Saludos, apuntes y dedicatoria;
En primer lugar, dar las gracias a todos los que incluyeron
sus comentarios a mi último relato. En segundo, hacer un apunte particular para
"Moonlight". "La saga de Lorena", es bastante más que las aventuras de "una
lolita que hace de todo". Dijiste que solo habías leído el primer relato y parte
del segundo de esta. De hecho, a partir del 3º y hasta el momento final del
desenlace en la 5ª y última entrega de esa primera saga, no hay sexo, y se
limita a recrear con morbo el proceso por el cual la lolita manipula la
psicología y sexualidad de su madre hasta hacerla claudicar ante su verdadera
naturaleza sexual. Te recomiendo su lectura si como dices te gusta el morbo más
que el sexo explícito. Este acaba con el final de la 2ª entrega, y no vuelve,
como he dicho, hasta el de la 5ª.
Bueno, saludos a Moonlight, Saraslla, Pikoster,
Merovingiox-Atila, Feria, Castiel, Reptil 69, el Capitán América, Alejandra y
Jefer 2004. A todos ellos especialmente, y a todos los lectores de mis relatos,
dedico esta nueva entrega de la saga de Lorena. Espero que os guste.
…………
EL DESVIRGAMIENTO DE LORENA
Los juegos sexuales con Isabel y Ana, se convirtieron en una
constante por aquel entonces. Descubrimos algo insospechadamente placentero y
poderosamente morboso. Hoy lo recuerdo con ternura, como algo sumamente ingenuo,
pero en aquel entonces nos sentimos osadas, transgresoras de la moral
establecida. Desconocíamos que aquello era algo mucho más corriente a esas
edades de lo que pensábamos, y nos sentíamos descubridoras de la sensualidad,
embriagadas adictas de la lujuria. No pasaron de ser simples juegos, pero con
ellos comenzamos a descubrir nuestra sexualidad, creando un vínculo entre
nosotras que ya nunca se rompería.
Aunque hubieron poderosas tentaciones en sentido contrario,
decidimos respetar nuestra virginidad, al menos la vaginal. Nos abríamos de
piernas, para que las otras dos observaran de cerca aquella membrana de una
tonalidad blancuzca translúcida. Nos fascinaba el hecho de que algo tan
diminuto, tan aparentemente frágil, tuviera tanto valor como se le otorgaba.
Recuerdo como quedaba fascinada en aquella contemplación, a escasos centímetros
del himen de mis amigas. Aquella insignificancia orgánica, tan diminuta, fina y
elástica, pasaba por ser el mayor valor de una adolescente, cuya ruptura
marcaría su paso de niña a mujer, convirtiéndose ese momento en uno de los más
importantes de su vida.
Como he dicho, varias veces nos sentimos tentadas de
desgarrar aquel velo virginal, y en alguna de ellas estuvimos a punto de
hacerlo, dejándonos llevar por el morbo, vicio y lujuria del momento. Pero
siempre pudo más ese instinto antinatural que a las hembras nos ha inculcado
siglos de tradición católica y valores machistas, de protección para con nuestra
honra. En su lugar, aprendimos a penetrar nuestro ano, para uso y disfrutes
inenarrables. Primero con el mango de la sierra que usábamos en la asignatura de
marquetería del colegio, de unos 15 ctms de largo y no más de 2 de diámetro en
su zona de máximo grosor. Con el tiempo, hasta con gruesos pepinos tomados de
las neveras de nuestras casas. Bien engrasados con aceite de oliva, Nivea, crema
hidratante y similares, hasta los más gordos acabaron colándose por nuestros
orificios posteriores. Del temor que nos causó la primera visualización de una
penetración anal en aquellas fotos, pasamos a convertirnos en adictas de la
penetración anal. El morbo nos embargaba buscando siempre ir más allá.
compitiendo entre nosotras para ser la más osada, la que consiguiera alojar en
su ano el mayor objeto fálico de las tres. El placer que con ello encontrábamos
era intensísimo, y el mango de la dichosa sierra pasó a convertirse en uno de
mis más fieles compañeros en mi más temprana adolescencia, en la cual casi todas
las noches me penetraba con él tumbada en mi cama, para alcanzar el orgasmo
antes de dormir, acompañada su acción de la fricción que a i clítorix sometían
mis dedos. Aprendimos que el olor que quedaba tras ello, era claramente delator,
y no desaparecía ni siquiera lavándolo, hasta varios días después.
Y aprendimos también a resolver aquel problema, cubriendo
aquel mango de madera con los preservativos que en cajas robábamos del
hipermercado, el "Pryca" por aquel entonces. No puedo evitar reír todavía ahora,
al recordar el día en que nos pilló un vigilante. Alguna de las trabajadoras
camufladas como clientes al fin de descubrir a quienes robaban, debió vernos y
alertarlo, de forma que al salir nos estaba esperando. Al parecer no tenía idea
de lo que habíamos ocultado en nuestro cuerpo, con lo cual, rojas como un
tomate, nos llevó a un cuarto, donde esperaba el jefe de vigilantes. No hubieran
podido registrarnos hasta que llegase una Guardia Civil mujer, hoy día lo sé.
Pero entonces no lo sabíamos. Nos dijeron, "vosotras mismas. O sacáis lo que
lleváis, u os registramos nosotros". Un farol, no hubieran podido hacerlo, ni se
hubieran atrevido. Pero surtió el efecto deseado. Con la mirada baja y mas rijas
que nuca en nuestra vida, sacamos de nuestras braguitas bajo la falda aquellas
cajitas de "Perrys". El momento fue eléctrico. Un silencio sepulcral invadió el
cuarto en él. No sé quien quedo más cortado, si nosotras o ellos. El caso es que
por unos segundos quedaron aturdidos, sin saber qué decir.
-¿Esto…esto es lo que…habéis cogido? –preguntó entrecortado
el jefe de vigilantes, y nosotras asentimos avergonzadas, sin atrevernos a
levantar la cabeza.
-¿Para qué…? –comenzó a preguntar de nuevo, estúpidamente.
Estaba claro para qué servía aquello, y no era para adornar con globos una
fiesta. Tan claro que no pudieron evitar dejar escapar la hilaridad de ellos.
Primero luchando por contenerla, después ya a mandíbula batiente,
contagiándonosla a nosotras.
-¿No sois muy jóvenes todavía?-preguntó cuando consiguió
dominarla un poco.
No contestamos, todavía cortadas. Pero nuestras miradas eran
respuesta suficiente. Éramos jóvenes, sí, pero comenzábamos a despertar a
nuestra sexualidad. Nos miró de arriba abajo, deteniéndose su mirada
particularmente en nuestras tetas. Sonreímos tímidamente. En ese momento, lo que
más nos preocupaba es que se enterasen de aquello nuestros padres. La medida
normal en estos casos era telefonearlos para informarles, con lo cual estábamos
acojonadas, si es que una mujer puede estarlo, ante la perspectiva. Así que
intentamos caer en gracia, hacernos las simpáticas e inocentes para que no
hicieran aquello.
-La verdad es que ya comenzáis a tener lo vuestro.
El jefe miró al otro vigilante. En un momento, fueron
conscientes de su poder temporal sobre nosotras.
-Sois…muy bonitas.
No parecían decidirse. En un primer momento no fuimos
conscientes de sus pensamientos, pero pronto los intuimos. Nos miramos de reojo
entre nosotras, y supimos que estábamos de acuerdo.
-Vosotras tampoco estáis mal –añadió Isabel tímidamente. No
era mentira. El jefe, pese a ser calvo, era un hombre de unos treinta años, muy
fornido y con su atractivo. El otro, un chico moreno de veintipocos, alto,
delgado y muy guapo.
Volvieron a mirarse, dudando. Éramos menores y obviamente,
debía ser un tema delicado. Pero el de reproducción es uno de los tres impulsos
básicos de cualquier animal, solo por detrás del de nutrición, y en línea con el
de relación. La atracción sexual puede más que el sentido común y cualquier otra
precaución, cuando es lo suficientemente poderosa. Y tres niñas bonitas con
incipientes formas de mujer a disposición de dos machos en un cuarto, con la
posibilidad de aprovecharse de la situación sin que nadie se enterase, obligadas
por nuestra necesidad de discreción, lo era. Sus ojos dejaban claro su deseo.
Nuestro temor el nuestro. Nosotras deseábamos que aquello no se supiera. Ellos
nos miraban con ojos de animal en celo. La cosa estaba decidida.
-Tú, la rubita. ¿Cómo te llamas?
-Isabel –contestó Isa tímidamente. –Pero me puedes llamar
Isa.
-OK. Ven aquí, Isa –la conminó palmeando con las palmas de
las manos en sus muslos. Isa accedió obediente, sentándose en sus piernas.
-Eres muy guapa, Isa.
Era cierto. Con preciosa melena rubia, lisa y larga hasta la
cintura, y sus bellos ojos verdes, Isa era un tierno bomboncito.
-Gracias –contestó ella con una tímida sonrisa.
Pero de las tres, las formas más sensuales eran las mías. Ya
por aquel entonces comenzaba a ser evidente que iba a ser una mujer de curvas
voluptuosas y mis pechos, sin haber alcanzado aún el tamaño que antes de un año
alcanzarían, ya se podía decir que tenían uno aceptable. Se hizo evidente cuando
la mirada del jefe pasó de Isa a mí. Bueno, más bien de sus ojos verdes a mis
tetas.
-¿Y tú? ¿Cómo te llamas?
-Lorena.
-Ven aquí tú también.
Como había hecho Isa anteriormente, me acerqué hasta él como
pedía, sentándome en una de sus piernas tras hacerme sitio mi amiga. La mano del
hombre fue a mi muslo entonces y yo, tras pensarlo tan solo un momento, agarré
con una de las mías mi falda para tirar de ella y subirla, dejando la carne de
este desnuda para él. Me miró y sonrió, comenzando a acariciar mi piel.
Suavemente. Isabel hizo lo propio, para facilitar el acceso a la suya también.
Las manos del jefe sin embargo, no se limitaron a aquella parte de nuestra
anatomía, y pronto subieron para agarrar una teta de cada una, para sobarla con
deleite. Contagiada de la excitación del hombre, le miré a los ojos,
ofreciéndole mi boca, sensualmente entreabierta. No dudó él en aceptar la
invitación, comenzando a besarnos, enredando nuestras lenguas con pasión. Isa
por su parte no quiso permanecer como simple espectadora, comenzando a besar y
mordisquear el cuello masculino cuello de toro, a la vez que desabrochaba los
botones de su camisa para descubrir el potente pecho.
Por su parte, Ana se giró para mirar al otro vigilante, que
quedaba a sus espaldas, cuestionándole en silencio. ¿Iban a apuntarse ellos? El
chico dudó, pero solo un momento, tras el cual se acercó hasta ella. Ana giró de
nuevo su cabeza hacia nosotros, dándole vía libre para dejarse hacer. Desde
aquella posición, el chico la abrazó pegándose a su cuerpo, para pasar sus
brazos adelante y agarrar sus pechos para sobarlos. Ana entonces ladeó su
cabeza, entrecerrando sus ojos y entreabriendo sus labios, contra los cuales el
vigilante selló los suyos para besarla.
Fueron unos 20 minutos de sobos y besos, en los cuales
nuestras tetas quedaron desnudas y expuestas para ser libremente manoseadas y
lamidas, muy a nuestro placer y para deleite de todos. Pero no pasó de ahí la
cosa. Aunque todos lo hubiésemos deseado, una cosa era magrearse con unas
menores, la otra follarlas. Dicen que el que se acuesta con críos, meado se
levanta, y el vigilante y su jefe debieron pensar que tratándose de unas niñas,
no había garantía de que en algún momento contáramos aquello a nuestros padres,
presionadas por alguna circunstancia que pudiera presentarse. Por nuestra parte,
las tres temblábamos de excitación y deseo, y de haber sido algo más expertas
hubiésemos podido provocar la situación, pero el caso es que no lo éramos, y la
cosa terminó sin más. Obvia decir, que nos regalaron los preservativos.
……………………
Todas las mujeres hemos fantaseado en nuestra primera
juventud, intentando imaginar como sería el momento en que perdiéramos nuestra
virginidad. Seguramente todas, o casi todas, hemos soñado hacerlo en brazos de
un príncipe azul, guapísimo, rubísimo y de irresistibles ojos azules, o quizá
más en un motero sin afeitar y cazadora de cuero negro, o un rapero las niñas de
hoy, tan guapos y rubios como el recurrido aristócrata, que hoy día debe andar
por las colas del INEM. Habremos especulado con una mullida cama que sustituya
al verde y bucólico paisaje de antaño, donde envueltas en las caricias de tan
adorable amante y embriagadas por sus besos, le entregaríamos gustosas nuestro
más preciado tesoro. El momento de hacerlo, es uno de los más importantes en la
vida de una mujer. Nunca lo olvidará, y para ella siempre será algo muy
especial. Pero, ¡ay!, nunca contamos con que nosotras somos tan solo el 50% de
los artífices de ese momento, y que para el otro 50%, o sea el chico en
cuestión, casi nunca será algo tan importante. En lo único que él pensará, será
en triunfar en su empresa de follarnos, y como mucho su interés se limitará a
apuntarse la medallita de ser el que nos desvirgó. Solo un muy bajo porcentaje,
serán románticos idealistas que compartan la carga emotiva del momento y sepan
valorarlo. Nosotras siempre intentaremos envolver de magia ese momento, pero
nunca o casi nunca, conseguiremos transmitirla a nuestro desvirgador, por lo
cual a menudo y en la mayoría de los casos, quedaremos frustradas, habiendo
esperado algo distinto. No debiera pesarme esto, ya que yo misma he buscado
siempre el morbo, vicio y lascivia, no habiendo sido alguien muy dada al
romanticismo. Por ende, se debe suponer que para alguien como yo no debiera
haber sido algo especial el momento de la pérdida de su virginidad, que en
realidad no debiera haber sido más que un estorbo. Pero no fue así. Por más que
queramos pensar con practicidad, somos hijos de nuestra cultura, y toda mujer
recordará siempre como algo muy especial el momento en que dejó de ser niña
definitivamente.
Por más que como he dicho intentemos imaginar como será ese
momento, nuestras cábalas suelen resultar totalmente desatinadas, y este resulta
algo totalmente distinto a lo inesperado. Para mí, llegó de esta forma, cuando
menos lo esperaba. Fue una tarde que había ido a casa de una amiga a leer con
ella el "Nuevo Vale", que su madre compraba para ella y su hermana. Estando en
su habitación, comenzaron a escucharse la voz de una mujer reprendiendo a un
hombre, procediendo del salón en la planta baja del bungalow. Se trataba de sus
padres, que acababan de llegar a casa. Evidentemente, no eran conscientes de que
estábamos arriba. Yo, todos, sabíamos que los padres de Fátima atravesaban un
mal momento. Se decía que él iba con otras mujeres, y que en cualquier momento
el matrimonio acabaría por romperse.
Mi amiga no dijo nada, simplemente continuó ojeando la
revista. Pero era evidente que su atención ya no estaba en ella, y la expresión
de infinita tristeza en su rostro me tocó el alma, llegando a humedecer mis
ojos. Acaricié tiernamente su cabeza, dejando pasar mi palma sobre sus castaños
y lacios cabellos.
-Mira –dijo en apenas un susurro, señalando al rubio de los
"Back Street Boy´s".- ¿Está muy bueno, verdad?
Eran palabras vacías, pronunciadas por quien con ellas
intentaba distraer su mente de la realidad. Sonreí tiernamente.
-Buenísimo.
Durante más de media hora, durante la cual intentamos no
hacer ningún ruido para no delatar nuestra presencia, continuó la discusión, voz
en grito. Después, se oyó un fuerte portazo y se hizo el silencio. La madre de
Fátima debía haber salido de casa atacada, mientras que se oían algunos sonidos
de pasos que confirmaban que el padre seguía en casa. Luego, el silencio..
Durante una hora y media más, aproximadamente, continuamos igual. No quería
salir hasta que no hubiera nadie, para que sus padres no llegasen a saber que
habíamos escuchado la discusión y las burradas que se dijeron, pero comenzó a
hacerse tarde, y yo debía volver a casa.
-Fátima…voy a tener que salir.
-Vale…me dijo apesadumbrada. No te preocupes.
-¿Estás segura?
-Sí. Además, me apetece estar sola.
-Lo entiendo.
-Cuando salgas, pasaré el pestillo de la puerta. Si mi padre
te pregunta, dile que no suba ni llame a la puerta, que quiero estar sola.
-Vale, -respondí comprensiva- , lo haré.
Con dos besos, me despedí de Fatima en la puerta de la
habitación, la cual cerró a continuación. Escuché el pestillo pasando, y luego
la música al conectar mi amiga su equipo para aislarse. Bajé por la escaleras,
cortada ante la perspectiva de pasar ante su padre, ya delatada mi presencia.
Pero cuando llegué a la planta baja, encontré algo que me dejó helada. Si había
esperado encontrar al hombre igualmente cortado al descubrir que su hija estaba
en casa y debía haber escuchado la discusión, encontré que me equivocaba de
plano. El muy canalla parecía pasar muy de plano de la situación, cómodamente
sentado en el sofá mientras miraba la televisión con el sonido bajado al máximo.
Sobre la mesita en la que tenía apoyado los pies, varios botes de cerveza
vacíos, en su mano uno a medio consumir. Pero no fue eso lo que me sacudió como
una descarga eléctrica. Lo que sí lo hizo, fue el hecho de que lo que estaba
mirando en la televisión, era una película porno, en la que una guapísima rubia
de enormes pechos siliconados, saltaba empalada sobre la polla de su follador,
un negro escultural, cuya anatomía excitaba sin remedio al contemplarla. Imaginé
que la razón para eliminar el sonido, debió ser la de evitar que se escuchase
desde fuera, o que lo hiciera su mujer si volvía, dándole tiempo a recomponerse
si oía sus pasos en la escalera exterior.Frente a la imagen, el padre de mi
amiga se masturbaba embelesado. La polla en su mano, la mirada en la pantalla.
Quedé petrificada. En un momento, fui consciente de que, pese
a encontrarme frente a él a la izquierda, al pie de la escalera, no me había
visto. Evidentemente, estaba bastante bebido. No sabía que hacer. Para salir a
la calle, debía pasar ante él. Retroceder, me llevaría de nuevo al piso de
arriba, donde mi amiga no abriría la puerta, y quedaría confinada allí hasta
quien sabe cuando. Pero pronto quedé liberada de tener que decidir, cuando el
padre de Fátima reparó en mi presencia.
No pareció sorprenderse demasiado, seguramente gracias a los
efectos del alcohol. Yo en cambio, quedé abochornada. El muy cabrón, sin
cortarse un pelo, bajó la mirada hasta mis tetas. A pesar de mi camiseta blanca,
me sentía desnuda ante aquella mirada, como si tuviera rayos X en los ojos. Me
escandalizó, pero no me enojó. Es más, me excitó aquella desverguenza que me
hizo bajar la mirada avergonzada yo misma. Bajarla para contemplar su polla. Era
la primera que al natural, desde aquellas diminutas pililas de los niños en mi
infancia. Me pareció hermosa, deseable, y de excitada pasé a estar cachonda. Ya
no me acordaba de mi amiga. Solo era consciente de la mirada de su padre sobre
mis tetas, de su polla, y de la lujuria del momento.
-Tienes un buen par de tetas, Lorenita.
-Gracias –contesté levantando los ojos para mirarle de
frente. Era un tío guapo el cabrón de pelo negro ondulado y hermosos ojos
verdes. Esta vez mi voz no sonó tímida ni insegura. Tampoco provocativa ni nada
parecido. Simplemente surgió normal.
-Ven, siéntate a mi lado –me invitó palmeando sobe el cojín
del sofá, a su izquierda, colocando el brazo a continuación sobre el respaldo.
Tras pensarlo un momento, acepté. Me senté allí.
-Estás muy buena. ¿Te lo han dicho?
-Sí –contesté mirando su polla, que continuaba masturbando
suavemente. Alargué la mano hasta ella. -¿Me dejas que te ayude?
-Claro –aceptó encantado, sonriente.
Por primera vez en mi vida, toqué una polla. Y su contacto me
encantó. Era tan suave, tan…El tacto de una polla es algo que no se puede
imaginar hasta haberlo probado. Ninguna otra piel de cualquier zona del cuerpo,
es similar. Tiré de ella, descapullando su prepucio, descubriendo su orgulloso
glande. Me pareció glorioso. Acaricié su carne desnuda, y la que quedaba bajo
él. Me apetecía besarlo, adorarlo. El padre de mi amiga pareció intuir mis
pensamientos, apartando su brazo de sobre el respaldo del sofá, para colocar su
mano en mi nuca, presionando suavemente hacia delante y hacia abajo con ella
para invitarme a hacerle una mamada. Muy a gusto, me dejé llevar por esa presión
para inclinarme sobre aquel miembro masculino. Al llegar a él, lo primero que
hice fue besarlo, con todo el cariño del mundo, tras lo cual abrí mi boca para
engullirlo totalmente.
Fue mi primera mamada, pero no debí hacerlo mal del todo a
juzgar por sus suspiros. A decir verdad, no he notado que mi maestría en el arte
de mamar haya crecido con los años. Todos los amantes que he tenido y han hecho
algún comentario sobre mi hacer, ha sido para elogiarlo. En otras palabras; soy
una muy buena mamona. Y creo que siempre lo he sido, desde esa primera polla que
mamé. Soy de la opinión de que nos e aprende a ser buen amante. Se es o no se
es, y por tanto el que lo es, lo es desde siempre. Otra cosa es que al principio
pueda estar cohibido/a, pero cuando se suelta se revela. Al que le gusta follar,
será un/a buen amante. A mí me encanta follar, es lo que más me gusta en la
vida. Y me encanta también mamar, por lo cual he sido una buena mamona desde el
principio.
Como he dicho, el padre de Fátima comenzó a bufar, amparado
en la música que, procedente de la habitación de su hija, impedía que esta le
escuchase.
-¡Para, para! ¡Para, cabrona, que vas a hacer que me corra!
Debió agarrarme del pelo para obligarme a retirar la cabeza,
de tan absorta que estaba en mi trabajo. Seguramente con cara de tonta, quedé
mirando alternativamente, a sus ojos y a su polla.
-Veo que te gusta mamar, ¿eh?
Solo sonreí.
-Eres todo un putón aunque seas tan jovencita.
Mi sonrisa se hizo aún más amplia. Me encantó que me dijera
aquello y, desde ese momento, decidí que era aquello lo que quería ser. Y quería
que se supiera. No me bastaba con ser una zorra, sino que necesitaba que se
supiese.
-Ven aquí –me instó, colocándose en posición recostado sobre
el sofá, su polla apuntando al techo, sostenida por su mano. Estaba claro lo que
me pedía, y yo lo entendí perfectamente. Levantándome, me remangué la falda para
quitarme las bragas y echarlas a un lado. Después, me coloqué sobre él, una
rodilla a cada lado sobre el sofá. Mi mano reemplazó a la suya en su poya, cuyo
capullo apoyé en la entrada de mi vagina. Estaba ya muy lubricada,
lubricadísima, y presioné un poquito. Pedro, que así se llamaba el padre de mi
amiga, me tomó por la cintura.
-Ten cuidado –le pedí-. Es la primera vez.
Sus ojos se iluminaron.
-No te preocupes cariño.
No fue ni brusco ni suave. Simplemente, en un momento dado,
tiró de mis caderas hacia abajo, ensartándome con su miembro. Sentí mi himen
rasgarse, acompañado de un dolor que no sabría definir. Hay que sentirlo para
conocerlo. Después, al cabo de unos menos de acondicionamiento, comencé a
galopar sobre él desbocada, gimiendo como una puta. Mentiría si dijese que
seguía sin acordarme de mi amiga. Me acordaba. De ella y de su dolor. Era
perfectamente consciente de que me estaba follando a su padre, contribuyendo a
destrozar el matrimonio con su madre y a la infelicidad de Fátima. Pero no me
sentía mal por ello. Es más, me ponía supercachonda pensarlo. Estaba convencida,
quería ser una auténtica puta.
No fue excesivamente larga aquella follada. Ambos nos
corrimos muy satisfactoriamente, tras lo cual salí de allí, camino de casa. Ya
en la calle, lloré. No por Fátima, sino por mi virginidad. No era que lamentase
su pérdida, ni que no hubiese disfrutado con el polvo. Simplemente, era
consciente de que había perdido definitivamente mi inocencia, despidiendo para
siempre a la niña para saludar a la mujer. Esa noche volví a llorar.