MI NUEVA VIDA III
Jeanette
Los días fueron transcurriendo, las clases concluyeron dando
inicio a las vacaciones y, coincidencialmente, terminaron las negociaciones de
compra y venta de casa, con lo cual nos mudamos a un nuevo apartamento. Quedaban
atrás historias y recuerdos dando paso a la locura que es toda mudanza que, en
mi caso, se acentuó cuando llegue a mi closet donde convivían mi ropa de hombre
y la que ahora comenzaba a usar, la que quería y siempre deseé lucir. El
consuelo era que en pocos días vendría mi madre de visita y podría, entonces,
eliminar varias cosas que ya no me harían falta, además que no quería que me
hicieran falta.
Por supuesto que la mudanza nos estimulo a Carmen y a mí a
seguir con algunas "presentaciones en sociedad" y hubo una que recuerdo
especialmente. Una noche nos preparamos para recibir a una amiga llamada
Marcela, también divorciada, buena persona y de quien desconocía una faceta que
resulto ser muy interesante. La noche que ella vino me arregle con un vestido
color beig, muy descotado y liviano, que dejada traslucir el sostén de color
piel, copa lisa, y la tanguita que le hacia juego a pesar de las medias panty
que me puse. Los zapatos de taco mediano eran al tono, y como estaba en
vacaciones pude exhibir, por primera vez, mi pelo arreglado femeninamente al
incorporarle unas mechitas doradas. Mi maquillaje era muy discreto y, también
por primera vez, me pude colocar unos aretes redondos estrenando los huequitos
que Carmen me había abierto en cada oreja, en tanto que me coloque un precioso
collar para adornar mi cuello que quedaba al descubierto.
Al verme, Marcela se quedo paralizada, no podía articular
palabra, simplemente pidió un trago que consumió de una sola vez pidiendo otro
inmediatamente. Ya medio repuesta del primer impacto se organizo la conversación
y, como era de esperarse, la tormenta de preguntas no se hizo esperar, como
tampoco la de respuestas. Nos llamo la atención los constantes halagos hacia mi
persona, los cuales se repetían uno tras otro, sin embargo, no les concedimos
mayor trascendencia, aunque dos días después les encontraríamos explicación. En
efecto, estando sola en la casa, vestida muy informalmente, nuestra empleada,
Liliana, me aviso que "…la señora Marcela vino a visitarte y creo que te trajo
un regalito, apurate…" Rápidamente, me acomode el pelo y medio arregle mi
maquillaje y la ropa, un short de jeans y una blusita blanca que traslucían
tanto la silueta de la pantaletica tanga como el sostén transparente que llevaba
puestos. Por cierto, que ese día los pezoncitos lucían en todo su esplendor y,
como nunca, se me marcaban en su totalidad. La recibí en el balcón del
apartamento y mientras nos tomábamos un trago muy suave, me entrego el regalito.
Los halagos volvían a envolver al ambiente y su mirada oscilaba entre mis
piernas y el busto, aunque lo sorprendente fue cuando me levante a servir otro
trago y percibí que esa mirada se volvía lasciva y me sentí desnuda frente a
ella. Mientras abrí el regalito pensaba en que le pasaría a esa mujer conmigo
porque, salvo como amigas, nunca me atrajeron y, por ende, tampoco hacia nada
por atraerlas. No me gustan, me decía a mi misma. Del lindo papel de regalo
salieron unas pantaleticas hilo dental rojas con un bordadito negro en parte
delantera, un sostén rojo transparente y un liguero del mismo color, juego que
se completaba con un par de medias rojas también. Realmente, muy bello y muy
fino el conjunto. Me levante de la poltrona para agradecérselo con un beso en la
mejilla, pero me sorprendió al mover la cara y besarnos en los labios. Sonreí,
pero me dio cierta cosa, por vez primera me besaba en la boca con una mujer.
Sentí asco.
En el transcurso de la conversación, Marcela insistió en
varias ocasiones para que me lo probara, a la tercera o cuarta vez, le dije "…tu
lo que quieres es verme desnuda, no?" Su sonrisa picarona me obligo a invitara a
mi cuarto para complacerla. Total, dos mujeres juntas donde una ve a la otra
probarse ropa intima, es algo común, además me moría de ganas de ponérmelo.
Entendí también que el precio que habría pagado, bien merecía estar seguras que
me quedara bien. Apenas entramos a mi cuarto, saque mi blusa y los shorts
quedándome en pantaletas y sostén, que empecé a quitarme. Ante la atónita mirada
de Marcela, quede totalmente desnuda y comencé por ponerme la tanguita nueva
apretándome bien el organito y los testículos entre la tirita de tela de abajo.
Luego procedí con el sostén y, por último, con las medias y el liguero. Precioso
el conjunto, divino, alcance a decirle, interrumpiéndome ella "…divina tu…" y se
me abalanzo encima comenzando a besarme y tocarme, pero no como una pareja
heterosexual, éramos dos mujeres que nos confundíamos en un tierno abrazo y
besándonos. Sus caricias eran dirigidas a una mujer, no a un hombre. Me estaba
tratando como a una mujer, como yo sentía que era, como me gusta que me traten
en la cama. Sin darme cuenta se desnudo y comenzó toquetear mis senos con los
suyos y a acariciar mi simulacro de vagina y el culito con las manos.
Delicadamente ayudo a quitarme el sostén y las pantaletas siguiendo con las
caricias y los besos con las piernas entrecruzadas. Al poco rato, comenzó a
chuparme las tetas y, lo mejor, escondió totalmente bajo mí el estorbo para
comenzar a lamer mi vagina simulada, concluyendo en el culo, sensación que nunca
había disfrutado. La excitación fue tal que, sin darme cuenta, acabe, pero no
semen, sino un líquido transparente y muy dulce que ella tomo con absoluta
resolución. Había debutado como lesbiana.
Las experiencias se repetían periódicamente con el
conocimiento de Carmen y para el disfrute de Liliana, cosa que me sorprendía,
pero que mas tarde comprendería. No obstante que estas relaciones eran
satisfactorias, yo extrañaba mucho la penetración por parte de un hombre. Este
deleite se postergo otra vez cuando mama anuncio su llegada y nos dedicamos a
prepararnos para su recibimiento. Dos noches antes que se produjera, Carmen y
Liliana me sorprendieron con la necesidad de que me aplicara una inyección, a lo
cual accedí sin mayores inconvenientes. Luego de que Liliana me la aplicara, me
explicaron que me habían puesto 3 CC. de una medicina elaborada con base en
estradiol y progesterona, hormonas femeninas, cuyos efectos se harían
manifiestos en un lapso de 36 a 48 horas. A los dos dias, cuando me desperté
nunca había sentido una sensación tan agradable y placentera. Lo primero que
observe fue que mis senos se habían endurecido un poco y los pezoncitos
adquirido una mayor dimensión, el pene se había reducido todavía mas, llegando a
un nivel insospechado. Mientras que mi feminidad se había hecho más notoria al
hablar, al caminar, al gesticular. Me sentía muy, pero muy mujer. Esto ultimo me
lo subrayo Liliana, con quien compartí el desayuno ese día "…te ves
mariquísima…perdón, ahora si eres una mujer, una perfecta mujer", sentencio, lo
único que le aclare es que a mi no me ofendían si me calificaban de "marica" o
"mariquita", porque, no es que lo era, simplemente, lo soy. Mientras tomaba mi
baño, sentí una profunda excitación, la cual se acrecentaba cuando recordaba el
encuentro cercano con mi madre y el estado en que la recibiría. Mi único reclamo
era por que no me habían aplicado esa inyección con anterioridad. La explicación
que recibí es que no se habían atrevido, aunque me consolaban con la pastillita
que me suministraban diariamente. Por cierto, que al poco rato de habérmela
tomado ese día, me sentí con mi feminidad potenciada, la sensación fue
indescriptible.
Un traje sastre o taller con falda corta de lino blanco fue
el vestido que elegí para ir al aeropuerto para buscar a mama. Una blusa blanca
y un conjunto de pantaleta bikini, sostén, liguero, medias y zapatos de taco
alto con un pañuelito rojo de seda terciado alrededor del cuello completaban mi
atuendo. El maquillaje, como me gusta, muy discreto, unos aretes y el aroma del
perfume de Kenzo llamaban la atención de la mayoría de caballeros que no dejaban
de verme y piropearme reiteradamente. Al abandonar la zona aduanera, hábilmente
Carmen se confundió entre el público presente, mientras que mi madre, teniéndome
enfrente, no me reconocía. "Mama" le dije, me vio y solo atino a contestarme
"Jeanette, hija, mi hija, que linda estas!", me abrazo y las lágrimas comenzaron
a aflorar. La emoción nos gano en todo momento. Nos fuimos al auto y comenzamos
a hablar de todo, en especial, de mi y de mi transformación. Llegamos a casa y
la conversación seguía. Las tres nos fuimos al bacón a tomarnos algo y, como era
de esperarse, el interrogatorio fue más que exhaustivo, pero lo único que se
traslucía era amor, comprensión y apoyo. Me sentí muy feliz. Capitulo aparte fue
cuando comento la reacción de papa y mis hermanos. Todos comprendieron, mas no
aceptaban mi decisión. Pero la aceptación de mama era más que suficiente para
mí. Ahora era su hija, la menor de la familia, su consentida.
La apertura del equipaje fue sensacional. Ropa de todo tipo,
zapatos, maquillajes, accesorios, toda lo que una puede esperar que le de a una
su madre. Lo mejor comenzó después. Cuando fuimos a mi cuarto y vio los
calzoncillos pregunto "…y todavía usas esos?" Los tomo y se los entrego a
Liliana diciéndole "regálalos, dónalos, botados, haz lo que quieras con esto,
pero mi hija, mi nena no es ni fetichista ni travestido!" Las carcajadas
debieron oírse en todo el edificio. Luego de la cena y antes de dormir toco el
turno al examen físico. Me desnude, Carmen y Liliana le fueron explicando las
transformaciones que se habían producido en mi cuerpo como resultado de los
tratamientos a que me habían sometido. El del pene le resulto muy divertido y
debí hacérmelo delante de ella, incluyendo la puesta de la faja para dormir. Lo
otro que la hizo gozar mucho fue lo de mis relaciones lesbianas, en tanto que se
entero detalladamente de mis relaciones con mi excompanero de clases. Su
comentario se centro en la necesidad de mantener relaciones estables con un
hombre y "… no andar repartiendo tus encantos por ahí…", el SIDA y otras
enfermedades de transmisión sexual concitaron su atención.
Al día siguiente fue mi cumpleaños y lo celebramos con
algunas amigas de mama y Carmen. Un blue jeans ceñido y una solera blanca que me
perfilaban el cuerpo y dejaban al descubierto la silueta de la tanga azul marina
con adornitos de encaje y el sostén topless que me puse. Completaron mi atuendo
unas sandalias blancas de taco alto y unos accesorios todos regalados por mama,
al igual que el maquillaje y el perfume que utilice ese día. Era mi primer
cumpleaños que celebraba como mujer y, por supuesto, la primera oportunidad en
que recibía regalos como tal. Me llamo la atención que todos eran abiertos en
presencia de todas y que la mayoría eran prendas íntimas, desde conjuntos de
pantaletas y sostenes hasta saltos de cama incluyendo, también, algunos
perfumes, accesorios y adornos para mi habitación o la casa. En total fuimos
como treinta mujeres y nosotras nos prodigamos en el brindis para complacerlas a
todas. Fue una experiencia fantástica y, más que un cumpleaños, fue una
verdadera presentación en sociedad. Incluso, amigas que no me habían visto en mi
nueva condición fueron alertadas por otras o directamente por Carmen. Por
supuesto que nos hicieron muchas preguntas, pero todas esperables y, a estas
alturas, ya sus respuestas las sabíamos de memoria. Sin embargo, lo mejor de la
reunión vino unos días después.
Una de las asistentes me llamo para invitarme a salir.
Sinceramente, no sabía ni que ni como hacerlo, pero mama, Carmen y Liliana me
aconsejaron y decidí aceptar. Total, algún día tenía que ser la primera vez. Era
sabado, me arregle con un pantalon negro con rayitas de casimir y una blusa
negra transparente, un sostén negro de copa lisa y un bikini en juego, zapatos y
cartera color piel al igual que el cinturón, maquillaje tenue y un saco a tono
con los accesorios. No es por nada, pero me veia muy linda. Valeria, mi
anfitriona, vino a buscarme y nos fuimos a un bar muy agradable. Ella tendría
unos 26, muy atractiva, realmente bonita y elegante, de profesión psicóloga y
muy liberal. Mejor compañía, ninguna. Al poco rato de estar en el sitio, nos
abordaron dos chicos, muy bien vestidos y parecidos, agradables, ambos
profesionales recién graduados y dispuestos a todo. Del bar, nos trasladamos a
una discoteca invitadas por ellos. Como era de esperarse, bailamos y tomamos
bastante, para mi medida era como demasiado. Y entre baile y baile, entre trago
y trago, el ambiente se fue calentando y, bueno, comenzó el toqueteo y, de
alguna manera, los "lances" se hicieron cada vez más continuos. Llego el primer
beso, el segundo y así otros más. En un momento dado le pedí a Valeria que
fuésemos al baño para pedir su consejo. Le confesé que me gustaba el joven con
quien andaba y que me había invitado a acostarme, a lo que yo estaba totalmente
dispuesta. Ella me recomendó que fuese franca con Joel, mi "levante", pero que
se lo dijera una vez nos montáramos en el automóvil, de esta forma evitaríamos
escándalos si su reacción fuese violenta frente a mi condición. Ella, por su
parte, iba en otro auto. Así procedí. Joel cancelo la cuenta y a las dos cuadras
de trayecto, le pedí que se detuviera porque quería hablar con el. Se estaciono
y, hecha una mata de nervios, le exprese que el me gustaba mucho, pero que era
justo que supiera que a pesar de mi apariencia, yo todavía no había concluido mi
transformación. Si no que, por el contrario, apenas la comenzaba. Se quedo frío
y hubo un silencio sepulcral, el cual yo rompí cuando le dije "…yo entiendo y no
hay ningún problema. Te pido disculpas y lo último que te agradecería es que no
me golpees y me dejes cerca de una estación de taxis. Por la cuenta no te
preocupes, el lunes te hago llegar el dinero…" Cuando ya me disponia a abandonar
el auto, cual no seria mi sorpresa. Me tomo la mano izquierda, volvió su cara
hacia mi, ensayo una leve sonrisa, acerco su cara a la mía y me beso con mucha
fuerza. Comprensión, apoyo y deseo fue su mensaje.
A partir de ese momento todo cambio. Enfilamos hacia las
afueras de la ciudad y cuando acordamos, estábamos besándonos en la puerta de la
habitación que alquilamos en un motel. Nos fuimos desviviendo, poco a poco y
entre beso y beso, al rato le estaba acariciando su miembro con mis manos,
mientras que el lo hacia con mis nalgas y metía sus dedos entre la bikini como
queriendo deslizarlos hacia el mi culito. Le lamí el escroto y comencé a besarle
el pene, jugué con mi lengua en la cabeza y me lo puse en la boca para
chapárselo. A todas estas, el me masajeaba la espalda y empujaba mi cabeza hacia
su órgano, cuando sentimos que casi acababa, me pidió que me colocara como en
cuatro patas y comenzó a penetrarme lentamente. En la medida que iba metiéndolo
me iba deslizando hasta quedar en posición horizontal, mientras que sus manos
acariciaban mis senos. Antes de acabar lo saco y me regó con su semen toda la
cara, parte del cual trague. Nos recostamos un ratico boca arriba y sin mediar
palabras comenzó a chuparme las tetas mordiendo y pellizcando los pezones. Su
miembro volvió a erectarse, me di la vuelta y me senté encima de el, la
penetración fue inolvidable. Me meneó como nunca, arriba, abajo, mis gemidos
creo que se oían en todo el hotel al igual que sus jadeos. Pocos momentos
después, sentí como su líquido viscoso y caliente inundaba mi cuerpo. Fue
maravilloso. Nos acostamos un rato para hablar. La sesión de preguntas y
respuestas no podía faltar. La hora había avanzado y, con todo mi dolor, le pedí
que me llevase a casa. Pase al baño para lavarme y retocarme el peinado y el
maquillaje, cual no seria mi sorpresa que en la cartera tenia una pantaleta de
repuesto, "…cosas de Liliana…", pensé. Volví a la habitación y me senté al borde
de la cama para terminarme de vestir. Cuando me iba a poner el sostén, Joel se
me acerco y coloco su miembro totalmente erecto sobre la pantaleta encima de la
silueta de mi figurada vagina. No hubo caso, la excitación nos hizo presa fácil
y, nuevamente, se lo chupe con todo fervor hasta que me pidió que me diera
vuelta y me penetro sin contemplaciones. Que placer sentí. El gozo mutuo fue
coronado con su semen anidado en mis entrañas.
Cuando regrese a casa, gran sorpresa. Mama, Carmen, Liliana y
Valeria esperándome. Se habían asustado por mi prolongada demora, sobre todo
porque no sabían cual podia haber sido la reacción de Joel. Cuando me vieron
entrar con una cara que no ocultaba la felicidad que me embargaba, les volvió el
alma al cuerpo. Por supuesto que la tormenta de preguntas y respuestas, así como
las muestras de alegría y felicidad, incluyendo una botella de champaña, no
cesaron hasta el amanecer. Ya era domingo y mi teléfono celular reposaba
placidamente sobre la peinadora de mi cuarto.
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