Al despertarme aquella mañana me estiré en la cama y
desentumecí los músculos de mi cuerpo. La habitación olía a sudor y las sábanas
a sexo. Y, como no, toda mi piel liberaba un aroma extrañamente masculino. Me
toqué el pelo revuelto y encrespado y coloqué la erección dentro del
calzoncillo. Me dolía bastante el culo, y es que aquellos hoolligans ingleses me
habían hecho disfrutar de lo lindo. Aunque, para ser sincero, esperaba mucho más
de ellos.
Tenía la boca pastosa, así que me levanté, abrí la puerta de
mi habitación y me dirigí a la cocina. Al entrar, descubrí a José, uno de mis
compañeros, desayunando.
—Buenos días —me sonrió.
—Buenos días —respondí, mientras abría un armario, sacaba una
taza y la llenaba de agua con la intención de ponerme un té.
—Anoche hubo fiesta, eh —comentó bromista.
—Sí, algo de eso he oído —me hice el tonto.
—Eres un cabrón —me señaló con el dedo—. Mira que follarte a
dos ingleses. No pensé que fueras de esos, putito. Te creía mucho más tímido
—soltó una carcajada.
—Y lo soy —me encogí de hombros—. Pero eso no quita que me
guste pasármelo bien.
—¿Y te dieron por detrás? —preguntó José algo ingenuo.
—Sí —asentí.
—¿Y te duele? —señaló mi culo.
—Bueno —valoré la sensación que tenía en mi agujero tras la
sesión de sexo nocturno—. No te creas que duele tanto. Es acostumbrarse.
—¡Ay, cabrón! Yo nunca agarré a una muchacha por ahí detrás.
En México las niñas no se dejan hacer esas cosas.
—¿Y los muchachos? —bromeé.
—Pues los que son putos como tú supongo que se dejarán —rió—.
Pero esos no me interesan. Lo suyo es puro vicio.
—Puede ser —me encogí de hombros y me levanté de la silla en
la que me había sentado.
El microondas pitó y saqué la taza de agua hirviendo. Después
le eché una bolsita de té y un par de cucharadas de azúcar.
—¿Desde cuándo te lo haces con hombres? —preguntó José.
—No lo sé. Desde que tengo 15 años, más o menos.
—¿Pero has estado con mujeres?
—Alguna vez —respondí franco. Volví a sentarme frente a él—.
Pero tampoco me gustó tanto. Prefiero los hombres.
José llevaba puesto sólo el pantalón del pijama y podía
admirar su ancho pecho, cubierto por una suave capa de vello negro, entre la que
aparecían dos redondos y medianos pezones. Se le veía un buen macho.
—Ojalá y pudiera hacer yo lo que tú hiciste anoche. Traerme a
dos señoritas a casa y darles una buena.
—Puedes hacerlo si quieres —declaré.
—¡Ah, no! Pero como que no es tan fácil —hizo muecas con las
manos.
—Es fácil. Es tan fácil como tú quieras hacerlo —afirmé—.
Sólo tienes que saber buscar y elegir a las chicas adecuadas. Sí, sé que con
hombres puede resultar más fácil, pero tampoco es tan diferente. Hay muchas
mujeres que buscan sexo y ya.
—Bien. Pues dinos entonces dónde buscar —me pidió.
—No lo se —respondí—. Simplemente llega un momento en el que
encuentras a alguien y sabes que puede ser con esa persona.
José me miraba escéptico y daba vueltas a su café como un
autómata.
—He invitado a comer a Mathieu —dijo cambiando de tema.
—Bien —respondí.
Mathieu era un francés de Burdeos bastante simpático con el
que mis dos compañeros mejicanos se llevaban especialmente bien. El tipo era un
tío enorme, jugador de rugby, blanquito de piel y con pinta de ser una buenísima
persona. Tenía el pelo castaños y rizado, un poco largo, y cuando le daba el sol
aparecían brillos pelirrojos en él, del peculiar color de su barba de varios
días.
José se levantó de la silla, dejó su taza vacía en el
fregadero y, al salir de la cocina, me tomó por los hombros.
—¡Ay, putito! Si mi familia se entera de que vivo con un
golfo que se folla a los hombres de dos en dos… —Y tras decir esto soltó una
carcajada.
—Lo siento —contesté.
—No, no. No lo sientas —añadió—. Por mí como si te los tiras
de tres en tres.
—Te tomo la palabra, eh —dije jocoso.
Pasé el resto de la mañana haciendo cosas en mi habitación
hasta que José llamó a la puerta y me dijo que había preparado la comida y que
faltaba poner la mesa. Cogí las cosas de la cocina y fui al salón, en donde me
encontré a Mathieu y a mi otro compañero, Carlos, viendo la tele y tomándose
unas cervezas.
—Hola —saludé.
—¿Qué hubo? —me preguntó Carlos pícaramente.
—Nada, nada —sonreí—. Todo bien —y cambiamos al francés para
que Mathieu pudiera participar también de la conversación.
—¿Qué tal todo, Mathieu? ¿Cómo acabaste ayer la fiesta? —le
pregunté, pues había estado en la misma fiesta que yo.
—Muy bien. Aunque bebí demasiado —rió.
—Ya te vi.
—¿Y tú? —dijo señalándome. En ese momento miré a Carlos y
este me devolvió una sonrisa traviesa.
—Él bien. Aunque llegó pronto a casa —respondió mi amigo—…
Acompañado.
—¿Sí? —preguntó Mathieu ingenuo—. ¿Una chica guapa?
—Pues… —dejé salir el aire entre mis dientes.
—No, no. Nada de chicas guapas. Dos tipos ingleses bien
grandes —soltó a bocajarro Carlos.
La mueca de asombro del francés fue mayúscula.
—¿Eres gay? —preguntó sorprendido.
—Sí —respondí sin reparos.
—¡Ah! Nunca lo hubiera imaginado. No lo pareces.
—¿A qué no? —dijo Carlos a Mathieu.
—¿Qué pasa? —apareció José en el salón.
—Nada. Le contábamos a Mathieu lo bien que se lo pasó Alfonso
anoche con sus amigos ingleses.
El caso es que seguimos comentándolo durante la comida, cosa
que a mí no me importó. Mis amigos parecían tener muchas preguntas que hacerme y
me pidieron pelos y señales de lo que había hecho con los ingleses. La verdad es
que me dio bastante morbo contar aquel tipo de vicisitudes, sobre todo porque la
actitud de los tres comensales era de lo más interesante cuando les dije que
había echado el semen en un vaso y me lo había tragado. Llegado ese momento,
observé movimientos discretos en los que los chicos se colocaban las pollas
dentro de sus pantalones. Mi polla estaba dura desde hacía bastante rato.
—¿Queréis café? —preguntó José, devolviéndonos por un momento
a la realidad.
—Sí, por favor —le pedimos los otros tres.
José se fue en dirección a la cocina para preparar café.
—Se me ha puesto dura con tus historias —declaró sin ningún
pudor Mathieu, y se acomodó su paquete ya sin discreción alguna.
Se hizo un breve silencio en la estancia y, en seguida llegó
José con los cafés, servidos en una bandeja. Nos echamos el azúcar y los
removimos todavía en silencio, mirando de vez en cuando las imágenes de
motociclismo que echaban por la tele. Entonces Mathieu habló.
—Yo una vez también me lo hice con un chico —soltó esbozando
una pequeña sonrisa, sin despegar sus ojos de la superficie del líquido que
contenía su taza—. Un compañero del equipo de rugby. Le follé en las duchas. Él
me lo pidió —dijo ahora mirándonos a la cara. Mis compañeros mejicanos no cabían
en sí de asombro, mientras que yo intentaba disimular la agitación que aquellas
confesiones me producían en el estómago.
—¿Tú también, Mathieu? —preguntó Carlos retórico—. Mi mamá
decía que los franceses erais todos muy raro, pero creo que es cuestión general
en este continente —bromeó.
Todos nos reímos quitándole peso a la declaración de Mathieu.
—¿Y te gustó? —le pregunté a bocajarro—. ¿Repetirías? —le
interrogué todo chulo, cruzándome de brazos y mirándole algo desafiante. Él
enrojeció en seguida y volvió a bajar la mirada, avergonzado.
—No sé. No creo —tartamudeó un poco—. No me gustan los
hombres —me miró a los ojos en un acto de valentía, de demostrar su hombría a
los dos machos mejicanos también sentados a la mesa.
—¡Ay, putito! ¿No querrás hacerte al francés? —me preguntó
José algo alucinado, viendo hacia donde se dirigían mis provocadoras palabras.
—Para nada es esa mi intención —me disculpé hipócritamente,
quizás más seguro de lo que yo creía de que con Mathieu podía pasar allí mismo
si yo lo buscaba—.Siento si te he incomodado, Mathieu —le guiñé un ojo.
—Lo que tenemos es que buscarnos unas muchachas. A mi me pica
ya la entrepierna —expresó Carlos, poniendo una mano en el hombro del francés.
—Sí, bueno. Y si la cosa se pone fea ya sabemos a quién
acudir —se carcajeó José refiriéndose a mí.
—¿Por qué creéis que yo os liberaría de vuestra sequía
sexual? Soy vuestro compañero de piso, no vuestra puta particular —solté
irónico. Los tres rieron.
—Eres nuestro putito —me hizo cosquillas José.
—En ese caso… —dejé escapar—. Supongo que os podría hacer
alguna que otra mamada.
—¿Ahora? —preguntó Mathieu nervioso.
Mis compañeros y yo estallamos en carcajadas. El pobre chico
se había tomado el ofrecimiento al pie de la letra.
—Si quieres ahora… —le guiñé un ojo.
—No, no. De eso nada —negó con la cabeza Carlos—. Aún no han
reposado la comida. Se os va a cortar la digestión —bromeó.
—Pues yo creo que si no le hace la mamada ahora es cuando se
le va a cortar al francés —le contradijo José.
Mathieu rió y dio un sorbo a su café. La verdad es que la
tensión sexual estaba en el aire, sólo que con las bromas y risas se disimulaba.
—Bueno, ¿qué? —me dio un codazo José—. Piensan quedarse así
toda la tarde. Si le vas a hacer una mamada, yo quiero verlo… Quizás necesite de
tus servicios de aquí a un tiempo.
—¿Aquí? —pregunté señalando alrededor—. ¿En el salón? ¿Con
vosotros delante?
—¿Te da vergüenza? —habló Carlos.
—Jajajajaja —me reí—. Al contrario, me da morbo. ¿Aquí,
Mathieu? —pregunté al francés.
—Está bien —aceptó.
—Pues comiencen —dio la orden José, contento de la decisión.
Retiró rápidamente lo que había encima de la mesa redonda que ocupaba el centro
del salón.
Me levanté y caminé hacia donde estaba Mathieu, que se
levantó de su silla. El chico estaba nervioso y azorado. Le sonreí y le dije que
se tranquilizara, que sólo lo íbamos a pasar bien. José y Carlos se sentaron a
ambos lados de la mesa, en sendas sillas, atentos a lo que iba a ocurrir.
Desabroché las cintas del pantalón deportivo de Mathieu y lo
dejé caer hasta sus tobillos. Una erección se marcó dentro de sus gallumbos azul
claro. El cabrón estaba cachondo. Tiré también de estos y su polla saltó como un
resorte, mostrándome un grueso rabo cubierto por su prepucio. Mediría alrededor
de 16 cm pero tenía un buen diámetro. Una polla normalita con una base en la que
nacía una alborotada melena tan rizada y del mismo color que la de su cabeza.
—Arriba —le indiqué la mesa, en dónde aposentó su culo,
grande y en proporción al tamaño de su cuerpo.
Gracias a Dios la mesa era amplia y yo podía tumbarme boca
abajo para poder chupar su polla sin problemas. La tomé en una de mis manos y la
pajeé, retirando con cuidado el prepucio y descubriendo un exquisito y gordo
capullazo. Su olor a cipote me enajenaba. Posé mi lengua suavemente sobre su
miembro y sin más lo introduje en mi húmeda boca, saboreando a Mathieu como un
demente. No hacía ni 24 horas que me había comido dos pollas y ya tenía otra
entre mis labios. La experiencia de irme a vivir lejos de casa me estaba
gustando.
El francés lanzó un suspiro al aire y yo recorrí con mis
manos sus peludos y blancos muslos, hasta encontrar las dos grandes y peludas
bolas que reposaban sobre la mesa. Aquel tipo tenía los cojones de un auténtico
semental, que bufaba y gemía cada vez que metía y sacaba su cipotón de mi
carnosa boca.
Giré mi cuello para ver que hacían Carlos y José, y estos dos
cabrones se tocaban unos buenos bultos por encima del pantalón, muy atentos a
como se la chupaba al gabacho.
—¿Qué? —les llamé—. ¿Os gusta lo que veis?
—Calla, putito —se levantó José—. Calla y cómete esa vergota,
que lo estás haciendo muy bien —me dijo. Y tomándome de la nuca me obligó a
volver a tragarme aquella deliciosa salchicha francesa.
Yo obedecí como un buen chico, lamiendo, chupando, tragando y
ensalivando el manubrio de Mathieu, que llevado por la excitación me había
cogido del pelo y me marcaba el ritmo de sus embestidas en mi garganta. No pude
evitar subir mis manos a través de su vientre y su pecho. Tenía algo de vello en
unos voluptuosos pectorales y en un henchido vientre que engañaba, pues parecía
que le sobraban unos kilos y en realidad Mathieu estaba duro como la piedra. Le
desabotoné la camisa y allí apareció un espectacular pecho. Me quedé muerto al
descubrir lo bueno que estaba aquel cabrón gabacho.
Excitado, escalé por él y me encaramé a sus labios. Mathieu
me correspondió al beso apasionadamente, plantándome sus grandes manos en mi
culo y tirando hacia debajo de mi pantalón. Mi buen culo quedó al descubierto, a
la vista de mis compañeros mejicanos.
Al dejar de besarnos, Mathieu y yo les miramos. Los cabrones
no se masturbaban ni nada, sólo se frotaban un poco sus erecciones por encima de
la tela del pantalón. Entonces, Carlos se levantó, cogió mis pantalones y me los
terminó de quitar.
—A lo mejor estáis más cómodos en el sofá —nos animó a
cambiar de lugar.
Sin decir nada, Mathieu y yo nos levantamos y nos dirigimos
al sofá. Yo terminé de desnudarme y me tumbé sobre el francés, que entonces sí
que me pareció un gigante hercúleo en comparación a mí. José y Carlos
simplemente acercaron sus sillas y a partir de entonces yo les vigilé por el
rabillo del ojo para ver si se sacaban sus pollas y se masturbaban, pero por el
momento no había suerte. Estaba deseoso de ver que instrumentos escondían allí.
Estaban cachondos pero todavía tenían reparos y prejuicios. Debían cuidar su
masculina heterosexualidad. Nada más lejos. Aquellos dos tarde o temprano
también caerían.
Mathieu y yo continuamos enrollándonos un rato más, elevando
nuestro grado de excitación intercambiando saliva en forma de escupitajos o
trasvases de espumosa baba. Al cabrón le iba la marcha, porque en cuanto podía
me arreaba una palmadita en el culo que me hacía apartarme y suspirar. Eso
parecía gustarle y había comenzado a hacerlo más de continuo y con más fuerza.
—¿Qué pasa? —le dije ya una de las veces, con los cachetes
del culo al rojo vivo—. ¿Te gusta darme ostias? —le pregunté.
—¿Y a ti te gusta que te pegue? —me pasó la bola, como un
auténtico hijo de puta.
—¿Quieres pegarme? ¿Te pone eso? —pregunté algo cabreado y
excitado a la vez.— Pues entonces dame una buena ostia y así te quedas a gusto.
Ese francés tímido se estaba soltando y parecía más
desinhibido que nunca. A ver si tenía cojones de darme una ostia. Dicho y hecho.
El muy cabrón me sostuvo por la cintura, pegado a él, y me descargó un ostión
que me dejo noqueado unos segundo.
—¡Cabrón! —le grité, y miré a Carlos y a José que permanecían
atónitos. Entonces le cogí la polla a Mathieu y la apreté con fuerza, notando
como se ponía más dura si cabía—. Vamos, dame otra vez —le ordené. El francés
sonrió contento y me descargó otra ostia que hizo que se me saltaran las
lágrimas, pero le miré sonriente. Me sobé mi rabo un momento y lo noté
tremendamente duro. Me ponía que aquel cabrón salvaje me diera de ostias ante la
absorta mirada de mis compañeros de piso.
No me digáis cómo, pero nos enzarzamos en un polvo mortal en
el que el francés no dejó de darme golpes a diestro y siniestro. Mi culo me
dolía todavía de la noche anterior cuando éste me metió su gorda polla por el
ojete. Me ardió durante un buen rato, hasta que a base de golpes se me olvidó.
Me embestía como un búfalo, con una fuerza descomunal que me
arrancaba gritos, gemidos y jadeos y me obligaba a doblarme, hundiendo mi rostro
en los cojines que reposaban en el sofá. Mathieu no tenía ningún problema de
follarme a pelo, como el mismo me había dicho. Y ahora, ya no tenía escapatoria.
Me quité de debajo de él y miré a Carlos y a José.
—Levantaos —les dije y ambos se pusieron en pie de un
respingo—. ¿Os gusta cómo me folla y me corre a ostias este cabrón?
—¡Ay, putito! Jamás pensé que vería algo así —dijo José
sonriente—. Eres un cabrón.
—¿Sí? —dije orgulloso—. Pues ahora sujetadme bien fuerte de
las manos —les pedí. Me estiré boca arriba en el sofá y miré a Mathieu, que
parecía confuso ante mis intenciones. Cuando los mejicanos me tenían sujeto por
las muñecas, le miré.— Ahora quiero que me pegues unas buenas ostias. Déjame sin
sentido y luego fóllame.
—¿Estás seguro? —dijo Mathieu preocupado.
—¿Ahora no te irás a echar atrás?
—Joder, putito. ¿Tú sabes lo que dices? —me preguntó Carlos.
—Sí, joder. No es la primera vez que lo hago.
—Madre mía —soltó José—. Estoy a mil —cosa que comprobé al
mirar la enorme protuberancia que se marcaba en su entrepierna. Estiré el cuello
y, llevado por al excitación, atrapé aquel bulto con mis labios. José echó la
cabeza hacia atrás y soltó un suspiro. Después se apartó y me dejó sin aquel
cálido regazo.
—Venga, Mathieu —le animó para apartar el pecado de su lado.
Ni qué decir tiene que al segundo puñetazo en el estómago que
me dio Mathieu con todas sus fuerzas yo quería morirme, pero por extraño que
parezca mi polla estaba más dura que nunca. Me cayeron ostias por todos lados y
aunque ellos me decían que ya era suficiente yo les pedía más. Hubo un momento
en el que no era dueño de mí mismo. Y entonces pedí al francés que volviera a
follarme con toda la bestialidad que le fuera posible. Lo primero que hizo fue
metérmela en mi dilatado agujero de un solo golpe y luego bombeó como un loco,
violándome el culo con encarnizadas ansias, tanto que en un movimiento brusco su
polla saltó fuera y creí que me había desgarrado. La sacaba entera fuera y la
volvía a hundir de un golpe, haciéndome chillar de dolor.
Creo que el cabrón de Mathieu siguió follándome así durante
otros veinte minutos, tras los que yo, jodidamente exhausto, le pedí que pusiera
su cipote en mi boca y que me lo echara todo allí. Con un grito desgarrador
vertió el líquido de sus cojones en mi garganta, que tragué gustoso de devorar
tanta proteína. Al acabar me dolía todo el cuerpo. Estaba reventado, pero
extrañamente feliz.
Miré a mis compañeros de piso y les sonreí.
—¿Estás bien? —me preguntaron.
—Necesito una ducha fría. Sólo eso —susurré.
—¿Te apetece correrte? —me preguntó Mathieu.
—No, no. Está bien. —Me acerqué y le besé. Su morreo fue
apasionado y juguetón, cosa que me reconfortó—. Y no os extranéis por esto —les
expliqué—. Hago cosas mucho peores. Simplemente, esto me relaja las pulsiones
sexuales. Pero habrá más… Si queréis participar de ellos activa o pasivamente,
claro. No me importa tener espectadores.
—Sí, putito. Eres un puto dios del sexo entre machos —exclamó
Carlos.
—Bien —sonreí—. Me alegra que os parezca bien. Ahora me voy a
la ducha. ¿Alguien me acompaña?
Se miraron interrogantes los unos a los otros, pero no esperé
a que me dieran respuesta. Si alguno quería venir, ya sabían dónde les esperaba.