Acabo de entrar en casa cuando suena el teléfono. Antes de
levantar el auricular miro a la pantalla y miro el número de quien me llama. Es
mi Amo quién lo hace. Un repentino nerviosismo me invade mientras descuelgo,
acerco el teléfono a mi oreja y contesto.
¿Porqué siento este desasosiego, este ansia cada vez que su
presencia se hace latente? Su voz resuena dentro de mí mientras me sudan las
manos y se me seca la boca. Cuando oigo su voz, solo queda de mí la sumisa que
ansía sus órdenes. Y estas suenan tajantes:
"Estaré ahí dentro de media hora. Espérame en la cama.
Desnuda, con tus brazos atados a los barrotes del cabecero y tus tobillos atados
juntos. Estirada, bien estirada y con los ojos vendados". "Recuerda: ¡media
hora!". Apenas han acabado de sonar sus palabras cuando, sin darme tiempo a
contestar, cuelga el teléfono.
Ahora el nerviosismo se convierte en prisa. Se me acelera el
pulso mientras lo preparo todo.
Deshago la cama, recojo el edredón y dejo tan solo la sabana
bajera. Saco las cuerdas y las alineo a los pies de la cama tal y como él lo
haría.
Me desnudo, guardo la ropa en el armario y voy al baño.
Repaso con urgencia el afeitado de mi sexo. Me maquillo suavemente, tal y como a
mi Amo le gusta, y me pinto los labios. Antes de salir me perfumo todo el cuerpo
y luego cierro la puerta tras de mí al dirigirme a la habitación de nuevo.
Miro el reloj. Han transcurrido ya veinte minutos. Siento la
brevedad del tiempo y me apuro a obedecer sus órdenes. Cojo una cuerda, la ato
en lo más alto del grueso barrote izquierdo del cabecero. Hago un nudo corredizo
en el otro extremo y dejo la cuerda colgando con el nudo abierto.
Hago lo mismo con el barrote del lado derecho y luego me
siento en el centro de la cama. Cojo otra cuerda y rodeo con ella mis tobillos
juntos. Una, dos, tres…, cinco vueltas paralelas del grueso cordón negro atan
mis tobillos tal y como él lo haría. Luego anudo la cuerda pasándola por entre
mis tobillos y estos quedan firmemente atados.
Sentada sobre la cama, con mi espalda casi apoyada en el
testero de forja, calculo la situación de las cuerdas, cojo un foulard de seda
negro, lo doblo varias veces a todo lo largo hasta dejarlo de un ancho de unos
ocho centímetros. Miro el reloj de la mesita. Faltan tan solo cinco minutos
cuando mis manos colocan el foulard cegando mis ojos y lo anudan el la nuca.
A tientas busco la cuerda de mi derecha, introduzco mi mano
por el lazo abierto y tiro con fuerza hacia abajo. El nudo se cierra alrededor
de mi muñeca y al sentir la presión de la cuerda mi ansia aumenta. Luego repito
la misma operación con mi brazo izquierdo.
Cuando siento mis dos muñecas bien atadas, me deslizo hacia
abajo en la cama, arrastrando el culo sobre la sabana. Se tensan los brazos. Aún
fuerzo un poco más hasta donde mis fuerzas me permiten. Sé que a él le gusta así
y me esfuerzo en colocarme a su gusto para cuando entre y me vea. Luego estiro
las piernas y me quedo inmóvil esperando su llegada.
Si él no llegara tendría difícil liberarme. Soy consciente de
ello pero no dudo en hacerlo. ¿Me aterroriza la idea? ¿Me excita? No lo sé. Me
subyuga esta dependencia libremente aceptada. Eso es seguro.
Cada segundo es un minuto en esta brevemente eterna espera.
¿Cuánto tiempo ha transcurrido cuando siento una llave introducirse en la
cerradura, girar, abrir la puerta y tras breves pasos que resuenan poderosos en
el parquet, el sonido de la puerta del cuarto al cerrarse?
Espero, siento los ruidos cotidianos de sus pasos por la
casa. La puerta de la nevera que se abre, un grifo chorreando agua, la puerta de
un, armario rompen el silencio.
Y espero. Espero su llegada que él demora. Cuando siento la
cercanía de sus pasos intento, en mi inmovilidad, aparecer ante sus ojos como la
esclava que soy. Deseo complacerle y que él me acepte. Si pudiera le diría ahora
que le deseo tanto. Pero estoy inmóvil y cumplo su deseo de permanecer en
silencio.