La llegada de nuestros padres había interrumpido, en cierta
forma, nuestros juegos amatorios. Me habría gustado poder continuar, poder
explorar nuevas fronteras, poder elevar el listón de nuestros límites, pero, tal
y como dice el refrán, todo lo bueno tiene su fin. Pero mirándolo desde su lado
positivo, la llegada de mis padres también tenía sus ventajas: por fin íbamos a
descubrir la sorpresa que nos tenían reservada. Los tres les insistimos mucho en
que nos revelasen ya el misterio que se traían entre manos, pero nuestros ruegos
e insistencias fueron en vano. Si queríamos saberlo, nos tendríamos que cambiar
de ropa y bajar al jardín; mientras nos duchásemos y vistiésemos, ellos irían
preparando el aperitivo en el jardín.
Cuando íbamos hacia el baño, mi hermano Juan se apresuró y
entró al baño antes que nosotras; mientras cerraba la puerta y entraba en la
ducha, María y yo nos tumbamos en nuestras camas y empezamos a charlar sobre
cosas totalmente intrascendentes; como él tardaba bastante, saqué la cabeza por
la ventana y, como si estuviera enfadada por ello, le dije a mi madre que
metiera un poco de prisa a Juan; creyéndolo en verdad, le gritó que nos dejase
entrar y que saliera ya a vestirse. Juan salió del baño protestando sonoramente
para que mis padres lo oyeran, pero, sabiendo que ellos estaban abajo en el
jardín, salió desnudo, sin taparse sus "vergüenzas" y, pasando delante nuestro
casi rozándonos, entró en su habitación. Nosotras no quisimos ser menos que él y
soltando las toallas que teníamos anudadas alrededor del cuerpo las dejamos caer
al suelo quedándonos los tres completamente desnudos. Acariciándole suavemente
su pene semiflácido y aún húmedo por efecto del agua, María le dijo que
enseguida iríamos y que en cuanto se hubiera vestido bajase al jardín con
nuestros padres.
Al entrar al baño, decidimos ducharnos las dos juntas para
ganar tiempo, o al menos ésta era nuestra primera intención. Regulamos el agua
de la ducha para que estuviera templada y nos mojamos de arriba abajo. Cuando
iba a enjabonarme, María se ofreció a frotarme la espalda; al ser una zona de
difícil acceso si se intenta hacerlo una misma, accedí gustosa; al principio sus
manos recorrían toda mi espalda con movimientos suaves, de arriba abajo y de
izquierda a derecha; poco a poco, sus manos fueron deslizándose hasta llegar a
mi pecho; al principio no le di demasiada importancia, puesto que creía que los
roces eran casuales; pero enseguida me di cuenta de que no eran fortuítos, más
bien al contrario; al darme cuenta de ello, decidí esperar un poquito para ver
como evolucionaba todo, pero cuando me convencí de las verdaderas intenciones,
tomé una gran decisión; en este momento, empezó a invadirme una gran sensación
de satisfacción y de placer; quería aprovecharla al máximo, y para que María se
diese perfecta cuenta de que yo deseaba continuar con el juego, en un momento en
que una de sus manos estaba por las inmediaciones de mi pecho, se la cogí con
decisión y la puse completamente encima de mi seno. Una sensación absolutamente
agradable y placentera recorría todo mi cuerpo, desde la cabeza a los pies; al
notar mi consentimiento sus caricias ya fueron más explícitas y, mientras
algunos escalofríos estremecían mi cuerpo al notar del contacto de sus desnudos
senos en mi espalda, incliné la cabeza hacia atrás como queriendo acrecentar aún
más el placer que sentía. En un momento, alargué mis brazos hacia atrás y con un
poco de esfuerzo, pude acariciar las nalgas y su Monte de Venus; María
mordisqueaba el lóbulo de mis orejas provocándome un estado de gran excitación;
no pudiendo aguantar por más tiempo sus caricias y arrumacos, me di media vuelta
y, pasándole mis brazos alrededor de su cintura la atraje hacia mí; las dos nos
quedamos cara a cara y, como no podía ser menos, nos fundimos en un cálido y
cariñoso abrazo; nuestros sexos estaban tan juntos que apenas cabría una hoja de
papel entre los dos; nuestros pechos se frotaban mutuamente provocándonos un
cosquilleo muy agradable; yo deseaba prolongar al máximo este instante, y
apoyando mi cabeza en su hombro nos quedamos así un buen rato las dos abrazadas
dejando volar la imaginación.
No sé cuanto tiempo llevaríamos así, no creo que mucho; el
caso es que cuando levanté ligeramente mis ojos vi que no estábamos solas; por
un imperdonable descuido nuestro nos habíamos dejado la puerta entreabierta y mi
hermano estaba allí, de pie, junto a la puerta, mirándonos fijamente con unos
ojos abiertos como platos; ya se había puesto un short limpio y venía a peinarse
su pelo aún húmedo. Separándome ligeramente de María, le dí unos ligeros toques
con el dedo en el hombro, y le dije que no estábamos solas; su primera reacción
fue de sorpresa y de un cierto temor al creer que nos habían sorprendido mis
padres, pero al ver que "sólo" era mi hermano Juan se rehizo del susto y exclamó
medio sonriendo:
Vaya susto que nos has dado; creía que eran tus padres;
¿por qué no has llamado antes de entrar?
Perdonad, no quería asustaros. –respondió él-; creía que
ya habíais terminado. No he llamado porque, después de todo, no creía que os
diera vergüenza que os viera desnudas
¿Cómo puedes pensar que nos de reparo que nos veas
desnudas después de todo lo que ha pasado estos dos días? –le contesté yo
con una pregunta-; claro que no nos importa estar desnudas contigo, lo que
pasa que nos has pillado "in fraganti".
No es preocupeis, que ya quedamos que no lo íbamos a
decir a nadie. Me he quedado embobado mirándoos.
Ya se nota que te has quedado mirándonos –replicó María-,
y por lo que se ve no sólo te has quedado embobado.
Mientras le decía esto, le señaló su entrepierna; al no
llevar ropa interior y haberse puesto sólo un short de baño, su pene ya erecto
había formado una protuberancia bastante clara; era evidente que no podía bajar
así al jardín con mis padres, puesto que al verlo de esta forma, podían hacerle
algún comentario y que se le escapase algo que nos comprometiese; esto último
era algo que me aterraba, puesto que imaginaba la bronca que nos podía llegar a
caer si mis padres se enteraban de ello. Dirigiéndome a María le dije:
Esto no puede quedar así; si nuestros padres lo ven tan
excitado y descubren el motivo de ello, se puede montar la de San Quintín.
Creo que lo mejor va a ser ponerle remedio. De esto me encargo yo mientras
tú vigilas que no venga nadie; después ya cambiaremos.
Sin esperar respuesta por parte de María ni de Juan, me
dirigí a mi hermano y, tirando del bañador por los extremos, se lo bajé hasta
las rodillas; agachada como estaba, tenía a pocos centímetros de mi cara el
miembro erecto de mi hermano Juan; recordando lo mucho que disfrutaron ambos
cuando María se lo estuvo chupando, acerqué mi cabeza a su entrepierna y
rodeando su pene con mis labios me lo "tragué" todo. A pesar de estar
completamente erecto, duro y firme, el pene de Juan era más bien pequeñito, tal
y como corresponde a la gran mayoría de adolescentes cuando aún no habían
acabado de desarrollar su cuerpo; a pesar de su pequeño tamaño, era capaz de
proporcionar un gran placer como muy bien ya había comprobado cuando ayer hice
el amor con él por primera vez. No lo miraba a los ojos, pero me daba perfecta
cuenta que Juan estaba disfrutando de lo lindo puesto que pasó sus manos por
detrás de mi cabeza y me la acercó aún más a su entrepierna como queriendo
disfrutar al máximo del momento. Al principio mis labios recorrían su tallo de
arriba a abajo, pero poco a poco se fueron cerrando para dar paso a mi lengua
que empezó a jugar con su pene y a lamerlo en su totalidad; cuando recorría su
puntita, el placer que le proporcionaba era enorme. Viendo el disfrute de ambos,
María quiso intervenir y obtener también su parte del pastel y, acercándose
donde estábamos nosotros dijo:
Anda, no seas egoísta y déjame que venga también, que me
estais poniendo por las nubes.
Bueno, va, ven –le dije-; disfruta tú tambien.
No hace falta que te quedes al margen, quédate –dijo
María-;
¿Cómo? –le pregunté-;
María me respondió que si me sentaba en el taburete podía
vigilar a través de la cortina a mis padres que estaban en el jardín; mientras,
Juan podía lamerme mi entrepierna, mientras ella hacía lo propio con mi hermano;
yo no sabía muy bien qué contestar y miré a mi hermano intentando buscar en su
mirada una respuesta a ello ya fuese a favor o en contra. Con un gesto de sus
ojos vino a indicar que no tenía inconveniente en ello; puesto que los tres
estábamos de acuerdo, me senté en el taburete y, a través de los visillos de la
ventana, miré a mis padres que estaban abajo en el jardín leyendo cómodamente en
sus sillones de mimbre. No me di cuenta que mi hermano se estaba acercando poco
a poco a mi sexo; cuando noté su lengua recorriendo todos y cada uno de los
rincones de mi intimidad una especie de escalofrío recorrió todo mi cuerpo. En
este momento me embargó una gran sensación de placer, puesto que ahora me daba
perfectamente cuenta que, una vez rotos y derribados todos los tabúes que hasta
ahora nos habían separado, juntos podíamos llegar a pasar unos muy buenos
momentos; eso sí, tomando las precauciones pertinentes para que no ocurriera
nada irreversible. María se añadió también y continuó allí donde lo habíamos
interrumpido chupando de nuevo el pene de mi hermano. Juan se había medio
agachado para poder estar más cerca de mi sexo y, para estar más cómoda, María
se había tumbado en el suelo de lado con la cabeza entre las piernas de mi
hermano; en cierta forma, los tres estábamos unidos a través de nuestros cuerpos
y disfrutando de lo lindo, sobretodo Juan y yo, puesto que éramos los dos que
recibíamos las atenciones que nos dispensaban; sólo María se quedaba un poco al
margen, por lo que, alargando un poco mi brazo, llegué a acariciarle un poco su
seno; viendo mi gesto hacia ella, me guiñó un gesto en señal de complicidad; por
los gemidos que emitíamos, se notaba que los tres estábamos disfrutando de lo
lindo.
Estábamos los tres "en plena acción", cuando oímos la voz de
mi madre que, desde abajo el jardín nos llamaba para que nos apresurásemos y que
bajásemos enseguida.
Enseguida bajamos; nos vestimos y venimos; le diré a Juan
que baje también.
Supuse que no se dieron cuenta que no estábamos precisamente
duchándonos; yo me notaba que la voz me había salido un poco entrecortada por la
lógica del momento e intenté disimularla al máximo; desde la ventana los veía y
continuaban en sus sillones; no pasó mucho tiempo y pude ver como María se
separaba de nosotros mientras de la comisura de sus labios le caían unas gotitas
de un líquido lechoso; enseguida supe que Juan había tenido un orgasmo y que
ella se lo había tragado para no atragantarse como le pasó ayer por la tarde; no
le había importado en absoluto hacerlo ya que, como me comentó un día, con su
antiguo novio ya lo había hecho más de una vez; la primera vez sí que le dio
mucho asco, pero, poco a poco y a fuerza de probarlo, consiguió vencer la
repugnancia que ello le ocasionaba; yo nunca había llegado al punto que había
llegado ella, aunque hace unos tres años en Suiza probé con la puntita de la
lengua el sabor de la leche de mi primo Martin. Cuando María se incorporó y se
sentó al suelo, Juan levantó su cabeza de mi entrepierna con evidente cara de
satisfacción; cuando lo miré, ví que su pene aún estaba manchado de semen y
gruesas gotas le caían por la piel; deseando experimentar, en cierta forma, lo
mismo que había experimentado María, me acerqué a él, y rodeándole de nuevo su
pene con mis labios fui lamiendo los restos que aún le quedaban; mi lengua iba
recorriendo su pene dejándolo completamente inmaculado, limpio e impoluto; no sé
si aún que le quedaba un poco de lechecita en reserva o si tuvo un segundo
orgasmo, pero el caso es que pude notar como un líquido espeso y ligeramente
salado le salía de su miembro y recorría los rincones de mi boca; mi primera
reacción fue la de escupirlo, pero, no queriendo ser menos que María abrí la
garganta y lo tragué todo. Con mi lengua, continué recorriendo el pene de Juan,
hasta que noté que ya no tenía ningún resto de semen.
Ahora que los tres ya nos habíamos incorporado, pudimos ver
como el pene de mi hermano Juan ya había retomado su posición original y volvía
a estar flácido y perfectamente presentable. Ahora ya podíamos bajar al jardín
sin que la anatomía de Juan denotase nada. Juan se levantó y besándonos
apasionadamente a los labios nos dijo que se había quedado muy satisfecho y
contento y que ojalá no fuese la última vez. Esto último nos dejó un tanto
sorprendidas por cuanto dejaba las puertas abiertas a nuevos encuentros. Para
evitar sospechas por parte de nuestros padres, él se vistió enseguida y bajó
para "entretenerlos mientras nosotras nos arreglábamos. Mientras nos vestíamos,
estuvimos charlando y comentando lo que habíamos estado haciendo.
¿Qué te ha parecido? –preguntó ella.
¿A qué te refieres?
¿A qué va a ser?, a tu hermano, a su leche.
Bueno, al principio me daba un cierto asco, pero cuando
lo he probado he visto que no había para tanto.
Lo ves, bobita; hacías un problema de algo que no lo es;
¿cómo crees que se lo tomarían tus padres si este verano hacíamos top less?
No lo sé que decirte; por un lado nos dan mucha libertad,
pero por el otro el que nos hayan inscrito a Juan y a mí en el internado en
que estuvimos me hace pensar que no les gustaría nada. Ojalá fuesen como los
tuyos y no les importase que tomásemos el sol sin la parte de arriba del
bikini.
Es cierto; ¿te puedo confesar una cosa?
Claro que sí; ¿qué es?
A mis padres no sólo no les importa que haga top less,
sino que a veces hemos ido a alguna playa nudista.
¿Los tres juntos? ¿Sin nada de ropa?
Sí, claro; no llevábamos nada.
¿Y no te dio vergüenza la primera vez que te lo quitaste
todo?
Claro que sí, quería morirme.
Entonces me contó que la primera vez que fueron a un centro
nudista fue por pura casualidad. Cuando tenía unos 16 ó 17 años iba con sus
padres de viaje por la costa; era pleno verano y el coche era un auténtico
horno, por lo que decidieron desviarse y seguir el primer caminito que los
llevase hacia el mar. Al final divisaron una calita muy agradable y tranquila,
por lo que decidieron instalarse y quedarse todo el día refrescándose al lado
del mar. Su sorpresa fue mayúscula cuando doblaron por la roca que les separaba
de la playa y se dieron cuenta de que habían llegado a una playa nudista. Su
primera reacción fue la de regresar y buscar otra playa, pero cuando recordaban
el calor que habían pasado decidieron quedarse y probar. Jamás se habían
desnudado en público, y la sola idea de hacerlo ya les ponía la piel de gallina;
como tampoco no había mucha gente, decidieron quedarse en bañador, esperar
acontecimientos y, por el momento, tumbarse encima de sus toallas para descansar
un rato; sus padres se quedaron dormidos enseguida bajo el parasol, pero María
no podía cerrar sus ojos. Se sentó en cuclillas y, agarrándose las rodillas con
los brazos se inclinó sobre las mismas mientras iba mirando como se divertían
las otras personas. La situación le producía una gran envidia, puesto que
mientras ella estaba en un rincón muerta de vergüenza por estar en un sitio así,
le comía la envidia al ver como las otras personas podían refrescarse
tranquilamente a pesar de estar todas ellas desnudas, puesto que llevaban y
vivían su propia desnudez con la mayor naturalidad del mundo. Jamás se habría
atrevido a desnudarse en público, pero enseguida comprendió que en una playa en
la que todo el mundo iba sin ningún tipo de ropa, atraería más las miradas si
permanecía con el bañador puesto que si se lo quitaba; esto lo tenía claro, pero
una cosa era decirlo y pensarlo y la otra hacerlo.
Estuvo un buen rato deshojando la margarita, puesto que por
un lado le apetecía bañarse, pero por el otro no acababa de decidirse a quitarse
la ropa; así que decidió obrar poco a poco; con gran calma y parsimonia se
desabrochó el nudo que por detrás de su espalda mantenía la parte superior del
bikini en su sitio; la pieza de ropa sólo se sostenía por un delgado cordón
alrededor de su cuello y los pequeños triángulos de ropa a duras penas
conseguían ocultar sus senos; libre del cordón que lo mantenía atado, el bikini
dejaba ver el lateral de su pecho, y si alguien la hubiese mirado fijamente
habría podido ver todos y cada uno de los detalles de su perfecta anatomía; la
temperatura era muy agradable, y una ligera brisa refrescaba el tórrido ambiente
caldeado por los rayos del sol; en más de una ocasión, el soplo de la brisa
levantaba su bikini dejándolo a la vista de todos; o al menos esto era lo que
ella creía, y al principio su primera reacción era la de mantener la ropa en su
sitio; pero pronto se dio cuenta que iba a llamar más la atención con sus
repentinos movimientos por ocultar sus pechos que si acababa de desprenderse de
su bikini y actuaba con la mayor normalidad.
Después de mucho pensárselo, y armándose de valor, decidió
dar un paso al frente y, pasando el cordón del bikini por su cuello, se
desprendió de él y lo dejó encima de la toalla. Al principio se moría de
vergüenza, y sólo se atrevía a estar con las rodillas dobladas hacia arriba y su
cuerpo inclinado sobre ellas; a medida que iba transcurriendo el tiempo, se iba
acostumbrando cada vez más a su desnudez, y poco a poco fue estirando las
piernas hasta quedar sentada mirando al horizonte. El primer paso ya lo había
dado, había conseguido estar con su pecho al aire y nadie la había mirado
ostentosamente. De pronto, una idea le pasó por la cabeza: si ya se había
desprendido de una parte del bikini, ¿por qué no hacerlo con la otra y así
poderse ir a bañar? Dicho y hecho; aprovechando que sus padres aún dormían, se
bajó la braguita del bikini, la dejó encima de la toalla, se levantó y se
dirigió a zambullirse al mar; al principio quería ir corriendo para llegar
cuanto antes al agua, pero comprendiendo que no hacía falta, se dijo "Se
valiente y actúa con normalidad", y se fue al agua como si no pasara nada. Al
principio, y por la lógica de la falta de costumbre, se creía el centro de todas
las miradas, pero fue tomando confianza y cuando se acostumbró plenamente a su
desnudez, le embargó una sensación muy agradable al notar su piel desnuda las
caricias del mar.
Así estuvo un buen rato nadando y saltando, hasta que quiso
salir para secarse y continuar tomando el sol. Con decisión y brazada firme, fue
nadando hasta la orilla pero pronto cayó en la cuenta de que bajo el agua estaba
completamente desnuda y que sus padres la verían sin nada, algo que no ocurría
desde que era una niña pequeña. Mientras se dirigía hasta la orilla iba pensando
que ojalá sus padres estuvieran aún dormidos, así podría ir hasta la toalla,
secarse y ponerse de nuevo el bikini. Sus pies ya tocaban el fondo de arena y
podía ir caminando; ya se había acercado lo suficiente como para ver que sus
padres ya se habían despertado y estaban charlando sentados en la arena;
entonces recordó que había dejado su bikini a la vista encima de la toalla sin
la precaución de guardarlo en su bolsa; esto significaba que sus padres ya
sabían que estaba completamente desnuda, lo que le hizo ruborizarse y más aún, a
medida que el nivel del agua iba bajando y su anatomía iba quedando cada vez más
al descubierto; cuando el agua ya le llegaba a la cintura, vio como sus padres
la saludaban con las manos en alto y, por señas, le indicaban que se acercase y
que ya tenían la comida lista. Tarde o temprano tenía que llegar el momento de
que sus padres la viesen desnuda, y ella a sus padres, pero era algo que le
costaba mucho afrontarlo y continuó nadando un rato como si no los hubiese
visto; mientras nadaba, iba ganando tiempo y, también hay que decirlo, valor. Al
final se decidió y comprendió que lo mejor era salir con decisión y paso firme.
Cuando recorrió la mitad del camino que la separaba de sus padres, vio que ellos
ya se lo habían quitado todo y que, al estar igual que ella, ahora estarían los
tres en igualdad de condiciones.
¿Sabes una cosa? –le dije yo- me gustaría que mis padres
fuesen así, tan abiertos como los tuyos y me dejasen tomar el sol y bañarme
sin nada o en top less, como mucho.
¿No lo has hecho nunca?
Sí, alguna vez, pero casi a escondidas y, la verdad, es
que la sensación es genial.
Yo no sabía como plantear el tema a mis padres por miedo a
una reacción adversa; al final, María tuvo la solución: al vestirnos, ambas nos
pusimos unos tops bastante holgados; como debajo no llevábamos el sujetador (las
dos tenemos poco pecho, y muchas veces no lo llevamos) si nos reclinábamos un
poco a través del escote se veían nuestros encantos. Como íbamos a tomar el
aperitivo en el jardín, podríamos inclinarnos y reclinarnos sin levantar
sospechas; así, podríamos ver las reacciones de mis padres cuando viesen que
íbamos sin sujetador y que según como nos moviéramos se nos veían los senos.
Estuvimos un buen rato así, sentadas en la hierba, y de vez en cuando, nos
inclinábamos para tomar una aceituna, una patata frita, etc. No lo hacíamos muy
a menudo para que no sospechasen. En una de las veces en que me moví para tomar
algo del centro me di cuenta como, al estar yo sentada en la hierba y mi padre
en la hamaca, mi escote abierto quedó a la vista de sus ojos y él pudo ver
claramente que ni María ni yo llevábamos sujetador. Ya lo habíamos conseguido:
ya lo sabían; y ahora sólo había que esperar su reacción.
Entre bocado y bocado de patatas, aceitunas, y embutidos,
recordé que la última vez que hablé con mis padres por teléfono, me dijeron que
cuando llegasen tenían un secreto para contarnos, o mejor aún una sorpresa para
darnos.
Mamá –le dije llamándole la atención - ¿cuál era esta
sorpresa que nos teníais preparada y que nos ibais a decir hoy?
Esta bien, lo prometido es deuda. –respondió ella -; este
año es nuestro 25 aniversario de bodas y habíamos pensado ir con vosotros de
viaje e invitar también a María. Además, también coincide con que vuestros
dos primos de Suíza Martin e Isabel cumplen 18 años.
¿Y….? – preguntó Juan ya con clara impaciencia.
Pues ya hace tiempo que con vuestros tíos estamos
hablando de organizar algo conjunto. Para estas vacaciones hemos alquilado
un velero y estaremos una semana navegando por el Mediterráneo las dos
familias juntas.
La noticia me dejó con cara de tonta; me hizo una ilusión
enorme ya que siempre he sido una enamorada del mar. Me levanté de golpe y,
chillando como una loca me eché al cuello de mis padres en señal de
agradecimiento. Pasado el primer momento de sorpresa, me levanté para ir a
llamarlos por teléfono, pero mi padre me dijo que no hacía falta porqué no
iban a contestar puesto que hacía unos días que ya habían salido Suiza;
viajaban en coche hasta la costa francesa, y allí dejarían el coche y vendrían
a buscarnos con el velero; si no surgía ningún impedimento, mañana sobre la
hora de la comida llegarían y nos llamarían por teléfono para encontrarnos de
nuevo después de tanto tiempo.
Mi padre fue a la cocina y trajo nuevas provisiones para el
aperitivo y cuando llegó con las bandejitas aún estábamos con la excitación
lógica por la noticia. Para estar más cómoda, me tumbé en la hierba boca abajo
apoyándome en los codos mientras iba picando un poco del aperitivo. Mi hermano
Juan estaba frente a mí y, por lo que se ve, llevaba un rato mirándome el
escote; como no llevaba sujetador al estar así tumbada, si me levantaba un
poco ofrecía una clara visión de mis senos. Parecía que no me hubiera visto
nunca desnuda, pero siempre he oído que es más sugerente insinuar algo que
enseñarlo abiertamente. Dándose cuenta de ello, María le llamó la atención a
mi hermano en un claro tono de broma:
¿Qué le miras tanto a tu hermana? Parece que te la vayas
a comer con la vista.
¿Qué haces idiota? ¿Es que tengo monos en la cara? -le
respondí yo al tiempo que me incorporaba tapándome un poco disimuladamente
como si me importara que me viese algo.
Está bien chicos, no os peléeis –respondió mi padre
intentando poner un poco de calma-; intentad estar como hermanos sin
pelearos ni discutir; Juan, no mires tan descaradamente a tu hermana, y tú,
Ingrid, intenta ponerte algo que te tape un poco más, al menos cuando no
estemos en familia.
Lo cierto es que las palabras de mi padre me dejaron un tanto
desconcertada; no era el hecho de que mediara entre nosotros para poner un poco
de paz; lo que de verdad me llamó la atención fue cuando dijo lo de que
"intentase taparme un poco más, al menos cuando no estuviésemos en familia";
¿cuál era el verdadero significado de estas palabras? ¿significaba esto que
cuando estuviéramos con otras personas nos teníamos que tapar un poco, pero que
sí sólo estábamos entre nosotros no hacía falta? Y, en este último caso ¿hasta
dónde podíamos llegar sin que mis padres se enojasen? Estaba claro que cuando
nos encontrásemos con mis primos y mis tíos en el velero también estaríamos "en
familia"; en este caso, ¿también podíamos no estar tan tapadas como si fuesen
extraños? Mientras todas estas preguntas y otras más nos rondaban por la cabeza,
con Juan y María subimos a nuestras habitaciones para prepararnos las maletas o
las mochilas con lo que preveíamos que íbamos a necesitar para la semana larga
que íbamos a pasar en el mar. Tal y como ocurre en estos casos, acumulamos tal
cantidad de ropa y cacharros que parecía que nos fuésemos de expedición varios
meses; habíamos puesto todo lo que pretendíamos llevarnos encima de la cama,
pero luego, recordando que mi padre nos había dicho que como el espacio en el
barco era relativamente reducido y éramos bastantes, había que limitarse a una
bolsa de deporte por persona. Los tres estábamos con un gran nerviosismo e
impaciencia por que ya llegara el día de mañana y recibiésemos la llamada de mis
primos diciendo que ya venían a recogernos.
Aprovechando al máximo el espacio en las bolsas y desechando
aquello que fuese superfluo o que físicamente no cupiese en las bolsas,
conseguimos cerrarlas por fin. Las bajamos al recibidor, y nos pusimos los
bikinis nosotras y el bañador Juan para regresar con mis padres al jardín y
continuar los juegos y el baño en la piscina; esta vez, pero, "portándonos bien"
y disimulando para no provocar el enfado de nuestros padres.
Entre saltos, zambullidas y aguadillas el tiempo nos pasó
volando, pero no lo suficiente como habríamos deseado nosotros.
…(continuará)