Llevaba más de cuatro meses en aquél maldito infierno. No
podía entender cómo alguien con mi historial militar tenía que estar asignado a
esa maldita base en el desierto, y aunque yo era el comandante en jefe y tenía
ciertos privilegios de los que la tropa no gozaba, el vivir en el patio del
infierno era un verdadero suplicio. Y bueno, si estuviéramos en combate la cosa
sería distinta. La adrenalina de las balas rozando tu casco, las luchas cuerpo a
cuerpo con el enemigo o el saber que el siguiente paso que des podría ser el
último por haber pisado una mina, no tiene precio, eso motiva a cualquiera. Pero
no, nos hallábamos en espera de un asalto que no llegaba. Día tras día
transcurría el tiempo monótonamente en medio de ese ambiente hostil. Con un
clima extremoso, de día demasiado calor y por las noches demasiado frío, con
cientos de animales ponzoñosos que sólo esperaban que te acercaras a su
escondrijo para inyectarte su veneno, sin olvidar esas terribles tormentas de
arena que hacían que tuvieras ese fino polvo hasta en el culo.
Pero lo peor de todo, lo que yo más sufría, era la
abstinencia sexual. Y no es que en mi ciudad yo fuese un pito loco que se la
pasara cogiendo diario, pero unas tres veces por semana sí. Al principio decidí
sufrir estoicamente, pensando que quizás, si me controlaba, podría alcanzar el
Nirvana, o al menos algún grado Zen. Al mes ya me valía un carajo la filosofía
china, hindú y cualquier otra, oriental u occidental, que recomendara el
abstencionismo. Empecé a frecuentar a la manuela, a jalarle el cuello al ganso,
a masturbarme, pues, para que me entiendan. De momento esta sana práctica dio
resultado. Mi humor volvió a ser, si no el de siempre, por lo menos sí un poco
menos hosco, pero la verdad nunca he sido amigo del vicio solitario, así que un
mes después ya estaba de un humor de perros.
Lo extraño del caso es que ninguno de mis subordinados
parecía sufrir mi mal. Ellos se veían fastidiados por la inactividad, pero no
malhumorados por falta de sexo. Intrigado por este hecho supuse que había gato
encerrado. Sí, seguramente todos eran putos y armaban tremendas orgías en las
barracas. Uno es hombre de principios, pero la necesidad es la necesidad, por lo
que empecé a echarle ojitos al cabo que todos los días me traía el desayuno. Me
lo imaginaba desnudo dándome sus gordas nalgas. Pronto desistí de esta imagen y
la cambié por la de uno de los soldados que custodiaban el campamento, que
estaba más bueno. Pero como ni el cabo gordo ni el centinela galán parecían
darse cuenta de mis insinuaciones, probé ser más directo con el sargento, así
que un día que estábamos solos le pregunté
-Sargento, ¿usted y los muchachos...ummm...no tienen
necesidades...necesidades del tipo...sexual? – pregunté intentando ser lo más
directo posible
-Sí mi teniente – me contestó orgulloso
-¿Y... qué hacen para calmar esas...apetencias? – volví a
preguntar. – Porque yo estoy como agua para chocolate
-Pues ahí está la camellita – sonrió guiñándome el ojo.
Yo me quedé de una pieza. Bueno, estaba urgido pero no era
para tanto. De modo que podía estar tranquilo, mi pelotón no estaba compuesto
por una bola de maricones, sino por una bola de depravados y degenerados.
Transcurrieron otro mes, y pensando que el sargento me había tomado el pelo,
volví a preguntarle
-Ya en serio, cómo le hacen para aquello – dije encriptando
el mensaje, ya que había más gente a nuestro alrededor.
-Ahí está la camellita – se limitó a contestar
Dos semanas después, y ya con los nervios de punta lo abordé
en la fila, a la hora de la revisión
-Déjese de bromas y dígame ya – susurré para evitar ser
escuchado, algo poco probable, ya que mis nervios hacían que alzara la voz sin
darme cuenta.
-Ahí está la camellita – me susurró por lo bajo.
Estaba desesperado, así que mandé a todos a realizar una
exploración por los alrededores, para ver si había algún rastro del enemigo.
Cuando me quedé solo me dirigí al corral, donde estaba la famosa camellita. Me
puse detrás de ella, pero me quedaba muy alta, así que busqué un banco en el
cual subirme. Apenas y me subí la mendiga camellita, como buena mujer, se hizo
del rogar y se movió. Me bajé del banco y la volví a acomodar. Me cercioré de
que no se movía y me volví a subir al banco. Cuando ya estaba por bajarme los
pantalones, la ingrata camella se volvió a mover. Me subí los pantalones y me
bajé del banco para amarrar al animal. Una vez amarrada me volví a subir al
banco, y la hija de su camella madre se movía con las patas traseras. Volví a
bajar del banco, busqué una cuerda con la cual amararle las patas traseras, y de
una vez las delanteras, para evitar que se moviera. La empujé una y otra vez
hasta cerciorarme de que estaba totalmente inmóvil. Entonces volví a subirme al
banco, me bajé los pantalones y me dio un coletazo. Joder, pero ésta si que era
remolona. En fin, aparté la cola con la mano, ya que no estaba dispuesto a
volver a bajar del mentado banco. Con mi mano palpé dónde quedaba su vagina, y
hacia ahí enfilé mi verga. Había estado con algunas chicas vírgenes, pero
ninguna tan cerrada como ésta, y para colmo gritona. En cuanto sintió mi verga
penetrarla empezó a dar de gritos. Me felicité por la brillante idea de mandar a
todos de paseo.
Mi verga entró toda en su cavidad y empecé un mete-saca
fenomenal. Si bien no era la experiencia placentera que yo hubiera querido, por
lo menos sí me estaba aliviando. Me hubiera gustado agarrarle las tetas pero en
esta posición no las alcanzaba, además no creo que hayan sido tersas como la de
las chicas. Entraba y salía ya con mayor facilidad. A la camellita yo creo que
ya le había gustado porque dejó de gritar. Por un momento pensé en que me
hiciera una mamada, pero en seguida desistí al recordar cómo, a un primo mío, un
caballo casi le arrancó un dedo. Mi respiración se empezó a agitar. Maldición,
sí que estaba urgido, no habían pasado ni cinco minutos y yo ya estaba a punto
de eyacular, pero ni modo, después de vencer el asco ya habría otra oportunidad.
Mi pene se hinchó, se puso tieso y empezó a escupir el semen que por tanto
tiempo había estado guardado.
-Toma mi leche, puta, tómala – le dije
Extrañé la contestación que me hacían las mujeres con las que
había estado, pero si la camellita me hubiera contestado quién sabe qué hubiera
pasado. Cuando la última gota de semen salió, saqué mi verga de ella y me subí
los pantalones. Fue hasta entonces que me percaté que había alguien en la puerta
del establo. Volteé y vi que era el sargento, que con mirada atónita me veía.
-¿Pero, qué estaba haciendo? – me dijo con cara de
incredulidad.
-Pues lo que me dijiste. Que para satisfacer mis necesidades
sexuales ahí estaba la camellita.¿O no fue eso lo que dijiste? – pregunté con
tono dubitativo al ver la cara de asco del sargento.
-Pues..sí, pero yo me refería a que la usara para que lo
llevara al pueblo más cercano. Ella ya conoce el camino y lo deja en la puerta
del burdel del pueblo.
Me quedé frío por un momento. Después le ordené que no dijera
ni una palabra. Volteé a ver a la camellita. Hubiera jurado que se estaba
burlando de mi.