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Un heavy me folló con ritmo
TODORELATOS » RELATOS » EL DESVIRGAMIENTO DE LORENA
[ El empezar, es el comienzo del acabar. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 23 de Noviembre, 2008.
Fecha: 03-Jul-06 « Anterior | Siguiente » en Hetero: General (3871 de 5037)

El desvirgamiento de Lorena

Gloria
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Lorena nos comparte con nosotros sus recuerdos. Llegados a esta entrega de su saga, la lasciva lolita nos cuenta como perdió su virginidad. Como murió la niña para dar paso a la mujer y que naciera la zorra. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

Saludos, apuntes y dedicatoria;

En primer lugar, dar las gracias a todos los que incluyeron sus comentarios a mi último relato. En segundo, hacer un apunte particular para "Moonlight". "La saga de Lorena", es bastante más que las aventuras de "una lolita que hace de todo". Dijiste que solo habías leído el primer relato y parte del segundo de esta. De hecho, a partir del 3º y hasta el momento final del desenlace en la 5ª y última entrega de esa primera saga, no hay sexo, y se limita a recrear con morbo el proceso por el cual la lolita manipula la psicología y sexualidad de su madre hasta hacerla claudicar ante su verdadera naturaleza sexual. Te recomiendo su lectura si como dices te gusta el morbo más que el sexo explícito. Este acaba con el final de la 2ª entrega, y no vuelve, como he dicho, hasta el de la 5ª.

Bueno, saludos a Moonlight, Saraslla, Pikoster, Merovingiox-Atila, Feria, Castiel, Reptil 69, el Capitán América, Alejandra y Jefer 2004. A todos ellos especialmente, y a todos los lectores de mis relatos, dedico esta nueva entrega de la saga de Lorena. Espero que os guste.

…………

EL DESVIRGAMIENTO DE LORENA

Los juegos sexuales con Isabel y Ana, se convirtieron en una constante por aquel entonces. Descubrimos algo insospechadamente placentero y poderosamente morboso. Hoy lo recuerdo con ternura, como algo sumamente ingenuo, pero en aquel entonces nos sentimos osadas, transgresoras de la moral establecida. Desconocíamos que aquello era algo mucho más corriente a esas edades de lo que pensábamos, y nos sentíamos descubridoras de la sensualidad, embriagadas adictas de la lujuria. No pasaron de ser simples juegos, pero con ellos comenzamos a descubrir nuestra sexualidad, creando un vínculo entre nosotras que ya nunca se rompería.

Aunque hubieron poderosas tentaciones en sentido contrario, decidimos respetar nuestra virginidad, al menos la vaginal. Nos abríamos de piernas, para que las otras dos observaran de cerca aquella membrana de una tonalidad blancuzca translúcida. Nos fascinaba el hecho de que algo tan diminuto, tan aparentemente frágil, tuviera tanto valor como se le otorgaba. Recuerdo como quedaba fascinada en aquella contemplación, a escasos centímetros del himen de mis amigas. Aquella insignificancia orgánica, tan diminuta, fina y elástica, pasaba por ser el mayor valor de una adolescente, cuya ruptura marcaría su paso de niña a mujer, convirtiéndose ese momento en uno de los más importantes de su vida.

Como he dicho, varias veces nos sentimos tentadas de desgarrar aquel velo virginal, y en alguna de ellas estuvimos a punto de hacerlo, dejándonos llevar por el morbo, vicio y lujuria del momento. Pero siempre pudo más ese instinto antinatural que a las hembras nos ha inculcado siglos de tradición católica y valores machistas, de protección para con nuestra honra. En su lugar, aprendimos a penetrar nuestro ano, para uso y disfrutes inenarrables. Primero con el mango de la sierra que usábamos en la asignatura de marquetería del colegio, de unos 15 ctms de largo y no más de 2 de diámetro en su zona de máximo grosor. Con el tiempo, hasta con gruesos pepinos tomados de las neveras de nuestras casas. Bien engrasados con aceite de oliva, Nivea, crema hidratante y similares, hasta los más gordos acabaron colándose por nuestros orificios posteriores. Del temor que nos causó la primera visualización de una penetración anal en aquellas fotos, pasamos a convertirnos en adictas de la penetración anal. El morbo nos embargaba buscando siempre ir más allá. compitiendo entre nosotras para ser la más osada, la que consiguiera alojar en su ano el mayor objeto fálico de las tres. El placer que con ello encontrábamos era intensísimo, y el mango de la dichosa sierra pasó a convertirse en uno de mis más fieles compañeros en mi más temprana adolescencia, en la cual casi todas las noches me penetraba con él tumbada en mi cama, para alcanzar el orgasmo antes de dormir, acompañada su acción de la fricción que a i clítorix sometían mis dedos. Aprendimos que el olor que quedaba tras ello, era claramente delator, y no desaparecía ni siquiera lavándolo, hasta varios días después.

Y aprendimos también a resolver aquel problema, cubriendo aquel mango de madera con los preservativos que en cajas robábamos del hipermercado, el "Pryca" por aquel entonces. No puedo evitar reír todavía ahora, al recordar el día en que nos pilló un vigilante. Alguna de las trabajadoras camufladas como clientes al fin de descubrir a quienes robaban, debió vernos y alertarlo, de forma que al salir nos estaba esperando. Al parecer no tenía idea de lo que habíamos ocultado en nuestro cuerpo, con lo cual, rojas como un tomate, nos llevó a un cuarto, donde esperaba el jefe de vigilantes. No hubieran podido registrarnos hasta que llegase una Guardia Civil mujer, hoy día lo sé. Pero entonces no lo sabíamos. Nos dijeron, "vosotras mismas. O sacáis lo que lleváis, u os registramos nosotros". Un farol, no hubieran podido hacerlo, ni se hubieran atrevido. Pero surtió el efecto deseado. Con la mirada baja y mas rijas que nuca en nuestra vida, sacamos de nuestras braguitas bajo la falda aquellas cajitas de "Perrys". El momento fue eléctrico. Un silencio sepulcral invadió el cuarto en él. No sé quien quedo más cortado, si nosotras o ellos. El caso es que por unos segundos quedaron aturdidos, sin saber qué decir.

-¿Esto…esto es lo que…habéis cogido? –preguntó entrecortado el jefe de vigilantes, y nosotras asentimos avergonzadas, sin atrevernos a levantar la cabeza.

-¿Para qué…? –comenzó a preguntar de nuevo, estúpidamente. Estaba claro para qué servía aquello, y no era para adornar con globos una fiesta. Tan claro que no pudieron evitar dejar escapar la hilaridad de ellos. Primero luchando por contenerla, después ya a mandíbula batiente, contagiándonosla a nosotras.

-¿No sois muy jóvenes todavía?-preguntó cuando consiguió dominarla un poco.

No contestamos, todavía cortadas. Pero nuestras miradas eran respuesta suficiente. Éramos jóvenes, sí, pero comenzábamos a despertar a nuestra sexualidad. Nos miró de arriba abajo, deteniéndose su mirada particularmente en nuestras tetas. Sonreímos tímidamente. En ese momento, lo que más nos preocupaba es que se enterasen de aquello nuestros padres. La medida normal en estos casos era telefonearlos para informarles, con lo cual estábamos acojonadas, si es que una mujer puede estarlo, ante la perspectiva. Así que intentamos caer en gracia, hacernos las simpáticas e inocentes para que no hicieran aquello.

-La verdad es que ya comenzáis a tener lo vuestro.

El jefe miró al otro vigilante. En un momento, fueron conscientes de su poder temporal sobre nosotras.

-Sois…muy bonitas.

No parecían decidirse. En un primer momento no fuimos conscientes de sus pensamientos, pero pronto los intuimos. Nos miramos de reojo entre nosotras, y supimos que estábamos de acuerdo.

-Vosotras tampoco estáis mal –añadió Isabel tímidamente. No era mentira. El jefe, pese a ser calvo, era un hombre de unos treinta años, muy fornido y con su atractivo. El otro, un chico moreno de veintipocos, alto, delgado y muy guapo.

Volvieron a mirarse, dudando. Éramos menores y obviamente, debía ser un tema delicado. Pero el de reproducción es uno de los tres impulsos básicos de cualquier animal, solo por detrás del de nutrición, y en línea con el de relación. La atracción sexual puede más que el sentido común y cualquier otra precaución, cuando es lo suficientemente poderosa. Y tres niñas bonitas con incipientes formas de mujer a disposición de dos machos en un cuarto, con la posibilidad de aprovecharse de la situación sin que nadie se enterase, obligadas por nuestra necesidad de discreción, lo era. Sus ojos dejaban claro su deseo. Nuestro temor el nuestro. Nosotras deseábamos que aquello no se supiera. Ellos nos miraban con ojos de animal en celo. La cosa estaba decidida.

-Tú, la rubita. ¿Cómo te llamas?

-Isabel –contestó Isa tímidamente. –Pero me puedes llamar Isa.

-OK. Ven aquí, Isa –la conminó palmeando con las palmas de las manos en sus muslos. Isa accedió obediente, sentándose en sus piernas.

-Eres muy guapa, Isa.

Era cierto. Con preciosa melena rubia, lisa y larga hasta la cintura, y sus bellos ojos verdes, Isa era un tierno bomboncito.

-Gracias –contestó ella con una tímida sonrisa.

Pero de las tres, las formas más sensuales eran las mías. Ya por aquel entonces comenzaba a ser evidente que iba a ser una mujer de curvas voluptuosas y mis pechos, sin haber alcanzado aún el tamaño que antes de un año alcanzarían, ya se podía decir que tenían uno aceptable. Se hizo evidente cuando la mirada del jefe pasó de Isa a mí. Bueno, más bien de sus ojos verdes a mis tetas.

-¿Y tú? ¿Cómo te llamas?

-Lorena.

-Ven aquí tú también.

Como había hecho Isa anteriormente, me acerqué hasta él como pedía, sentándome en una de sus piernas tras hacerme sitio mi amiga. La mano del hombre fue a mi muslo entonces y yo, tras pensarlo tan solo un momento, agarré con una de las mías mi falda para tirar de ella y subirla, dejando la carne de este desnuda para él. Me miró y sonrió, comenzando a acariciar mi piel. Suavemente. Isabel hizo lo propio, para facilitar el acceso a la suya también. Las manos del jefe sin embargo, no se limitaron a aquella parte de nuestra anatomía, y pronto subieron para agarrar una teta de cada una, para sobarla con deleite. Contagiada de la excitación del hombre, le miré a los ojos, ofreciéndole mi boca, sensualmente entreabierta. No dudó él en aceptar la invitación, comenzando a besarnos, enredando nuestras lenguas con pasión. Isa por su parte no quiso permanecer como simple espectadora, comenzando a besar y mordisquear el cuello masculino cuello de toro, a la vez que desabrochaba los botones de su camisa para descubrir el potente pecho.

Por su parte, Ana se giró para mirar al otro vigilante, que quedaba a sus espaldas, cuestionándole en silencio. ¿Iban a apuntarse ellos? El chico dudó, pero solo un momento, tras el cual se acercó hasta ella. Ana giró de nuevo su cabeza hacia nosotros, dándole vía libre para dejarse hacer. Desde aquella posición, el chico la abrazó pegándose a su cuerpo, para pasar sus brazos adelante y agarrar sus pechos para sobarlos. Ana entonces ladeó su cabeza, entrecerrando sus ojos y entreabriendo sus labios, contra los cuales el vigilante selló los suyos para besarla.

Fueron unos 20 minutos de sobos y besos, en los cuales nuestras tetas quedaron desnudas y expuestas para ser libremente manoseadas y lamidas, muy a nuestro placer y para deleite de todos. Pero no pasó de ahí la cosa. Aunque todos lo hubiésemos deseado, una cosa era magrearse con unas menores, la otra follarlas. Dicen que el que se acuesta con críos, meado se levanta, y el vigilante y su jefe debieron pensar que tratándose de unas niñas, no había garantía de que en algún momento contáramos aquello a nuestros padres, presionadas por alguna circunstancia que pudiera presentarse. Por nuestra parte, las tres temblábamos de excitación y deseo, y de haber sido algo más expertas hubiésemos podido provocar la situación, pero el caso es que no lo éramos, y la cosa terminó sin más. Obvia decir, que nos regalaron los preservativos.

……………………

Todas las mujeres hemos fantaseado en nuestra primera juventud, intentando imaginar como sería el momento en que perdiéramos nuestra virginidad. Seguramente todas, o casi todas, hemos soñado hacerlo en brazos de un príncipe azul, guapísimo, rubísimo y de irresistibles ojos azules, o quizá más en un motero sin afeitar y cazadora de cuero negro, o un rapero las niñas de hoy, tan guapos y rubios como el recurrido aristócrata, que hoy día debe andar por las colas del INEM. Habremos especulado con una mullida cama que sustituya al verde y bucólico paisaje de antaño, donde envueltas en las caricias de tan adorable amante y embriagadas por sus besos, le entregaríamos gustosas nuestro más preciado tesoro. El momento de hacerlo, es uno de los más importantes en la vida de una mujer. Nunca lo olvidará, y para ella siempre será algo muy especial. Pero, ¡ay!, nunca contamos con que nosotras somos tan solo el 50% de los artífices de ese momento, y que para el otro 50%, o sea el chico en cuestión, casi nunca será algo tan importante. En lo único que él pensará, será en triunfar en su empresa de follarnos, y como mucho su interés se limitará a apuntarse la medallita de ser el que nos desvirgó. Solo un muy bajo porcentaje, serán románticos idealistas que compartan la carga emotiva del momento y sepan valorarlo. Nosotras siempre intentaremos envolver de magia ese momento, pero nunca o casi nunca, conseguiremos transmitirla a nuestro desvirgador, por lo cual a menudo y en la mayoría de los casos, quedaremos frustradas, habiendo esperado algo distinto. No debiera pesarme esto, ya que yo misma he buscado siempre el morbo, vicio y lascivia, no habiendo sido alguien muy dada al romanticismo. Por ende, se debe suponer que para alguien como yo no debiera haber sido algo especial el momento de la pérdida de su virginidad, que en realidad no debiera haber sido más que un estorbo. Pero no fue así. Por más que queramos pensar con practicidad, somos hijos de nuestra cultura, y toda mujer recordará siempre como algo muy especial el momento en que dejó de ser niña definitivamente.

Por más que como he dicho intentemos imaginar como será ese momento, nuestras cábalas suelen resultar totalmente desatinadas, y este resulta algo totalmente distinto a lo inesperado. Para mí, llegó de esta forma, cuando menos lo esperaba. Fue una tarde que había ido a casa de una amiga a leer con ella el "Nuevo Vale", que su madre compraba para ella y su hermana. Estando en su habitación, comenzaron a escucharse la voz de una mujer reprendiendo a un hombre, procediendo del salón en la planta baja del bungalow. Se trataba de sus padres, que acababan de llegar a casa. Evidentemente, no eran conscientes de que estábamos arriba. Yo, todos, sabíamos que los padres de Fátima atravesaban un mal momento. Se decía que él iba con otras mujeres, y que en cualquier momento el matrimonio acabaría por romperse.

Mi amiga no dijo nada, simplemente continuó ojeando la revista. Pero era evidente que su atención ya no estaba en ella, y la expresión de infinita tristeza en su rostro me tocó el alma, llegando a humedecer mis ojos. Acaricié tiernamente su cabeza, dejando pasar mi palma sobre sus castaños y lacios cabellos.

-Mira –dijo en apenas un susurro, señalando al rubio de los "Back Street Boy´s".- ¿Está muy bueno, verdad?

Eran palabras vacías, pronunciadas por quien con ellas intentaba distraer su mente de la realidad. Sonreí tiernamente.

-Buenísimo.

Durante más de media hora, durante la cual intentamos no hacer ningún ruido para no delatar nuestra presencia, continuó la discusión, voz en grito. Después, se oyó un fuerte portazo y se hizo el silencio. La madre de Fátima debía haber salido de casa atacada, mientras que se oían algunos sonidos de pasos que confirmaban que el padre seguía en casa. Luego, el silencio.. Durante una hora y media más, aproximadamente, continuamos igual. No quería salir hasta que no hubiera nadie, para que sus padres no llegasen a saber que habíamos escuchado la discusión y las burradas que se dijeron, pero comenzó a hacerse tarde, y yo debía volver a casa.

-Fátima…voy a tener que salir.

-Vale…me dijo apesadumbrada. No te preocupes.

-¿Estás segura?

-Sí. Además, me apetece estar sola.

-Lo entiendo.

-Cuando salgas, pasaré el pestillo de la puerta. Si mi padre te pregunta, dile que no suba ni llame a la puerta, que quiero estar sola.

-Vale, -respondí comprensiva- , lo haré.

Con dos besos, me despedí de Fatima en la puerta de la habitación, la cual cerró a continuación. Escuché el pestillo pasando, y luego la música al conectar mi amiga su equipo para aislarse. Bajé por la escaleras, cortada ante la perspectiva de pasar ante su padre, ya delatada mi presencia. Pero cuando llegué a la planta baja, encontré algo que me dejó helada. Si había esperado encontrar al hombre igualmente cortado al descubrir que su hija estaba en casa y debía haber escuchado la discusión, encontré que me equivocaba de plano. El muy canalla parecía pasar muy de plano de la situación, cómodamente sentado en el sofá mientras miraba la televisión con el sonido bajado al máximo. Sobre la mesita en la que tenía apoyado los pies, varios botes de cerveza vacíos, en su mano uno a medio consumir. Pero no fue eso lo que me sacudió como una descarga eléctrica. Lo que sí lo hizo, fue el hecho de que lo que estaba mirando en la televisión, era una película porno, en la que una guapísima rubia de enormes pechos siliconados, saltaba empalada sobre la polla de su follador, un negro escultural, cuya anatomía excitaba sin remedio al contemplarla. Imaginé que la razón para eliminar el sonido, debió ser la de evitar que se escuchase desde fuera, o que lo hiciera su mujer si volvía, dándole tiempo a recomponerse si oía sus pasos en la escalera exterior.Frente a la imagen, el padre de mi amiga se masturbaba embelesado. La polla en su mano, la mirada en la pantalla.

Quedé petrificada. En un momento, fui consciente de que, pese a encontrarme frente a él a la izquierda, al pie de la escalera, no me había visto. Evidentemente, estaba bastante bebido. No sabía que hacer. Para salir a la calle, debía pasar ante él. Retroceder, me llevaría de nuevo al piso de arriba, donde mi amiga no abriría la puerta, y quedaría confinada allí hasta quien sabe cuando. Pero pronto quedé liberada de tener que decidir, cuando el padre de Fátima reparó en mi presencia.

No pareció sorprenderse demasiado, seguramente gracias a los efectos del alcohol. Yo en cambio, quedé abochornada. El muy cabrón, sin cortarse un pelo, bajó la mirada hasta mis tetas. A pesar de mi camiseta blanca, me sentía desnuda ante aquella mirada, como si tuviera rayos X en los ojos. Me escandalizó, pero no me enojó. Es más, me excitó aquella desverguenza que me hizo bajar la mirada avergonzada yo misma. Bajarla para contemplar su polla. Era la primera que al natural, desde aquellas diminutas pililas de los niños en mi infancia. Me pareció hermosa, deseable, y de excitada pasé a estar cachonda. Ya no me acordaba de mi amiga. Solo era consciente de la mirada de su padre sobre mis tetas, de su polla, y de la lujuria del momento.

-Tienes un buen par de tetas, Lorenita.

-Gracias –contesté levantando los ojos para mirarle de frente. Era un tío guapo el cabrón de pelo negro ondulado y hermosos ojos verdes. Esta vez mi voz no sonó tímida ni insegura. Tampoco provocativa ni nada parecido. Simplemente surgió normal.

-Ven, siéntate a mi lado –me invitó palmeando sobe el cojín del sofá, a su izquierda, colocando el brazo a continuación sobre el respaldo.

Tras pensarlo un momento, acepté. Me senté allí.

-Estás muy buena. ¿Te lo han dicho?

-Sí –contesté mirando su polla, que continuaba masturbando suavemente. Alargué la mano hasta ella. -¿Me dejas que te ayude?

-Claro –aceptó encantado, sonriente.

Por primera vez en mi vida, toqué una polla. Y su contacto me encantó. Era tan suave, tan…El tacto de una polla es algo que no se puede imaginar hasta haberlo probado. Ninguna otra piel de cualquier zona del cuerpo, es similar. Tiré de ella, descapullando su prepucio, descubriendo su orgulloso glande. Me pareció glorioso. Acaricié su carne desnuda, y la que quedaba bajo él. Me apetecía besarlo, adorarlo. El padre de mi amiga pareció intuir mis pensamientos, apartando su brazo de sobre el respaldo del sofá, para colocar su mano en mi nuca, presionando suavemente hacia delante y hacia abajo con ella para invitarme a hacerle una mamada. Muy a gusto, me dejé llevar por esa presión para inclinarme sobre aquel miembro masculino. Al llegar a él, lo primero que hice fue besarlo, con todo el cariño del mundo, tras lo cual abrí mi boca para engullirlo totalmente.

Fue mi primera mamada, pero no debí hacerlo mal del todo a juzgar por sus suspiros. A decir verdad, no he notado que mi maestría en el arte de mamar haya crecido con los años. Todos los amantes que he tenido y han hecho algún comentario sobre mi hacer, ha sido para elogiarlo. En otras palabras; soy una muy buena mamona. Y creo que siempre lo he sido, desde esa primera polla que mamé. Soy de la opinión de que nos e aprende a ser buen amante. Se es o no se es, y por tanto el que lo es, lo es desde siempre. Otra cosa es que al principio pueda estar cohibido/a, pero cuando se suelta se revela. Al que le gusta follar, será un/a buen amante. A mí me encanta follar, es lo que más me gusta en la vida. Y me encanta también mamar, por lo cual he sido una buena mamona desde el principio.

Como he dicho, el padre de Fátima comenzó a bufar, amparado en la música que, procedente de la habitación de su hija, impedía que esta le escuchase.

-¡Para, para! ¡Para, cabrona, que vas a hacer que me corra!

Debió agarrarme del pelo para obligarme a retirar la cabeza, de tan absorta que estaba en mi trabajo. Seguramente con cara de tonta, quedé mirando alternativamente, a sus ojos y a su polla.

-Veo que te gusta mamar, ¿eh?

Solo sonreí.

-Eres todo un putón aunque seas tan jovencita.

Mi sonrisa se hizo aún más amplia. Me encantó que me dijera aquello y, desde ese momento, decidí que era aquello lo que quería ser. Y quería que se supiera. No me bastaba con ser una zorra, sino que necesitaba que se supiese.

-Ven aquí –me instó, colocándose en posición recostado sobre el sofá, su polla apuntando al techo, sostenida por su mano. Estaba claro lo que me pedía, y yo lo entendí perfectamente. Levantándome, me remangué la falda para quitarme las bragas y echarlas a un lado. Después, me coloqué sobre él, una rodilla a cada lado sobre el sofá. Mi mano reemplazó a la suya en su poya, cuyo capullo apoyé en la entrada de mi vagina. Estaba ya muy lubricada, lubricadísima, y presioné un poquito. Pedro, que así se llamaba el padre de mi amiga, me tomó por la cintura.

-Ten cuidado –le pedí-. Es la primera vez.

Sus ojos se iluminaron.

-No te preocupes cariño.

No fue ni brusco ni suave. Simplemente, en un momento dado, tiró de mis caderas hacia abajo, ensartándome con su miembro. Sentí mi himen rasgarse, acompañado de un dolor que no sabría definir. Hay que sentirlo para conocerlo. Después, al cabo de unos menos de acondicionamiento, comencé a galopar sobre él desbocada, gimiendo como una puta. Mentiría si dijese que seguía sin acordarme de mi amiga. Me acordaba. De ella y de su dolor. Era perfectamente consciente de que me estaba follando a su padre, contribuyendo a destrozar el matrimonio con su madre y a la infelicidad de Fátima. Pero no me sentía mal por ello. Es más, me ponía supercachonda pensarlo. Estaba convencida, quería ser una auténtica puta.

No fue excesivamente larga aquella follada. Ambos nos corrimos muy satisfactoriamente, tras lo cual salí de allí, camino de casa. Ya en la calle, lloré. No por Fátima, sino por mi virginidad. No era que lamentase su pérdida, ni que no hubiese disfrutado con el polvo. Simplemente, era consciente de que había perdido definitivamente mi inocencia, despidiendo para siempre a la niña para saludar a la mujer. Esa noche volví a llorar.

TodoRelatos.com © Gloria

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