El chocolatín, amiga Lidia y la caballerosidad.
Corría 1970, yo estudiaba abogacía y hacía algo más de un año
que Dora, mi noviecita de los 25 años, me había colgado la galleta. Como a todo
buen macho argentino, lo sentí como un puntapié en el medio de los huevos. Pero
en realidad, lo que me dolía era el orgullo porque me dejó por nadie. Con nadie
o con otro no importaba, me destrozó.
Por un lado, no quería ver una mina ni en pintura, pero por
el otro tenía unas ganas locas de encamarme que me sacaban. Algo bastante
complicado en ésa época. Con las amigas, ¡ni pensarlo! Todas sujetas a una
estrecha custodia de padres y hermanos. Había que recurrir los servicios de una
puta, pero costaba dinero y yo no tenía lo suficiente. Así que, meta paja para
olvidar.
Miguelito, mi amigo y compañero de facultad, hizo lo
inimaginable para sacarme del pozo. No tuvo mejor idea que invitarme a
participar en un grupo de teatro leído. Lo único que se me ocurrió fue
preguntarle qué tenía que hacer yo en un grupo de esa clase. La contestación fue
corta y precisa: "Se empieza por cambiar de aires, conocer gente nueva y después
Dios dirá".
Y así fue como comencé a salir del pozo. Gente de nuestra
edad. Todos menos Lidia, una odontóloga que nos llevaba cerca de diez años, que
nunca supe cómo había llegado hasta ellos.
Piernas bien formadas, 1,65 de estatura, pelito corto, tetas
que parecían peritas, culo durito y torneado, voz gruesa que hacía que pareciera
una tomadora habitual de grappa y un carácter jovial, divertido y liberal.
Enloquecía a todos los almaceneros de la zona cuando iba a hacer las compras
luciendo una blusita transparente y sin corpiño, algo poco común en esos años.
Los gallegos se estiraban sobre el mostrador para poder observar mejor esos dos
pezones marroncitos y duros como dos tarugos de madera. Y Lidia aprovechaba la
volada porque indefectiblemente le cobraban de menoso le hacian regalos. ¡La de
botellas de vino extra que habremos disfrutado gracias a sus tetas!
Yo estaba seguro de que Miguelito le había bajado la caña
varias veces, pero nunca quise preguntárselo. Sospechando que había algo entre
ellos no avancé sobre ella, me retiré honorablemente a cuarteles de invierno.
Lo que me extrañaba era que un minón infernal como Lidia no
hablase jamás de su pasado sentimental y que no se le conociera ningún macho.
Eso si se lo pregunté a Miguelito y la contestación me dejó triste por ella.
Mientras estudiaba anduvo noviando con un estudiante de
medicina al que le dio todo, desde sexo hasta guita, pero cuando el tipo se
recibió ¡si te he visto no me acuerdo! ¡La hizo mierda! Siete años aguantándolo
en las malas para que el punto terminara casándose con una médica del hospital
donde hacía guardia.
Eso no significó que se retirara del ruedo pero no le pasaba
por la mente formar una pareja. Periódicamente se echaba un polvo. Pero, en el
fondo, no se la garchaban, los garchaba.
Un sábado a la mañana me llamó por teléfono y me preguntó si
esa noche tenía algún compromiso. No, que iba a tener si andaba terminando de
preparar un parcial y, por primera vez en mi vida, casi tenía abrochados todos
los temas.
Dale boludo, larga los libros que ya sabés lo suficiente
como para aprobar.
No me hice rogar demasiado y quedé en pasarla buscar por el
consultorio a eso de las 20 para luego ir a su departamento a cenar algo.
Vos traé el vino, yo pago la pizza y el helado.
Después que colgué el teléfono me pregunté si iría alguien
más y me pareció inoportuno volver a llamarla por una tontería como esa. En lo
único que estaba pensando era si llevaba una o más botellas de vino.
Generalmente siempre se acoplaba alguien más así que no era nada raro que
encontrase a varios de los del grupo haciendo tiempo en la sala de espera del
consultorio. ¡Ma sí! Llevo dos y si no alcanzan compramos en el almacén de la
esquina. Aunque después pensé que Lidia siempre tenía algunas botellas de
reserva
Cuando el reloj marcaba las 19,55 estaba tocando el timbre,
me contestó que la esperara abajo que estaba terminando de cambiarse. No
mencionó para nada si había alguien más con ella. ¡Qué raro!
A los cinco minutos apareció Lidia, ¡Sola!
Dale, vamos que tengo un hambre que me muero.
¿No va a venir nadie más?
¿Para qué querés que vengan? ¿Tenés que cobrarles algo
que te deben?
No, preguntaba, nada más.
Tomamos un taxi y directo a la pizzería. Una grande de
muzzarella, cuatro porciones de fugaza y dos de fainá, y corriendo a su
departamento para que no se enfriaran. Ni bien entramos se fue a cambiar pero
antes me sugirió que preparara la mesa.
Dale apurate, ya sabés donde están las cosas.
¿Tenés soda?
En la heladera hay dos sifones. ¿Trajiste vino bueno?
Porque siempre le ponés hielo y soda y lo arruinarlo.
Lo que pasa que es que tengo debilidad por el tinto y
soda
¡Debilidad las pelotas!
Quedate tranquila, traje uno de medio pelo.
Apareció vestida con una pollerita amplia y la blusa
transparente con la que volvía locos a los gallegos del almacén.
Vamos, rapidito que se enfría todo.
Entre bocado y bocado me preguntó si todavía seguía con la
nostalgia del abandono. Le contesté que se me estaba pasando de a poco pero que
alguna cicatriz todavía quedaba.
¡Sos un flor de pelotudo! Te estas haciendo mierda vos
sólo.
Ya lo sé, no hay nada más boludo que cristiano macho
enamorado.
¡Querrás decir macho boludo¡ Porque enamorado, lo que se
dice enamorado, ¡las pelotas del negro Víctor! Vos no estás enamorado, estás
empecinado que es otra cosa. Sos un masoquista al que le gusta sufrir.
Puede ser.
¿Nunca un polvito para fomentar el olvido?
No, Negra, ando seco, no tengo un mango partido por la
mitad.
¿Qué tiene que ver la guita con los polvos?
¿Me lo estás diciendo en serio?
¡La puta que te parió! ¡Claro que hablo en serio!
Tiene que ver porque conseguir una mina potable para
garchar cuesta plata y yo invierto todo lo que gano en tratar de terminar la
carrera. ¿No viste que ni siquiera se me pasa or la cabeza comprarme un
coche?
¡No puedo creer lo que me decís! Perdoname Bubi, pero
¡SOS UN BOLUDO ALEGRE!
Lo seré pero no tengo guita para bancarme una mina.
¿Y las amigas?
Negra, las que no están sentimentalmente ocupadas tienen
viejos y hermanos que son peores que guardabosques canadienses.
Yo creo que el problema viene por otro lado y te lo voy a
decir a calzón quitado. ¡No te ofendas!
Hablá nomás, hablá que no me voy a ofender.
Sos tan, pero tan caballeresco que te pasás de rosca y
con eso la cagás.
No te entiendo.
No jodas que sabés perfectamente bien qué es lo que te
quiero decir. Nos acercas la silla cada vez que no sentamos a la mesa,
caminás del lado de la calle, nos agarrás del brazo cuando cruzamos la
calle, nos ponés los abrigos y cosas por el estilo.
Pero eso es lo que corresponde..
Estoy de acuerdo con vos pero...nunca noté que le rozaras
una teta a ninguna o que en broma le palmearas el culo.
Bueno...no me parece que sea lo correcto.
¡Pero si los otros lo hacen ¡ ¿Por qué vos no? ¡Avivate
nene, avivate! Todavía no te volteaste a ninguna de las chicas del grupo
porque se te vá la mano con la caballerosidad. Más de una suspira por vos
pero las dejás espantás con tus actitudes.
Es algo que no puedo controlar.
Pero ¿controlás las erecciones?
Las disimulo como puedo.
Cuando ibas al cine con Dora ¿pasaba algo? ¿Metías los
deditos, la pajeabas?
A gatas si llegué a manosearle un poco las gomas.
Claro, claro, y después ibas a tu casa y te hacías flor
de paja.
Ajá.
Eso no funciona porque te condena a la paja eterna. De
vez en cuando está bien pero también en ése rubro te estás pasando de rosca.
Puede ser que tengas razón.
¡Claro que tengo razón! Si no te molesta me gustaría
leerte las manos.
¡Sabés de quiromancia?
Sé muchas más cosas de las que te podés imaginar. Vení,
dame las manos.
Me hizo estirar los brazos, poner ambas manos con las palmas
hacia arriba y comenzó a recorrerlas con sus dedos pulgares.
Interesante, esto es interesante.
¡No jodas Negra, no jodas!
¡Callate Bubi, callate y dejame hacer!
Me tomó de las muñecas y puso las palmas de mis dos manos
debajo de sus tetas. No dije nada para no romper el encanto. Quería averiguar
hasta dónde iba a llegar el jueguito.
Así está mejor. Archivá la caballerosidad por un rato y
acaríciamelas bien acariciadas.
Se desabrochó la blusa y mis manos se encontraron de pronto
ubicadas directamente sobre esas dos peritas.
Bubi, quiero que seas un poco puerco. Seguí acariciándome
y pensá en todas las chanchadas que me podés hacer para gozar.
Sin decir palabra empecé a frotarle los pezones con ambos
pulgares. ¡Estaban muy duros! Parecían dos tarugos de madera que temblaban ante
cada toque.
¡No te quedes ahí! ¡Improvisá, improvisá! ¡Sorprendeme
guacho de mierda!.
Me estiré, puse medio cuerpo sobre la mesita hasta que
alcancé esos dos taruguitos marrones con la boca y empecé a lamerlos.
¡Eso, eso! ¡Más, puto asqueroso, más!
Lidia empezó a jugar con mi pelo, acariciaba mi cara y me
dirigía la lengua. Levanté la mirada y vi que balanceaba el cuerpo para
facilitarme las lamidas. Por momentos mantenía los ojos semicerrados pero de vez
en cuando echaba su cabeza hacia atrás para volver a ofrecerme los pechos
poniendo cara de mala. No sé cómo pero pasé de las lamidas a la chupada feroz y
violenta.
¡Ahhhh! ¡Me lastimás pero me gusta!
Como mi erección era bastante pronunciada, sin dejar de
chupar, empecé a desabrocharme el pantalón para liberar mi miembro. ¡Estaba al
palo! Lidia me hizo bajar de la mesita, obligándome a arrodillarme frente a ella
y con un rápido movimiento se despojó de la bombacha.
¡Comeme la concha mal nacido, comémela toda!
No pude despreciar una invitación tan efusiva que me
permitiría admirar y disfrutar del maravilloso triangulo velludo y mojado que
tenía frente a mis narices. Tampoco pude resistir la tentación de meter mis
dedos dentro de ése túnel de sensaciones eróticas.
- ¡SIII! ¡Puto de mierda, meteme los dedos hasta el fondo!
¡Pajeame, pajeame!
Primero un dedo, luego dos. Bajando un poco, busqué el culo
con mi lengua y encontré un fascinante hoyito color chocolate que palpitaba
hacia afuera y hacia adentro. Inconscientemente empecé a tironearle los pendejos
con vehemencia.
¡Puto de mierda qué me estás haciendo! ¡Tiraaa! ¡Tiraaa
más!
Después de cabecear dos o tres veces con los ojos totalmente
en blanco, Lidia terminó en medio de mi boca. Se desprendió sigilosamente, me
acostó en el piso agarrandome la pija con las dos manos y empezó a mamármela
intensamente.
¡Te voy a ordeñar, pajero puto!
Estaba demostrando que era una verdadera maestra del chupado,
caricias oportunas en los huevolines, lenguetazos mojados desde la base hasta la
punta, empuñadas cortas y precisas, tragadas profundas y, lo mejor, el recorrido
lingual desde el culo hasta la cabeza del miembro.
¡Hijo de puta! Ahora te voy a tironear los pendejos del
culo para que veas lo que se siente.
Tengo que confesar que me hizo ver las estrellas cada vez que
me tironeaba pero lo mejor llegó cuando se decidió a lamerme el ojete. Apoyaba
toda su lengua contra el agujerito y, con movimientos de vaivén, la metía y la
sacaba. Después, una succión prolongada.
¡Ahora que estás bien al palo, metémela en la concha!
De la forma más ortodoxa, en cuatro patas, la penetré desde
atrás, bombeando lentamente mientras la tenía tomada por las caderas.
¡Quiero pija, quiero más pija!
Mi calentura era enorme, tanto como el tamaño de mi poronga,
aunque no tanto si se piensa que erecta llega a los 15 cm como máximo. Y no pude
resistir más, sentí que la leche se me salía y que no lo podía controlar. La
saqué rápidamente y acabé sobre su culo.
¡Bien muñeco, bien!
Sin decir palabra nos acostamos de espaldas sobre el piso,
molidos hasta la médula. Creo que habremos estado cerca de cinco minutos en esa
posición.
¡Maravilloso, Bubi, maravilloso! Viste que se pueden
hacer puercadas sin dejar de ser un caballero.
No me cabe la menor duda de que tenías razón. Pero
también las damas pueden ser puercas sin dejar de ser damas. Ahora te voy a
mostrar lo que hace un caballero después de garchar con una dama.
¿Se fuma un pucho?
¡Equivocada! La frutilla del postre consiste en
masajearla para que se inspire para la segunda vuelta.
¡Sos el colmo! No podés con tu genio.
La puse boca abajo y empecé a darle masajes en la espalda
aprovechando la leche derramada minutos antes.
¿De veras no vamos a fumar un pucho?
Si querés, hacelo mientras te trabajo la espalda.
Sin levantarse, prendió un cigarrillo, empezó a paladearlo y
a tirar el humo para el costado. Los glúteos eran un sueño, se hundían ante cada
frotación que le aplicaba para volver a su posición inicial al retirar las
manos.
¿Sabés en qué estuviste bárbaro?
No, sacame la duda.
No me preguntaste si me gustó.
Un caballero nunca hace esa pregunta.
¡Andate a la puta que te parió! Para tu gobierno, ¡Me
gustó! ¡Me gustó mucho y quiero segunda vuelta!
¡Pará un poco Negra, pará! Dame tiempo para retomar
fuerzas. El "amigo" necesita recuperación.
Te doy todo el tiempo que necesites pero esta vez me la
vas a meter por el ojete. ¿Si?
¡Te lo prometo! ¡El chocolatín me vuelve loco!
¿Chocolatín?
Si, ese ojetito es un chocolatín que pide que se lo
coman.
Hubo segunda vuelta y tanto el "chocolatín" como su dueña
volvieron a quedar satisfechos. Yo también, eso ni se pregunta.
La muy turra usó esa palabrita para hacerme bromas cuando
estábamos con los chicos del grupo de teatro leído. "Bubi, ¿querés un
chocolatín?" Mi otro yo siempre contestaba mentalmente:
¡SI NEGRA, SIII!