El ejercicio está abierto a todos los autores de TR. También
sigue abierto el plazo. Para más detalles, puedes ver la dirección:
http://www.todorelatos.com/relato/41882/
Si te animas, no tienes más que escribir a
solharis@yahoo.es
***
No te asustes, lector@, ante la extensión aparente de este
relato. Realmente no es un relato largo, sino veintitantos "relatillos"
interconectados entre sí por pequeños eslabones. Unidos, los micro relatos junto
con sus eslabones, conforman una cadena del horror con el que podemos toparnos
cotidianamente. Algunos son exageradamente dramáticos, incluso crueles. También
los hay muy dolorosos, aunque éstos los he tratado (o intentado tratar) con toda
la delicadeza y respeto que se merecen. Otros, también tengo que decirlo,
morbosos y desesperanzados. Puedo asegurar que, quienes se lean de "un tirón"
todo el texto, quedarán ahítos de sangre por una temporada. Para desempalagar,
he querido ir mezclando algo de sexo variado. Puede que sobren un par de
crímenes, o dos, o tres, o media docena. He intentado "aligerar" algo el texto,
pero no he podido o no he sabido. Mi intención, como el título indica, era
desgranar un "abecedario" en el que, cada letra, nos contase una pequeña
historia posible. Los que lean el texto con mente despejada, podrán darse cuenta
de los "eslabones" de los que hablo; pero, la verdad, creo sinceramente que no
es imprescindible el acordarse la relación que tienen entre sí algunos de los
personajes, porque –como ya he dicho- cada una de las historias podrían ser
relatos independientes.
ABECEDARIO
Alicia traga. El semen resbala garganta abajo, viscoso y
tibio, mientras la verga sigue en su boca. Un poco más. Más hacia dentro. Que el
glande se introduzca, duro y grueso, casi traspasando los límites de lo
permisible. Los labios de la chica ya topan con el pubis. El vello, tupido,
rizoso, aromático, cosquillea el interior de la nariz. Le falta el aire. El gran
rabo masculino se sacude espasmódicamente, lanzando otra andanada. Los pulmones
ya no aguantan. Falta el aire. Una mano fortísima, terrible, aplasta la cabeza
femenina contra el regazo viril. Clava ella, inútilmente, las uñas engarabitadas
en el muslo más cercano. Todo inútil. La presión no cede. Los ojos desorbitados
de la fémina se oscurecen rápidamente. La polla, la tremenda polla, ocupa todo
el conducto. Se asfixia irremediablemente. Finalmente, sin saber lo que hace,
Alicia termina ejecutando lo que está en su mano: mejor dicho, en su boca. Y la
dentellada cercena el miembro que fue su placer y que ahora es su tormento.
Berrea la muchacha tras escupir el pene amputado. Las luces
se encienden, sorprendiendo a una docena de braguetas en huelga de cremalleras
caídas. El chillido se multiplica al ver el cadáver degollado. La muchacha
vomita semen y bilis, sangre y miedo atroz. La mirada extraviada de su amante la
observa inmóvil unos segundos, justo antes de caer a plomo sobre su mismo
regazo. El surtidor del pubis queda obstruido unos instantes, aunque chorrea por
el asiento de terciopelo ajado, uniéndose con el arroyo que mana desde la misma
nuez, y baja por la camisa de pechera escarolada, empapada en rojo desde hace
rato.
Corre el muchacho que se las pela. La que vende palomitas
apenas si mira de reojo al que sale del cine escopeteado. Una navaja
ensangrentada palpita en el bolsillo trasero del pantalón ceñido. La mano
izquierda todavía recuerda la tibieza del cuello de su enemigo. La derecha huele
al cabello de Alicia. El corazón late rápido. Un sol de justicia deslumbra al
asesino que sale en tromba de la sesión matinal. Siente tanta alegría, y, a la
vez, tanto miedo, que se lanza sin mirar a ningún lado. Los sesos se desparraman
contra el cristal del coche que no para. El cuerpo rebota, cayendo como un obús
contra la vieja y su bolsa del súper. Rota la cadera, Doña Virtudes tienta el
suelo buscando sus gafas. No las encuentra, pero su mano se crispa al reconocer
el globo ocular que cuelga del rostro descerebrado. Una mujer gitana huye
despavorida.
Chapotea el perrito en el charco de sangre. De la farmacia
próxima sale corriendo una señora gorda que grita aterrorizada. En el bolso que
lleva bajo el brazo oculta el fármaco con el que está llevando a su esposo a una
muerte lenta. Sus alaridos resuenan como sirenas en la placidez de la mañana
casi primaveral. No grita recordando a su sufrido esposo (cada vez más amarillo,
cada vez más débil), ni por la visión patética de la viejecilla que repta por la
acera con la mitad de sus huesos rotos, ni – siquiera- por el cadáver de cabeza
aplastada que está despatarrado en una pose imposible. No. Ella es muy sensible,
y teme –más que a nada en este mundo – que su pobre Fifí, su perrito de ojos
tristes, esté herido. Y Fifí la mira desvalido, mientras lame –goloso- los
cuajarones de sangre.
Derriba tres cubos de basura el coche que huye. No puede
parar, no QUIERE parar. Se busca la ruina, el descrédito. En dirección
prohibida, a esa velocidad…¿Quién es el guapo que se permite el lujo de ser Buen
Samaritano? Desde luego que él, Pepe Saavedra, no. Solo quedaba acelerar, salir
pitando, poner tierra por medio, doblar la esquina sin mirar hacia atrás. El
gilipollas ha salido en tromba, yéndose directamente hacia él. Ahora su masa
encefálica obstruye el limpiaparabrisas. El chorrito de agua se mezcla con la
sangre, salpicando gotas de color rosa pálido en un semicírculo muy bonito. Un
jubilado, decrépito, nota un escalofrío al mirar el cristal sonrosado.
Ese color rosa le trae muchos recuerdos. Horripilantes
recuerdos que lucha por olvidar. Sabe que no puede, que jamás podrá. Fueron
muchos crímenes. Demasiadas estrellas de color de rosa clavadas en los pechos
ajenos. Cosidas con un odio más allá de todo límite. Salvajadas cometidas
impunemente por quienes se creían dioses. Y él era uno de ellos. Especialista en
cazar homosexuales, en hacerles salir de sus madrigueras, en espiar sus vidas y
sus amores, sus gestos, sus almas…Luego él truncaba sus existencias (ya de por
sí suficientemente dolorosas), con suplicios inimaginables, con "terapias" de
rehabilitación que solo acababan de una forma posible: en los hornos
crematorios. Otra vez vuelven los recuerdos. La taquicardia bombardeando su
viejo y reseco corazón. El abismo negro que lo engulle, y lejos, muy lejos, una
sirena de ambulancia que llega a toda pastilla.
Frena el conductor con chirridos de piezas que protestan. Los
camilleros están desorientados: unos policías les hacen señas para que recojan
un cadáver y una abuela que solloza. Más allá, un jovencito asiste a un
vejestorio haciéndoles gestos para que acudan. Con mano cariñosa, puede que
afeminada, sujeta la mano blanda del viejo nazi que agoniza. Los ojos, gris
acerado, del refugiado alemán, recorren el rostro afable del muchacho que lo
atiende. Un sexto sentido le transmite la sensibilidad ajena, y unas lágrimas
amargas, quizá de arrepentimiento tardío, le confieren algo, solo algo, de
humanidad. Un poco más lejos, mirando torvamente, otro afiliado de las SS
observa la caída de su viejo compañero. Tan viejo como él. Tan miserable como
él. Sin embargo, ningún color (ya sea rosa, amarillo o cualquier otro) afecta a
su alma renegrida. Sigue pensando que tuvieron razón, que su misión era
sacrosanta y que, simplemente, hicieron lo que debían.
Gusta de venir Roberto a este parque. Atender al anciano, ver
la muerte cara a cara, le ha dado ganas de sentirse realizado. Hoy se decidirá
finalmente. Basta de negarse a sí mismo el placer que tanto desea. Dará el
primer paso, caiga quien caiga. Lo necesita. Se lo exige la carne. No puede
reprimir el andar hacia los urinarios, el entrar en el recinto prohibido, el
exhibir su carne primeriza. ¡Mala suerte, Roberto! ¡Elegiste muy mal día para
dejar de ser virgen! El macho anhelado, el que parece que lleva entre las
piernas tu llave hacia el cielo…es un hijo de puta sin corazón. Es, simplemente,
un criminal que te follará a pelo, (¡No hace falta condón! ¿Acaso no te fías de
mí, guapito?), que te contagiará de todo lo que él lleva hasta las cejas, y que
disfrutará sabiendo que se ha llevado por delante a un jovencito de alma blanca
y hormonas revueltas. Pero tú no lo sabes todavía. Quedas mordiéndote los
labios, aguantando el dolor que cesa poco a poco, sin siquiera pensar que tú no
te corriste. El veneno corre por tus venas, pero tú solo oyes el trinar de los
pájaros y el pitido del tren que anuncia su salida.
Hoy Natalia se ha dormido. A la niña, a Loli, la ha vestido a
correprisa, y, por suerte, la "guarde" está muy cerca. Luego la compra en el
súper. Le han contado nosequé de un accidente y de un vehículo a la fuga.
También que, Doña Virtudes, la vecina del tercero, se cayó en la acera y se
rompió un montón de huesos. Se lo contará a Pepe esta noche, aunque él siempre
dice que no tiene tiempo para escucharla, con eso de que le han dado cargo en el
comité vecinal del Partido. Se cree muy importante, pero realmente es un
imprudente conduciendo, y, cualquier día, tendrán algún disgusto. Prepara la
cena y la guarda en la nevera. Ella come cualquier cosa. El uniforme de
limpiadora está en la secadora. Lo plancha y lo mete doblado en su bolso. ¿Se
olvida de algo? Mira el reloj. Va algo justa, pero dispone de tiempo suficiente.
¿Y si tomase un café en el Bar Idus? Está a un paso de la estación. Así
aguantará hasta la hora de la merienda. Baja al trote las escaleras y aprieta el
paso al llegar a la calle. Al entrar en el bar se cruza con un muchacho. Lleva
una bolsa de deporte, con los nudillos-de su mano morena- casi blancos de tanto
apretar el asa. Mira a Natalia con intensidad. Ella sonríe comprensiva ¡le dan
tanta lástima los pobres chicos que no pueden vivir en su propia tierra! Se
acomoda en la barra y pide su café. Muy cargadito, por favor. Lo saborea
cerrando los ojos. Se retrasó en el pago de la "guarde". Lo sabe. Tiene
vergüenza cada vez que lleva al niño, pero no puede hacer nada hasta primeros de
mes. ¡Y falta más de medio! Calculando, siempre calculando. La hipoteca se lleva
un montón de lo que ganan entre los dos ¡y eso que, ahora, están los intereses
baratos! Queda absorta. El pitido del tren que arranca le da un susto de muerte:
¡que pierde el tren! ¡que llega tarde al trabajo! Sale corriendo, tropezando con
todo. El muchacho árabe está subiendo a un coche. Ya no lleva la bolsa de
deporte. Las puertas del tren ya se han cerrado. Se pone en marcha como un gran
paquidermo y Natalia llora con sollozos entrecortados. Segundos después, sin
saber cómo, está descalza, tirada en el suelo y medio ahogada por el humo. El
tren está detenido.
Interrumpe Ricardo su monótono ejercicio. Su cerebro
alcoholizado le hace oír y ver cosas que no existen. Por lo menos eso le dice
María, la puta de María, para que él crea que no le pone los cuernos con todo el
vecindario. Ahora mismo, está seguro, le ha parecido escuchar una gran
explosión. Y sirenas, muchas sirenas. María llora en silencio, aguantando los
golpes merecidos.¡Crac, crac, crac! Ya no queda nariz en el rostro amoratado. El
puño le duele a Ricardo, y el dolor le da más rabia, y la rabia le hace seguir
machacando. Mocos, lágrimas, sangre…Ya no queda amor en los ojos de María, solo
terror, un inmenso terror que desaparece-finalmente-con el último golpe.
Jadea Fermina mientras la folla su yerno. Tiene el corazón en
un puño, pero no puede remediar el loco amor que despierta en ella este
muchacho. La polla, joven y entusiasta, la ensarta sobre su colchón de viuda. Su
boca, tan hambrienta de amor, besa con pasión los gruesos labios del muchacho
argelino. El sexo de la mujer madura apenas recuerda tiempos similares. Parece
una recién casada, aprovechando cada instante para ser penetrada, acariciada,
deseada. Ya han cesado los ruidos en el piso de al lado. No oye llorar a María,
ni gritar al animal de Ricardo. Mejor. Solo quiere disfrutar de la carne de este
regalo que llegó de África, de este hermoso semental que comparte con su hija
(aunque la otra no lo sepa).Cojones negrísimos golpeando incesantemente sobre su
coño canoso. Larga y estilizada verga, visitando reductos inexplorados de la
cincuentona. Ñaca, ñaca, ñaca, sin parar, sin parar, sin parar. A su hija, medio
boba, seguro que no le importa. Siempre estuvo algo retrasada. Ni siquiera
entiende, Fermina, como logró cazar su hija a esa alhaja de muchacho. Tan guapo
y tan buen chico. Sigue, sigue, Alí. Muérdeme las tetitas, pequeñas pero en su
sitio todavía. Goza de mi piel blanca, de mis carnes que fueron suculentas.
Ahora a cuatro patas. Por atrás, si quieres. ¡Ayyyyyy! ¡Qué delicia, Dios de los
cielos! Se corre la incestuosa varias veces. Ni siquiera oye la puerta, ni el
golpe de carne sajada. Muere sin saber que muere, entre espasmo y espasmo.
Ensartada como un espetón, como un pincho moruno junto con su joven yerno. No
sabe que su hija los descubrió, juzgó y ejecutó: todo en cinco minutos.
Kilómetros y kilómetros. Pepe Saavedra recorre la ciudad
hasta que encuentra lo que quiere: un descampado en el que puede lavar el coche.
Por suerte, en el maletero lleva varias garrafas con agua mineral. Lo limpia
todo a conciencia, escrupulosamente, sin dejar ni una sola huella visible del
accidente… del crimen. Respira afanosamente. Abre la portezuela del conductor, y
se recuesta en el asiento, apoyando los pies en el suelo, fuera del coche. Está
tan contento por haber salido bien librado, que nota una pequeña erección.
Verdaderamente está caliente. Piensa en Natalia y en que hace varios días que no
lo hacen. Está medio dormido. Mete una mano por el hueco del pantalón,
rascándose el pubis sudoroso y encontrando la verga casi erecta. Alguien le toca
la rodilla. Pega un salto y se clava el volante en el hombro derecho,
blasfemando y cagado de miedo. Una mulata imponente, toda ojos y tetas, le
sonríe con gesto cansado: ¿Quieres un polvete? –le espeta directamente con un
deje caribeño tal dulce como el azúcar. ¿Mejor una mamada? Inquiere, a
continuación, ante el silencio del hipotético cliente. Pepe observa la mercancía
que se le ofrece. La mujer está prácticamente desnuda, encaramada sobre unos
tacones que deben ser incomodísimos para unos pies tan grandes. Los pechos
rebosan de una banda casi transparente, desbordándose por arriba y por abajo en
proporciones escandalosas. La minifalda, casi en ras de la ingle, proporciona la
visión de unos muslos largos y musculosos, enfundados en una seda brillante que
debe dar un calor de mil demonios. Pepe se lo piensa, pero poco. Al segundo
vistazo ha detectado que bajo la minifalda late una pitón enroscada, dispuesta
para lo que el cliente de turno decida degustar. Duda unos segundos, tentado de
salirse de la sexualidad monótona. "Vayamos por turnos"-dice su libido, mientras
su boca pronuncia:¡Venga ese polvete! Y, segundos después, apoyada en el capó
del coche y con el culo en pompa, la travestí caribeña recibe en su trasero la
ansiosa visita de la polla hispana. Poco dura la alegría en la casa del pobre.
Cuando Pepe está en su mejor momento, cuando su verga está más cómoda en el
voluptuoso y pecador receptáculo doblemente prohibido, cuando su mano busca – y
encuentra – en la parte delantera de la minifalda la morena culebra de
dimensiones espeluznantes, un sordo quejido, un chapoteo demasiado conocido, le
hacen percatarse de que algo no funciona. Abre los ojos y los vuelve a cerrar de
inmediato. No quiere ver más sesos chorreando por el cristal delantero. No
quiere saber que tiene el nabo metido en el ano de un muerto. No le interesa
mirar la cara de unos animales con la cabeza rapada, con cruces gamadas tatuadas
en brazos obscenamente musculosos, que balancean amenazadores un bate
ensangrentado, y que sonríen-crueles-mientras miran el portafolios que hay en su
guantera.
Los asesinos han matado dos pájaros de un tiro. Están de
enhorabuena: acaban de enviar al otro barrio a una puta, maricona, y negra por
añadidura. Por si fuera poco, el tal Pepe Saavedra, según los papeles, es un
izquierdoso que tiene en su poder documentos muy delicados. Dejan el cadáver de
la caribeña oculto bajo unos cascotes. Al cliente, tras meterle una ensalada de
hostias, lo obligan a que limpie la sangre y demás residuos de su propio coche.
Luego, entre risotadas, lo obligan a que conduzca muy lejos de allí, justo donde
marca el plano encontrado entre los papeles. Horas de angustia para Pepe. De
remordimientos por todo lo que hizo mal. Llegan al sitio indicado. Un viejo
camino a las afueras de un pueblo medio en ruinas. El pueblo de sus abuelos, el
lugar donde nació su padre, y, seguramente, murió. Lo dice en los documentos.
Alguien colocó un mojón hace tiempo, y alguien – recientemente – lo ha pintado
de rojo. Rojo sangre. También hay un ramo de flores secas, con los tallos
sujetos por una cinta con los colores de la bandera republicana. Blasfeman las
fieras al ver el símbolo tan odiado. La verdad es que ellos lo odian casi todo.
Lo patean, lo destrozan. Empujan a Pepe junto al mojón. Quieren que orine, que
defeque sobre lo que –casi sin ninguna duda – es un túmulo funerario. Llora el
cobarde al intuir, al saber, al reconocer, que está sobre la tumba, sobre la
fosa en la que yacen los huesos de su padre. Solo tiene que ceder, que profanar
la tumba, para que lo dejen tranquilo, para que lo dejen ir. Pero algo salta en
su interior. Ya no quiere, no puede ser el politicastro de boquilla, el
blandengue que se adapta a cada situación para no salir perdiendo nunca. No
quiere huir, como huyó por la mañana, y como huye cada vez que tiene que hacer
frente a algo. Y dice ¡no! , aunque su esfínter está dilatado, aunque su vejiga
ya no puede más. Y sigue con su cantinela ¡no, no, no !. Y besa la tierra. Y
acaricia la hierba de la tumba que nunca pudo honrar.
Mascullan su rabia los cachorros del odio. Han dejado el
cadáver allí mismo, para que se pudra, y cale, y se junte con los huesos de los
otros. El tiro en la nuca siempre es efectivo. Tienen que deshacerse del arma de
fuego, y del bate de madera maciza. Nadie los podrá involucrar en los
asesinatos. Ni siquiera se lo dirán a su jefe, el que los reclutó cuando apenas
eran unos chiquillos y sin que lo supieran sus padres. Sus padres que son unos
alelados, que temen tomar decisiones y se dejan manipular por gente blandengue.
Ellos son distintos. Ellos lo tienen claro. Ellos son el futuro, la nueva fuerza
del espíritu de la Patria.
No vienen a por los niños. No es de extrañar, con lo que ha
pasado hoy. Ni la señora Natalia (la que siempre se retrasa en los pagos), ni la
señora María (la de las gafas oscuras y moretones disimulados), se han
presentado a por sus hijos. Ni tienen trazas de venir hasta el momento. No
contestan en los teléfonos de contacto, ni nada de nada. Por lo menos tiene que
quedarse una, para hacerse cargo de los niños, o llevarlos a sus casas si por
allí no aparece nadie finalmente. Suerte que los niños son modosos (sobre todo
la niña, porque el hijo de la señora María tiene el mismo aspecto de chulito que
su padre). Ahora están jugando: parece que a papás y mamás. La chica (que
estudia pedagogía en horario nocturno), hace una llamada a su novio. ¡Qué sí,
que estoy todavía trabajando! ¿Horas extras? Pues creo que será que no. ¡Bonita
es la dueña! Este tiempo lo daremos por perdido. Parece que el novio está
caliente. La chica también. Se dicen guarrerías. Ella se roza los pezones, se
humedece al saber que su novio está haciéndose una paja. Hoy no tendrán tiempo
de verse, y hay que aprovechar de alguna manera. Ricardín se toma muy en serio
su papel de "papá", y le ha tirado a la cara a Lolita una comidita mal
preparada. Luego le dice una ristra de insultos: ¡mala zorra! ¡puta más que
puta!, palabras que no entiende, pero que sabe de memoria. Lolita está
estupefacta. Es una forma de jugar a las familias que ella no ha visto nunca. Y
aguanta mecha. Y Ricardito se envalentona, y le pega en la cara cada vez con más
fuerza. Solloza la niña y el niño sabe que va por buen camino: su compañera de
juegos está haciendo lo mismo que hace su mamá en casa. Le gusta el juego. Se
siente mayor. Muy machote, como le dice su papá. Ya no tiene suficiente con las
bofetadas, por lo que cierra los puños para seguir golpeando la rubia cabecita.
Y el pecho. Y el estómago que se dobla sin aliento. Termina con un empujón que
hace chocar la sien de Lolita con una arista traidora. Y el cuerpo se desliza al
suelo enmoquetado, con el rostro casi tan destrozado como las muñecas de trapo
que se amontonan en un rincón de la clase.
Ñaca, ñaca, ñaca. Las suspensiones del coche ya están algo
deterioradas. Ofelia recibe la verga de su novio con un poco de culpa. Rompió la
promesa hecha a su madre, y eso no la deja gozar a pleno rendimiento. Pero no
sabe, no puede decirle a Alejandro que no. ¡Lo quiere tanto! ¡Lo desea, lo
anhela con tanta desmesura cuando no está con él! Raspa la barba incipiente del
novio sobre la tersa mejilla. Ofelia es un bombón. Es una preciosidad de
criatura, dulce y cariñosa. Y puede ser muy ardiente…algunas veces. Alejandro
suspira por las mamadas de su novia, pero también le gusta follar de tarde en
tarde. A pesar de la incomodidad. A pesar del mohín de disgusto de la chica, que
está muy enmadrada. Entra la polla acondonada hasta el fondo. Ofelia mueve las
caderas. Culea el chico buscando en lo más hondo el placer de su prometida y el
suyo propio. Morrea los labios gordezuelos, hace diabluras para acariciar los
senos de talla más que mediana. Ella le rasca la nuca con sus uñas apenas
lacadas. Chocan sus pelvis y hasta saltan chispas de los vellos de sus pubis
electrificados por el roce. Un mosquito pica a Alejandro en una nalga. Es un
dolor súbito, que le hace quejarse y llevar una mano al sitio masacrado. Alguien
le sujeta la muñeca, tira de él y lo despega del vientre de su novia. Brazos
escuálidos lo sujetan, le impiden revolverse para defender su territorio, su
hembra y su vida. Grita Ofelia antes de ser abatida de un puñetazo. Sacan el
cuerpo desmayado, lo tiran al suelo y le meten su propio tanga en la boca. Se
debate entre espasmos la muchacha, inmovilizada de brazos y piernas por una
recua de mozalbetes de mala catadura. Un gigantón, de aspecto alelado, muestra
un nabo enorme, que se yergue poco a poco ante la chica semidesnuda. Se
arrodilla entre los muslos de Ofelia que finalmente quedó quieta, y le rasga la
blusa para morder los pechos blanquísimos, penetrándola de un solo golpe con su
verga de burro. Llora desesperado Alejandro. El culo, gordo y peludo, imita los
movimientos que hace unos minutos realizaba el novio. Ofelia sigue inmóvil. El
semen desborda los labios vaginales y otro violador ocupa el sitio vacío. Se
repite el acto. Ahora el rabo es más corto, pero de un grosor que da miedo. Algo
se desgarra en el interior de Ofelia, porque la sangre tiñe de rojo la verga que
asoma intermitentemente. El cuarto, o quizá el quinto, se da cuenta de que algo
no funciona. La chica no se mueve. Las bragas introducidas en la boca, junto con
la sangre de la nariz, han formado un tapón que asfixió a la muchacha. Salen
zumbados de allí, empujando a Alejandro encima del cadáver de su novia. Llora a
lágrima viva el novio que no llegó a esposo, mientras sus labios – temblorosos –
dejan caer el último beso sobre la boca –aún tibia- de la muerta.
O sea, que tengo que ir yo!- protesta Claudia poniendo
morritos. Eso es muy bonito. Arriesgarme yo, para que te chutes tú. Pues iré por
darte gusto, pero esta será la última vez. Además, que sepas y entiendas que me
da mucha rabia cuando te colocas, porque ni se te pone dura, ni nada de nada. A
este paso me tendré que buscar a otro. Por ejemplo a tu hermano mayor, que me
gusta un montón con la cabeza rapada, y esos musculazos que tiene, y esa mirada,
fría, de asesino en potencia. Me recuerda a papá, en una foto que tiene de
joven. ¿Si, que pasa? Mi padre me pone. Y me gusta imaginar que es él quien me
está follando cada vez que lo hago. ¿Acaso hago mal a alguien? ¿Y a ti que te
importa? ¡Toma, aquí tienes tu mierda! No sé si puedes fiarte de esos tipos. Uno
llevaba sangre en la bragueta. Me han asegurado que era de "muy buena calidad",
pero con una sonrisita que no me gustó ni un pelo. Tú verás lo que haces. ¿Aquí
mismo te vas a pinchar? ¡Anda y que no tienes el vicio cogido! Ten cuidado con
el mechero, que me quemas la tapicería y el coche es nuevo de trinqui. ¿Qué te
pasa que pones esa cara? ¡Ay, ay, ay, que me parece que te la han dado con
queso, y que te han jodido bien jodido! ¡Pues sal ahora mismo del coche! ¡Y una
mierda me comeré yo este marrón! ¡Qué te zurzan!
Parpadea nervioso el adolescente. Lo han acorralado al salir
del Instituto. Un día más que tendrá que soportar las bromas inaguantables de
sus propios compañeros. No quiere llorar, pero la desesperación le agarrota el
alma. Ya no se conforman con tirarle bolitas de papel en clase, ni de pincharle
a traición, ni de reírse en su propia cara de su gordura, de su blandura, de
todo lo que él es el primero en odiar de sí mismo. Cada vez quieren más. Las
ideas les fluyen de una forma natural y cruel, queriendo volcar la rabia que
llevan dentro (¿pero, porqué, si ellos son perfectos?) en un chivo
propiciatorio. Alguien le pega una hostia. Quieren que llore, que se le llene la
cara de mocos y lágrimas. Lo obligan a bajarse los pantalones, a enseñar la
denigrante panza que cuelga sobre el incipiente vello púbico. Cubre sus
vergüenzas con las manos, pero le vuelven a pegar: debe mantener las manos sobre
la cabeza. Uno de ellos saca una cámara de video. Comienza a grabarle su ínfima
virilidad (todavía más encogida por el miedo, por el pudor herido) y él no puede
más. Empuja a los más cercanos, y, sujetándose a duras penas los pantalones,
sale corriendo mientras da gritos de loco. Siente que, tras él, corre la jauría,
mordiéndole los talones con sus risotadas, con sus insultos, con sus vaticinios
de que mañana será otro día…Piensa en una vida entera aguantando, soportando,
sufriendo más allá de lo que se merece este perro mundo. Brinca ágilmente la
valla de metal (ojala lo hubiese podido hacer alguna vez en la clase de
gimnasia), y, sin pensárselo dos veces (o, quizás, porque se lo ha pensado
muchísimo) se mete corriendo en el centro de la autopista, delante- justo -del
enorme camión que lo libera.
¿Qué era eso?-se pregunta el camionero algo abotargado
después de tantos kilómetros conduciendo-Lo más seguro que algún perro
vagabundo-se contesta así mismo. Para espabilarse conecta la radio. Siguen
hablando de la salvajada que han cometido hoy los terroristas. ¡Qué asco de
mundo, en el que las vidas humanas valen muchísimo menos que una mierda! Se
desvía de la autopista y frena en el aparcamiento de un club de carretera. Por
lo menos echará un kiki, y luego dormirá un rato en la cabina del camión. No hay
muy buen ambiente en el puticlub. Una rubia tetona le sonríe sin ganas. Lleva
los ojos húmedos, con el rimel corrido por haber llorado. Pide una cerveza el
conductor, mientras lanza una mirada alrededor para ver el ganado. Hay de todos
los colores, pero todas llevan los ojos hinchados, como acuosos. Elije a una
morenaza, cuyos labios gruesos parece que prometen ricas mamadas. Ella dice que
no, que hoy no tiene el chichi para ruidos. ¡Perdóname, mi amor, pero hoy han
matado a una amiga! Queda en suspenso él, sin saber que decir. La rubia tetona
acude en su ayuda, y le tiende la mano para llevarlo a un reservado. Mientras le
frota la polla entre los globos de sus pechos, la mujer le habla del travestí
encontrado en un solar. Al camionero le desaparece la dureza de la verga: así no
puede concentrarse. Sale del club de carretera tras dejar una ayudita para la
corona de flores que quieren hacer entre todas las putas y sus clientes
habituales. Piensa el camionero en que se tendrá que hacer una paja en la
cabina, cuando le venga otra vez la erección. La noche es fría y estrellada. Un
retazo de nube oculta la luna, pero pronto vuelve a salir, iluminando el
aparcamiento. Al acercarse al camión, ve brillar un líquido en el suelo,
coagulado por el frescor de la noche. Maldice su suerte, pensando en que tiene
un escape de aceite. Pero no, no es aceite. Ni tampoco es el cuerpo de un perro
el trozo de carne que cuelga entre las ruedas.
Reza doña Virtudes en el Hospital. No ha sido fácil encontrar
una cama libre, después de la masacre. Tiene rota la cadera, una pierna, y no
sabe cuantos huesos y huesecillos más. Se estremece al recordar el aspecto del
cadáver que la tiró al suelo. Y la sangre…eso ha sido lo peor. No quiere pensar
en ello. Cierra los ojos y se ve así misma con las manos y los brazos
ensangrentados, hurgando en el interior de tantas chicas. Eran otros tiempos, y
ella hacía lo que podía. Las estaba ayudando. ¡Pobres criaturas que no tenían
donde acudir! Las otras, las que disponían de recursos, podían viajar, ir al
extranjero o a clínicas muy exclusivas. Las pobres acudían a ella, a doña
Virtudes, por propia voluntad. Como animalillos asustados, cubriendo los
vientres grávidos con sus manos temblorosas. ¡Cuántas se le fueron en el
intento! Ahora vuelven sus rostros, demacrados, a poblar sus sueños. Y ella
sueña todas las noches con un mar de sangre.
Silencio. En el dormitorio conyugal todo es silencio. ¡No!
Todavía se oye una respiración fatigada. Ya queda menos. Fifí ladra en la
terracita. Hoy está a dieta, por haber lamido tantísima sangre de la acera.
Dorotea agria el gesto al ver el rostro amarillento de su esposo.¡Con lo que lo
llegó a querer!. Sobre la cómoda, enmarcado en plata, sonríe pícaramente el
rostro de Claudia, su hija. "A mi Papá, querido". Su pobre hija, que habrá
tenido que aguantar tantísimo durante ¿cuánto tiempo?. No. No quiere ni
imaginarlo. ¡Y le da tanta vergüenza a Dorotea hablar de esas cosas con su
hijita!. La mujer envenena un poco más al enfermo. Seis meses, solamente seis
meses, desde que su mundo se derrumbó. No ha podido perdonar. Su corazón dejó de
latir cuando se enteró de quién era realmente su marido, del monstruo incestuoso
al que había amado por tantos años. Nunca le dará la oportunidad al agonizante
para defenderse. Nunca sabrá, Dorotea, que las palabras que oyó a través de la
puerta de la alcoba de su hija:"Así, así, Papá" "Más fuerte, más dentro, más,
más…", no iban dirigidas realmente al padre, sino al noviete de turno. Claudia,
su hijita Claudia…y su costumbre de llamar "Papá" a todos sus novios cada vez
que hace el amor con ellos.
Te mira con los ojos verdes semicerrados. Hace unos
instantes, cabalgaba sobre tu pecho, acercando su bajo vientre contra tus labios
entreabiertos, contra tu lengua que degustaba la fina suavidad de su sexo. Haces
presión sobre el clítoris endurecido. Los dedos te bailan sobre sus pezones,
sobre sus pechos ligeramente relajados. Sigues lamiendo, mientras te las
arreglas para introducirle el dedo meñique. Muerde sus labios gruesos, ansiosa
por ser parte activa en el acto de amor. Os acopláis sobre la cama. Ante tus
ojos, abierta como una granada, su vagina te lanza efluvios perfumados.
Endureces el músculo de tu lengua para penetrarla unos centímetros. Allá abajo,
en tu entrepierna, su boca, sus dedos, crispan tu verga hasta endurecerla como
el hierro. Otra vez la tienes frente a ti. Esmeraldas chispeantes sobre un mar
sonrosado. El rubor cubre sus mejillas con intensidad de adolescente. Cabalgas
su cuerpo, penetrando la carne tantas veces visitada y de la cual no te sacias
nunca. Haces que se corra. Te corres tú y la sigues tocando, hasta que un
cosquilleo irresistible hace que se retuerza sobre sí misma, para pedirte que
pares, que no sigas. Se ríe a carcajadas. Os reís los dos, tan felices que
olvidáis por unos minutos el problema de vuestro hijo adolescente. Esta noche
hablarás con él, para que te cuente esa animadversión que tiene cada vez que
tiene que ir al Instituto. No crees que sea grave, pero con los chavales nunca
se sabe. Pronto se hará adulto, y se le irán esas tonterías de la cabeza.
Uno, dos, tres…El cuerpo salta al vacío. Su mente está en
blanco, aunque la decisión ha sido tomada por algún centro que queda de guardia
en su cerebro. Vuela durante unos segundos. Atrás quedan, enfangados en un
lodazal de sangre, los cuerpos de su madre y de su novio, de los traidores que
le han apuñalado el alma antes de que ella les masacrara los cuerpos. Abajo,
titubeando para encontrar la llave, está una Natalia dolorida, extrañada de que
Pepe no haya ido a recogerla al hospital, temerosa de que nadie se haya
encargado de la pequeña Lolita. Segundos después, antes de que pueda entrar en
el portal, una tromba de carne cae sobre ella desde el quinto piso. Mueren las
dos en el acto. Quizás, un poco más tarde, Natalia encuentre en el túnel
luminoso a su esposo y a su hija. Si, quizás.
Washington, a estas horas, seguro que sabe más que Madrid,
aunque se lo calle.
Xavier no puede creer que "eso" lo hayan hecho "ellos".
Es…demasiado tremendo.
Ya es la tercera vuelta que da a la manzana. Se apoya en la
pared, se sujeta a las farolas.
Ricardo, todavía más borracho que por la mañana, sigue dando
tumbos por el barrio. No quiere volver a casa. Entre las brumas etílicas algo le
dice que no todo está correcto. Sabe que a María no la ha dejado bien. La
postura, tan extraña, de las piernas y los brazos. El gesto del rostro. La
frialdad de la piel. Todavía le queda algo de raciocinio para entender que, esta
vez, se ha pasado de rosca. Un coche de policía monta guardia ante el portal.
Ricardo se aleja por cuarta vez. Se interna por la oscuridad del parque, allá
donde unos gamberros han roto las farolas. Le entran unas ganas incontenibles de
orinar, y se saca la verga a la luz de la luna, meando un gran chorro sobre un
seto medio pateado. El arco amarillento brilla en la noche…y una blasfemia rompe
el silencio del apartado rincón. Se corta el orín del borracho. Cuatro jetas
amenazadoras asoman tras el seto. Toman a Ricardo por un vagabundo. Lo rodean
insultándolo, mientras exhiben sus cruces gamadas en los brazos musculosos.
Parece que hoy no han tenido suficiente. La sangre pide sangre. Comienzan a
machacarlo. Ricardo escupe los dientes al primer golpe. Luego, poco a poco, se
va dando cuenta de lo mucho que hizo sufrir a María. Finalmente encontró la
horma para su zapato, aunque, por suerte o por desgracia, él solo durará media
hora.
Zapatea Alicia con ímpetu rabioso. No quiere recordar el
sabor de la carne de su amante. Nunca más podrá deleitarse mamando una verga,
pues lo asociará al terrible episodio de la sesión matinal en el cine. Nadie
sabe nada. Hoy ha sido un día terrible en la capital. Todo va manga por hombro a
efectos policiales. El cuerpo de Paco, su amante, es uno de los muchos que
esperan ser reconocidos, esperando su turno para que lo vea el forense. Alicia
baila vestida de blanco. La tela ciñe su cuerpo espléndido, marcando las curvas
hasta debajo de las caderas y cayendo en catarata de volantes que arrastra un
par de metros tras de sí. La voz aguardentosa de Paco, grabada con anterioridad,
se oye por los altavoces del tablao flamenco. Ahora debe salir Antonio, el hijo
de Paco y pareja de baile de Alicia. El chico se considera medio novio de ella,
pero la bailaora prefiere (prefería)-con mucho-al padre. Alicia improvisa unos
pasos. ¿Porqué no sale, ya, Antonio? Tras las cortinas se nota movimiento. Sale
Rosa, madre de Antonio y esposa (viuda aunque no lo sabe ) de Paco, con un traje
de volantes negro. Las enaguas, rojas, forman un contraste lúgubre. En la
cabeza, cubriendo el moño prieto, una mantilla de encaje negro. Alicia titubea.
Ese vestido, y la mujer que lo lleva, corresponden a otro cuadro del
espectáculo. Ella tiene que bailar con Antonio. ¿Dónde coño está Antonio? La
mujer se acerca a ella y baila de la misma forma que debiera hacerlo su hijo. La
roza. Simula que le acaricia los pechos, las caderas, el vientre. Son unos pasos
de baile inéditos, ideados por Antonio – que quiere ser coreógrafo – para el
número de la novia y el novio. Alicia nota el resuello de Rosa en su escote.
Frotan sus pechos, se enlazan las cinturas…La muchacha cierra los ojos,
dejándose llevar por la sensualidad de la danza. La mano de Rosa se posa sobre
el pubis de Alicia. Una caricia sugerente, apenas esbozada. La chica se relaja,
incluso nota la humedad calando su ropa interior. Aumenta el ritmo del baile. La
voz de Paco se rompe en hondos quejidos de cante que quiere ser puro. La mano de
Rosa rebusca entre los volantes de su traje. Brilla la navaja un instante,
fugaz, bajo los focos, antes de hundirse hasta las cachas en el bajo vientre de
Alicia. Coño arriba, el metal saja la carne. Rosa retuerce la mano, una y otra
vez, con saña, matando a una Alicia que no sabe lo que ocurre, o que no quiere
saberlo. Las amapolas florecen en su vestido blanco. Tras las cortinas, el resto
de bailarinas llora en silencio, haciendo cábalas de lo mucho que debía querer
Antonio a Alicia…como para degollar a su propio padre.