II
La última semana la vida de Marta había cambiado totalmente.
Incluso Pedro, su marido, la había notado distinta. El muy imbécil sólo se
preocupaba de trabajar y cada dos o tres semanas de hacer el amor con ella de
manera insulsa. La mayoría de las veces ella no llegaba al orgasmo, es más, ni
siquiera se excitaba. Él nunca se daría cuenta de lo que ella comenzaba a
necesitar.
Había contratado una línea ADSL para su casa, se había
comprado un ordenador y cada día pasaba varias horas sentada frente al monitor.
Todo un mundo se abría ante sus ojos. Páginas de relatos a los que era asidua,
miles de fotografías que iban quedando grabadas en su cerebro, experiencias
personales contadas por sumisas a las que envidiaba, videos que la excitaban
sobremanera... Todos los días se masturbaba frente a la pantalla cuatro o cinco
veces, incluso alguna noche se pajeaba de manera silenciosa en la cama,
retorciéndose los pezones con saña y teniéndose que morder los labios para no
despertar a su marido.
Esta calentura, que la mantenía excitada de manera continua
era anormal en ella. Niña de papá, educada en los mejores colegios de monjas de
la capital, no había tenido ningún novio antes de Pedro y había llegado virgen
al matrimonio. Él, tampoco demasiado experimentado en las artes del amor, le
había proporcionado una vida sexual completamente plana.
Había sido precisamente en estos días, cuando se había dado
cuenta de lo que su cuerpo le pedía. Deseaba con todas sus ganas ser follada con
fuerza, que su amante la sujetara por las muñecas mientras le mordía los labios,
que le vendara los ojos, que retorciera sus pezones. Estuvo incluso tentada en
comerle la polla a Pedro, en alguna de esas frugales sesiones de sexo, pero no
se atrevía ante la reacción de su anticuado esposo. Necesitaba ser tratada como
una puta, azotada, que follaran su culo (nunca antes había pensado en ello). Un
culo virgen, inexplorado, pero que en una de las últimas sesiones de pajas que
había tenido le había demostrado las sensaciones que podía producir.
Estaba ante la pantalla del ordenador, releyendo por enésima
vez un relato de la categoría "dominación". Once de la mañana, sola en casa,
desnuda completamente, Marta acariciaba suavemente sus labios vaginales. Se
había corrido ya en un par de ocasiones y ahora lo único que hacía era
acariciarse el coño lánguidamente, mientras con la otra mano pellizcaba y
retorcía sus pezones, sin la fuerza utilizada en ocasiones anteriores. Sabía que
se correría otra vez, pero los dos anteriores orgasmos en menos de diez minutos,
le hacían tomarse la tarea con deliberada calma. La excitaba enormemente
comportarse así, se sentía una puta. Ansiosa de nuevas sensaciones, se arrodillo
desnuda como estaba frente a la pared, manteniéndose a escasos centímetros de la
misma. Cruzó los brazos en su espalda, a la altura de sus riñones, y abrió todo
lo que le fue posible sus piernas, fantaseando que era su Amo el que le obligaba
a mantener esa forzada posición. Se notaba cada vez más caliente.
Permaneció unos minutos en esta posición, mientras notaba
como su respiración agitada mecía sus tetas. Con parsimoniosa calma, acercó
ambas manos hasta su coño que estaba obscenamente empapado, y mientras los dedos
de la mano derecha acariciaban suavemente el clítoris, dos dedos de su mano
izquierda se colaron entre los labios vaginales. Cerró los ojos. Dios como le
gustaba aquello!!! Recordando algo que había leído, con el dedo índice de su
mano izquierda comenzó a masajear su esfínter. El primer acercamiento le produjo
una especie de descarga eléctrica que recorrió todo su cuerpo. Presionó
suavemente y la primera falange de su dedo se coló en el interior. Joder,
aquello era bueno, muy bueno!!!. Mientras tanto, su mano derecha pellizcaba el
clítoris, haciéndola sentir cosas que nunca había sentido. Llevo el dedo de su
culo a su coño varias veces, empapándolo de sus abundantes jugos, jugo
largamente con su "puerta de atrás", hasta que enterró por completo su dedo en
su recién estrenado orificio.
Se corrió entre espasmos, mientras ambas manos la daban
placer y sus tetas se aplastaban contra la pared. Los afilados salientes de la
pintura de la pared arañaban sus pezones, pero en este momento el dolor que le
producían le pareció el más maravilloso de los placeres.