Pequeño Hiro.
Pequeño Hiro, fue en un principio un tío macho, de esos que
cargan sobre sus espaldas las bondades de la naturaleza, de los que creían que
el hecho de nacer hombre le daban la posesión de la mujer. Sí, así fue Pequeño
Hiro.
Fue un tipo duro con las mujeres, y sumiso con sus amiguetes
machotes. Alardeaba de cómo follaba a toda mujer que se le presentaba: "…ella
gritaba entre lloros, pero yo seguía metiéndosela por el culo, diciendo calla
zorra, que molestas a tu señor…", ante las súplicas de clemencia de la chica, él
azotaba con dureza sus espaldas, tiraba de su cabello hasta arrancarlo y
desgarraba sus pechos. Siempre pensó que a la mujer había domarla, como a los
caballos salvajes. Eso contaba Pequeño Hiro a sus congéneres.
Su teoría sobre la mujer la resumía con frases como "…las
mujeres siempre están abajo, así a sido y siempre lo será, aunque les duela…"
Estrella Sumisa era joven mujer, vendida por su padre para
disfrute de Pequeño Hiro. Se casaron un frío día de invierno, comenzando la
tortura de la mujer. Ella asumió el trabajo en el campo y el hogar, mientras
Pequeño Hiro dedicaba su tiempo a fardar de sus hazañas en tugurios y
prostíbulos.
Pasó que un buen día, a causa de fiebres extrañas, Estrella
Sumisa debió volver a casa antes de terminar su jornada. La invadía el horror a
la reacción de su macho que a buen seguro la reprimiría con violencia por la
falta de producción causada por su ausencia del puesto de trabajo.
Llegó, con sigilo y temblorosa de temor y fiebre, a casa. En
el lateral de la vivienda había un viejo abeto, bajo el que Estrella Sumisa se
posó para reponer fuerzas, en espera de lo que en breve sería una nueva
pesadilla. El sudor frío caía por su piel, de fiebre, de horror o de ambas
cosas, cuando oyó extrañas voces:
Dame más, dame más, mi macho. Fóllame el culito, soy tu
putita.
Los alaridos y gritos placenteros los achacó a una
alucinación causada por la fiebre. Se acercó a la ventana para comprobar que
Pequeño Hiro no se encontraba en ella, así podría descansar al menos hasta que
la descubriera. Sus deseos no se cumplieron.
Pequeño Hiro, con una braguita, desplazada a un lado, recibía
en la postura de perrito, en su enclenque culito una enorme polla, propiedad de
un atlético muchacho, que empujaba hasta introducirla en sus intestinos para
volver a sacarla en rápidas secuencias. "Así, así… mi amor, rómpeme el culo",
escuchaba decir a quien creyó el más macho del lugar.
No pudo creer lo que sus ojos observaban, cuando Pequeño
Hiro, notando las palpitaciones de tan largo tronco, presagiando la inminente
corrida, le pidió a su hombre que le dejara chapársela, … "quiero tu lechita en
mi boca, mi amor… dámela, dámela… la quiero en mi boquita…". Cuando el muchacho
accedió a lo solicitado, Estrella Sumisa no pudo más que reír en silencio cuando
vio que su Pequeño Hiro estaba torpemente maquillado, con sus labios rojos y sus
ojos pintados de ridículo color. La patética imagen de su maridito maquillado,
con braguitas de mujer, cogiendo la polla del chaval para introducirla en la
boca, hasta le produjo cierto placer, algo que nunca sintió jamás. La fiebre no
fue excusa para tocar su vagina ahogada en humedad. Cuando dos grandes chorros
de semen caían por las comisuras de los labios de Pequeño Hiro, Estrella Sumisa
se asomó a la ventana, ya sin precauciones y dijo:
Hola, nenita, he vuelto a casa porque ando algo enferma,
pero no te preocupes, disfruta de tu hombre que yo descanso en la sala.
El joven salió corriendo a medio vestir, pidiendo perdón a
Estrella Sumisa y explicando, entre tartamudeos, que Hiro le pagó el servicio y
que ante el dinero no pudo negarse.
A solas con su "damita", Estrella Sumisa le dijo que ahora
comprendía porqué nunca le dio placer y que a partir de ese momento, otros
hombres colmarían su deseos, ante lo que el maricón de Hiro le decía: "Puta de
mierda, no respetas una institución como el matrimonio, pobrecito de mí, como
crees que me sentiré si se sabe que he sido engañado, las malditas como tu deben
de morir carajo, eres basura eso eres, puta...". Una sonrisa irónica acompañó su
frase final: "Uy… ¿una nenita como tú será capaz de matar?. Como mujercita que
eres, no tendrás problemas en comprender que el matrimonio es solo cosa de
hombres, las mujeres como tú y como yo, estamos siempre debajo".
Y es que le machismo crónico no decae ni ante la evidencia.