UNA TERAPEUTA ACCIDENTAL.
Llevaba unos pocos meses sin pareja estable, y salvo algunos
escarceos y encuentros con amigos de confianza, estaba disfrutando de una
temporada de amplia libertad, donde se alternaban los períodos tranquilos con
días de vino y rosas. Inspirada por mi espíritu liberal, pensé que tenía que
aprovechar al máximo esta situación mientras durase. Comencé por interesarme en
descubrir cualquier posibilidad que concitara algo de morbo y originalidad,
experimentar algo distinto de lo habitual, era lo que pululaba por mi mente en
aquellos días. Fijaba la vista y el oído ante cualquier ocasión de conocer algún
personaje interesente con quién ligar una relación puntual, aunque tuviera que
sacrificar un poco de seguridad hasta un limite más o menos controlado.
En el momento más inesperado, vino a presentarse una
oportunidad. Se habían organizado unas conferencias sobre migraciones en la
América del Norte, patrocinadas por la Embajada de uno de los países implicados
y por el Ministerio donde yo trabajaba. Me asignaron, debido a mis experiencias
anteriores, a las funciones de relaciones públicas, entre cuyas tareas estaba
conocer a los participantes extranjeros, atender sus necesidades y disponer todo
para que su estancia en España fuera lo más confortable posible.
El último día de estas jornadas, se había destinado a
celebrar una recepción en honor de los conferenciantes, en el mismo hotel donde
tenía lugar el evento citado. Por la tarde estuve visitando a algunos de
nuestros invitados, para agradecerles su participación y felicitarles por su
exitosa intervención. En una de mis visitas a las habitaciones de los invitados,
conocí a Armando, un hombre maduro muy interesante, de aspecto viril, alto, con
grueso bigote, estadounidense de origen mexicano. Aparentaba unos cincuenta y
tantos años, tenía una mirada llena de picardía, pero de aire noble, en conjunto
que inspiraba confianza en todos los sentidos. Me hizo pasar a su habitación, le
pregunté si su estancia había sido agradable y comprobé que ya le habían subido
a la habitación una botella de vino español y otra de champaña francés. Como era
la última de mis visitas, ya cerca de la hora para la recepción, estuvimos
hablando distendidamente, mientras él se acababa de arreglar la corbata.
Me invitó a sentarme y en medio de nuestra charla pude
observar que tenía un maletín abierto sobre la mesa, conteniendo unos artículos
que despertaron mi curiosidad. Había plumajes, telas transparentes y de
terciopelo, pastillas que me parecieron ser Viagra, condones, lociones y aceites
aromatizantes y un tubo de gel lubricante. Estuve repasando con la vista cada
uno de los adminículos de la maletilla con tal descaro, que por distraer su
atención le pregunté si le interrumpía mientras estaba haciendo su equipaje para
marcharse pronto.
-No, no se preocupe…ya lo guardaré más tarde. Salgo mañana a
las 6:00 p.m. en el vuelo a Nueva York.-Me dijo.
-He visto esas cosas tan curiosas que está empacando y me
estaba preguntando a qué se dedica…..!-Comenté.
-Soy periodista y dramaturgo. Lo que hay ahí es parte de mi
pasatiempo, para matar angustias y espantar la soledad.-Me respondió.
Como notó en mi cara que su explicación no había satisfecho
mis dudas, me aclaró que en sus ratos de ocio daba masajes sensuales, sin que
ello fuera su especialidad, sino que era algo que él hacía para su propia
terapia sexual.
Yo continué con mi actitud, como una neófita que quiere
aprender, con ganas de profundizar en el asunto y llevar adelante la
conversación.
-Nuestra mente y nuestro cuerpo pueden llegar a mucho, sin
que lo sepamos. Si le interesa el tema…..me gustaría explicárselo, si tengo
ocasión, para que pueda dejar volar su imaginación.-Me siguió diciendo.
-Si….me interesa muchísimo! Le contesté mirándole a los ojos
con expresión de salidilla.
Él, comenzó a hablarme sobre la importancia del cerebro en la
función sexual, los estímulos y su recepción hasta la respuesta orgásmica. Me
confesó que sus masajes eran básicamente relajantes, que los hacía con caricias
afectivas y a veces eróticas, llenas de calor humano para proporcionar una
satisfacción placentera. Yo le escuchaba con picardía y recelo a la vez. Tal vez
para tranquilizarme, me dijo que era diabético y que se dedicaba a los masajes
como un juego alternativo a su impotencia orgánica. Me habló de que en alguna
ocasión había sido humillado, rechazado y abandonado por esta causa. Sin
embargo, su tipo de impotencia decía ser como una olla llena de leche con una
tapa hermética, que él solo no podía destapar. Así durante años, su fantasía era
poder encontrar a una mujer que la destapara y que pudiera gozar de los aromas
de la leche y tomar la que quisiera. Añadió que con la ayuda del Viagra podía
conseguir erecciones normales, sin eyaculación, pero que su ideal era
conseguirlo por estimulación, pues aunque no se consiguiera la misma dureza,
siempre podía ser más duradera hasta alcanzar el orgasmo, lo cual redundaba en
un mayor goce sexual para la mujer, en un coito prolongado.
Estos razonamientos me llevaron a la conclusión que lo que él
deseaba era enredarme en una especie de desafío, en el que a cambio de unos
ejercicios de relax, yo, la beneficiaria de sus destrezas manuales y orales, me
sintiera incitada a probar suerte y ver si podía resolver con mis dotes de
seducción su supuesta incapacidad. Por ello, me angustiaba la idea de que
Armando fuera un semental que simulaba esta dolencia para cazar a alguna incauta
fémina y follar a sus anchas bonitamente. Al mismo tiempo, su historia parecía
honesta, puesto que solo dependía de mi decisión para seguir el intercambio
erótico hasta el final de un climax por penetración. Pensé que si no se excitaba
su órgano sexual, no tenía objeto, ni aliciente, el entregarme a complacerle a
base de Viagra y mantener con él una cópula convencional.
-Si se anima a visitarme alguna vez en América, la atenderé
gustoso, haré que se sienta cómoda y le daré toda la confianza del mundo, para
que tenga el control completo en una sesión demostrativa.-Se atrevió a
proponerme, al comprobar mi interés..
-Por mi parte, estoy interesadísima en saber más. No veo
porque esperar tanto tiempo….viajar a América es algo a futuro y hay que vivir
el presente.-Le repliqué con aplomo.
-Tiene Vd. toda la razón. Como ahora tengo que atender a mis
anfitriones, al término de la recepción, si le parece, volveremos a hablar a ver
si llegamos a ponernos de acuerdo.-Me planteó con descaro.
Había llegado la hora de acudir al salón donde tenía lugar el
acto y tuvimos que suspender nuestra plática rápidamente. Llegamos a donde se
celebraba, había una orquesta, bebida, comida, baile, discursos y toda clase de
agasajos. Presenté a Armando a algunas personas importantes y me dediqué a
atender a otros invitados, alejándome de él, con la idea de darle un golpe de
sorpresa. Poco antes de terminar la velada, me perdí entre toda la gente y puse
en práctica un truco, utilizando cierta dosis de astucia y valiéndome de mi
atractivo y popularidad entre el personal del hotel, conseguí entrar en la
habitación de Armando, antes de que él regresara a dormir.
Hacia las doce de la noche, pude oír el ruido de la puerta al
abrirse. Yo le estaba esperando en el interior, sentada en un sillón cerca de la
cama, con la luz apagada y una suave música de fondo. Él, sin reparar en mi
presencia, entró distraídamente al baño y al poco salió envuelto en una toalla,
comenzando a intrigarse por el origen de la música. Entonces me descubrí y le
hablé:
-Buenas noches distinguido señor…!
Yo estaba ya con un traje transparente puesto, con la botella
de champaña y dos copas preparadas. Le serví en una, mientras el me miraba
atónito.
-Quiero que me des un masaje sensual esta misma noche.-Le
espeté a modo de brindis.
Armando aceptó mi envite con cierta incredulidad. Imaginé que
estaría pensando cómo una chica como yo que tendría solicitudes de sobra,
tuviera que aceptar el ofrecimiento de un viejo verde para disfrutar de un rato
de sexo casual. A primera vista, no era comprensible que yo, con mis veintinueve
años recién cumplidos, en mi plenitud vital, atractiva y resultona fuera a
prestarme a participar en aquella parranda erótica; Armando me contemplaba con
mis melenas castaño claro, cayendo en cascada por una de mis mejillas, delgada,
de curvas pronunciadas, con la figura realzada por el vestido largo de noche que
llevaba, con los pechos que casi se me salían por el escote.(ya me había
piropeado más de uno, para hacerme saber que estaba guapa y sensual). Al fin, él
elevó su copa junto a la mía, una vez repuesto de su indecisión inicial. Luego
brindamos nuevamente por nuestra complicidad, charlamos de nuestras cosas
personales, nos permitimos tutearnos a partir de ese momento, ya que no casaba
nuestro tratamiento anterior tan protocolario, con los momentos de intima acción
que íbamos a vivir. Previamente, yo había preparado la habitación para una
sesión sensual, colocando las cortinas con la luz tenue adecuada, dos velas
rojas encendidas, la música ambiente y otros detalles.
-Ya me di cuenta que tu viaje a América no iba a ser
pronto…!-Me dijo confiado.
Él dispuso las colchas de la cama haciéndolas a un lado,
tanteando las almohadas para asegurarse que estaban bien para formar parte de la
sesión.
Yo había bebido ya algo más de lo habitual y me sentía
desinhibida por completo. Con natural desenvoltura me deslicé sobre la cama y me
quedé mirándole de forma insinuante, como en guardia.
-Bueno Rosa, todo debe comenzar con tu cuerpo desnudo en
reposo, tapado apenas con una tela de terciopelo. Esa ropita que tienes puesta,
pronto desaparecerá de tu cuerpo.-Me dijo para anunciarme el inicio de su tarea.
Poco a poco, me quitó todo lo que tenía puesto. Al verme
completamente desnuda, extendida en la cama, no pudo evitar una exclamación
entre dientes.
-Dioss….. tienes una figura escultural!
Cerré los ojos, me quedé relajada, completamente entregada a
sus manejos, con un gesto de voluptuosidad. El comenzó sus acciones, me untó con
aceites aromatizantes, una nueva variedad de loción de feromonas que tenía
cierto efecto excitante, regalando mi cuerpo con mil caricias, que me hicieron
sentir un suave cosquilleo en la planta de los pies, una sensación muy
placentera que me subía desde ellos por todo el cuerpo, hasta la columna
vertebral. Me removí para ponerme más cómoda, sin abrir los ojos; no deseaba
salir del estado vaporoso en que me encontraba, así Armando sería mas osado. Me
acariciaba con un plumaje, tras la planta de los pies, el talón, los tobillos,
las pantorrillas, besando después, lamiendo, la piel que había electrizado. Sus
labios y sus dientes seguían el trazo de las lentas pinceladas del plumaje,
mordiendo mi carne con leves bocados. Se me habían quedado flojos todos los
músculos y cuando el delicado contacto llegó a mis cachas, abrí las piernas por
completo, sentí el suave tacto recorriendo la parte interior de mis muslos,
abriendo una estremecida senda que seguían sus labios, como besos punzantes y
ligeros. Me encontraba completamente abandonada y no participaba más que con
enajenados suspiros de satisfacción, que se redoblaron cuando la punta de la
pluma recorrió dulcemente el contorno de mi sexo y subió por entre las nalgas
hasta el agujerito de mi culo, donde dejó una caricia que me hizo temblar.
Regresó inmediatamente al coño, mojándolo por completo con
largas pinceladas. Después, su lengua de oso me dio lentos lametones, que
provocaron una carrera alocada de sangre por mis venas. Acompañaba sus
tocamientos con palabras afectuosas, halagadoras, de tierno entusiasmo, hasta
que no tardó en aflorar en mí el fuego que llevaba dentro. Chupó con auténtica
maestría todos los puntos salientes de mi cuerpo, mi cuello, mis senos.
Depositaba en mi su calor, desde la nuca hasta las puntas de los dedos, utilizó
el plumaje con verdadero arte, acariciando mis partes mas sensibles con el. Su
lengua hacía estragos dentro de mi coño y conforme pasaban los minutos aquello
se fue convirtiendo en un festival de placer, mi cuerpo se retorcía, mientras
entre suspiros le iba pidiendo cada vez más, totalmente entregada. Así, estuve
gozando primero en una etapa, en que yo inundada de jugos vaginales, que el
bebía con deleite, era llevada hasta al más glorioso éxtasis, entre convulsiones
y temblores; después comenzaba otra con idéntico final y aún hubo una tercera,
que finalizó con los arrebatos de un tercer e imparable orgasmo.
Luego de tantas descargas, mi cuerpo volvió a relajarse,
totalmente satisfecha, nos quedamos recostados, me tapó con la tela de
terciopelo hasta que me quedé medio dormida entre sus brazos. Poco después, él
se paró de la cama y se metió en el baño para darse una ducha en la regadera.
Mientras tanto, mi cabeza estaba llena de sentimientos
contradictorios. A pesar del influjo del alcohol, que relajaba mi cordura,
percibí que aquella situación era algo absurda, sin sentido. Volví a mis
temores…y si todo fuera una trampa para hacerme picar y poseerme
caprichosamente?. También pensé en su problema, en su sufrimiento al no poder
compartir tanto placer como yo había recibido y mirando tristemente su miembro
alicaído, algo se rebeló dentro de mí y tomé una determinación. En lugar de
salir de la cama, vestirme y despedirme de Armando, agradeciéndole su servicio,
opté por continuar con una segunda sesión siguiendo el dictado de mis apetitos
morbosos y el deseo de encontrar la virilidad dormida que había dentro de aquel
hombre. Comprendí que la carne era tozuda, el quería gozar de su vigor
masculino, pero su polla no. Era un combate en el que estaba en desventaja,
porque sus ojos no dejaban de mirar, su mente no paraba de imaginar, manteniendo
viva esa parte rebelde de su organismo que le impedía vivir el sexo con frialdad
e impavidez.
Volvió hacia la cama donde yo estaba aún tumbada, se recostó
junto a mí y nos quedamos tumbados cara a cara, desnudos. Su fogosidad era solo
un impulso de deseo y emoción, pura excitación mental, pues al apretar su cuerpo
contra el mío, notaba su pene flácido, pequeño, restregándose impotente contra
mis muslos, mientras mascullaba maldiciones aferrándose a mí; en el contorno
borroso de su cara, en la penumbra, veía brillar lágrimas de frustración en sus
ojos.
Un poco conmovida, me levanté, fui a su maletín y tomando dos
pastillas de Viagra, un total de 100 miligramos, le dije:
-Creo que conmigo no las vas a necesitar, pero si quieres
puedes tomártelas. De una forma u otra, yo te ayudaré a destapar la tapa de tu
olla ardiente y conseguiré que se ponga dura tu herramienta sexual y extraerte
toda tu savia genital, ese líquido de la vida que tienes retenido.
Le pedí que se acostara boca abajo, que iba a recibir el pago
a los grandes momentos que me acababa de proporcionar.
No sabia realmente por donde empezar a trabajar su corpachón,
que recién bañado desprendía un aroma fresco, pero neutro, ya que sus feromonas
no se habían activado lo mas mínimo. Por mi mente pasó la incertidumbre de si no
me habría lanzado a una misión imposible, pero sin orden ni sistema, me puse en
acción. Le indiqué que se quedara relajado con las piernas ligeramente abiertas,
y los brazos cruzados apoyando mejilla sobre ellos.
Antes de recibir mis primeros tocamientos, aún volteó su cara
hacia arriba y me miró con una expresión de perro agradecido, que denotaba la
cautividad de su fuerte deseo, allá dentro de su ser, esperando ser redimido por
mi apetecido cuerpo joven, y con la ayuda de mis artes sensuales.
Puse en mi mano una buena porción de aceite aromático, y me
dispuse a deslizar mis largos dedos untándole los hombros, el torso, progresando
por encima de sus glúteos y a través de las piernas hasta la punta de los pies.
Una vez bien pringado, tomé un plumaje y le estuve explorando todo de arriba
abajo, con recorridos que apenas tocaban su piel para abrirle las primeras
sensibilidades. Con la pluma, me recreé rozándola entre sus nalgas bajando hasta
la enorme bolsa que se dejaba ver desde atrás. La pluma apuntillaba juguetona
entre sus testículos, su perineo y su orificio anal. Armando seguía con su
cuerpo inerme, pero yo tenía por descontado que el proceso iba a ser largo y no
cedía en mi empeño de hacer que aquel cuerpo vibrara como una sola pieza.
Después, me dediqué a aplicarle mis dos manos, con intensos
frotamientos, palmeando, pellizcando y haciéndole todo tipo de aplicaciones
manuales por su aceitada piel, oprimiendo especialmente a lo largo de la columna
vertebral en un recorrido repetido varias veces desde la nuca hasta el ano. Sin
dejar que se enfriara el efecto de mis friegas, me coloqué de rodillas con las
piernas abiertas alrededor de las suyas para inclinar mi cuerpo y deslizarle mi
lengua cuello abajo, en una lamida ininterrumpida, alternando con besos y
abiertos y húmedos sobre las zonas mas sensibles; luego cambiando el sentido de
mi cuerpo, para quedar con mis genitales a la altura de su cogote, dejando que
mis pechos en suspensión se restregaran sobre su piel en un movimiento suave y
circular, mientras palpaba sus huevos y los amasaba suavemente entre mis dedos.
Este último acto, ya comenzaba a despertar en mi una cierta sensación de
lujuria, que tenía que contagiar a mi beneficiado.
Así, estuve un buen rato trazando con mis pezones erectos,
líneas y dibujos arabescos de formas arbitrarias, doblando mi cuerpo más para
repasar una vez más con la punta de mi lengua la zona particularmente erógena
del perineo y la bolsa repleta de sus testículos.
Pensando en un cambio de postura, le di unos cachetitos en el
culo y le pregunté:
-Huuyy Armando….te has quedado muy quieto. Como te sientes?.
-wowww! Me tienes en la gloria, Rosa. Sigue, sigue….a ver que
pasa! Contestó complacido.
Le ordené que se siguiera tendido pero boca arriba. Armando,
volteó todo su cuerpo y siguió abandonado a mis sensuales maniobras, con los
ojos medio cerrados. En esta posición él podía percibirme al completo, de manera
que desde su estado de deseo y de libido excitados, la atracción que ejercía mi
cuerpo sobre sus sentidos era evidente; su cerebro estaba recibiendo mensajes a
través de sus ojos proyectados en mi figura, su tacto recibiendo mis sedoso
contacto, su órgano gustatorio probando mi sabor a través de mi saliva en su
boca, su olfato inundado con el aroma de mis feromonas y hasta el oír mis
palabras susurrantes. Por el camino de sus sentidos tenía que llegar la subida
de voltaje necesaria para echar a rodar sus descargas hormonales.
Le apliqué el mismo tratamiento que por la espalda, le
embadurné con aceite, y ahora si, mi paso por su cuerpo no tuvo fronteras,
llegué a sus genitales y los estuve pringando y manoseando con la mejor destreza
que supe. Mis pechos formaban una especie de pirámide invertida, recorriendo la
piel de su cuerpo en movimientos pendulares, rasantes y acariciadores. Este
ejercicio lo recreé con insistencia sobre sus labios, incitándole a que me
chupara los pezones con fruición. Luego, bajé cruzando su abdomen hasta su
paquete de entrepiernas, repitiendo incansable intencionados restregones de mis
tetas sobre su disminuido miembro. En esto, comencé a notar que su polla estaba
cambiando de consistencia, levanté el cuerpo ligeramente y comprobé que lo que
al principio era como una seta de tallo estrecho y cabeza casi plana, había
tomado una forma más alargada, como de salchicha y su glande estaba redondeado.
Me pegué a su cuerpo, y puesto que su pene estaba empezando a
tomar forma y no era cosa de dejar que se volviera a arrugar, lo alcancé con mi
boca, lo prendí con los labios, succionándole la cabeza con afición, como si
fuera a devorarla. Luego la solté de mi boca y comencé a chupar sus huevos
abultados al máximo, quizás repletos de esperma acumulado de mucho tiempo; los
tuve uno a uno dentro de mi boca, fustigándoles con la lengua durante un buen
rato. Era evidente que el problema de Armando era cierto y no había truco
alguno. De repente, miles de células de su tejido genital debían de haberse
expandido, revolucionadas por un estímulo tan extraordinario. No pude dejar de
exclamar para mi misma:"Está funcionando…!! Espoleada por el palpable éxito de
mi terapia, redoblé el juego de mi felación, pues "aquello" iba tomando una
forma combada y dura cada vez mas larga; el tallo había alcanzado el mismo
grosor que la cabeza, haciéndome sentir la alegría de que estaba mamando una
pija imponente y resucitada. Armando, completamente excitado, balanceaba sus
caderas hacía arriba, impaciente por entrar en acción; sin tardar se volcó sobre
mí, dejándome boca abajo para situarse sobre mis espalda, trazando un mapa de
pequeños mordiscos.
-Ohhh! Armando, amor mío…te ha costado pera creo que ya estás
casi perfecto!-Exclamé.
-Hummm! Siii…-Contestó con voz febril.
-Antes de….por favor alcanza un condón de tu maletilla!.-Le
pedí.
-No, no va a ser necesario. Puedes estar tranquila, que por
mi parte no llevo riesgo. Llevo tanto tiempo sin probar una panochita….
Cuando llegó a mi nuca, con su cuerpo adherido al mío y
alcanzó con sus dientes el punto más sensible de mi cuello, me retorcí como una
anguila y levanté el culo para facilitar el encuentro con su polla que se notaba
apretada a mis muslos, tiesa como un mástil. Me la rozó entre las nalgas,
sintiéndola endurecerse aún más y resbaló hacía abajo entre ellas hasta
detenerse en el mismo portal, entreabierto y lubricado por el jugo espeso que
destilaba en mi interior. Sentía su glande inflamado, grueso y candente sobre mi
vulva, que se habría como una boca insaciable, y con un movimiento hacía atrás
me lo introduje y ya no lo dejé escapar. Poco a poco me la fue metiendo entera,
con ondulantes movimientos naturales, deslizándola dentro de mi coño suave como
la seda, mientras él permanecía tenso como si no pudiera creer lo que le estaba
pasando, exhalando una disimulada risa de felicidad entre rugidos entrecortados,
a los que yo correspondía con maravillados gemidos.
Así, con gran regocijo de los dos, sin decirnos palabra,
clavada su pija reglamentaria hasta el fondo, comenzó a bombear con fuertes
acometidas que me zarandeaban entera. Después de largos minutos, con su ardiente
barra de carne a punto de estallar en mis entrañas, me tomó por las caderas,
tiró de su cuerpo hacia atrás y desenvainó su verga, que quedó erguida
cimbreando en el aire. Me volteó el cuerpo como si fuera una pluma, me colocó
tumbada boca arriba, y con sus rodillas me apartó las piernas dejándolas
abiertas como un compás. Se abalanzó sobre mi con una furia inusitada, me besó
el cuello una vez más, chupeteó y lamió mis pechos con lujurioso frenesí y
apuntó su vergota dura y caliente como un fierro entre los labios de mi vulva,
penetró delicadamente unos centímetros, restregó su capullo hinchado y jugoso
sobre mi clítoris, hasta que me hizo ver las estrellas de gusto, haciendo que
agitara mi cuerpo contra el suyo, lista ya para ese irresistible movimiento de
mete y saca. Me insertó su magnífico sexo hasta el fondo, clavando y desclavando
un montón de veces, con violentas embestidas durante un tiempo inusualmente
largo, hasta que llegó su momento y sentí unas sacudidas temblorosas de su pene,
muy familiares en estos trances, y bramando como un toro se corrió dentro de mí,
sorprendiéndome con la potencia brutal de su orgasmo.
Tantos minutos bombeando mi cavidad genital, a pesar de la
bebida y de estar ya trabajada con suficiencia en su sesión de masajes, después
de sentir los borbotones de leche caliente que disparaba en mi vagina, aún
sentía el grosor de su miembro abriendo mis carnes. Para evitar que se
desinflara la gloriosa erección que habíamos conseguido, oprimí mis músculos
vaginales, besando con mis mucosas internas aquella bola henchida de potencial
lúbrico; él se quedó quieto, extasiado, dándome cortos movimientos y en unos
segundos sentí las contracciones y la tensión de un nuevo éxtasis, que iba más
allá del placer físico, colmando un atávico anhelo de posesión y plenitud. Luego
se derrumbó sobre mí, mientras dejé de notar su polla empequeñecida y entonces
se echó a un lado con la respiración entrecortada todavía, mudo por el placer.
Yo permanecí a su lado, reflexionando, con una tenue sonrisa
de triunfo en mis labios. Casi todo el episodio recién vivido había sido
presidido por un silencio cortante, que solo habíamos interrumpido con el
chasquido de los besos, chupetones, suspiros, gemidos y los rugidos propios de
un macho extremadamente cachondo.
Una vez repuestos nuestros ritmos de pulsaciones, me levanté,
me di una confortante ducha, y a continuación me vestí, dispuesta para irme.
Eran las dos de la madrugada.
-Bueno, Armando te confieso que la he pasado mas que bien….!
Ha sido algo fantástico, que nunca había experimentado y no creo que vuelva a
sucederme.-Le dije como despedida.
-Mil gracias, Rosa!. Aún no me creo lo que me ha ocurrido…!
Has sido un milagrito para mí!! Ahora me aterra la duda de si me has curado para
siempre o esto solo ha ocurrido por ser contigo. -Contestó él en tono
agradecido.
-En cualquier caso, creo que ha valido la pena. Yo me he
entregado completamente y eso siempre da resultado. He ganado la apuesta que me
había hecho a mí misma y por ello mi autoestima como mujer y como hembra está
ahora por las nubes.
-Ya sabes…te espero en América, cuando tu lo desees. –Ofreció
él, insistente.
-Te agradezco la invitación, pero no sé si el destino nos
volverá a juntar, ya que ha sido algo único, pienso que irrepetible. Estaremos
en contacto.-Respondí.
Nos dimos un beso suave y prolongado en los labios y
desaparecí por el pasillo, dejando a Armando con cara de felicidad, y una
renovada alegría de vivir.