Me había casado con María Angélica hacía un año y odiaba mi
trabajo. Odiaba el sueldo miserable que me pagaban, las largas horas de números
sin sentido, el ambiente laboral competitivo y chismoso, al estúpido de mi jefe,
y hasta el olor a café express de la horrible cafetera que había cerca de los
escritorios.
Pero lo que más odiaba eran los viajes en el ferrocarril que
me llevaban desde mi pequeña casa que alquilaba en los suburbios, a la estación
Constitución de Buenos Aires. Todavía no habían electrificado a los trenes, y
largos años de desmanejo del Estado, habían empeorado el servicio y hacían de
esos vagones antigüos e incómodos, atestados de pasajeros a toda hora,
verdaderas latas de sardinas inmundas y desagradables. El viaje duraba cuarenta
y cinco minutos, con suerte y "viento a favor", cuando el tren no se detenía a
mitad de camino, o los obreros estaban de huelga, y uno llegaba a destino, ya
cansado, descompuesto, transpirado, sofocado por tanto encierro, tanto
apretujón, tantos roces de gente que subía y bajaba en cada una de las
estaciones y empujaba a los que estaban ya arriba, pugnando por poder subir. En
invierno, el frío se colaba por las ventanillas de vidrios rotos y sentías el
fresco hasta en los huevos. En verano, el calor y los distintos olores humanos
hacían del lugar un horno irrespirable. Una pesadilla diaria. .
Yo tenía algo más que 24 años, era delgado, de buena figura,
cara varonil pero aniñada, ojos grandes muy negros, dentadura muy blanca,
hombros y espaldas anchas. Decían de mi, que era buen mozo y atractivo. Todavía
no había nacido mi primera hija que vino al mundo seis meses después del inicio
de esta historia.
Todos los días tomaba el tren de las 6,50 hs que llegaba a la
estación Constitución, a las 7,35 lo que me permitía, previo uso del
subterráneo, llegar a mi trabajo a las ocho en punto. Pero el tren siempre se
atrasaba. Y mi jefe, un hombre mediocre de mala leche, o mal cogido, me daba un
sermón cada vez que llegaba cinco minutos más tarde.
A la incomodidad del viajar siempre parado, apretado,
incómodo, en el medio del gentío, se unían dos factores que consciente o
inconscientemente: me tenían a maltraer: mi disgusto con mi empleo y la falta de
sexo con mi mujer. Ella es del tipo de mujeres, quizás hoy día una minoría, que
se abstienen de tener relaciones sexuales después del tercer mes de embarazo.
Había tenido un aborto involuntario al poco tiempo de casarnos y tenía terror a
perder su embarazo nuevamente. Si María Angélica hubiera sido la mujer de otro,
la hubiera comprendido más, pero su negativa a coger, a satisfacer en un mínimo
mis necesidades sexuales, su aversión a chupármela al menos y su rechazo a
pajearme de vez en cuando, completaba lo que yo creía y aún creo es su total
falta de deseo hacia mí. Todo eso, me era insoportable. Ella nunca gozó del
sexo, pienso que es frígida. A mi, en cambio, no me alcanzaba alguna paja hecha
de mala gana y con sus manos frías llenas de crema nutritiva mientras miraba la
televisión. El aroma y la textura de esa cosa grasosa me ponía mal. Estaba yo
muy caliente y la leche parecía querer salirse por las orejas. La verga se me
paraba a cada rato, y estaba tan nervioso que en cualquier momento caminaría por
las paredes. Me sentía culpable por pensar asi, estaba feliz por mi próxima
paternidad y a la vez frustrado sexualmente. Creía ser un mal marido y un pésimo
futuro padre: como si tuviera celos del bebé por nacer. Yo quería coger y no
había excusas.
Hasta que apareció "El Cuco". En las primeras veces que tuve
contacto con él, le ponía ese nombre e inventaba un rostro. Lo cierto es que en
esos primeros días no le ví la cara ni supe cómo se llamaba. Si era viejo o
joven, lindo o feo, gordo o flaco. Todo comenzó en un vagón sin luz en esos
odiados viajes en ferrocarril. . Era todavía noche cerrada, pues no había
amanecido, y apenas si se divisaban las caras, los cuerpos de los pasajeros y el
trayecto del tren era una sucesión de grises cubiertos de humo. En otras
oportunidades me habían sido manoseado en el tren. Manos anónimas que me rozaban
el culo, o el bulto. Cuerpos masculinos que muy al pasar se estacionaban en mis
nalgas paraditas. En algún momento creí que eran casualidades, pero luego me
convencí que en el vagón apiñado y oscuro, habia más de una garcha parada,
esperando satisfacerse apoyándose en un culo inadvertido.
Como heterosexual, nunca me había percatado de esa legión de
varones calientes, que cada mañana obtenían satisfacción sexual, en los culos de
mujeres y hombres parados en medio del vagón atestado de gente, aprovechando el
hacinamiento, la muchedumbre y la oscuridad. . Culos pero tambien pijas,
conchas, huevos…
Aquella primera vez, venía yo parado en el último vagón del
tren, con el portafolios entre las piernas, apretado entre decenas de hombres y
mujeres, puteando contra mi destino de sufrido pasajero de aquella línea de
ferrocarril, cuando en el medio de la nada, una mano me acarició la pija y los
huevos como si fuera por casualidad. El calor de aquella mano grande repasando
mi pija semi erecta y mis huevos llenos de leche, me hizo dar un respingo y me
corrí un poco y la misma mano, volvió a posarse en mi sexo, ahora con más
intensidad, con los dedos recorriendo el contorno de mis pelotas, como
demorándose un segundo más que la primera vez. En ese instante no me moví de
lugar. Tampoco busqué al dueño de aquella mano que había recorrido mis joyas de
familia, yo estaba al palo, super erecto, mi pija dura apenas cubierta por mi
pantalón y el saco del traje. La sorpresa, el placer y por ende la culpa por
haberme calentardo con una caricia de otro hombre, me impidieron reaccionar.
Todo ello ocurría en las narices de decenas de posibles testigos, hombres y
mujeres de todas las edades que apretujados como ganado que va al matadero, no
miraban a nadie, ni veían nada, en aquel vehículo oscuro, que se arrastraba por
las vías mientras a lo lejos, parecía adivinarse el amanecer. …
Esa primera vez ni quise mirarle la cara al Cuco, sentía
culpa por haberme calentado con aquel manoseo clandestino de otro hombre, sentía
vergúenza por no haber hecho nada, por haber permanecido pasivo ante semejante
ofensa a mi virilidad. A mi integridad masculina. Me había dejado tocar, porque
aquel tocamiento me había gustado y eso me llenaba de indignación hacia mi
mismo. Con mi pija aún erecta bajé como pude del tren al llegar a la estación y
como un autómata me dirigí a mi trabajo.
En el baño, me encerré en uno de los compartimientos con
inodoros y muerto de deseo y calentura, me hice una paja monumental: me apretaba
la garcha y los huevos una y otra vez, y los frotaba con desesperación,
reviviendo el calor de aquella mano anónima recorrendo mi sexo en las sombras, y
tras una corta fricción, acabé con una fuerza inusitada: parecían litros de
semen empujando por salir a la superficie. ¡¡ Qué manera de echar leche!!
Esa noche compré un ramo de flores y se los llevé a María
Angélica: que gustó de la idea al principio y luego dijo que el olor a flores le
daba náuseas. Casi todo le daba náuseas en esos días.
Pasaron varias jornadas, y aunque tomaba el tren a la misma
hora, aquel episodio recordado en varias pajas por día , no volvió a repetirse
por un tiempo Mis sentimientos eran encontrados: amaba a mi mujer, me ilusionaba
la idea del hijo que íbamos a tener, pero me resentía su desinterés y su
abandono. Me espantaba también la idea de ser homosexual o bisexual, aunque mi
mente repasaba una y mil veces la mano grande y caliente acariciando mis huevos
y mi pija y aquel calor humano, demorándose en mi bragueta clandestinamente. El
morbo de la situación: la presencia de otra gente a centímetros de mí, el
peligro de ser descubierto y la reacción de mi cuerpo de callada entrega al
placer, me intrigaban y me excitaban. Vivía caliente, con solo pensarlo.
La siguiente vez que me encontré con el Cuco, fue un viernes,
había luz en el vagón, pero era insuficiente para iluminarnos a todos. Yo estaba
parado frente a un asiento, tratando inútilmente de leer una novela de James
Bond, pero el frío que entraba desde el exterior, el sueño, y un fuerte resfrío,
me tenían molesto. En la estación siguiente a la mía, y con el vagón repleto de
pasajeros, volví a sentir aquella mano acariciando el tronco de mi pija, una y
otra vez, bajando hacia mis huevos, repasando ahora con desfachatez, la raya de
mi culo. Quise moverme del lugar y alejarme de aquella tentación que provocaba
mis más bajos institintos: pero aunque quise, no pude: permanecí quieto mientras
aquella mano atrevida, aprovechándose de mi inacción, de la impunidad que le
daba la muchedumbre apretujada y de la escasa visibilidad, me sobaba el pito,
apretaba mis huevosi, acariciaba indecente mi culo. Aquel manoseo me calentaba
enormemente, era como un imán que me paralizaba el ánimo, pero que me excitaba a
más no poder. La pija se me humedecía, y se me ponía dura y el culo se me
dilataba de deseo. Que vivo aquel tipo, me había tomado el punto: como si
supiera de mi calentura por la falta de sexo, como si adivinara en mi cuerpo las
señales del abandono, mi perversión disfrazada de normalidad, mis ganas recién
descubiertas o despertadas , de estar con otro macho. Mi cuerpo inmóvil
tolerando el ultraje era una invitación a seguir repitiendo el manoseo. Lo
volvió a hacer varias veces y yo ni miraba ni me daba por aludido, pero bajo mi
bragueta mi pija cantaba y mis huevos bailaban. Mi culito redondito se regodeaba
con cada caricia recibida.
Al llegar a la estación Constitución, esa y otras veces en
que ocurrió lo mismo, me separaba rápidamente de aquel individuo, de aquel
contacto íntimo que me avergonzaba después, y corría por el andén hacia el
subterráneo para evitar que el hombre me hablara, para que no me siguiera, para
que no me mirara a los ojos y se riera de mi pasividad , de mi calentura de puto
recién nacida. En aquellos primeros encuentros, a pesar que sus manos habían
tocado mi cuerpo a través de la ropa, nunca lo había mirado. No era por falta de
curiosidad, sino por temor. Quizás por vergüenza. Tal vez porque mi conciencia
sólo me permitía esos desahogos siempre y cuando la cosa fuese clandestina,
anónima y a ciegas.
Una de aquellas mañanas llegué temprano a la oficina y
Monacelli de Tesorería estaba orinando en el mingitorio Saludé y me metí en el
compartimiento de inodoros discretamente como si fuera a cagar, pero mi
intención era hacerme una paja después de uno de los habituales tocamientos y
manoseos del Cuco. Esperé un rato hasta que me pareció escuchar a Monacelli
salir, luego de lavarse las manos en los lavabos y secarse con las toallas de
papel y sin perder tiempo, me bajé los pantalones, los calzoncillos y comencé a
hacerme la paja. Pensé en aquella mano caliente deslizándose por mi ropa,
apretando mis huevos, repasando mi verga de arriba a abajo, apretándome la pija
en el medio de la gente, del pasaje del vagón del tren repleto, y solté un
suspiro, que fue casi como un sollozo, mientras mi semen mojaba las paredes del
baño.
- ¿Le pasa algo, Renier? ¿Se siente bien? -la voz de
Monacelli me volvió a la realidad, estaba como mareado, confundido, mi corazón
latía a mil, me sentía ahogado , con un cansancio enorme, como si alguien me
hubiese dado una paliza, y apenas si balbucié una respuesta para el chismoso que
se había quedado en el baño, vaya saber con qué intenciones. ¿Se habría dado
cuenta de algo? ¿Se me notaría en la cara, que un hombre anónimo y en la
oscuridad, había despertado mi deseo sexual prohibido?
Yo era claramente un perseguido. Era yo el que me perseguía.
¿Qué le importaba al gordo Monacelli que hacía yo con mi vida?
Podría haber evitado que se repitiera la rutina en el tren
con aquel hombre desconocido Tomar el tren a otra hora, o viajar por otros
medios de transporte.. Eludir aquella atracción fatal que las últimas veces me
había llevado a moverme junto con mi cazador hasta buscar los lugares más
oscuros del vagón y los más congestionados de pasajeros para recibir sus
caricias y manoseos. Aún no conocía su cara pero si algunos datos de su
humanidad.. Sus ropas, su olor a jabón de baño, su forma de respirar agitada,
cuando metía su mano en mi bulto y continuaba hasta acariciarme, el culo a
través de la tela del pantalón.
El Cuco sabía que yo estaba entregado a su voluntad, que
hiciera lo que hiciera, yo lo dejaría hacer. Pero quizás mi silencio, mí huída
al llegar a destino, mi aspecto temeroso, lo frenaban. Por eso todo lo que
ocurría era sin palabras., algo tácitamente convenido. Una mañana, recuerdo que
llovía y había más gente que de costumbre en el tren, nos fuimos corriendo hacia
el vagón de carga donde algunos solían depositar sus bicicletas y en un rincón
completamente oscuro y luego de manosearme una y otra vez y tenerme al palo por
un largo rato, a través de la ropa, el Cuco me abrió el cierre de la bragueta
del pantalón y comenzó a tocarme la verga , y a pajearme despacito, generando
mis suspiros ahogados por la situación y el lugar, pero el contacto de aquella
mano grande, de dedos gruesos y muy calientes me hizo parar como nunca, la verga
, que comenzó hasta a cabecear de la excitación y sólo la llegada a destino
impidió que yo acabara alli donde estaba, acariciado por un tipo desconocido y
en el medio del tren.
El se bajó tras mío en la estación y me siguió y casi en la
entrada del subterráneo, me tomó del brazo y me habló:
Esperá pibe, quiero hablar con vos. No te vayas- su voz
era gruesa, ordinaria, y su acento me pareció de alguna provincia del Norte.
Lo miré y lo vi por primera vez: tendría casi cincuenta años, era bastante
calvo, llevaba la cabeza rapada, ojos aindiados, dientes muy blancos, era
delgado, enjuto, tenía la piel quemada por el sol y tirante y su frente
brillaba con un hilo de sudor. Sus ojos eran húmedos, insólitamente grandes,
y en la mejilla izquierda, una ligera cicatriz le cortaba la cara al biés.
Me tengo que ir - contesté soltándome de su apretón, y
casi me resbalo cuando intenté huir hacia la boca del subterráneo. El me
ayudó a incorporar, pero ya no me retuvo y me dejó ir.
Mientras caminaba las dos cuadras que debía recorrer desde la
estación del subterráneo, a mi trabajo, temblaba de miedo y de confusión. El
hombre que excitaba mis sentidos, era una persona, tenía cara, cuerpo y voz,
había dejado de ser una sombra, un fantasma en un vagón oscuro.
Esa noche volví a casa con la sensación de estar enfermo. Mi
cuerpo dolía por todas partes, es como si toda aquella tensión se hubiera hecho
carne en mí. A las diez de la noche, María Angélica llamó al médico y este se
asustó de mis cuarenta grados de fiebre, me dio un antibiótico, recetó algo más
y me ordenó reposo por un par de días. Falté a mi trabajo por una semana
completa. Y a medida que recuperaba mis fuezas, me sentía cada vez más lejos de
aquellos episodios obscenos ocurridos en el ferrocarril. En esas largas horas de
cama, llegué a pensar que "El Cuco" era un personaje imaginario, que no existía,
traté de convencerme, de engañarme, sobre lo que me había pasado: ningún macho
me había acariciado el orto, nadie había manoseado mis nalgas y despertado
sentimientos hasta entonces dormidos., ningún tipo me habia sobado la pija y los
huevos hasta hacerlos llorar de deseo, la piel de ningún hombre había excitado
mi pija pedigüeña, yo no era ningún puto. Todo era una fantasía pasajera, una
alucinación originada por el exceso de ácido láctico por la abstinencia forzada,
impuesta por el embarazo y el empecinamiento de María Angélica.
Ya recuperado , volví a trabajar, pero el primer día no viajé
en el tren de siempre, preferí tomar uno que pasaba más temprano ya que debía
presentarme antes en la clínica médica que controlaba el ausentismo por
enfermedad en mi trabajo.
En aquel lunes no me encontré con el Cuco, aunque tal vez
inconscientemente lo busqué en la muchedumbre, y hasta me pareció reconocerlo
bajo una gorrita negra que cubría su cabeza. Sus rasgos se habían desdibujado en
mi memoria, pero no el calor de su piel en mi cuerpo. No me había olvidado de la
fuerza , de la intensidad de sus manos apretando mi pija dura o acariciándome el
culo una y otra vez.. Pero no, no era él. Lo confundí con alguien más joven que
al advertir mi mirada, me miró a su vez, y me mantuvo la mirada por largo
tiempo. Desvié la mirada hacia la ventanilla del tren, pero cada tanto volvía a
mirarlo y el me devolvía la mirada hasta que en algún momento me sonrío. El tipo
tuvo hasta el descaro de mantenerme la mirada y sonreirme, este tren está lleno
de putos, pensé. Yo no me incluía en la lista, claro.
Esa vez, al bajar de la estación no me apuré como cuando
viajaba con el Cuco. Era muy temprano y la eventual tardanza en mi empleo la
podría atribuir a la clínica médica. Me detuve en un quiosko de diarios y el de
la gorrita se paró a mi lado. Tendría unos 20 años y era algo más bajo que yo.
Simuló mirar unas revistas, pero era evidente que me buscaba a mí Cuando
nuestros ojos se encontraron, el volvió a sonreir su sonrisa de dientes algo
desparejos y yo ya no desvíe mi mirada. Me convidó un cigarrillo, apenas
hablamos unas palabras y comenzamos a caminar, entramos a un bar de la estación
y en el baño lleno de tipos, me hizo pasar a un reservado donde casi sin hablar
me chupó la pija hasta quitarme el aliento, la respiración y todo el semen
acumulado: se tragó mi leche con deleite. Eran épocas en que el SIDA aún no se
conocía. Sin decirnos una sola palabra, ni el nombre ni gracias, nos separamos.
Solo un gesto con la gorrita negra, sirvió de despedida.
Aquel desahogo, lo vivií sin culpa, y me sirvió por varios
días. Viajé más temprano cada vez, y si bien nunca más encontré al de la gorrita
negra, tampoco volví a encontrarme con el Cuco en todo ese tiempo.
El padre de María Angélica me vinculó con un ex compañero del
colegio suyo, que me ofreció trabajar con él, en una Agencia de apuestas
deportivas. El sueldo era mejor, y el lugar de trabajo quedaba en una zona que
me permitía cambiar el medio de transporte y dejar de sufrir el ferrocarril. Eso
me levantó el ánimo y me fui preparando para el cambio durante el último mes de
trabajo, el período de preaviso que tuve que dar en mi empleo.
El último día que viajaba en aquel vetusto ferrocarril, me
encontré con el Cuco, me miró a los ojos, como preguntándome donde había estado
durante todo el tiempo en que lo había rehuído, y en su mirada encontré o me
pareció encontrar una enorme tristeza. Me hizo un gesto con la cabeza, y como un
perrito faldero lo seguí hasta el furgón de carga, hasta el rincón más oscuro, y
allí el comenzó a tocarme como nunca lo había hecho , con mucha delicadeza, con
mucha necesidad de mi aprobación, con una extraña ternura que yo no entendí en
mi urgencia por el sexo: me abrió la bragueta con desesperación mientras
musitaba algunas palabras qaue no entendí, sacó mi pija ya endurecida, de su
envoltorio y comenzó a acariciármela ahora con una urgencia desconocida, con su
respiración entrecortada, con movimientos poco discretos pese a la cercanía de
otra gente, y cuando mi pija estuvo bien parada, el abrió su propia bragueta, y
en la oscuridad, sentí su chota peluda cerca de la mía, advertí hasta su aroma ,
comprobé el calor de su piel desnuda: el puso mi pija dentro de su bragueta, mi
pija apretada a la suya gorda e hirviendo y siguió masturbándome, tocandome el
culo de vez en cuando, como si presintiera que aquello que hacíamos fuera final
y definitivo.
Cerré los ojos, para no mirar sus ojos aindiados semicerrados
por el deseo, deformados por la calentura que sentía en ese instante. Me mordí
los labios para no gritar mientras su mano en mi verga y en la suya nos
masturbaba cada vez más rápido , cada vez con más urgencia, cada vez apretando
con más fueza las pijas rojas y mojadas, subiéndo y bajando con su mano por mi
cabecita y la suya, por mi pija y la suya, por mis huevos, y en esa caricia
fanática y casi animal, mi cuerpo entero se entregó al placer, sin importarme el
movimiento del tren oscuro, la gente que pasaba y se apiñaba, los ruídos de la
calle, el humo y la lumbre de los cigarrillos encendidos. Y cuando ya no resistí
más aquel movimiento cada vez mas insistente en mi pija, acabé toda la leche,
todo el semen que tenía guardado en mis huevos, y la volqué en su poronga que
tambíén chorreaba leche y en su calzoncillo apenas visible en la oscuridad.
Me incorporé, arreglé como pude mis ropas, cerré mi bragueta,
y sin decir palabra, sin esperar para recuperar el aliento, me dirigi hasta el
primer vagón donde esperé la llegada a la estación.Constitución.
Nunca más lo vi. Jamás supe su nombre. El Cuco es parte de mi
pasado, aunque a veces sus manos me acarician en sueños, pero entonces me
despierto y ya no me vuelvo a dormir.
galanasoy
A tantos lectores que me impulsan a escribir estos relatos, y
al verdadero Renier que me contó su historia. Un gran abrazo g.