-Por aquí, por favor
La sinuosa figura de una señorita de largos cabellos y
sonriente expresión, aunque algo artificial, nos precede a mi esposa y a mí y
nos introduce en el interior del restaurante. Es un lugar tranquilo, refinado,
de luces tenues y con clase.
-¿Le agrada esta mesa, señor?
-¿No tendría otra un poco más iluminada?
-Sí, por supuesto, aquella, pero está cerca de la cocina.
-No hay problema.
Me dirijo a mi esposa con un "¿te parece bien esa, amor?".
Ella asiente y nos sentamos finalmente en la mesa elegida.
-Enseguida serán atendidos – dice la mujer, sin dejar de
sonreír lejanamente.
Mi mujer está espléndida, vestido nuevo y un par de sencillos
y elegantes pendientes. Yo luzco sobrio, con mi camisa de seda algo abierta y
envuelto en un sutil perfume de Dior. Al sentarnos nos miramos y nos sonreímos.
Aún sin pronunciar palabra, pero dando comienzo a la celebración: una cena
romántica en honor a nuestros 19 años de casados. Las velas dan un valor
especial al momento, y todo reluce agradablemente.
-Mi cliente tenía razón. El lugar es muy distinguido. ¿Te
gusta, mi amor?
-Sí, mucho. ¿Él viene habitualmente?
-Creo que sí. Y me dijo que se come muy bien – contesto
tomándola de la mano, a tiempo que el camarero se nos acerca con las cartas en
la mano. Nos presenta las sugerencias del chef deseándonos que disfrutemos de la
cena con estudiada amabilidad.
Mi mujer me devuelve la caricia en la mano mientras lee la
carta, comentando uno u otro platillo. Yo sigo observando la sencilla pero
elegante decoración del lugar. Justo detrás de mi esposa, hay una barra sobre un
mostrador de caoba, y una pared tapizada de vinos precediendo a un gran cristal
a través del cual se puede ver la cocina, todo cuidadosamente a la vista de los
clientes.
Detrás del mostrador: un hombre. Enseguida toda su persona me
llama la atención. Es de mediana estatura, cabellos castaños, tupida y muy
cuidada barba, bigote completando el conjunto, y algo corpulento. Es el
encargado de controlar las cuentas de cada mesa. Está detrás de un ordenador y
además escribe sobre un anotador.
Mientras repaso la carta de vinos, levanto nuevamente mi
mirada hacia él. Constantemente echa unas ojeadas sobre todo el movimiento de la
cocina, controlando cada pedido. Viste una camisa en un tono claro y corbata
color ocre.
-Querido, que sea el malbec de siempre.
-Claro, amor – respondo, disimulando mi leve sobresalto e
indicando el pedido al camarero.
De reojo, vuelvo a mirar hacia el mostrador, siendo
consciente ahora de la atracción que ese hombre ejerce sobre mí. El hombre es un
perfecto oso, con rasgos increíblemente bellos. Dos ligeras entradas en su
amplia frente, nariz recta, ojos cafés de grandes pestañas, labios rosados y una
sonrisa de dientes blanquísimos.
-¿Los señores desean ordenar la entrada? – espeta el camarero
de perenne sonrisa.
Mi mujer consulta acerca de la ensalada paysanne,
mientras yo calculo a grandes rasgos la edad del oso.
-¿Y qué desea ordenar como plato principal, señora?.
¿35 años?. Tal vez 38. No más.
-Amor...
Dos buenos pectorales se evidencian bajo la fina tela de la
camisa. Y coronándolos, los deliciosos bultitos de los pezones. Como dos
pequeñas estacas. Casi taladran la prenda. ¡Ah, qué maravilla!
-¡Amor...!
-Sí, .... perdón, querida.
-¿Qué vas a ordenar?
-El carpaccio y... luego... la lasagna, por favor.
-Muy bien, señor. Enseguida estoy con ustedes – contesta el
camarero.
A partir de ese momento, la cena es para mí un constante ir y
venir entre la atención que presto a la charla de mi mujer, y al oso del
mostrador. Mi cliente no había mencionado al oso. (Obviamente). Converso con mi
mujer, sonrío, me muestro adorable, seductor, pero a la vez intento repartir mi
mirada en varias direcciones, a fin de que ella no pueda darse jamás por
enterada de que mi verdadero interés está puesto en un solo punto y que la única
mirada que me interesa es la que dirijo hacia ese macho impresionante.
El oso es muy atractivo. Pienso eso mientras lo miro una y
otra vez. ¿Qué me pasa? ¡Concentración! ¡Es mi aniversario de bodas!. Caramba.
He cumplido 19 años de matrimonio con la mujer de mi vida. No puedo – me repito
– dejarme llevar por esa imagen irresistible.
Pero ¡ay!, lo que no puedo hacer es dejar de mirar a ese
macho.
Mi mujer no se ha dado cuenta. ¿Por cuánto tiempo? – me
pregunto –. Siempre fue muy intuitiva, inteligente, sensible, y si no disimulo
lo suficiente, corro el riesgo de ser descubierto. Bueno, en 19 años se pueden
ocultar cosas inimaginables dentro de un matrimonio. Y bien lo sé yo.
Vuelvo a mirar, aprovechando que mi esposa retoca su
maquillaje tras un pequeño espejo. Me siento totalmente atraído por el oso. La
manera en que se mueve, discretamente, pero a la vez sin mucho cuidado. Habla en
voz baja con uno u otro camarero, da indicaciones, escribe, tipea en el teclado.
Está muy concentrado en su continua ocupación. Me encanta mirarlo, estudiarlo.
Sí, estudiarlo, aunque sea en interrumpidas y rápidas miradas. Son tan rápidas
que aprendo incluso a sacar de esas ojeadas el mayor provecho y la más intensa
atención para archivar en mi mente sus gestos y su apariencia.
-El otro día llamó Martha... – continúa mi mujer, derivando
la conversación hacia otros lados.
-Ajá... – contesto yo, aparentando estar muy interesado en la
charla que venía.
-Sí, y ella me comentó que... – la voz sigue llegando a un
cierto registro de mis oídos, mientras que mi mente se aleja de sus frases, a
punto tal que solo distingo su bella boca moverse pero casi sin escuchar
demasiado, por lo menos, no el significado. Mis ojos siguen posándose
intermitentemente sobre el ya irresistible oso. ¡Qué bello es!. Sus pechos
redondos me ganan. Imagino una y otra vez los duros pezones. Solo tengo la pista
de sus marcas enhiestas.
Entonces, así, en medio de la historia de Martha, en medio de
los tragos acompasados del malbec que enjuga mi garganta, por primera vez mis
ojos chocan con los del oso.
¡Me está mirando!
Él me mira, seriamente, sin perturbación alguna, deteniéndose
un instante en mis ojos. ¿Un instante? ¡No, es como un breve siglo!. Mi copa
tiembla y vuelvo, nervioso, la mirada a mi mujer que sigue hablando totalmente
ajena a la situación. Le sonrío. Hago un comentario amable. Vuelvo a mirar al
oso. ¡Su mirada sigue clavada en mí!. Disimulo. Me inquieto un poco. Sabiendo
que el oso percibe mi inquietud. Miro hacia otras mesas. Alguien que pasa. Otra
sonrisa a mi esposa... Y regreso siempre al oso. Ahí están sus ojos, su barba,
sus pectorales abultados... su...
-Su ensalada, señora. Su carpaccio de salmón, señor. Buen
apetito. – interrumpe el camarero. Le sonrío tenuemente, pero en realidad lo
quiero matar por haberse interpuesto entre el oso y yo.
-Como te decía, querido... Martha no soportaría viajar
sola... es por eso que... – continúa mi mujer mientras yo corto mi salmón con el
dorso del cuchillo, dividiendo mi mente en dos partes: 30% para Martha y sus
viajes, y 70% para el oso. Obviamente, es mucho más interesante el porcentaje
correspondiente al oso. En mis pensamientos intento imaginarlo en otras
situaciones. Las marcas de sus duros pezones a través de su camisa siguen
guiando mi intuición que crea en mi mente un pecho sin igual. Sus velludas manos
me anuncian que su torso es muy peludo. Eso es obvio. Es el oso perfecto. Hasta
creo ver algunos pellillos asomar por su camisa cerrada, ahí, justo por encima
del nudo de su corbata ocre. Ahora me intriga saber en qué cantidad se esparce
ese vello por semejante tórax. ¿Hasta dónde llegaría mi imaginación?
-... Francia en primer término, aunque también ella quiere
conocer Grecia... claro, le dije, estando tan cerca... ¿cómo no vas a ir a
Atenas? Entonces...
Entonces, la mujer que nos había conducido a la mesa, se
acerca hasta el mostrador del oso y le sonríe de otra manera. Su sonrisa
automática ahora se convertía en auténtica al dirigirse al oso. Agudizo al
extremo mi oído – no es fácil hacerlo por encima de los proyectos de viaje de
Martha – y logro percibir algunas palabras entre ellos. El oso le devuelve la
sonrisa y la come con los ojos. Logro descifrar un "Querido, quedan sólo dos
mesas libres. ¿Te ayudo en algo?". Ella se acerca a él y le arregla amorosamente
el nudo de la corbata. "No, amor", responde el oso. Entonces la mujer abandona
un poco más sus manos alrededor de su cuello y le dice algo que no puedo
entender. El oso la toma por la cintura y la acerca hacia sí. Por un momento me
dejo llevar por esa imagen, saboreando la manera con que la toca. Imagino – y
casi siento – esas velludas y grandes manos sobre mí, con los mismos
movimientos, con la misma presión, con la misma infinita ternura que no dejo de
observar; sintiendo como algo empieza a vibrar en mi interior. También imagino
al oso teniendo sexo con esa mujer, penetrándola, haciéndola gozar. Pero vuelvo
a la realidad. Sus bocas se acercan, y a punto de besarse, la mujer le dice algo
entre risas. Ella está casi de espaldas a mí. Se besan en la boca. No es un beso
largo, pero lo que me deja atónito es que en medio del beso, el oso gira un poco
a su mujer como buscando una determinada posición. Y viene el momento. Único.
Irrepetible. El oso abre sus ojos y ¡fija su mirada en mí mientras está besando
a su mujer!.
Si su vista hubiera sido un rayo, me habría partido en dos.
Ese rayo tan contundente penetra a través de mis ojos y siento como desciende
hasta mi pubis, haciéndolo temblar como si fuera a experimentar un orgasmo. La
involuntaria contracción de mi miembro, termina por ensimismarme aún más.
-...Entonces, ¿qué te parece, amor?
-¿Qué me parece... qué?
-Que yo viaje con Martha....
-¡Ah... eh.... yo....!
No me explico cómo habíamos llegado a ese punto de la
conversación, pero asiento con mi cabeza, como examinando el proyecto.
-No tendría que acompañarla en todo el trayecto, pienso yo.
¡Semejante viaje!. Al fin y al cabo, yo quiero estar en Buenos Aires en junio.
Pero pienso que podría encontrarme con ella en Atenas a partir de los primeros
días de julio.
-Eh... sí, sí... sí, creo que está bien... y... si vos tenés
ganas....
-Sabés que adoro Atenas, cielo... desde que fuimos nosotros,
siempre quise volver... es lo que me decía Martha, que uno no se puede quedar
con las ganas de volver a ciertos lugares... porque fijate que....
Mi mujer sigue hablando y la inercia de sus palabras cada vez
es mayor. El tema sigue y nos traen el plato principal. Ella está tan
entusiasmada que no advierte que yo sigo alternando mis miradas entre ella y el
oso. La mujer ahora está con él en el mostrador. Cada tanto hablan e
intercambian tareas diversas. Él va a buscar algún vino, o desaparece en la
cocina, para volver a su ordenador.
Me mira.
Hace que me excite. Siento como mi verga late intensamente
escondida entre mis piernas, oculto el creciente bulto bajo el mantel de la
mesa.
Me mira ahora insistentemente.
No entiendo como mi mujer no se ha dado cuenta que yo también
lo estoy mirando. Pero puedo entender que él lo ha percibido. Evidentemente él
sí se dio cuenta. Enseguida hay entre nosotros una tácita complicidad. Sos ojos
se clavan en mí. Yo le contesto las miradas, y entre los dos, mantenemos un
diálogo silencioso, sin gestos, sin señas. Es solo el encontrarse con los ojos,
son escasos movimientos pupilares, pero hablando un idioma que sólo dos hombres
pueden entender perfectamente. Y mira ávidamente, como yo. Sin dejar de
responderle a su mujer, como yo, sin dejar de tomar algún que otro trago de
vino, como yo.
-... Como yo le dije – insiste mi esposa – si tu marido va a
estar trabajando en Estados Unidos, aprovechá, Martha... pero parece que...
Parece ser que él tiene una actitud imperturbable con cada
mirada. En cambio yo, cada vez que nuestros ojos se juntan, tiemblo de cabeza a
pies. Sé que mi señora no lo ha percibido, claro. Me asombro de poder simular
una apariencia exterior totalmente distinta a la sensación que llevo por dentro.
Llevo mi mano disimuladamente a mi entrepierna. El oso lo advierte, o mejor
dicho, sólo ve que mi mano desciende bajo la mesa. Me toco por encima de mi
sexo. Late y se agranda. Sé que no tendré una erección, pero mi miembro está
listo para actuar si fuera necesario. El oso me mira y sé que también lo
comprende. Miro como él también lleva su mano que, oculta por el mostrador,
seguramente va a posarse sobre su entrepierna. Me mira otra vez, devorándome con
sus pupilas, apenas parpadeando. Él cierra los ojos por un momento. Vuelve a
mirarme. Su mujer se acerca por detrás y lo rodea cariñosamente con sus brazos.
Le da un pequeño beso en el cuello, y él responde con una sonrisa dulce y tenue.
Tuvo que interrumpir su mirada hacia mí, pero ni bien la mujer vuelve a sus
tareas, él me vuelve a mirar. Es enloquecedor.
Mi esposa sigue contándome ahora, todo lo que significa el
viaje para ella, y me pregunta si me voy a sentir muy solo cuando ella se vaya.
El camarero regresa con la carta de postres. El oso está de espaldas, buscando
algo en un armario del fondo. Puedo verlo de cuerpo entero. Sus abultadas nalgas
hacen que el pantalón oscuro le caiga maravillosamente. Una ancha espalda
completa el armonioso conjunto.
El camarero nos visita por enésima vez. Mi esposa ya ha
elegido el postre.
-Por favor tráigame el crumble de manzanas con crema helada
de limón.
-Muy bien, señora. ¿Para usted, señor?
-Eh... no sé... no había pensado en nada todavía.... ¿qué me
sugiere? – pregunto al camarero, pero siguiendo al oso en todos sus movimientos.
El camarero me da una lista detallada de las delicias que
elabora la casa, y se queda finalmente esperando mi decisión. Pero como yo no he
escuchado palabra de lo que me ha dicho, opto por lo más sencillo:
-Hum... ¡Nada!, gracias. – entregándole la carta, a tiempo
que el camarero arquea las cejas con los ojos entrecerrados, intentando
disimular su indignación.
-Brindemos, amor.
-Sí, mi vida. Por estos maravillosos 19 años juntos.
-Te amo...
-Y yo.
Bebemos, y al hacerlo encuentro mi mirada con la de mi mujer,
sabiendo que sobre mí está la del oso.
-¿Cuánto tiempo pensás estar de viaje, cariño? – pregunto a
mi mujer.
-No menos de tres semanas...pero no sé... ¿A vos qué te
parece?
-Tomate los días que necesites.
-Gracias, amor, sos un ángel.
El oso me sigue mirando. Persistentemente. Mi mano, como
movida por voluntad propia, se separa de la mano de mi mujer y va hasta mi
pecho. El oso no pierde detalle de eso, lo compruebo lanzándole breves ojeadas.
Mi mano desabrocha un botón de mi camisa y tropieza con alguno de mis pelos del
pecho. Entro por mi camisa abierta, como acariciándome levemente, mientras finjo
no perder palabra de lo que sigue diciéndome mi esposa. Es un gesto natural,
claro, todo hombre lo hace, pero en ese momento se transforma en una poderosa
arma de seducción.
-Su crumble, señora. Que lo disfrute – dice el camarero,
siempre impertérrito.
Busco mi pezón. Está ahí, listo y duro, esperando ser tocado.
Miro fugazmente al oso. Se está mordiendo el labio inferior, mientras agrega el
precio del postre a nuestra cuenta. Mis dedos juguetean alrededor de mi tetilla.
Separo un poco los suaves vellos que la rodean. Lo vuelvo a atrapar, lo hundo,
lo pellizco. Me vuelvo loco solo de pensar que el hombre que me está mirando lo
tome entre sus dientes y se lo meta en la boca. Sé que él sigue mirando. Y yo,
movido por un impulso casi incontrolable, me excito enormemente al estar usando
solo un movimiento tenue – y oculto bajo la camisa – de mi mano para seducirlo.
Tomo otro trago de vino, como si quisiera apaciguar la sed
que siento entre mis labios. Pero se trata de otra sed. Llevo la copa a
mi boca con indecible sensualidad. También ahora siento que soy observado.
Saboreo esa textura de suave y exquisito sabor. Mi lengua quisiera saborear otra
cosa, pero, desgraciadamente, solo tengo el vino en este momento.
-Amor, vas a tener que agradecerle mucho a ese cliente tuyo.
Esto está delicioso, y la comida estuvo muy bien. Tenemos que venir más seguido.
-Sí, justamente estaba pensando en eso – contesto escrutando
los bellos pectorales con mis ojos. ¡Qué hombre!, tan atractivo, tan masculino.
¡Venir más seguido! ¡Claro que sí!. Siempre que él esté allí, podría volver
todos los días. Todo en él es firmeza, corpulencia, sin llegar a tener un solo
kilo de más. La base de su abdomen prominente pero esbelto, sostiene su pecho
que con los hombros forma proporciones casi apolíneas. Mi vista recorre todo su
cuerpo. Se detiene, sigue, baja sube. Ese recorrido, intenso, implacable, lo
acaricia... es como si mis ojos cobraran el valor de manos que lo tocan por
completo.
Por un momento cierro los ojos. Y viajo inconscientemente
hacia los brazos del oso. Estamos desnudos. Mi pene da otra sacudida. No estoy
aquí, no veo ni escucho nada. ¿Cuántos minutos pasan? No lo puedo saber. Sólo
vuelvo en mí cuando la voz de mi mujer me repite:
-Amor, amor... ¿te sentís bien?
Abro los ojos. La imagen se desvanece.
-¿Eh?... ah, perdoname, querida... yo... no, no me siento
bien. No es nada, solo un leve mareo. Será el calor del ambiente, el vino... no
sé...
-¿No querés ir a mojarte la cara con agua fría?
-Sí, claro. Necesito ir al baño. Vuelvo enseguida.
Algo agitado, cierro la puerta del baño tras de mí, y todavía
en medio de imágenes sensualísimas. Me mojo un poco la cara. El espejo me
devuelve mi rostro enrojecido. Siento ganas de orinar. Sólo hay un cubículo con
un inodoro y me dirijo allí, abriendo mi bragueta. El compartimiento es muy
pequeño y dejo la puerta abierta. Busco mi miembro y compruebo, al sacarlo de mi
bóxer, que está todo mojado. Mojado y algo tieso. Un generoso chorro invade el
silencio del baño al caer sobre el agua de la taza. Me relajo y acaricio
levemente mi verga. Termino de orinar. Sacudo mi miembro. Vuelvo a sacudirlo. Y,
no puedo dejar de pensar en el oso. Inmediatamente siento que mi pija empieza a
endurecerse. Cierro los ojos sintiendo como mi sexo crece.
¡Un ruido! ¡Alguien entra!.
-Señor, disculpe...
Me vuelvo, extrañado de que alguien me hable, a tiempo que
iba a decir algo como "¿no ve que está ocupado...?", pero me quedo de una pieza
al ver al oso de pié detrás de mí.
-Perdón. Pero el depósito del baño no funciona muy bien... –
me dice con su voz gruesa, retumbante en todo el baño.
-¿Qué? – digo aún inmóvil por la proximidad del oso, entre
absorto y excitado.
-Le pido disculpas, señor, pero es que el depósito se
descompuso hoy y no funciona nada bien... – me repite con esa leve sonrisa
encantadora.
-Ah... – respondo, con mi verga dura entre las manos, oculta
a su visión.
-Le sugiero que cuando lo accione, lo haga tomando el botón
fuertemente y presionándolo hacia abajo, muy lentamente... pero sólo hasta la
mitad. Con cuidado, porque puede lanzar algún chorro indeseado...
-¿Chorro indeseado?
-Sí, señor... sólo tiene que...
-¡No, no, no....! ¡Son demasiadas indicaciones para mí!. Si
usted sabe como hacerlo, por favor, le ruego que me ayude.
-Claro, cómo no, señor. Permiso.
El oso se mete al cubículo y yo me hago a un costado para
dejarlo entrar. La situación es increíble, totalmente excitante, y mi verga no
para de latir en mi mano. Por supuesto, no hago nada para meterla nuevamente
dentro del pantalón. El oso me mira a los ojos. ¡Otra vez esa mirada infartante,
pero ahora a tan pocos centímetros de mí! Mi pija da un sacudón imperceptible
pero intenso al tacto.
-Sólo hay que... – dice, mientras maniobra con dificultad el
botón del depósito.
-Parece muy difícil... – susurro, mientras pienso:
"¿Realmente funciona tan mal?"
-Sí, señor... es que...
-Está rebelde...
-Y muy duro...
-Así parece – digo, sintiendo mi propia dureza entre los
dedos.
-Sí. Le pido mil disculpas.
-No tiene porqué. Supongo que me salvó de empaparme por
completo.
-Así es.
-Entonces no tiene porqué disculparse. En cambio, yo debo ser
el agradecido.
-Bueno, viéndolo de esa manera – me dice, sonriendo, a tiempo
que su vista baja involuntariamente hasta mi sexo. "¡Ups! ¡Te ví, te ví,
osito!", me dije, divertido.
-¿Está muy duro?
-Sí. Durísimo – contesta con una mirada inconfundiblemente
seductora.
Él sigue intentando accionar el depósito. Y yo, aunque
parezca ridículo, sigo con mi verga en posición de orinar, cuidando que quede
expuesta ante sus furtivas miradas.
-¿Mucho trabajo en el restaurante?
-Sí, señor. Ha sido un día muy duro. Verdaderamente duro –
dice, mientras mira de reojo mi erección.
-Caramba. Parece que todo hoy está duro... – digo mirando mi
verga. Ambos reímos.
-Ha venido mucha gente hoy, así que sí, tuvimos mucho
trabajo.
-Es lógico que esté lleno de gente... es un restaurante muy
bueno... – digo acariciando mi verga y descorriendo su prepucio una y otra vez.
-Gracias, señor. Todo muy bien, lástima los baños ¿no? – dice
sonriendo. Lanzo una suave carcajada.
-En serio. La comida estuvo deliciosa.
-¿Es la primera vez que viene con su esposa?
"Bandido. Sabe que es mi esposa, y disfruta nombrándomela
ahora", pienso.
-Sí.
-Espero que no sea la última – dice, a tiempo que escuchamos
el ruido del agua caer en la taza.
-¡Bravo!. Al fin pudo con el depósito. ¡Qué habilidoso es
usted! – digo en voz más alta, mostrándole mi glande mojado.
-Sí, es cuestión de maña, no de fuerza.
-Apuesto que si es por fuerza, usted no tendría problemas –
digo mirando sus fuertes brazos.
-Pero no es el caso, claro.
-¿Hace mucho que trabaja aquí?
-Tres meses.
-Con su esposa..., ¿verdad?
El oso me mira cómplice. Baja un momento la mirada para ver
como yo acaricio mis huevos y vuelve a mis ojos:
-Sí, ella también trabaja aquí hace poco.
Miro cada expresión de su cara. Su boca es inquietante y
estamos tan cerca que puedo sentir su fresco aliento en cada frase. Quiero
continuar la conversación porque me parece que es la única manera de seguir el
juego. Ese juego por demás sensual, que no estoy dispuesto a interrumpir.
Sus furtivas miradas caen también sobre mi pecho, insinuado a
través de mi camisa abierta. Desciendo mi vista hasta su entrepierna. Un bulto
apretado y voluminoso estira a más no poder la tela de su pantalón. Por un
momento pienso en llevar mi mano hasta ese impresionante paquete, pero me
contengo.
-Pero, perdón – digo abriendo los ojos de repente – usted
quería usar el baño ¿no es así?
-Sí, pero no se preocupe. Usted estaba primero.
-Por mí no hay problema. Ya que estamos compartiendo el
baño... úselo nomás – exclamo, haciéndole señas de que no se inhibiera por mi
presencia. ¡Qué juego tan extraño, y tan excitante!, pienso.
El oso lleva su mano hacia su abultado paquete y empieza a
sobarlo lentamente, mientras no pierde detalle de mi pene duro entre mis dedos.
-Hace algo de calor aquí – digo con un suspiro.
-Sí, es que estamos justo arriba de la cocina.
-Entiendo – digo, y me quito la chaqueta. Al hacerlo, mi
miembro queda libre y como un palo en el aire. Duro, recto y apuntando hacia el
techo. Algunos rizos se escapan fuera de mi bragueta entreabierta. Coloco mi
chaqueta en el perchero del compartimiento y también aprovecho para desprender
dos botones más de mi camisa. El oso traga en seco y se desajusta su corbata
color ocre.
-Sí, es verdad. Siempre sube mucho la temperatura aquí.
-Tal vez si mantuvieran abierta la ventana... – digo
abriéndome por completo la camisa.
-El dueño del establecimiento no quiere... – dice el oso. Lo
observo atónito cuando lleva sus manos a la bragueta y empieza a desabrocharla.
-¿Porqué?
-Por temor a que quede abierta cuando cerramos, y alguien
pueda entrar a robar – responde, y mirando mi pija, abre su pantalón.
-Vaya, sí, es un barrio muy oscuro... – digo sin dejar de
mirarlo.
El bulto es inmenso. La blanca prenda interior apenas puede
contener lo que oculta aún. Aparta a un lado su camisa. Su vientre queda
descubierto y puedo seguir el camino de su vellosidad hasta la zona del pubis.
Sus manos bajan el elástico del calzoncillo y entonces su erección maravillosa
salta en el aire, satisfecha de sentirse libre al fin.
-Será mejor que cerremos esta puertita. Discúlpeme – me dice
cortésmente.
-Cómo no.
-Perdóneme, señor...
-¡Pero por favor...!, no tiene porqué. Compartamos el baño.
Después de todo, los dos somos hombres.
Quedamos los dos metidos en ese pequeño cubículo. El oso
empieza a acariciar de arriba a abajo su endurecido miembro. Es más ancho que
largo, sí, pero tiene una forma perfecta. Todo su pubis está increíblemente
lleno de pelos ensortijados. Ahora está bajándose más el pantalón junto con su
calzoncillo, y libera también sus pesados testículos, finamente tapizados de no
menos cantidad de pelos. Son rosados y le cuelgan pesadamente.
Una luz nos atraviesa ayudando a que nuestras miradas no
pierdan detalle de cada verga. Tomo mi cinturón y comienzo a aflojarlo. Me bajo
el bóxer junto con mi pantalón y éste cae hasta mis tobillos.
-Tal vez si pusiéramos un extractor, no haría tanto calor –
me dice siempre atento a mi lenta masturbación.
-Tal vez – digo, quitándome la camisa y poniéndola junto a mi
chaqueta.
-No sé si el dueño querrá – dice el oso, aflojando por
completo su corbata.
-Sería una lástima. En fin, el baño no es gran cosa, pero
está verdaderamente muy limpio – digo masajeándome el culo y metiendo algún que
otro dedo entre mis nalgas.
El oso se quita la corbata y me la da para que la ponga en el
perchero.
-¿Podría ponerla ahí, por favor?
-Por supuesto. Vaya, qué pequeño es este sitio, ¿no?
-Sí. Disculpe, señor.
-¿No me quiere dar su camisa? Creo que está sudando un poco.
-Sí, tiene razón – me dice, y lleva sus manos a los botones.
Su pija queda enhiesta y bamboleándose. Su glande está completamente descubierto
y por debajo sus bolas son el perfecto sostén para ese gran mástil. La base de
la verga, que sale de esa pelambrera intrincada, es muy gruesa, y el pene se va
afinando algo a medida que llega a la punta. Se arquea deliciosamente hacia
arriba, y está tan alto que faltan pocos centímetros para tocar su bajo vientre.
-¿Y cuál es la especialidad de la casa? – digo, siguiendo la
conversación como si nada.
-Cualquier plato a base de carnes. Tenemos carnes de primera
calidad. – me contesta. Entonces abre su camisa, dejando que se deslice por sus
hombros hasta sus muñecas. Sigo sus movimientos. Contengo la respiración al ver
el espectáculo de su pecho. Está cubierto de pelos suaves desde la garganta,
largos y de un color castaño claro. Los pezones que podía adivinar antes bajo su
camisa, son impresionantes al desnudo. Parecen dos penes pequeños. Están duros,
son carnosos y rodeados de un círculo rojizo que sobresale del pectoral. Los
vellos se le ponen más tupidos hacia el centro, y allí tienen un espesor como de
6 centímetros. Un oso así, corta la respiración a cualquiera. ¡Era cierto lo de
las carnes de primera calidad!
-¿Es lo que la gente más pide? – le pregunto, tomando la
camisa y retomando la charla.
-La gente pide de todo, y los gustos son siempre muy
personales, claro, pero... – me dice, mirándome a los ojos, y después
descendiendo por todo mi cuerpo.
-¿Pero? – digo, acercándome un poco más a él.
-Pero bueno, ya que hablamos de gustos...
-Sí, me interesa mucho saber sus gustos, por supuesto – le
digo, separando un poco mis muslos y sin dejar de acariciar mi verga, viendo
como él hace lo mismo.
-¿Porqué le interesa tanto?
-Nadie mejor que usted puede decirme lo mejor de este lugar.
Mientras hablamos, nos vamos quitando por completo lo que nos
queda de ropa, quedando totalmente desnudos.
-Bueno, a veces pienso que lo que disfruto de este trabajo,
no es tanto su comida...
-Qué interesante – contesto, llevando una de mis manos hacia
mis pezones.
-¿Entiende? - El oso se apoya en la pared y alza
descaradamente su pubis y su enorme erección hacia mí.
-Si me lo explica mejor...
-Bueno, le explico... yo disfruto mucho cuando un cliente
está conforme con el servicio... – el oso se abre de piernas y apoya un pie en
el borde del inodoro.
-Es lógico. Tiene mucho que ver con su trabajo, claro... – le
digo observando como sus espléndidos huevos quedan pendulando entre sus muslos
bien separados.
-Y me siento muy bien cuando el cliente se va satisfecho...
-Entiendo...
-Después de haber bebido buenos vinos... – su voz se hace más
lenta y acariciante.
-Sí... – replico mientras me pierdo en sus ojos.
-Saboreado una buena comida... – me dice, acariciándome con
su baritonal timbre de voz.
-Sí...
-Y haberse deleitado con nuestros postres... – exclama,
tomando desde la base su pesada verga con ambas manos y apuntándola a mi cara.
-Creo entender. Es decir que la especialidad de la casa...
-Es hacer que el cliente se sienta bien, siempre...
-Pues debo decirle...
-¿Sí?
-Que aún no me siento satisfecho del todo.
-¿No le gusto entonces la comida?
-Sí. La comida estuvo muy bien...
-¿La atención?
-Impecable
-¿Entonces?
-Lo que pasa es que aún no saboreé el postre.
Nos miramos profundamente. Hacemos un largo silencio y nos
acercamos levemente, dejando nuestras manos a los costados. Las dos pijas,
erectas en su máxima grandeza, relucen bajo el haz de luz a pocos centímetros
una de la otra.
Llevo las manos a su peludo pecho y masajeo suavemente los
pezones. El oso se arquea hacia atrás y suspira al fin. Apenas puedo contener
sus pezones en mis manos. Mis dedos se hunden entre esos pelos larguísimos y
siguen descendiendo por el camino que marcan claramente hacia la pelvis. Atrapo
con mis manos el "postre" y lo tomo desde los huevos, apuntando su cabeza hacia
arriba. Me inclino. Abro mi boca... y hago desaparecer esa tremenda tranca
dentro de ella.
-¡Ah...! qué placer, señor...
-El placer es mío. Sinceramente.
-¡Siga, siga, por favor...!
Y yo sigo. Pruebo cada uno de sus huevos, me los meto
alternadamente en la boca, uno, otro, nuevamente los dos. Su glande no deja de
segregar precum. Es dulce, almizclado, verdaderamente exquisito. Pruebo su
líquido transparente a modo de perfecto aderezo para ese tronco magnífico.
Entonces subo con mis labios por su pecho, acariciado
suavemente por tanta vellosidad, y llego hasta los dos círculos rojos. Con la
mano los dirijo hacia mis labios, mientras mi lengua los rodea por completo.
El oso me sostiene con sus manazas. Las pasa por mi espalda y
yo siento el calor de sus palmas fundirse con el incipiente sudor de mi cuerpo.
Sigo subiendo con mi boca... buscando la suya. Me toma la cabeza y me ayuda a
encontrar el camino. Nos besamos apasionadamente. Librando una contienda de
lenguas entrelazadas e insaciables.
Se da vuelta y me ofrece la entrega total de su culo. Se lo
abro violentamente y empiezo a lamerlo. Es delicioso. Sus pelos no entorpecen
para nada la degustación. Todo lo contrario, me excitan tanto que mi verga se
mantiene levantada y palpitante entre mis muslos apoyados en el piso. Mojo bien
todo su ano. Cada pliegue, cada centímetro de esa suave piel. Huele a sudor.
Huele a macho. Huele a hombre que necesita otro hombre.
Cuando veo que todo está suficientemente lubricado, él
extiende una mano buscando algo en el bolsillo de su pantalón. Me entrega un
preservativo que yo me coloco enseguida. Inmediatamente, casi con una ansiedad
desbordante, me levanto y apoyo la punta de mi pija en ese agujero totalmente
abierto. Cuidadosamente hago presión, pero el oso me pone una de sus grandes
manos sobre mi nalga derecha y me empuja hacia sí con un envión contundente.
-¡Ah...! Sí, sí, sí... deseaba esto desde la primera
mirada... – suspira el oso.
Mi verga entra hasta el fondo de su culo, deslizándose sin
dificultad. Lo tomo desde su bajo vientre, atrayéndolo hacia mi hambriento sexo.
Empezamos un movimiento enloquecedor, cada vez más acelerado, cada vez más
intenso. Busco con mi mano el miembro del oso. Está tan duro como al principio.
No ha bajado ni un milímetro. Eso me excita tanto que el bombeo en su trasero ya
es frenético. A la vez, lo masturbo con firmeza, arrancándole gemidos y suspiros
entrecortados.
Nos movemos tan rápido que todo el cubículo tiembla con
nuestros enviones. La intensidad crece, nuestras respiraciones aumentan más y
más.... y estamos a punto de derramarnos. El oso gira su cabeza y se encuentra
con mi cara. Yo hundo mis manos en su espesa barba, y encuentro mi boca con la
suya, atrapando todos sus gemidos y entrecortadas bocanadas de aire.
Finalmente, siento que exploto, y todo lo que había estado
contenido en mí, se vierte en el interior del oso. Casi al mismo momento, siento
en mi mano todo el calor del líquido que fluye de su verga. Me inunda con su
semen gritando su placer dentro de mi boca. Yo gozo como nunca. El orgasmo es
tan intenso que me estremezco involuntariamente ante cada chorro de esperma
entregado en su culo.
Nos quedamos un minuto abrazados, todavía con mi pene dentro
suyo.
Nos separamos y nos volvemos a besar frente a frente. El
gusto de su boca es extraordinario. Volvemos rápidamente a la realidad, nos
limpiamos y nos vestimos.
Cuando vuelvo a la mesa, mi esposa me dice algo alarmada:
-¡Por fin!, ya iba a pedir que te fueran a buscar, amor. ¿Te
sentís mejor?
-Sí. Me siento magníficamente, querida.
-Me alegro mucho, amor. Sí, se te ve muy bien.
Veo al oso bajar las escaleras y pasar frente a nosotros. Lo
observo, ya sin ocultar mi mirada, levanto un brazo y le pido la cuenta. Al poco
tiempo el oso nos trae la adición personalmente con dos humeantes cafés. Me mira
con la más adorable sonrisa.
-El café es gentileza de la casa. Espero que hayan disfrutado
su cena y que vuelvan muy pronto...
-¡Por supuesto que vamos a volver! – contesto sonriendo.
-¿Satisfecho, entonces?
-Más que eso... ¡Feliz! – exclamo, ante el gesto de extrañeza
de mi señora.
El oso y yo nos miramos fijamente por unos instantes. Luego
nos saluda amablemente y se dirige hacia su puesto en el mostrador. Mi mujer me
toma de la mano, y veo como el oso abraza a su mujer, que insiste en acomodarle
la corbata color ocre.
FRANCO
francodellavalle@hotmail.com