Dos mujeres, un viaje de bodas
Como el fuego de la noche, ese que trashuma en los ojos de
las novias ansiosas, se presentaba mi noche, la de bodas y desenfreno con
aquella enervante mujer que apenas hace dos meses había conocido. Cierto que
desde el principio el sexo fue uno de los mayores atractivos de esa relación:
sin dudar puedo afirmar que me enganchó a decidir a dar ese paso intrépido,
desesperado y antes no deseado: el matrimonio. Si era importante para ella, si
quería unir su vida por ese medio, yo no tenía más que aceptarlo y desearlo.
Realmente estaba enamorado y dicen que eso pasa una sola vez en la vida.
Miriam tenía la medida del amor en sus manos, siempre supo lo
que quería, y el desafortunado accidente de mi equipaje en ese viaje me lo
demostró. El sueño de mi vida fue visitar Buenos Aires; hacerlo con la mujer que
amaba lo hizo mágico. No soy un aficionado a las bodas, pero quejarme de la mía
sería ingrato. Poco después, la salida al aeropuerto mitigó la tensión. Miriam
llevaba una cantidad de equipaje inmensa, nunca entendí para qué serviría tanta
ropa. El tiempo y las circunstancias le darían la razón.
El vuelo de México a Buenos Aires fue tortuoso. Pero el
verdadero vía crucis lo viví en la llegada, al descubrir que mis dos maletas se
habían perdido en otro vuelo, a Río de Janeiro, y que no tendría manera de
recuperarlas sino hasta dentro de tres meses, según disposiciones y trámites de
la aerolínea. Todos mis documentos, tarjetas e incluso cheques de viajero
quedaron perdidos. Sólo contábamos con lo que Miriam había dispuesto y de ahí
ella comenzó a decidir.
-No te preocupes amor, algo se nos ocurrirá.
-Pero ni siquiera podremos regresar así Miriam, no tienes el
dinero suficiente y yo no sé que hacer.
Esbocé triangular llamadas, contactar conocidos, pero en
Argentina no conocía sino una vieja maestra, que además vivía en Mendoza y que
no tenía nada para ofrecerme. La solución tardaría semanas en llegar.
Fue cuando Miriam salió a mi rescate con una idea poco
ortodoxa, pero que, debo confesar, no me disgustaba del todo.
-Mira, en lo que te llega un giro, podemos pasárnosla bien,
tengo lo suficiente para pagar un hotel de unas pocas estrellas y no necesitamos
nada más.
-¿Y mi ropa? No puedo estar desnudo ni con esto que traigo
puesto durante un mes.
Ella sonrió sin decir nada.
-¿Qué te causa gracia?
-No es nada, pero yo tengo mucha ropa, traje cinco maletas
con kilos de ropa, sabes que es mi manía...
-¿Y eso de qué me sirve?
-Yo creo que somos de la misma talla...
Miriam me proponía usar su ropa, pasar de marido a amiga y
eso le divertía mucho. Por otro lado, yo, admirador vetusto de la ropa de mujer,
era un viejo lobo del mar en las cuestiones del travestismo, que durante mis
noches solitarias aún viviendo con mi madre, practiqué con fruición e incluso
con cierto nivel. Nada era demasiado y poco a poco, mientras avanzaba en edad,
mi nivel también lo fue haciendo. Con el tiempo dejé un poco en el olvido estas
aficiones, aunque nunca las enterré.
Mi mujer no sabía nada, pero su propuesta me hizo dudar. Sin
embargo, este era el mundo real. Ya no se trataba de fantasías, ni de
elucubraciones nocturnas: era una propuesta para vivir como mujer durante dos
semanas, dejar mi papel de marido y jugar uno más emocionante, imposible y
riesgoso: ser su amiga, su amante, su compañera de viaje.
Una duda razonable, una confianza inexacta, fue lo que me
hizo, luego de casi dos días de deliberación, aceptar la excitante propuesta de
Miriam. Sus ojos me lo pedían, ardían e invitaban. Supe desde ese momento que
ella deseaba algo más que un marido y supe, igualmente, que yo podría ser esa
quimera: ni hombre ni mujer, sino la mejor de sus fantasías.
El trato me pareció finalmente justo y ella comenzó con
habilidad. Efectivamente, nos hospedamos en un hotel modesto, pero de buen
nivel, en el que Miriam se aseguró podríamos ser algo más que huéspedes. Las
cinco maletas que llevaba parecían estar pensadas para esta vicisitud, y pronto
lo comprobé.
Mi transformación no fue nada complicada. Mi cuerpo delgado
se prestó con facilidad a todas las tallas que me ofreció, mi cabello era largo
y eso lo aprovechó, realizando un lindo peinado que al final fue muy
convincente. Faldas, pantalones, vestidos, hermosísimas blusas, medias,
zapatillas, y lo mejor de todo, un arsenal de lencería, en su mayoría de encaje,
fue puesto a mi disposición. Luego de un baño hidratante y una depilación
exhaustiva, con lo que mi piel quedó fresca y lozana, procedí a pintarme las
uñas mientras Miriam salió al lobby. Para cuando llegó, se sorprendió de mi
habilidad para escoger el color y pintarme, mi práctica se hizo evidente.
Llegado el momento, mientras se esmeraba en mi arreglo,
aplicando un arco iris de sombras en mis párpados, un rosáceo rouge y un tono de
rojo mate en mis labios, le confesé que esto no era nuevo para mí, que lo hice
muchas veces antes y que esto era como una fantasía.
-Ya lo sabía —respondió con picardía mientras afilaba con una
barra de corrector las facciones de mi nariz— y esperaba comprobarlo con mis
propios ojos.

No me sorprendió mucho su respuesta, a estas alturas, después
de olvidar mi ropa, mi noche de bodas, y hasta mi esencia masculina, con un fino
perfume sobre mi piel, con senos turgentes aprisionados por un sedoso sostén,
con una finísima tanga y un lindo vestido, solo quería recorrer las calles de
Buenos Aires, tan lejano y cercano, enfundado en mis impasibles tacones, con una
bolsa de mano y caminando con mi flamante esposa, amiga, compañera y amante...
Con un beso profundo, aunque cuidadoso para no correr la obra
de arte de nuestras bocas (ella estaba también impresionante, con un vestido
blanco escotado que abrazaba su cuerpo con dulzura y lujuria, todo a un tiempo),
le susurré con cariño, al desenredar mi lengua de la suya: "me llamo Ana Karen
amor, y si tu quieres podemos ser todo lo que siempre has deseado".
Un fulgor luciferino se encendió en sus ojos y me confesó una
antigua afición por las mujeres, la cual nunca suprimió su gusto por los
hombres. El encanto que encontró en mi fragilidad, que adivinó femenina, junto a
mi esencia de hombre, la hizo abrigar la esperanza de que podría lograr un
cambio en su flamante esposo, convertirlo en una esposa y jugar en la mente y en
los cuerpos, la metamorfosis fantástica.

Pronto comenzamos a hacer el amor. Mi noche nupcial no fue lo
que imaginé, incluso creo que de haber podido hacerlo, ella me hubiese preñado a
mí. Con sus manos y su lengua me demostró que las caricias también pueden hacer
llegar al éxtasis. Comenzando con mi espalda, tocando con suavidad mi costado y
rozando apenas mis pezones, me hizo sentir, como por arte de magia, como una
mujer. Yo me dejé hacer, los dedos expertos de mi amante se deslizaron hacia mis
piernas, en una caricias prolongada y táctil, rozando mis muslos y pantorrillas,
cubiertos por las medias, suaves y sensuales.
Luego de un interludio largo y extasiante, sus manos
recorrieron mi piel desnuda, se posaron en mis nalgas y buscaron el orificio que
casi goteaba de placer, me sentía lubricada y plena, con la confianza completa
de haber nacido mujer. Yo respondía a sus estímulos con besos apasionados y
gemidos ansiosos, caricias tímidas que imitaban las de ella, que definitivamente
llevaba el mando del asunto.
En un santiamén dos de sus dedos exploraron mi cavidad,
haciéndome llegar a un extremo que nunca imaginé. Gemía como gata y cada
movimiento sagaz de su mano era fuente de más y más excitación.
-¡Tómame mi vida, házmelo por favor, siempre deseé esto!
—grité con fuerza...

-Anita, mi amor —respondió— te juro que después de este viaje
nunca dejarás de ser mi niña linda.
Y la penetración, con sus suaves dedos, me hizo llegar al
mejor de los orgasmos. Ella así lo quiso, me dio placer y me trató como a una
dama. Después de haber recibido esa lección, yo estaba más que compenetrada en
mi papel y no pensaba dejarlo. Dándome un poco de tiempo, mientras fumaba un
cigarrillo, me pidió apresurar mi arreglo porque esta noche era larga y aún
tenía que dar a conocer al mundo quien era Ana Karen. Yo asentí con la cabeza,
mientras la miraba con deseo, gesto que me devolvió en la forma de un húmedo y
sensual beso.
Ana Karen salió a la carga, dispuesta a ir de farra con su
amiga y amante Miriam, de la que esperaba y deseaba todo.
Unas fotos que delatan mi estado en ese momento (son reales):

Continua...