Me acerqué nerviosa al confesionario. Ahí dentro se
encontraba el severo Padre Marcial, tan temido por todas las hermanas del
convento. Incluso la Madre Superiora tenía ciertos reparos para quedarse a solas
con él. Cuando ya estaba a sólo unos pasos empecé a sudar frío y tuve un momento
de duda, pero esto no podía seguir así y tenía que cumplir con mi deber. Cuando
me hinqué en el reclinatorio la silueta del Padre Marcial se dibujó en la malla
que separa al confesor del confesado.
-Ave María Purísima – dijo con monótona voz
-Sin pecado concebida – respondí nerviosa
-¿Cuáles son tus pecados? – me preguntó
Yo tomé aire y empecé a confesar.
-Padre, estoy...estoy muy apenada. Lo que hemos hecho el
Padre Raúl y yo...este..no está bien, nada bien – dije titubeante
-¿El Padre Raúl y tú han tenido relaciones sexuales? – me
preguntó
-Este, no...bueno sí pero no entre nosotros – contesté
-A ver hija, cálmate y explícate mejor – me sugirió
-Verá, resulta que hace una semana el Padre Raúl me pidió que
llevara a tres niños y tres niñas del orfanato para celebrar una fiesta privada.
Yo se los llevé y los ocho nos encerramos en el salón del tercer piso, ese al ya
nadie entra. El padre ya lo tenía acondicionado con colchones. Cuando entré con
los seis niños, que no son tan niños porque ya tienen doce años cumplidos, él
cerró la puerta y corrió las cortinas, y fue cuando empezó la fiesta.
Tomé aire para continuar, por lo que el Padre Marcial me
preguntó
-¿Y qué pasó en esa fiesta?
El tono de su voz ha dejado de ser monótono. Casi podría
jurar que su voz denota cierta excitación.
-Entramos – continúo diciendo- y el Padre Raúl nos ordenó que
nos desnudemos. Cuando ya estamos completamente desnudos el Padre se sentó
contra la pared y a su alrededor las tres niñas. Él las abrazó y les fue tocando
sus pequeñas tetitas e incluso le sobó a una su almejita. Las niñas se
retorcían, más por la pena que por placer y me ordenó que comenzara.
Hice una nueva pausa para respirar. Mi corazón latía de prisa
con sólo pensar en esas acciones
-Continúa hija – dijo desesperado el Padre Marcial
-Yo tomé el pene de dos de los niños y se los acaricié, a fin
de que tuvieran una erección. Puse a uno en el colchón, tumbado boca arriba, con
su pene apuntando al techo, y me senté encima, deslizando su miembro dentro de
mi vagina. Me incliné hacia su pecho, y tomando el pene del segundo niño lo
dirijo hacia mi ano, para que me penetre por atrás. El niño era un poco
inexperto, por lo que batalló un poco para entrar en mi agujero, pero después de
unos cuantos intentos, lo logró. Es cuando tomé el pene del tercer chico y me lo
llevé a la boca. Así, penetrada por mis tres agujeros, el Padre Raúl ordenó que
me empiece a mover. Los chicos de mi vagina y mi ano trataron de acoplarse a mis
movimientos con más pena que gloria, pero después de unos instantes lo lograron.
Con el niño que me llenaba la boca no hubo ningún problema, después de todo yo
era la que llevaba la acción. Mientras los niños me están cogiendo de esa
manera, el Padre Raúl hizo que las tres niñas lo masturbaran. Sus manos estaban
alrededor de ese pene viejo y grueso, mientras que un dedo de su mano derecha
desaparece en la vagina de una de las niñas y uno de la mano izquierda dentro
del ano de otra. La tercera, sin saber su suerte, se había salvado de una dura
penetración. El niño al que se la estoy chupando es el primero en acabar,
llenándome de semen mi boca. No pasó mucho tiempo antes de sentir un chorro
caliente dentro de mi ano, primero, y de mi vagina después.
Me detuve un momento para escuchar la respiración agitada
dentro del confesionario
-Continúa, hija, no te detengas – me apuró el Padre Marcial
-Los tres niños fueron parados contra la pared mientras yo
permanecí acostada, de espaldas, y con las piernas abiertas – continué narrando-
El Padre Raúl llevó a dos de las niñas y las hincó frente a sus compañeritos,
obligándolas a chuparles el pene. Mientras las dos niñas obedecían, tratando de
imitar lo que yo había hecho, el Padre Raúl le ordenó a la tercer niña a
hincarse entre mis piernas y a lamer todo lo que salía de mi conchita. Ella
obedeció y su lengua me chupó toda mi vagina, comiéndose el semen de su
compañerito. Yo le sostenía la cabeza para que no dejara de lamerme. El padre se
colocó detrás de la niña, y abriéndole las nalgas le fue introduciendo el pene
en su ano. La niña gritó de dolor, y por más que suplicaba y gritaba que le
dolía, el Padre no se apiadó y siguió enterrando su miembro en ella. Las
lágrimas de la niña y sus gritos de dolor me partían el alma, pero al Padre
parecía que le excitaban más. Los otros cinco niños sólo veían aterrados cómo el
grueso pene del Padre se hundía en las carnes de su compañerita. Después de
varios minutos, que para mi y los niños debieron parecer horas, el Padre eyaculó
en el ano de la chiquilla. Cuando terminó y lo sacó, su miembro estaba lleno de
una mezcla de semen y sangre. La niña se acurrucó y yo corrí a abrazarla.
-¿Y te chupó las tetas? – preguntó grosero el Padre Marcial
-¡No! – contesté indignada-Me sentía culpable
-Continúa – dijo
-Tomó a otra de las niñas y le ordenó que se la chupara hasta
dejarle el miembro limpio. Ella obedeció. Cuando la niña terminó el pene estaba
limpio y erecto. El Padre se tumbó de espaldas sobre el colchón y ordenó a la
otra niña que se sentara sobre su pene. La niña obedeció, pero al sentir cómo
iba entrando por su vagina dio un respingo y se paró, pero el Padre la jaló
violentamente, penetrándola de golpe. Los gritos y llantos de esta niña no se
hicieron esperar, lo que aumentó la excitación de él. Llamó a la niña que se lo
acababa de limpiar le ordenó que se sentara en su cara. Su lengua recorrió la
pequeña vagina, escasa de vello. La otra niña, tomada de las caderas, era subida
y bajada por el pene del Padre, hasta que ya no pudo más y eyaculó dentro de
ella. En cuanto la soltó ella también corrió hacia mi. No entendía este actuar,
si yo era la culpable de que este lobo las violara. Esto me hizo sentir muy mal.
El Padre Raúl ya había bajado a la tercer niña de su cara y ésta se hallaba,
nuevamente con el pene del Padre en la boca. Cuando lo tuvo limpio se vistió y
ordenó a los niños que no dijeran nada de lo que aquí había pasado porque esta
era una penitencia muy especial que les borraba todos sus pecados, y que si la
comentaban volverían a pecar. Mientras nos vestíamos se acercó a mi y me pidió
otros seis niños para la siguiente semana.
-¿Y cuándo va a ser esto? – preguntó ansioso el Padre Marcial
-Mañana en la noche – contesté nerviosa
-Hija, dile al Padre Raúl que me invite, ¿quién lo diría?,
diablo de viejo – continuó
-Pero es que Padre...- dije mientras mi corazón latía
rápidamente
-Nada, nada. El Padre Raúl no tiene por qué molestarse,
después de todo a mi lo que me interesan son los niños, y con sus niñas no me
pienso ni meter
-¿No me diga que usted...? – pregunté asombrada sin poder
terminar la frase
-Sí hija, a mi me gustan los niños. De hecho ya varios han
pasado por mi arma – dijo muy ufano
-¿Varios niños? – pregunté incrédula
-Sí. ¿Te acuerdas de Jorge, el hijo del capellán? Me lo cogí
justamente aquí en el confesionario, le tuve que tapar la boca para que no se
escucharan sus gritos. Tomás, el seminarista que se suicidó. Pobrecito, parece
que ya no aguantaba ser mi amante. Todas las noches tenía que ir a mi cuarto
para que le diera su lechita. Andrés y Julián, los acólitos, ah qué lata dio su
mamá con que me iba a denunciar, y total que con un buen dinero que le pasamos
mensualmente ha cerrado su bocota, aunque a veces me gustaría cerrársela con
algo más. En fin, hay otros cinco o seis, que ya no recuerdo sus nombres...
La puerta del confesionario se abrió abruptamente
-Con eso basta – dijo un hombre que jalaba al Padre Marcial
mientras le ponía unas esposas.
El Padre tenía cara de asustado, pero aun así los retó
-Lo siento señores, pero lo que acaban de escuchar es en
secreto de confesión
-Está muy equivocado – dijo el hombre, quien era un detective
de la policía que investigaba un asunto sobre pederastas- La que estaba en
confesión era la hermana, y no usted, así que sus palabras sí pueden ser usadas
en su contra.
El Padre Marcial estaba lívido, pero su cara se iluminó
cuando vio al Padre Raúl, quien estaba a su lado y lo miraba con gesto acusador
y una gran tristeza en la mirada
-Pues si me detienen a mí, también deténgalo a él – gritó el
Padre Marcial señalando al Padre Raúl
Yo me hinqué dramáticamente ante el Padre Raúl y le dije
-Padre, perdóneme
El Padre Marcial sonreía. Después de todo no se iría solo
-¿Cuáles son tus pecados, hija? – Dijo el Padre Raúl, con su
bondadosa voz
-Me acuso Padre – continué- de que tengo en la mente ideas
sucias, pecadoras y dije palabras que atentan contra el sexto, necesito el
perdón de Dios por llevar de mi mente a mi boca estas imágenes fruto del pecado.
Pero eso no es todo. También falté contra el octavo, dije mentiras, pero creo
que Dios me va a perdonar porque fue por una buena causa – y mirando al Padre
Marcial quien cada vez palidecía más al escuchar mis palabras, continué- fue
para que un vulgar pederasta, un corruptor de menores que amparado bajo su
sotana corrompía a los niños, confesara su pecado, así que tuve que inventar que
usted y yo abusábamos de los pequeños para incitarlo a declarar su pecado, y
cayó en la trampa.
El Padre Raúl sonreía, al igual que el detective. El único
que estaba blanco como el papel era el Padre Marcial. Ni siquiera la indignación
de saberse engañado lograron poner color a sus mejillas.
-Yo te absuelvo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del
Espíritu Santo. Puedes levantarte – dijo el Padre Raúl.
La policía se llevó detenido al Padre Marcial. Al fin, el
hombre que había eludido tantas veces el pago de sus fechorías gracias a su
sotana, ahora sería juzgado.