Soy mujer, viuda de 44 años, y marido cuando murió hace ya
cuatro años me dejó en una posición económica inmejorable. Yo trabajaba en una
de sus empresas como secretaria y allí le conocí. Cuando quedó viudo de su
primera mujer tuvo mariposeando a su alrededor todo tipo de mujeres buscando
mejorar su posición económica y porque no decirlo disfrutar con ello, pues era
guapo, maduro pero guapo. Por casualidades de la vida yo fui ascendida y pasé a
ser su segunda secretaria, pues tenía una que llevaba con él toda la vida y era
ella la que preparaba todo lo que realmente necesitaba, tanto profesionalmente
como a nivel personal. Yo apoyaba esa labor y poco apoco me empecé a conocer
mejor al que entonces era mi jefe. Y el azar intervino de nuevo y su secretaria
enfermó gravemente y tuvo que dejar de trabajar, pasando yo a ocupar su lugar
como mano derecha del jefe. Esta buena mujer también acabó muriendo y sé que mi
difunto marido ayudó a su familia hasta el último día como gratitud de todo lo
que había hecho por él. Esta actitud a mis ojos le daba un matiz de persona
especial, pero entonces y ahora siempre mi timidez me impedía siquiera levantar
la voz más de lo justo.
Yo en aquel entonces tenía 33 años, estaba soltera, era hija
sola y vivía con mi padre pues mi madre también había muerto. Con el resto de la
familia, toda lejana, casi no teníamos tratos, y no estaba muy sobrada de
amigas, de hecho con l@s compañer@s de trabajo tampoco me relacionaba mucho, en
parte por mi timidez y en parte por estar separada del resto de compañeros, que
tampoco hacía nada por acercarse a mi pues la cercanía del jefe no interesaba a
nadie. Por eso salía más bien poco, y los fines de semana únicamente iba al cine
con mi padre o bien dábamos un paseo y luego a ver la tele en casa. Una vida de
lo más aburrida. De hombres nada, era virgen absoluta, de besos, de caricias, de
todo; de hecho nunca me había masturbado, y eso que alguna vez estuve a punto de
intentarlo, pero mis temores pudieron más y no lo hice.
Era muy tímida y creo que muy tonta.
Y una tarde de viernes, que jamás olvidaré Lorenzo mi jefe y
luego marido me pidió que me quedara hasta organizar unos asuntos profesionales
muy importantes, sin dudar le dije que no había problema, entonces me preguntó
si no tenía planes para salir. Le dije que no, que solo me esperaba mi padre y
que no había problemas. Supongo que intrigado me hizo un pequeño interrogatorio
dejándole pensativo la falta total de vida social que yo tenía. Ese viernes
acabamos muy tarde y Lorenzo me llevó hasta mi casa, en un modesto barrio de la
periferia. Antes y como el asunto no se había cerrado del todo me pidió por
favor si podía venir a trabajar ese sábado, es algo que nunca se hacía en la
empresa, aunque él como jefe y propietario trabajase casi todos los sábados y
más desde que se murió su mujer. Por supuesto dije que no había problema y que
lo haría encantada. Ese sábado acabamos casi a las tres de la tarde de preparar
los informes para la compra de otra empresa en una operación muy importante. Era
hora de comer y me invitó a que le acompañase. Yo me negué diciendo que mi padre
me esperaba y entonces dijo que le invitaba también a él. No supe que decir y
entonces ante mi silencio llamó a mi casa y presentándose dijo que en media hora
pasábamos a recogerle para ir a comer. Mi timidez no me dejó reaccionar, y nos
llevó a comer a un buen restaurante que esta en un monte cercano y rodeado de
verde, jardines, etc.
Yo estaba un poco incomoda pero Lorenzo estaba muy relajado.
El lunes siguiente me llamó a su despacho y me dio una caja,
con un precioso y carísimo collar, me dijo que era en gratitud del trabajo, buen
trabajo realizado, y por la perfecta velada del sábado. Quise rechazarlo, pero
no me salían las palabras, entonces se acercó a mi y sin dejarme decir nada se
puso a mi espalda y lo colocó en mi cuello. Supongo que notaría mi nerviosismo y
que toda mi piel se erizó, poniéndose piel de gallina, y cuando toco mi cuello
no pude reprimir un pequeño estremecimiento.
Lorenzo era un hombre muy experimentado y en ese momento supo
que yo no había sido tocada por nadie, y como me confesó ya casados se hizo el
propósito de seducirme, como un juego de diversión más. Para ello empezó a
halagarme, a preguntarme cosas cada vez más íntimas, y con mis sonrojos y mis
silencios se divertía a mi costa.
Yo era, y soy una mujer guapa, no una top model pero tengo
una cara agradable, visto bien y tengo bastante busto, pero una cintura no
demasiado grande. Supongo que para Lorenzo fue un divertimento durante el tiempo
que me acosó pensando que en pocos días me habría llevado a la cama. No contó
que mi timidez, mi inexperiencia en cualquier asunto amoroso me bloqueaba ante
cualquiera de sus insinuaciones, y por supuesto jamás entré al trapo. Lorenzo no
podía creer que me resistiese tanto y más cuando tenía cola en su puerta de todo
tipo de mujeres, hasta alguna casada con alguno de sus amigos, y esto yo lo
sabía pues filtraba casi todas las llamadas, hasta que se extendió el uso de los
teléfonos móviles, que Lorenzo usaba sobre todo para sus asuntos más personales.
Yo estaba al tanto de todos sus devaneos, sus escapadas y todo lo que hacía pues
de hecho casi siempre era yo quien reservaba los hoteles, quien encargaba los
regalos y todo lo necesario para agasajar a sus amantes. Siempre el lunes me
hacía comentarios del fin de semana e invariablemente me hacía proposiciones
para que fuese yo la siguiente. Yo siempre roja como un tomate huía como si me
persiguiese el diablo, ante sus risas.
Supongo que esta situación podía haber durado para siempre,
pero entonces de un ataque al corazón y de repente murió mi padre. Tuve que
pedir permiso para todo lo que había que hacer, y por supuesto Lorenzo y todos
en la empresa me ayudaron. El día del funeral no asistió del trabajo nada más
que un par de compañeras y Lorenzo. Fue un funeral desangelado, al que
asistieron una pocas personas mayores, amigos de mis padres, tres familiares
lejanos por cumplir y yo estuve absolutamente sola. Lorenzo que ya había pasado
por el trance de perder a su mujer, ese día sufrió a mi lado, de la soledad en
que me encontraba. Se portó como un caballero, ayudándome y encargándose de casi
todo pues yo estaba en una nube flotando.
Pase un par de días en casa sola y lo pase mal. Al volver al
trabajo Lorenzo no intento hacerme bromas viendo lo mal que lo estaba pasando,
de hecho me sugirió que cogiese unos días de vacaciones y me escapase a algún
sitio tranquilo. Tuve que confesar que para estar sola donde mejor estaba era en
mi casa, y trabajando.
Desde esos días su actitud ante mi cambio y poco a poco
volvimos a la rutina, que coincidió con un montón de trabajo, resultado de la
ampliación de la empresa, y yo me volqué en el trabajo, metiendo muchísimas
horas, y estando siempre al lado de Lorenzo, que ahora me trataba
exquisitamente. Me invitó a comer muchos sábados y era él quien me sacaba de mi
cueva. Poco a poco me fui enamorando de él y creo que Lorenzo también empezó a
sentir cariño por mi, más allá de sus primeras intenciones de llevarme a la
cama. Una tarde que estábamos de paseo y charlando animadamente me preguntó con
mucho tacto que si no había salido con ningún hombre. Yo me sinceré y le dije
que con el único que había salido si se podía llamar así era él mismo. Pues mi
familia se había mudado aquí cuando yo era adolescente y me costó integrarme en
un nuevo grupo, además enseguida murió mi madre, teniendo que ser yo quien
tomase las riendas de la casa. Que no tenia amigas, solo unas pocas conocidas y
que al no tener grupo no me buscaba nadie, además un poco desanimada dije "quien
se va a fijar en mi" Lorenzo, se frenó, se puso enfrente de mi, tomó mis manos y
mirándome a los ojos me dijo que el se había fijado en mi. Yo saque una mueca, y
sin pensar lo que decía contesté que si, pero que lo único que contaba para él
era hacer otra muesca más en su innumerable lista de conquistas y de amantes, y
que yo de eso no sabía, ni quería tener que pasar por ello. Que el trabajo era
mi último refugio y que no quería que nada lo estropease. Siguió apretando mis
manos y acercando su cara a la mía, me beso, con mucha delicadeza, un beso casi
casto, de amistad, de complicidad, para nada de lujuria.
Yo debí poner una cara muy difícil, de sorpresa, de espanto,
de asombro, pues le deje cortado. Cuando reaccioné le pedí que me llevase por
favor a casa, Lorenzo calló y me acompañó hasta mi portal y tan solo nos dijimos
adiós. Ese Domingo casi ni descansé dándole vueltas y más vueltas a lo que había
pasado e intentando negarme a mi misma que me había enamorado como una colegiala
de mi jefe. Pero ante todo tuve miedo, mucho miedo, por lo que pudiese pasar.
El lunes en la oficina intente estar como siempre, pero no me
salía y estaba esquiva, nerviosa, a ratos irascible, totalmente inestable.
Lorenzo tampoco tenía su mejor día y justo antes de comer me llamó al despacho,
y poniéndose de pie me pidió perdón por haberse pasado conmigo el sábado. Yo me
derrumbé y comencé a llorar como una Magdalena, esto le descolocó del todo, pues
no sabía que hacer. Estábamos uno frente al otro y yo llorando a moco tendido,
pero se acercó, me abrazó entre sus brazo y yo ya no contuve mi llorera,
Lorenzo, abrazándome me decía cosas tranquilizadoras hasta que consiguió que me
calmase. Cuando paré de llorar y se hizo inevitable deshacer el abrazo, me
separó un poco de él y entonces me besó otra vez. Esa vez no dije nada, no hice
nada, solo cerré los ojos y deje que aquel hombre del que me había enamorado
ciegamente me besara. Mi torpeza me impidió seguirle en el beso, mi boca parecía
cosida, y pese a ello me llenó de besos la cara, los labios, el cuello y
consiguió que me estremeciese como nunca lo había hecho y desear algo que nunca
antes había deseado, que aquel hombre me acariciase, que se fundiese en mi y me
hiciese disfrutar como mujer. Lorenzo vio mi total y absoluta entrega y también
mi inexperiencia, por eso dejando de besarme me volvió a abrazar y dijo que si
quería acompañarlo a su casa, pero que no habría vuelta atrás. Yo estaba como en
una nube, y le dije que no estaba segura de lo que quería, pero no quería volver
atrás, tan solo que lo quería a él y que con su permiso prefería que fuésemos a
mi casa.
Salimos casi corriendo de la empresa, y un taxi nos dejo en
mi portal, el trayecto duró apenas 15 minutos, y desde que salimos del trabajo
no habíamos cruzado palabra, solo nuestros ojos se habían encontrado y nuestras
manos enlazadas mantenían el momento. Cuando por fin entramos en mi pequeño
piso, y de pie de la mano en el salón le confesé que no sabía que hacer, que
quedaba en sus manos, pero por favor que no me hiciese daño, y especifiqué que
no me refería solo a daño físico sino que por favor no me hiciese sufrir como
mujer, que sino no lo aguantaría. Lorenzo calló, pero aproximándose a mi me
volvió a besar. Sus besos cada vez eran más audaces y audaces empezaron a ser
sus manos que volaban por mis flancos, acariciando sin pudor mi culo por encima
del pantalón. También sentí la dureza de su miembro apoyado en mi vientre. Yo no
abría los ojos, y llegue a pensar que estaba en otra dimensión, o quizás
soñando, no lo sé.
Después de un tiempo indeterminado, Lorenzo me dijo que mejor
nos fuésemos a mi cama, para estar mas cómodos. Ahí fui consciente de que a mis
35 años iba a ser mujer, pero no lo dudé y llevándole de la mano fuimos a mi
cuarto. Mi cama es pequeña, pero no importó, al poco estábamos los dos casi
desnudos tumbados encima dela colcha y sin dejar de besarnos. Lorenzo se cansó
de sobarme y de acariciarme sobre todo el pecho, y cuando mis tetas quedaron
libres se puso a chupar y a morder mis pezones como desesperado. Sin para de
besarme poco a poco me dejo desnuda del todo, como lo estaba ya él. Y fue su
mano la primera en llegar a mi pequeña cueva, que para entonces parecía un
estanque, cuando el primer y desvergonzado dedo entró en mí y llegó a mi botón
del placer, yo ya respiraba muy agitada y vencida en todos mis temores, y fue
tocar mi clítoris y yo empezar a gemir y a correrme. Fue algo único, era mi
primera vez, la primera vez que obtenía placer y no se lo que pudo durar, sé que
cuando acabo la última de mis convulsiones, le pedí que saliese y empecé a
llorar, me acurruque junto a él y estuve llorando un rato ante su sorpresa.
Lorenzo me tenía totalmente recogida entre sus brazos y su pecho desnudo, y no
pude dejar de notar una terrible erección. Era la primera vez que veía un
miembro masculino (pues aunque había visto películas eróticas e incluso alguna X
, nunca uno al natural y a mi disposición) Volvimos a besarnos pero yo ya estaba
de vuelta y tan solo quería sentirlo a mi lado. Lorenzo era un gran hombre,
inteligente y sensato y supo que no estaba preparada aún para perder mi
virginidad, pero también pensó en su pene erecto. Con delicadeza cogió mi mano y
la llevo a su aparato, yo no sabía que hacer, y se lo dije en alto, entonces él
me dijo que hiciese lo que hiciese, que lo disfrutase y lo hiciese con cariño,
con amor y que entonces llegaría el placer para ambos. El instinto me llevo a
agitar su tallo arriba y abajo y entre jadeos Lorenzo se corrió llenándome la
mano y parte de su vientre de leche, quedamos los dos abrazados de nuevo y
cubriéndonos con la ropa de la cama, pese a su estrechez nos quedamos dormidos.
Después de un rato de dormitar despertamos, ya había caído la tarde y la noche
se anunciaba en la ventana. Yo me levanté para ir al baño. Cuando volví a la
cama, desnuda como estaba me acosté a su lado y le dije que no pensase mal de mi
(Que tonta llegaba a ser) que era mi primer hombre y que le pedía respeto.
Lorenzo callaba entre divertido y excitado, hasta que me dijo que iba a ser el
primero en todo y que nunca me iba a arrepentir de haber dado ese paso. Y volvió
a la carga, me besó y me puso loquita de nuevo, y de nuevo sus dedos llegaron a
mi cueva, que por supuesto notando las caricias reaccionó adecuadamente y quedó
empapada. Cuando volvió a tocar mi pequeño botón mis jadeos se hicieron notar y
me dejó al borde de gozar otra vez. Y se paró, entonces acomodándose en la cama
bajo su cara por mi pecho, por mi vientre, hasta llegar a la entrada de mi
secreto placer y cuando su lengua se posó en mí, fue como una pequeña descarga
eléctrica, con sus lamidas enseguida me volvió a llevar a la puerta del placer y
de nuevo me corrí, empapando su cara con mis jugos. Cuando se incorporó no me
importó besarle y apreciar el ligero sabor salado de mis jugos. Fue una serie de
besos intensos, calientes, que me dejaron totalmente entregada a mi hombre. Poco
a poco se fue colocando entre mis piernas, yo suponía lo que venía ahora, y me
dejé hacer. Cuando su pene se colocó a la entrada de mi virgen vagina di un
pequeño grito de susto, Lorenzo paró y no dejo de besarme y decirme cosas
agradables que me dejaban anhelante y relajada en sus brazos. Volvió a
intentarlo y entró lo justo para que yo sintiese daño, lo notó y se frenó de
nuevo, y al rato volvió a intentarlo, yo en esos momentos no sentía placer pero
me dejaba ir. Hasta que llegó a mi himen, pero no se frenó y de un empujón seco
entró. Ahora si grité, si bien el daño no fue grande si sentí molestia, Su pene
seguía dentro de mi y Lorenzo no paró de sobarme, de acariciarme, de morderme
donde podía y a la vez empezó un suave baile, entrando y saliendo de mi coño,
pero en cada movimiento llegaba un poco más adentro. Y por supuesto entró hasta
que sus bolas chocaron en mi entrada. La molestia fue dando paso poco apoco a
pequeños síntomas de placer, y no sé como lo hizo pero consiguió que una de sus
manos anduviese por la zona, y ya entonces con la doble estimulación de su pene
y de sus dedos volví a excitarme. Al arto estaba ensartada, abierta totalmente
de piernas, con Lorenzo bombeando como un poseso y yo gozando otra vez, tuve
otro pequeño orgasmo, más corto, menos intenso, pero orgasmo al fin de cuentas y
entonces sentí que Lorenzo dando uno terribles empujones me clavaba todo y dando
un empujón soltó todo su semen en mi coño. Se abandonó entre mis brazos y apoyó
su cabeza en mi pecho. Medio tambaleándonos los dos fuimos al baño, con esa
complicidad que da estar desnudos en el cuarto de baño y que solo la tienen los
buenos amantes, nos aseamos un poco, y mientras le veía vaciar su vejiga frente
a mi, pensé que quería envejecer a su lado y sentirle en mi cama todas las
noches de mi vida. Pero ni una palabra salió de mi boca. Cuando volvimos al
cuarto le dije que si quería preparaba algo para cenar. Accedió y yo me puse una
bata y Lorenzo un albornoz mío que escasamente le tapaba y hacía que se sintiese
cómico. Preparé lo que pude para cenar con gran agrado de su parte, (reconozco
que soy muy buena en la cocina), en la mesa estuvimos hablando de todo y de
nada, aunque mi nerviosismo salió otra vez a la luz, él me notaba inquieta y me
preguntó que me pasaba. Le tuve que contestar que me había hecho inmensamente
feliz, pero que quería que nuestra relación laboral no cambiase, pues de momento
el trabajo era mi única unión al mundo real. Lorenzo se rió y dijo que de
ninguna forma iba a dejar escapara la secretaria mas eficiente que nunca tuvo, y
que además pensaba y lo remarcó, compartir mi cama siempre que pudiese y yo
quisiese. Yo sonrojándome le dije que él era mi primer hombre y que lo que me
había hecho disfrutar no se olvidaba.
Desde ese día fuimos amantes, nuestra relación laboral no
cambió en absoluto, tan solo que todo el mundo notó en mi un cambio y es que la
felicidad no se puede esconder.
En el trabajo nunca practicamos sexo, eso lo dejábamos para
las noches que se venía a mi casa y sobre todo para los fines de semana, que
como dos enamorados pasábamos recorriendo España entera. A su casa intentábamos
no ir pues de su primer matrimonio tenía un hijo Raúl, y para mi era muy
violento.
Sus antiguas relaciones las fue dejando poco a poco, y eso
que yo jamás le pedí nada, ni intente acapararlo, yo era consciente de mi
situación y que lo nuestro duraría mientras el quisiese que durase. Al principio
siguió acostándose con alguna de sus antiguas amantes, jamás me lo ocultó y me
decía que para él yo era la única, pero que no podía abandonar todas las
relaciones anteriores, pues alguna de ellas eran también de negocios. As mi me
consumían los celos, pero jamás di señales de enfado, o intenté amenazarle, me
conformaba con que volviese a mi cada vez que él podía hacerlo.
Un fin de semana que habíamos ido a Madrid y estábamos
paseando por Toledo me pidió que me casase con él, me dijo que al principio
igual era difícil, que habría gente que no lo entendería, incluido su hijo y el
resto de su familia. En principio no accedí pero cuando me lo volvió a pedir
dije que si pero con condiciones. Una de las cosas que tenía claras es que
quería separación de bienes, que nadie pensase que me casaba con él por su
dinero, y que a cambio me asegurase que no sería perjudicada si él moría o nos
separábamos. Con su aceptación le deje que lo preparase todo, sobre todo que se
encargase de su familia.
La familia incluido su hijo pensaron que iba a agarrarle por
su dinero y cuando Lorenzo explicó que íbamos a tener un acuerdo nupcial, se
quedaron más tranquilos. Pese a todo Raúl no me aceptó ni de buena ni de mala
gana, pasó de mi totalmente.
Yo tímida que he sido siempre, intentaba pasar desapercibida,
y el día de la ceremonia fue intenso pero incómodo. Lo peor fue con Raúl, que
supongo que por culpa del alcohol me dedico unas palabras demasiado fuertes, y
esto molestó a su padre. Yo intercedí y dije que no pasaba nada, y que sería yo
quien debería ganarme al chaval a base de darle confianza y cariño. Raúl tenía
entonces 22 años, estaba estudiando y su padre tenía mucho planes para que le
ayudase en sus empresas. Pero este siempre fue un poco tarambana y con dinero se
dedicaba a vivir, sin molestarse demasiado de estudiar o de ayudar a su padre.
Después de casados me traslade con todas mis cosas a la casa
de Lorenzo, un inmenso piso en una de las mejores zonas de la ciudad, teníamos
una persona que se venía a ratos y se ocupaba de la casa, de lo demás era yo que
me encargaba del día a día. La convivencia con Raúl se hacía difícil, pero jamás
le puse una mala cara, ni le di desprecio alguno, de hecho tapé muchas de sus
escapadas y sin que él me lo pidiese le defendía delante de su padre. Esto poco
a poco hizo que su actitud ante mi pasase de franca hostilidad a mas bien
indiferencia, con la salvedad de que cuando quería algún favor, dinero, etc
recurría a mi, yo le sermoneaba lo justo y le ayudaba. Pasaron unos años y Raúl
entró a trabajar en el grupo de empresas de su padre, por expreso deseo de este
lo hizo desde abajo, para que fuese conociendo todos los departamentos y como
funcionaba todo. Hasta que pasó a ser el brazo derecho de su padre. Por eso
tenía que seguir coincidiendo conmigo, pues era yo quien se encargaba de
coordinar todos los asuntos de Lorenzo. Al tener que tratar más conmigo su trato
par mi cambió del todo, pues pudo comprobar el cariño que los dos nos teníamos y
lo compenetrados que estábamos incluso en le trabajo. En esas fecha yo tenía 42
años y Raúl ya había cumplido 28. Y entonces Lorenzo de un ataque al corazón
murió. Del funeral y de lo que siguió no recuerdo nada, supongo que me dieron
algún tipo de medicamento y no me enteré de nada. Y caí en una depresión
terrible, y fue Raúl el que llevó el peso de la empresa y la responsabilidad de
todas las personas que trabajaban allí, se le puso todo cuesta arriba, hasta que
una noche en casa, me hizo salir de la cama, (porque me pasaba las horas
encerrada en mi cuarto llorando sin querer salir) y se puso muy serio conmigo
diciendo que si no lo hacía por mi misma que lo hiciese por su padre pero que
ahora necesitaban de mi, y que echase una mano sino todo por lo que Lorenzo
había luchado se iba a la mierda. Entendí el mensaje y volvía la trabajo, al
principio me costó pero poco a poco me volqué en el trabajo y ese fue el
sustituto que calmo mis angustias. Ahora debía ser la mono de derecha de Raúl y
poco apoco empecé acoger confianza con él. Raúl era, es muy guapo como su padre
pero en joven y golfo, muy golfo, su agenda de amigas era interminable, y casi
todas las semanas faltaba alguna noche de casa, y por supuesto ningún fin de
semana se quedaba conmigo.
Cuando empecé a tener confianza le dije que si quería me
podía ir a vivir a mi antiguo piso y así el podría disponer de su casa y tener
la intimidad que quisiese sin que yo le interfiriese. Se negó y me dijo que
cuando quisiese hacer una escapada ya la haría y si alguna vez tenía una novia
más seria, me lo haría saber y me pediría permiso para ir a la casa.
Entonces Raúl también me dijo que entendería que yo me
buscase algún amigo, que era joven y era comprensible. Me dio por llorar y le
dije que su padre había sido mi primer y único hombre, alguien a quien nunca
podría olvidar. Supongo que le deje cortado.