Nunca le habían visto tan concentrado. El rostro joven y
hermoso de Alejandro estaba serio y algunas pequeñas arrugas se formaban en el
entrecejo. Expectantes, todos le miraban en silencio, dudando que fuera capaz de
resolver aquel problema sin solución, aquel nudo que los dedos más fuertes y
habilidosos no habían podido desenmarañar. Con cuidado tanteaba Alejandro la
prodigiosa maraña de nudos gruesos y fuertes, buscando un punto débil donde
empezar y sin hallarlo.
Decía la leyenda que un oráculo había avisado a los
habitantes de la ciudad de Gordio que su rey llegaría montado en un carro y que
un cuervo se posaría en éste. Así había llegado Gordias, subido en una carreta y
con un cuervo sobre ella, y le hicieron su rey. Pero cuando trataron de soltar
el nudo con que estaba sujeto el yugo de los bueyes a la carreta hallaron que
nadie podía deshacerlo. Volvió a hablar el oráculo y supieron que quien desatase
el nudo sería su rey. Es más, reinaría sobre toda Asia.
Para los oficiales de Alejandro, hombres experimentados y
veteranos, aquella leyenda del nudo gordiano era un cuento que no tenía más
trascendencia, pero a Alejandro le fascinaban los retos y pensó que aquello
podría ser una victoria moral. Se sentía pletórico después de la victoria de
Gránico y de socavar el dominio de los sátrapas de Persia sobre Anatolia [ahora
la Turquía occidental]. Sus ambiciones eran difíciles de comprender para sus
hombres. Jamás hubieran imaginado aquellos soldados griegos y macedonios cuántas
victorias y maravillas conocerían mientras gastaban sus sandalias caminando
hasta Mesopotamia y Egipto, y hasta mucho más allá, hasta los desiertos que hay
más allá de Persia y hasta el río Indo, a partir del cual nadie puede decir qué
extraños países hay más allá.
Pero todavía no habían llegado las victorias de Isso y
Gaugamela, la aspiración de conquistar Asia parecía un sinsentido, la mayoría
creía que estaban realizando una simple expedición de castigo para liberar las
ciudades griegas de Anatolia del yugo persa, y Alejandro todavía no era el
Magno, el más grande entre los conquistadores.
De momento, esperaban que soltase el nudo o acabase de
rendirse.
El que más satisfecho parecía con la situación era un
sacerdote lidio de piel cetrina y barba rizada, que parecía disfrutar mientras
Alejandro perdía la paciencia.
-Sabe, gran y noble conquistador, que este nudo es como Asia:
una maraña que nadie puede resolver, una maraña de reinos y ciudades que sólo
podrá gobernar un hombre que sepa entender estas complejidades.
Hablaba el sacerdote en un tono que, por debajo del forzoso
respeto hacia los conquistadores, mostraba desprecio. No creía el sacerdote que
aquella pandilla de griegos y macedonios, aquellos bárbaros venidos de Occidente
de mente ruda y simple, pudieran comprender los entresijos de la mentalidad más
rica y compleja del Oriente y de su superior cultura. Deseaba con todas sus
fuerzas que Alejandro perdiese pronto la paciencia y no tenía dudas de que
aquello iba a ocurrir.
Mas de pronto Alejandro soltó una carcajada y exclamó:
-¡Ah, la solución quizás sea demasiado simple para vosotros!
¡Pero ya sé cómo desenmarañaré este nudo y conquistaré Asia!
Diciendo esto Alejandro desenvainó.
-¡Soltaré el nudo con mi espada!
Y de un tajo cortó Alejandro el nudo. La fuerte y resistente
cuerda fue cortada y el yugo quedó suelto. Pronto vitorearon los soldados a su
héroe.
El sacerdote ya no ocultaba el disgusto en su cara,
despreciando con toda su alma a aquel bárbaro macedonio. Los oficiales
celebraban a su líder como hicieran sus soldados pero parecían extrañados.
¿Había hablado Alejandro en serio? ¿O quizá había algo de sarcasmo en todo esto?
Muchos lo creyeron así, pensaron que, superado por un problema sin solución, lo
había atajado con la ironía. Pero luego, mucho más tarde, a medida que fueron
cayendo ciudades y países ante su ejército, supieron que tras la ironía las
palabras de Alejandro estaban llenas de significado. El macedonio, el bárbaro
occidental, había roto el nudo, en vez de soltarlo, y había dejado abiertas las
puertas de Oriente.
Muchos atravesaron luego esas puertas y siguieron los pasos
del conquistador, también y siempre con la espada en la mano.