El juicio de Friné

Me encanta este cuadro. Nunca vi el lienzo original.
Desconozco si se exhibe en un museo o si pertenece a una colección
particular. Tanto da. Me encanta, y eso que solo conozco reproducciones. Lo
pintó un francés, Jean-Leon Gérôme, y representa el juicio de Friné, aunque
su título es "Friné en el Aerópago" o algo parecido. Ahí tenéis a Friné, en
pelota picada, ante un montón de vejestorios vestidos con ropajes rojos que
notan de seguro cómo se les endereza la entrepierna, y junto a un hombre
vestido de verde que parece torear de capa. Una maravilla. ¿Por qué me
encanta? Muy sencillo. El exhibicionismo es mi fantasía -y en ocasiones mi
realidad- favorita. He escrito en estas páginas unos cuantos relatos sobre
el tema; no sé si habréis leído alguno. Me pone a mil inclinarme hacia
delante, como al descuido, y sentir –porque las siento, lo juro- como las
miradas de los tíos se cuelan por mi escote. Exhibirme es lo que me pone más
cachonda. No os sorprenderá, viendo este cuadro, que suela fantasear con
Friné. Cierro los ojos y me trasporto a la Grecia antigua. Entro en
situación. Ya no soy Nieves, sino Friné la hetaira. ¿Que qué es una hetaira?
Es como una puta pero en fino, o sea, una mujer liberada que está de morirse
de buena y que igual recita a Homero de corrido como te consigue una corrida
previo pago, aunque a veces lo haga gratis. Soy la hetaira Friné y estoy en
el taller de Praxíteles. Poso para él. Soy su modelo, su amante, su todo.
Está loco por mí. Estoy posando desde mediodía. Praxíteles -Praxi le llamo
yo- se afana trabajando el mármol. Lleva el torso desnudo y, a cada golpe de
cincel, saltan esquirlas. Algunas le dan en el pecho, pero ni pestañea. Está
acostumbrado. Se ha anudado un paño en la frente con el fin de enjugar el
sudor e impedir que le caiga a los ojos. Golpea el mármol unas veces con
fuerza, otras con delicadeza, y, al hacerlo, se marcan más, si cabe, sus
poderosos bíceps. Se me ha dormido el pie izquierdo, pero no importa. Adoro
ver trabajar a Praxi. Mientras esculpe guarda silencio. Tampoco le gusta que
le hablen. Se concentra en su trabajo. Toma cincel y martillo y se
trasfigura: parece semidiós más que hombre. Tiene el don en sus manos.
Convierte la piedra en hermosura. Procuro permanecer inmóvil, en postura
forzada, el pie derecho adelantado, los brazos contra el cuerpo, el busto
erguido, la cabeza levemente ladeada. No veo la estatua. Solo diviso un
enorme trozo de mármol sin labrar, porque Praxi está trabajando la otra cara
del bloque.
"Puedes descansar un rato".
Me relajo, me cubro el cuerpo desnudo con la túnica y
muevo brazos y piernas para activar la circulación. Voy al hogar y sirvo
aceitunas, cebollitas, higos y vino aguado. ¿Por qué dará tanta hambre estar
sin moverse?
Comemos. Praxi me da un ligero beso en la boca.
"Ve al otro lado y ponte de espaldas".
Al pasar junto al bloque, echo una ojeada al frontis del
mármol. Soy yo misma. Es la forma de mis ojos, de mi nariz, de mi boca, de
mis pechos. Es la cuevecilla de mi ombligo. Soy yo hecha piedra, apresada
por un hechizo de los dioses. Me saco la túnica y me coloco cara al muro. No
veo a Praxi, aunque oigo el chascar del mármol al ser mordido por el bisel
doble del cincel e imagino, en mi voluntaria quietud, que las manos de Praxi
me roban a distancia la motilidad y el alma y las van insuflando en la
piedra de modo que mármol y yo, gracias a la genialidad de mi amante,
mudamos y cambiamos nuestra esencia y la estatua late y comienza a vivir en
tanto yo me mineralizo.
"¿Sabes, Friné? Esta es mi mejor Afrodita".
Afrodita. La diosa del amor. Mi diosa. Soy, en mármol,
diosa de mí misma, más viva, cautivadora y hermosa que en carne y hueso.
Alguien entra en el taller. Oigo sus pasos. No vuelvo la
cabeza ni me cubro el cuerpo. Noto en la piel el tacto invisible de una
nueva mirada que se pasea por mi dorso y se detiene en los glúteos,
saboreando su blancura. ¡Cómo adoro esa sensación de saberme manchada por el
deseo de unos ojos de hombre!
"Descansa un rato".
Me vuelvo y me llevo una desilusión al reconocer al
visitante. Es el filósofo Aristóteles. Un plomo. Aburrido como la más tonta
de las vírgenes vestales del templo de Artemisa y más viejo que el Erecteón.
Si será aburrido que su discípulo Alejandro Magno habla de emigrar con sus
amigos a Persia o a la India porque no lo soporta. Aristóteles solo habla de
estupideces que no interesan a nadie y, como la mayoría de los filósofos,
prefiere el culillo de un efebo a sentirse abrazado por mis muslos. No lo
aguanto. A Praxi le cae bien, pero lo que es a mí…
Un momento. No voy por buen camino. Lo que estoy diciendo
del taller de Praxíteles no tiene gracia. Al revés. Mustia y aplana al más
alegre. Empezaré de nuevo la historia aunque escribiéndola de distinto modo.
Doy por sabido que Friné era amante de Praxíteles, lo que no era obstáculo
para que la nena se beneficiara a los tipos que le cayeran en gracia y le
hicieran magníficos regalos. Tampoco contaré que la Afrodita que esculpió
Praxíteles, teniendo a Friné por modelo, triunfó no solo en Atenas sino en
la Ática entera, ni que los griegos quedaron maravillados ante su belleza.
Diré solo que Friné presumió, ante quien quiso oírla, de que ella era
muchísimo más hermosa que Afrodita y fue acusada de impiedad, lo cual no era
una fruslería, ya que la pena por delito tan nefando era a la sazón la
condena a muerte.
(Estoy escribiendo y noto movimiento en la ventana de mi
vecino, el de la puerta dieciséis. No iría mal un poco de animación. Me
quito la blusa y sigo dándole al teclado. Llevo el sujetador azul pálido.
Seguro que el tío se está desojando. Mejor. Así me pongo en situación. Sigo
con la historia de Friné). Hipérides, que no me olvide de Hipérides. En la
antigua Grecia los abogados no eran como hoy en día. Hipérides no era socio
de "Hipérides, Hipérides y asociados, despacho colectivo". Él trabajaba por
su cuenta y era de lo mejorcito de Atenas. Solo Demóstenes se le podía
comparar, aunque al hablar soltara perdigones en el sentido más literal del
término. Yo, Friné la hetaira, escogí como abogado a Hipérides. Lo conocía
de antes, que Atenas no es grande, y si quitas a esclavos y metecos, no
quedamos tantos y, además siempre somos los mismos quienes triunfamos en la
Acrópolis, vamos a los estrenos del Odeón y ocupamos los mejores asientos en
los juegos de Olimpia. Incluso me acosté con Hipérides un par de veces. Él
quedó con ganas de más y es que, no es por presumir, pero una sabe qué hacer
en la cama para dejar contento a un hombre. Cuando le pedí que me defendiera
en el juicio, aceptó entusiasmado. Y el juicio empezó.
Una advertencia: No me explicaron en la Facultad cómo
eran los juicios en la antigua Grecia, así que casi todo lo que sigue es
inventado, pero ¿por qué no pudo ser cómo voy a contarlo? Imaginaos el
Aerópago o, mejor todavía, mirad el cuadro de Gérôme. Se me juzga en una
sala amplia. En su centro, hay una estatuilla de Palas Atenea, por supuesto
no esculpida por Praxi, que resulta tan tosca como diminuta. Junto a la
estatuilla, un brasero, y, sentados en círculo, los jueces, que no son uno
ni dos, sino todo un ejército. Los jueces llevan uniforme de juez: cinta
blanca alrededor de la cabeza con un extremo suelto que cuelga graciosamente
hasta el hombro, túnica roja que llega a los pies, no marca el talle y deja
un brazo y parte del pecho al descubierto y sandalias del mismo color.
Hipérides va vestido de abogado: elegante túnica amarilla que alcanza hasta
el tobillo siguiendo la moda macedonia, capa verde de corte perfecto y
sandalias a juego. Yo llevo túnica de un color crudo –en el cuadro Gérôme no
acertó con el tono exacto- anudada con un gran lazo a la altura de mi hombro
izquierdo.
"Caso trescientos veinte uno: La ciudad-estado de Atenas
contra la hetaira Friné. Preside el Aerópago el honorable Tetrapópides".
Trago saliva. Hipérides me pone una mano en el brazo. Lo
agradezco. Me tranquiliza su contacto.
"El Ministerio Público tiene la palabra".
Esquines se levanta, carraspea y me mira de arriba abajo.
Le sonrío, pero no se da por enterado. Se le ve imbuído de su importancia y
consciente del papel estelar que desempeña en la obra. Ningún parecido con
el Esquines que yo me sé, el que baila desnudo con ramillas de olivo
entretejidas en los cabellos y grita "¡soy un fauno, soy un fauno!" mientras
me persigue por el dormitorio dando cabriolas y zapatetas al aire.
"La acusada –habla con voz campanuda y grave-ha ofendido
a los dioses y es rea del delito nefando de impiedad. La acusación probará
más allá de toda duda razonable, que la hetaira Friné profirió el día de
carros diversas blasfemias que ningunearon y ofendieron a la diosa Afrodita,
y demostrará que afirmó en plena Acrópolis que era más hermosa que la
diosa".
Se alza un murmullo de escandalizado asombro entre los
jueces. Es el turno de Hipérides. Mi abogado se pone en pie, compone capa y
túnica, y con verbo elegante y contenido –este Hipérides es un sol de
hombre- comienza a hablar:
"Jamás mi defendida faltó al respeto a la diosa. Sí,
reconozco que dijo que era más hermosa que Afrodita. No podría negarlo, se
la oyó en toda Atenas, pero demostraré que tal afirmación no es blasfemia ni
ofensa, sino la simple constatación de un hecho evidente".
Hay movimiento en la ventana de mi vecino de la puerta
dieciséis. ¡Pues claro! Hoy es sábado y tiene partida de póquer con los
amigos. Son mis noches preferidas. Tengo más público. Si seré golfa… Pero no
te distraigas, Nieves. Sigue con tu historia. Recuerda que eres Friné y te
están juzgando. ¿Por dónde ibas? ¡Ah, sí! Mientras te distraías con el
movimiento de la casa vecina, han declarado los testigos de la acusación.
Vuelvo a ser Friné y los testigos me han puesto como un trapo: que si
sonreía torcidamente mientras hablaba, que si hice un gesto de aojamiento al
nombrar a Afrodita…La declaración de Cefisodoto no me sorprende - no
simpatizamos, el aliento le huele mal y jamás he consentido en acostarme con
él pese a que me ha ofrecido buenas monedas de oro-, pero lo de Pitias me ha
dejado atónita. ¿Cómo puede acusarme así el buenazo de Pitias? ¡Si es mi
amigo! O, al menos, hasta ahora creía que lo era.
Hipérides me habla al oído:
"Esto no marcha bien, Friné. Hay que hacer algo y
pronto".
"¿Desea la defensa presentar su lista de testigos?"
Tetrapópides está muy en juez. Ha hecho la pregunta con
ceñuda autoridad.
Hipérides se adelanta y se pone a mi altura. No me llega
la túnica al cuerpo. La mayoría de los jueces evita mirarme a los ojos y eso
es mala señal.
"Señores del Aerópago –comienza mi abogado-, mucho se ha
hablado aquí de cuanto ocurrió en el día de carros; se ha repetido hasta la
saciedad que Friné afirmó ser más hermosa que la diosa, pero nadie ha
agarrado al minotauro por los cuernos. Nadie se ha preocupado de constatar
si Finé dijo verdad cuando dijo lo que dijo".
Dos de los jueces se mesan los cabellos al escuchar tan
osado parlamento.
"Pienso -prosigue Hipérides- que es el momento de
resolver el enigma. Juzgad vosotros mismos si Friné mintió al asegurar que
es más bella que Afrodita".
Y, en tanto habla, mi abogado deshace el lazo que me
sujeta la túnica y la retira, dejándome totalmente desnuda a la vista de los
jueces.
Vuelvo a ser Nieves. Tengo dos posibles modos de terminar
la historia. Puedo centrarme en los jueces, contar que prorrumpieron en
aplausos al ver el cuerpo serrano de Friné y la sacaron en hombros del
Aerópago absolviéndola con todos los pronunciamientos favorables o
convertirme realmente en mi heroína y narrar lo que pudo sentir en el
momento exacto que describe el cuadro de Gérôme, la túnica recién retirada
del cuerpo, todavía conservando el aroma de mujer, y el rostro cubierto por
los brazos, no por pudor sino para no ocultar ni un átomo de piel cálida de
pechos y vientre a las miradas de los jueces.
La cosa está clara. Optar por el primer final es algo así
como terminar diciendo "Y colorín colorado, este cuento se ha acabado", o
sea, echar el cierre en plan chato y mediocre. La segunda opción es
ciertamente mejor, aunque más complicada. He de motivarme para abordarla.
¿Cómo? Pues muy fácil, y más con la partida de póquer que hay montada en la
puerta dieciséis. Solo he de llamar la atención de los jugadores.
Estoy de suerte. Ni siquiera hace falta que llame su
atención. Hay alguien observándome tras la cortina. Deben haber hecho un
descanso en la partida. Me levanto de frente al ordenador y me desperezo.
Luego, de espaldas a la ventana, me quito el sujetador. Sé que me miran. Y
no es uno, no, son varios. Las miradas me tocan la espalda. Me la lamen. Me
bajo la cremallera y me quito el pantalón. Friné no llevaba braguitas ¿por
qué he de llevarlas yo? Braguitas fuera. Hago ver que me afano en un cajón
de la cómoda inclinando el torso y sacando el trasero. Qué bueno es esto…Me
horrmiguea el estómago, se me erizan los pezones y el sexo se me llena de
jugos. Se acerca el momento de la verdad. Me doy la vuelta y quedo cara a la
ventana. Simulo luchar con el cierre de un sujetador que tengo entre las
manos procurando que mis brazos no estorben las vistas desde la vivienda
dieciséis. Me tiemblan los dedos de excitación. Así de excitada estaría
Friné al mostrarse desnuda ante los jueces. Así me siento, desnuda en el
Aerópago, Hipérides al lado, Tetrapópides y los demás comiéndome con los
ojos. Cincuenta, sesenta, cien ojos de hombre resbalan por mi vientre, se
enganchan en los pelillos de mi pubis –no sé por qué no los pintó Gérôme,
los llevo arreglados en forma de corazón-, me amasan los pechos, me
pellizcan los pezones, se adentran en las hondura caliente de mi sexo. Casi
no puedo ni respirar. Los jueces quieren llenarse de mi imagen, grabarla a
fuego en su memoria. Esta noche se masturbarán recordándome. Cierro los ojos
e imagino el vaivén de tantas manos, cada una en torno de la propia verga,
vaivén que se acelera y acelera hasta resolverse en estallido de semen
disparado y caliente. Soy yo. He sido yo, Friné la hetaira. Esta noche
Atenas entera se masturba porque yo lo valgo. Ni siquiera Afrodita podría
conseguirlo. Yo sí. De Likavittos a la Acrópolis, de Keramikos al templo de
Hefesto, toda Atenas es un inmenso falo que se hincha e hincha y eyacula,
porque soy más hermosa que Afrodita, pese al arte de Praxíteles. Éste es el
remate que yo deseaba para la historia, y ahora mismo, en cuanto ponga el
punto final, me masturbaré frente a la ventana, abierto el compás de los
muslos, ante las miradas furtivas de esos hombres sin rostro que prefieren
mirarme a jugar al póquer, que prefieren mirarme a dedicarse a sus asuntos,
ante las miradas de esos hombres que acaban de absolverme de la acusación de
impiedad porque, sabedlo todos, yo, Friné la hetaira, soy mucho más hermosa
y atractiva que la mismísima Afrodita.