Fui a Sanghai por un asunto de negocios. Mis amigos me
decían:
-Joder, qué suerte, a China.-
¿Suerte? ¿Tener que aguantar 10 horas de avión, el jet lag,
reuniones con ejecutivos agresivos y malhumorados que sólo entienden el chino y
una especie de inglés árido lleno de tecnicismos, cifras y gélidos términos
financieros, comer en una hamburguesería porque no hay tiempo para buscar
restaurante, regresar al hotel, dormir poco y mal para volver a tener 10 horas
de vuelo de vuelta?
Pero lo que peor llevaba era estar solo en aquella ciudad
bulliciosa. En fin, sólo sería un día. Justo después de repetirme ese
pensamiento antes de meterme en la cama del hotel, me pasaron
-¿Leopoldo? Hola, soy Christina, la secretario del señor
Rebolludo. Ha habido un cambio de planes. Tendrás que quedarte en Sanghai hasta
que reunamos unos informes y te los mandemos. Lo siento...-
-No pasa nada, gracias por el aviso, Chris. Adios.-
¡Claro que pasaba! ¡Me acababan de dejar colgado en una
ciudad desconocida esperando a que me mandaran unos documentos que sólo el
demonio sabría cuánto tiempo tardarían en reunir! ¿Y entretanto, qué?
Me eché a dormir, pero media hora más tarde salté de la cama:
necesitaba hacer algo o el insomnio y la perspectiva acabarían conmigo. Me vestí
y salí. Al final iba a ver Sanghai.
Había llovido y de las tapas de las alcantarillas salía
vapor. A pesar de que era ya madrugada, las calles tenían una constante
presencia de gente, incluso bastantes turistas. Con uno de ellos intercambié
algunas palabras:
-La ciudad está bien, pero de noche... hay que saber dónde
ir.-
-¿Y dónde me aconseja ir?-
-Jejeje, donde están las chicas, claro.-
Siguiendo las indicaciones de aquel guiri, me interné en las
calles de la prostitución de "semi-lujo" de Sanghai. Bellas chicas de finos
rasgos orientales, vestidas al modo occidental casi siempre, se insinuaban con
su aniñado acento chino en un inglés sencillo. Pero me fui a fijar en una un
tanto especial.
Casi todas las fulanas estaban junto al borde de la acera,
como es propio en el oficio, pero en una equina, pegada a la pared, vi a una
joya que parecía abstraída de aquel clima de lupanar al aire libre. La observé
durante un tiempo, encandilado.
Era con mucho la más hermosa de todas aquellas "señoritas".
Su piel de porcelana brillaba bajo un neón parpadeante. Una mano delicada
cruzaba su sedoso cabello castaño oscuro de cuando en cuando, a pesar de lo cual
un persistente flequillo caía sobre su ojo izquierdo, terminando en una graciosa
curva que casi era una filigrana. Llevaba una pulsera ancha y dorada en su
muñeca derecha. Estaba hablando por un teléfono móvil, en chino, pero el tono de
su voz expresaba con claridad cristalina las dos emociones que parecían alternar
en la conversación. Parecía enfadarse, o gritar algo a su interlocutor, pero su
cara aparecía sonriente, y luego se reía con ganas. Me dio la impresión de que
estaba a la vez dando órdenes y burlándose de quien quiera que las recibiera.
Era muy curioso.
Me vio y durante unas décimas de segundo sus ojos almendrados
parecieron reprocharme que la estuviese mirando con tanto descaro. Dijo un par
de frases cortas y firmes y luego juntó los labios para lanzar un beso a través
de las ondas antes de desearle "buenas noches" al afortunado mortal que
estuviera al otro lado de la conversación.
Me acerqué y, seguro de que era una prostituta de lujo, le
saludé cortésmente y le pregunté su tarifa. Sin cambiar su gesto de absoluta
indiferencia hacia mí, levantó la mano y me dio una tremenda bofetada. Luego
echó a andar, y cuando su silueta se perdió por la esquina, yo ya estaba
irremediablemente obsesionado con ella.
Al día siguiente no hubo noticias de la central, y a la misma
hora, con ojeras pero más arreglado que la primera vez, me dirigí a la esquina
en que encontré a mi musa oriental. Pero no estaba... Las otras chicas que se
acercaron para ofrecerme sus encantos no pudieron o no quisieron, darme
referencias de ella, y aunque espere durante dos horas, no apareció.
Esa misma rutina se repitió dos días más. Al tercero me
llamaron para confirmarme que los documentos habían sido enviados por fax, y que
debía leerlos para hacer una buena exposición ante la empresa china con la que
queríamos cerrar el contrato. Entre el cansancio acumulado y la frustración de
no encontrar a aquella diosa de ojos rasgados, me resultó difícil concentrarme,
pero al final lo logré y aquella noche pude por fin dormir. La reunión sería al
día siguiente.
Fue una masacre. Me comieron vivo y tuve que solicitar,
acorralado, que se aplazara la reunión. O eso o firmaría un trato que supondría
mi automático despido. No bien salía del restaurante en el que habíamos tenido
la reunión, cuando me encaminaba hacia el hotel para llamar por teléfono e
informar del "retraso en las negociaciones", me encontré con el mismo tipo que
me indicó la calle del vicio, y recordé a mi musa. Sin nada que perder, le
saludé y le comenté que el otro día "había encontrado a alguien especial". Le
describí como mejor pude los rasgos de la chica (jamás después de conocerla
pensaría que todas las chinas son iguales). Se quedó pensando, hasta que al
final dijo:
-Si es quien creo que es, lo más probable es que se trate de
una chica de la Casa de Jade. Olvídate de ella, te hará sufrir.-
-¿Cómo lo sabes?-
-Un amigo mío fue detrás de ella, y perdió algo muy valioso.
Desde entonces no ha sido el mismo.-
No quiso decirme más, pero mi curiosidad ya estaba espoleada
lo suficiente. Tenía, del modo que fuera, que averiguar más cosas. Olvidando
todo lo demás, pregunté a varias personas sobre la misteriosa Casa de Jade, y
las que sabían algo me miraban con una suerte de desprecio y vergüenza, como si
nombrar aquel lugar atrajera a la mala suerte. Pero por fin, di con él, y
comprendí varias cosas.
La Casa de Jade era un salón sadomasoquista donde los
turistas y gente con recursos daban rienda suelta a su fantasía. Ya sólo entrar
costaba una suma considerable... que pagué al instante.
El interior parecía un palacete de un gusto más que exquisito
recargado. Las paredes eran de estuco rojo, sobre las cuales había palabras en
dorado, cuyo significado debía ser bastante perverso. Amas, esclavas y clientes,
no muchos pero sí de altísimo standing, conversaban antes de meterse en alguna
de las habitaciones. Fui al mostrador, tímido por un lado pero por otro
sintiéndome seguro en mi anonimato de ejecutivo occidental. Allí una elegante
mujer me atendió en inglés.
Estaba explicándome el funcionamiento de los servicios cuando
noté una presencia junto a mí. A mi lado mi musa había aparecido. Me contemplaba
con una ceja enarcada, y su mano, de cuidadas uñas rosas, estaba apoyada en la
mesa. Me alegré muchísimo al verla y la saludé con un sonoro "hello!". No bien
lo oyó, torció el gesto en desprecio absoluto y le dijo varias frases, con un
tono de enfado evidente, a la recepcionista. La expresión de ésta fue de
sorpresa en un primer instante, pero luego me miró con asco y me dijo:
-Váyase de inmediato, la Casa de Jade no es el lugar que
busca.-
Me imaginé que mi musa acababa de contarle el desliz que tuve
al confundirla con una fulana, y me puse colorado. Ella ni siquiera se dignó a
mirarme, sino que se fue andando con la cabeza muy alta. Pero antes de que
pudiera abandonar la sala, yo dije:
-Lo siento, ya veo que miss...-
-Mistress.-me corrigió la recepcionista, impaciente.-
-Sí, Mistress...-
-Yuri. –
-Gracias. Entiendo que no es lo que yo creí, y le ofrezco mis
disculpas. Soy un perfecto idiota, lo siento.-
Mistress Yuri se detuvo y me miró, no con simpatía, pero al
menos no se iba. Dijo una frase corta a mi interlocutora, que enseguida me fue
traducida.
-Disculpas aceptadas, ahora váyase.-
-¡Un momento, por favor! Me siento... no sé. ¿Podría quedarme
y disfrutar de su compañía y sus...-lo pensé un instante para no cagarla
–conocimientos?-
Lo meditó y me examinó durante un largo rato, hasta que dijo:
-Yes. – y antes de que la alegría me embargara, añadió: -But
not today, fool.-
Se internó en una de las habitaciones, desapareciendo de mi
vista, y quedé vacío. Segundos después, dos chinos con la cabeza rapada y
tatuajes bastante gráficos en sus brazos me acompañaron hasta la puerta.
En el contestador del hotel tenía no menos de veinte mensajes
de la central, alarmados por la falta de noticias por mi parte. Ya era tarde
para llamar, y por otra parte estaba demasiado inquieto por otro tema. La visita
a la Casa de Jade me había creado un estado tal de excitación y ansiedad que
tuve que darme un baño muy prolongado hasta poder relajarme. Pero en cuanto me
dejé caer sobre el colchón y cerré los ojos, su imagen nítida me acosó. Intenté
alejarla, pensando en el arduo trabajo que tenía por delante, pero allí seguía,
tenaz, persistente, como grabada a fuego dentro de mis párpados. Metí la mano en
el calzoncillo y me agarré el miembro, que exigía una paja con su descomunal
erección. Lo complací, voluptuoso, y dediqué la densa descarga de mi esperma a
esa mujer que ya empezaba a sospechar que iba a cambiar mi vida.
Por la mañana, nada más vestirme, fui al banco a sacar
dinero. La Casa de Jade no abría hasta las 5. La reunión sería a la 1 y media.
Llamé a la central para tranquilizarles, sin éxito, diciéndoles que necesitaba
un día más. Me lo concedieron, pero me advirtieron que era improrrogable. Ahora
que deseaba quedarme en Sanghai, todos parecían interesados en echarme.
De nuevo la reunión fue un combate a muerte. Mis ojeras, mal
disimuladas, daban alas a mis adversarios. Sus exigencias me atosigaban, y en un
momento me llamaron incompetente. Miré el reloj, desesperado: ya eran las 4 y
media y el trato estaba como ayer o peor. Pero necesitaba ir a la Casa de Jade,
así que terminé accediendo a las condiciones de los chinos, que celebraron mi
renuncia. Firmé el trato: me iban a despedir, incluso puede que me expedientaran
o demandaran.
Grité al taxista que acelerase, pero me ignoraba, como si
quisiera hacerme sufrir. Las 5 pasadas, y mi ansiedad ya era manifiesta. ¿Cómo
podía estar tan colgado por aquella mujer, cuando mi carrera profesional estaba
en juego? Ni idea. Pagué la entrada y me presenté a la recepcionista. No se
extrañó de verme allí, pero su mirada me indicaba que mi aspecto era de todo
menos adecuado: tenía la camisa sudada, el pelo revuelto, y cara de haber
sufrido una tensión extrema, que los balbuceos en inglés requiriendo la
presencia de Mistress Yuri no hacían sino agravar.
-Cálmese. Mistress Yuri no ha llegado aún, pero podemos
concretar los términos de su encuentro. Ella me ha dado instrucciones precisas
por si aparecía usted.-
-Conforme. Usted dirá.-
-Lo primero es el precio. La cuota mínima son...-
Me dijo una cantidad exorbitada. ¿Cuota mínima? ¡Era todo lo
que llevaba encima, habiendo salido del banco esa misma mañana! Iba a protestar,
pero me callé. Saqué la cartera y entregué el dinero. Un buen montón de
billetes. Los contó dos veces, sin duda para mortificarme, pero finalmente
accedió.
-Está bien. Vaya a la habitación número 4. Allí le
prepararán. Sea paciente y recibirá lo que desea.-
¿Prepararme? Claro, para alguno de los juegos eróticos de
dominación que en aquella Casa se proporcionaban. Seguí a uno de los tipos de
los tatuajes que parecían conformar el cuerpo de seguridad interna del local.
Confiado en que era hombre, le pregunté:
-¿Qué tal es Yuri? ¿Es ama, esclava? ¿Algún consejo?-
Me miró sin entender demasiado bien mi pregunta, así que se
la repetí. Como respuesta dijo "Mistress". Era evidente, pero los nervios me
hacían dudar de casi todo.
La habitación en cuestión era un cubículo pequeño sin otra
decoración que una cortina que daba acceso a otra sala. Pero a mí me indicaron
que esperara en aquella y que me desnudara. Lo hice en cuanto aquel tipo se hubo
marchado. Estaba muy excitado, tanto que pensé en masturbarme, pero pensando en
el "después" con Yuri, me contuve.
A los dos minutos entraron dos chicas, vestidas ya como
dominatrices, chinas ambas y bastante normales. Me cubrí las vergüenzas y me
pegué a una pared, intranquilo. Se rieron y se acercaron. Empezaron a hacerme
cosquillas, y no sabía cómo pedirles que pararan. Me condujeron al centro de la
sala y allí me indicaron pro gestos que levantara los brazos hacia una cadena
con esposas que pendía del techo en cuya presencia no había reparado debido a la
penumbra. Lo hice, dejando por fin mi pene a la vista de las chicas. Lo
observaron y cuchichearon algo, pero no lo tocaron. Me esposaron las manos con
dificultad, pues estaba alto para ellas. Incluso a mí, que soy bastante alto, me
parecía excesiva la altura de aquella cadena. La media de estatura de los chinos
era inferior por varios centímetros a la mía, por lo cual ellos deberían quedar
de puntillas, incluso colgados como chorizos.
Ya estaba "preparado", pero me demostraron que no era así.
Las pérfidas chinitas sacaron de una bolsa de tela que traían consigo y habían
apartado en un rincón mientras me maniataban, sacaron digo, una máscara de
cuero, o una capucha completa, y me la colocaron en la cabeza. Protesté e
intenté negarme, pero no me entendían ni me hacían caso. La máscara no tenía
agujeros para los ojos, sólo para la nariz. Una vez puesta procuré deshacerme de
ella, o al menos deslizarla hacia arriba lo suficiente como para ver por los
agujeros de la nariz. Pero las diligentes chinitas no tardaron en asegurarla a
mi cuello mediante un collar. Y mis protestas cesaron en cuanto añadieron un
sello a la abertura de la máscara que quedaba a la altura de la boca.
Amordazado, estaba enteramente a su merced, y me asusté pensando en lo que
podrían hacerme si quisieran.
Oí la puerta cerrarse y la cortina descorrerse. Quien quiera
que estuviera al otro lado me vería allí, expuesto. Pero la voz de Mistress Yuri
disipó mis dudas. Daba órdenes, y yo me moría por cumplirlas, si las entendiera.
Movía mi cuerpo en dirección a su voz, pero nada más ocurría. Sabía que estaba
allí, de algún modo lo sabía, y la incapacidad para sentirla era el peor
tormento, casi tanto que vencía a la plenitud voluptuosa de su presencia.
Media hora más tarde oí que la cortina se cerraba.
Completamente frustrado, con una erección insoslayable, me dejaron durante
varios minutos en la oscura soledad. Realmente si algo se podía decir de la Casa
de Jade era su extrema pericia en el arte de la crueldad. Por fin las manos
invisibles, que reconocí como las de las pequeñas dominatrices, me asieron la
polla sin miramientos y la sacudieron hasta hacerme eyacular. Me quejé: ese
líquido debía ser para Mistress Yuri. Cuando me quitaron la máscara y me
soltaron, me vestí a toda prisa y fui a quejarme del trato recibido, con la
esperanza de ver a Mistress Yuri, cuya imagen me había sido vedada. La
recepcionista me respondió, lacónica:
-¿No ha quedado satisfecho? Se lo diré a Mistress Yuri.-
-No quiero decir eso, pero es que...-
-No vuelva si no ha quedado complacido, señor.-
No tenía argumentos, y necesitaba pensar en todo lo ocurrido,
así que me fui. Apenas pude pagarme el taxi de regreso al hotel.
Aquella noche la pasé con fiebre. Estaba angustiado,
necesitaba hablar con alguien. Llamé a la Casa de Jade, pero no me cogían el
teléfono. Y a la mañana siguiente el contrato firmado llegaría por fax a la
central. De nuevo la imagen de Yuri me acompañó, ahora interrogante. ¿Qué haría?
Elaboré un descabellado plan...
Esa misma mañana saqué todo el dinero que tenía en el banco,
casi un millón y medio. Lo necesitaría si me embargaban. Pero en el fondo sabía
que no iba a ser destinado a pleitear. Llevaba las de perder. Dejé el hotel y me
metí en una pensión mucho más modesta, cerca de la Casa de Jade. Aquel día lo
pasé pensando, pero sin llegar a ninguna parte o decisión.
Al día siguiente estaba casi decidido a volver a mi país,
pero antes de que el taxi llegara a la terminal, me di cuenta de que me había
dejado unos efectos personales y le dije que diera la vuelta. Pasamos por
delante de la Casa de Jade y la vi salir. Chillé al taxista y le pagué, para
salir disparado tras mi musa. La seguí sin que se diera cuenta a través de
varias calles. Entró por fin en un pequeño bar, y yo la seguí. En la barra había
a un hombre mayor revisando unas cuentas. Me acerqué y me preguntó qué quería.
Le dije que ver a Yuri.
-Claro. Sígame, por favor.-
Me condujo hasta una sala distinta Allí estaba Yuri,
preparándose una copa. Pareció muy sorprendida por mi presencia. Intercambió
unas palabras con el hombre, que nos dejó solos tras darle un beso en la mejilla
a Yuri. Tras pensarlo un poco, deduje que era su padre. Me indicó que me sentara
y enseguida me preguntó:
-¿Qué hace usted aquí?-
-La he seguido.-
-¿Por qué?-
-Porque, estoy enamorado de ti... de usted.-
Yuri se río, haciéndome verdadero daño. Dio un trago a la
copa y sacó un hielo del fondo del vaso. Lo chupó, mientras empapaba sus dedos.
Era lasciva, me estaba poniendo cachondo a toda marcha.
-Yuri, yo.-
-¿Tú qué, insecto?-
Me despreciaba con palabras y con su mirada. ¿Por qué le
inspiraba tanto asco? No lo entendía. Creía que el error de cuando la vi por vez
primera ya estaba olvidado. Pero no. Aquella mujer única tenía un rencor que
debería vencer con humildad para conquistarla. Abandoné le bar con las lágrimas
a punto de saltárseme y regresé a la pensión.
Al día siguiente dejé un mensaje en el contestador de mis
padres, anunciándoles mi intención de quedarme en Sanghai unos días más, y
pidiéndoles que no se alarmaran por lo que pudiera suceder. Que fueran a mi
apartamento y sacaran lo que hubiera de valor. Por la tarde, regresé a la Casa
de Jade. Pagué la entrada y solicité los servicios de Mistress Yuri.
-Pero esta vez.- advertí – quiero tener la certeza de que
Mistress Yuri estará conmigo.-
-Pague entonces la cuota alta o la "exquisite agony".
No podía permitirme pagar lo que quiera que fuera la tarifa
"exquisite agony", ¡era nada menos que medio millón! Así que pagué la tarifa
alta, la friolera de 100000. De nuevo fui conducido a la sala de la otra vez, y
me desnudé. Ya esperaba ver aparecer a las dos chinitas de la otra vez cuando la
cortina fue retirada y Mistress Yuri, con un body delicioso de latex negro y
unas seductoras sandalias rojas, apareció. Quise abrazarla, pero me lo impidió
llevando mis manos hasta las esposas de la cadena del techo. Las cerró en torno
a mis muñecas. Luego empezó a juguetear, acercándome su apetitosa boca, pero
cuando yo iba a besarla, se retiraba. Me había convertido por momentos en un
nuevo Tántalo.
Una puerta se abrió en el otro extremo de la sala, y vi que
las dos chinitas de la otra vez llevaban a un hombre gordo y denudo con una
capucha como la mía, obligándolo a andar de rodillas, pues las manos las tenía
atadas a la espalda. Lo dejaron en medio de la sala al otro lado de la cortina
Yuri se colocó a mi espalda y me colocó la odiosa máscara.
Supliqué que no lo hiciera, pero puso su mágico dedo sobre mis labios y me
silenció. De nuevo el collar aseguró la máscara y la mordaza-sello me impidió
seguir gimoteando.
Pero hubo algo diferente. Los dedos de Yuri, invisibles,
comenzaron a tocar con pericia mis pezones, haciendo círculos sobre ellos,
rozando las puntas con las yemas, de modo que enseguida los puso duros, y yo,
lleno de sumisión, se los ofrecí arqueando mi espalda, pero lo que recibí me
hizo gritar tras la mordaza. Una implacable pareja de pinzas los pellizcó, para
no soltarlos. Sin embargo el dolor no fue nada comparado con el que sentí cuando
dos pesos fueron colgados de las pinzas, tirando de todo el pectoral hacia abajo
en un paroxismo del tormento. Oí la risita de Yuri: se estaba vengando de mí,
por meterme en su vida privada y aquella absurda declaración amorosa.
Durante no sé cuánto tiempo, estuvimos solos en la oscuridad
el perenne dolor, los indescifrables ruidos de Yuri en la estancia de enfrente y
yo. Sin duda estaba jugando con aquel otro hombre gordo. ¿Habría pagado él la
cuota "exquisite agony"? ¿Merecería la pena?
Luego noté que entraban dos personas, debían ser las dos
chinitas, a juzgar por el repiqueteo de unos agudos tacones. Hablaron con Yuri,
quien les dijo algo muy divertido, que las hizo romper a reír. ¿Qué? Lo ignoro,
pero al instante, las dos chinitas debieron ponerse junto a mi. Hicieron
balancearse los pesos que pendían de mis pezones, y un escalofrío me recorrió:
era muy doloroso. Una comenzó a masturbarme mientras la otra arañaba con sus
uñas de gata el extremadamente sensible trozo de pezón que sobresalía de las
pinzas. La excitación hizo que mis tetillas se llenaran de sangre, o cual en
esas circunstancias resultaba un suplicio. Luego tiraron de mis testículos hacia
abajo y pasaron un cordel entre ellos y el resto del pene. Con varias vueltas,
mis huevos quedaron aislados, y otro peso fue suspendido del cabo de cuerda,
Desde luego no resultaba agradable, pero las experimentadas manos de las
chinitas me ordeñaron. Y no obstante, cuando me quitaron la máscara antes de
eyacular, vi que era Yuri quien me había pajeado. Le di las gracias entre los
estertores del orgasmo, pero se fue sin dedicarme ni siquiera una mirada.
Repetí dos veces más la experiencia, que me resultaba tan
perversa y sucia como gratificante y plena. Pero los celos del otro individuo
que siempre había en las sesiones me asediaban sin cesar. Y por fin me decidí:
pediría la cuota "exquisite agony". Me quedarían algo más de 100000 para
sobrevivir hasta que encontrara un trabajo. Sabía que malviviría en aquella
ciudad, porque en cuanto reuniera el dinero, pagaría los servicios de Mistress
Jade, pero me daba igual. Ya me daba igual casi todo.
Me aguardaba una sorpresa.
Aquella ocasión, cuando pedí la tarifa especial, la
recepcionista me pidió que lo pensara bien. Parecía algo preocupada por lo que
me pudiera pasar. Pero yo estaba seguro, desembolsé el medio millón y suspiré.
En esta ocasión me llevaron a otro lugar, un cuarto pequeño,
donde había una máscara de las que ya conocía. Me quité la ropa y me coloqué la
máscara, asegurando el collar a tientas. Avisé con una voz que ya estaba listo.
Mistress Yuri abrió la puerta y me acarició el rostro, felicitándome por mi
decisión y prometiéndome la más maravillosa de las experiencias. Yo temblaba de
emoción. Me dejó besar su mano y me hizo prometer que sería una sumiso
obediente. Lo hice. Entonces me colocó una correa en el collar y me ordenó andar
a cuatro patas.
Noté que recorríamos el jardín de la Casa de Jade, la hierba
en mis manos y rodillas. Cuando dudaba, Yuri me orientaba con un suave roce de
algo, una especie de hilos gruesos que hacía sobre mis costados o mi trasero.
Guiado por ellos, llegamos a una sala con moqueta. Oí una voz desconocida
llamando a Yuri en chino, parecía desesperada. Durante unos momentos ella me
dejó solo, pero enseguida regresó y me calmó. Se sentó en un cojín y con una
vara me hizo levantar la barbilla. La hizo posarse sobre una de sus divinas
rodillas y me ordenó besarlas hasta llegar a los pies. Lo hice, absorbido por la
lujuria, pero enseguida me corrigió con un azote de la vara, que resultó ser un
gato y los hilos que antes me acariciaran, cilicios que pendían del mango. Pero
aunque escoció, me excitó, y ahora con más adoración que ansia, cubrí de besos
la piel perfumada de las piernas de Yuri.
Llegué a los tobillos, donde noté que estaban anudadas las
cintas de las sandalias. El aroma era subyugador, extremo en su intensidad y
calidad. Inspiré antes de hundir el morro entre los pies calzados de Mistress
Yuri. Besé, lamí, chupé, succioné, y mi pene creció reclamando atención.
-Por favor, Mistress... fólleme.-
-¿Quieres que te folle, esclavo?-
-Oh, sí, mistress, estoy loco por que me cabalgue.-
-Jajaja, bueno, semental. Sé paciente y quizás...-
Me ató las muñecas a la espalda y me dijo que tenía su sexo
listo para que lo probara. Vacilante, abrí la boca y me acerqué, buscando con mi
aliento su pubis, pero lo que encontré, antes de lo esperado, fue un pene de
goma que pronto ocupó mi boca, pues Mistress Yuri me tomó por la nuca y me
obligó a chuparlo, a mamarlo.
-¡Venga, perro!-
Confuso por el engaño, obedecía, y para jalearme, los pies de
Yuri acariciaban mi pene, sostenían mis testículos durante unos segundos, o
clavaba sus tacones en mis muslos, haciéndome gemir. Pero me cansé y quise
retirarme. Yuri me propinó un severo azote y volví a lamer, pero los azotes
prosiguieron. El escozor fue en aumento y no sabía que hacer para evitarlo, sólo
podía chupar aquella polla de plástico que nunca se saciaría. Y Yuri se reía.
Cuando ya estaba llorando por la humillación y el
sufrimiento, escuché que entraban las dos chinitas, y Yuri me soltó unos
instantes, pero las chinitas tiraron de la correa antes deque pudiera intentar
nada y me retuvieron. Noté un líquido golpear mi espalda, era pegajoso. Me
acababan de escupir. Pedí que me soltaran, pero la bota de una de las chinitas
me aplastó la cara, y preferí no hablar para que no apretara más.
Yuri debería estar jugando con el otro tipo, el que ahora me
sustituiría en el lugar de las cadenas. Lo envidié: quería a Yuri para mi solo,
pero eso nunca lo tendría. Ella regresó y me reprochó mi poca sumisión. Tirando
de mi correa, me sacó. Ni siquiera me había corrido y se lo hice saber. Pareció
realmente molesta con ese apunte y me gritó algo que sonó terrible en chino,
para inmediatamente al verme postrar mi rostro pidiendo perdón y buscando sus
pies para besarlos, soltar dos carcajadas descarnadas.
Fui conducido de nuevo al cuartucho, pero no me soltaron.
Ataron la correa a un tubo y me dejaron allí, tras quitarme la máscara. Se hizo
de noche y habían pasado casi una hora y media desde que me dejaron allí, así
que supuse que me habían olvidado. Grité y grité, y enseguida alguien entró,
para amordazarme con el sello de cuero. Seguí gritando e intentando escaparme
toda la noche, hasta que rendido de cansancio, me eché a dormir.
Al día siguiente la recepcionista me quitó la máscara, pero
no me desató. En lugar de eso, dijo, con frialdad:
-Ha contraído con Mistress Yuri y la Casa de Jade una deuda
cuantiosa. ¿Cómo piensa pagarla?-
-¿Qué? Oiga, yo pagué ayer, medio millón, nada menos.-
-No me refiero a una deuda económica. Esa ya la damos por
zanjada.-
-¿Entonces? No entiendo nada. Suélteme, por favor. Ya está
bien.-
-Me temo que eso es imposible. Y puesto que parece negarse a
afrontar su deuda, la Casa de Jade, para proteger los intereses de Mistresss
Yuri, le cobrará el importe de la misma en el modo que mejor crea conveniente.
Por favor, fimre aquí.-
Uno de los tipos tatuados entró y me liberó las manos, pero
me sujetó el brazo izquierdo retorciéndolo a mi espalda. Supliqué, ofreciendo lo
que me quedaba. Les di la dirección de la pensión y les indiqué dónde tenía el
dinero.
-Gracias, seguro que Mistress Jade se muestra más clemente
tras recibir ese tributo de su nuevo esclavo. Pero no satisface la deuda, le
insisto que ésta no es de carácter comercial.-
El tipo apretó su llave y no pude ni rechistar, tan sólo
preguntar, entre aullidos:
-¿Su nuevo esclavo?-
-Sí, firme, por favor.-
No me quedó otra que firmar un contrato de esclavitud por el
cual Mistress Yuri pasaba a ser la dueña de mi persona física. Ignoraba qué tipo
de validez tendría fuera de la Casa de Jade, pero si no conseguía escapar de
allí, nunca lo sabría.
Así, me convertí en el sustituto del pobre desgraciado que me
precedió y cuyo destino ignoro, pero que sospecho era el amigo de aquel tipo
guiri. ¡Maldito! No, no le culpes, él te intento advertir, incluso la
recepcionista, y si ahora te ves convertido en el juguete de la más diabólica
hembra de Oriente, es todo culpa tuya, gusano.