-Maldita, maldita, mil veces maldita, y de paso pendejo de
mi, por haber aceptado esa puta apuesta – digo entre dientes mientras siento
cómo va entrando en mi culo esa verga, que sin ser enorme, desgarra las paredes
de mi ano.
-Perdiste, perdiste – gritó Isabel, mi novia, cuando terminó
el partido.
Tenía una cara de satisfacción, como si me hubiera ganado un
millón de euros. Yo estaba nervioso ya que, en primer lugar, no creía poder
perder, y en segundo, no estaba tan seguro de que ella quisiera perdonarme la
apuesta. Ella me llevó de la mano hasta su recámara y ordenó que me desnudara.
-Seguramente se va a conformar con otro tipo de pago – sonreí
hacia mis adentros.
Ella me roció un spray en todo mi cuerpo, el cual empecé a
sentir dormido en cuanto el líquido tocó mi piel.
-Gilocaína - susurró
Gilocaína, eso es lo que ahora necesito en mi culo. La verga
ya se ha abierto paso y ha entrado hasta el fondo. Su dueño la empuja, la mete y
la saca de mi adolorido agujero. Siento que ya la ha metido toda y sus huevos
chocan contra mis nalgas. Una y otra vez entra y sale, y aunque ya me voy
acostumbrando aun siento dolor.
Apenas me hizo efecto, y el adormecimiento de mi piel era
total, Isabel me puso cera para depilar en todo mi cuerpo. En mi cara se dibujó
un gesto de terror.
-No te apures, no te va a doler – me dijo con una expresión
divertida. –Por eso te adormecí la piel.
Adormecida o no, estaba seguro de que me iba a doler. No era
cuestión de remover unos cuantos vellitos, pequeños e insignificantes. No, yo
era más bien peludo, lo que en España se conoce como un oso, y me salía con que
no me iba a doler. El primer tirón fue en la pantorrilla. Cientos de vellos
quedaron adheridos a la cera. Mi piel quedó enrojecida y, aunque ciertamente no
me desmayé del dolor, eso de que no me iba a doler fue un poco exagerado. Poco a
poco los vellos de mis piernas fueron desapareciendo, seguidos por el de los
brazos, el pecho y la espalda. Una nueva rociada con gilocaína y otra plasta de
cera provocaron que mi piel quedara libre de vello. El pelo de la cara fue el
que menor resistencia opuso pero el que más me dolió.
El pene entra a su antojo por mi estrecho culo, y el tipo
jadea de placer. Su compañero se acerca a mi, y bajándose los pantalones me pone
la verga en la boca.
-A ver señorita, abra bien su boquita que le voy a dar un
caramelito para que lo chupe fascinada – me dice con voz de idiota.
Yo sé que tengo que obedecer, así que abro la boca y le
empiezo a chupar el miembro. Mis labios aprisionan su pene que entra y sale de
mi boca. Ambos hombres ríen y comentan lo buena que estoy.
-Hora del baño – me dijo Isabel metiéndome en su inmensa
tina.
El agua estaba agradable y yo me sumergí encantado. Ella
vertió varios líquidos aromatizantes. Con una esponja y una crema exfolió la
piel de mi rostro. Media hora después me salí y me envolvió en una toalla.
Sientí mi piel suave y tersa. Después de secarme muy bien me llevó a su recámara
donde ya tenía mi ropa preparada.
-Yo creo que ahí le dejamos – le dije bastante nervioso a
Isabel
-No. Esa no fue la apuesta, así que obedece- me contestó.
Me volvió a rociar gilocaína sobre el pene y después me
inyectó una dosis mayor.
-Para que no sufras ningún accidente – me dijo coqueta
No sé si ya pasó el efecto de la gilocaína o es la tremenda
excitación de tener una verga en mi culo y otra en mi boca, pero el caso es que
siento cómo mi propio miembro empieza a reaccionar. Las embestidas que me dan
los dos hombres provocan que me balancee.
-Mira, si la señorita nos salió toda una zorrita – dice el
que me encula.
-Chúpamela mamita, que te voy a dar tu lechita para que te
pongas más buenota – dice el otro.
Me puse las bragas, sintiendo cómo se deslizaban por mis
muslos, acomodando mi pene entre mis piernas. Ella me ayudó a ponerme el
sujetador, el cual rellenó con dos prótesis.
-Ahora a ponerte guapa – dijo mientras me llevaba a su
tocador.
Me senté y me dejé hacer. Me puso corrector, me puso sombras,
me delineó los ojos, me enchinó las pestañas y me aplicó un poco de rubor. Yo
miraba hipnotizado cómo mi rostro iba cambiando a medida que el maquillaje iba
posándose sobre mi cara. Al final me enseñó cómo ponerme el labial, y cuando lo
hice, un tremendo escalofrío recorrió mi piel.
Cuando terminé de maquillarme me ayudó a vestirme. Me puso
una playerita ajustada que hacían resaltar "mis pechos". Después me enfundó en
una mini negra, también muy ajustada. Me miró, me estudió y decidió que me vería
fantástica con sus medias negras, y zapatos de tacón, no muy alto, para que
pudiera caminar.
-Por el momento usaremos esto – me dijo poniéndome una peluca
rubia.
Me arregló la ropa, me alisó la falda y me perfumó. Se alejó
un poco y me observó complacida.
-Ya estás lista – me dijo triunfante
-¿Entonces ya me puedo quitar esto? – pregunté esperanzado.
-¿Estás loca. Tanto arreglo para nada? – me dijo con burla en
sus ojos- Vamos a ir al cine
-¿Al cine? – grité exaltado- ¿Acaso pretendes que yo vaya
así?
-¿Pero por qué, si estás preciosa? Además perdiste una
apuesta y debes de cumplirla.
Me quedé derrotado y nos encaminamos al cine.
-Ándale mamita, mueve tus nalguitas para que me corra – dice
el fulano aquél.
Siento cómo el tipo al que se la estoy mamando empieza a
resoplar, y lanzando un grito, comienza a llenarme la boca con su semen. Yo
quisiera sacar su miembro de mi boca pero me tiene fuertemente sujeto de la
cabeza, por lo que me tengo que tragar todo si no quiero asfixiarme. El tipo de
atrás también termina y siento cómo su líquido caliente inunda mi ano.
Cuando terminó la película ya era más de media noche, por lo
que el centro comercial estaba casi vacío. Me dirigí al baño, aunque por
costumbre, y sin percatarme de mi apariencia, me metí al de hombres. Había dos
policías que se sorprendieron cuando me vieron entrar, pero yo sólo los saludé y
me dirigí al orinal. Me devolvieron el saludo con risas en su mirada y, mientras
uno iba a cerrar con seguro la puerta, el otro se acercó a mi.
-¿Por qué tan solita, preciosa? – me dijo. Yo me quedé helado
al caer en la cuenta de que estaba vestido de mujer.
-Err...disculpe, esto es un error – me apresuré a decir
-Por supuesto que es un error. Un error no tomar este
cuerpecito tan lindo – me dijo acercándose para agarrarme los pechos-. Y hasta
tetas tienes.
Yo estaba asustado. Quería gritar, pero ambos policías me lo
impidieron.
-Escúchame bien – me dijo- si tú cooperas y te portas como la
buena puta que eres, este incidente nunca se sabrá. De lo contrario, si te
quieres hacer la difícil, tendremos que llevarte detenida, se armará un
escándalo, con periodistas y todo, y acabarás encerrada con varios malvivientes
que de todas formas te violarán. Tú decides.
-Está bien – acepté humillado, sobando el pene que ante mi se
ofrecía.
Y así es como ahora estoy en esta situación. Violado por dos
policías y con el culo y el estómago llenos de leche.
-Y ya sabes zorrita – dice el que me cogió- cuando andes
hambrienta de verga, con toda confianza, aquí estamos nosotros.
-Incluso podemos encontrar otro lugar donde estés más cómoda
y podamos oír tus gemiditos – dice el otro.
Ambos se echan a reír y salen del baño. Yo me arreglo la
ropa, la peluca y el maquillaje. Mientras el labial recorre mis labios me
acuerdo del pene en mi boca y me estremezco. Salgo del baño e Isabel está afuera
esperándome.
-¿Estás bien? – pregunta imaginando lo sucedido.
-Sí – le contesto. Ya después le contaré.