CONFESIONES DE UN BI
Este relato es totalmente real. Sucedió cuando yo tenía
veinte años y estaba estudiando en la Facultad. Dani y yo estábamos en la misma
clase, él también tenía veinte años y no era demasiado buen estudiante. Eso por
hablar bien de él, porque lo cierto es que no pegaba clavo, a pesar de ser muy
inteligente. Supongo que un chico como él, joven, guapo y de familia adinerada,
no creía necesario tener que esforzarse mucho para labrarse un porvenir. Era de
esos chicos que llaman constantemente la atención de las mujeres, aunque en
ocasiones a ellas mismas les cueste reconocerlo. Para ser completamente honesto,
debo decir que no era el típico tío guapo de esos que se ven en las pasarelas o
en los anuncios de cosmética; quiero decir que no era guapo en el sentido
clásico de la palabra. Era un tío más atractivo que guapo, vamos.
Moreno, bastante alto, de ojos negros y constitución
atlética. Había algo en su personalidad que atraía las miradas como un imán, y
tenía siempre en torno a él un aura de sensualidad que lo hacía enormemente
atrayente para las mujeres. Yo no estoy del todo mal, pero mi amigo Dani era de
esos tíos que provocan en las mujeres pensamientos libidinosos nada más verlo.
Al principio yo no lo veía de esa manera en absoluto. Aunque siempre me he
sentido atraído por los tíos buenos, Dani era ante todo mi amigo, y jamás se me
había pasado por la cabeza montármelo con él. Eramos colegas, así de claro; nos
emborrachábamos juntos, ligábamos juntos (él mucho más que yo, naturalmente) y
salíamos por ahí después de las clases y los fines de semana.
Pero hubo cosas que empezaron a pasar, y las circunstancias
de la vida propiciaron situaciones que llevaron a otras, no deseadas pero
tampoco rechazadas de antemano; simplemente, sin buscarlo, las cosas sucedieron
de esa manera, algo que yo jamás habría imaginado. Como suele suceder en la
vida, son las circunstancias las que le mueven a uno, no al revés. A fin de
cuentas, uno no es capaz de controlar nada en este mundo, es como un barco a la
deriva esperando que venga la próxima ola y a merced de las corrientes. Y debía
de haber una corriente subterránea en todo esto, algo de lo que sólo me percaté
mucho después. Dani era un chico muy extrovertido, pasional, divertido, una de
esas personas espontáneas que no es capaz de estarse quieta, exactamente en las
antípodas de mi forma de ser, pero aun así nos compenetrábamos muy bien. Al ser
tan distintos, cada uno tenía algo que al otro le faltaba, y que buscaba. No
como agua y aceite, sino como agua y azúcar, sólo que era yo quien se disolvía
en el océano de su personalidad arrolladora.
Yo sabía que le gustaba mucho ligar, y tenía mucho éxito con
las tías porque, además de ser tan atractivo físicamente, era muy lanzado, así
que muchas veces si yo conseguía llevarme al huerto a una piba era gracias a él.
Jamás me hubiera sido posible ponerme a su altura, porque para él enrollarse con
una tía y follársela era algo de lo más natural. Casi no le daba importancia al
sexo, aunque yo sabía que lo practicaba mucho. Me contaba sus experiencias como
quien no quiere la cosa, y nunca hacía una montaña de un grano de arena. Un
polvo sólo es un polvo. Nada más. No tenía ninguna necesidad de presumir porque
saltaba a la vista que un pedazo de tío como él podía tirarse a quien quisiera,
y nadie lo iba a poner jamás en duda.
En la primavera de ese año, de nuestros veinte años, ya
estaba saliendo con otra tía. Cambiaba de tía como de camisa. La verdad es que
era un poco cabrón, porque no quería comprometerse con ninguna y yo fui testigo
de que a más de una la trató a patadas. Al parecer perdía el interés por ellas
después de habérselas follado. Ahora salía con una rubia espectacular llamada
Bárbara, una piba de cerca de treinta años, de esas que quitan el hipo, todo
curvas y con una cara de ángel. No sé dónde la encontraría porque nunca me lo
dijo. Algunas veces Dani era extrañamente reservado conmigo, pero me daba igual.
La tía estaba para comérsela, y eso es lo único que importaba.
Una noche fuimos a una de esas típicas fiestas de primavera
de la Facultad. Yo había aceptado ir a dormir a su casa para no tener que
regresar a la mía a las tantas de la mañana, y también porque sus padres se
habían marchado de fin de semana con Sandra, la hermana pequeña de dieciséis
años, y estaba vacía. Después de la fiesta y de haber deambulado por la ciudad
de garito en garito bebiendo como esponjas, llegamos de madrugada a su casa,
Dani en compañía de su rubia despampanante, y yo, algo más modesto, junto a mi
piba ocasional, Belén, una chica morenita, más bien bajita, mona de cara pero
nada llamativa, salvo por un trasero de los que luego he vuelto a ver pocos. Esa
noche precisamente mi obsesión era follármela por detrás, sentir mi polla
enterrarse en su precioso culo. Así que llegamos a casa, seguimos bebiendo y nos
sentamos los cuatro en el sofá del salón; y de pronto, sin saber cómo, me
encontré con los pantalones bajados y la polla al aire, la boca de Belén
comiéndome el rabo y suspirando, mientras al lado Bárbara cabalgaba a Dani,
moviéndose acompasadamente sobre su polla y agachando la cabeza de vez en cuando
para darle pequeños mordisquitos en la oreja.
Debió de ser el alcohol lo que me había hecho perder la
noción del tiempo, aunque no estaba del todo borracho, y cuando empecé a sentir
la lengua de Belén recorriendo mi polla, acabé despejándome. En cambio, Dani
estaba totalmente despejado, porque se estaba follando a la rubia cada vez con
más brío; tenía la cara sudada y su pelvis golpeaba los flancos de ella con
agresividad, soltando de vez en cuando algún que otro bufido. Ella se dejaba
hacer, manteniendo los ojos cerrados y sacando la lengua de vez en cuando para
lubricar sus labios resecos, con una expresión de placer en el rostro difícil de
llevar a engaño. Dani se la estaba follando a lo grande y la tía estaba
disfrutando, sentada encima de él y con sus soberbias tetas en las manos de mi
amigo, que se las estrujaba con fuerza para luego llevárselas a la boca y
babearle bien los pezones. En un momento dado, cuando se hubo cansado de
follarla de esa manera, se desacopló de la chica y se levantó. Entonces me
acuerdo de que me guiñó un ojo y me sacó la lengua, y de repente, yo allí, con
la cara de Belén entre mis piernas, lo vi de otra manera: vi por primera vez al
tío que deseaban las mujeres. Tenía frente a mí su cuerpo moreno, casi sin
vello, atlético, su pecho ancho, sus brazos musculosos, con las venas marcadas
palpitando a través de la piel, sus caderas recias y sus piernas firmes y
esbeltas, y un pedazo de rabo enorme en ese momento apuntando hacia mí, ya que
se había ladeado para sacarme la lengua.
Y fue entonces cuando me recorrió por la espalda un
escalofrío de placer, una de esas sensaciones únicas por imprevistas que me
pilló completamente desprevenido. En ese instante deseé lamer y acariciar todo
su cuerpo, comerle la polla y sentirla dentro de mí. Fueron unos segundos, ya
que a continuación Dani colocó a la rubia con manos y piernas estiradas frente
al sofá y el culo en pompa bien dispuesto hacia él, se colocó una goma y se le
empezó a follar a lo perro. Resultó una visión inolvidable, tengo la imagen
grabada de forma indeleble en la memoria: mi amigo Dani follándole el coño a la
rubia por detrás, sus potentes brazos sujetándola y sus manos atrapándole las
tetas, y la rubia que se movía adelante y atrás como una muñeca, como en trance.
La cosa se puso aún más candente en mi vida la noche en que
fuimos Dani y yo a recoger a su hermana pequeña, Sandra, a una fiesta del
colegio en una famosa discoteca de la ciudad. Bueno, todo parecía de lo más
normal: una chiquita de dieciséis años bebiendo y divirtiéndose con sus
amiguitas del cole. Lo que pasa es que, como de costumbre, ni las cosas ni las
personas son lo que aparentan. Como la dichosa fiestecita no terminaba, entramos
en el local. Yo no tenía ninguna gana de estar allí, con toda esa panda de
niñatos adolescentes, y menos aún esperando a la hermana de mi amigo. Sí, desde
luego, lo que estáis pensando es cierto, estaba muy buena para sus dieciséis
años. Una pibita morena de pelo rizado, ojos negros como los de su hermano mayor
y unas piernas largas de gacela, además de tener uno de esos culos que a mí me
vuelven loco. Pero era la hermana de mi amigo. No merecía la pena intentarlo
siquiera. O eso pensaba. El caso es que me encontraba yo esperando junto a una
columna del local fumándome un cigarrillo y viendo a la gente bailar, cuando se
me acercó alguien por detrás y me dio un pellizco en el culo.
Me volví sobresaltado y me encontré cara a cara con Sandra.
¡Joder, qué cambiazo! La niña que yo alguna vez veía con su uniforme de colegio
de monjas estaba ahora vestida para matar. Llevaba su larga melena rizada y
lustrosa suelta, tenía los labios y los ojos pintados y vestía zapatos de tacón
y un vestido de noche negro que se ceñía a su figura y hacía destacar sus
hermosas y estilizadas piernas. Ha pasado tanto tiempo que ya no recuerdo cómo
empezó la cosa a ponerse caliente. Debimos de estar hablando de tonterías (de
las que pueden hablar un chico de veinte y una chica de dieciséis), y luego noté
los brazos de ella enlazándome por detrás y su cabeza apoyada en mi espalda, en
actitud mimosa. Movió una de sus manos hacia la bragueta de mi pantalón y empezó
a palparme el paquete. Entonces recuerdo que me puse nervioso y me desasí de su
abrazo, por lo que Sandra se dio la vuelta y se puso delante de mí, pegándose
por completo a mi cuerpo.
Quiero decir que notaba su trasero pegado a mi entrepierna, y
su espalda a mi pecho. Me cogió las manos y las puso suavemente sobre sus tetas,
mientras su trasero se movía suave y acompasadamente sobre mi paquete. Me estaba
poniendo cada vez más caliente, y los suaves movimientos de su culo me estaban
dejando la polla como un hierro al rojo vivo. No sé cuánto tiempo estuvimos así,
pero después la cogí de la mano y me la llevé a uno de los baños de la
discoteca, ya no sé si de hombres o de mujeres. Nos metimos en uno de los
apartados, eché el pestillo y empecé a comerme su jugoso cuerpo adolescente. Le
besaba los labios, recorría con mi lengua su cuello (cosa que a ella en
particular le encantaba) y le comía sus tetas, que tenía por completo a mi
disposición después de haberle bajado la parte de arriba del vestido. Tenía unas
buenas tetas para ser una chica tan joven. Recuerdo sobre todo que tenían un
sabor especial, y también recuerdo el olor de Sandra, un aroma que en ese
momento me estaba poniendo a mil y que me estaba haciendo perder la cabeza. Si
me preguntarais, no sabría explicar el sabor ni el olor, es algo que se siente
al instante pero que luego se olvida, y quizá un día por puro azar regresa a la
mente desde los rincones perdidos de la memoria. La chica me acariciaba el pelo
y me besaba con avidez.
La coloqué de espaldas a la pared del retrete, me bajé los
pantalones, le levanté el vestido hasta la cintura, la agarré por las caderas y
la senté sobre mi picha. Sus brazos y piernas rodeando mi cuerpo, me la empecé a
follar. Notaba mi polla caliente y como derritiéndose al entrar en la cálida
humedad de su coño. Eso es básicamente lo que recuerdo: calor y dulzura, y el
inolvidable olor de la chica. No hubo ningún "Ohhh" ni "Ahhh" de esos que
siempre aparecen en este tipo de relatos. De hecho, no recuerdo que ella
gritara. Tan solo gemía y de vez en cuando soltaba algún gritito apagado, y no
hubo palabras ni convulsiones, simplemente notaba alguna contracción vaginal y
algún que otro escalofrío que la hacían aferrarse más a mí cuando la penetraba.
Y eso fue todo lo que pasó con Sandra, la hermana pequeña de Dani. Volví a
verla, pero noté cómo me rehuía, así que decidí dejarlo estar y pasar página.
Las pibitas de clase alta siempre han sido particularmente viciosas.
Y después de eso llegó la traca final. Sucedió una noche en
que encontré a Dani bastante alterado, un tanto extraño conmigo y muy excitado.
Como aquella otra vez en que habíamos estado follando las dos parejas en el
salón de la casa de sus padres, solo que esta vez Dani, todo excitado, me había
propuesto hacer un trío con su novia Bárbara. Al principio creí que estaba de
guasa, pero cuando estábamos sentados en el sofá charlando y riendo, la muy
zorra me despojó de los pantalones, me bajó los calzoncillos y me empezó a comer
la polla. Dani se situó detrás de ella, le fue quitando despacio los vaqueros,
que se ajustaban a su trasero como una segunda piel, y vi desaparecer su cabeza
entre las nalgas de la chica. Al parecer le estaba comiendo el culo, ya que pude
oír pequeños ruiditos de succión, el ruidito que uno hace cuando está lamiendo y
besando la vulva de una tía. Y debía de estar ya lo suficientemente encharcada,
porque Dani, entre los gemidos de placer de la chica y las risitas a cuenta de
que le estaba haciendo cosquillas con la lengua, le pasó la mano derecha por la
raja y luego la llevó a la boca de la chica, que paró un momento de hacerme la
mamada para meterse varios dedos de Dani en la boca.
Por entonces el olor a sexo era muy fuerte; se mezclaba el
olor de mi polla (que estaba limpia, claro, pero cualquier polla huele, el olor
a sexo es inevitable) con el de los flujos vaginales de ella. Y como la vez
anterior, Dani colocó su poderoso cuerpo pegado al trasero de ella y empezó a
embestirla cada vez con más fuerza. Cada vez que la golpeaba por detrás, su
cuerpo se sacudía, y el vaivén que ello imprimía sobre la boca de ella hacía que
le resultara un poco difícil seguir con la felación, a pesar de que seguía
engullendo mi polla y llenándola se saliva de arriba abajo. Después de comerme
la polla, Bárbara me colocó una goma y se montó sobre mí. Fue como penetrar en
mantequilla, sus paredes vaginales se ajustaban a mi rabo a la perfección, y era
tan suave la penetración que parecía que estuviera dándome un masaje, una
delicada fricción tan placentera que tuve que cerrar los ojos y disfrutar al
máximo del momento, mientras mi lengua exploraba los pezones de la chica y
sentía una indescriptible sensación esponjosa a medida que me cabalgaba la
polla. Entonces noté cómo Bárbara se inclinaba del todo hacia mí, me metía la
lengua en la boca y dejaba caer su preciosa melena rubia sobre mi cara,
tapándome la visión, por lo que sentí como si un cuerpo extraño hubiera venido a
interrumpir el polvo que estábamos disfrutando.
Y así era. El cipote de Dani había logrado colarse en el
agujero más íntimo de la chica y ahora mi penetración estaba siendo obstruida.
Dani me dijo que no me preocupara, que me quedara quieto hasta que él pudiera
acomodar su verga en el ano de la chica. Yo nunca antes había hecho una doble
penetración y me encontraba bastante inseguro. Pero finalmente la verga de mi
amigo se abrió paso a través del esfínter de Bárbara, y después de acostumbrarle
el trasero a la penetración, empecé a notar menor tensión en la vagina de la
chica. Entonces me dijo que la doble penetración debía hacerse de forma
sincronizada, de modo que yo se la metía hasta el fondo cuando la polla de él
empezaba a retirarse de su ano, mientras que él le partía el culo cuando mi
polla abandonaba su chocho. La sensación de estar jodiendo a una tía a la que al
mismo tiempo le están dando por el culo es alucinante. Parece mentira que el
sexo de una mujer, pareciendo tan delicado, sea en realidad tan fuerte y
resistente. El espacio que separa las dos pollas es muy pequeño, pero el cuerpo
de Bárbara se amoldó perfectamente a ellas desde el principio. Imprimimos un
mete-saca rítmico en el que los tres disfrutamos de lo lindo. Yo notaba la
presión del miembro de Dani cuando le perforaba el ano, lo que hacía para mí la
penetración vaginal aún más placentera, y Bárbara parecía no sufrir ninguna
molestia. Además, no creo que tardara mucho en acostumbrar su ano al pollón de
mi amigo, porque Dani ya me contaba que una de las cosas que más le gustaba
hacer con ella era perforarle el culo. Así que la experiencia fue realmente
inolvidable.
Allí estaba yo, follándome a la piba de mi mejor amigo, una
rubia escultural, mientras él la enculaba. Y eso no fue lo más impactante.
Después de estar un buen rato enculándola, le sacó el pollón, se quitó la goma
que llevaba puesta, y me dijo: "Ahora es toda tuya, Iván, fóllatela bien"; y
diciendo eso, le dio un buen cachete en el culo. En mi experiencia, a las
mujeres no les suele gustar el sexo anal. Yo lo había practicado sólo una vez
antes, con Belén, y eso a regañadientes por parte de ella. Sin embargo, como
Bárbara sonreía y me hacía gestos con la cabeza al tiempo que movía lascivamente
su culo en pompa, no me lo pensé dos veces. Me recoloqué el condón y lo apunté
directamente hacia su ano, que ya estaba más que dilatado por la soberbia
pollaza de mi amigo; le agarré fuertemente las caderas con mis manos y empecé a
encularla a lo bestia. Dani me estaba mirando de forma rara, lujuriosa y
agitada, mientras se meneaba la polla. Lo miré y le sonreí, pero ya no presté
más atención, hasta que noté su aliento detrás de mí y sus labios recorriéndome
el cuello, sus fuertes manos incontroladas recorriendo mi cuerpo. "Tranqui,
Iván, esto te va a gustar". Entonces sentí cómo introducía, primero un dedo, y
luego otro, en mi ano. Yo estaba también muy agitado y con el pulso a cien.
¡Joder, me estaba follando por el culo a su novia y a él lo tenía justo detrás,
preparado para lo que yo temía y deseaba al mismo tiempo. Me mordió el lóbulo de
la oreja y me dijo en un susurro: "Ya sé que te has tirado a mi hermana, pero
esto te va a gustar más".
Y mientras seguía enculando a Bárbara, noté la violenta
presión de su ariete pugnando por entrar en mí. La entrada de Dani fue violenta.
Sentí un dolor agudo que me obligó a echarme bruscamente sobre Bárbara y
clavarle mi polla hasta el fondo del recto. No quería seguir con eso porque
realmente me estaba doliendo, coño. Pero debe de ser cierto lo que dicen de que
el punto G masculino está en el ano, porque poco a poco el dolor fue remitiendo,
la estaca de Dani empezó a encontrar acomodo y a darme placer, combinado con el
que ya obtenía al penetrar el culo de Bárbara, hasta que llegó un momento en que
me encontré en la gloria, casi inmovilizado, mi polla clavada en el culo de la
chica y asimismo empalado en el pollón de mi amigo. Cuando Dani pegó una
violenta nalgada y alojó todo su potente aparato dentro de mi culo, experimenté
un orgasmo bestial y me corrí, soltando leche en el ano de la chica como no
había soltado nunca. Jamás había tenido un orgasmo semejante y jamás lo he
vuelto a tener. No me di cuenta de que Dani también se había corrido hasta que
noté cierta humedad en mis nalgas y vi las gotas de su semen deslizarse por mis
muslos y caer al suelo.
Mi aventura sexual con Dani jamás se repitió. Al igual que su
hermana, nunca quiso hablar de ello, ni siquiera mencionarlo. Aunque fue una
experiencia maravillosa, también fue la semilla de la discordia que empezó a
envenenar nuestra relación. Sexo y amistad, como dinero y amistad: agua y
aceite. Pero eso es otra historia.