Amor o sexo
¿Qué es el amor? ¿Qué es el sexo? Amor seria acercar mis
labios a tu oreja y decirte "te quiero". Sexo seria acercar mis labios a tu sexo
y no decir nada, limitarme a comerte haciendo que las manecillas del reloj se
detuviesen hasta que tu explotases en un orgasmo que despertase de la siesta al
vecino del piso de arriba.
-¿Se puede tener sexo sin amor? –me preguntó ella bebiendo un
ultimo trago de agua.
¿Por qué la gente me pregunta cosas haciéndome creer que mi
respuesta debe ser definitiva para cualquier decisión en sus vidas? En ocasiones
me siento como el líder de una secta sin nombre. Y que se yo… claro que se puede
tener sexo sin amor, menuda estupidez. Responder que no a esa pregunta sería
como afirmar que un vegetariano nunca ha soñado con una hamburguesa. De sexo,
como de amor, hay tantos tipos como personas en el planeta. Por eso, definirlo,
sería un error. A pesar de ello sigue habiendo gente que se empeñan en definir
lo indefinible. Como los académicos de la R.A.E., cuyo diccionario sostenía ella
frente a mí, abierto por las primeras paginas. La letra A.
amor.
(Del lat. amor, -ōris).
1. m. Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su
propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser.
2. m. Sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos
atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra
y da energía para convivir, comunicarnos y crear.
3. m. Sentimiento de afecto, inclinación y entrega a alguien
o algo.
4. m. Tendencia a la unión sexual.
5. m. Blandura, suavidad. Cuidar el jardín con amor
6. m. Persona amada. U. t. en pl. con el mismo significado
que en sing. Para llevarle un don a sus amores
7. m. Esmero con que se trabaja una obra deleitándose en
ella.
8. m. p. us. Apetito sexual de los animales.
9. m. ant. Voluntad, consentimiento.
10. m. ant. Convenio o ajuste.
11. m. pl. Relaciones amorosas.
12. m. pl. Objeto de cariño especial para alguien.
13. m. pl. Expresiones de amor, caricias, requiebros.
14. m. pl. cadillo (ǁ
planta umbelífera).
Si bien, eso es lo que decía el diccionario. ¿Pero que
decíamos nosotros? El amor es indefinible. Así se lo hice saber a ella apartando
el diccionario que me mostraba.
-El amor es indefinible –dije yo pidiendo la cuenta.
-¿Y el sexo? –pregunto ella volviendo a buscar entre las
hojas de aquel libro.
sexo.
(Del lat. sexus).
1. m. Condición orgánica, masculina o femenina, de los
animales y las plantas.
2. m. Conjunto de seres pertenecientes a un mismo sexo. Sexo
masculino, femenino.
3. m. Órganos sexuales.
4. m. Placer venéreo. Está obsesionado con el sexo.
Curioso ¿no? Los académicos dedican mucho mas espacio a
definir el amor que a definir el sexo. Algo lógico, por otra parte. Aunque la
definición que los académicos nos brindan no es bastante acertada,
reconozcámoslo Así pues, si combinamos sexo y amor podemos encontrarnos con esa
nueva acepción que es "hagamos el amor". Lo cual no deja de ser sexo, lo cual
tampoco deja de ser amor.
Volví a apartar el diccionario de mi vista. Estaba comenzando
a estar harto de aquel juego. No hacia falta que nadie me demostrase nada. Yo
quería hacer el amor con ella, no lo niego. Y ella quería hacer el amor conmigo,
eso era evidente, aunque pueda parecer una afirmación atrevida y escasamente
modesta por mi parte. ¿Por qué no lo hacíamos? Por muchos motivos y algunos
demasiado importantes.
Mientras yo repasaba mentalmente los motivos de nuestro
alejamiento ella comenzó a deslizar su pie descalzo por el interior de mi
pierna, en dirección a mi entrepierna. La miré e intenté no sonreír, tampoco
mostrarme contento ni excitado. No quería jugar a su juego. A ella le encantaba
jugar a cualquier juego.
Comencemos por los motivos escasamente importantes que nos
alejaban: ambos estábamos casados aunque por desgracia con personas diferentes.
Meternos en la cama significaba pasar de inmediato a engrosar las filas de los
infieles mal vistos, aquellos a los que les cuesta conciliar el sueño por la
noche y creen que han asesinado a alguien solo por follar con otra persona que
no es su pareja… o hacer el amor. Segundo motivo: éramos compañeros de trabajo.
Lo cual tampoco es demasiado extraño, ¿Cuántas personas son infieles con
compañeros de trabajo? La mayoría.
Reconozcámoslo, ambos problemas, desde nuestro punto de
vista, no eran tan importantes como el problema importante. Valga la
redundancia.
El pie de ella se deslizó por mi muslo y los dedos de sus
pies asieron mi pene erecto a través de los pantalones. Nadie podía vernos. La
mesa tenía una especie de mantelito que casi llegaba al suelo. Ella sonrió y yo
le lancé una mirada de reproche que no cambió nada. Estaba preciosa, con una
camiseta roja y unos pantalones tejanos, su pelo, que yo recordaba de otra
manera, seguía siendo igual de rebelde, como ella, en el fondo. Sus ojos, entre
apagados y despiertos. Su sonrisa, entre tímida y maliciosa. Su nariz, entre
masculina y exageradamente femenina. Sus pechos, entre pinto y Valdemoro. Esos
pechos que me habían vuelto loco tantas y tantas veces. También sus ojos y su
sonrisa, pero ahora que su pie me estaba masturbando lentamente bajo la mesa
solo podía pensar en sus pechos.
-¿Quieres dejar de mirarme las tetas? –protestó ella en voz
alta.
-Entonces deja de pajearme bajo la mesa –protesté yo en igual
tono.
Los ocupantes de varias mesas desviaron inmediatamente sus
miradas hacia la parte inferior de nuestra mesa. No podían ver nada. Pero lo
imaginaban, seguramente. Ella retiró rápidamente el pie, yo pagué la cuenta y
salimos corriendo de aquel lugar.
-¿Y ahora que? –pregunté yo en la puerta del restaurante.
Habíamos decidido ir a comer al salir del trabajo. Los
viernes acabábamos de trabajar a las 3 del mediodía. A veces lo hacíamos, pero
nunca habíamos ido mas allá de una simple comida. Comida de tenedor y cuchillo,
me refiero.
-Decide tu –dijo ella cogiendome del brazo.
Ya estábamos, como siempre. Ninguno de los dos quería ser
responsable de una equivocación. Podríamos habernos tirado así meses y meses,
años y años. Pero resultaba que mi pene seguía luchando por escapar de mi
pantalón.
Me deshice de su brazo y nos encaminamos calle abajo, en
dirección a mi casa, estábamos en mi barrio y no me apetecía que me viesen del
brazo de aquella mujer. ¿Por qué? Ya he dicho que estoy casado, y no con ella,
el resto de la explicación sobra. Ella se dio cuenta de que nos dirigíamos a mi
casa pero no dijo nada. Creo que a ambos nos asustaba lo mismo, el posible vacío
que quedase después de que nos acostásemos. ¿Qué sucedería? ¿No soportaríamos
saber que era solo sexo? ¿O no soportaríamos enamorarnos? Así pues, la autentica
pregunta era una sola: ¿amor o sexo?
No queríamos enamorarnos, pero necesitábamos acostarnos. No
podíamos acostarnos, pero ansiábamos enamorarnos de la persona correcta.
-¿Y si nos lo planteamos solo como un "alivio" temporal?
–preguntó ella- ya sabes. Nos metemos en la cama de vez en cuando pero sin
ningún tipo de compromiso.
-¿Qué tipo de compromiso quieres? Estamos casados.
-Me refiero a meternos en la cama sin enamorarnos.
-Tú me dijiste que necesitabas sentir algo para meterte en la
cama con alguien. ¿Lo sientes por mí?
-No lo se.
-¿Entonces que sabes?
-Solo se que estoy caliente y que necesito una buena follada,
como una perra, contra la pared.
-Eso no seria hacer el amor, seria solamente follar.
-¿No lo deseas tu?
-¿Qué si lo deseo? –dije sin poder reprimir una sonrisa- Cada
noche, cuando mi mujer duerme, yo me voy al lavabo y me masturbo pensando en
hacerte eso. A ti, a nadie más.
-A las siete tengo que estar en casa.
Miré mi reloj. Eran las cuatro y media. Sin darme cuenta
estábamos en la puerta de mi casa. Y mi mujer volvía del trabajo a las cinco.
-Hagámoslo –dije yo.
-¿Qué seria? –preguntó ella- ¿Follariamos o haríamos el amor?
-Haríamos el amor. Como si fuese la primera vez.
-Será la primera vez.
-Entonces en nuestra primera vez no follaremos.
-¿Después, otro día, me follaras como una perra?
-Por supuesto.
-¿En tu casa?
-No –dije cogiendo su mano y marchándonos de allí.
En la esquina había un hotel, alquilamos una habitación y
subimos. En el ascensor la cogí de la cintura y la besé tiernamente en la boca.
Sin apenas rozarla con mis manos, sin apenas mostrarle mi lengua. El beso duró
los cuatro pisos de altura. Un beso de enamorados, aunque no estuviésemos
enamorados, aun. Después la cogí en brazos y la llevé hasta la puerta de la
habitación aun a riesgo de empeorar mis problemas de espalda. La ocasión bien
merecía la pena. Como dos recién casados. Una vez dentro la lancé sobre la cama
y luego la desnudé lentamente. Besando cada centímetro de su maravilloso cuerpo.
Su cuello, sus hombros, su pecho, su sexo, sus piernas, su estomago, sus brazos,
sus pies. La cubrí de breves y diminutos besos. Como los lametones de un gato de
apenas unos meses. Después me desnudé y me tumbé junto a ella. Entonces nos
abrazamos y permitimos que nuestros corazones se acompasasen.
-Quiero comerte –le dije.
-No, otro día –dijo ella- hoy simplemente hagamos el amor,
lentamente, mirándonos a los ojos, corriéndonos y viendo como el otro se corre.
Sintámoslo, solo eso. Disfrutemos. Amémonos como nunca podremos amarnos. El
próximo día ya follaremos, sin amor.
Yo asentí y me puse sobre ella. Coloqué sus tobillos en mis
hombros, alzándola un poco, sintiendo la tibieza de su piel junto a mis
mejillas. Entonces ensalivé mi pene y lo coloqué en la entrada de su vagina.
-Ni se te ocurra decirme que me quieres –advirtió ella- no lo
estropees.
No dije nada. Me limité a empujar suavemente sintiendo como
mi pene rozaba las paredes de su vagina entrando silenciosamente y quedando
atrapado allí dentro. Después me dejé caer un poco sobre ella y la besé en los
labios evitando decir cualquier cosa que habría estropeado aquel momento. Mis
manos se posaron en sus pechos acariciándolos suavemente. Y en esta posición,
allí mismo, en aquel momento, comencé a hacerle el amor tan tiernamente como fui
capaz. Besándola en la comisura de los labios. Rozando sus pezones con la punta
de mis dedos. Despertando miles de escalofríos alejados del sexo mas sucio.
Éramos dos amantes que nunca se habían amado y que no sabían si querían amarse.
Y en vez de follar, como habrían hecho todos en nuestra posición, nosotros
hacíamos el amor.
Al cabo de media hora nos corrimos, casi al unísono, un
orgasmo realmente memorable. Creo que solo dos o tres veces en mi vida me he
corrido como aquella tarde. La amaba, la deseaba, pero no podía confesarle
ninguna de las dos cosas.
Nos quedamos abrazados, oliendo nuestros sudores, mezclados
con el olor de nuestros sexos, mientras mi pene empequeñecía dentro de su
vagina. Pero no abandonamos esa posición hasta pasados casi cinco minutos.
Entonces nos vestimos, nos abrazamos, nos besamos y salimos
de allí por separado sin decir nada mas. No había mucho que decir. La situación
era la que era. A partir de ese momento, éramos libres para decidir que
queríamos hacer, sin la necesidad de lo prohibido, sin el ansia de la calentura,
sin la irracionalidad del apasionamiento transitorio. A partir de aquel momento
podríamos follar y decidir que querríamos hacer con nuestras vidas.