Uno mas uno.
Dos mas dos son cuatro, eso acostumbra a suceder siempre en
el mundo de la matemática más simple. En ese mundo también uno mas uno son dos.
Todos sabemos sumar y esta ultima, es la más sencilla de las sumas. No hay lugar
para el error. Pero en ocasiones, la matemática se desmarca de la lógica,
también de la simpleza, y se adentra en el mundo de los errores ilógicos, un
mundo que es el propio de los humanos. Nos empeñamos en errar. Humanos como
nosotros, como yo, como vosotros, como ella. Todos podemos equivocarnos para al
final, asegurar que uno mas uno da como resultado tres y decirlo con todo el
convencimiento del mundo y jugándonos cualquier cosa en la defensa del
resultado.
Estábamos allí, estirados en la cama del hotel, encima de
unas sabanas que una hora antes habían estado limpias y perfectamente ajustadas,
sin ninguna arruga que estropease la perfección a la vista. Ahora las sabanas
estaban arrugadas, llenas de semen y fluidos, también impregnadas de sudor. Lo
típico de dos personas que han estado haciendo el amor hasta quedar exhaustos.
Como acabábamos de hacer nosotros dos.
Ella se llamaba L. yo me llamaba R. Ambos seguimos
llamándonos así, eso no ha cambiado. La había conocido muchos años atrás, las
circunstancias es lo de menos, unas circunstancias que nos habían convertido en
amantes furtivos, en habitantes de hoteles del extrarradio o de hoteles de
aeropuerto, en una pareja que solo podían besarse en los ascensores vacíos o en
los parkings con poca luz.
Nadie podía vernos juntos, aun menos demostraciones publicas
de afecto. ¿Por qué? Porque en nuestro mundo, uno mas uno daban como resultado
cuatro. Ella, yo, su marido y mi esposa. Aunque a veces, como el momento que
estábamos compartiendo en la habitación del hotel, en esos momentos,
conseguíamos durante unos breves instantes que las matemáticas fuesen exactas y
conseguíamos la hazaña de que uno mas uno siempre daba como resultado dos,
nosotros dos.
-¿Te apetecería que fuésemos un fin de semana a un hotel en
la costa? –pregunté.
-Pero querido, sabes muy bien que eso es prácticamente
imposible.
En ocasiones se dirigía a mí como "cariño" o "tontito". Pero
nunca lo había hecho utilizando el "querido". El vello de los brazos se me erizó
mientras intentaba mantener la calma. Eso significaba algo. Yo soy así, siempre
le estaba dando un significado a todo, incluso a lo que carecía por completo de
significado.
Si, sabía que era imposible, nuestras respectivas vidas
hacían imposible eso y mucho más, pero en aquellos momentos, después de hacer el
amor, me apetecía escuchar esas frases en voz alta saliendo de mi boca, como si
todo fuese normal. Como si uno mas uno sumasen dos. Me apetecía que me dijese
que íbamos a pasar el fin de semana juntos, aunque sus palabras apestasen a
mentira barata. No me importaba, serían sus mentiras y yo estaba dispuesto a
creérmelas.
Mi mano derecha se deslizó por la tersura de su muslo
deteniéndose en su sexo, entonces comencé a jugar con los rizos de su vello
púbico, estirándolos y enredándolos mientras ella me sonreía y me mordía la
oreja tan suavemente que podría haber significado cualquier cosa menos un
mordisco. Después deslicé mi dedo entre sus muslos y palpé la humedad de su
sexo, una humedad que aun estaba allí, o quizás que acababa de aparecer. Que mas
daba. Ella se deshizo de mis caricias y se volteó en la cama ofreciéndome la
vista de su esplendoroso trasero, dos magnificas nalgas dignas de ser expuestas
en el mejor de los museo para solaz de la humanidad. Entonces comenzó a retozar
en la cama, evitando mis caricias y desperezándose como si acabase de
levantarse. Mientras hacia eso me decía al oído cosas como "tontito mío" o
cursilerías propias de enamorados. A mi me encantaban esos momentos. Era el
clímax de la intimidad, dos personas comportándose como crías de cualquier
animal, olvidándose de todo. Cuando se cansó de retozar y susurrarme tonterías,
volvió a desperezarse cuan larga era en la cama, estirando sus piernas y brazos
hasta casi tocar las cuatro paredes de la habitación y luego me miró con ojos
tristes.
-¿Qué hemos hecho? –me preguntó de repente.
-El amor.
-¿Por qué lo hemos hecho?
-Porque nos apetecía.
-¿Sabes? A veces camino por la calle y creo que todas las
personas con las que me cruzo están tristes. ¿Sabes por que? Porque todos ellos
hacen cosas que les apetecen pero no deberían.
Yo pase mi brazo por encima de su estomago y la rodee
colocando mi cabeza en uno de sus pechos a forma de almohada.
-Quizás sea al revés –argumenté yo- quizás sea que estén
tristes porque dejan de hacer las cosas que les apetecen.
-Pero sea como sea. Están tristes. Sus caras… apenas levantan
la vista del asfalto, sumidos en sus propios pensamientos. Están trastornados,
todos.
-¿Y no es mejor estar contrariado por algo que has hecho que
por algo que has dejado de hacer? –pregunté yo.
Ella no dijo nada, simplemente comenzó a acariciarme el pelo.
Me encantaba cuando hacia eso. Levanté la cabeza y la miré, parecía triste.
Tenia que solucionar eso. Lo siento, soy hombre y los hombres siempre nos
creemos en la obligación de solucionarles la vida a las mujeres. La realidad es
bien distinta, prácticamente al revés. Pero a ella no le importaba. Se sentía
bien permitiendo que la ayudase.
Habíamos comido una ensalada acompañada de una cerveza a
medias y dos piezas de fruta, en el restaurante del hotel. Algo bastante ligero,
así que decidí que podía permitirme un segundo polvo. Bueno, volver a hacerle el
amor, a eso me refiero. Eso la distraería de lo que fuese que convertía su
mirada en la perfecta definición de la melancolía. Cuando como y bebo mucho
apenas puedo acabar el primero, es como si la motivación se esfumase con el
alcohol. No se si a todo el mundo le sucede lo mismo.
Me di la vuelta y me puse de rodillas, junto a ella,
observando la desnudez de aquella mujer que me volvía loco. Sus pies, grandes y
hermosos, sus piernas, poderosas pero estilizadas, con las rodillas grandes,
como a mi me gustaban, quizás demasiado blancas, lechosas a primera vista, era
lógico, estábamos a finales de Febrero. Después su sexo, el sexo propio de una
mujer que ha parido, esplendido, poderoso, amplio. Su estomago, mínimamente
prominente, ideal como almohada donde reposar tu cabeza lo que te queda de vida,
después cada una de sus costillas, una a una, me las conocía de memoria, a
continuación sus pechos, grandes, blancos y hermosos, con un pezón grande y
sonrosado que a mi me encantaba chupar horas y horas, retrotrayéndome a mi mas
tierna infancia. Su cuello poderoso y estilizado, sus hombros anchos, sus brazos
finos y sus manos grandes, mas grandes que las mías, aunque eso es fácil.
Finalmente su rostro, también poderoso, eso me volvia loco de ella, no era la
tipica mujer frágil, cuando la hacias el amor no pensabas que se te iba a romper
entre los brazos. Su mandíbula era ancha, la nariz grande, los labios finos, los
ojos demasiado apagados, quizás por las circunstancias, la piel de su cara
también blanquecina, su pelo leonino y enredado. Pasé mi mano por su pelo
intentando desenredarlo pero no consiguiendo mas que algunos de mis dedos
quedase atrapados.
Ella rió y yo casi estuve a punto de llorar de alegría. En
esos momentos era el hombre más feliz del mundo. Pero solo en esos momentos.
De rodillas, encima de la cama, junto a ella, comencé a
acariciarle suavemente todo el cuerpo, como sabia que a ella le gustaba y como a
mi me gustaba. Con la yema de los dedos deslizándose por todo su cuerpo, por
cada pelo, por cada uña, por cada cutícula, por cada milímetro cuadrado de su
piel. Haciéndola estremecer. Sin darle mas que eso. Apenas rozandola. Me hubiese
gustado tenerla atada para multiplicar su angustia y su excitación. Ella intentó
revolverse y capturar mi pene con su boca pero yo me escapé hábilmente. No
quería eso, aun no. Reconozco que siempre quiero eso, sobretodo de ella. Me
vuelve loco cuando juega con mi polla en su boca. Pero ese momento no era el
momento.
Comencé a besarla, besos mínimos, mis labios se posaban
apenas en su piel y después iban en busca de nuevos territorios. Finalmente
conseguí colocar mi cabeza entre sus piernas y entonces hundí mi nariz en su
sexo para aspirar el mejor perfume que nadie pudiese conseguir. Coloqué sus
piernas en mis hombros y comencé a comerla, lentamente, deslizando mi lengua por
todos lados, incluso por donde nunca debía. Comiendo, sorbiendo, lamiendo,
mordiendo, chupando, besando. Todo eso sin escapar de las fronteras de su sexo.
Ella se revolvía, intentando retrasar el orgasmo, siempre me decía que prefería
correrse cuando yo estuviese dentro de ella, mirándome a los ojos. A mi me
gustaba eso pero también me sentía frustrado, me hubiese gustado que algún día
ella se corriese en mi boca, como muchas veces yo me había corrido en la suya.
Pero ella no quería, luchando contra su propio placer. Ella preferia sentirme
dentro, algo que yo nunca podría experimentar, por eso, aunque no la comprendia,
lo entendia.
Finalmente salí de allí abajo y me coloqué sobre ella,
entonces encaminé la punta de mi pene hacia su vagina y la penetré suavemente
mientras, tumbado sobre ella, le susurraba al odio que la amaba, que la deseaba,
que quería pasar el resto de mi vida junto a ella. Todas las cosas que le he
repetido cientos de veces pero que por repetirlas no dejaban de ser menos
ciertas. Ella no decía nada, simplemente abrió un poco más las piernas y me
rodeó la cintura mientras sus manos seguían jugando con mi pelo. Mis manos
jugaban con sus pechos, con su boca, con sus hombros, con sus pechos otra vez.
Dios mío… me encantaba hacer el amor con L. era lo que mas deseaba y lo deseaba
como si me fuese la vida en ello, dos veces al mes, dos encuentros furtivos a la
luz de los chisporroteantes fluorescentes de hotel. Ese era todo el amor que
podíamos darnos. Uno mas uno, en nuestro particular reducto, seguirían siendo
dos aunque todos viesen que eramos cuatro.
Cinco calles mas abajo, en otro hotel, dos amantes emprendían
el mismo juego, el la penetraba a ella y ella se dejaba penetrar, con menos amor
quizás que nosotros dos, con mas pasión, quizás, con menos escrúpulos. Sexo
sucio, sexo excitante. El mejor sexo. Aunque solo sexo. La pareja que estaba
follando a cinco calles de nosotros lo hacia con la rabia del odio, de la
venganza, de la ira.
En el mismo momento en que yo eyaculé dentro de L. el marido
de L. eyaculaba en la boca de mi mujer. Pero yo eso no podía saberlo. Nunca lo
sabría. En mi mundo, uno mas uno sería dos. En el mundo de nuestras parejas, uno
mas uno seguirá siendo dos. A los ojos de los demás, uno mas uno, siempre
sumaria cuatro. Nosotros cuatro. Ellos sabian que nosotros estabamos liados y se
habian liado entre ellos, como una suerte de venganza que ademas les
proporcionaba un placer adicional. Follaban llevados por la ira mas insana.
Cogí la cabeza de L. entre mis manos y le di un largo beso,
después me abracé a ella y le repetí cien veces "te quiero", ni una menos,
tampoco ni una más. Así lo sentía. Ella me lo dijo solo una vez. No necesitaba
mas. Después nos duchamos juntos y salimos del hotel. Media hora mas tarde mi
mujer y su marido hacían lo mismo. Esta es la historia. Una historia donde dos
mas dos, a veces también suman dos.