocupado. Fernando acababa de dejarnos así que César y yo nos quedabamos solos en casa hasta el mediodía cuando volvía María del trabajo.

             Una mañana, yo me había levantado como tantas a prepararme el desayuno. Había dormido con una camiseta que me quedaba muy corta. Era la única prenda que llevaba y sentí el impulso de no vestirme más aún sabiendo que César que estaba a punto de levantarse podría verme las nalgas. Sentí excitación al verme desnudo, con la parte más "vulnerable" de mí al descubierto. Nuestra cultura nos ha condicionado en la relacion con nuestro propio cuerpo. Nos ha hecho sentirnos culpables por sentir deseo y por mostrar el cuerpo desnudo a nuestros propios ojos y a los de los demás.. Cuando mi amigo se levantó y abrió la puerta de su dormitorio, estuve a punto de ocultarme de su vista, pero no, permanecí en mi puesto, de pié, al lado del fogón, calentando la leche y a pesar de mi calentura, aparentando naturalidad en el hecho de mostrar mi trasero desnudo a alguien tan rural como César.

            Mi corazón latía rápido y de reojo intentaba captar la reacción de aquel hombre que caminaba por el pasillo, en calzoncillos, hacia el cuarto de baño, mientras me observaba con sorpresa no quitando ojo de mi culo al aire. Nos saludamos con cortesía y él entró como cada mañana en el baño para sus acciones mañaneras. Me sentía tan excitado que se me quitó el apetito y en lo que menos pensaba era en desayunar. Controlé la erección pues no quería que supiera de mi estado y me paseé varias veces de la habitación a la cocina, no sabiendo si ocultarme de su vista o mostrarme para que me viera otra vez. Opté por hacerme el tonto y pasearme delante de sus ojos, un poco más abiertos de lo habitual, cuando salió del baño, mostrándole de nuevo mi culito, mientras me dirigía con el desayuno hacia la salita, contígua a la cocina.

            Mientras él se vestía me toqué presa de una tremenda excitación y no pude evitar eyacular sobre el desayuno ni tampoco silenciar mis jadeos al tiempo que los chorros de semen salían a borbotones de mi pipí. César salió con toda normalidad como cada mañana y yo me tumbé en la cama disfrutando de la sensación de estar desnudo y me dormí.

            Decidí los días siguientes mostrarle mis encantos a mi compañero de piso mientras observaba con deleite como el no perdía ojo de mis jovenes nalgas. Hay que decir que siempre he tenido un culito muy femenino. Pequeño, pero con una piel muy suave, como la de un niño. Y una parte muy importante de mi deseo la he sentido siempre en esa zona. Con la práctica la inhibición iba desapareciendo tanto por mi parte como por la suya y ya me miraba descaradamente al tiempo que yo me contoneaba algo al caminar delante de sus ojos. Empezaba a sentir ese deseo misterioso que comenzaba en mi ojete y subía por la próstata hacia arriba, hacia mi interior, como lo que siente una hembra, deseo de ser follada. Al marcharse, como siempre, eyaculaba pensando en ese machote que cada día deseaba más.

            Cada mañana esperaba con ansia oir el ruído que hacia su cama cuando se levantaba para exhibirme ante sus ojos. Pero ese día, cuando abrió la puerta, pude darme cuenta de que no llevaba el calzoncillo puesto. Su pene colgaba libre y sus testículos se dibujaban perfectamente a ambos lados de su flácido miembro. Me sentí tan excitado que no disimulé ni lo más mínimo mientras me deleitaba contemplando el miembro viril de aquel hombre que encendía en mí el deseo más bestial. Con toda naturalidad me saludó mientras se dirigía al baño al tiempo que no perdía detalle de mi culete ni yo de su pipí que caía libre entre dos muslos poderosos de hombre de campo. Por primera vez, se quedó quieto, hablandome, como queriendo entrar al baño, mientras yo disfrutaba de la hermosura de su miembro desnudo. De vez en cuando me giraba dando unos pasos hacia la ventana para mostrarle mis nalgas, pues estaba clara mi actitud de hembra y mi sumisión al macho. El deseo de ser follado, me hacia perder el miedo y empecé a mostrar la pluma aunque no de una manera descarada. Me preguntó si había dormido bien y si dormía desnudo. Era final de verano así que la temperatura aún invitaba a dormir sin ropa. Yo le dije que siempre dormía desnudo o casi desnudo. Es muy agradable el contacto de las sábanas como única vestimenta.

            Yo sabía que estabamos en un proceso de seducción mútua y exibíamos nuestros objetos de deseo mútuamente. Su polla, aún lánguida y mi trasero, aún virgen. Ambos al encuentro, disfrutando del apetito que aumentaba por momentos. Pero teníamos miedo. Supongo que miedo de ser tildados de maricones. Qué palabra tan fea y tan ofensiva. Pero ese miedo nos impedía acercarnos físicamente y gozar del deleite de que nos acariciasemos como era nuestro deseo. Así que pasaron varios días, en medio de esa exibición de genitales y nalgas.

            Una mañana se me ocurrió fingir que hacía una llamada de teléfono. El aparato estaba en el pasillo que era muy estrecho, sobre una mesita, casi enfrente del cuarto de baño y yo me situé de espaldas a la entrada, fingiendo que hablaba con alguien, justo cuando César iniciaba su higiénico periplo diario. Con su pene al aire se dirigía hacia mí. Yo le dí los buenos días al tiempo que le regalaba la mayor de mis sonrisas. Ya no me esforzaba en disimular mi deseo por el y no perdía detalle de aquel trozo de carne adornado con dos hermosos testículos. La visión de mi culito al aire no escapaba a sus hambrientos ojos. Inevitablemente y tal como yo esperaba, al entrar al baño, me rozó con su cuerpo. De una forma casi imperceptible, hice que mi delgado cuerpo ocupara aún más espacio en aquel reducido pasillo para que mi amigo tuviera que rozarse conmigo. Sentí un estremecimiento cuando su vientre, un tanto voluminoso aunque no en exceso rozó mi espalda. César era bastante más alto y fuerte que yo y esa corpulencia que yo tanto deseaba se perdió camino del retrete al tiempo que arrimaba la puerta. En medio de una tremenda excitación, me paseaba por toda la casa, intentando no eyacular. Oí el sonido del agua cayendo sobre la bañera mientras me imaginabla al hombre que tanto deseaba enjabonando ese admirado cuerpo.

            Estaba demasiado excitado para dejarle marchar. Así que cuando salía del baño, con su cuerpo recién nacido a la mañana, entré a saco. Le propuse que nada mejor después de la ducha que un buen masaje. Yo era bueno dando masajes y me ofrecí, sabiendo que era la oportunidad para tocar su cuerpo. Tienes que relajar el cuello, le dije mientras le acariciaba los hombros y los brazos. Bajé hasta las manos y le agarré una de ellas. Anda vamos, que te daré un masaje, le dije. No se opuso y le llevé de la mano hasta su cama. Se tumbó boca abajo. Mi corazón iba a mil. Lo que deseaba era sentarme sobre su polla y que me hiciera el amor de una vez, pero aguanté mis impulsos, y me senté sobre sus nalgas. derramé aceite de masaje sobre toda su espalda y también sus nalgas. Acaricié más que masajeé su cuerpo durante más de media hora mientras me restregaba contra él. Mi culete se empapaba en el mismo aceite que yo vertía en exceso sobre su piel. Le dije que se diera la vuelta, pero que no abriera los ojos. Por fín tenía ante mí su miembro, con una leve erección. La mía era completa y a medida que crecía el deseo ya no me molestaba en ocultar nada. Varias veces estuve a punto de eyacular, cuando apretaba mis nalgas contra su polla que estaba cada vez más dura. Fuí acariciando la piel de su vientre, continuando por sus muslos, rozándole la polla varias veces con la mano. Nuestro contacto era cada vez más estrecho. El masaje no era sólo con las manos sino con todo el cuerpo.  Empezó a masajearme la espalda, que se estremecía de placer y de deseo por mi macho. Y fué entonces cuando le agarré la polla y le besé con pasión. El me estrujó las nalgas con sus forzudas manos. Se la sacudí, dura como estaba ya, Nuestros movimientos se transmitían a la cama que hacía un ruído considerable. Me apretaba contra él y nuestras lenguas jugueteaban libres dentro de la boca del otro. Estaba claro que deseabamos hacer el amor. Aquel hombre rústico y poco ilustrado era como un libro que se abría por primera vez. Un libro lleno de erotismo salvaje que amenazaba poseerme. Pero mi culito estaba tan deseoso que se relajaba por momentos. su polla tiesa, a punto de reventar se paseaba entre mis nalgas y hacíamos ya los movimientos del coito, en una suave danza sensual. Unté la raja de mi culo con el aceite de masaje, preparándome para que me follara sin dificultad. Le agarré el pipí y me lo llevé a la entrada de mi ojete, sintiendo su glande llamando a la puerta. Le miré y le pedí que abriera los ojos. Le dije mientras nos mirábamos, fóllame, amor mío. Cerramos los ojos de nuevo y nos unimos en un beso aún más apasionado. Me penetró suavemente pero con decisión. Me dolió, no voy a decir lo contrario, pues aunque deseaba tenerle dentro de mí sin traumas para mi virgen culo, las ganas de joder que teníamos ambos eran demasiado grandes como para andar con demoras. Y su polla entró hasta el fondo, en unos pocos culeos. Suaves empujes hasta que eyaculó su esperma dentro de mi hambriento culito.

            No tuve tiempo de correrme pero como una hembra comprendí su prisa. Ya era mío. Sólo tenía que apretar mis nalgas contra su falo, aquel primer día de amor, en que fuí enculado tres veces. Tres veces que se derramó dentro de mí. Cada mañana me metía en su cama y él me hacía el amor. Ni que decir tiene que mi culito le recibía con cariño y sin dolor hasta que sus huevos golpeaban mis nalgas.

            La cultura judeo-cristiana nos ha contaminado de culpabilidad. Culpa era lo que sentíamos después de hacer el amor. Pero nos deseabamos tanto que cada día repetíamos el ritual. yo le ofrecía mi trasero y el me regalaba su inyección de esperma. Me sentía su putita, su mujer y en sus brazos me entregaba. Todos los días sonaba el somier y mis jadeos de puta cuando él metía su miembro en mi ojete hambriento.

            Hoy a mis 50 me masturbo pensando en César. Siento debilidad por los hombres mayores. Aunque compartí cama con uno de los novios que ha tenido María en los últimos años. Era más joven que nosotros y nos follaba a las dos. Hoy sigo buscando un hombre sin importarme la edad ni el físico y que me haga el amor a tope. El encuentro con este maravilloso hombre y como María y yo nos convertimos en pareja liberal, puede ser tema para un próximo relato.  Me encantaría que me enviaseis comentarios. Besitos a todos y todas.

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