Mi novia y yo
Recuerdo que me la presentó un amigo de la infancia. Fuimos a
un picnic en Villa Elisa durante las vacaciones de invierno de la Facultad. Nos
encontramos en Constitución y emprendimos viaje por la mañana. Hicimos hacia el
mediodía un asado mientras nos entreteníamos conversando y contando anécdotas y
vivencias de nuestros estudios y gustos de la infancia y adolescencia.
Desde que la vi por primera vez me impactó. Era alta, delgada
y distinguida. De cabello castaño oscuro, rostro agraciado y ojos pardos, su
mirada trasuntaba su carácter y su desconfianza para mostrar su verdadera
personalidad. Era como si escondiese algo en su interior, y le costase contar
sobre de su pasado reciente. Tenía un cuerpo casi perfecto, de caderas
estrechas, vientre plano y senos firmes no muy voluminosos que denotaban a
través de la blusa la agudeza de sus pezones. Sus piernas torneadas de rodillas
huesudas, y sus finos y delicados pies, me impactaron y traté por todos los
medios de seducirla, aunque en un principio me resultó esquiva.
Hacia la tarde luego de merendar, nos pusimos a bailar, lo
que aproveché para intimar y con la música romántica de"Extraños en la noche" le
di mi primer beso. Me respondió primero tímidamente, pero luego todo fue pasión
y sensualidad. Su boca se fundió con la mía y mis labios y la lengua fueron
suyos. Bailamos apretados mientras nos besábamos y frotábamos nuestros cuerpos,
hasta que me suplicó al oído no continuar para no arrepentirnos. Volvimos a la
mesa prometiéndonos encontrarnos en el futuro. Terminamos el día y retornamos a
la Capital citándonos para el sábado siguiente.
Ansioso como estaba me comuniqué en la semana, pero no
atendió el teléfono pese a mi insistencia. Me pareció que se negaba a pesar de
lo vivido en la quinta, cosa que recién entendí tiempo después. Pensé que había
sido una aventura frustrada de una tarde, hasta que, quince días después, recibí
el recado de mi amigo que me decía que María quería disculparse por el
desplante.
La llamé inmediatamente y quedamos en vernos el fin de semana
siguiente para tomar algo e ir a bailar. Busqué un sitio apropiado en Flores
para parejas donde se podía gozar de un reservado con escasa luz y disfrutar de
un ámbito para prodigarnos besos y caricias en la intimidad, alejado de miradas
indiscretas. Allí comenzó nuestro romance. Prácticamente concurríamos casi todas
las semanas y yo esperaba ansioso el momento del encuentro. Llegábamos y ya nos
tenían reservado un lugar al fondo del local. Un sillón en ele, una mesa ratona
y una luz tenue que apenas iluminaba el reservado, constituían el mobiliario.
Pedíamos las bebidas, y salíamos a bailar. Los besos y las caricias nos
provocaban una excitación creciente. La proximidad de su cuerpo despertaba en mí
el deseo de poseerla. La oscuridad del ambiente me impedía verla con nitidez,
pero el calor de sus mejillas y la humedad de su boca ardiente demostraban su
calentura. Tomados de la mano, nos sentábamos, y luego de pasarle el brazo por
alrededor del cuello, la atraía y continuábamos besándonos. Con mi mano derecha
le acariciaba el muslo, y recuerdo que en la primera oportunidad en que luego de
separar la bombacha acaricié su vulva, me confesó su noviazgo con un estudiante
del interior quien sin previo aviso había llegado a su casa la semana en que
ella se había negado a atenderme. Eso me excitó aún más y al sentir la humedad
de sus labios y al abrirse de piernas para incitarme y facilitarme la caricia,
no lo dudé introduciendo uno, luego dos y hasta tres dedos, demostrando la
ausencia del himen, y la complacencia de la vagina su experiencia anterior, algo
que ella sutilmente me había insinuado, pero que a mi nunca me importó. La
deseaba y la amaba justificando su pasado. Nos masturbábamos mutuamente y luego
su boca acariciaba mi pene lamiéndolo y besándolo hasta eyacular para finalmente
limpiarlo delicadamente con su pañuelo. Sus senos pequeños, endurecían sus
pezones ante mis besos y caricias que tanto la excitaban, y yo lamía su vulva y
olía sus pringosos jugos de un sabor agridulce tan característico. Terminábamos
la velada, sudorosos, satisfechos y felices.

Luego de cinco meses de noviazgo tuvimos nuestra primera
experiencia sexual en Mar del Plata, donde habíamos decidido veranear. Luego de
algunos contratiempos con su madrina que la había invitado, alquilamos una
habitación en un modesto hotel céntrico cerca de la plaza Mitre. María estaba
radiante y bellísima. Su cuerpo esbelto, su pelo suelto su boca carnosa y la
mirada sensual presagiaban un magnífico veraneo, e insinuaban lo que ocurriría.
Apenas instalados, en una habitación pequeña cuyo mobiliario
consistía en una cama matrimonial algo antigua con respaldo de hierro forjado,
un ropero con un amplio espejo en su puerta, y dos mesas de luz donde dejamos
nuestros documentos, Desempacamos el equipaje y nos besamos. Seríamos amantes.
María decidió bañarse. Esperé que saliese del baño y entre mi ansiedad y mi
timidez, no atiné a desvestirme. Salió y viendo mi turbación se acercó, y me
ayudó a quitarme la ropa. Cuando se despojó de la enagua pude admirarla por
primera vez totalmente desnuda, era hermosa. Se arrodilló tomó mi pene, lo beso
y lo succionó como tan bien lo hacía. Con mi miembro rígido y palpitante la
coloque de espaldas y ella con un movimiento entreabrió sus piernas invitándome
a penetrarla. Torpemente apoyé el glande acariciando el clítoris hasta que en un
susurro me pidió hacerla suya. Le introduje la verga dilatando las paredes de su
vagina mojada por el deseo. A mis oídos llegaba el jadeo y los gemidos de Maria
que se deshacía en palabras de amor y placer, finalmente un orgasmo prolongado
coincidente con mi eyaculación y un grito contenido de felicidad reflejaron la
consumación de nuestra primera relación sexual.
Nos bañamos juntos y durante esos 10 días vivimos momentos
inolvidables de amor y pasión aprendiendo nuestros secretos y fantasías para
gozar más intensamente del sexo, practicándolo en todas las formas y posiciones
posibles. Era verdaderamente mi primer amor durante una semana inolvidable.
Al retornar mantuvimos relaciones donde podíamos. En hoteles
alojamiento, en su casa donde en el piso alto donde nos reuníamos a estudiar y a
gozar del sexo, aprovechando la soledad de la habitación. Cualquiera ocasión y
lugar eran propicios para amarnos y hacer el amor. Recuerdo que a veces se ponía
un vestido suelto sin la ropa interior por lo que sentada sobre mi miembro,
hamacándose, abrazados y besándonos, teníamos una relación profunda y
placentera.
Todo transcurrió hasta nuestro matrimonio años más tarde con
toda felicidad y la fogosidad propia de nuestro amor y juventud.
Munjol