Ya estaba decidido. Esos cinco días que íbamos a estar en
Cuernavaca iban a ser nuestro inicio swinger. Bruno, mi esposo, y su amigo
Daniel nos habían convencido a Carolina, esposa de Daniel, y a mi de tener cada
noche una espectacular sesión de sexo grupal. Acordamos que a cada uno de
nosotros le iba a tocar ser el rey, o la reina, de la noche, cuya labor
consistiría en acomodar a los participantes en un perfecto cuarteto sexual.
Nuestro show iba a ser cada noche después de acostar a los niños.
Pues bien, llegamos a la casa y empezamos a bajar las cosas.
Llevamos a la cocina la comida y nuestro equipaje a las recámaras. Mientras
nosotras desempacábamos, nuestros maridos y los niños se fueron a la alberca.
Todo el día transcurrió con normalidad, aunque con muchos nervios por mi parte.
Nunca había participado en sexo grupal, ni siquiera en un trío. A pesar de que
los cuatro nos conocíamos hace más de 18 años, en épocas de la universidad,
nunca había estado completamente desnuda frente a Carolina. Por fin llegó la
noche, y con ella la hora de acostar a los niños. Carolina y yo les llevamos a
la cama y les contamos un cuento para que se durmieran. Media hora después ambas
salíamos triunfantes, los chicos ya estaban en el quinto sueño, aunque por
prudencia decidimos esperar una hora más para estar seguros de que no
despertarían. Las manecillas del reloj avanzaban muy lentamente y mi estómago no
dejaba de hormiguear.
-Pues bien, creo que los niños ya están profundamente
dormidos – dijo Bruno levantándose del sillón para apagar la televisión.
-Antes que nada – dijo Daniel- creo que debemos sortear quién
será el rey o la reina de la noche.
Todos anotamos nuestros nombres en un papelito, lo doblamos y
lo metimos en una urna. Después Bruno sacó el primer papelito.
-Daniel... esta noche..tú...-dijo haciendo una larga
pausa-...tú...eres el rey de la noche.
Los tres nos paramos para ir a la recámara principal. Daniel,
aprovechando ya sus prerrogativas, nos llevó tocándonos las nalgas. En cuanto
entramos cerramos la puerta con seguro.
-El rey pide – dijo Daniel sonriendo- que ambas chicas se
desnuden, una a la otra, en forma muy cachonda.
Ya no había marcha atrás. Me acerqué a Carolina moviendo las
caderas. Tomé su camiseta y se la saqué. Ella alzó los brazos, y mientras salía
su prenda, movía también las caderas. Fue mi turno de ser despojada, de igual
manera, de mi camiseta. Ambas nos paseábamos frente a ellos, agarrándonos
nuestras tetas, aun con el sujetador, y ofreciéndoselas. Después nos
desabrochamos las bermudas y bajamos el cierre. Nos volteamos, y sin dejar de
mover las nalgas, fuimos deslizando la prenda hasta el suelo, para después
agacharnos, sin doblar las rodillas, para quitárnosla. Nuestras nalgas les
quedaron al alcance y ambos se acercaron para sobarlas. Yo me acerqué a Carolina
y la abracé para poder desabrocharle el sujetador, imitándome ella. Los broches
cedieron y los tirantes se fueron deslizando por nuestros brazos. Yo le aventé
mi prenda a Daniel, y Carolina a Bruno. Después restregué mis tetas contra las
de Carolina. Nuestros pezones se pusieron duros por el roce, y los colores se me
subieron al rostro. Repetimos la rutina de las bermudas, pero esta vez con las
bragas.
-Ahora – ordenó Daniel admirando mi cuerpo- desnúdenos a
nosotros. Caro a Bruno, y tú, dulzura, a mi.
Una a una sus prendas fueron desapareciendo. Cuando bajamos
sus boxers, dos vergas, totalmente erectas, saltaron a nuestra cara. No voy a
mentir diciendo que eran dos monstruos descomunales. Eran dos aparatos común y
corrientes, siendo la de Daniel, quizás un poco más gruesa, pero nada
espectacular. Yo volteé a ver a Carolina y vi que su boca engullía el pene de mi
marido, así que acerqué mi boca al miembro de Daniel y me lo comí todito. Mi
boca albergó a su pene que entraba y salía una y otra vez de mi orificio. Unas
cuantas mamadas más y Daniel nos detuvo.
-Tranquilas chicas, que el espectáculo principal está por
comenzar. Pero antes, y para que no digan que soy un monarca tirano, y sabiendo
que a las mujeres les cuesta más alcanzar un orgasmo, ambas se van a tocar, para
ponerse a tono – dijo muy solemnemente Daniel.
Yo me quedé fría por un momento. No me esperaba esto, creía
que sólo iba a tener relaciones con Daniel mientras observaba cómo Bruno se
cogía a Carolina. Pero ya no era el momento para echarse para atrás, y menos
cuando sentí las dulces manos de Carolina recorrer mis pechos. Sus dedos jugaban
con mis pezones, tirándolos con suavidad. Mis manos empezaron a recorrer sus
nalgas, frotando mi piel contra su piel. Carolina acercó su boca a la mía y me
besó. Aunque esta era la primera vez que besaba a una chica, traté de responder
con la mayor naturalidad posible. Pronto nuestras lenguas se buscaban para
entrelazarse. Una de las manos de Carolina bajó por mi vientre hasta llegar a mi
entrepierna. Yo separé las piernas para dejar paso libre a sus dedos. Pronto uno
de ellos ya se encontraba en mi interior, moviéndose de un lado a otro, buscando
mi clítoris. Mi mano respondió de igual manera, y en un instante ambas nos
dábamos placer con los dedos. Nuestras gargantas emitían gemidos placenteros que
quedaban ahogados en la boca de la otra. Sentí unas manos masculinas tocar mis
nalgas. Abrí un poco los ojos y pude ver a Bruno sobando las nalgas de Carolina.
Las manos de Daniel jugaban con mi trasero, introduciendo un dedo en mi ano.
-Basta de preliminares – dijo Daniel metiendo un dedo en cada
vagina para comprobar que estábamos empapadas.
Carolina y yo nos separamos y Daniel me condujo a la cama.
-Primero tú Andrea. Te vas a acostar de espaldas con las
piernas bien abiertas – me dijo y me acomodó.
-Después – continuó- yo me voy a colocar entre tus piernas
para penetrarte.
Empezó a meterla muy poco a poco. Su cara expresaba la
satisfacción de conseguir algo largamente anhelado.
-Papito, que rico se siente tu verga dentro de mi – le dije
seductoramente. Habíamos acordado que teníamos que actuar como putas y sumisos
ante el rey.
-Después de hoy te vas a aficionar a mi verga y la vas a
querer todos los días – me contestó excitado mientras la metía y la sacaba.
Bruno sólo veía cómo su linda mujercita era empalada por su
mejor amigo. Esto debió de haberlo excitado tanto que tenía su pene a reventar.
-Ahora tú putita – dijo Daniel a su esposa- te vas a sentar
en la cara de esta golfa para que te coma el coño, mientras yo te chupo las
tetas.
Carolina se sentó en mi cara poniendo su vagina encima de mi
boca. Yo saqué mi lengua y empecé a lamer. Al principio el sabor se me hizo un
poco raro, pero el tener una verga en mi conchita y las caricias de hace rato,
me prendieron duro y busqué darle el mayor placer posible.
-Bruno, tú acerca tu verga a la boquita de la puta de mi
mujer y que te la chupe – dijo Daniel.
Mi marido se aproximó a la candente boca de Carolina, quien
ya lo esperaba con los labios listos.
-Empecemos la fiesta- dijo Daniel.
Daniel perforaba mi cuevita una y otra vez mientras su boca
succionaba los pechos de Carolina. Yo sentía cómo entraba y salía de mi, rozando
su pene contra las paredes de mi vagina. Mi lengua recorría de arriba abajo la
cuevita de Carolina. Nuestros toqueteos previos habían lubricado su cavidad, por
lo que mi lengua resbalaba con facilidad por toda su vagina. Sus caderas se
restregaban contra mi boca, como pidiéndome que le diera más. Bruno, con una
mano, sostenía la cabeza de Carolina, instándola a que se tragara toda su
estaca, mientras que su otra mano jugaba con el pecho que Daniel dejaba libre.
Sus dedos le jalaban, no muy suavemente, los pezones. Los cuatro cuerpos nos
movíamos en un vaivén semi acompasado.
-Que ricas están, putitas – dijo Daniel.
Nosotras sólo emitimos unos gemidos, ya que nuestras bocas
estaban muy ocupadas. Las caderas de Carolina se empezaron a repegar más contra
mi boca. Sus movimientos, antes lentos y sensuales, ahora eran lujuriosos. Su
boca succionó con más fuerza el pene de Bruno mientras sus manos jugaban con mis
pechos. Carolina dejó de moverse y se apretó fuertemente contra mi boca. Mi
lengua se movía con gran rapidez para captar todos los jugos que de ella
salieron. Al mismo tiempo pude oír cómo su garganta se apresuraba a tragar toda
la leche que Bruno estaba derramando en ella. Bruno le tenía todo el pene metido
en su boca, mientras que con una cara de satisfacción descargaba en su garganta.
El pensar que Bruno se había cogido, oralmente, a Carolina, y el sentirme
atravesada por un miembro que no era el de mi marido, desencadenaron mi orgasmo.
Un fuerte cosquilleo me recorrió todo mi vientre y bajó hasta mis piernas. Mi
vagina quedó doblemente humedecida, tanto por mis jugos como por la leche que en
esos momentos Daniel descargaba dentro de mi.
-Ahora, a limpiar todo – ordenó Daniel.
Yo me arrodillé en la cama y le chupé el pene a Daniel,
dejando las nalgas al aire. Carolina se arrodilló entre mis piernas y empezó a
lamer. Centímetro a centímetro fue comiéndose el semen de su marido que escurría
por mi vagina. Bruno se acercó a ella y le empezó a dar mordiscos en las nalgas.
Cuando todos estuvimos limpios nos fuimos a dormir.
Bruno se fue a la cama mientras yo me terminé de
desmaquillar. Estaba temblorosa y pensativa. Lo que acababa de pasar nunca lo
hubiera imaginado, sin embargo no estaba arrepentida en lo absoluto. Diez años
de absoluta monogamia habían quedado atrás. Por lo que pude ver esta noche para
Daniel y Carolina no era cosa nueva ¿Para Bruno lo habrá sido? Decidí no
atormentarme más y me fui a la cama. Bruno ya llevaba rato dormido, así que me
metí a la cama sin hacer ruido. No llevaba ni cinco minutos tratando de
conciliar el sueño cuando sentí que Bruno se subía encima de mi.
-Vi cuanto lo disfrutaste, putita – me dijo mientras me subía
el camisón.
-Pues de ti no puedo decir que lo padeciste – contesté
dándole un beso.
-¿Por qué no abres las piernas y comparas qué verga te gusta
más? – me dijo con un toque de celos en la voz.
Bruno ya me había subido por completo el camisón y luchaba
por separar mis piernas. Decidí que la situación me agradaba, así que las
separé, lo que Bruno aprovechó para colocarse en medio. Su pene ya estaba
erecto, y sin más preámbulos me la insertó de un jalón.
-Ay, me lastimas. Sé un poco más amable- le reproché
Bruno me embestía con fuerza, como si con cada estocada se
quisiera vengar por lo que había gozado. Yo cerré los ojos y me concentré en las
sensaciones que recibía mi cuevita. Adentro, afuera y otra vez igual. Bruno no
tardó mucho en eyacular. Yo sólo me excité muy poco, a pesar de lo morbosa que
era la situación.
-¿Cuál te gustó más, puta? – me dijo insolente
-La de Bruno, mi marido cariñoso, no este odioso ser celoso
en el que estás transformado en estos momentos – le contesté disgustada- Y
quiero aclararte que todo esto fue tu idea, tuya y de Daniel, y a lo mejor de
Carolina. Yo acepté porque te amo y pensé que sería interesante probar alguna
variante en nuestra vida sexual – y sin poder contener las lágrimas continué-
pero si esto te va a afectar, entonces mandamos todo al carajo y asunto
arreglado. Te advierto que si me vas a tratar así, no estoy dispuesta a
soportarlo. Yo pensé que lo de ahorita sólo era una escena, una falsa
manifestación de celos, pero ya vi que no es así. Si no soportas que otro se
coja a tu mujercita no te prestes a estos intercambios.
Bruno se quedó mudo mirándome. Después de unos minutos de un
silencio agobiador exclamó
-Tienes, razón, perdóname. No sé que me pasó. De pronto unos
celos incontrolables se apoderaron de mi.
-Si quieres le paramos – le dije- no estamos obligados a
nada. Si quieres mi punto de vista, esto es algo que me tiene muy desconcertada.
Por un lado me siento rara, arrepentida no, para qué te miento, pero por el otro
me excita mucho. Si a ti no te afecta me agradaría que continuemos con este
juego hasta el final. Pero si seguimos no quiero nada de estas escenitas ni que
me trates de puta, salvo que sea parte del juego.
Bruno pareció comprender y estuvo de acuerdo en continuar. Me
dio un beso y nos quedamos dormidos.
Amaneció y Carolina y yo arreglamos a los niños para
llevarlos a su curso. De camino de regreso Carolina iba manejando y yo a su
lado. Mil hormigas corrieron por mi cuerpo en cuanto sentí su mano sobando mi
entrepierna. Volteé a verla y me sonrió.
-¿Sabes? – me dijo- nunca me hubiera imaginado que
respondieras tan bien a mis caricias.
-Yo tampoco – respondí con sinceridad- Sin embargo me gustó
lo que sentí.
-No pude dormir toda la noche. Me la pasé soñando con tu
lengua en mi conchita – me confesó.
-Gracias – le contesté ruborizándome. Mi mano ya estaba en su
entrepierna. Después de desabrochar sus bermudas había buceado por debajo de sus
bragas y se encontraba hurgando en su vagina.
Carolina, por su parte, me tenía abrazada, y con la mano que
le quedaba libre, me sobaba las tetas. Todo el camino fuimos tocándonos de esta
manera. En cuanto llegamos nos arreglamos la ropa y fuimos hasta el área de la
alberca, donde nuestros maridos esperaban el desayuno.
-¿Cómo dormiste? – me preguntó Daniel.
-De maravilla – le contesté.
-Hoy en la noche elegiremos al segundo rey de la noche, pero
por lo pronto, y aprovechando que los niños no están, aquí Bruno y yo estuvimos
platicando sobre la posibilidad de jugar otro jueguito – continuó Daniel
-¿Ah, sí? – preguntó intrigada Carolina- ¿Y de qué trataría?
-Es muy fácil – contestó para mi asombro Bruno- Se trata que
hagamos una competencia entre hombres y mujeres, y el equipo que pierda será el
esclavo sexual del otro.
-Pero, ¿cómo? – exclamé sorprendida
-Mira – explicó Daniel- el equipo que pierda satisfacerá los
caprichos sexuales de los ganadores. Este juego termina en cuanto vayan a
recoger a los niños y no haremos nada enfrente de la servidumbre.
-¿Pero ustedes creen que podrán tener tantos orgasmos al día?
– dijo riéndose Carolina
-No, pero de lo que se trata no es de tener orgasmos, sólo
ponernos en tono para la noche – respondió Daniel.
En fin, que decidimos aceptar. Se eligió un método de azar
bastante arcaico para definir a los ganadores. Tomamos un juego de naipes y lo
revolvimos. Al que le saliera el As de corazones era el ganador. Diez rondas
después Bruno, sonriente, nos mostraba la dichosa carta. En cuanto nos trajeron
el desayuno y el mozo se retiró, no sin antes ser advertido que nadie se podría
acercar a esta zona si no era llamado, comenzó el juego.
-Pues para empezar – dijo Daniel- creo que podrían desnudarse
y ponerse debajo de la mesa para darnos una buena mamada.
Carolina y yo nos despojamos de nuestra ropa y nos metimos
debajo de la mesa. Yo me coloqué frente a Daniel, y Carolina frente a Bruno. Les
desabrochamos las bermudas, les sacamos el miembro y nos lo metimos a la boca.
Mi lengua recorría el tronco del pene de Daniel mientras mi mano acariciaba sus
testículos. Ellos seguían comiendo y platicando como si nosotras no
existiéramos. Sólo de vez en cuando emitían algún suspiro de placer cuando una
lengua intrépida daba una caricia de más. Cinco minutos habremos de haber estado
hincadas chupándoles la verga.
-Ya es suficiente, no queremos corrernos – dijo Daniel –
además se les va a enfriar el desayuno. Yo me senté junto a mi marido y Carolina
junto al suyo. De vez en cuando Bruno alargaba su mano y me metía un dedo dentro
de mi conchita, lo movía un poco y lo volvía a sacar. Cuando acabamos de
desayunar nos vestimos mientras recogían la mesa y nos traían refrescos y
botanas para la alberca. En cuanto se retiró la servidumbre otra vez fuimos
obligadas a desnudarnos. Daniel me jaló para sí y se puso detrás de mi,
pegándome su paquete contra mis nalgas y acariciando mis tetas con sus manos.
.Mueve ese culito tan sabroso, para animarme – me dijo
Yo tracé círculos alrededor de su miembro, sintiendo cómo
crecía. Él pellizcaba mis pezones, haciéndome dar grititos. Los cuatro nos
metimos a la alberca, donde ellos también se desnudaron. Seguían abrazándonos,
pero esta vez deslizaban sus penes entre nuestras nalgas. Los hombres idearon un
juego. Ellos se colocaron, sentados afuera, en un extremo de la alberca, y
nosotras al otro lado. A su señal teníamos que salir nadando y llegar hasta uno
de ellos darles diez lamidas a sus penes y regresar a la base. La que perdiera
era obligada a sumergirse y chuparle la cuevita a la otra. Ambas perdimos un par
de veces. Pocas lamidas pude darle a Carolina, y ella a mi, porque se nos
llenaba la boca de agua y sentíamos ahogarnos. Bruno y Daniel se morían de la
risa.
El día transcurrió entre chupadas de pene, lamidas de pechos
y uno que otro escarceo lésbico entre Carolina y yo. A la hora de la comida
tuvimos que hacerlo con las tetas al aire, permitiéndonos cubrirnos cada vez que
venía la servidumbre. Bruno y Daniel aprovechaban esto para seguir lamiendo
nuestros pechos y pellizcar nuestros pezones. Nuestras piernas debían de
permanecer abiertas para que ellos pudieran introducir sus dedos en nuestras
cuevitas.
A las cuatro de la tarde terminamos de comer y Carolina y yo
nos fuimos a bañar para ir por los niños. Estaba en la regadera, con los ojos
cerrados, cuando sentí una manos que me agarraban las tetas. Abrí los ojos
asustada, y vi a Daniel, quien se había desnudado para meterse en la regadera
conmigo.
-¿Qué haces, qué no te das cuenta de que se nos hace tarde
para ir por los niños? – pregunté indignada – además el jueguito ese ya terminó.
Daniel no me respondió y me dio un empujón que hizo que me
estrellara contra la pared. Después se puso detrás de mi, y poniéndome su pene
entre mis nalgas comenzó a frotarlo.
-Te equivocas, preciosa – me contestó al oído- el juego
termina hasta que se van por los niños, y todavía faltan cincuenta minutos.
Además lo que te pienso hacer no tomará más de cinco.
Daniel metió su dedo mojado en mi ano mientras su otra mano
torturaba mis pezones.
-¿Qué pretendes hacer? – le dije temblorosa
Daniel seguía metiendo y sacando su dedo. A pesar de lo
incómodo de la situación mi conchita se humedeció. Estaba disfrutando ser tomada
por la fuerza por Daniel. Él acercó su verga a la entrada de mi culo y empezó a
empujar.
-No, eso no... aaay – grité de dolor en cuanto me la dejó ir
de golpe.
Por mis ojos escurrían algunas lágrimas mientras el bruto
aquél me perforaba el ano. Su pene entraba y salía de mi agujerito, sintiendo
cómo me desgarraba.
-En pocos días me suplicarás que te encule, perra – me dijo
violentamente.
Un, dos, tres arremetidas más y se retiró de mi.
-Voy a guardar mi lechita para rellenarte alguno de tus tres
hoyitos esta noche – me dijo y se fue, dejándome sola y sintiéndome humillada.
Estaba furiosa por haberme prestado a este juego, pero ya no me podía echar para
atrás. Terminando el fin de semana, y dependiendo del comportamiento de Daniel,
tendríamos que tomar la decisión, sí, Bruno y yo, de continuar o no la relación
con Daniel y Carolina. Terminé de vestirme y arreglarme y salía a reunirme con
Carolina, como si nada hubiera pasado. A las cinco en punto fuimos a recoger a
los niños.
CONTINUARA...