Estás tumbado en la hierba. Miras hacia arriba, hacia las
verdes hojas, que son como piezas de un puzzle que no acaban de encajar en el
tapete blanquiazul del cielo. Los rayos del sol encuentran pequeños agujeros en
la hojarasca y hacen que en la hierba bailen unas luces que travesean sobre
vuestros cuerpos de niño. Santiago se tumba a tu lado, resoplando.
- Me has vuelto a ganar, Alfredo.- dice el infante,
recuperando el aliento.
- Nunca has sido el más rápido de los dos.- contestas, sin
separar la vista del movimiento agitado de las hojas, cruzadas, de vez en
cuando, por algún pajarillo que opta por cambiarse de rama para mirarte con ese
semblante curioso que le dan las inexpresivas esferillas negras que son sus
ojos.
A lo lejos, solapadas por algún trino repentino y por el
siseo de la brisa entre las hojas, suenan las risas y los gritos de vuestros
compañeros de curso, que todavía no se han alejado mucho del autobús que os ha
traído de excursión a este verde paraje.
- ¿En qué piensas?- la pregunta de Santiago te saca de tus
ensoñaciones.
- ¿Qué? No… no sé. En nada, supongo. ¿Y tú? ¿En qué piensas
tú?
- En que me gusta estar aquí a tu lado.- contesta, casi
instantáneamente.
¿Era eso lo que quería decirte? ¿Quería que lo supieras,
dártelo a conocer, y por eso te ha hecho la pregunta? Le gusta estar a tu lado.
Sí. A ti también te gusta estar a su lado. Santiago siempre ha sido tu mejor
amigo. Es listo y simpático.
Sopla el viento, que te acaricia las mejillas y agita las
hojas, que susurran algo en ese lenguaje que todavía no te han enseñado los
maestros. El aire te refresca la cara, y cierras los ojos al sentir ese roce
perfumado de brisa y albahaca que habita el bosque.
De pronto, otra caricia, esta vez menos etérea, más material.
Es una mano, suave y pequeña, que se posa sobre tu muslo. Abres los ojos
sorprendido, y te encuentras con la mirada de Santiago fija en tu cara. No te
atreves a decir nada, no sabes qué decir. Por no saber, no sabes siquiera si te
gusta o te desagrada el contacto de su mano sobre tu pierna. No haces nada.
Simplemente te quedas mirando los ojos azules de Santiago, y casi te parece ver
que, poco a poco, se van acercando a ti, cada vez más cerca, cada vez más
grandes.
Sus ojos se cierran y sus labios infantiles se juntan con los
tuyos. Santiago, tu amigo, un chico como tú, te está besando. Parecen tronar en
tu cabeza las advertencias del Padre Ángel, advirtiéndoos con furia sobre el
sacrílego acto contra natura. Pero ni te importa el Padre Ángel, ni el Padre
José, ni ninguno de los padres de tu colegio. Lo que te importa, es que Santiago
tiene sus labios pegados a los tuyos y el contacto no te disgusta. Sientes un
cosquilleo por el cuerpo que no sabes muy bien cómo describir, pero es una
sensación que te hace sentir bien. Por eso, casi te apena que Santiago se separe
de ti con una sonrisa.
- ¿Te gusta?- te pregunta, mientras abre los ojos, reanudando
en tu paisaje la belleza de esas dos pupilas azules.
Quieres contestar. Quieres decirle que sí, que te ha gustado,
que vuelva a hacerlo, pero la voz cascada y potente del padre Ángel recorre todo
el paraje.
- ¡NIÑOS! ¡VUELVAN AL AUTOBÚS QUE HAY QUE CONTINUAR LA
VISITA!
Sin tardanza, Santiago se levanta y sale corriendo hacia la
voz, sin darte tiempo a responder a su pregunta. Tú tardas un rato más en
incorporarte. Te gustaría saber qué es esa diminuta dureza que abulta la
entrepierna del pantalón de tu uniforme.
Eres el último en entrar en el autobús, y te sientas al lado
de Santiago. En el viaje, entrelazáis vuestras manos, escondiéndolas entre los
cuerpos, para que los curas no se percaten de nada.
Cuando volvéis al colegio, os despedís con otro beso en los
labios, rápido y a escondidas, con la promesa de volveros a ver el día
siguiente.
Pero Santiago no vuelve, ni mañana ni al otro, sino que se
muda sin despedirse. Ese mismo día, dejas de creer en las promesas.
* * *
Han pasado cinco años desde entonces. Ahora tienes quince.
Hacéis novillos para reuniros en la casa del Julián, por que sus padres están
trabajando y él ha alquilado una película porno. Allí estáis los cinco machotes
de la clase, El "Juli", el "Mico", el "Chicho", el "Nabo" y tú, el "Fredo",
prestos a desahogaros viendo las magníficas cualidades de una guarra con
delantera suficiente para hacerle sombra a la "Quinta del Buitre". Julián pone
el vídeo y vosotros os servís de pañuelos.
Pronto, la pantalla se llena de pechos y curvas, y tus
compañeros empiezan la masturbación con suavidad. Con disimulo, observas las
pollas, crecientes y crecidas, de tus compañeros. Te excitas siguiendo cada una
de sus venas, cada vello que deja de ser incipiente para convertirse en una
pelusa espesa, copia de la que tú mismo presentas en tus partes. Memorizas cada
uno de los instrumentos de tus compañeros, mordiéndote descuidadamente el labio,
y el deseo crece con cada centímetro que endurece tu polla.
Pero no es hasta que aparece el actor en la pantalla, que tú
aprietas tu verga con fuerza y empiezas a pajearte a gusto. Mientras tus cuatro
amigos se regodean con las curvas, el movimiento casi gelatinoso de los pechos,
los gritos y el descarado vocabulario de la fulana, tú, sin que ellos se
enteren, te recreas en el maravilloso cuerpo de ese Adonis superdotado.
Observas, con el morbo desencajado, ese culo prieto y sin pelo, esas piernas
fuertes que marcan músculos a cada embestida. Y cuando la cámara cambia de
plano, sientes escalofríos al ver esos abdominales poderosos, e imaginándote que
es tu ano, y no el de la voluptuosa actriz, el que el actor perfora una y otra y
otra vez con su enorme, enorme verga. Te imaginas tu cuerpo a cuatro patas
delante de ese instrumento de tan grandes dimensiones, y tu mano derecha
masturba, con rapidez creciente, tu verga, que está tan caliente como el mismo
infierno. El infierno con el que te amenazaba el Padre Ángel. El infierno al que
no te hubiera importado ir en compañía de Santiago.
Eres el primero en eyacular, recordando aquella sensación que
te recorrió con Santiago. El pañuelo parece en problemas para retener el semen
que expulsa, a borbotones, tu verga satisfecha, al tiempo que un gemido te
delata.
Sudando y cansado, tiras el pañuelo ensuciado al inodoro
mientras tus amigos van acabando, uno tras otro, su tanda masturbatoria.
Al mes siguiente, cuando pierdes la virginidad con Sofía, y
aunque lo disfrutas, comprendes que no volverás a sentir aquél gozo completo e
inocente. Comprendes que has de olvidar al niño Santiago. Esa misma noche,
mientras eyaculas en el coño de una compañera de la que has oído que está muy
buena, dejas de creer en el amor.
* * *
Te despiertas sudando. Esos recuerdos te llevan agobiando una
buena temporada, como si intentaran decirte algo entre sueños, como si quisieran
darte una última oportunidad. ¿Qué oportunidad pueden darte unos recuerdos de
hace quince y veinte años? Eso es pasado, y el pasado que enterraste no lo
quieres volver a desenterrar. Ni ahora ni nunca. Ni siquiera en sueños.
Miras los números rojos iluminados del reloj, que hacen que
la noche en tu habitación se imbuya de cierto leve tono carmesí, como si
guardara algo de sangre en cada rincón. Te levantas lentamente y te vas al baño.
Orinas con un suspiro de alivio. Al darte la vuelta, no puedes evitar
enfrentarte con el hombre del otro lado del espejo. Lo inspeccionas
detenidamente. Las piernas, fuertes y atléticas, mantenidas con vigor gracias a
las muchas horas de deporte. Te giras un poco para ver el perfil de tu culo.
Prieto. Duro. Atractivo aún pero sin ser escandaloso. Sigues por tu vientre. Los
abdominales pelean por salir a la superficie pero sin demasiada convicción.
Subes por tu pecho lampiño. Posees un torso amplio, por el que has visto
derretirse a muchas de las mujeres que viste este verano en la playa, y algunas
de ellas pasaron a engrosar tu nómina de encamadas. La cara es otro cuento. El
atractivo de tu rostro parece esconderse de tus ojeras y tu mala expresión. Aún
así, tus facciones suaves, casi de niño, aún te dan la impresión del seductor
que siempre has sido.
Llegas a tu trabajo media hora antes. No te importa. Abres la
tienda de informática, enciendes el ordenador, y te metes en internet. Navegas
unos minutos, de aquí para allá y de allá para acá, hasta que, de pronto, una
imagen golpea tus ojos. La mano te tiembla en el ratón, la mirada recorre cada
recoveco, cada luz, cada sombra de la imagen. Un hombre, un hombre desnudo,
musculoso, poderoso, con mirada de niño y la verga erecta. Te relames los labios
cuando tus ojos se fijan en el miembro alzado. Tu corazón se ha acelerado, y tu
miembro se ha convertido en piedra bajo tus pantalones. La respiración agitada
delata la excitación que te recorre al pasear la mirada por el vientre musculoso
del joven, por su figura apolínea.
El timbre de la tienda te saca de tus pensamientos lascivos.
Una mujer avanza por la tienda mirando a todos lados como si estuviera entrando
en la quinta dimensión. Con presteza, cierras la ventana y te diriges a la
mujer.
Le vendes el cartucho de tinta que venía buscando y vuelves a
buscar esa foto. No la encuentras. Pasas la mañana entre página y página, y más
fotos toman por sorpresa tu pantalla. La mayoría más explícitas, más sexuales,
pero ninguna como la primera. Harto de todo, decides cerrar la tienda y mañana
será otro día.
Mientras bajas la persiana metálica, oyes el sonido de unos
pasos que se te acercan.
- Disculpe ¿Es usted el dueño de la tienda?- pregunta.
- Lo siento, está cerrada por hoy.- le contestas.
- No, si yo…
Te giras y la imagen te abofetea la vista. No puedes separar
tu mirada de esos ojos. Ojos azules. Tan azules como…
- ¿Alfredo?- Te dice él.
- ¡Santiago!- exclamas y no sabes si abrazarle, golpearle o
besarle.
Decides lo primero. Le abrazas y sientes entre tus brazos el
cuerpo fuerte de Santiago. Los años le han tratado bien. Tanto como a ti.
* * *
Esa misma noche, después de que él jurara y perjurara que fue
culpa de sus padres, que él no quería mudarse y que quiso avisarte, entráis
abrazados en su habitación.
Os besáis, mientras os vais desnudando. Os desnudáis,
mientras os vais besando. Trastabilláis con los zapatos, las camisas vuelan por
la habitación, los pantalones parecen tener prisa por perseguirlas, las
camisetas os obligan a separaros y las vergas saltan erectas cuando os desnudáis
por completo. Vuestras dos pieles se juntan, desnudas y calientes, por primera
vez.
Recapacitas. En un solo día, un solo hombre ha conseguido
derrumbar la ilusión que has tardado veinte años en querer construir. La mentira
del Fredo macarra que se había tirado a todas las crías de clase. La mentira del
Alfredo universitario por el que suspiraba media facultad, la mitad femenina. La
mentira de todas esas verdades que jamás, nunca jamás, habías disfrutado.
Pero Santiago es especial. Eso piensas, mientras te
arrodillas para adorar a su falo poderoso. No hay remilgos cuando algo que nunca
has hecho es, ciertamente, lo que llevas deseando hacer durante mucho tiempo.
Introduces en tu boca su miembro, y lo sientes estremecerse de arriba abajo,
tanto a él, como a su pene.
Usas con él todas esas caricias que tú has recibido, ahora en
tu lengua tienes la experiencia de todas esas mujeres que te la mamaron con
experiencia, con torpeza, con sabiduría o inocencia, pero bocas al fin y al cabo
femeninas, que recibieron tu semen hasta lo más profundo.
Sueltas su polla y acaricias con la lengua los huevos,
mientras tu dedo se cuela más atrás y acaricia el ano en círculos con suavidad.
Sientes su esfínter palpitar agradecido y los gemidos que de su boca salen,
llegan a tus oídos convertidos casi en una orquesta wagneriana de acordes de
placer.
Mientras os tumbáis sobre las sábanas, es su dedo el que
acaricia tu ano, introduciéndose levemente y retirándose al soltar tú un
quejido. Santiago se coloca a cuatro patas sobre la cama.
Lo penetras. Una y otra vez. Pierdes la cuenta de las
embestidas que él recibe con un gemido excitado. Tu mano se aferra a su polla y
lo masturbas mientras lo sodomizas. Lo sientes estremecerse, casi convulsionarse
de placer. Gime y te susurra cosas que no logras escuchar. Da igual lo que diga.
Tú sigues penetrándolo, escuchando como jadea de placer. Sientes los músculos de
su culo palpitar, contagiando sus contracciones a tu miembro, que late en el
interior de Santiago, hasta que, con una última embestida, te corres en él,
mientras sientes un líquido espeso y caliente cubrirte la mano que masturbaba la
polla de Santiago.
Os tumbáis en la cama, uno al lado del otro, mirándoos a los
ojos como veinte años atrás. Pero ahora no sois unos niños a punto de darse un
beso inocente, sois dos hombres que se besan con amor y pasión, juntando
lenguas, intercambiando salivas.
- ¿Te vas a quedar?- preguntas, aún jadeando, esperando que
vuestras vergas vuelvan a estar listas para la acción.
- Te lo prometo.- contesta.
- Te amo.
- Te amo.- responde, y sientes que es verdad. Que en verdad
os amáis y que no os habéis mentido.
Hoy, por fin, vuelves a creer en todo eso que la vida alguna
vez te robó.