Cuando llegamos al Club Náutico, ya teníamos la mesa
esperando decorada con centros de flores y algunas bandejitas con un aperitivo
esperando. Nos sentamos alrededor de la mesa y, al cabo de un rato vinieron los
camareros con las bandejas del marisco que habían encargado mis tíos. No hay que
decir que nos quedamos con la boca abierta por la sorpresa. El aspecto era
buenísimo y el olor que desprendía nos acabó de abrir el apetito como si no lo
tuviéramos ya lo suficientemente abierto después de la sesión de piscina.
Durante la cena estuvimos charlando de cosas totalmente intrascendentes hasta
que mi tía nos pidió un poco de silencio para explicarnos el plan de estos días.
Nos dijo que ya hacía tiempo nuestros padres estaban pensando en organizar algún
viaje todos juntos pero nunca acababan de encontrar la ocasión; al final, ésta
vino este año al cumplir los 18 años Martin e Isabel. A mis tíos les habían ido
muy bien las cosas y habían pensado en comprar un velero, pero antes de
decidirse habían pensado en probarlo unos días; el plan previsto era ir
navegando por las islas Baleares, en especial por la isla de Formentera,
recalando de vez en cuando en alguna playa. Esto me dejó un tanto sorprendida,
puesto que de todos es bien sabido que esta isla si por algo se caracteriza es
por tener la práctica totalidad de sus playas dedicadas al nudismo;
Pero Formentera ¿no es una isla casi nudista? –pregunté-.
No te preocupes, ya se solucionará.
Quien esto decía era Isabel, quien me respondió guiñándome un
ojo en señal de complicidad. ¿qué quería decir exactamente con esto de "ya se
solucionará"?. Pensándolo bien, sólo encontraba dos soluciones: o bien cambiar
la ruta o bien practicar el nudismo. La primera la encontraba un tanto difícil,
puesto que mis tíos ya habían hecho algunas reservas, y la segunda también la
veía un tanto peliaguda teniendo en cuenta la educación que nos habían dado en
casa. Decidí no darle más importancia a mis dudas y continué charlando y dando
buena cuenta de las gambas, navajas y langostinos que tenía delante de mis ojos.
La verdad sea dicha, todos nos pusimos las botas con la mariscada y, después de
la cena, aprovechando que había una temperatura muy agradable fuimos paseando
hasta donde mi tío había amarrado el velero. Realmente, era precioso, con una
línea muy esbelta y con su mástil apuntando al cielo. Viendo el estado de
impaciencia general, mi tío nos propuso subir a bordo para ver la que sería
nuestra casa flotante durante los próximos días. Sin lugar a dudas colmaba todos
mis sueños, sencillamente era genial; a proa había un camarote grande con camas
para tres y a continuación tenía dos más dobles a un lado y el pasillo al otro.
En medio se hallaba un saloncito que hacía las veces de cocina y comedor, y a
continuación dos camarotes más dobles en la zona de popa. Se acordó que los
padres se alojarían en la zona de popa, y los hijos en la zona de proa; nosotras
tres en el grande de proa, y en los otros dos Laura con el crío en uno y los dos
chicos en otro. Me parecía estar viviendo en una especie de sueño, y era tanta
mi impaciencia que no pude evitar el querer estrenarlo.
¿por qué no dormimos aquí esta noche? –propuse yo a mis
tíos.
Es que aquí no tenemos nada preparado ; hemos dejado
todas las bolsas en vuestra casa –respondió mi tía-;
Y qué más da; va, por favor…
En este momento no paraba de insistir y de dar todo tipo de
argumentos para intentar vencer la resistencia inicial de los padres; Isabel y
Juan también secundaron mis ruegos, hasta que al final mi madre dirigió la
mirada a mi tía como pidiéndole su opinión; nuestros padres tuvieron que
rendirse a la evidencia y al final accedieron, pero para decepción de mi hermano
dijeron que como nosotras lo habíamos pedido antes seríamos nosotras las que
esta noche nos quedaríamos en el barco; además, mi padre dijo que como ellos
tenían que estar en casa, no veían claro que los hijos nos quedásemos solos en
el barco. Para compensar un poco la diferencia, y viendo la cara de decepción de
Juan mi padre dijo que, a cambio de estar nosotras en el barco, invitaba a él y
a Martin a una feria que había en un pueblo cercano con atracciones. Entonces,
fuímos nosotras las que protestamos un poquito puesto que también queríamos ir
allí para divertirnos, pero comprendimos que no podíamos tenerlo todo y ya no
protestamos más. Antes de irse, mi tío nos dijo que no vigilásemos lo que
tocábamos del barco y que si, por lo que fuese, salíamos fuésemos las tres
juntas y no nos olvidásemos de cerrar la escotillas y la puerta con llave y nos
la llevásemos con nosotras.
Sentadas en la cubierta, vimos que desaparecían por el
horizonte hasta hacerse totalmente invisibles. Como hacía un tiempo muy
agradable, nos tumbamos boca arriba mirando las estrellas; al principio
estábamos completamente en silencio, intentando disfrutar al máximo de la magia
del momento. Al cabo de un rato fue María quien rompió el silencio para
preguntarle a Isabel si sabía si íbamos a recalar en algún pueblecito para
comprar alguna postalita y poderla mandar. Le contestó que sí y le preguntó si
era para algún amigo especial. María respondió que con su novio ya hacía un
cierto tiempo que había roto. De aquí a hablar de los chicos y de nuestras
relaciones con ellos sólo mediaba un paso, y poco a poco la conversación fue
derivando hacia temas más bien picantes. En un momento nos encontramos las tres
charlando como si nos conociésemos desde hacía ya tiempo y haciéndonos
confidencias con una gran confianza.
La verdad es que por el cariz que iba tomando la
conversación, la temperatura ambiente iba creciendo por momentos; y más aún
cuando a Isabel se le ocurrió preguntar cuál había sido la situación más
comprometida en la que nos habíamos encontrado; no hay que decir que ello me
dejó absolutamente sorprendida y sin saber qué decir; al final fue María quién
se decidió y empezó a contar la suya, pero antes advirtiendo que lo que una
hiciese lo tenían que hacer las otras y que no se valía retirarse a medias. Como
todas asentimos, continuó con su relato y dijo que la situación más comprometida
fue cuando el otro día en la piscina nudista ella y yo nos acariciamos bajo el
agua, con el riesgo que conllevaba el que nos pudieran sorprender. Al principio
omitía bastantes detalles y sólo lo mencionaba de pasada , pero ante la
insistencia de Isabel, terminó por contarlo con todo tipo de explicaciones.
Cuando hubo terminado, Isabel puso cara de sorpresa y dijo que no esperaba que
hubiera sido algo así.
Por mi parte, cuando me tocó el turno, expliqué como la
situación más difícil en la que me había encontrado tuvo lugar hace unos años en
Suiza cuando delante de todos, tuve que hacer el amor con Martín; era mi primera
vez que me atrevía a hacer algo así, y además estaban Isabel y Laura allí
mirando.
Isabel dijo que la vez en que se encontró en una situación
más comprometida fue un día en su casa en que estaba secándose en el baño
después de la ducha y, sin darse cuenta que ella estaba allí, entró un amigo de
Martin para recoger el short de baño que se había dejado y salió con él en las
manos. Por suerte para ella, ni se fijó en que estaba desnuda y apenas tapada
por una leve toalla; con que hubiera desviado un poco la mirada la habría visto
en toda su hermosura, pero estaba más preocupado por recoger el short, y bajar a
jugar a la pelota con Martin.
Hay que reconocer que las tres nos habíamos calentado
bastante con los relatos, y no nos extrañó lo más mínimo que María propusiera
darse un chapuzón. La idea nos pareció genial, pero le hicimos ver a Isabel que
no teníamos ropa para cambiarnos, ni toallas, y además no era muy agradable
bañarse entre los barcos atracados. Haciendo gala una vez más de su espíritu
positivo, Isabel dijo que en cuanto a las toallas no era ningún problema porqué
en el baño había un par y las podíamos compartir, y lo de los barcos tampoco,
puesto que a unos 10 minutos de allí había una calita bastante agradable y
recogida donde podíamos ir. Y en cuanto a lo del bañador dijo que teníamos dos
opciones: o bien nos bañábamos en ropa interior o bien lo hacíamos desnudas para
así después podernos poner ropa seca. Como, por lo que dijo, la calita estaba
bastante recogida y era de noche, al final acordamos que podíamos bañarnos
desnudas.
El paseo fue muy agradable y enseguida llegamos a la calita;
era muy agradable, tranquila, solitaria, resguardada por un acantilado, y con un
lecho de piedrecitas redondeadas y desgastadas por el agua que rodaban en un
ligero y suave murmullo al ser empujadas por las olas del mar. La primera en
desnudarse fue Isabel, a medida que se iba desprendiendo de su ropa, podía ver
su cuerpo perfilándose delante de la luna llena; yo aún no me había decidido a
desnudarme, y me quedé un rato sentada mirando como se desnudaban e iban
corriendo a zambullirse en el mar. Poco a poco me fui quitando la ropa hasta
quedarme desnuda como ellas; doblando las rodillas hacia arriba, apoyé mi
barbilla en ellas y así me quedé un rato mirándolas. Así sentada, notaba como mi
pecho estaba en contacto con mis piernas, y este leve roce me proporcionaba una
sensación muy agradable que yo favorecía al moverme ligeramente. Al principio se
"comportaron" y estuvieron nadando, pero las "buenas maneras" se perdieron
cuando sin que María se diese cuenta, Isabel le puso una mano en la cabeza y se
la hundió de golpe. Por lo imprevisto de la acción, Isabel pilló a María
desprevenida, lo que hizo que tragase agua y saliese tosiendo; al verla así, a
Isabel y a mí nos entró un ataque de risa , lo que provocó que María se diese
media vuelta y, buscando venganza, se abalanzase encima de Isabel para hundirla;
de esta forma empezaron una especie de batalla incruenta a pase de aguadillas;
No acababa de decidirme a zambullirme, y por el momento me
contentaba con quedarme embobada viéndolas jugar en el agua intentando hundirse
la una a la otra. Era una situación que me gustaba puesto que significaba que
María no se iba a encontrar como una extraña entre nosotros durante estos días
que iba a pasar entre nosotros. En un intento de ganar la mejor posición para
derrotar a la otra, era evidente que en más de una ocasión su más se habían
situado allí donde, en teoría, no habría correspondido. Llegó un momento en que
se dieron cuenta que yo aún me encontraba en la orilla, y vinieron a buscarme
para que me bañase con ellas. En vano intenté resistirme, pero ambas me llevaron
por los brazos tiraron y me echaron al agua. Al ver que sería inútil resistirme,
decidí seguirles la corriente, no resistirme demasiado pero sin dejar de
moverme. En mi interior pensé que si tenía que caer al agua, al menos una de
ellas lo haría conmigo; cerré fuertemente mis manos alrededor de los brazos que
me cogían por debajo de los míos, que resultaron ser los de María. Al final pasó
lo que tenía que pasar y entre tanto tira y afloja, caímos las dos al agua; como
la primera en caer fue María, yo lo hice encima de ella. Tal como estábamos,
María había quedado medianamente inmovilizada. Como es natural, quiso escaparse,
lo que pude evitar atrapándole sus brazos contra el suelo; pero, por mucho
esfuerzo que ella hiciese para poder salir, más hacía yo para mantenerla
inmovilizada.
Vaya, -dijo Isabel-, sino fueseis chicas, diría que sois
dos amantes;
¿Qué quieres decir con esto? –le pregunté
Bueno…es que…como estáis la una encima de la otra, parece
otra cosa.
¿Qué? – continué yo-, ¿Qué vayamos a hacer el amor?
Bueno, un poco sí.
¿Y qué? –intervino María-, no sería la primera vez, ¿no?
¿no? –preguntó Isabel un tanto sorprendida
En este momento, la situación había llegado a un punto en el
que no había vuelta de hoja, y cuando Isabel dijo este "¿no?" de sorpresa, le
tuvimos que empezar a contarle lo que habíamos hecho estos días anteriores. Si
bien antes, ya le habíamos dicho algo, no habíamos profundizado en excesivo;
pero, ahora, como estábamos las tres solas, nos vimos más en confianza para no
escatimar detalles; para ganar un poco en comodidad, yo me levante de encima de
María y fui a tumbarme al lado de Isabel, quedando ella entre nosotras dos. Para
ponerla en antecedentes, empecé contándole como al llegar a casa María y yo
habíamos sorprendido a Juan con el pene al aire delante del ordenador, como por
un reto de él nos quitamos el bikini en la piscina, y como empezamos con
nuestros "jueguecitos eróticos". Visto el interés que iba despertando el relato
procuraba relatar con todo lujo de detalles nuestras "aventuritas" de estos
últimos días. Muy bien el por qué, no lo sé, pero el caso es que al explicar
cuando en la cocina de casa María y yo nos besamos, y cuando en la piscina nos
acariciamos me recreé más en la narración. Durante el relato, Isabel nos iba
haciendo preguntas sobre qué hicimos, cómo lo hicimos, qué sentiamos, y nosotras
se lo íbamos contestando. Ni María ni yo, caímos demasiado en la cuenta que
estábamos contando muchas intimidades y que sí Isabel se iba de la lengua, nos
podía poner en una situación más que comprometida, pero en ningún momento nos
pasó esta idea por la cabeza, y mi prima nos demostró en todo momento ser capaz
de estar a la altura de las circunstancias y de saber guardar perfectamente un
secreto.
Poco a poco, la temperatura ambiente había ido aumentando, y
en un momento dado me di cuenta que me había medio incorporado y, apoyada en mi
costado estaba acariciando el cuerpo desnudo de Isabel. Lo hacía con movimientos
suaves de mi mano, al tiempo que iba narrando nuestras historias; la verdad es
que la situación era muy agradable; las tres estábamos tumbadas en la orilla de
la playa, mientras los rayos de la luna iluminaban levemente nuestros cuerpos
desnudos y las olas cubrían nuestra piel de pequeñas gotitas brillantes de agua;
lo mío fue un acto inconsciente y, cuando caí en la cuenta de ello, no supe
hasta dónde había llegado; ¿simplemente la había abrazado cariñosamente? o en mi
recorrido por su piel ¿mis dedos habían pasado por zona prohibida? No lo sabía
muy bien, y tampoco sabía cómo iba a reaccionar ella al notar mis caricias; para
salir de mis dudas y, también hay que reconocerlo, para satisfacer una especie
de deseo oculto, mientras iba explicándole todo dejé que mis dedos subiesen por
su abdomen hasta llegar a la base de sus pechos. Isabel continuaba teniendo la
piel tan fina como hacía unos tres años en Suiza cuando, junto a ella y sus dos
hermanos, pasé unas vacaciones de Navidad geniales. Ella parecía no darse
cuenta; o sí, y lo que pretendía era no interrumpir la magia del momento. Cuando
noté que mis dedos ya habían llegado a la base de sus senos y empezaban a subir
por ellos para llegar a la cumbre, me di cuenta que era el ahora o nunca y que
todo dependía de cómo reaccionase; las yemas de mis dedos recordaron de nuevo la
esponjosidad del pecho de Isabel y como poco a poco iban adquiriendo una mayor
consistencia. Por fin llegué a la cumbre, y mis dedos notaron como sus pezones
se habían puesto duros y firmes;
Isabel parecía estar disfrutando del momento tanto como yo, y
su única reacción, al menos de una forma mínimamente aparente, fue la de girar
su cara hacia donde estaba yo y mirarme a los ojos. A pesar de la oscuridad
reinante, gracias a la luna pude adivinar una ligera sonrisa en sus labios; era
una sonrisa de aprobación y de ruego para continuar con las caricias. Poco a
poco una agradable sensación de placer fue recorriendo su cuerpo que de vez en
cuando oscilaba ligeramente. Por precaución, por discreción, o por mantener la
magia del momento, María no intervino para nada y se limitó a permanecer quieta
al lado de Isabel sin apenas moverse. Sabía perfectamente el gran cariño que nos
teníamos y no quería inmiscuirse. Por mi parte, yo continuaba con el relato de
nuestros juegos, que lo único que conseguían era ir elevando cada vez más la
temperatura erótica del momento. La sensación de placer que embargaba a Isabel
era cada vez más manifiesta, puesto que, aunque casi imperceptibles, sus leves
gemidos rompían el silencio de la playa. Cuando llegó a su punto de máximo
placer, o al menos eso creí yo, Isabel alargó su brazo y su mano fue a
depositarse encima de María; al principio fue un gesto instintivo, sin más, y
poco a poco fue descendiendo por su piel hasta posarse en su entrepierna;
siguiendo el ritmo de su corazón, fue acariciando el Monte de Venus de María
penetrando por sus intimidades. El posible hielo que pudiera existir entre ellas
dos acababa de fundirse, y ahora éramos tres chicas dando rienda suelta a
nuestras sensaciones. Llegó un momento en que los gemidos de Isabel se fueron
acentuando cada vez más, al tiempo que su corazón se desbocaba; sabiendo que
estaba a punto del clímax, bajé mi mano hasta su sexo y mis dedos fueron jugando
con sus labios y con su botoncito del placer; las yemas de mis dedos fueron
recorriendo su intimidad más profunda. Esto era más de lo que ella podía
aguantar y estalló en una especie de explosión de placer.
Hacía un rato que yo había interrumpido mi relato y me
dedicaba sólo a proporcionar el máximo placer posible a Isabel. Cuando estalló
en su explosión de placer, mis dedos reflejaban el clímax del momento y,
conscientes de la situación, las tres nos quedamos un tiempo en completo
silencio; sólo se oía el leve jadeo de Isabel, y ella fue la primera que cortó
este silencio:
Tías, ha sido genial. Gracias.
Me alegro que te haya gustado, pero yo no he hecho nada
–dijo María;
Claro que sí –continuó mi prima-; cuando te he acariciado
no has dicho nada y has dejado que continuara.
Anda, no seas tonta; claro que lo he dejado; veía que te
gustaba, y a mí también me ha gustado. ¿cómo no iba a gustarme?
Si me quedaba alguna duda que hubiesen roto el hielo, ahora
se me acababa de disipar por completo; y más aún cuando Isabel se acercó a María
y, dándole las gracias, la besó suavemente en los labios. María se quedó tan
sorprendida como yo, o incluso más, pero a pesar de ello le devolvió el beso y,
pasándole suavemente sus brazos por el cuello la atrajo hacia sí misma. Las dos
quedaron la una encima de la otra, abrazadas, besándose suavemente y
acariciándose suavemente la piel húmeda de su espalda. Rápidamente entendí que
ante tal situación, tres son multitud, me levanté y discretamente me fui hasta
el agua para refrescarme un poco i para intentar aclararme un poco las ideas.
¿qué me estaba pasando? ¿estaría descubriendo mi tendencia sexual como lesbiana?
En este momento mi cabeza estaba hecha un mar de dudas y no sabía muy bien a que
soga agarrarme; pensándolo bien, llegué a la conclusión que no me atraían
plenamente las chicas, continuaba prefiriendo a los chicos; pero con María e
Isabel me encontraba unida con un sentimiento muy especial, sobretodo con mi
prima; más bien lo veía como que entre las tres había nacido una gran confianza,
y lo de hoy había sido como la sublimación de nuestro cariño. Mientras salía del
agua, iba pensando que en cuando la situación fuera propicia, les plantearía mis
dudas de una forma clara y franca, sin tapujos.
Cuando llegué hasta donde ellas estaban, ya estaban sentadas
y charlando amigablemente; me senté a su lado e Isabel también me agradeció las
"caricias" que le había dado con un cariñoso beso en los labios; pero a
diferencia de antes, nosotras permanecimos sentadas, y al besarme, mi prima
introdujo su lengua en mis labios permitiendo que ambas lenguas jugasen
apasionadamente. Con un brazo la abracé, y con mi otra mano abierta le fui
acariciando de nuevo su desnudo pecho disfrutando de la magia del momento tanto
yo como ella. No creo que estuviésemos mucho rato así, lo que si recuerdo es que
este beso de mi prima me supo a gloria.
Al cabo de un rato nos vestimos y nos dirigimos hacia el
barco; una vez allí, me desnudé y me tumbé en el gran colchón que había en el
camarote de proa. Enseguida, ellas dos me imitaron y se tumbaron también a mi
lado. Estuvimos un rato charlando hasta que Isabel se levantó para correr las
cortinas que tapaban las escotillas.
Mejor así –dijo-, de esta forma estaremos a salvo de
miradas indiscretas
Sí, claro, así estaremos más tranquilas y a nuestras
anchas.
Ésta última en hablar fue María, y en parte me allanó el
camino para plantearles mis dudas respecto a nosotras. Al oirlas coincidieron
conmigo en que no era muy habitual esta relación pero que para nada se
arrepentían de ello. También coincidieron en que les gustaban los chicos, pero
también en que ya que había surgido esta relación entre nosotras, ¿para qué
interrumpirla? Se trataba de una relación basada y fundamentada en el cariño, la
delicadeza, el respeto y una gran amistad de la que estábamos muy orgullosas; y
si nos dábamos algún beso, nos hacíamos alguna caricia o, incluso, llegábamos a
algo más, no había que verlo como una relación puramente sexual, sino como una
sublimación de nuestro cariño. Como si quisiéramos corroborar nuestras palabras
con hechos, mientras hablábamos de todo ello, nuestros dedos recorrían nuestros
cuerpos en agradables y suaves caricias. Así tumbadas en el camarote de proa,
mecidas por el suave balanceo de las olas, estuvimos un buen rato en el que
nuestros besos y caricias nos transportaron a un lejano mundo de amor, cariño y
placer y sensaciones en el que nuestros desnudos cuerpos experimentaron todo
tipo de sensaciones:
Al final decidimos acostarnos y dormir esperando la llegada
del nuevo y, con ello, el inicio de nuestro periplo de navegación; antes, pero,
para evitar que por la mañana nuestros padres nos pudiesen sorprender dormidas y
sin ropa, nos pusimos unas camisetas de Isabel que nos llegaban hasta las
rodillas. Estas ropas eran muy holgadas, lo que nos permitió continuar charlando
y, ¿por qué no decirlo? Proseguir con nuestras caricias y besitos hasta que nos
quedamos profundamente dormidas pensando en todas las emociones vividas en el
día de hoy.
Un besote muy grande a tod@s l@s amig@s de amor filial.