Mi padre fue el que mejor se tomó la noticia. Cuando le dije:
¡Oye, papá, que me gustan los hombres! El abrió mucho los ojos y me contestó con
un "Si es lo que te gusta, adelante". Todo esto ocurrió cuando yo tenía recién
cumplidos los 19. Ahora, con 24, hablábamos más que abiertamente de nuestras
respectivas vidas sexuales. Él, en compañía de las lozanas muchachas que conocía
a través de Internet y de algún que otro esporádico jovenzuelo, y yo en mis
conquistas de fin de semana con machos a granel.
Mi padre era un hombre maduro de 52 años, con un cierto aire
entre gigoló italiano y macho ibérico. Trabajaba como jefe de obra y desde
siempre se había dedicado a la construcción, llegando a ganar mucho dinero.
Gracias a ellos vivíamos en una situación desahogada.
Me había criado con él, pues mi madre no abandonó a ambos
cuando yo aún era muy pequeño. Mi padre era quizás demasiado putero para ella,
pero por lo visto ella lo era aún más, porque se dedicaba a recorrer el mundo
saltando de cama en cama de ricos millonarios. Puede ser que gracias a ello, el
ambiente de libertad sexual que siempre se había vivido en mi casa tenía como
consecuencia cosas tan "normales" como las que aquí voy a narrar.
Se acercaba la fecha de mi cumpleaños, allá por el mes de
junio. Me encontraba en casa cuando sonó mi móvil. Era mi padre, que se había
olvidado unos papeles muy importantes sobre la mesa del salón y debía
acercárselos a la obra sin falta alguna.
Tarde poco tiempo en llegar. Le dije al guardia de la puerta
por lo que iba y el me señaló una carretera por la que ir.
—Sí, sí. Tu padre te espera en la caseta que vas a encontrar
allí —me indicó.
Circulé con el coche despacio hasta el lugar indicado, una
enorme caseta prefabricada. Apagué el motor, bajé del automóvil con la carpeta
de los papeles debajo del brazo y me dirigí a la puerta de la caseta. Llamé y
escuché a mi padre diciendo que entrara.
—¿Se puede? —asomé la cabeza a través del umbral.
—Pasa, pasa, Álvaro —me dijo mi padre.
—Toma —le entregué los papeles.
—Pasa, pasa. Siéntate ahí —me señaló un banco de madera.
Al contemplar el interior de la caseta descubrí que se
trataba de un amplio espacio habilitado para el material de los obreros y para
que se cambiaran y se asearan mínimamente. Mi padre llevaba el casco de obra
puesto y le veía sudar copiosamente. Abrió la carpetilla, echó un vistazo a los
papeles y asintió con la cabeza.
—Muy bien, muy bien —masculló. Después me miró y me
preguntó—. ¿Dónde vas ahora? ¿Tienes prisa?
—No —me encogí de hombros.
—Bien —dijo—. ¿Entonces te puedes quedar a echarme una mano
un par de horitas? Te lo pagaré bien.
—Eh… —dudé por si tenía disponible algún plan mejor. Aunque
lo cierto es que el verano se acercaba y no me vendría mal un dinero—. No. Puedo
quedarme a ayudarte.
—Estupendo —dio una palmada mi progenitor.
Tomó un walkie-talkie que reposaba sobre una mesa, presionó
el botón y habló con alguien, que desde el otro lado contestó: "¡Perfecto!". Yo
permanecía sentado a la espera de que mi padre me dijera de qué se trataba el
trabajo con el que debía ayudarle.
—Bueno, Álvaro. No sé si recordarás que hace algún tiempo
tuvimos una charla sobre las cosas que te gustaban, etc.
—Pues… No, no lo recuerdo, papá —me encogí de hombros.
—Bien. Me refiero a las cosas que te gustaría hacer. Es que
como se acerca tu cumpleaños pues había pensado en darte una sorpresa y después
de romperme el coco creo que el regalo que he elegido es el que más ilusión
puede hacerte.
—¿El qué? —pregunté curioso, buscando en mi cabeza la posible
información que yo le di a mi padre.
Unos golpes de nudillos sonaron en la puerta de la caseta.
—Adelante —dijo mi padre. La puerta se abrió y entraron unos
cuantos obreros, que sonrieron y saludaron a mi padre—. Pasad, chicos. Os
presento a mi hijo. Álvaro.
—Hola —les saludé, sintiéndome un poco cohibido.
—Hola —me saludaron ellos.
Todavía seguían entrando unos cuantos por la puerta.
—Hijo. Estos son mis empleados. Hoy he decidido darles un par
de obras libres. También quiero que me ayuden con ese encargo que te he dicho.
—¡Ah, vale! —asentí con la cabeza, totalmente ajeno a lo que
se cocía en la cabeza de mi padre.
—En total, seremos 14 —todos los hombres habían terminado de
entrar—. Ellos 12 y nosotros dos. A ver, te los presento por orden. Paco,
Julián, Selam, Mouthi, Kirgú…
Menudo lío de nombres tenía ya en la cabeza. Era incapaz de
recordarlos. Aquellos doces hombres tenían cada uno una procedencia diferente.
Españoles, marroquíes, rumanos, polacos, africanos, ecuatorianos…
—Pues nada. Finalizó mi padre. Entonces, como se acerca tu
cumpleaños he pensado en aquella vez que me dijiste que te gustaría disfrutar de
una buena orgía. ¡Aquí la tienes, hijo! Señaló a todos aquellos hombres, que
sonrieron entre excitados y nerviosos.
—¿Qué? —abrí mucho la boca y los ojos en una mueca de horror.
—¿Te gusta el regalo? —me interrogó mi padre.
—Pero… ¡Papá! —balbuceé—. Yo no puedo follarme a…
—Está todo en orden, hijo. No hay problema. Está todo aquí
—señaló la carpeta que yo mismo le había llevado—. Podrás disponer de ellos de
aquí a seis horas.
—Pero yo… —seguía sin creérmelo.
—Vamos, hijo. Ahora no te puedes echar atrás. Sé que lo estás
deseando. —Y lo cierto es que en ese momento podía cumplir la mayor de mis
fantasías sexuales, pero… — Les he seleccionado especialmente para ti. He
elegido a los que pensé que más te gustarían.
Miré a aquel casting. Había de todo. Muy variado, la verdad.
Los tenías desde jóvenes hasta algún cincuentón, todos con caras de ser
auténticas bestias pardas. Rubios, morenos, castaños, altos, bajos, medianos,
delgados, musculosos, gordetes… ¡Increíble!
Los hombres permanecían quietos, a la espera.
—Hijo mío, ellos quieren follarte también. No se tiene la
oportunidad todos los días de casi violar a un jovencito de tan buen ver como
tú. Ven anda. —Mi padre me tomó del brazo y le costó poco levantarme, pues yo
estaba paralizado de pánico. — Mirad —dijo a los obreros. Y me levantó la
camiseta para que admiraran mi vientre y mis pectorales bien trabajados en el
gimnasio, cubiertos por una fina capa de vello rubio.
Al sentir el olor a sudor de los obreros, que ya comenzaba a
flotar en el aire, y el de mi propio padre, una erección comenzó a tomar forma
dentro de mi bóxer.
—Acepto —dije enajenado.
—¡Ese es mi chico! —celebró mi padre la decisión. Entonces se
dirigió hacia la mesa y sacó de un cajón una videocámara—. Esto es para que lo
recuerdes siempre —dijo—. Vamos, dadle a mi hijo lo que se merece —se dirigió a
sus hombres—. Recuerdo perfectamente la descripción que me hiciste de tu orgía,
y aquí los tienes —se refirió ahora a mí—. Hombres maduros, buenos macho
sudados, con grandes pollas, enormes cojones y potentes culos.
—Sí —medio sollocé de la emoción.
—Venga, ¿a qué esperas? —me animó.
Me acerqué al primero, al tal Julián, que era español, de
unos 37 años, con barba de dos días, camiseta sucia y manchada y con un olor a
sudor increíble. Rodeé su cuello con mis brazos y comencé a morrearle de forma
intensa. Él me sostenía por la nuca y me obligaba a besarle con más pasión,
revolviendo mi pelo e inundando mi boca con su saliva. Sentía el bulto de su
paquete contra el mío, y su vientre también. Entonces, otro bulto se apretujó
contra mi culo y se restregó. Quedé en un sándwich entre Julián y un chico
polaco de unos 26 años. El tipo era más grande que Julián, con una oronda
barriga, sudoroso, rubio. Comenzó a buscar mi boca con bastante ansia,
obligándome a echar mi cuello hacia atrás. Dos más se les unieron, tomándome de
la cara y girándome para introducir sus lenguas en mi boca. Me besaban
demasiadas bocas, tanto que me costaba respirar. Entonces escuche la lejana voz
de mi padre que me hizo volver un poco en sí.
—Quiero esa boquita repleta de lardos. Quedará bien como
escena —dijo el hijo de puta de mi papá.
Pero yo, sumiso total, abrí la boca mientras de mi polla
saltaba un buen chorro de líquido preseminal, que se estampaba en la tela de mi
calzoncillo. Estaba preso de una excitación desconocida por mí anteriormente.
Separé mis labios todo lo que pude y dejé mi boca abierta para lo que aquellos
hombres quisieran derramar allí. Dos lenguas entraron a la vez y pugnaron con la
mía. Entonces sobrevino el primer salivazo. Alguien me había escupido allí. Era
una especie de pasta densa que paladeé y conservé. Quería guardar algunos de
aquellos para después mostrárselos a la cámara.
Mis pantalones cayeron al suelo y me quedé marcando erección
dentro de mis calzoncillos elásticos. Mi boca se rellenaba de escupitajos de
saliva que tuve que tragar para que no se derramaran fuera, a través de mis
comisuras. Con los ojos cerrados no me sentía capaz de resistir aquello. Mis
calzoncillos también cayeron hasta los tobillos y mi polla desafió la ley de la
gravedad. 16 centímetros de gorda carne que las manazas duras de aquellos tipos
no tardaron en sobar con brusquedad.
Mi boca se pegaba a otras, grandes, pequeñas, húmedas,
suaves, ásperas… Entonces, alguien me empujó de los hombros hacia abajo para que
me pusiera de rodillas. Fue la debacle. Abrí los ojos y vi a los doce en
círculo, a mi alrededor. Uno me sostuvo la cabeza. Yo sabía lo que tenía que
hacer. Abrí la boca todo lo que pude. El otro español, Paco, un tipo grande que
se había quitado la camisa y nos mostraba su pecho peludo y sudoroso, carraspeó
en su garganta y reunió un buen lardo dentro de su boca. Se acercó a la mía y
disparó aquel contenido en mi garganta. Saboreé aquel flemazo verde que tan
desagradable me parecía, aunque las oscilaciones de mi polla decían lo
contrario. A él, le siguió una buena sesión de gapos de todos los colores y
sabores. Para entonces yo estaba empapado de sudor.
Un hombre negro me quitó la camiseta. Todos comenzaron a
acariciar mis duros pectorales y a pellizcar mis pezones, mientras yo les pedía
más escupitajos. Quería apagar mi sed con aquellas cosas viscosas. Aunque
también pensé que me moría por comerme sus duras pollas y sus deliciosos y
sustanciosos culos.
—Quitaos las camisetas y los pantalones. Sólo quiero que os
quedéis con calzoncillos y calcetines —ordené.
—Ya habéis oído —habló mi padre para reafirmar mi imperativo.
En poco tiempo contemplé el espectáculo de aquellos cuerpos
casi desnudos y sudorosos. El aire se volvió más denso con el olor a pies que
desprendían aquellos calcetines sudados, lo que hacía más cerda y morbosa la
escena si cabía. Sin ninguna duda mi padre había hecho un buen casting. Excepto
un par de ellos, todos lucían pequeños slips que acentuaban mucho más sus
formas. Eran tipos imperfectos, aunque había tres que estaban muy potentes. Un
negrazo bien musculoso con pinta de jugador de rugby, con un vientre hinchado y
surcado por cuadraditos de acero; un rubio polaco con un pechazo y unos bíceps
de impresión, con la piel blanca como la leche y unos rosados pezones; y un
magrebí delgado y con los músculos muy marcados que marcaba un largísimo pollón
dentro del calzoncillo. Había otros tres que eran delgaditos, otros dos normales
y cuatro con grandes y morbosas barriguitas, además de velludos y gruesos
muslos.
Podía contemplar sus paquetes, de los que bastantes
prometían, pero decidí primero deleitarme con sus culos. Les pedí que se giraran
y obedecieron. ¡Oh, Dios! Mi padre había hecho un inmejorable trabajo. Los culos
eran como a mí me gustaban, grandes, apretables y redondos. No sabía por cuál
empezar.
—Te aviso que tienen sorpresa —me explicó mi padre.
—No entiendo —dije.
—Recuerdo que me dijiste que a ti te gustaban los hombres que
olían a macho. Bueno, pues llevan dos días sin cambiarse de ropa interior.
—¡Qué! —exclamé sin creérmelo.
—Compruébalo tu mismo.
—Eso es una cerdada.
—Vamos. Te gustará —dijo mi padre.
Sí. Tenía toda la razón. Sabía de buena tinta que me
gustaría.
Me acerqué al tipo que tenía más cerca. Un negro delgadito
con un buen culo. Pegué mi nariz a su culo por encima del slip e inhalé. Casi
muero asfixiado, pero… Me calenté. Comencé al instante a lamer la tela y a
saborear aquel gusto salado y picante. En poco se lo había arrancado y
restregaba toda mi cara entre sus nalgas, comiéndome su ojete. Yo estaba
enloquecido mientras el negro gemía sin parar.
Entonces, el tal Julián me cogió por la cabeza y con
violencia me obligó a meter mi cara en el culo de un rumano. El tipo tenía un
culo gordo y peludo, hedoroso, que yo me comía con angustia, pues quería
tragarme toda aquella sustancia que se formaba en mi boca con su sudor y mi
saliva. Muchos pelos iban a parar a mi garganta, pero no me detenía y ellos
comenzaron a pasarme sus culos por la cara, me golpeaban con sus nalgas y me
obligaban a comerme sus agujeros.
Mi padre cambió la cinta de la videocámara. Durante algo más
de tres cuartos de horas me había comido una y otra vez aquellos sucios culos.
Más finos, más grandes, más musculosos, imberbes, peludos… Me dolía bastante la
lengua. Había saboreado toda clase de desagradables sabores, de tacto terroso
por la falta de higiene en muchos de aquellos agujeros, cosa más que patente. El
gusto que tenía mi saliva lo ratificaba. ¡Pero qué ricos estaban! Me pusieron a
mil los de los dos españoles, el de un cuarentón rumano que era enorme, el del
negro cuadrado que lo tenía duro y musculoso, y el de un marroquí que era muy
muy peludo.
Me encontraba tirado en el suelo, en pelotas, mientras seguía
enrollándome con algunos de ellos. No tenían ningún complejo a la hora de
meterme la lengua en la boca después de haberme comido un culo. Simplemente la
sacaban cuando llegaba otro que me ponía su trasero en la cara, yo me lo comía,
se quitaba y volvían a morrearme. Siempre tenía a dos o tres morreando mi boca,
acariciándome o masturbando mi venoso cipote.
Lo cierto es que a pesar de su brusquedad, me trataban muy
bien, me acariciaban, me apretujaban contra ellos y me besaban con pasión.
Incluso a veces con cariño. Comencé a acariciar sus imposibles rabos. Muchos de
hasta 20 centímetros, otros demasiado gordos para caber en mi culo. Y sus
cojones… Los de un rumano, con cuerpo normalito y muy masculino de cara,
parecían dos pelotas de tenis.
Sin reparos comencé a tragármelos. Pollas y huevos. Después
de tener el vomitivo sabor a sudor y a culo mierdoso en mi lengua, aquel sabor a
polla se me hizo celestial. Me las clavaba en la garganta todo lo que podía,
hasta que me daban arcadas y miles de hilajos brillantes salían por mi boca. Mis
comisuras sufrían cuando capullos amoratados y enormemente gordos se instalaban
en mi boca y me trepanaban. Incluso un ecuatoriano hijo de puta me miró
sonriente y me dijo: "bebe, cabrón", descargándome un corto pero intenso chorro
de orina que yo tragué desafiante.
—Este cabrón se lo traga todo —le comentó a un compatriota.
—No vuelvas a hacer eso —le amenacé—. Y ahora vuelve a
meterme tu gorda polla, mamón —le supliqué. Aquel ecuatoriano, alto, guapo y
morenazo, tenía un palo largo y rico.
—Son todas bien gorda, eh —habló mi padre.
—Sí —resoplé, mientras me metía dos en la boca y masturbaba a
otras dos.
Algunos se ensalivaban sus dedos y me los metían a
indiscreción en el ojete, llegando a reunirse allí hasta tres de diferentes
dueños, robándome más de un jadeo de gusto y dolor. Otro me mordisqueaban las
tetillas y masturbaban mi polla hasta hacerme daño, provocando que mi frenillo
estuviera a punto de desgarrarse de los tirones que le pegaban.
Alcancé el cipotón de un rumano aún sin descapullar. Comencé
a tirar de la piel para atrás y su descomunal capullo empezó a asomarse con
dificultad. El tío parecía morirse de dolor, pero a la par me animaba a seguir.
Cuando se lo saqué entero aquella polla debía medir 20 centímetro con un grosor
de película de terror.
Llevaba 20 minutos soportando el mete y saca de dedos en mi
culo y lo tenía chorreando de saliva y bien dilatado.
—Papá —llamé a mi padre—, no puedo más —dije algo mareado—.
Necesito que me follen, por favor —supliqué.
—Vamos, folláoslo —dijo mi padre autoritario.
Para entonces, mi padre tenía en una mano la videocámara y en
la otra su gordo y cabezón cipote. Se masturbaba con fruición, viendo como su
retoño era violado por un grupo de obreros, en su mayoría inmigrantes. Sólo
conservaba puesta su camisa, y observaba excitado como paseaba por la caseta,
con sus muslos peludos y su poblado vello púbico al aire.
Me puse a cuatro patas y empezaron a follarme todos a pelo
con bastante violencia. Aún así seguían morreándome, poniéndome sus culos en la
boca u obligándome a chuparles la polla y los huevos. Mientras me embestían y
enterraban sus nabos en mi culo, yo llevaba una de mis manos hacia atrás y
manoseaba sus huevos, pegándoles palmadas que les provocaban cierto dolor, con
lo que se encabronaban y me follaban más duramente.
Ya había transcurrido tres horas de sexo ininterrumpido y el
olor y el calor eran insoportables en aquella caseta. Y tan sólo me habían
follado a ocho, sin llegar a correrse ninguno. Eran tipos con buen aguante.
Apuesto a que mi padre se los había llevado a follarse a alguna otra putita para
ponerles a prueba.
—Creo que no puedo más —dije a mi padre en un susurro
ahogado—. Es demasiado para mi.
Me ardía el culo, creo que hasta había empezado a sangrar un
poco, pues con tanta polla gorda era imposible no desgarrarse. Yo aguantaba
bien, pues mi agujero estaba muy entrenado, pero aquellos machos me estaban
dando demasiado.
Mi padre se acercó a mí y se puso en cuclillas, posó una mano
sobre mi nuca y me habló.
—Venga, Álvaro. Claro que puedes —me insufló ánimos—. Eres
todo un machote.
—Papá… —dejé escapar mientras un negro gordo me embestía con
su enorme polla.
—Vamos, hijo. Disfruta de tu regalo.
—Papi… —alargué mis brazos y puse mis manos en su cintura.
Entonces, sin pensar en lo que hacía, bajé una y le acaricié el cipote y sus
gordos y peludos huevos. Él soltó un profundo suspiro—. Papi… —volví a decir. Y
sin más, me metí la gorda polla de mi padre en la boca, paladeándola con la
lengua mientras un negro increíble me reventaba el culo.
Los obreros se quedaron impresionados unos momentos al ver
como se la comía a mi padre, que estaba como ido y no paraba de gemir y de
pedirme más.
—Sí, hijo. ¡Qué bien se la comes a papá!
Mi padre, aquel cincuentón de buena vida, no tenía nada que
envidiar a sus obreros, pues tenía un rabo ejemplar de 18 centímetros, venoso y
gordo.
Desde ese momento mi padre su unió a nuestra orgía. En ningún
momento me folló, pero si disfruto de mi boquita. Cuando me puso su culo fofo y
peludo en la boca, me lo comí como un poseído. Sentir mi cara contra el ojete de
mi padre era la locura más morbosa.
Mientras, aguanté como un cabrón todas las folladas que me
echaron y llegado el clímax decidí cumplir otra de mis fantasías. Valoré que por
mi culo podía caber ya un tranvía…
—Papá, quiero sentir dos pollas a la vez dentro de mi
intestino.
Dicho y hecho. Julián y Paco, los dos españoles, fueron los
encargados de petarme el ojete con sus gruesos cañones. Tanto que al metérmelas
de golpe me hicieron muchísimo daño, provocando que sangrara un poco. Pero yo no
quería que pararan, así que me estuvieron follando así durante 10 minutos.
Mientras muchas otras pollas pasaban por mi boca. Después les tocó a algunos
otros.
Rendido y con mucho dolor en el culo, decidí que había
llegado el fin de fiesta. Me tumbé en el suelo boca arriba, con la cabeza
apoyada en el vientre de mi padre, y abrí la boca. Lentamente y uno por uno,
aquellos cabrones me vaciaron sus gordos cojones en la garganta, dándome un
atracón de lefa que nunca olvidaré. Muchos llegaban a soltar hasta ocho espesos
chorros que surcaban mi cara o golpeaban mi paladar hasta llenarme la boca hasta
arriba. Mi padre fue uno de ellos. Me hundió la polla hasta el fondo y sin dejar
que me la sacase me disparó todo allí dentro, haciéndome toser y dar arcadas.
Al acabar, me quedé tirado y destrozado. Aquellos tipos
estaban increíblemente agradecidos y no pararon de besarme y acariciarme durante
largo rato. El que lo hacía con más ganas era el tal Julián, que se me acercó
por un instante y me dijo que era increíble. Y yo pensé: "tú si que estás bueno,
cabrón". Aquel tipo junto a su amigo Paco me había reventado el culo pero bien.