El subte venía repleto, viajábamos todos como sardinas,
cuando de pronto siento detrás de mí, algo duro apoyarse en la raya de mi culo.
No podía darme vuelta para ver, pues, estábamos realmente apretados. Lo que no
sabía era si por estar tan apretados es que me apoyaban así o era otro el
motivo. Mi reacción fue la de quedarme tranquilo y reprimir mi deseo de empujar
más hacia atrás...
Los vaivenes del andar del tren, no correspondían al ritmo de
la apoyada que me daban y no lo dudé más, acompañé los movimientos como dando la
confirmación que me apetecía y gustaba lo que me estaban haciendo. Mi nivel de
calentura, fue aumentando a medida que los minutos pasaban y al percibir de la
dureza del miembro apoyado en mi culo, mi "apoyador" no mermaba sus intenciones.
A medida que las estaciones pasaban, los movimientos
simulando un meta y saca eran cada vez más fuertes, hasta que pude darme vuelta
y contemplar la cara del dueño de esa pija dura que sentía a través del
pantalón.
Era un moreno, un poco más alto que yo, que al verme de
frente, me regaló una sonrisa, acompañado de un – Hola!, ¿bajamos en la
próxima?—
Mi respuesta afirmativa, con un –Dale!—y acompañado de una
sonrisa, no dejó lugar a dudas.
Como pudimos, bajamos en la céntrica estación y casi sin
cruzarnos palabras, salimos a la calle.
--Facundo—me dijo, mientras estiraba su mano a modo de
saludo.
--La verdad, que encantadísimo, me llamo Daniel—fue mi
respuesta y nos metimos en un bar, los dos con una sonrisa que demostraba la
onda recíproca que brotaba de ambos.
Después de un intercambio de palabras, nos fuimos a un hotel
a pocas cuadras del lugar.
Facundo, es un tipo moreno de 1,90 aproximadamente, muy buen
lomo, de esos tipos que trabajan su cuerpo en forma natural. De hecho, me
comentó que trabajaba en la construcción y que ese era su día franco. Y bueno,
lo de siempre, no?, que me gustaste, que te gusté, y que nunca me pasó nada
igual en mis 40 años de existencia. Obvio que yo decía lo mismo, que nunca me
había dejado levantar por un tipo de esa manera, pero que fue un "flechazo",
etc. Lo que sí era seguro, que la calentura que teníamos los dos, era más que
evidente.
Fue cerrar la puerta de la habitación y comenzar a besarnos y
sacarnos la ropa mutuamente. Se sorprendió al ver que tenía puesta una tanguita
bien femenina en ves de calzoncillos, como los de él. Tanto como yo me sorprendí
al ver la cabeza de su pija asomar por encima de su bóxer, casi babeante. Era
realmente grande, debía medir más de 20 cm y bien gruesa. Me colgué de su cuello
para besarlo y él me tomó de las nalgas y me levantó, haciendo que con un
movimiento espontáneo mis piernas se aferraran a su cintura, así me acostó en la
cama.
Ya acostado, se incorporó y se sacó el bóxer, dejando ver en
plenitud, esa hermosa herramienta, se abalanzó sobre mí y nos besamos abrazados,
mientras sentía la dureza de su verga en mi vientre. Sus labios se posaron en
mis pezones y los chupaba alternativamente, haciéndome delirar de la calentura.
El solo se trepó hasta dejarme su choto en mis labios, lo besé y me lo metí en
la boca. Realmente me deleité, lamiéndolo, besándolo y chupándolo como
correspondía a tan formidable poronga, sus huevos fueron blanco de mis lamidas y
besos mientras mis manos subían y bajaban por ese formidable tronco, duro y
venoso, para volver a engolosinarme chupándole la verga hasta que su cabeza se
clavaba en mis amígdalas. Me encantaba lamer el precum que desbordaba, mezclado
con mi saliva.
Cambiamos a una posición de 69 y mi culito, fue blanco de su
lengua y dedos, que comenzaron a horadar mi ano, provocándome espasmos de placer
y una dilatación importante, tanto es así que tres de sus dedotes, penetraban
con bastante facilidad en mi dilatado orto. Su pija, a punto de reventar, era
sometida a una salvaje mamada, que con total placer le propinaba.
No permitió que lo hiciese acabar, me incorporó como a una
muñeca y me hizo poner en cuatro, abrió mis nalgas y apoyó su glande en mi orto.
No sé si él me lo metió o mi culo lo fue succionando poco a poco, pero la verga
de Facundo se fue metiendo despacio pero sin interrupciones hasta el fondo de
mis entrañas. Quedé empalado y extasiado con esa verga, esperando un poco a que
mi culo se amoldara al invasor.
Los movimientos comenzaron y mis gemidos de placer
acompañaban cada envestida. El ritmo, ni lento ni rápido, era continuos y
placenteros. Sus manos me atraían y me alejaban a su voluntad, aferradas a mis
caderas. Yo era solo una mujer sometida a un placer extremo, mi cara apoyada en
la almohada y sus manos ahora pellizcando suavemente mis pezones endurecidos,
sin dejar de bombearme rítmicamente y sin pausas. Era una máquina pistoneando y
provocándome oleadas de placer. Por momentos, la sacaba entera y me penetraba
con vehemencia hasta la base de sus huevos duro e hinchados.
El mete saca se fue incrementando y en una de las veces que
la sacó por completo, manejándome como antes, me dio vuelta y pasó mis piernas
por sobre sus hombros, mi dilatado orto, fue penetrado sin piedad por su pijota,
y comenzó a cogerme con fuerza y a ritmo mucho más rápido.
Por momentos la sacaba entera y me la metía en la boca y se
la chupaba un rato y luego, otra vez la penetración y el pistoneo. Una máquina
de coger, eso era Facundo, una verdadera máquina de de dar placer, hacía más de
media hora, que me estaba cogiendo y no daba señales de acabar.
Cambiamos de posición y se acostó él boca arriba, me monté
con las piernas abiertas y me senté sobre su pijota hasta enterrármela toda, sus
manos en mi cintura, me ayudaban a subir y bajar por su palo, yo subía y bajaba,
me movía en redondo con su tronco dentro de mí, salía completamente y me
envolvía a ensartar. Mis manos acariciaban su marcado vientre duro y musculoso.
Luego, me tomó de la cintura y sin sacármela, abrazándome, se
incorporó quedando él sentado y yo ensartado sobre sus piernas recogidas. Así
unos minutos más, donde los besos se mezclaban con la transpiración de ambos,
mis pezones, estaban rojos y duros por los chupones que me brindaba. Me volvió a
acostar con mis piernas sobre sus hombros y acentuó el ritmo del mete y saca en
forma vehemente, me embestía rápidamente sin parar, cuando dejó solo su glande
en la puerta de mi ano abierto, comenzó a lanzar su cremosa leche, haciéndome
sentirla con claridad y placer, y la fue enterrando más a medida que acababa.
Sentí desbordarme de semen, mientras yo acompañaba su venida con un orgasmo
propio inolvidable. Nos quedamos abrazados, con su herramienta dentro de mí,
hasta que perdió la consistencia original y solita salió, con una crema
deliciosa desbordándome y cayendo por mis nalgas.
--Sos una delicia--- le dije, mientras nos fumábamos un
cigarrillo. Creo que los dos, habíamos gozado muchísimo ese polvo y a los 20
minutos, su pija recobró vida, creciendo y tomando dureza en mi boca. Disfruté
mucho, chupándosela de todas las maneras posibles, solo la puntita, lamiéndola y
luego devorarla hasta la base de sus huevos...y así, sin dejarlo levantar, con
su choto apuntando al techo, me senté sobre él, devorándome nuevamente, esa masa
de carne dura y caliente. Lo cabalgué durante varios minutos, el ritmo lo
llevaba yo y juro que esos movimientos, me hacían gozar como una yegua. Luego
salí de mi montura y me puse en cuatro y casi le ordené que me perfore, que me
parta al medio. Fabián se incorporó, me abrió las nalgas y me penetró
violentamente, ahora su mete y saca era infernal. Una verdadera viga caliente
entraba y salía de mi culo con violencia y velocidad, no le importó que yo
acabara, siguió dándome masa y yo me retorcía del placer. Después de un rato
largo, sentí como me la enterraba con fuerza, llenándome nuevamente de su néctar
delicioso, la sacó chorreando y rápidamente me di vuelta y se la chupé,
tragándome los últimos disparos de esa exquisita leche, limpiándole la pija con
mi boca, hasta dejarla limpia.
Caímos en la cama extenuados. Mientras me quedé boca abajo,
sus dedos, se metían en mi orto lleno de leche y los sacaba embadurnados de
semen y me los ofrecía para chuparlos, cosa que hacía con deleite.
Después de un rato de descansar y charlar un rato, nos fuimos
a dar una reparadora ducha, me enjabonó todo el cuerpo y yo el de él. Su pija,
recobró dureza y me agaché y se la mamé hasta que me soltó sus últimas gotas de
ese exquisito semen.
Salimos juntos del hotel, intercambiamos nuestros teléfonos
en un bar y cada tanto nos damos algunas revolcadas como la relatada.