La casa de mi amiga Ana es como ella misma: exótica,
confortable, íntima y sensual. Ana era el objeto de deseo de muchos hombres y de
muchas mujeres, pero yo no la deseé nunca porque de algún modo la consideraba
inalcanzable, aunque ella a veces me pedía que la acariciara y mientras la
tocaba por casi todas partes me hablaba en tonos muy dulces, a media luz, en su
cama.
Parecía que yo lograba acariciar algunas esquinas de su alma
porque Ana, la exuberante, la reina de las fantasías de todas mis conocidas,
siempre tuvo tiempo para mí, siempre me escuchó y siempre me quiso, como a una
buena amiga. Más de una vez lloré en sus hombros, más de una vez bailé envuelta
en sus caderas. Para mí, su amistad y su piel eran un privilegio.
Ana tiene dos hijas muy lindas. Nunca conocí al padre, pero
sin duda se trató de una apropiada mezcla de genes: piel café con leche, pelo de
trigo y ojos claros. Diana, la mayor, parecía una princesa: bella, correcta y
distante; Delia, la menor, semejaba a una amazona: hermosa, revoltosa y cálida.
Yo siempre aprecié a Delia. La misma Ana decía que teníamos
muchas cosas en común. Lo único que nos separaba era la edad: Delia era una
adolescente de 13 años y, una adulta de 23. Aunque se hacía mujer ante mis ojos,
Delia era para mí una hermanita menor que me hacía sonreír, mientras ella
parecía estar a gusto conmigo. Sólo eso.
Hoy, al ir rumbo a mi casa, me detuve frente a la de Ana, un
hogar de muñecas con detalles de mil y un países y con una vereda ancha y larga.
Algo allí me decía "ven", "entra", "no te detengas".
Empuje el portón que da a la calle. Atravesé la vereda de
unos 30 pasos y encontré la entrada principal abierta de par en par y la sala
vacía, como esperándome. Llamé una, dos, tres veces.
Del fondo de la cocina contestó una voz dulce y querida. Era
Ana que envuelta en una bata de casa se abalanzaba sobre mí, mientras me miraba
con inocultable cariño. Resumimos nuestras vidas en pocos minutos y me enseñó
fotos de los hijos de Diana. Y también un retrato de Delia, hecha una mujer, sin
matrimonio ni hijos, pero más hermosa que nunca. No pude contenerme. Le pedí a
Ana el número de celular de su hija y lo obtuve.
Ana nunca sabrá porqué decidí desaparecer de sus vidas,
porqué cesaron las llamadas, porqué las visitas se espaciaron cada vez más hasta
hacerse nulas.
Sucedió una tarde de nubes, flores, pájaros y viento fresco.
Pasé a saludar a Ana, pero no estaba. Mientras Diana estudiaba en su cuarto,
Delia y yo nos acostamos en una gran alfombra en el jardín. Ella cerró el
portón, de modo que nada se veía desde la calle. Hablamos de bellas tonterías,
de refrescantes sin sentidos, de las cosas baladíes que le pintan sonrisas a la
vida.
Y Delia comenzó a tocarme, y yo la dejé hacer creyendo que se
trataba de un juego. Y Delia comenzó a besarme, y yo la dejé hacer no sabiendo
de qué se trataba. Y Delia comenzó a decirme que me amaba, y yo ya no sabía qué
hacer ni qué decir ni qué pensar.
Hoy llamé a Delia a su celular. Le dije: "Te habla L.", sin
la esperanza de que se acordara de mi nombre, sin el secreto anhelo de que
reconociera mi voz. Pero fue como si la conversación interrumpida hubiera
recobrado su cauce. No hubo explicaciones, porque ella me reconoció desde el
principio. No hubo necesidad de muchas palabras para matar un silencio de 17
años.
"Ya tengo 30 años", recalcó una y otra vez, como diciéndome:
"Entiendo que yo era muy joven", "Entiendo que no podías traicionar a mi madre",
"Entiendo que tú no podías convertirte en mi amante".
Ana y Delia vendrán pronto a mi casa, quizá esta misma
semana. Yo ardo en deseos de ver en qué clase de mujer se convirtió la hija de
mi amiga. Su voz delata que se muere por saber qué fue de su primer amor.