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Un heavy me folló con ritmo
TODORELATOS » RELATOS » MI EX.
[ Es preferible el viejo adversario al nuevo enemigo ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 23 de Noviembre, 2008.
Fecha: 06-Jul-06 « Anterior | Siguiente » en Otros Textos (724 de 1101)

Mi ex.

kraneo
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No me gusta que me manipulen. Es más divertido manipular. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

Lo había previsto con años de antelación, así que no me sorprendió que ocurriera. Esto no significa que no doliera.

Soy José, tengo 40 años. Ni alto ni bajo, ni gordo ni flaco, ni feo ni … bueno, resultón si soy. Siempre he tenido éxito con las mujeres, aunque lo detecto siempre a toro pasado. Lo clásico. Dos años después de que pasara alguien te dice que fulanita, "si hombre, aquella que estaba tan buena" estaba loquita por ti y hubiera estado dispuesta a todo. La típica información que enciende tu ira por la oportunidad perdida, a la vez que alimenta tu honrilla y tu ego.

Ana tiene 35 años, y a mi me parece una belleza. No es despampanante, no llama la atención pero tiene una figura muy bien proporcionada, delgadita y delicada. Rubia melenita corta, ojos verdes, aparenta 10 años menos de los que tiene. Solo levanta pasiones entre los que hemos llegado a descubrir el tremendo potencial que oculta bajo su discreta, serena belleza.

Tenemos tres hijos.

Ella había dejado el trabajo cuando tuvimos el primer hijo. Ella lo decidió (y no me pareció mal). Quería criar a los hijos y disfrutar de ellos. Estuve totalmente de acuerdo, a pesar de la notable disminución de nuestros ingresos que ello suponía. El resultado es que de los 15 años que llevábamos casados ella había estado 14 sin trabajar.

Pero los hijos no solo trajeron su abandono del mercado laboral. El sexo entre nosotros se resintió aún más que nuestra economía. Realmente nunca fue fogosa en la cama. Ni siquiera en los primeros momentos de nuestro matrimonio el sexo fue lo que yo esperaba. En las primeras semanas de nuestro matrimonio ya me costaba que respondiera a mis deseos. Se acentuó drásticamente después del primer parto. Poco a poco nuestras relaciones se fueron espaciando más, y en los últimos años del matrimonio nuestras relaciones se habían reducido a un polvete mensual. Dejamos de dormir juntos (ella decía que roncaba, pero siempre creí que eso era solo una excusa).

Pero es que además era difícil hacer con ella algo distinto de lo clásico. Nada de sexo anal, nada de sexo oral, siempre lo clásico. Pocos besos, ninguna caricia. En los últimos años de matrimonio la mecánica era especialmente frustrante para mí. Alguna noche ella me avisaba de que fuera a la cama (yo había dejado de insistir, cansado de rechazos, dolores de cabeza y cansancios). Allí bien tapada me dejaba darle dos besitos, para enseguida darse la vuelta y bajarse la ropa. Así me hacía acariciarle el sexo y los pezones desde atrás, y que apoyara mi poya en su ano, empujando pero sin dejarme meterla. Cuando ella llegaba, se quedaba inmóvil, y se dejaba hacer para que yo terminara. Yo acababa follando con una "muñeca hinchable". Peor que eso: las muñecas hinchables no se quejan, ni te meten prisa. Era frustrante para mí. Tanto, que mis erecciones se resintieron, y cada vez eran peores y más trabajosas.

Esta desgana llevaba años haciéndome pensar que tenía desahogos con otros hombres, pero no era así. Tuve temporadas en que la vigilé (la espié), y no tenía amantes. Simplemente ella era así: fría y apática como un carámbano de hielo. Sabía que había otros hombres que le gustaban, pero nada de lo que alarmarse, como quien admira a una artista de cine o a un cantante.

Pero es que además, su interés por mí y por mis cosas era mínimo, y en los últimos años pasó a faltarme al respeto en privado y en público.

En mi trabajo estoy bien considerado. Superiores y subordinados me buscan para colaborar, y para sacar provecho a lo que quiera que sea que hago bien. Quizá esto le causara algún tipo de complejo, del que huyó hacia delante de la manera más agresiva que encontró. Elegía siempre las palabras que más daño podían hacerme, menospreciando todo lo relativo a mi trabajo, mis aficiones o mis gustos. Se recreaba en poner los acentos en mis fallos, en mis defectos. Jamás la oí enorgullecerse de mis éxitos o una palabra de reconocimiento hacia mis pocas o muchas virtudes. Parecía como si por algún motivo para mi desconocido quisiera castigarme. Alguno de nuestros amigos comunes me lo comentó alguna vez, que era lo que nos pasaba. Yo me hacía el loco, y quitaba importancia al asunto.

Os preguntaréis porque seguía entonces con ella. La respuesta no es una si no que son muchas, como en todos los casos. De un lado me sentía responsable de la familia que habíamos creado. De otro tengo compañeros separados y divorciados, y sé de sus problemas económicos y de lo difícil que tienen ver a sus hijos (nuestra legislación es así). Y había muchas más razones, costumbre, educación, condicionantes familiares,… y el más importante de todos: la quería (creo que aún la quiero). No me sentía querido, pero no podía evitar quererla.

Esta era la situación cuando, con los niños ya crecidos, empezó a pensar en volver a trabajar. Primero solo como una posibilidad. Pero con el tiempo empezó a enviar currículos y revisar ofertas de empleo. La animé a hacerlo pues sabía que ella quería, y además el dinero nos vendría muy bien.

En alguna ocasión me había pedido que la acompañara a sus entrevistas de trabajo. Cuando lo hacía, o cuando me contaba los resultados de las entrevistas a las que acudía sola yo guardaba silencio, consciente de que pisaba arenas movedizas si me arriesgaba a dar mi opinión. Pero ella siempre me pedía opinión, y no me quedaba más remedio que darla. Le hacía ver los aspectos que ella se negaba a ver. Sueldo bajo, no tenía la formación necesaria para el puesto, muchas horas,… En ese momento sacaba la pasión que ahorraba en la cama y me montaba una escena. Que si "porqué tienes que ser tan negativo". Que si "es que no quieres que sea independiente". Y cosas así. Cada vez me resistí más a dar mi opinión, pero cuando ella la pedía insistentemente, la daba sinceramente, a sabiendas del resultado.

Por fin encontró un trabajo. Tres entrevistas en unos meses, y entró a trabajar para unos grandes almacenes. Todos lo celebramos en casa.

Yo facilité todo lo que pude su nueva situación. En ocasiones haciendo esfuerzos notables. De entrada asumí tareas de la casa para quitarle a ella trabajo. Siempre he colaborado en casa (poco, es cierto) pero asumí una mayor carga que redujera la suya. Pero a ella nunca le parecía suficiente, y nunca le parecía bien. Volvía del trabajo y encontraba con facilidad un motivo para decirme que no colaboraba, que no hacía nada o que lo hacía todo mal.

Y por supuesto siempre venía cansada, con lo que nuestras relaciones de pareja pasaron de ser escasas a ser inexistentes.

Llegó un momento en que dejamos de hablarnos. Lo imprescindible para cubrir el expediente delante de los niños, y ni una palabra más.

Con nuestros amigos era diferente. Siempre estaba dispuesta a que quedáramos con ellos, sin importar en esos casos su cansancio (ni el mío). En esos momentos aparecía radiante, y daba la sensación de que su trabajo y su nueva independencia era lo único importante. En algunos momentos me daba la sensación de que ella había entrado a trabajar en la NASA, o que la habían hecho ministra, y que yo era un mero adorno en su vida, como un complemento al que se había resignado como se resigna uno a un lunar. Me daba la sensación de que el trabajo que tengo y que nos había permitido un cierto nivel de vida, era un regalo que me habían hecho, y no fruto de mi esfuerzo personal y de mi capacidad. Tenía complejo de "consorte de Margaret Thatcher".

¿Cuando empecé a predecir el futuro?: no lo sé. Probablemente desde el primer minuto que empezó a hablarme de su independencia supe que ella me iba a engañar. De un lado esas ansias de independencia y esa nueva seguridad que demostraba, ese estado de suficiencia. De otro su menosprecio a todo lo que tenía que ver conmigo. Yo sabía que para ella el sexo no era algo importante. Pero estuve seguro de que se demostraría a sí misma su independencia y su autosuficiencia buscando o cediendo a una relación con algún hombre, que la hiciera sentirse realizada y por encima de mí. No solo eso, si no que ví también que esa relación la llevaría o no a que nos divorciáramos, pero con toda seguridad me la haría saber, como signo de su desprecio hacia a mí o de su superioridad.

No modifique para nada mi actitud, y continué viviendo como si los celos no me corroyeran. Pero una tarde, mientras ella estaba trabajando, recogí la ropa tendida a secar y la doblé. Al guardar su ropa interior en su cajón vi todos los tangas que tenía. Los había comprado años atrás para darme una sorpresa a mi regreso después de seis meses trabajando en el extranjero. Solo utilizó uno de ellos la primera noche, y los demás los olvidó en el fondo del cajón, a pesar de cuanto le insistí yo en que los utilizara, y se los pusiera para mí.

Todos, hasta los que no había estrenado entonces, estaban en primera fila, sin las etiquetas, y por encima de la ropa interior que solía utilizar normalmente. Había varios modelos nuevos. No me había dicho nada, no se los había visto ni puestos ni, lo que me mosqueó aún más, al hacer las coladas. No es que fuera como si la hubiera encontrado en la cama con otro, no era una infidelidad, pero era el indicio de una actitud que yo ya había detectado, y que hizo que saltara en mi cerebro el resorte de la claridad de juicio.

Seguí ordenando la casa y ayudé a los críos con los deberes. Les hice la cena mientras se duchaban y los dejé acostados antes de ir a recoger a Ana al trabajo. Cuando la traje preparé nuestra cena y mientras cenábamos le dije que no era feliz, que no me sentía querido, que no me sentía respetado y que me iba de casa. Ella lloró, pero yo achaqué sus lágrimas más a que algo no salía como ella esperaba, que a que me quisiera aunque fuera un poco. No di más explicaciones, y esa misma noche busqué una pensión barata a la que me mudé.

 

La separación no fue traumática para nadie. Nos pusimos de acuerdo rápidamente en asuntos económicos y sobre como hacer con los niños (ellos estaban ya acostumbrados a que yo pasara largas temporadas fuera de casa por trabajo).

 

Nos manteníamos informados de nuestras vidas, pues nuestros amigos seguían siendo los mismos. Por ellos supe que a los 15 días de dejar yo la casa Ana había iniciado una nueva relación. Me dolió mucho, pero respiré aliviado, pues estuve seguro de que habría sido peor cuando eso hubiera pasado estando aún conmigo (no digo si eso hubiera pasado). De hecho estuve seguro de que la separación solo había acelerado algo que ya se estaba fraguando.

Yo había tenido bastante de momento, y no busqué relaciones como un loco. Seguí llevando la vida que llevaba, pero de manera natural y sin querer me empezó a ir muy bien en este aspecto, y llegué a coger un apartamento, por el que pasaron una buena cantidad de chicas. Sin compromisos, solo relaciones esporádicas, pero muchas. Aprendí de verdad a hacer el amor con 39 años. Y debía ser buen alumno, a juzgar por lo transitado de mi cama.

 

Cuando me llamó Mercedes no me causó demasiada sorpresa. Mercedes, 28 años, morena, alta y con un cuerpo espectacular. Casada y sin hijos, era la amiga íntima de mi mujer. Pero como era parte de nuestro círculo habitual de amigos, no me extrañó su llamada. De hecho desde que me separé había coincidido más de una vez con ellos, cenando con otras parejas.

¿Cómo te va Pepe?

Bien, Mercedes. ¿Qué tal vosotros?

Bueno, regular nada más. Demasiado trabajo. Ya sabes.

Obviamente ni se me ocurrió preguntarle por Ana. Sabía que Ana sería la siguiente llamada que ella haría si yo preguntaba por ella, y no quise darle a ninguna de ellas esa satisfacción.

Pues yo muy tranquilo. De hecho me aburro un poco. Menos mal que me he apuntado a un gimnasio, y así ocupo las tardes. Dime, ¿Qué querías?

Oye, estamos preparando una fiesta en mi casa el viernes. Los de siempre. ¿Te apetece?

Los de siempre eran Antonio y María (ella una belleza nórdica rubia, aunque un poco demasiado gordita para mi gusto), Juan y Elena (25 años, pelirroja, cuerpo de vértigo, bajita) y Paco y Lourdes (morena, también bajita, tetas de escándalo). Por idéntico motivo que antes no pregunté si iba Ana, pero busqué confirmación.

- ¿Los de siempre?

- Juan y Elena, Antonio y Maria y Paco y Lourdes. Además otras dos parejas que no conoces. Llévate a alguien si quieres.

Aún no siendo una pregunta sabía que esperaba que le diera alguna información adicional sobre mi vida, que volví a omitir.

Vale, cuenta conmigo. ¿Tengo que llevar algo? ¿A que hora nos vemos?

Hemos quedado a las 22:00, para picar algo, charlar y bailar un rato. Compramos nosotros todo, y allí arreglamos cuentas. ¿Traerás a alguien?- no pudo evitarlo. La curiosidad era superior a ella.

No, iré yo solo.

No me preocupé en añadir datos. Todos mis amigos sabían lo bien que me iba, y que había superado mi relación con Ana, del mismo modo que yo sabía que tras 3 relaciones fallidas Ana estaba pasando una mala racha. A través de amigos comunes me llegaban informaciones que en algún caso eran llamadas veladas para intentar una reconciliación. Yo la sigo queriendo. Pero sabía que nada cambiaría. Sabía que a los pocos meses volveríamos a la misma rutina. Sabía que al primer problema grave que tuviéramos sus actuales amantes y mis actuales amantes saldrían en la conversación, sólo como armas arrojadizas para haceros daño, pero aparecerían. Así que no sin esfuerzo, evité que la conversación siguiera por ese camino.

Ana lo estaba pasando mal. No diré que no me alegrara de ello: no me creeríais. Me había robado 15 años de mi vida, en los que soporté su desprecio a cambio de los restos de su amor, los pedazos de cariño y respeto que le sobraban. Había malgastado mis mejores años en una relación en la que di continuamente, para recibir escasas compensaciones.

Te esperamos entonces a las 10:00. No faltes, ¿eh?

Descuida, allí estaré. Un beso.

Otro para ti.

 

El viernes por la tarde no fui a trabajar. Había quedado con una amiga para comer, y desde allí llamé para decir que me llamaran a casa si había algo urgente. Me la llevé a casa y pasamos una buena tarde. Cuando a las ocho me levanté para arreglarme ella preguntó:

¿Vamos a alguna parte?

He quedado con unos amigos. Voy a ducharme y arreglarme.- dudé unos segundos y añadí- Tú no los conoces. Si quieres quedarte puedes hacerlo, pero volveré muy tarde.

¿Yo no puedo ir?

Es mejor que no, linda. Si quieres quedamos mañana y pasamos el resto del fin de semana juntos. ¿Hace?

Te esperaré aquí para que no te escapes.

Te compensaré.

 

Dos horas y algo después aparcaba mi coche nuevo en casa de Mercedes y Jordi (su marido). Conté los coches y debía ser el último en llegar. Mi antiguo coche estaba allí también aparcado, así que confirmé lo que había sospechado: Ana estaba también allí. Me preparé para una mala noche, pues aunque lo había superado tanto como era posible, estas cosas siempre duelen.

No hizo falta que llamara a la puerta, pues Mercedes salió a recibirme al jardín del chalet en el mismo momento que cerraba el capó después de coger las 4 botellas de vino que acababa de comprar.

Pensábamos que ya no venías.

No podía faltar, preciosa.- no era un cumplido. Estaba arrebatadora, con una microminifalda y un top, ambos blancos que hacían que su piel pareciera aún más morena. Detrás de ella salía Jordi, en bermudas y camisa hawaiana. Nos saludamos con un gesto- Lo único que me parece que he venido muy arreglado.- me había puesto traje y corbata, pensando que era una cena algo más formal.

¿No te lo dije?- dijo mientras me besaba las mejillas- Hemos pensado que con este calor mejor dejarnos de trajes y cosas así. Más cómodos. Siento no habértelo dicho.

Y no fue lo único que se te olvidó contarme.- lo dije haciendo un gesto hacia mi viejo coche, el que se había quedado Ana.

¿Tampocooo? ¿Estás seguro? Yo creo que te lo dije. ¿Hay algún problema?

No te preocupes. Ya somos mayores… Pero no me lo dijiste.

Perdona.

Estás perdonada, reina.

Me quité la chaqueta al entrar, para no desentonar tanto y me detuve en la puerta a mirar antes de entrar a saludar. La mayoría de los hombres tomaba una copa charlando, mientras la mayoría de las mujeres bailaba en la pista a la vez que charlaba. No vi a Ana. Saludé a todos los presentes y me presentaron a las parejas que no conocía. Todos ellos vestían camisas amplias o camisetas y bermudas. Todas ellas vestían ropa veraniega, minifaldas y tops o vestidos cortos y escotados. Me presentaron, entre otros, a un tal Gerardo, que me pareció un jovenzuelo impresentable y que deduje que debía ser la actual pareja de Ana.

Ella apareció al poco desde la cocina llevando una bandeja con bebidas. Reconocí el vestido que traía. Se lo había regalado yo tres años atrás para el día de la madre. Era de seda estampada con motivos florales, de colores muy vivos. Muy escotado por delante y por detrás y corto, por encima de medio muslo, con mucho vuelo. No lo había cambiado por otra cosa, como hacía con todo lo que le regalaba yo, pero tampoco lo había estrenado estando juntos. Llevaba el pelo recogido en una cola alta, que le caía por detrás de la cabeza, como una llamarada rubia y cansada. Al final de sus piernas reconocí también unas sandalias con muchísimo tacón que también yo le había regalado (no recuerdo cuando, porque tampoco se las había visto puestas jamás).

Cuando me vio su cara se iluminó (parecía sincera) y dejando la bandeja se acercó a saludarme sonriendo. Desde que me marché de casa era la primera vez que nos veíamos. Ni siquiera para el periódico relevo de niños nos habíamos visto desde la separación. Intenté sonreir también, pero no pude deshacerme de la sensación de haber dibujado una extraña mueca en el intento. A pesar de ello me mantuve firme y sobrio, sin permitirme grandes aspavientos. Fui educado, incluso amable, pero gélido y distante como un lejano e impasible iceberg antártico.

¿Qué tal?- me dijo.- ¿Cómo estás?

Aunque no aparté mis ojos de ella, notaba como un vacío a nuestro alrededor. Todos habían callado y, según se adivinaba por el rabillo del ojo, todos nos miraban. Hasta la música que salía estridente desde el estéreo pareció empequeñecerse.

Muy bien, guapa. ¿Y tú? ¿Qué tal?- contesté mientras mi mano en su cadera contestaba a la suya posada en mi hombro. Tenía la sensación de que mis palabras reverberaban como en un almacén vacío.

Bien.

Me alegro. ¿Qué tal los críos?

Con la vecina, como siempre que … (que salíamos quería decir). Te mandan recuerdos.- esa simple frase me indicó que ella sí sabía que yo estaría aquí. Aquello me descolocó un poco.

Bueno, que me los den pasado mañana. Los recojo a las 10:00, ¿No?

Sí, si. Ya sabes como son … Solo lo dicen para hacerse notar. Son unos chantajistas profesionales.

Me tocaba decir algo, pero no quería prolongar más aquel saludo, aquel espectáculo. En lugar de eso, dejé que el equipo de música llenara el aire, y mientras paseé mi mirada por todos los espectadores de la escena, obligándoles de alguna manera a que siguieran con sus vidas, anunciándoles que eso había sido todo. Cuando mi mirada los rozaba, ellos recobraban la vida y seguían charlando o bebiendo o bailando.

Los ojos de Ana, que no habían dejado de mirarme, fueron los últimos a los que volví, justo a tiempo de ver como el jovenzuelo impresentable (Geri, se hacia llamar, el muy pijo) la cogía por la cintura arrebatándomela de las manos. Aún tardó Ana un buen rato en dejar de mirarme, como invitándome a prolongar la conversación.

La fiesta fue como tantas otras. Mucha comida, mucha bebida y muchas risas. Mientras los hombres charlábamos y bebíamos (mucho) por nuestro lado, ellas charlaban (menos), bebían (tanto o más) y bailaban (por ellas y por nosotros). Bailaban mucho más que otras veces, y, al ir todas con atuendos tan veraniegos, era un verdadero festival de carnes morenas y gestos sensuales.

Era inevitable mirarlas de vez en cuando, más conforme avanzaba la noche y los cerebros empezaban a entorpecerse con el alcohol. Yo, que no tenía objetivo claro para mis miradas ni fiscal declarado para mis acciones (era el único de los presentes que no tenía pareja), recreé mi mirada con todas ellas. Lo hice con intensidad suficiente para provocar sus reacciones, pero con la discreción precisa para no ofender a sus parejas. Solo el pijo, Geri, parecía azorarse si me pescaba mirando a Ana, a pesar de mis sonrisas tranquilizadoras cuando me notaba descubierto (luego, pensándolo, me di cuenta que el debió interpretar esas sonrisas como suficiencia o claro desafío). Pero bastante me importaba a mí.

Por supuesto que miraba a Ana más que a todas las demás juntas. Seguía enamorado de ella (seguramente lo sigo un poco). Además era con diferencia la más guapa y la más sexy, solo seguida por su íntima amiga Mercedes, a cierta distancia mitigada por su mayor juventud. Bueno, otra de las nuevas también estaba de impresión. Y Elena, esa canija, también me podía hacer perder la compostura cuando ella quisiera. Y las otras dos estaban muy buenas también.

Ana correspondía a mi difusa atención. Sostenía mi mirada, cautelosa pero decididamente, y acentuaba de cuando en cuando la sensualidad de su baile. Las demás hacían cosas parecidas, pero centraban su atención y sus ¿provocaciones? en sus parejas. Muy pocas veces vi que Ana mirara a su Geri, y aún menos que sus miradas coincidieran. El pijo no me sacaba los ojos de encima, así que se estaba perdiendo el espectáculo de Ana.

Solo Mercedes me prestaba más atención que Ana. No recuerdo una sola ocasión en que yo la mirara y ella no estuviera mirándome. Y su expresión… Era como si todo estuviera saliendo, según su guión, a las mil maravillas, como si todo estuviera previsto. Me fastidió, y me obligué a dejar de mirar a Ana, dándole la espalda. En realidad renuncié a verlas a todas ellas haciendo un notable esfuerzo, con tal de no ceder un ápice a los planes que tuviera Mercedes.

No creo que pasaran más de 10 minutos. Noté una mano femenina en mi brazo mientras hablaba con Jordi, el marido de Mercedes, y con Germán, uno de los nuevos.

¿Me has perdonado ya?- la voz de Mercedes era dulce y ladina, como la caricia de un verdugo.

Ni en cien años que viva podrás hacer que te perdone. ¿Has pensado ya como compensarme?

Su sonrisa se heló en una extraña mueca, a la vez que abría desmesuradamente los ojos. En seguida comprendió que bromeaba y volvió a dulcificar su expresión, a la vez que me azotaba el hombro con la palma de la mano.

¡No seas malo! ¡Casi me lo tomo en serio!

Je je je. Pues solo es el principio.

¿De verdad te ha molestado?

No mujer, ya te lo he dicho antes: todos somos adultos. No te preocupes más.

¿Como puedo compensarte?

Dame dos besos más y aquí no ha pasado nada.- dije mientras deslizaba mi brazo por su cintura atrayéndola hacia mi y haciendo que su cuerpo se pegara al mío.

Chantajista.- rodeo mi cuello con sus brazos y pegó su pecho al mío, haciéndome sentir sus senos, y me estampo dos sonoros besos en las mejillas.- Pero me parece justo.

Eh, eh. ¡Que no andas tan necesitado!- bromeó Jordi- Deja a mi mujer en paz, violador.

Todos reímos y continuamos charlando. Mercedes continuó cogida de mi brazo, y poco a poco fue separándome de los otros hasta que estuvimos decididamente caminado los dos solos cogidos del brazo. Continuaba hablando de naderías, de cosas sin importancia.

Cuando estuvimos justo detrás del equipo estéreo, separados de los demás y razonablemente aislados por el sonido de los altavoces se detuvo, y se medio sentó en la mesa, casi obligándome a hacer lo mismo. En esta posición veíamos directamente la zona donde bailaban las chicas, y nos quedaban a un lado los grupos de los hombres, que seguían charlando. Podía ver perfectamente a Ana bailando, como ensimismada. Estaba preciosa.

Mercedes se daba perfecta cuenta de la situación, y calló unos segundos. Era como si quisiera que centrara mi atención en los movimientos de Ana. No dijo nada hasta asegurarse de que mi mirada se clavaba de nuevo en su amiga y en sus movimientos.

¿Cómo lo llevas?

Bien. Estas cosas siempre dejan cicatrices, pero las mías se curan cada día un poco más.-no la miré para contestar.- Como te he dicho al entrar somos adultos.

De nuevo calló, dejándome admirar a Ana unos segundos.

Y a ella, ¿Cómo la ves?

Ahora fui yo quien tardó en contestar.

Está preciosa. le ha sentado bien volver a estar disponible.

Yo no miraba a Mercedes mientras hablábamos, pero sí sentía sus ojos escrutando las reacciones de mi rostro.

¡Ya sé que es preciosa, Pepe! Te preguntaba como la veías de ánimos, si la ves feliz.

Mírala. Apenas ha parado de bailar desde que ha llegado. Está feliz, radiante.

Creo que oculté a la perfección el torrente de sentimientos encontrados que fluían entre mi corazón y mi cabeza. Mantuve la misma fría, sobria, resignada expresión de mi semblante.

Nuevo silencio. La música nos proporcionaba una estupenda cobertura. Nadie nos escuchaba, y nosotros podíamos hablar sin que el ruido nos molestara demasiado. Nadie parecía estar pendiente de nosotros. Por el rabillo del ojo ví como cambiaba de posición, y se quedaba mirando en mi misma dirección.

No creas todo lo que ves.- como no me moví ni hablé, ella continuó tras una breve pausa.- Si no para de bailar se debe a que no aguanta a Geri, y no sabe como dejarlo. Y si parece feliz y radiante es porque esta es mi fiesta, y no me la quiere fastidiar.- nueva pausa.- Está pasándolo muy mal.

Vaya. Sí que lo siento. – mentí y me preparé para lo que venía

¿Eso es todo? ¿Qué lo sientes?- se había incorporado y me miraba. Había alzado un poco la voz. Yo no moví un músculo. Estaba harto de que esta niñata intentara manipularme, harto de que me tomara por imbécil, y estaba deseando que me diera oportunidad de sacudirle un zarpazo- ¡Por Dios, Pepe! Habéis estado casados 15 años. Tenéis dos hijos juntos. Esperaba más interés por tu parte.

Seguí callado, sin moverme, sin cambiar la expresión de mi rostro. Seguí tendiendo la celada, y preparándome para cobrar mi presa.

Entiendo que estés confundido, pero esperaba algo más de interés.- notaba como su respiración se agitaba con el enfado- Además, yo creo que tú eres el único que puedes ayudarla.¿no sientes nada por ella ya? Encima que la dejas ¿no te importa como le vaya? Te conozco bien, Pepe, y sé que eres buena gente. ¿No piensas hacer nada? ¿No te sientes responsable?

En términos taurinos se diría que había puesto al morlaco en suerte. La tenía donde quería. Preparé el volapié para entrar a matar. Volví despacio mi cara hacia Mercedes y una lánguida y estudiada sonrisa dulcificó el fuego de mis ojos.

Todo lo que podía hacer ya lo hice, y jamás fue suficiente. Soy responsable de pagar lo que acordamos y atender a los niños cuando me toca.- hablaba despacio y en tono bajo. Seguía sonriendo y lanzando llamaradas por los ojos.- No tengo la sensación de haberla abandonado, sino más bien la de haberme marchado de donde molestaba antes de que me echaran. Después de todo en dos semanas ya tenía sustituto.

Como yo hablaba despacio y sereno ella aguantó el tipo. Pero en su cara desapareció el reproche y asomó levemente la perplejidad. Se mantenía en silencio, sosteniendo mi mirada con dificultad. Ante la pasividad de la res tuve que volcarme encima para conseguir una estocada definitiva. Seguí sonriendo mientras, en el mismo tono suave que había empleado hasta ese momento le decía.

Quizá, si te hubieras preocupado igual en su momento, si no me hubieras faltado al respeto pensando que era un calzonazos y aplaudiéndole sus desprecios, si hubieras tratado de orientarla a ella como hoy intentas orientarme a mí, las cosas habrían sido de otra manera. Pero el tiempo no vuelve atrás. Las cosas que han pasado han pasado, y eso ya no tiene solución.

Estaba herida de muerte. No decía nada ni sabía que decir, pero seguía allí quieta, mirándome, sin querer rendirse. En ese momento fui consciente de que la fiesta no era sino una encerrona, preparada para abrir una vía de acercamiento entre Ana y yo, para buscar un acercamiento.

Sus ojos estaban demasiado húmedos. Decidí sacar el estoque, para que no sufriera más. Le eché un brazo por los hombros dejando de mirarla y permitiendo que no tuviera que humillarse con una retirada y le dije en voz aún más baja:

Hablaré con ella.- la atraje hacia mí con el brazo- Estaré un poco más pendiente.

Ella agradeció la tregua abrazándose a mí, en silencio. Podía sentir en mi torso como su respiración recobraba el ritmo normal, como los latidos de su corazón se serenaban poco a poco. Tras unos segundos de silencio, con voz muy queda dijo:

Lo siento.

No contesté, pero su disculpa me confirmó lo certero de mi estocada. Seguí mirando al frente, donde Ana, ajena a la conversación seguía bailando. Me esforcé en que mi rostro fuera lo bastante inexpresivo como para no dejar ver la satisfacción por la victoria, la furia y la tristeza que me invadían. Creo que lo conseguí.

Mercedes continuaba echada sobre mí, y yo mantuve un brazo sobre sus hombros. Notaba como, a la vez que su respiración se hacía más tranquila y profunda, la mía continuaba siendo corta y rápida. El corazón me latía deprisa también. Estaba enfadado. A pesar de mi pírrica victoria, estaba muy enfadado. ¡Qué se había creído esta! ¿Qué yo era un don nadie al que podía manejar como una marioneta? Tuve que obligarme a serenar la respiración y el pulso.

Cuando el silencio de ambos empezaba a hacerse demasiado notorio unos acordes estridentes y familiares atronaron desde el equipo de música. Las chicas lanzaron una exclamación generalizada para recibir a Joe Coker, y ellos, sin entender muy bien que estaba pasando, volvieron sus miradas hacia la pista dejando sus conversaciones. Los enérgicos acordes de piano de la introducción de "You can leave your hat on" generaron en las chicas una extraña sinergia que pronto se contagió a ellos. Los movimientos de ellas se hicieron más sensuales e insinuantes. En seguida cada una de ellas se puso frente a su pareja y concentró sus esfuerzos en hacer de su baile una ceremonia de cortejo. Ana le hizo a Mercedes una seña. Yo le señalé con la barbilla a Jordi, que con una estúpida expresión en su cara la buscaba en la pista. Mercedes se incorporó al baile poniéndose frente a Jordi.

Cada una bailaba junto a su pareja. Ellos las animaban, pero cada uno se concentraba en la suya. Ninguna bailaba para mi, pero pensé que era una suerte, pues así, desde algo más lejos, me pude recrear en todas. Ellas parecían haberse vuelto locas. Movimientos sensuales, posturas decididamente provocativas. Incluso María (la rubia gordita), una de las nuevas y Mercedes, se quitaron el top que llevaban, quedando en sujetador. Las que no lo hicieron era porque, como Ana, llevaban vestido, y de habérselo quitado se habrían quedado bailando en bragas. Fue precisamente María la que levantó los brazos, haciendo que sus tetazas rebotaran, y alzó la voz por encima de la música.

Un momento, chicas. Estamos siendo muy maleducadas. Pepe no tiene pareja.

Aunque no creo que lo hubiera hecho, no me dieron tiempo a protestar. Elena y María me cogieron cada una de un brazo y me llevaron a sentarme en el sofá, en primera fila, justo frente a la pista. Alguien volvió la canción al principio. La locura volvió a desatarse.

Si los movimientos de las chicas antes eran sensuales y provocativos, ahora eran decididamente lascivos. No solo acentuaron la carga erótica de sus movimientos, sino que además se convirtieron en un catálogo de posturas de revista. Se acariciaban a sí mismas, jugaban con el borde de sus faldas justo hasta enseñar un poco su ropa interior, se agachaban contoneándose y mostrando su entrepierna sin pudor. Mercedes era quizá la más modosita (siempre había sido un poco más patosa) y se concentraba en su Jordi. Pero las demás se habían vuelto locas. Ana, en el centro, fue la que más me sorprendió. En 15 años no la había visto así jamás. Sus movimientos eran felinos. Se bajaba un tirante despacio, para enseguida volvérselo a subir. Se inclinaba hacia delante dejando ver bastante más que el nacimiento de sus pechos. Se acariciaba levemente los pezones por encima del vestido, o decididamente la entrepierna, como si sintiera allí algo que había que sujetar. Luego se dio la vuelta, y abriendo mucho las piernas, empezó a mover el trasero y agacharse.

Cuando una voz de varón se impuso desde atrás pensé que era Geri.

Vale ya, chicas, que os estáis animando demasiado.- era Antonio, el marido de María. María se había pasado buena parte del baile automagreandose las tetas (sus pezones se notaban bien hinchados a través del tejido del sujetador) y justo ahora empezaba a pelearse con el broche del sostén, con la intención evidente de quitárselo.

Todos se quejaron del aguafiestas, pero dejaron que Joe Cocker acabara solo la pieza. Y todos nos volcamos sobre las bebidas, me figuro que para bajar el calentón. Había esperado que las parejas se reunieran para darse un fregadito y unos besitos, pero en lugar de eso siguieron los grupos de chicos y de chicas perfectamente separados

Yo quedé un poco entre dos aguas y disimulé cogiendo un par de bandejas vacías y llevándomelas a la cocina. Estaba rellenándolas, cuando, oh casualidad, aparecieron en la cocina Mercedes y Ana. También traían bandejas con vasos y botellas vacías.

Deja eso, Pepe. Ya relleno yo las bandejas.- dijo Mercedes- ¿Te importa picar hielo y rellenar esta cubiteras?

Dalo por hecho.

Ana, ya me llevo yo estas bandejas. Ve llenando el lavavajillas, anda, que nos vamos a quedar sin vasos.

Mercedes se marchó. Me había tomado la palabra, y nos dejó solos para que la cumpliera. Como soy un caballero, lo hice.

¿Qué tal todo, Ana?

Bien, lo normal.

Si ella no ponía algo de su parte iba a ser difícil. De reojo la veía agacharse a cargar el lavavajillas, en un festival de pechos oscilantes. Ambos callamos unos segundos, sin mirarnos. Elegí con cuidado la pregunta y arriesgué.

- ¿Qué tal con Geri? ¿Vais en serio?

- ¡Qué indiscreto! -bromeó- No lo sé. No creo.

De nuevo un largo silencio. Ana había terminado con el lavavajillas, y se apoyó en la mesa. Notaba sus ojos en mi nuca mientras el ruido que yo hacía al picar el hielo parecía insuficiente para ocupar el silencio. Fue ella la que hizo que no tuviera que pensar más.

Te echo de menos.

Me tragué las 3 primeras respuestas que se me vinieron a la mente. Conseguí dominar la rabia golpeando más fuerte ene el hielo. Con voz calmada contesté:

Ya se te pasará. Ha pasado poco tiempo.

La irrupción de Mercedes en la cocina nos liberó de la desagradable conversación que estábamos teniendo. Seguía en sujetador, y venía con Jordi y con Geri.

-¿Como va ese hielo?

No me di cuenta de que se refería a los cubitos hasta que no oí los que Ana echó a las cubiteras. Ella fue la que contestó.

Ya está. No piques más Pepe. Con eso llega.

Coge tu el hielo Pepe. Jordi y yo llevaremos las bebidas.

Geri se acercó a Ana. Mientras los cinco salíamos los oía a ellos dos discutir. Geri quería marcharse, pero Ana prefería quedarse un rato más. Me olvidé de ellos y me di una vuelta por los grupos.

Pasé un buen rato charlando de política, de economía, de futbol…. El baile parecía haber fusionado los grupos, y las chicas se habían integrado y también charlaban.

Mercedes, María y la otra (no recuerdo su nombre) seguían en sujetador con toda naturalidad. Coincidí unos instantes con Ana en un grupo. Nuevamente arriesgué, esta vez por gusto de hacerlo, y le pregunté:

¿Y Geri?

Mañana trabaja temprano. Se ha marchado … para siempre.

Me volví hacia ella extrañado, no por lo que decía, si no por que me lo dijera.

Ya te dije que no iba en serio.

Preferí no seguir esa conversación y actuar como si fuera lo más normal del mundo. Pero a partir de ese momento Ana estaba en todo momento cerca de mi. Parecía que me hubiera adoptado de pareja para el resto de la noche. Me sentía cómodo en esa situación. Después de todo había sido lo normal durante 15 años de mi vida.

Una de las parejas nuevas se despidió y se fue. Aquella fiesta empezaba a morirse. Ana seguía a mi lado, si bien ambos casi no hablábamos entre nosotros. Interveníamos en las mismas conversaciones, pero evitábamos, conscientemente o no, dirigirnos la palabra mutuamente.

Finalmente, en un momento que nos quedamos solos le dije

Esto se acaba.

Es pronto. Yo aguantaré un rato. De todos modos quiero ayudar a Mercedes a recoger y limpiar un poco.

Yo tampoco tengo prisa. Pero no quiero ser pesado… creo que me voy a ir ya.

Sonia (ya me he acordado. La nueva que aún iba en sujetador se llamaba Sonia) cogió su top e hizo amago de empezar a ponérselo para irse. Mercedes, también en sujetador, lo vió y reaccionó.

¡Eh! ¿Qué pasa? Es temprano, queda mucha comida y más bebida. Que nadie se marche.

Venga, Sonia, Fidel. La noche acaba de empezar.- apoyó Jordi.

Mercedes quitó el top de las manos a Sonia, mientras Jordi les servía dos copas. Mercedes seleccionó un compact bailable, y sacó a bailar a Sonia. María las acompañó. Jordi, un poco pedo, las acompañó también y Fidel hizo lo propio, pero con evidente desgana. La verdad es que no se le veía mucho futuro a aquello. La fiesta se moría.

Mercedes no tardó en darse cuenta de ello. Disimuladamente se escabulló del grupo de danzantes, y llenó copas para todos, que fue distribuyendo de dos en dos. Ana y yo fuimos los últimos. Vino hacia nosotros con tres copas, una para ella, y se quedó un rato con nosotros.

Tenemos que arreglar cuentas, Mercedes. ¿Cuánto hay que pagar?- era una forma educada de decirle que yo me iba a marchar ya.

Pero, ¿Dónde vas tan pronto? No son ni las 12 aún. Luego hablamos, Pepe.

No había reparado hasta ese momento en lo requetebuena que estaba Mercedes. Desde sus pies al borde inferior de su exígua minifalda elástica las piernas parecían un anuncio de medias, con la salvedad de que el color cobrizo era el de su piel. La banda blanca de tela dejaba paso a un vientre plano e igual de bronceado. Llevaba un sujetador de algodón también blanco, totalmente opaco, pero sobre el que los pezones y sus abultadas areolas se dibujaban perfectamente, y donde se podía seguir el efecto refrescante de la bebida en su organismo. La larga melena lacia enmarcaba un rostro perfecto, con los pómulos muy marcados, unos labios perfectamente definidos y unos grandes ojos grises, donde parecía encontrarse el principio y el fin del mundo. Estaba realmente buena esta chica.

Venga Mercedes. Ha estado muy bien. Pero empieza a ser tarde, y la gente se ha cansado ya.

Yo creo que tiene razón.- apoyó Ana.

¡Pues no! ¡Esta es mi fiesta y se acabará cuando yo lo diga!- el tono era determinante, aunque se adivinaba un toque de guasa en él. No supe que decir. Ella se me adelantó y volviéndose hacia todos exclamó en voz alta.

Bueno, amigos, atendedme un segundo: ahora empieza la fiesta.

Lógicamente todos le prestamos atención. Los que bailaban dejaron de hacerlo, los que hablaban dejaron de hablar. Incluso alguien, creo que María, bajó el volumen del aparato de música. Cuando Mercedes estuvo segura de tener la atención de todos continuó.

Queda mucha comida y mucha más bebida. Ni estoy dispuesta a guardarla ni estoy dispuesta a repartirla, así que de aquí no se mueve nadie hasta que no os lo hayáis bebido todo. Por otra parte, ya es tarde, y los niños se han acostado, así que propongo una cosa: un excitante jueguecito para adultos.

María palmoteó estúpidamente celebrando la ocurrencia (menudo colocón llevaba esta). Los demás seguimos a la expectativa, esperando que concretara un poco. No era la primera vez. Ya en alguna ocasión habíamos jugado a algún juego tipo pirámide del amor o las prendas. En ellos las pruebas y los castigos eran siempre lo bastante ambiguos, para que nadie pudiera sentirse ofendido y cada cual llegara hasta donde quisiera. Por ejemplo si a una chica se le encomienda una prenda consistente en digamos enseñar su cuerpo a los presentes le das pie para que dependiendo del pudor que sienta, se levante y se de un par de vueltas, se levante y simule un strip tease, se levante y se quede en ropa interior o, sencillamente, para que se quede en pelota picada. Lo normal en ocasiones anteriores habían sido las soluciones medias o medio conservadoras (alguna rara vez llegamos a ver un sujetador) y aún así siempre había alguien que se molestaba.

Pero volvamos al momento de la propuesta. Todos callamos unos segundos (menos María) esperando más datos. Mercedes nos repasó a todos con su mirada y continuó.

Cada uno adoptamos un rol …

Os resumo: cada uno asumía un rol, que en realidad solo era un nombre para sugerir situaciones y dar al juego un carácter algo más elaborado. En cada tirada se elegía por sorteo un reo, un verdugo y un juez, en ese orden. El reo sufría la pena, el verdugo la ejecutaba y el juez la imponía. Como era un juego de evidente intención erótica el reo y el verdugo se elegía alternativamente entre chicos y chicas, y el verdugo entre todos. La elección de los implicados, un verdadero clásico: la botella a la que se hace girar y que señala al elegido al detenerse. Hubo alguna queja, Juan y Fidel creo que fueron, pero pronto quedaron apagadas por el ruidoso entusiasmo de las chicas.

Venga, ¡Cobardes!- animó Elena.

Solo es un juego.- apoyó Sonia.

Luego seguro que hay alguien que se enfada.- se sostuvo Juan.

También lo he previsto.-dijo Mercedes- Cualquier prenda que se encargue a un reo puede cambiarse por dos chupitos de whisky.

Joder. ¡A mí no me gusta el whisky!

Vale, Antonio. Por dos chupitos de licor. Venga, yo seré la bruja.

Os resumo ahora los participantes y así aprovecho para describir a los no descritos hasta ahora.

De mí ya os he hablado. Me autobauticé como el bandolero.

Mercedes, la bruja, acabo de describirla, y a Ana, la princesa, os la describí antes. Jordi se parece un poco a mí, sólo que es rubio y un poco demasiado barrigón.

Fidel, el cura, el marido de Sonia, la monja (ya sé lo mal que suena, pero cada uno eligió su papel), un poco más de lo mismo nada espectacular, pero buena planta. Sonia la monja ya os he dicho que se parecía mucho a Mercedes. Se diferenciaba de ella en que sus tetas eran el doble de grandes, y se parecía en que vestía casi igual, es decir, en ese momento usaba minifalda y sujetador.

De María, la reina, ya os habréis hecho una idea: mucho volumen por todas partes, alta, gordita y rubia. Un matiz: todo bien firme y prieto. Antonio, el rey, su marido, era exactamente lo contrario, bastante más bajo que ella, y muy delgado. No pegaban.

Juan, el herrero, hacía juego con su papel. 1,90 de alto y yo creo que también de ancho de espaldas. En algún momento de su vida había sido culturista. Por contraste, Elena, la doncella, era una preciosidad pelirroja, menudita, pero muy bien formada. Su cara pecosa le daba un aspecto de quinceañera que la hacía muy apetecible. Esos éramos los 10 jugadores.

Preparamos todo y nos sentamos en la alfombra para empezar a jugar. A mi izquierda estaba Ana, y a mi derecha Mercedes. Jordi, Sonia, Fidel, María, Antonio, Elena y Juan. Nosotros nos sentábamos descuidadamente, mientras ellas se ladeaban recatadas, ocultándonos sus secretos. Solo María, en sujetador y mini, se había sentado con las piernas cruzadas, con lo que nos enseñaba a todos el rosa pálido de sus bragas, sombreado por el vello púbico. Esta chica a mi no me pone, pero lo cierto es que animaba. La cara de su marido me decía que a él no le animaba tanto la actitud de su señora.

Mercedes hizo la primera tirada para decidir el primer reo (sería un hombre, por aquello de la caballerosidad). Jordi fue el elegido por la botella. Tiró él para elegir a la verdugo, que fue Elena. Y tiró ella para elegir juez. Fue Fidel. Este procedimiento nos permitía a todos ir imaginando cuales serían las penas en función de reo y verdugo. Fidel optó por una pena sencilla.

La doncella debe quitarle al mago una prenda mágica, que la protegerá durante el resto del juego.

Una pícara sonrisa iluminó el rostro de Elena:

¿Cualquier prenda? ¿La que yo elija?

Tú eliges.- repuso el juez.- Y ten en cuenta que puede protegerte el resto del juego.

Perdió unos segundos en poner nervioso a Jordi pero finalmente dijo:

- Bueno, por ser la primera y no gustarme jugar con ventaja, me conformaré con tus mocasines.

En ese momento pensé que otra vez iba a aburrirme. Ya estábamos con las tonterías. Así el juego iba a ser un coñazo insoportable. Pero era aún pronto para irse, así que aguanté un poco.

En las siguientes tiradas Elena ordenó a Juan que le diera besos en el cuello durante un minuto a Sonia, y Fidel hizo que María me quitara y se quedara la camisa (por cierto, que no se la puso). Me agradó notarme tan musculado, y noté la mirada que intercambiaron Ana y Mercedes al comprobarlo.

En la 4ª tirada la botella señaló a Elena de reo, y a Jordi de verdugo, justo al contrario que en la primera. A la hora de decidir juez, se detuvo en Mercedes. Habíamos cogido la costumbre de que los elegidos como reo y verdugo se levantaban a esperar la elección de juez y esperar sentencia. Mercedes a mi lado levantó la cara hacia ellos muy despacio cuando la botella la eligió. Las chispas de sus ojos me anunciaron que iba a dar la siguiente vuelta de tuerca. Habló muy despacio y sonriendo maliciosamente:

Como la doncella se ha quedado con unos zapatos que no son suyos, la condeno a ser despojada de una prenda por el mago. El mago la elegirá entre las prendas de tela que lleva la doncella.

La sentencia no dejaba lugar a dudas. Las sandalias de Elena eran de cuero, como los mocasines que se había quedado. Aparte de esto solamente quedaba el vestido ligero que llevaba y la ropa interior, que, al no llevar sujetador (se veía claramente que así era), solamente podían ser las bragas. Vestido o bragas.

Por unos segundos el silencio fue opresivo. Elena, con la cara tan roja como su pelo, se miraba los pies. Jordi nos miraba a todos boquiabierto. Los demás mirábamos alternativamente a uno y a otro entre sorprendidos, divertidos y expectantes. Por fin Jordi logró articular:

Pero Mercedes, no seas bruta. Piénsalo otra vez.

Soy el juez, y ya he dictado sentencia.- se atrincheró mercedes.

No te preocupes, Jordi.- dijo Elena a la vez que juntando mucho las piernas se metía las manos bajo la falda para quitarse la prenda que había elegido con discreción.

La mueca de la cara de Juan no dejó de ser una sonrisa. Extraña, fingida, perpleja, pero una sonrisa. Se veía que no quería ser el aguafiestas, pero que no le gustaba mucho el asunto.

He dicho que el mago te despojará de una prenda, Elena. Quítate lo que quieras, pero luego el siempre tendrá que quitarte otra.

Elena se paralizó unos instantes. Luego fingió una sonrisa desganada y sujetó los bajos de su vestido con las manos, haciendo saber al verdugo sus preferencias.

Mercedes sonreía maliciosamente. No pude evitar intervenir.

Siempre os queda la opción de los dos chupitos.

¡Es verdad!- dijo Jordi, a la vez que se lanzaba a servírselos y bebérselos de un trago.

Elena, ya te puedes sentar.- dijo Ana. Elena, que aún esperaba que Jordi le bajara las bragas, abrió un ojo y vió a Jordi sentándose. Entonces recobró una sonrisa y sin decir nada se sentó.

No hubo comentarios. Incluso por unos segundos el silencio parecía que iba a agotar la velada. Enseguida, Mercedes, como último juez hizo girar de nuevo la botella, y todo volvió de momento a una relativa normalidad.

Aquel incidente, pude apreciar, tuvo una curiosa consecuencia. Al darnos todos cuenta de la posible impunidad, las sentencias crecieron de manera brutal. Y el consumo de alcohol subió paralelamente.

A mi me ordenaron sobarle las tetas a María (2 chupitos y ganarme el resentimiento de ella para siempre) y restregarle la cebolleta por el culo a Sonia (2 chupitos), y me condenaron a darle una prenda a Ana (le di los zapatos) y a quedarme en pelotas (2 chupitos). Y como yo todo el mundo. Ana cambio una mamada a Fidel por dos chupitos, Fidel cambió un strip tease, Elena evitó masturbarse en público, y así todo el mundo. Como hechos más significativos Juan le quitó la minifalda a Sonia, María se quitó el sujetador (a pesar de que Jordi ya estaba sirviendose dos chupitos) y Jordi, Fidel y Antonio estaban ya en calzoncillos. Y todos (menos Mercedes y Ana quizá, a las que la botella estaba respetando) estábamos mucho más bebidos.

Así estábamos cuando la botella eligió de nuevo a Elena como reo. Ella se levantó entre risas, confiada por el derrotero que había tomado el juego. Dio vueltas de nuevo la botella, eligiéndome a mi como verdugo. Me levanté he hice girar la botella. Eligió a Antonio, que llevaba un pedo de dimensiones considerables.

Me miró fijamente, meditando una sentencia y aprovechando la confianza que en algún momento tuvimos sentenció con voz pausada y aguardentosa. No dejó de mirarme fijamente mientras hablaba:

El bandolero castigó la soberbia de la doncella descubriendo al populacho el color del cabello que escondía.

¡Tramposo de mierda! Había una cierta obsesión general con el coño de Elena. Alguna vez, Antonio y yo, fuimos bastante amigos. Tuvimos mucha confianza. El estaba platónicamente enamorado de Elena. A mí, tan pequeñita y delicada, tan peliroja y pecosa, tan pálida y juvenil me ponía burrazo solamente pensar en ella. Alguna vez habíamos comentado lo buena que estaba, y bromeando, yo le pregunté si sabía de que color tenían el vello púbico las pelirrojas. El muy cabrón, a pesar del pedo se había acordado, y había dictado una sentencia comprometida. Tardé unos segundos a conciencia, para dar tiempo a que Elena comenzara a servirse sus dos chupitos.

Pero Elena había adoptado una postura muy similar a la de la prenda con Jordi. Permanecía en pie frente a mi, con la vista fija en la punta de sus pies, y sus manos habían cogido el borde inferior de su vestido. No pregunté, era obvio que no tenía la más mínima intención de servirse dos chupitos. Aún sabiendo que no los utilizaría le di unos segundos, por si acaso. Finalmente dije:

Lo digo ahora y bien clarito, para que luego no haya problemas. Son los dos últimos chupitos que me bebo.

Aunque miré a mis nueve compañeros de juego al decirlo, mis miradas se hicieron más insistentes al cruzarse con las de ellos, los maridos. Quería que el aviso les quedara muy claro especialmente a ellos. Mientras me servía y me bebía los dos chupitos, Elena se mantuvo en la misma posición, y solo volvió a sentarse cuando yo lo hice.

Antonio hizo girar de nuevo la botella, y de nuevo la botella me eligió. Ahora sería yo el reo. Hice girar la botella, y le tocó a Mercedes ser mi verdugo. Me gustó la combinación. Ella volvió a hacer girar la botella, y fue Sonia la juez que nos tocó. Estaba preciosa con la pícara sonrisa que iluminó su cara. Ella se levantó, y le hecho mucho teatro al asunto. Paseaba en ropa interior a nuestro alrededor, sin decir nada. Aproveché para mirar su cuerpo con detalle. La ropa interior era de lycra blanca. El sujetador era a todas luces insuficiente para el tamaño de sus pechos, que se desbordaban por todas partes. El diminuto tanga, aunque totalmente opaco, se pegaba a su pubis en un esfuerzo infructuoso por cubrirlo. Parecía ir depilada completamente. Simulaba estar pensativa mientras hablaba despacio y haciendo largas pausas (yo creo que estaba aprovechando para calentar al personal, para exhibirse).

- El bandolero ha bebido ……. ha bebido … demasiado. La bruja …… deberá …. extraer de su interior lo vapores que marean al bandolero …. que deberá dejar que la bruja …. beba de su boca el aliento que le envenena.- hizo una larga pausa, pero como no reaccionábamos añadió- Vamos, que tienes dejar que ella te de un morreo digamos deeeee ¡dos minutos!

Ni en mis mejores sueños se me habría ocurrido imaginar una situación así. Y con Ana delante el morbo crecía hasta límites insospechados. Pero no me hice ilusiones. Mercedes apenas había bebido, y podía cambiar dos chupitos por el cumplimiento de la pena. Cuando la miré ella también sonreía, y para nada parecía que tuviera intención de servirse dos whiskys. Sus ojos se cruzaron con los de Ana primero, y luego con los de su marido. Cuando se volvió hacia mi supe que iba a darme ese morreo. Miré un momento a Jordi. Tenía una extraña expresión en su cara. Lo definiría como desconcierto. Pero el abultamiento en su entrepierna indicaba que de alguna manera estaba deseando ver aquello.

Me volví hacia Mercedes, y cuidé que nada en mi actitud la animara ni desanimara. Ella se recreó en la suerte, acercándose a mí despacio. Era un placer verla. El blanco de su sujetador y su minifalda refulgían en el contraste con su piel morena. Su, minifalda arrugada hasta casi no cumplir su función, daba paso a su largas y bien formadas piernas. Sus pasos eran silenciosos.

¿No vas a beber?- preguntó.

¿Y tú?- fue mi respuesta.

Todo estaba dicho. Se pegó a mi y puso una mano en mi cuello mientras deslizaba la otra por mi espalda para hacer que nuestros cuerpos se apretaran. Yo mantuve mis brazos, inertes, a mis costados. Estuvimos así unos segundos. Los torsos separados, las cinturas bien apretadas y mirándonos a los ojos. Ella sonreía. Yo intenté no hacerlo de manera muy evidente hasta que, al mirar de reojo a Jordi (el guarro estaba trempado), me animé y sonreí también a Mercedes.

Ambos cerramos los ojos cuando la cercanía de nuestros rostros fue ofensiva. Inmediatamente noté el contacto blando y cálido de sus labios en los míos. Una de sus manos cerraba firmemente la tenaza de su brazo en mi cintura, mientras la otra en mi nuca jugaba con mis cabellos y presionaba suavemente mi cara contra la suya. Seguimos un rato en ese juego de labios, y me obligué a abrir los ojos topándome con su cara pegaba a la mía que giraba a un lado y otro buscando nuevos ángulos en el contacto.

Tardó poco en abrir la boca. Mantuve la mía al principio cerrada y dejé que ella jugara sus cartas. Conseguí que los brazos me pesaran toneladas, única forma de evitar echar mano a su trasero. Cuando su lengua se hizo notoriamente presente, insistente en mis labios le abrí paso, y saboreé la humedad fresca de su boca. Mi lengua respondió a su búsqueda y salió a su encuentro. Notaba mis carrillos y los suyos responder hinchándose a la presión que se les ejercía desde dentro.

Finalmente abrió los ojos y comenzó a ceder la presión de sus manos y su cuerpo. El aplauso de los demás jugadores nos sorprendió ya separándonos, pero aún con las caras muy juntas y manteniendo el contacto de nuestras lenguas a la vista de todos. Seguimos unos instantes así, sonriéndonos a pocos centímetros y dilatando aquel postrero contacto de nuestras lenguas.

Buenooooooooooooo.- dijo Sonia- Habíamos dicho dos minutos. Vale ya, que no somos de piedra.

Venga. Ya vale.- esta vez era Jordi. Los demás también comentaban, pero me llamó la atención el tono aún afable de Jordi.

Ni un segundo dejamos de mirarnos ella y yo mientras nos sentábamos. Ella se sentó muy próxima a mí, tanto que tuve que recoger las manos para no estar tocándole las piernas. La minifalda se le había subido aún más, y no era posible que no fuera consciente de que me estaba enseñando su maravilloso culo.

Sin dejar que los comentarios se apagaran Sonia puso de nuevo en marcha la botella y el juego continuó.

Las pruebas habían subido de tono un poco más. Y los jugadores estaban lo bastante bebidos y lo bastante calientes para colaborar con verdadero interés, tanto en la ejecución de las sentencias, como en la elección de las mismas. Ellas estaban totalmente desinhibidas. Nosotros completamente borrachos y ultracachondos.

Mercedes condenó a Sonia a un morreo con Antonio, aunque este no duró ni la mitad de tiempo que el nuestro y ni tuvo siquiera la décima parte de morbo que el que yo le había dado a Mercedes. Parecía un águila dando de comer a su poyuelo, y ni el hecho de que Sonia estuviera casi en pelotas mejoró la ejecución.

María condenó a Fidel a que intercambiara su ropa interior con Elena. Fidel estuvo dudando unos instantes si beber, pero cuando Elena se quitó un exiguo tanga rojo (la condenada mantuvo el interés, por que consiguió que nadie pudiera ver nada) él se quitó el boxer y lo cambió con Elena. Tras unos intentos de tapar lo suyo (que bárbaro, que tranca) con aquel minúsculo trozo de tela decidió dejarlo, y se quedó en pelotas, con una erección tremenda. Elena sí consiguió ponerse el boxer de Fidel, pero se lo quitó de inmediato al notarlo húmedo.

Jordi condenó a María a ser despojada de las bragas por su marido, Antonio. Cuando todos pensábamos que no iba a hacerlo, no solo lo hizo, sino que cuando la tuvo con las bragas a medio muslo, la hizo agacharse y la ayudó a dar una vuelta completa, con lo que todos pudimos apreciar la rotunda dimensión de su trasero y la necesidad evidente de un arreglito de peluquería en su intimidad. No obstante lo anterior, creo que a todos, menos a mí, encantó la exhibición, a juzgar por las miradas de ellas y por las ya evidentes erecciones de ellos.

Ana fue el siguiente reo. Jordi, su juez introdujo una nueva variante. Dejó la sentencia en manos del verdugo, en este caso Fidel. El muy idiota solo se atrevió a condenar a Ana a bailar el baile de los 7 velos para él. Ana, como le faltaban 6 velos, se limitó a bailar de manera sensual, como un strip tease, pero sin quitarse ninguna prenda inicialmente. Bailaba para todos, y repetía cada movimiento con varias orientaciones para que ninguno se perdiera nada. Nos enseñó a todos el mínimo tanga negro que llevaba esa noche, recogiendo a menudo los bajos de su vestido con sus manos para levantarlo o simulando que se acariciaba. Incluso en un momento cogió la cinturilla del tanga y tiró de él hacia arriba y hacia los lados mientras bailaba, haciendo que todos viéramos que se había depilado totalmente el coño. Cuando estaba acabando la pieza que había elegido, bruscamente, se quitó el vestido. Sus tetas, ahora expuestas, rebotaron cuando lo lanzó a su verdugo. Acabó el baile manoseándose el coño unos segundos mientras parecía invitarnos a un polvo a cada uno de los varones presentes.

Solo la tremenda erección que tenía evitó que me levantara y me fuera. Solo la increíble excitación que tenía pudo con la ira que me produjo ver a la madre de mis hijos provocando a todos mis amigos. Seguro que también influyó el contacto tranquilizador de Mercedes, que durante el baile de Ana se pegó a mí pasándome un brazo por los hombros y haciendo que una de sus manos descansara sobre mi muslo. No fui consciente de este contacto hasta que no se sentó Ana. No pude sobreponerme a mi furia hasta que la botella no volvió a rodar.

Juan, que aún había intervenido poco (solo había perdido la camisa) fue el siguiente reo, y Mercedes la nueva verdugo (tardó en levantarse). Cuando la botella paró otra vez en Jordi pensé que nada fuerte iba a pasar. Mercedes era su mujer, después de todo.

Esto de poner sentencias está empezando a gustarme. Trabajando en una herrería (Juan era el herrero) debes de pasar mucho calor. Te condeno a ser despojado por la bruja de una prenda.

¿Elijo yo?- Preguntó Mercedes.

Calla que no he terminado. No obstante si durante el despojo, la temperatura no ha bajado lo suficiente, te despojará de todas las que lleves.

No entiendo.- dijo Juan.

Ni yo- dijo Mercedes.

Mercedes, puedes tardar lo que quieras en quitarle la primera prenda y hacerlo como quieras, y si al hacerlo todavía está "caliente" le quitas más prendas hasta aliviar su calor. Tu no puedes resistirte a lo que ella te haga hacer. No tienes porque ser activo pero tienes que ser dócil.

Venga ya. Solo llevo dos prendas y eso de que tarde lo que quiera…

Bueno digamos que ella tiene tres minutos a partir del primer contacto. Y mejor llevar solo dos prendas. Así sufres menos.

Creo que estuvo un buen rato pensándose si beber dos chupitos. Miró insistentemente a su mujer, Pero Elena no prestaba atención, estaba charlando con Ana en voz baja y ajena a lo que pasaba en el centro del corro. Creo que esto fue lo que le decidió. Si a ella le daba igual a él más.

De acuerdo.

Cuando quieras, Mercedes.

Ella no había dejado de mirar fijamente a Juan durante toda la conversación. Cubrió con dos lentos pasos de pantera al acecho la escasa distancia que les separaba, y le dijo que se estuviera quieto tensando los músculos. El obedeció. Acto seguido dirigió sus manos al torso de él. Pero no llegó a tocarlo. Mercedes trazó en el aire la réplica del torso de Juan. A escasos milímetros de su piel dibujó todos sus músculos. Los abultados pectorales, la tableta de su abdomen, los musculados brazos,… Caminando despacio fue dando la vuelta alrededor de él y repitió la operación en su espalda. Apenas llevarían un minuto en esa situación cuando Juan preguntó:

¿Cuánto llevamos?

Aún no te he tocado.- se apresuró a responder Mercedes. Dicho esto se decidió por fin a tocarle para rápidamente despojarle del pantalón. Juan usaba un slip, que de momento era suficiente para ocultar su sexo, pero que todos sabíamos que iba a terminar perdiendo

Mercedes pasó rápidamente delante de Juan, y en un rápido gesto se levantó la falda por atrás, pegando sus nalgas al paquete de él. Comenzó a mover el trasero, masajeándolo, y a la vez cogió con sus manos las manos de él y las llevó hasta sus pechos. Allí guió las manos haciendo que le acariciaran los pechos por encima del sujetador. En un rápido movimiento dejó por un instante aquellas manos y se desabrochó el sujetador. Juan retiró las manos instintivamente dejándonos ver unas grandísimas areolas, más claras (que curioso) que el resto de la tostada piel, y unos pezones inflamados, reclamando ser acariciados. Siguió acariciándose ella sola unos instantes, haciendo que sus pezones se tensaran como resortes y rápidamente recuperó las manos de Juan. Pero solo una de ellas volvió a los pechos de ella. La otra, obligada por Mercedes, venció la resistencia del borde superior de la falda elástica y del blanco tanga, y todos pudimos apreciar la silueta de los dedos de Juan colocados en el sexo de Mercedes. Todos pudimos apreciar, como finalmente cedía a sus instintos, y sus dedos hurgaban rápida y nerviosamente en la vulva de ella.

¡Tiempooooooooooooo!- obviamente fue Jordi.

Me parece que me voy a quedar con unos calzoncillos.- dijo Mercedes mientras suavemente retiraba las manos de Juan y se separaba de él.

Al hacerlo todos pudimos comprobar como el capullo y buena parte del tronco del rabo de Juan asomaban por el borde superior del slip. Sin esperanza se quejó:

Pero bueno, seré yo quien tenga que decir si tengo calor o no.- mientras lo decía se colocaba el rabo para ocultarlo bajo la tela (misión imposible).

Bueno amigo- dijo Mercedes- que estás caliente, muy caliente, lo han visto todos y lo he notado sobre todo yo.- y, aunque no fuera necesario, le dio un manotazo a Juan para que apartara las manos, y cogió la punta que asomaba con una mano mientras que con la otra recorría el tronco hasta los huevos, demostrando la tremenda erección que tenía Juan.

Aún fue un poco más allá. Tal como estaba, con la minifalda aún subida por atrás enseñándonos el trasero y con las tetas al aire, se arrodilló, y se pegó mucho a Juan, como si fuera a mamársela. Luego bajó de golpe el slip, haciendo que al liberarle la poya esta pasara a escasos centímetros de su cara. Finalmente le ayudó a sacarse pantalones y slips por las piernas, y levantó los slips por encima de su cabeza, en señal de triunfo.

Juan se tapó el nabo con las manos y volvió a su sitio. Mercedes no se molestó en arreglarse la falda ni en ponerse el sujetador. Cuando volvió a sentarse muy cerca de mi, sus tetas desnudas se tocaban con mis costados y con mis brazos cuando ella o yo nos movíamos. Jordi, sin dejar de mirarla con una extraña expresión en su cara, volvió a hacer girar la botella.

Elena reo, Antonio verdugo, Ana juez. Pareció que Ana, atendía a los deseos de la concurrencia masculina, pero yo creo que se limitó a no calentarse la cabeza.

Quítale una prenda.- fue toda su sentencia.

Solo le quedaban las sandalias y el vestido, al no haberse puesto el boxer de Fidel, y tal como se estaba poniendo la noche, era evidente que Antonio no querría las sandalias.

¿No bebes?

¿Quieres que beba?

¡Yooo! No sé Elena. Lo que tu quieras. Yo bebería, pero…

Pues adelante. Yo también he bebido bastante.

Aquello podía hacerse rápido, sacándole el vestido por la cabeza, pero Antonio decidió recrearse en la suerte. Se colocó detrás de Elena y fue por partes, poco a poco, haciéndola girar a cada paso para que todos viéramos bien. Primero dejó resbalar un tirante por el hombro, luego el otro. Luego tiró hacia abajo de cada uno de ellos, descubriendo un pecho de oscuros y pequeños pezones cada vez. En el siguiente movimiento hizo que sacara ambos brazos, y hubo de sujetar con una mano en el vientre de ella el vestido para evitar que cayera mientras daba la vuelta. Finalmente, metió sus manos entre el tejido y la piel, y, muy despacio, terminó de bajárselo. Nos quedamos sin saber el color de su vello púbico. Lo llevaba totalmente rapado. A cambio supimos que sus pecas se extendían por todo su cuerpo, y apreciamos lo apretadito de los labios de su sexo. Ella puso ambos brazos en cruz y juntó mucho las piernas, y Antonio le dio el último giro completo entre los aplausos de todos (yo el primero). Cuando se sentó no pudo evitar que le viéramos la vulva completamente, pero no pareció importarle demasiado, ya que de hecho al sentarse lo hizo con las piernas cruzadas, provocando que su sexo se abriera y nos mostrara casi todos los detalles.

Os actualizo la situación, porque merece la pena.

Todos un poco o muy bebidos, según el caso. A mi derecha, Mercedes sin sujetador, y con la falda remangada por el ombligo se apretaba contra mi. Junto a ella Jordi en calzoncillos y muy bebido. A su lado Sonia vistiendo únicamente se exigua ropa interior. Fidel, junto a esta, estaba desnudo, borracho e hiperempalmado. María era seguramente la más bebida y estaba desnuda, salvo por la falda, que sentada con las piernas cruzadas ocultaba bien poco de su peludo sexo. El canijo de Antonio, simulaba estar más bebido de lo que estaba, y estaba también en calzoncillos. Elena, desnuda y cruzada de piernas, nos mostraba a todos su chocho depilado y abierto por la postura. El cachas de Juan también estaba completamente en pelotas. Mi ex/mujer, cada vez más pegada a mí, estaba solamente vestida con un diminuto tanga negro. Yo conservaba mis pantalones y la consciencia, aunque con una neblina alcohólica muy preocupante.

Pero es que además todo alrededor se estaba volviendo un extraño sueño. Para empezar Ana y Mercedes tenían un brazo sobre cada uno de mis hombros y una mano sobre cada uno de mis muslos, acariciando levemente. Ellas me escoltaban a mí, mientras sus pechos escoltaban a cada uno de mis brazos. Cada vez que ellas o yo nos movíamos podía percibir el contacto con sus pezones, duros y calientes. Jordi, casi dormido de borracho que estaba, estaba recostado sobre Sonia, en cuyo regazo apoyaba la cabeza. Ella le acariciaba el pelo, aprovechando para tocarse de vez en cuando el sexo con disimulo. Con una de sus manos se acariciaba ocasionalmente los pechos, desmayada, pero abiertamente.

Fidel se acariciaba el hinchado nabo con una mano, manteniendo el otro brazo por encima de los hombros de María. Esta había reaccionado pegándose Fidel, con lo que la mano de él podía toquetear el pecho desnudo de ella, jugueteando con su pezón. Finalmente comenzaron a besarse. La minifalda remangada permitía que todos le viéramos el peludo coño, por el que asomaba el piececillo de Antonio, jugueteando con su vulva. Antonio se concentraba en esa actividad.

Elena, completamente desnuda era la única que parecía interesarse por el juego. Sus manos en su chocho parecían solo ocultarlo. Ocasionalmente no podía tampoco ella evitar un toqueteo. Juan acariciaba las pantorrilas de mi mujer, reclamándole una atención que no recibía. Alguna vez sus manos llegaron a los muslos de Ana, pero esta las retiraba con suavidad. El volvía a concentrarse entonces en sus pantorrillas, inasequible al desaliento.

Elena se tomó unos segundos en los que todos fuimos conscientes de hasta donde habíamos llegado. Por un momento pensé que iba a decir algo para cortar aquello, pero finalmente hizo rodar de nuevo la botella.

Fue Elena la que hubo de levantarse deshaciéndose de las caricias de Juan, elegida por el azar, y lanzar la botella, que me señaló a mí. Había temido este momento desde el principio. El morbo había crecido, y noté como todos dejaban lo que estaban haciendo y prestaban atención al juego. Hasta Jordi , que, ahora consciente de su posición, se concentraba en tratar de acomodarse para buscar buenos ángulos sobre el regazo de Sonia, recuperó el interés olvidando la cálida acogida que le proporcionaba Sonia. Miré a mi exmujer. Estaba preciosa. me miraba de soslayo, vestida solamente con el tanga. Simulaba taparse los pechos con un brazo, pero veía sus pezones tiesos por encima de su brazo y entre sus dedos abiertos. Sonreía.

Lanzé la botella y eligió a Mercedes. No se me ocurría peor situación. Los gritos y los aplausos de la concurrencia corroboraron mis temores. Cuando ví los ojos de Mercedes supe que todo se había montado para ese momento. La llamada, la fiesta, el juego, todo se había montado para permitir que se diera una situación como esta.

Venga, no te cortes.- animó Jordi.

A ver que prepara esta.- se quejó Juan, que perdía con esto muchas oportunidades de pillar cacho con Ana.

María, que le había liberado la boca a Fidel, chillaba histérica, palmoteando estúpidamente.- Bravo, bravo. Ahí quería yo veros.

Mercedes la fulminó con una mirada. Enseguida recuperó su interés por nosotros. Con las piernas cruzadas simuló estar meditando, marcándolo el gesto de llevarse el dedo índice a la sien.

Bueno, que gran responsabilidad. La verdad no me atrevo a decir lo que pienso. Los dos sois amigos míos. No quiero molestaros.

Venga cobarde, no te enrolles.- terció de nuevo Jordi.

Calma, calma. Ya lo tengo. Puedes hacer lo que quieras con ella. El reo está a disposición del verdugo. Puedes hacerle lo que quieras o hacer que ella haga lo que tú quieras.

Durante unos segundos se hace el silencio. Soy consciente del brillo en todos los ojos, incluidos los de Ana. Todos esperan algo, como si todos los cazadores apostados se apresuraran a cobrar la pieza al oir el lejano bullicio de los batidores. Aún medité unos segundos más mi siguiente intervención.

Yo no voy a beber más. Y no seré tampoco yo el que estropee el juego.

Lo dije sin dejar de mirar a Ana, esperando alguna reacción por su parte. No tardó en responder. Sostuvo mi mirada sonriendo y dijo:

Pues yo también he bebido demasiado ya. Y tampoco pienso ser la aguafiestas, así que …

Dejó la frase en el aire. Yo sonreí (no tuve que obligarme a hacerlo) y un aplauso nervioso llenó la habitación.

Cuando conseguí que pararan traté de confirmar:

Entonces, puedo hacer con Ana lo que quiera o hacer que ella haga lo que quiera, ¿no es así? De acuerdo. ¿Cuánto tiempo tengo, Mercedes?

No esperaba la pregunta, así que contestó sin pensárselo:

¡Eh! Sí claro el tiempo. Bueno ya es tarde, así que si queréis esta será la última prueba. Tienes todo el tiempo del mundo, el que quieras tomarte.

Y ¿puedo poner condiciones?- dije mientras daba vueltas despacio alrededor de mi ex.

¿Condiciones? No entiendo.

Yo te explico. Quiero que todos colaboréis, y así hacer que la condena sea más … excitante. Para empezar quiero que todos estéis callados hasta que yo os diga. Así la "condenada" no tendrá pistas de lo que le va a pasar y será más "inquietante". ¿Qué me decís?

Mercedes no contestó. De hecho, su cara dejaba ver una sombra de duda. Cuando miraba a Ana pidiendo opinión Jordi se adelantó:

Tu mandas, verdugo. Esto no me lo pierdo.

De nuevo un aplauso generalizado calentó el ambiente, y Mercedes optó por quedarse callada, consintiendo.

Miré a los ojos de Ana, que me devolvió una mirada de desafío y determinación. Me zafé de su mirada, y comencé a dar vueltas a su alrededor, examinando en detalle cada milímetro de esa piel que me era tan conocida. Tuve que hacer un importante ejercicio de autocontrol para que mis manos no amasaran esos morenos gluteos que tanto había echado de menos, para que mi lengua no volviera a saborear la piel de sus tensos pezones. Ella, vestida solo con el diminuto tanga negro, hacía como que tapaba sus pechos con una mano y su sexo con la otra. Pero la realidad era que se mostraba casi desnuda a mis ojos y a los de todos, de manera consciente y solo con fingida vergüenza (si alguien tenía dudas solo necesitaba recordar su lascivo baile de hacía un rato, o fijarse en la separación de los dedos de la mano que simulaba tapar un pezón, o poner atención al disimulado toqueteo a su sexo con la excusa de taparlo).

Lo primero que quiero que hagas es buscar algo con lo que taparte los ojos.- dije por fin.

Ella se volvió buscando con la vista su vestido. Juan se adelantó lanzando el de su mujer lo que cogió a Ana desprevenida. El gesto brusco que hizo para recogerlo le obligó a descubrir totalmente sus tetas, que respingaron deliciosamente. Pero fue cuando elevó sus brazos para intentar vendarse con el vestido de Elena cuando nos ofreció a todos la auténtica dimensión de su belleza.

Los altos tacones de sus sandalias tensaban los músculos de sus piernas. La piel morena y tensa de sus muslos y de sus pantorrillas brillaba como si fuera de oro. Sus piernas entreabiertas permitían a la tela del tanga ofrecernos un dibujo perfecto del abultamiento de su sexo. Sus glúteos, turgentes, sólidos, brillaban como el resto de sus piernas. El vientre plano dada paso al perfil perfecto de sus pechos, que sobreelevados por la posición de los brazos parecían aún más prietos de lo que eran. Detuve mi movimiento, disfrutando de sus intentos de vendarse los ojos. Finalmente decidí ayudarla.

Deja, yo lo haré.

Aproveché para comprobar la efectividad del improvisado antifaz. Mientras lo ataba, la visión de su largo cuello y de su espalda perfecta me sugirió un nuevo juego. Cuando hube comprobado que el vestido la cegaba por completo acerqué mis labios a la piel de su cuello, sin tocarla, pero asegurándome de que notaba mi aliento en su piel. Cuando buscó el contacto de mis labios moviéndose un poco mis labios huyeron, sin completar el beso. Me divertí moviéndome despacio a su alrededor. Ella movia sus cabeza buscando percibir los ruidos, los olores, el calor, que le permitieran saber donde estaba yo y que estaba haciendo. Le dejaba percibir mi aliento para huir enseguida su contacto. Repetí la acción en su espalda, en sus nalgas, en su ombligo, en su pezón. Cuando lo hice en sus labios tuve que ser muy rápido para no dejarme atrapar.

La tensión era altísima, y podía oir la pesada respiración de Ana. Observé el efecto de lo actuado sobre el resto de los presentes. Todos miraban fijamente a Ana. Ojos entrecerrados, bocas entreabiertas, lentos paseos de la lengua por los labios. Y por lo demás se estaban formando parejas de conveniencia. Sin perder de vista a Ana, Fidel acariciaba los pezones de María sin ningún disimulo ya. María correspondía acariciando el vientre de Juan y llegando incluso más abajo. A su izquierda Jordi se había sentado detrás de Sonia, con las piernas una a cada lado de ella. Con una mano sujetaba suavemente a Sonia pegada a él. La otra se perdía debajo de una de las de Sonia en la entrepierna de esta. Ambas manos se movían acompasadamente.

Mercedes tenía una extraña expresión en su cara. Sentada como una india su minifalda dejaba ver perfectamente su pubis cubierto por la estrecha tira húmeda de tela blanca de su tanga. Juan se había colocado junto a ella y le acariciaba el vientre con una mano y la espalda con la otra, mientras ella se apañaba con sus propias manos en sus pechos.

Solo Antonio y Elena permanecían únicamente atentos a Ana y a mí. Podría decirse que estaban ajenos a aquel principio de orgía … si no fuera porque ambos estaban totalmente desnudos. Curiosamente ambos tenían la misma postura, con sus brazos recogiendo sus piernas por las rodillas.

Fui un poco más allá.

Ahora quiero que te quites el tanga. Mejor dicho: quiero que te lo bajes hasta las rodillas, y que lo dejes allí.

Aquello me pareció más humillante que simplemente hacer que se desnudara. Por un momento pensé que no iría tan lejos, pero tras unos segundos de duda apretó los muslos, no sé si para proteger su sexo o para evitar que cayera el tanga. Cuando apareció su valle, rasurado, moreno y apretado por la posición de sus muslos, el silencio se hizo más pesado. Podía escuchar la lenta y pesada respiración de los diez jugadores. Sobre su tanga se apreciaba claramente la húmeda prueba del calentón que tenía Ana. Me alejé un poco para admirar mejor la visión y continué.

Es mejor que abras las piernas para sujetar el tanga, así podremos verte bien. Además deberás luego girar para que todos podamos verte bien todo.

Ahora no dudó. Muy despacio pero decididamente sujetó un momento su tanga con una mano y abrió las piernas. Al hacerlo sus labios mayores se separaron desmesuradamente, dejando asomar jugosos y brillantes los labios menores.

Pon las manos sobre la cabeza. Así podremos ver tu cuerpo completo mientras giras sin que nada nos estorbe.

Obedeció de inmediato y mantuvo la dignidad en sus giros, a pesar de la incómoda situación. Todos se sentían protegidos por la venda que llevaba Ana, así que todos se recrearon en la vista de su sexo expuesto. Cuando acabó y quedó de nuevo frente a mí fui un poco más lejos. Por sorpresa le introduje un dedo en la vagina. Sin rodeos, sin caricias, sin mimo. Fue un gesto preciso, casi profesional. El dedo estirado se introdujo en su sexo y hurgó brevemente en su intimidad. Respingó por la sorpresa, pero rápidamente se destensó y se dejó hacer, dejando escapar un gemido ahogado.

Se lo saqué brillante por sus jugos y me lo llevé frente a mi cara aspirando su familiar aroma. Luego dejé que ella lo oliera también. Un leve mohín de desagrado me hizo desistir de ese gesto, así que lo limpié con mi lengua y continué con el juego.

Estás siendo muy obediente. Si sigues así al final tendré que premiarte. Ahora quiero que te pongas a cuatro patas, como una perrita.

Obedeció dócilmente. Al hacerlo el tanga cayó hasta sus tobillos. Me acerqué a ella despacio y se lo subí hasta mitad de sus muslos, moviéndose ella para facilitar la operación. Una vez hecho, disfruté de la visión que me ofrecía en esta nueva posición. Sus dos orificios totalmente expuestos eran la visión más excitante que recordaba desde hacía muchísimo tiempo. Su chocho aparecía húmedo y brillante, casi chorreante, aún con los labios pegados la visión era preciosa. Había apoyado los codos en lugar de las manos, con lo que su ano quedaba aún más expuesto de lo que cabía esperar. Jamás me había dejado estrenárselo, pero sí que se lo había comido alguna vez. Los pocos pelos que tuvo en aquellas ocasiones habían desaparecido también, presentando el fruncido agujero sonrosado y perfecto. A lo lejos sus tetas pequeñas y colgantes ofrecían un baile suave en esa posición.

Su tanga volvió a caer, esta vez solo hasta las rodillas apoyadas en el suelo.

Me parece que tendrás que volver a abrir las piernas para sujetar el tanga, Ana. Luego vuelve a girar que todos podamos verte.

Le ayudé sujetándole el tanga, entre otras cosas, para asegurarme de que estaba en la mejor posición para observar su nueva entrega. La visión fue impresionante, sus labios menores tardaron en despegarse, tan húmedos como estaban. La acogedora oscuridad de su interior hacía que su vulva se viera más rosada y más fresca. Le dí una palmadita suave en el trasero, indicándole que comenzara a girar.

Lo hizo despacio, manteniendo sus rodillas bien separadas. Aproveché su lenta vuelta para volver a mirar lo que hacían los demás. Todos miraban a Ana, pero casi todos pasaban el tiempo con alguna otra actividad. Mercedes, se acariciaba el sexo por encima de la ropa interior, mientras Juan le magreaba las tetas ya sin disimulo a la vez que le daba cortos besos en los hombros. Su poya, ahora decididamente apoyada en el muslo de ella, empezaba a emitir fluidos, pringando la pierna de Mercedes. Sonia se había desabrochado el sujetador, y con una mano se magreaba las tetas, mientras que con la otra, oculta tras su cuerpo, parecía pajear despacio a Jordi. Este no perdía el tiempo y colaboraba con una mano en las tetas de ella, mientras la otra se movía en el sexo de ella, ya bajo el tanga de Sonia. María y Fidel atendían a Ana ya solamente de reojo, pues uno frente al otro se besaban y se acariciaban ávidamente. Antonio no quitaba ojo a Ana, pero sus intentos de acercarse a Elena eran suavemente rechazados por esta, que parecía más pendiente de mí que de Ana.

Cuando concluyó el giro de Ana centré mi atención sobre ella.

Realmente no esperaba que fueras tan buena. Te has ganado tu premio y te lo voy a dar. Pero sigue siendo obediente o te lo quito.

Llamé la atención de Antonio por gestos. Cuando tras varios intentos conseguí que me atendiera, por gestos le dije que fuera muy silencioso y que se pusiera delante mía. Llevaba una erección imponente, que compensaba su tamaño más bien limitado. Con los dos puños cerrados y los brazos flexionados los adelanté un poco y bruscamente tiré de ellos hacia atrás. El gesto era universal y no dejaba lugar a dudas. Como Antonio parecía no reaccionar repetí el gesto y dirigiéndome a Ana repetí también:

Ana recuerda, si no sigues siendo obediente no te daré tu premio.

Antonio aún dudó unos instantes. Finalmente se arrodilló tras de Ana, pegando su pelvis al trasero de mi exmujer. Extrañamente no me molestó ver la escasa poya de Antonio deambulando por el vientre y el sexo de ella. Por si fuera poco, la cara de sorpresa, asco y frustración de Mercedes (que a pesar del gesto se estaba metiendo un repaso de aupa con Juan) fue suficiente para que la situación me provocara más excitación y más excitación que ira o frustración.

Antonio intentó durante unos segundos metérsela a Ana sin utilizar sus manos, manchando el culo y el sexo de mi mujer. Finalmente se decidió para guiarla con sus manos, y encaró el sexo de ella. Su capullo desapareció ens