Las cosas empezaron a complicarse un viernes por la mañana.
Mi mujer estaba por irse a su oficina, cuando llegó su padre para invitarnos a
un viaje de fin de semana a su finca de la sierra. A Celina la atrajo la idea,
pero me miró tratando de percibir mi reacción. Era relativamente habitual que
pasáramos allá algunos días, cada tanto, pero las dudas de mi esposa tenían que
ver con que yo no soportaba a las amistades de mi suegra, de manera que cuando
se trataba de reuniones multitudinarias, optábamos por no ir.
En cambio, cuando lo que se organizaba era un sencillo paseo,
destinado esencialmente a descansar en familia, contaban casi siempre con
nuestra presencia. Solíamos pasarla muy bien. Mi mujer tenía oportunidad de
andar a caballo, cosa que le encantaba, y a mi me atraía la posibilidad de dejar
correr las horas tirado en una reposera en el jardín, bajo los añosos árboles,
generalmente leyendo, afición que no tenía mucho tiempo para despuntar en la
ciudad.
Mi suegro se apresuró a aclarar que no habría fiesta ni
reunión alguna. "Es más", dijo, "tengo la esperanza de que Rosalía ni siquiera
vaya". "¿Qué le pasa a mamá?". Lo interrogó Celina. "Nada hija, nada, sólo que
prefiere pasarla con su amante".
─ ¡Papá!. Exclamó Celina en tono de
reproche.
─ ¿Qué?. ¿Acaso
tienes dudas?.
─ ¡Ay papá!
¡Algún día tendrías que contarme qué pasa entre ustedes dos!
─ ¡Ve, hija,
ve! Empezarás retrasada tu día.
Ella lo besó nuevamente y se retiró apurada, mirando su
reloj. Gracian se sentó y yo aproveché para sentarme sobre sus rodillas,
echándole los brazos al cuello y ofreciéndole mi boca, que él apretó fuertemente
con sus labios, mientras su mano se introducía bajo el elástico de la parte
trasera del pantalón de mi pijama y acariciaba mis nalgas.
La caricia me estremeció.
─ ¿Puedes
quedarte?
─ No, por desgracia ya voy con retraso
yo también, pero estaremos juntos esta noche.
─ ¡Malo!
¡Hace dos semanas que no vienes! ¿Ya no me deseas?.
─ ¡Sabes que
muero por ti! Pero estuve viajando.
Me arrodillé entre sus piernas y me puse a acariciar el
inocultable bulto que denunciaba su excitación.
─ ¡No, ni se te
ocurra! ¡Te juro que no puedo quedarme ni dos minutos!
─ ¿Una
chupadita pequeñita mi amor?
─ ¡Tonio!
¡No seas caprichoso! ¡Me voy!
─ Bueno, sólo un besito entonces. - No
pudo negarse. Ya había bajado la cremallera de su pantalón y en un santiamén
logré hacer asomar el glande por la abertura. Lo besé y luego mirando a Gracian
con picardía, le pasé la lengua presionando como para dirigir su pene a mi boca,
pero él me apartó casi con violencia, y mientras yo desde el suelo reía, el se
apresuró a arreglar su ropa, me tiró un beso con los dedos y se retiró.
Me senté en la silla, abrí el diario y me puse a ojearlo. En
ese momento llegó Javier, el chico del supermercado, quien puso la caja que
traía sobre la mesada, cerca de la cocina al par que me saludaba.
─ ¿Cómo estás
Martín?
─ Depende…
─ Tengo diez minutos… pero…
─ ¿Qué
esperamos entonces?. Lo tomé de la mano y lo guié rápido hacia la habitación. Él
no se hizo rogar, y mientras yo me arrojaba sobre la cama, se desvestía y en
diez segundos montaba sobre mi y me ponía su verga en la boca. ¡Cómo me gustaba
esto! Empecé a chupar con deleite, disfrutando con sus quejidos. Dejé que mi
saliva la humedeciera toda y luego me dí vuelta, reclamando:
─ ¡Cógeme amor!
¿Quieres hacerlo?
Por toda respuesta, el metió el glande entre mis nalgas y
abriéndolas con sus manos, buscó mi culo que ya palpitaba esperando. Empezó
lentamente, pero luego de unos instantes ya habiendo superado la resistencia de
mi esfínter, dio un brutal empujón y la introdujo hasta la mitad. Mientras yo
gritaba de dolor y placer, empezó a moverla atrás y adelante, y en el segundo
movimiento me la puso entera, golpeando sus huevos con las nalgas abiertas al
máximo. Me aferró los brazos en tanto me cogía cada vez con mayor vigor. Apretó
luego su cuerpo sobre mi espalda y rodeándome con sus brazos me pellizcó por
largos instantes los pezones, haciéndome aullar de excitación. Cuando los apretó
hasta producirme un intensísimo dolor, supe que se venía y me preparé para la
inigualable delicia de su leche llenándome hasta lo más profundo de mis
entrañas.
Con un quejido y un profundo suspiro se dejó correr y luego
se derrumbó a mi lado mientras me besaba en la boca.
─ Tengo algo para ti. Me dijo, y se
dirigió a la cocina. Volvió en un momento.
─ ¿Qué es?. Le
pregunté con voz ronca, disfrutando aún de mis sensaciones. No me contestó, pero
me hizo girar nuevamente boca abajo y no bien lo hice, sentí sus manos en el
culo. ¡El muy lascivo me estaba metiendo un consolador que adiviné tremendo!. Me
hizo gritar al empujarlo a fondo. No tenía dudas que debía ser más gordo aún que
su verga, porque cuando lo terminó de meter, sentí la extraña sensación de tener
mi recto totalmente ocupado.
Javier me hizo dar vuelta con cierta rudeza y me dí cuenta
que el artefacto tenía un arnés que aparecía forrado en cuero, pero se podía
adivinar que tenía alma de acero por la forma en que cinó hasta encima de mi
pene y luego cerró un par de hebillas que encastraban una en otra y sin
detenerse cerró en ellas un pequeñísimo candado.
─ ¡Qué
hiciste!. ¡No se te ocurrirá dejarme con eso metido en el culo!
─ ¡Es
justamente lo que voy a hacer querido mío! ¡Me encantará quitártelo esta noche!
─ ¡No Javier
por favor! ¡No lo hagas! ¡Esta tarde debo irme a la
sierra!
─ ¿Cómo que te
vas?
─ Nos vamos todos a la finca de mi
suegro…
─ ¿Ah si?. Te
pensabas tirar al viejo toda la noche, ¿no?. Pues bueno
querido, ¡a ver como te las arreglas!
─ ¡Hijo de
puta!
─ Si. Lo soy. Pero ¿Te
coge el viejo como yo?. Dicho esto, me besó nuevamente, se vistió silbando, me
besó otra vez y se fue.
Me quedé en la cama largo rato, moviéndome cada tanto para
sentir el efecto de mis movimientos con el ocupante de mi culo.
Más tarde, me levanté me puse solamente el pantalón del
pijama y me dediqué a ordenar un poco la casa, ya que seguramente nos iríamos no
bien llegara Celina.
Ya casi terminaba, cuando sonó el timbre. Abrí la puerta para
recibir los efluvios del para mi más conocido de los perfumes, el que usaba la
elegantísima mujer pelirroja que me abrazó y me besó amorosamente.
─ ¡Mamá! ¡Qué
alegría!
─ ¡No debe ser
tanta ni tan sincera, cuando hace más de un mes que no vas a verme!
─ ¡Mamá! ¡Sabes
que no he tenido oportunidad! ¡Te he extrañado muchísimo!
─ ¿Estás solo?
─ Si, Celina tiene en estos días mucho
trabajo…
─ ¡Esa niña,
esa niña!. ¿Seguro que está trabajando?
─ ¡Mamá, no
seas bruja! ¿Quieres té? – Dije y sin esperar su respuesta me dirigí a la
cocina.
─ Oye, Martín, ¿Qué tienes ahí?
─ ¿Qué tengo?
¿Dónde?
─ Hijo, ¡Qué
eres despistado! ¡En el culo!, ¿dónde más?
─ Es un regalo mamá. – Pero ella ya me
había alcanzado y palpaba el bulto que sobresalía y abultaba el trasero de mi
pijama.
─ ¡Vaya!
¿Estabas de diversión? ¿Sin esperar a tu madre?. ¡Deja
tranquilo ese té y ven!
─ Mami, ahora no. Estoy con poco
tiempo. Nos vamos con Celina al campo y ella llegará en cualquier momento. –
Pero ella ya tironeaba de mi mano y me guiaba hacia el dormitorio. Antes de
llegar a la cama ya me había abrazado y me besaba furiosamente en la boca.
Respondí a sus besos. ¡Ese perfume! ¡Esos cabellos!. Desde muy pequeño la
cabellera de fuego de mi madre había sido el objeto de mi adoración. Ella ahora
me aferraba el pene y me lo acariciaba totalmente caliente, tirando al mismo
tiempo hacia abajo mi pantalón.
Nos dejamos caer en la cama y casi con el mismo movimiento
ella ya me estaba besando la pija que había tomado con sus dos manos, la lamía,
y con deleite empezó a chuparla. Me di cuenta que el candado que cerraba las
correas le molestaba, por lo que la atraje sobre mi y nos besamos de nuevo
largamente. Luego afirmó más que preguntó:
─ El regalito, ¿Es
obra de tu suegro? – Asentí, ya que no tenía ganas de contarle sobre Javier.
─ ¡Vaya con Don
Gracián! ¡Ese si que se las trae! ¿Por qué no te lo quitas ahora?
─ Tendría que buscar alguna
herramienta. No tengo la llave.
─ Bueno, no quiero sentir eso en mi
concha. Pero tienes lengua, ¿no?
─ ¡Claro que
tengo! ¡Y estoy quemándome con las ganas de usarla!
Ella se quitó la pollera y la bombacha, pero no me dejó
inclinar, sino que montó encima mío y se ubicó primero sobre mi pecho. Comenzó a
frotarse sobre él y mojando sus dedos en la humedad de su concha, mojó mis
pezones con una caricia que me hizo estremecer. La tomé de las nalgas y la
empujé para que se acomodara sobre mi boca. Lo hizo y mi lengua se sumergió en
la cavidad amada, mientras ella se movía y retorcía, presa del goce que mi boca
le prodigaba.
Luego de un rato, se dio vuelta y ahora fue su culo el que
descansó en mi boca y fue el agujero en el que empezó a trabajar mi lengua,
mientras ella se inclinaba para dejarme respirar aún con dificultad y se ponía a
pajearme. ¡Descubrí en ese momento la maravillosa sensación que me producía
moverme siguiendo el ritmo de sus manos, que con cada gesto, parecía enterrar
más adentro el monstruo dueño de mi culo! Ella se dio cuenta y con sus rodillas,
avivaba mis movimientos, hasta hacerme retorcer de placer, provocando al mismo
tiempo que mi lengua fuera como un ariete desesperado por introducirse mas y
mas. Mi madre quería ahora masturbarme con la boca, pero cada vez que lo
intentaba, yo la retenía para no dejar que su culo escapara de mi lengua, que se
metía ávida, como víbora encantada en su agujerito.
Casi simultáneamente con los quejidos de mi madre ante el
orgasmo que estaba por llegar, saltó mi leche que empapó sus manos. Ella apenas
girando su torso, se las ingenió para dejar esa leche alrededor de mi boca. Mi
lengua entonces lamía el néctar e inmediatamente lo depositaba en su agujero.
Esta caricia precipitó su orgasmo y luego de un minuto de envaramiento de su
cuerpo, se dejó caer sobre mi cuerpo, besando, ahora si mi pija ya blanda,
secando los últimos restos de mi leche.
Algo más tarde, bebíamos, ya vestidos, nuestro postergado té,
cuando llegó mi mujer.