Paulina parte 4
- Bueno, bueno, parece que alguien se esta portando mal,
espiando lo que no debe y necesitara un castigo -
Elena tembló al ver a su ama Dolores, detrás de ella, pero lo
que mas la aterro fue la vestimenta que esta llevaba.
Los ojos negros de Dolores, brillaban como carbones
encendidos, el pelo negro, peinado tirante hacia atrás, terminaba en un rodete
ubicado casi en la nuca, cubría su cuerpo, hasta el vientre una chaqueta de
cuero negra, tan ceñida que parecía una segunda piel, ala altura del pecho, dos
aberturas redondas, dejaban totalmente libres sus tetas coronadas con dos
pezones de areolas grandes marrones y duros, una bragas de cuero, también
negras, con una abertura, oval, entre las piernas, de tal forma que su vulva
totalmente depilada queda a la vista, unas botas de cuero que le llegaban hasta
medio muslo, negras, de tacos tan altos que parecía imposible que pudiera
caminar, en una de sus manos una fusta de cuero, en la otra, la correa que a
duras penas sujetaba a Wolf, el perro favorito de Dolores, un ovejero alemán,
que la obedecía ciegamente, capaz de destrozar a una persona, si Dolores la daba
la orden.
- Pero, pero, señora, yo…. – no termino la frase, cuando,
Dolores, con un rápido movimiento, la fusta de cuero le cruzó el rostro,
dejándole una marca roja en la mejilla.
El dolor fue instantáneo, la hizo vibrar como una cuerda de
violín, los pezones se le endurecieron súbitamente, sintió que en esa mezcla de
dolor y placer se humedecía en forma nunca antes conocida, ni siquiera cuando se
masturbaba pensando el joven Armando.
- ¡Solo hablaras cuando se te ordene! Puta – grito Dolores,
mientras Wolf, gruñía roncamente.
Con la mano que tenia la vara de cuero, la tomo de los pelos
y la empujo hacia delante.
-¡Camina!- le ordeno y la fue guiando hasta una pequeña
puerta situada debajo de las escaleras que llevaban a la planta alta.
Saco Dolores, una llave que levaba colgada de una cadena de
plata y colocándola en la cerradura y dándole media vuelta, abrió la pequeña
puerta.
Elena sabia que esa puerta hacia mucho que no se abría,
incluso cuando una vez le pregunto a la cocinera, que lugar era ese cuarto, esta
se negó a contestarle y mirando hacia todos lados, asustada, le aconsejo que ni
siquiera pensara en eso.
Al entrar, Dolores encendió la luz, bañando el cuarto en
color rojo, pues de ese color eran las lámparas que lo iluminaban, Elena pudo
ver, entonces, que se traba de una habitación amplia, rodeada por espejos; en el
centro un tronco de alrededor de 50 cm de diámetro, por 1 metro de largo,
sostenido por cuatro patas, abiertas en ángulo, le daban una altura de
aproximadamente 60 cm, prácticamente el tronco estaba cubierto por una tela
roja, bastante mullida; lo que la impacto, primero y la aterro después; fue ver
cuatro tiras de cuero, con una hebilla cada una, puesta dos en cada costado.
-¡Desnúdate! – le ordeno su ama, y como Elena dudaba, un
segundo varazo le cruzo esta ves el cuello dejándole otra marca rojiza, otra vez
Elena sintió ese exquisito dolor que se mezclaba con un placer inigualable; con
movimientos nerviosos pero rápidos se despojo de su uniforme de mucama quedando
totalmente desnuda.
Realmente, Elena era bellísima, el rostro de una delicada
forma oval, el cabello, aun cubierto por una cofia, era negro, como el ala de un
cuervo, también sus ojos eran negros, su piel muy blanca formaba unos suaves
contrastes con sus ojos y cabello.
Obedeciendo una orden de su ama saco su cofia, y el largo
cabello llego casi a su cintura.
Sus labios de un rojo intenso, abultados, al sonreír dejaban
al descubierto unos dientes muy blancos y parejos, un cuello largo y fino
terminaban de dar una hermosura sin igual a este rostro.
Su cuerpo era casi perfecto, unas piernas largas y torneadas,
caderas en forma de pera, se veían duras y subes al tacto; su vulva, semi oculta
por un abundante y enrulado pelo negro, se notaba de labios gruesos y prestando
atención se veía como apenas le salía un hilo delgado de jugos, producto de la
excitación por las varazos que le había propinado Dolores.
Los hombros torneados y blancos, las tetas, grandes altas y
redondas, coronadas por pezones con areolas grandes y escuras; cintura fina y
delicada completaba este cuerpo delicado y apetecible en grado sumo; tanto así,
que Dolores se humedeció instantáneamente al contemplarlo.
-¡Colócate inclinada sobre el tronco! – ordeno con vos que no
aceptaba replica Dolores.
Obedeció, sin chistar Elena; su cuerpo quedo, sobre su
vientre, tocando con los pies a un costado de esa especie de tarima redonda y su
manos tocando el costado opuesto.
Dejando en el suelo la fusta y soltando la correa de Wolf,
Dolores tomo de los tobillos de Elena y abriéndole dolorosamente la pierna, la
sujeto fuertemente con una de las correas; hizo lo mismo con la otra pierna y
repitió la operación con los brazos de Elena sujetándola con las correas de las
muñecas.
Colocándose de nuevo atrás de Elena, Dolores la contemplo en
silencio; el culo abierto le permitía ver su pálido y cerrado agujero, su vulva
igualmente abierta por la posición en que yacía su mucama, destilaba jugos en
abundancia, incluso Dolores podía ver su clítoris, abultado, extrañamente largo
y duro.
Tuvo que hacer un gran esfuerzo para no inclinarse y comenzar
a lamer hasta el hartazgo es concha que se le ofrecía, pero tenia, primero que
castigar la osadía de Elena por espiar tras las puertas.
Silbó la fusta en el aire, descargándola con toda la fuerza
de su brazo en las nalgas de Elena, dejándole instantáneamente una marca roja en
la blanca carne.
Detrás del lacerante dolor, un placer inigualable recorrió el
cuerpo de la mucama, otra vez, descargo Dolores la fusta y otra y otra, las
marcas se hacían mas profundas y dolorosas.
Cuando la fusta tocaba su concha, el placer que sentía, era
tal que pensó que se desmayaría, los labios de su vulva estaban hinchados, tanto
por el goce como por los golpes que le propinaba Dolores.
Elena sintió que los pezones se le endurecían tanto, que
hasta le dolían, sentía como por su abierta concha, corrían un río de jugos, el
placer eran olas que se le desparramaban por el cuerpo, su clítoris se endurecía
a cada latigazo.
El brazo de Dolores no descansaba, las nalgas de Elena ya
eran una sola marca rojiza, sin embargo Dolores seguía descargando la fusta cada
vez más fuerte.
Elena creyó que se desmayaba del placer, el dolor era
insignificante, un orgasmo inmenso comenzó a gestarse en su cuerpo; Elena solo
quería que no se detuviese, su cuerpo comenzó a temblar de tal forma que las
correas que la sujetaban le marcaban muñecas y tobillos.
Segundos antes de tener su orgasmo, Dolores se detuvo, Elena
trato de mirarla levantando su cabeza y suplicarle que siguiera, pero su
posición se lo impedía.
Dolores dio una orden, solo una palabra, corta y seca, al oír
la vos de su ama, Wolf, se aproximo a la vulva de Helena, abierta y chorreando
jugos lubricante, la olfateo y comenzó a lamerla.
Elena sintió la humedad del hocico de Wolf, en un primer
momento no supo que era eso, luego algo tibio y suave comenzó a pasar por su
abierta concha e incluso por el agujero del culo; a pesar del ardor que sentía
en sus nalgas, solo quería que alguien la hiciese acabar, ya que al parar
Dolores con sus latigazos, el orgasmo que estaba por explotar en su cuerpo había
ido bajando de intensidad.
La lengua del perro lamía incansablemente, Elena entendió de
quien se trataba, en un primer momento sintió cierta repulsión, ya que nunca
hubiese permito que un animal la tocara y menos en su abierta y mojadísima
concha, luego de unos segundo comenzó a relajarse, las lengüetazas era subes y
muy húmedo; había tenido varias lenguas de hombres haciendo ese mismo trabajo,
pero el tamaño que ahora sentía en su vagina no podría comparecerse con ninguna
lengua humana.
Sentía su culo arder por el castigo que le propino su ama,
sin embargo de a poco lo fue olvidando, su mente se hallaba ahora rogando por
que el perro no parara, sentía como entraba en su concha y para por el agujero
de su culo; ya sea por el olor de la humedad de su concha, el animal fue tomando
mas velocidad, la lengua subía y bajaba por su intimidades, Elena apreciaba como
nuevamente, esa gigantesca ola de su orgasmo se aproximaba.
No tardo en llegar y hacer estremecer su cuerpo de tal forma
que comenzó a gritar como una posesa, sus pezones, endurecidos, aplastados
contra el tronco, le dolían de una forma exquisita.
Su vulva en el fragor de su orgasmo palpitaba como queriendo
hacerse penetrar por la lengua de Wolf, este seguía lamiendo de tal forma que
otro orgasmo llego junto al primero, el cuerpo de Elena no resistió mas y
estremeciéndose quedo casi desmayada sobre la tarima en que la había atado
Dolores.
Dolores le dio otra orden al perro y este se retiro hacia un
rincón del cuarto; luego su
Ama, se coloco frente a ella y le desato las manos, Elena a
duras penas comenzó a levantarse, luego se coloco detrás de ella y tomado la
fusta por la parte de abajo le enterró, de un solo golpe, el mango en el culo;
un alarido de dolor reboto en el cuarto, al ser este a prueba de ruidos nada se
escucho fuera de el.
Al retirar el mango del destrozado esfínter, gotas de sangre
salieron de el cayendo al piso.
- Creo que ya has aprendo tu lección – dijo Dolores mientras
Elena asentía con su cabeza mientras copiosas lágrimas corrían por su mejilla.
Termino de desatarla, a duras penas la mucama pudo pararse ya
que al dolor de sus nalgas se sumo el dolor que sentía en su abierto ano.
Elena se vistió, Dolores le abrió la puerta, y rengueando la
mucamita se dirigió a su habitación para tratar de lavarse y curarse de sus
heridas.
Mientras la miraba alejarse, Dolores se coloco en mango de la
fusta en la boca y chupo ávidamente la sangre que aun goteaba.