Tenía 16 años de edad y dos de novia de Rodrigo cuando decidí
entregarle mi virginidad. A pesar de que ya habíamos tenido algunos escarceos
amorosos bastante atrevidos aun no habíamos hecho el amor, propiamente dicho. Y
si bien es cierto que Rodrigo se comportaba como un caballero y no me presionaba
para hacerlo, podría jurar que estaba dispuesto a dar lo que fuera porque nos
acostáramos. Así que un día se lo propuse.
-Corazón, ¿te gustaría que tu y yo...-dije sin atreverme a
terminar.
-¿Qué tú y yo, qué? – preguntó expectante
-Que tu y yo hiciéramos el amor – respondí de jalón
-Chiquita, tú sabes que es lo que más deseo – contestó con
una sonrisa- pero sólo lo haremos hasta que tú estés completa y absolutamente
segura de que lo quieres
Yo me quedé pensativa. Hubiera querido que me dijera que sí,
y no dejarme la responsabilidad de elegir. Mis sentimientos estaban confusos.
Por un lado estaba mi madre con su cantaleta de que debía llegar virgen al
matrimonio y todos esos rollos que había recibido desde chiquita. Por el otro
estaban mis hormonas y el amor que sentía por Rodrigo. Rápidamente sopesé ambos
puntos de vista, pero la tierna mirada de Rodrigo me ayudó a decidir.
-Sí, mi vida. Tú sabes que me es muy difícil romper con los
viejos tabúes que me inculcó mi madre, pero te amo demasiado. Quiero ser tuya
esta noche.
Rodrigo me dio un cálido y dulce beso y me llevó a mi casa
para que me arreglara. Toda la tarde estuve muy nerviosa, pensando cómo sería
este encuentro. Había hablado algo con mis amigas pero sus comentarios eran
desalentadores. Me pintaron un cuadro en el que sangraría un poco y sufriría
más. Claro que, según me explicaron, después de algunas veces más me terminaría
encantando. Sin embargo mi tía Mónica me había descrito otro panorama,
totalmente opuesto. Según ella, si el chico era tierno y amable la experiencia
no tenía que ser tan traumática. En fin, estaba confundida.
A las ocho en punto el timbre de mi casa sonó. Era Rodrigo
que venía por mi para llevarme a cenar. Le pedí permiso a mis papás y salimos.
Todo el trayecto lo realizamos en silencio, los nervios nos impedían hablar. Por
fin llegamos a nuestro destino, no lo podía creer. Era el hotel más lujoso de la
ciudad.
-¿Vamos a hacerlo aquí? –pregunté asombrada. Mis "fidedignas"
fuentes me aseguraron que lo haríamos en su coche, en algún parque, o, si bien
me iba , en su casa.
-¿Te desagrada? – preguntó alarmado
-No, al contrario, es que no me esperaba...- respondí sin
terminar
-Vine en la tarde a reservar la habitación, para que no te de
vergüenza llegar a la recepción. Eres mi princesa y te mereces esto y más.
Yo me sentía soñada. Por lo menos era importante para él.
Llegamos al cuarto, y en cuanto entré me solté a llorar. Sobre el tocador estaba
un enorme arreglo de flores, y en la mesa un candelabro con velas y una botella
de champagne. En el arreglo había una carta que decía "Para la mujer más
maravillosa del mundo". Yo lo abracé y le di un beso lleno de agradecimiento.
-Vamos a brindar por este momento, para que sea algo especial
para los dos – me dijo con una sonrisa en los labios.
Bebimos un poco. El se quitó el saco y la corbata. Yo aventé
los zapatos. Me tomó de la mano y me llevó hasta la cama. Ahí me recostó y me
empezó a besar. Sus manos recorrían mis hombros. Poco a poco se fue aventurando
a más y rozó mis pechos, para finalmente concentrarse en masajearlos. Yo le fui
desabrochando su camisa. Mis manos recorrían su torso por debajo de la ropa. El
me sentó para quitarme el vestido mientras que sus pies se deshacían de sus
zapatos y calcetines. Nuestras bocas se volvieron a fundir en un beso mientras
sus manos desabrochaban mi sujetador. Mis pechos ya estaban al aire y él acercó
lentamente su boca a ellos para lamerlos. Su lengua recorría cada parte de uno
de mis pechos y después del otro. No llevaba prisa, estaba empeñado en hacerme
disfrutar.
Mis manos buscaron su cinturón y lo desabrocharon. De igual
forma lo hicieron con su pantalón. Rodrigo se separó de mis pechos para bajarse
el pantalón. Pude ver el contorno de su erección que se dibujaba en sus
calzoncillos. Me acarició las piernas un poco antes de quitarme suavemente las
medias, primero, y las bragas, después. Yo tomé el elástico de sus calzoncillos
y se los bajé. Un escalofrío me recorrió el cuerpo, pues era la primera vez que
estábamos completamente desnudos.
Me incliné hacia él y le lamí su pene. Mi lengua jugó con su
glande y después le recorrí su tronco. Mientras yo se lo chupaba él estiró su
mano, me abrió las piernas y metió sus dedos en mi conchita. Estaba que
escurría. Toda esta situación me estaba excitando demasiado. Me metí todo su
pene dentro de la boca y empecé a meterlo y sacarlo
-Espero que tú estés disfrutando tanto como yo – me dijo
Yo no le respondí, sólo lo miré con una sonrisa en la cara.
Sus caricias me estaban poniendo a mil cuando se detuvo. Me recostó sobre la
cama, me separó las piernas y se puso entre ellas.
-Si te duele o quieres que pare me avisas – me dijo muy
serio.
-No te preocupes – le contesté – Ya te deseo dentro de mi
Rodrigo acercó la punta de su pene a la entrada de mi vagina.
Noté que ambos estábamos temblando, yo creo que de nervios y emoción. Muy
lentamente fue introduciendo el glande. Yo sentía su piel rozando mi piel. Hasta
ahora todo iba bien, nada de dolor y mucho de placer. Sentí que seguía avanzando
dentro de mi. Mi vagina se iba abriendo al paso de su miembro. Lo metía y
sacaba, y cada vez que entraba lo metía un poco más.
-¿Estás bien? – me preguntó
-Sí – contesté- ¿Y tú? Estás temblando
-Un poco – rió nervioso- es que no quiero lastimarte
Siguió metiéndolo hasta que su pene topó con una barrera.
Empujó un poco más y sentí un pequeño dolor. El seguía empujando, muy despacio.
El dolor ya se reflejaba en mi cara pero lo animé a seguir. El lo retiró un poco
y siguió entrando y saliendo de mi vagina. Otra vez el placer invadía mi cuerpo,
por lo que intentó traspasar la barrera, me dolía menos.
-¿Y si lo metes todo de una vez? – le sugerí
-Es que ya te dije que no quiero lastimarte – me contestó
-A lo mejor sólo es un dolor fuerte pero rápido, inténtalo –
le pedí.
Él arremetió contra mi conchita, y de un empujón me penetró
toda. Yo crispé la cara de dolor mientras él seguía metiendo y sacando su pene
-¿Te duele? – preguntó preocupado
-Un poco, pero ya se me está pasando
Y era cierto. Con el roce de su pene dentro de mi vagina el
dolor estaba cediendo, dándole paso a un placer indescriptible. Unas cuantas
arremetidas más y pude ver que Rodrigo se ponía rojo y la respiración se le
entrecortaba. En mi vientre estaba naciendo un cosquilleo que sabía que pronto
me llevaría a un orgasmo. Rodrigo lanzó un fuerte gemido y sentí un chorro
caliente y potente que me llenó mi cuevita. A pesar de haber eyaculado siguió
con su vaivén. El cosquilleo de mi vientre me recorrió las piernas y empecé a
gemir, acababa de tener un orgasmo.
Terminamos y nos dimos un beso, largo y profundo, y nos
miramos tiernamente a los ojos.
-Gracias – le dije
-Gracias a ti – me contestó
Nos volvimos a arreglar y pidió la cena. Cenamos a la luz de
las velas mientras un violinista nos tocaba algunas melodías. Platicábamos de
mil y una cosas y sin darnos cuenta nos dieron las dos de la mañana. Rodrigo me
llevó a mi casa donde nos dimos otro gran beso de despedida.
-Te amo – me dijo.
-Yo también – le contesté
Nos dimos unos cuantos besos más y se marchó. Me quedé
tumbada en mi cama pensando en todo lo que había pasado, sentido y vivido. Mi
tía Mónica tenía razón, no había sido desagradable en lo absoluto.
Han pasado casi veinte años desde aquél día y aun sigo
recordando con nostalgia mi primera vez.