MÁSCARAS DORADAS
La Elegida.
Puedo sentir su tibieza, su suavidad, la capa de terciopelo
roja me envuelve por completo cubriendo mi desnudez, en agradable contraste con
la helada máscara metálica que cubre mi rostro. No pude dejar de sonreír al
verme con ella puesta en el espejo esta tarde. Del color del oro viejo, con los
ojos chinescos y la abertura para la boca en una estrambótica mueca siniestra,
pero me encaja a la perfección, se pega a mi rostro como una segunda piel, mi
piel, brilla con el destello de las velas que adornan cada sala y pasillo de
esta mansión. Me cuesta trabajo apartar la vista del espejo, verme ahí de pie,
con la máscara, y la larga capa roja del color de la sangre que me oculta por
completo, sólo mis rizos oscuros desparramándose por los hombros son totalmente
visibles ahora, mis ojos verdes y mis labios, rojos y carnosos, aunque visibles,
están parcialmente sombreados por la máscara. Y me sé totalmente desnuda bajo la
capa, mi cuerpo se estremece bajo el roce de la tela, está frío y los pezones
rojizos y endurecidos. Hace frío, supongo que al dueño no se le ocurrió instalar
calefactores en su vieja mansión del XVIII, tan sólo algunas chimeneas de cuando
en cuando, casi todas apagadas. La de la sala principal, si, esa estará
encendida ahora, allí se llevará a cabo el ritual.
Ya casi es la hora, tiemblo sólo de pensarlo. ¿Por qué tengo
tanto miedo? No lo comprendo, sólo estoy siguiendo las pautas de la Tradición,
no tengo nada que temer, será una apacible reunión para festejar a la Diosa. No
será la primera vez que dance desnuda frente a multitudinarias miradas, ni la
última. ¿Por qué esta vez es diferente?
El reloj de pared está sonando, ya es la hora, debo reunirme
con el resto en la Sala Principal. ¿Por qué no puedo apartar la vista del
espejo? Porque nunca me he considerado hermosa hasta hoy, bajo la máscara y la
capa es como si .... como si fuera un ser de cuento de hadas, una ninfa sensual
y misteriosa, pero no soy más que una muchacha corriente en un mundo corriente y
vacío de magia. Mi vida siempre ha estado tan vacía.... Hasta que le encontré a
Él, al Gran Maestre y me permitió acompañarle en su recorrido de la Tradición y
llenó mi vida de magia y le dio un sentido, y no soy tan diferente a como lo era
antes. ¿Ya han pasado tres años? Imposible. Pero debo irme.
Un largo corredor se extiende frente a mi, una alfombra del
mismo rojo intenso que mi capa lo recorre. Decenas de candelabros sujetos a la
pared lo iluminan con el fulgor de las llamas. Y los largos y altos muros de
mármol blanco lo vuelven frío y vibrante. Comienzo a recorrerlo, despacio,
dejándome guiar por los sentidos, pronto, las puertas a ambos lados se van
abriendo y decenas de encarnadas figuras surgen de ellas siguiendo mi mismo
camino, una procesión de bermellones entre los pálidos muros de la mansión del
Gran Maestre. Todas en silencio, la alfombra amortigua el repicar de los finos y
altos tacones de mis zapatos dorados, al igual que el del resto de personajes.
Sólo el murmullo del terciopelo sobre el tapiz.
La procesión llega a una gigantesca puerta de bronce con
figuras de la Tradición grabadas en su superficie. La Estrella de cinco puntas,
el cáliz, la daga y la espada, la luna y el sol, venus y tantas otras.... se
grabaron en mi mente el primer día que me permitieron viajar hasta allí y nunca
podré olvidarlas, hermosas, como si tuvieran vida propia. Aquella noche sólo era
una cena, instrucciones finales antes de mi nacimiento a la Tradición. La
siguiente fueron las palabras de mi Maestra, mi guía en este nuevo mundo
espiritual y mágico, y la danza alrededor del fuego, varios neófitos, todos
desnudos bailando al son de nuestra música interior, dejándonos llevar hacia el
éxtasis, sin pudores, sin vergüenza, nuestros maestros observándonos orgullosos
por haber llegado hasta allí, el vino calentando nuestro cuerpo, la brisa
corriendo entre los árboles del pequeño bosquecillo. Fue todo muy bello y
divertido. Una comunión con la naturaleza. No pasé miedo entonces, apenas estaba
nerviosa, pero hoy.... hoy mi cuerpo tiembla y ni siquiera sé el motivo.
Poco a poco cada uno toma su posición en el círculo
protector, alguien me tiende una vela sujeta a un candelabro pequeño de plata.
Rodeamos el altar principal bañado por la luz de la luna que se cuela por la
bóveda de cristal del techo. Todos guardan silencio, el Gran Maestre, cubierto
por una capa negra y una máscara de plata camina hacia el centro del círculo y
su voz surge cavernosa de la máscara.
Esta es la noche que esperábamos – comenzó el Gran
Maestre – la noche en que celebramos la vida y damos gracias a la madre
naturaleza por sus dones.... – sus palabras se deslizaban entre los
presentes como un bálsamo de paz.
Aquella noche, la celebración consistiría en un acto de amor
y de vida, los 13 Hechiceros y Hechiceras, todos ellos anónimos, sin identidad,
iban a gozar entre sí del milagro de la vida, de la suma expresión del amor,
aunque conocía su significado sólo sabía que iba a terminar acostándome con un
completo desconocido, haríamos el amor toda la noche y al día siguiente
abandonaría la casa y volvería a mi aburrida existencia, todo el día frente al
ordenador, ocupándome de la contabilidad de mi empresa. Aquella ceremonia se
celebraba una vez al año, no era necesario reunirse para el ritual, bastaba con
salir de "caza" esa noche, ligar con un desconocido, pasar la noche juntos y
volver a casa, lo difícil era encontrar al adecuado, pero ya conocía yo los
ritos para elegirlo. Sin embargo, cada uno de nosotros, tenía la oportunidad de
viajar hasta aquel caserón, cada 13 años y participar del más sagrado y secreto
ritual. Para mi, no sólo era mi primera vez en aquella mansión, sino mi primera
Noche del Amor. No estaba segura de querer hacerlo pero, ¿quién iba a saberlo?
Sólo el Gran Maestre conocía los nombres de los reunidos allí, pero ni siquiera
él sabía quien había bajo la máscara. Todo era anónimo y secreto.
Es la hora – anunció tras su discurso de bienvenida.
Una música cadencial, sensual y rítmica inundó la sala y
todos comenzamos a bailar alrededor del altar, agitando nuestros cuerpos
desnudos bajo las capas rojas, con cuidado de no dejar caer la vela que cada uno
portaba en la mano. Mi cuerpo se contorneaba, giraba, se inclinaba, guiándose
por la música, por el místico ambiente que nos rodeaba, sentía mi corazón latir
de prisa, chocando desbocado contra mi pecho, la hora que tanto temía se
acercaba, había girado tantas veces que comenzaba a estar mareada y eso, unido a
los nervios, amenazaba con hacer que me desmayara de un momento a otro. Mientras
danzaba alrededor del Gran Maestre, me esforzaba por mantener la mente clara y
despierta, no podía permitirme el lujo de fallar aquella noche o el ritual
acabaría.
Un platillo sonó sobre nuestras cabezas y la danza cesó, no
así la música que seguía sonando de fondo, incitante, salvaje. El Gran Maestre
tomó su espada y la desenvainó, bajó del altar y nos señaló a todos con el filo
del arma, dejando que la espada nos reconociera con su poder. Dio una vuelta
completa y, finalmente, el arma tomó a su elegida para aquella noche, aquella
mujer que tendría el honor de ser la compañera del Gran Maestre por una noche,
la única.
El arma estaba frente a mi.
La observé sin llegar a creérmelo del todo, yo era la
elegida, temblé sin poder evitarlo y contuve la respiración cuando él se acercó
a mi. Colocó la punta del arma sobre el fino cordón que mantenía cerrada la capa
en torno a mi cuerpo y la cortó. La tela cayó al suelo en un mar de pliegues
rojizos, con un suave susurro y quedé desnuda frente a él. Sabía que el resto de
los congregados me estaba mirando, tenía las mejillas encendidas de vergüenza,
pero también de excitación, me sentía deseada y admirada. El arma recorrió mi
cuerpo lentamente antes de volver a la funda. Me estremecí. El Gran Maestre me
tendió la mano y yo la tomé, más por miedo a que me fallaran las piernas que por
que así lo exigiera el rito. Ambos avanzamos por los escalones en dirección al
altar, él se hizo a un lado un momento para que todos pudieran verme. La piel
clara, los pechos pequeños, redondos y firmes, los pezones sonrojados y erectos
por el frío del ambiente, la suave curvatura de mis muslos, el pequeño mechón de
bello rizado y oscuro de mi entrepierna, cuidadosamente perfilado y recortado el
día anterior, las piernas largas embutidas en los altos tacones. Distinguí
sonrisas y miradas lascivas a través de las aberturas de las máscaras, me mordí
los labios tratando de reprimir un gemido de excitación, a duras penas logré
mantenerme en silencio bajo sus escrutadoras miradas. Por fin él volvió a
tomarme de la mano, dos hombres completamente desnudos con los rostros ocultos
bajo máscaras negras subieron al altar, entre los tres me alzaron del suelo y me
depositaron con suavidad sobre el altar, no sin antes despojarme de la vela que
yo aún mantenía firmemente asida entre las manos. No pude contener un respingo
al entrar en contacto mi cuerpo con la fría superficie de mármol, se me puso el
bello de punta, pero no me moví. Estaba extasiada viendo a aquel hombre poderoso
desprenderse de su capa y quedarse desnudo frente a mi. Su cuerpo era hermoso y
bien formado, anchos pectorales, vientre firme, piernas musculosas, aunque era
fácil distinguir en él un cuerpo maduro, no podía olvidar que bajo la máscara se
ocultaba un hombre bien entrado en la cincuentena, de ojos azules y cabellos
canosos con un barba cuidadosamente recortada y rasgos angulosos y fuertes, que
casi me duplicaba en edad.
El cáliz : Preparación.
Se acercó a mi y recorrió mi cuerpo con su mano, casi sin
tocarme, con suaves caricias que despertaban en mí el deseo y el placer. Mi
corazón latía tan deprisa que podía sentir la sangre en mis sienes bombeando con
fuerza, casi ensordeciéndome, estaba mareada y respiraba agitadamente, mi pecho
subía y bajaba al compás de la respiración y tenía los labios entreabiertos para
dejar escapar el aire por ellos.
Has sido elegida – entonó él siguiendo el ritual – como
representante de la Diosa en esta noche, el cáliz de la creación. Tal y como
sucedió hace milenios El Dios y La Diosa se fundieron en uno para crear el
Universo. Esta noche nosotros, humildemente, celebramos su trabajo.
¿Aceptas? – tragué saliva, sobrecogida me costaba recordar las palabras que
debía decir.
Acepto, llena de humildad y agradecimiento – logré
articular. Una suave ovación recorrió la sala, murmullos respondiendo al
antiguo cántico. Y él no cesaba de acariciarme, encendiendo mi interior con
lujuria, haciéndome desearle.
Sea – dijo él – observad el milagro de la creación – me
hizo sentarme frente a la concurrencia, que se había arracimado en un
semicírculo para no perder detalle del proceso – observad como la energía de
la vida recorre su cuerpo.
Mientras hablaba, se situó tras de mi y aplicó sus hábiles
manos a mis pechos, bastaba un leve contacto para erizar mis pezones y
oscurecerlos aún más de lo que ya lo estaban, sus dedos los recorrían en amplios
círculos alrededor de la aureola y, de cuando en cuando, se detenían a
pellizcarlos para sentir su dureza. Yo estaba muy excitaba no sólo por sus
caricias, sino por que era totalmente consciente de las miradas fijas en mi, la
docena de máscaras doradas que reflejaban mi cuerpo desnudo y tentado y como lo
que allí veían les excitaba a su vez. Yo era el centro de toda su atención, y me
encendía como una antorcha estar siendo expuesta de aquella manera tan sensual.
Suavemente – prosiguió – se ha de preparar al recipiente
para alojar la vida que pronto habrá que derramar en su interior. – Sus
dedos descendieron lentamente entre mis senos, recorriendo mi abdomen con
suavidad, erizando el bello y se detuvieron en mi ombligo, entrando en él,
abriéndolo con delicadeza, presionando su interior.
Observa como te miran – me susurró al oído para que nadie
más pudiera oírle – Los hombres te desean y las mujeres desearían estar en
tu lugar, todos ellos querrían poseerte y no dudarían en hacerlo y dejar
atrás a sus compañeras si tú se lo pidieras, ahora tienes el auténtico poder
de la Diosa. Pero eres mía – un suave gemido escapó entre mis labios al
escuchar sus palabras, le vi sonreír satisfecho por el rabillo del ojo. Sus
manos seguían aferradas a mi ombligo y las usó para echar mi cuerpo hacia
atrás y recostarlo sobre el suyo. Yo me sentía si fuerzas, incapaz de
negarme a sus caricias, incapaz de hablar.
No apartes la mirada, eres una hechicera, muéstrales tu
poder, deja que te observen, dales lo que quieren – cada vez estaba más
excitada, yo una muchacha discreta y recatada, estaba allí, frente a más de
una decena de personas, gozando del placer de la carne, agitando mi cuerpo
frente a ellos sin ningún atisbo de pudor, y me di cuenta que me gustaba,
deseaba que me miraran, que vieran como aquel hombre me daba placer y sentía
el poder crecer en mi, sabía que yo era la única capaz de liberar sus
miradas, pero no quería hacerlo, ellos debían mirarme.
La mano del Gran Maestre culebreó hacia mi entrepierna,
acarició los muslos y enredó los dedos en el bello oscuro, mientras, la otra
mano, volvía a subir para hacerse dueña de mis pechos, alternado de uno a otro,
los pellizcaba y amasaba con verdadera lujuria, haciéndome sentir que eran
suyos, que le pertenecían, sonreí bajo la máscara, gemí dejando escapar parte de
la energía que él me estaba entregando con su buen hacer y noté que mis gemidos
les excitaban aún más que la simple visión de tan descarada escena.
Enséñaselo, deja que mi mano se lo muestre – siguió
susurrándome y bien sabía yo a que se refería él. – Deja que todos lo vean.
Le obedecí, lentamente, incitada por sus sabias caricias,
dejé que mis piernas se fueran separando y mostraran mi sexo a los congregados.
El extendió los dedos y separó mis labios para que todos pudieran verme bien, la
entrada rojiza y húmeda de excitación, los labios carnosos no muy grandes, el
clítoris pequeño y redondo sobresaliendo entre los pliegues de piel, brillante
como una gota de agua. Me hizo poner las manos a mi espalda, casi al borde de la
tarima para inclinar mi cuerpo hacia atrás sin caer y se separó de mi, les dejó
admirarme y yo podía ver, aquí y allí, ciertos movimientos impúdicos bajo las
capas, contuve la respiración sorprendida, se estaban masturbando, me miraban y
se tocaban bajo las capas. Era un sensación estremecedora, pensé por un instante
el poder que realmente tenían aquellas chicas de cabina, exhibiendo sus cuerpos
frente a los hombres, que no dudaban en añadir una moneda más para seguir
disfrutando de ellas, sólo por estar allí, por dejarse observar. Era tan
estimulante.
De nuevo sus manos sobre mí, usó un suave cordón de
terciopelo para anudar mis muñecas a la espalda y dejó que mi cuerpo se
recostara sobre el suyo. Hundió un dedo entre mis piernas y comenzó a acariciar
mi clítoris con suavidad, eran tan lentos sus movimientos, tan estudiados, que
me estaba volviendo loca de placer. Por entonces mis gemidos competían con el
sonido de la música que parecía acompañar mágicamente cada uno de sus
movimientos, mis caderas se agitaban buscando su mano, la humedad crecía con mi
calentura y goteaba sobre el entarimado que se mantenía frío a pesar de todo,
contrastando con el calor de mi propio cuerpo. Estaba tan cerca del éxtasis,
nunca me había sentido tan caliente en toda mi vida. Entonces se detuvo y apunto
estuve de quejarme y obligarle a seguir, pero nunca olvidé mi papel en aquel
rito, permanecí callada.
Con delicadeza me recostó sobre el mármol, llevó mis manos
sobre la cabeza aún anudadas y las afirmó al suelo. Me hizo doblar las piernas y
se situó entre ellas, de rodillas, sentía su cálido aliento entre mis muslos,
sopló y un escalofrío me recorrió de arriba abajo.
Hay que catar a la dama – volvió a alzar la voz,
aleccionando a sus discípulos que, al igual que yo, estaban al borde del
éxtasis – probar su sagrado néctar.
Su lengua comenzó a hacer círculos alrededor del clítoris, se
introdujo entre los labios y lamió arriba y abajo mientras mi cuerpo se arqueaba
de deseo, yo ya no podía mirar a mis compañeros, estaba sumergida en un mar de
sensaciones, envuelta en la oscuridad de mis ojos cerrados, sintiendo, sólo
sintiendo. Descarada, se centró en la entrada de mi ano, empujando como si
quisiera entrar ahí por la fuerza, volvió a subir y penetró mi vagina moviéndose
salvajemente en su interior. Mis gritos llenaban la sala, deseaba ser penetrada,
quería sentirle en mi interior, le necesitaba.
Por fin se puso en pie y me soltó, me obligó a bajar de la
tarima, mis piernas no respondían así que me sostuvo por la cintura con un
brazo, y, estirando el otro, me tomó de la mano, como en un extraño baile me
hizo danzar frente al público, un pequeño hilillo brotaba de mi interior y
resbalaba por mis muslos, brillando con el reflejo de las máscaras y las velas.
Me situó frente a uno de los discípulos y le hizo un gesto que yo no pude ver.
El hombre estiró la mano y la introdujo entre mis piernas, tomó un poco de flujo
en su dedo y se lo llevó a la boca sin apartar sus ojos de los míos. Uno a uno,
cada miembro del reducido grupo fue probándome, como si fuera un delicioso
pastel de crema en el que todos querían introducir su dedo para saborearlo. El
Gran Maestre pareció complacido, volvió a llevarme junto al altar y recostó mi
cuerpo en él, siempre tan frío. Se inclinó para besarme y enlazar su lengua con
la mía, la deslizó por mis pechos y se situó entre mis piernas, arrodillado
sobre la tarima, me atrajo hacia sí e introdujo su pene en mi interior, me llenó
por dentro quedándose muy quieto cuando llegó al final del recorrido y, poco a
poco, comenzó a moverse, entrando y saliendo de mi interior, sus gemidos se
unieron a los míos, mis brazos le rodearon y mis uñas le marcaron la espalda.
Los movimientos bajo las capas eran cada vez más frenéticos, imitando lo que
veían sobre el altar. El orgasmo me asaltó con una bestialidad increíble,
palpité y me contraje alrededor de su miembro que se vació en mi interior casi
al mismo tiempo. Ambos quedamos recostados sobre el mármol lo que me pareció una
eternidad, mientras el resto de los miembros del grupo comenzaban a desprenderse
de su única vestidura, y yo contemplaba sus cuerpos desnudos agitándose por la
sala en busca de su otra mitad, ahora les tocaba el turno a ellos, se
dispusieron alrededor de la sala y comenzaron a besarse y a tocarse, nadie sabía
quien era el otro, pero eso ya no importaba, el rito había comenzado y todos mis
miedos se habían disipado.
No sufras – me dijo al ver como mis ojos miraban
inquietos a los demás – tu misión aún no ha concluido, pronto vendrán a la
Madre y al Padre para darles las gracias por el milagro de la vida, e
incluso ahí seremos sus representantes. Descansa, porque ellos no quedarán
saciados con sus compañeras y vendrán a ti en busca de consuelo, al igual
que ellas vendrán a mi.
Al comprender el significado de sus palabras, no pude por más
que estremecerme, pronto, aquellos hombres serían míos, yo era la Sacerdotisa
suprema de la Diosa en aquel momento e iba a sentirme mucho más afortunada de lo
que ya lo estaba. La noche acababa de comenzar.
FIN
Nota: A pesar de que algunos símbolos y datos de este relato
hagan mención a las antiguas religiones del pasado, en ningún momento se están
refiriendo a ninguna de ellas en concreto. Es una tradición inventada, tomada de
varios ritos y mezclada al gusto para cumplir a los propósitos de este relato.
Nada más. Espero que os guste, y como siempre, ya sabéis donde dejar vuestros
comentarios. Gracias.